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Full text of "Revista nacional de letras y ciencias"

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JOSÉ PORRUA E HIJOS 

AV. I OS MAYO M*. U 

MÉXICO, o. r. 




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REVISTA NACIONAL 



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LETRAS Y CIENCIAS 



DIRECCIÓN: 

Jl'KTO 81EBBA, FBANCISCO SOSA, MANUEL tiUTIEBBEZ XAJEBA, 

JESl'S Y^ VALKNZUELA. 

NfcreUrio de la Dlrerdón: Ll'18 GONZÁLEZ OBBEtíüN. 



a?o]M[o II. 



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MÉXICO 

IMP. DE LA SECRETARÍA DE FOMENTO 
(*allc de San Andr^^s núm. 15. 

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GABRIELA. 



URANIA EN TRES ACTOS Y EN PUOSA 

ORI6INAI< DE 

JOSÉ PEÓN Y CONTRERAS. 

Repretentado por primera vet en el te&iro "Peón Ck>ntreraf ," de Xérid», en el m^t de Noviembre de 1886. 

PERSOHAJES: 

Gabriela. Ernesto. 

Federico. Anselmo. 

Enriqueta. Fernanda. 

Octavio. Filomena. 

Convidados 1?, 2?, 3?. 4?— Enmascarados, Damas y Caballeros. 



ACTO PRIMERO. * 

Sala en casa de Oabi^iela. — Puerta en el fondo y laterales, — A la derecha 
del espectador^ en segundo término^ una ventana con reja^ 

ESCENA 1* 

GABRIELA. FERNANDA. 

» 

Aparece Gabriela bordando un cojín en cañamazo. Fernanda, con el plumero en 
la mano, contemplando el bordado, detrAs de Gabriela. 

Fernanda, — Ah! qué lindo bordado, Señorita. 
Gabriela, — ¿Te gusta, Fernanda? 

• El primer acto en un pueblo de los alrededores de México.— El segundo y Jter- 
cero en México. 

B. N.— T.I!.— I 



2 REVISTA NACIONAL. 



Fernanda, — Mucho. ¡Qué colores tan vivos! Esa flor está tan boni- 
ta, que parece lo mismo que si fuera natural! 

Gabriela, — ¿Cuál de ellas? 

Fernanda. — La del medio la grande es una fosa una 

rosa principe 

Ghhriéla. — Exactamente es la rosa predilecta de 

Fernanda, — Del señor que se marchó á México ya! 

Gabriela, — Del mismo, sí. 

Fernanda, — ^Si D. Antonio mirara esa flor Si supiera que mien- 
tras él está pasa que pasa por la banqueta de esta calle, Vd., Señorita, 
borda para el otro señor este cojín tan precioso. 

Chbriela, — Y qué me importan á mí ni ese D. Antonio, ni todos los 
Antonios del mundo! 

Fernanda, — Es que si Vd. supiera lo que me han dicho hoy 

Chbriela, — ¿Quién? 

Fernanda, — D. Antonio. 

Chbriela, — ¡Dale! 

Fernanda. — Pero no, Señorita, no se lo he de decir á Vd., porque 
la enojaría 

Gabriela. — Mira, Fernanda, que estáis picando mi curiosidad. 

Fernanda. — Ay, Señorita; lo cierto es que eso causa mucha pena... 
como que soy mujer. Luego los hombres engañan con tanta faci- 
lidad! 

Gabriela (dejando el bordado). — Hola? ¿Cómo que engañan? ¿qué 
estás diciendo? ¿A quién te refieres? Ahora sí, habla, Fernanda; quie- 
ro saberlo todo! 

Fernanda, — Pues bien, voy á contar á Vd., palabra por palabra, lo 
que me dijo D. Antonio. Primeramente 

Gabriela. — ^Ay, Dios mió, pero acaba. 

Fernanda, — Pues primeramente me dio una carta para que yo se 
la entregara á Vd., ¡y no quise recibirla! 

Gabriela. — Hiciste bien. Continúa. 

Fernanda, — En segundo lugar, me ofreció dinero 

Gabriela. — Y tú no se lo admitirías 

Fernanda, — Por supuesto que no! Después, en tercer lugar, me dijo 
D. Antonio: "Paciencia, ya sé yo por qué te rehusas, Fernanda; ya lo 
sé. Es porque la señorita Gabriela quiere á otro que no se la merece; 
sí, señor; no se la merece." — ^¿Y por qué lo dice Vd? le contesté yo. — 



GABRIELA. 3 



Porque acabo de llegar de México; apenas hace dos días que volví de 
allá y allá vi muchas veces á Octavio. 

Oabriela. — ^Ah! ¿conque vio á Octavio? ¡Dichoso él que lo vio! 

Fernanda. — Sí, pero vaVd. á oir 

Gabriela. — Pues qué más dijo ? eso es, porque si no hizo más 

que verlo 

Fernanda. — "Ella lo quiere mucho;'' — siguió diciendo D. Antonio 
— "pero él está enamorado ¡enamorado de otra! 

Gabriela. — Fernanda, miente! 

Fernanda. — Pues eso le dijo yo: que no era verdad y él me 

respondió que sí que era cierto! Qae D. Octavio estaba enamora- 
do de su prima de una prima]que tiene allá D. Antonio allá en 

México, y que se llama que se llama ¡ya se me olvidó su nombreí 

Gabriela. — Pues mira, Fernanda, que no se te olvide; acuérdate.... 
es preciso; acuérdate; ¿ya te acordaste? 

Fernanda. — Voy á recordar 

Gabriela. — Pues no! ¡Pues no faltaba más que se te olvidara eso! 

Fernanda. — ¡Si es un nombre muy bonito! 

Gabriela. — ¿Conque es un nombre muy bonito? Ay! y á mí que me 
pusieron un nombre tan feo! ¡Gabriela! ¿Por qué me pondrían Gabrie- 
la á mí? ¿Ya te acordaste? ¡Quisiera yo sacarte ese nombre de los se- 
sos ó arrancártelo de la lengua! 

Fernanda. — Espere vd.. Señorita ya! aquí lo tengo 

Ali Ali ¡Alicia! Eso es, ¡Alicial 

Gabriela. — ¡Y qué nombre tan primoroso es el de Alicia! 

Fernanda. — Sí y que ella también es muy bonita! 

Gabriela. — ¡Conque es muy bonita! ¡Ay! no sé qué me da á mí! No 
sé qué siento! ¡Unas ganas de llorar, terribles! ¡Nunca he tenido más 

ganas de llorar que ahora! ¡Pero qué! No lo creas, Fernanda, no 

lo creas! ¡Qué ha de olvidarme Octavio! ¡Eso es mentira! ¿Y esto?.... 
[Sacando de su seno un papel."] Tengo una carta suya que he recibido 
por el correo de hoy! 

Fernanda. — Como que vi que se la entregara á Vd. el cartero 

y lo contenta que se puso! ¡Y hasta otra cosa vi ! 

Gabriela. — ¿Conque lo viste, eh? ¡Y yo que creí que nadie me mi- 
raba al besar este papel! Pues figúrate si yo había de creer.,... calum- 
nias ! ¡envidia! [Vuelve á tomar su labor"] ¡Cómo había de pare- 

cerle á Octavio otra mujer más bonita ni más buena que yo ! 



1 

REVISTA NACIONAL. 



Fernanda, — Eso mismo le dije á D. Antonio. 

Gabriela. — ¿Y él que te respondió? 

Fernanda, — Que su prima era bonita de otra manera que Vd. ¡Her- 
mosa, alta con unos ojos muy negros! 

Gabriela, — Mira, no me digas eso, porque una vez se le escapó á 
Octavio que le gustaban los ojos negros, y los míos no son muy ne- 
gros 

Fernanda. — Ya lo vé Vd? 

Gabriela — ¿Y eso es bastante? ¡Vaya! 

Fernanda, — Y añadió D. Antonio que él tenía las pruebas! 

Gabriela [sobresaltada y ajando de nuevo el bordado"], — ¿Qué aña- 
dió, Fernanda? 

Fernanda. — Que él tenía las pruebas y que con tal que Vd. le 

diera una esperanza 

Gabriela [poniéndose de pié"]. — Me las entregaría? 

Fernanda, — Eso 

Gabriela [con pueril resohmón], — Que sí dile que sí ¡una! 

¡cien! ¡mil esperanzas! ¿Qué pierdo yo con darle esperanzas? ¡Na- 
dal Toca tócame la mano. 

Fernanda, — Como el granizo helada! 

Gabriela, — ^Ay! me ahogo! Y dime, Fernanda, ¿cuándo podrás tú 
ver y hablar á D. Antonio? 

Fernanda, — Mafíana. 

Gabriela. — Mañana? ¡No! ¡Hoy mismo! 

Fernanda. — Cuando vaya á la plaza por la verdura. 

Gabriela. — ¡Mañana me encontrarías muerta en mi lecho! 

Fernanda, — Pero, Señorita A esta hora, ¿en dónde encuentro 

yo á D. Antonio? 

Gabriela. — No lo sé! Búscale 

Fernanda. — Pudiera ser que le encontrara yo donde se juega el 
billar! 

Gabriela. — Eso es, allí 

Fernanda. — O en la escoleta 

Gabriela, — También 

Fernanda, — O en esta calle 

Gabriela, — También. ¡Ojalá que estuviera en esta calle! Ve y 

mira en señal de que le doy esperanzas, dale tú esta flor! 

[Se quitaunaflor de la cabeza,'] No no no le darás nada 



GABRIELA. 5 

sería mucho ly si lo supiera Octavio! Ah! no eso no! 

Búscale, busca á D. Antonio, y que te dé las pruebas {_Aparte,'] 

¡Sería una ligereza daríe una flor! [ Vase Fernundu,^ 

ESCENA 2' 

GABRIELA, Solü. 

Ah! ¡Ingrato! Si eso fuera verdad si me engañara 

¡pero no he de dar ni una puntada más, hasta que sepa yo á qué ate- 
nerme! [^Contemplayido el bordado,'] ¡A qué atenerme! ¿Y es 

cierto? ¿Conque estoy dudando de Octavio? ¡yo! ¿dudar?.... ¿de él? 

¡Es imposible! A ver á ver [Saca de nuevo la carta desuse- 
no y se acerca á la luzJ] No queda duda. [Lee."] "Abril 17" — ¡Y es- 
tamos á 19! Luego antes de ayer la escribió! — "Mi adorada Gabriela:" 

— Hum mi adorada Gabriela si está tan claro. — "Hace ocho 

dias que no recibo carta tuya" — Como que estaba yo enferma. — "Cuan- 
do esto acontece" — Que pocas veces habrá acontecido. — "Cuando esto 
acontece, se me vienen al pensamiento ideas muy tristes, y me canso 
de contar estas tristezas, como se cansan los ojos de contar las estre- 
llas en el cielo " — ¿Qué tal? ¡Y qué lindo, qué lindo escribe mi 

Octavio! 

ESCENA 3' 

GABRIELA. — ENRIQUETA. — FEDERICO. 

Enriqueta [en la puerta del fondo], — Pase Vd., seflor D. Federico. 

Gabriela [ocultando la carta]. — Ah! 

Federico [á Enriqueta], — Muchas gracias. [A Gabriela entrando,] 
Buenas noches. Señorita. 

Gabriela, — Buenas noches. 

Federico, — Leía Vd. una carta Siento mucho haberla interrum- 
pido 

Gabriela, — No, señor leía la carta de una amiga ¡Y eso 

qué importa! Después terminaré su lectura Siéntese Vd. 

Federico, — De ningún modo continúe Vd Y, eso precisa- 
mente venia diciendo á la señora su tía, tengo urgencia de hablar al 
señor su padre de Vd. para un asunto importante. 



REVISTA NACIONAL. 



Chsbriela, — Ah! en ese caso, pase Vd. Mi padre escribe en este mo- 
mento en su bufete Tendré mucho gusto en acompañar á Vd. 

Federico, — Agradezco la amabilidad; pero si la señora no se mo- 
lesta 

Enriqueta, — ¿Molestarme? al contrario Venga vd. 

Federico [de la puerta derecha del actor ^ á Enriqueta'], — Pase Vd. 
por delante, [-á Gabriela,'] Cüon el permiso de Vd. 

Gabriela, — Vd. lo tiene. 



ESCENA 4» 

Gabriela. — Después Enriqueta. 

Oabriela, — ¿Y qué necesidad tendría yo de seguir leyendo, si me la 
sé de memoria? [Dobla la carta y se la guarda en el seno,] Yo quería 
solamente mirar de nuevo, una por una, las letras de esta carta; por- 
que me parece cada una de ellas un testigo de su amor! ¡Ay, Dios mió* 
¡Yo, que nunca había recelado! ¡Tanto oí contar de infidelidades y trai- 
ciones, y nunca sospeché que pudiera tocarme á mí también tan negra 
suerte! 

Enriqueta [entrando], — ¡No me gusta á mí este seftor D. Federico 
Tiene un aire tan serio tan grave ¡Y aún no es viejo! 

Gabriela, — Pues á mí, tía, no me parece lo mismo me es muy 

simpático, ¡mucho! 

Enriqueta, — Ya se ve, como te enamora Siempre á las mujeres, 

7 mientras más jóvenes más, les es simpático el hombre que se inte- 
resa por ellas. 

Gabriela, — No lo niego, pero en este caso no es por eso Tú 

sabes bien que si yo hubiera querido 

Enriqueta. — Lo sé, y por eso me extraña que hables así con 

tanto entusiasmo 

Gabriela, — Entusiasmo? Se equivoca Vd., querida tía; ya sabe Vd. 
que adoro en mi Octavio, y que fuera de Octavio, nadie aquí [señalan- 
do su corazón], Pero confieso á Vd., con la franqueza de siempre, que, 
después de Octavio, es Federico el hombre que me agrada más ó, me- 
jor dicho, que me disgusta menos. 

Enriqueta. — Hola hola 



GABRIELA. 



Gabriela [cambiando de tono]. — Y si Vd. supiera, tía de mi alma, 
lo recelosa y angustiada que me encuentro ahora 

Enriqueta. — ¿Cómo? 

Gabriela. — En estos momentos! 

Enriqueta. — ¿Y por qué? ¿por qué, hija mía? 

Gabriela. — Después, después he de contárselo todo Sepa Vd. 

solamente que tengo clavada en el corazón una agudísima espina 

que quisiera yo arrancármela, y que no puedo. [^Aparte."] ¡Y esta Fer- 
nanda que no parece! — ^Tía, dígame Vd.: si Vd. amara á un hombre 

como nadie amó sobre la tierra [Se dirige inquieta hada la ven- 

tana y aceclia á la calUy con ansia de distinguir á Fernanda.'] 

Enriqueta [^interrumpiéndola]. — Así cree una simpre. 

Gabriela. — Cuando el amor es de veras. Si Vd. se sintiera loca de 
enamorada, llena de esperanzas, llena de ilusiones; contenta, alegre, 

feliz y al través de sus sueños, y al través de sus pensamientos, 

y al través de unas hojas de papel, escritas con toda la poesía de que 
parece ser capaz un alma hermosa, divisara vd. derepente la perfidia 
y la traición, como al través de una máscara de alambre el rostro de 
un infame, ¿qué haría Vd? 

Enriqueta, — ¿Qué haría yo? 

Gabriela. — ¿Qué haría Vd? 

Enriqueta. — Olvidarlo! 

Gabriela. — Olvidarlo? ¡Qué bien se conoce, tía, que nunca ha 

amado Vd.! Olvidar. ¿Y qué es olvidar? Míreme Vd., tía y cierre 

Vd. después los ojos ¿se atrevería Vd. á creer que nunca me ha 

■visto? Arranque Vd. mi sombra del fondo de sus pupilas ¡Pues 

vaya Vd. á arrancarse una imagen del fondo del corazón! ¡En donde 
ni aun puede llegar la mano! 

Enriqueta. — Pero es posible que Octavio 

Gabriela. — Así es también á mí me parece imposible ¡tam- 
bién! Y ¡mire Vd. qué candorosa! ni me lo había imaginado ja- 
más! Pero acuérdese Vd. de Raquel, mi compaflera de colegio.... 

¿Qué le pasó con Leonardo? Y á Juanita la ahijada de Vd., ¿qué 

le pasó con aquel pisaverde de Leandro, ¿qué le pasó ? y á Victo- 

rina, que á pesar de ser una pobrecita hija del pueblo, no por eso de- 
jaba de tener corazón la prueba es que se murió por aquel infame 

de Teodoro, el mayordomo de campo de la hacienda Y ya ve Vd., 

ni me había vuelto á acordar de todas estas gentes y ahora 



8 REVISTA NACIONAL. 



ahora se me aparecen todas marchando en fila, delante de mis ojos, 

como una procesión de fantasmas, camino del camposanto Ah! 

pero yo tendré las pruebas, tía, de la maldad, de la infamia y de los 
hipócritas sentimientos de ese falso de ese malvado, de ese in- 
grato de Octavio ^Aparte] ¡Esta Fernanda! 

Enriqueta. — Pero no tienes aún las pruebas 

Gabriela, — Pero tengo el presentimiento. 

Enriqueta, — Siempre se presiente lo malo 

Gabriela, — Porque lo malo es lo más común, así lo dice papá 

Enriqueta, — ¿Pero á dónde iríamos á parar si eso sirviera de base 

á nuestros sentimientos ? ¡Juzga mal y acertarás! ¡Bonito proverbio 

para las creencias humanas! 

Gabriela, — Tiene Vd. razón, tía, ¿por qué he de juzgar mal á Octa- 
vio si no tengo aún motivo justificado ? 

Enriqueta, — Eso es, que se justifiquen y entonces 

Gabriela, — Y entonces ya verá Vd. lo que yo voy á hacer en- 
tonces 

Enriqueta, — ¿Qué vas á hacer? 

Gabriela, — Le digo á Vd. que ya lo verá... Ah! ahí está Fernanda... 
algo trae en la mano! 



ESCENA b"". 
Dichas, — Fernanda. 

Fernanda, — Señorita 

Gabriela, — Sí ya lo vi ahí las traes. — Dámelas, dámelas 

pronto. — Ay! tía, no sé lo que es esto; pero me están temblando las ma- 
nos, y me está temblando el pecho, y me está temblando el alma. 
\ApaHe.'\ Ay! quisiera yo estar sola, no quisiera que nadie fuera tes- 
tigo de la traición de Octavio. ¡Y pensar que anoche dormí yo tan di- 
chosa, cuando ya estaba escrito todo esto! 

Fernanda. — Señorita 

Gabriela. — Calla no me digas nada; no quiero oir nada hasta 

saber que hay aquí! 

Enriqueta. — ^Valor abre esa carta 

Gabriela. — El sobre es de letra suya: "A Alicia'" 



GABRIELA. 9 



Enriqueta, — Ábrela 

Gabriela. — Espere Vd., tía ya voy; pero espere Vd. un momen- 
to! Ahora sí, le estoy abriendo el pecho á Octavio y voy á leer en 

su corazón! [^Abre la carta] Ay! [leyendo.'] No no [-á 

Unríquet^^ ¿Qué dice aquí, tía ? 

Enriqueta. — "Mi adorada Alicia." 

Gabriela. — Ay! Dios mió! ¿Y aquí que dice, tía? Lea Vd 

{_Le da la carta que guardaba en el seno.] 

Enriqueta [ke]. — "Mi adorada Gabriela '' 

Gabriela. — Ya Vd. ve ! 

Enriqueta. — ¿Pero esto, lo habrá escrito él? 

Gabriela. — ¿Pues no conoce Vd. su letra? A ver vea vd. su fir- 
ma. — Véala Vd. aquí. [Enseñando las dos cartas.] Y véala Vd. en esta 
otra carta 

Enriqueta.-^Siy no queda duda 

Gabriela. — ¡No queda ninguna duda ! [Se apoya en el respaldo 

del sillón, y clavando los ojos en tierra se queda abisínada, como aquel 
que va á tomar una resolución definitiva.] 

Enriqueta [después de un rato], — Gabriela Gabriela Ga- 
briela, hija mía, ¿en qué piensas ? Vamos ! Si eso no tiene 

remedio 

Gabriela. — Sí, sí tiene tiene uno Déjeme Vd. sola, tía, se 

lo suplico á Vd.; déjeme sola ya verá Vd y tú [áFemandcH] 

toma: [dándole las cartas] devuélvele esas cartas á D. Antonio 

y dale las gracias de mi parte....! Dile que se lo agradezco mucho 

mucho 

Enriqueta [á Fernanda , que la ha consultado con la mirada], — Sí, 
llévaselas en el acto llévaselas 

Gabriela. — Ya no las necesito para nada 

Enriqueta. — Pues piensa bien lo que vas á hacer 

Gabriela. — Sí, tía y cuando Vd. vuelva, dentro de unos mo- 
mentos, habré ya tomado mi definitiva resolución. Muy pronto sabrá 

Vd. cuál es [VánsCj Fernanda por el fondo y Enriqueta por la 

puerta izquierda del ador.] 

Enriqueta. — ¡Pobre muchacha! [ Vase!] 



10 REVISTA NACIONAL. 



ESCENA e*? 

Gabriela solaj y después Federico. 

Gabriela, — \Y cómo tiene el corazón fuerzas bastantes para resistir 

todo esto ! ¡Cómo no se muere todo, cuando le falta todo! — ¿Qué 

es el pasado ? ¿Qué es el presente ? ¿Qué es el porvenir? Un 

alegre fantasma que vino, que me sonrió que me acarició 

que me besó Despojado de su gala y de su rica pompa, se sienta 

á mi lado hoy para mirarme llorar frío, impasible serio, co- 
mo la estatua de mármol de los sepulcros! Ay! Octavio, Octavio 

mío! y para qué me hiciste tanto daño! ¿Y dónde estás? ¿Dónde? ¡El 
hombre que hace llorar á una mujer, debía tener siquiera el valor de 
arrodillarse junto de ella para recoger sus lágrimas! Me heriste como 
el malvado que huye y abandona á las aves de rapiña el cuerpo de su 
víctima! Y bien [irguihidose], basta; basta ya de llanto y de angustia, 
y de dolor estéril! Tú, á quien creía modelo de enamorados pudiste ol- 
vidarme á mí yo también podré olvidarte Me dijiste mil veces 

que era yo el espejo de tu alma ; tal como te presentas ante mí en 

este instante, me presentaré yo á tus ojos ¡más tarde! ¡Olvidar! Tenía 
razón mi tía Debe ser muy fácil olvidar, supuesto que me olvi- 
daste tú! Ah! [viendo aparecer á Federico] Federico 



ESCENA 7' 

Federico. — Gabriela! me alegro de encontrar á Vd., y de encontrarla 
sola. 

Gabinela, — Y yo me felicito de que eso le cause á Vd. alegría. Sién- 
tese Vd., Federico. 

Federico. — Gracias: pero no quisiera importunarla. 

Gabriela. — Jamás fué Vd. importuno para mí. 

Federico. — Ah! 

Gabriela. — Insisto en que tome Vd. asiento. 

Federico [sentándose']. — Gabriela, acabo de despedirme de su señor 
padre para siempre. 

Gabriela. — Para siempre? pues qué, ¿abandona Vd. el lugar? 

Federico. — Hoy mismo. 



GABRIELA. 11 



Gabriela, — Tan de repente! 

Federico. — Eso no. Hace ya algunos días que le anuncié á Vd. mi 
partida. ¡Qué mala memoria tiene Vd! 

Gabriela, — No señor, á mí no se me olvida nada! 

Federico. — ¿Nada? 

Gabriela. — Ese "nada" ¿es un reproche? 

Federico. — ¿Vd. lo cree así? 

Gabriela. — Pero no lo merezco. 

Federico. — Gabriela, ¿se ha acordado Vd ? 

Gabriela. — ^Todos los dias. 

Federico. — ¿Se ha acordado vd. de que me debe una respuesta? 

Gabriela. — Y se iba Vd. sin ella. 

Federico. — Va Vd . á responderme 

Gabriela. — Sí. Pero era necesario reflexionar antes. 

Federico. — ^Tiene Vd. razón tiene Vd. mucha razón, y eso me 

agrada. Si se tratara, Gabriela, de uno de tantos jóvenes, que, como 
yo en otro tiempo, buscan al acercarse á una mujer la satisfacción de 

im capricho más ó menos liviano y pasajero Si me encontrara yo 

todavía en esa época de la existencia del hombre, cuando aún en rea- 
lidad no lo es, y deslumhrado por la extraordinaria belleza de Vd., 
buscara yo en su respuesta un halago para mi vanidad y un triunfo 
para mi orgullo, habría deseado de los labios de vd. respuesta breve y 
rápida, en consonancia con mis sentimientos. Mas como éste que ex- 
perimento, créalo Vd., es tan serio y de tal manera arraigado en mi 
alma, que va Vd. á darme con su contestación ó una inmensa y posi- 
tiva felicidad, ó la más amarga y cruel de las decepciones de mi vida. 
Me agrada, repito á Vd., por singular manera, que antes de responder- 
me hubiese Vd. dado cabida en su pensamiento al juicio y la reflexión. 
No tengo que repetir lo que ya por dos veces dije á Vd.: y suprimo, por- 
que no se necesita, esa serie de dircursos en los que se apura la eterna 
y vulgar, pero sublime fraseología del lenguaje del amor. Lealtad, ca- 
riño y ternura cuanto puede ofrecer el corazón amante; respeto y 

abnegación en cambio de esas dulzuras de la vida íntima, apacible 
y tranquila, y cuya descripción he intentado hacer á Vd. hace pocos 
días, con todo el colorido de la verdad y de la buena fé; es todo cuan- 
to á Vd. le pido 

Gabriela. — Bien, Federico basta entrego á Vd. mi mano y 

con ella mi corazón y mi vida 



12 REVISTA NACIONAL. 



Federico [toin/indolc la mano], — Ali! Gabriela tan inesperada 

dicha me conmueve profundamente, y acrecienta, en un momento, con 
mi amor mi gratitud. Y quiere decir que hoy mismo 

Gabriela, — Puede Vd. pedir su autorización á mi padre. 

Federico, — Al instante! Vuelvo, ya vuelvo, Gabriela. [ Vase.'] 

Gabriela, — Y yo aquí aguardo [^Aparece Enriqueta,'] 

ESCENA 8" 

Enriqueta. — Gabriela. 

Enriqueta, — ¿Pero qué es lo que he visto? 

Gabriela, — Nada, tia, que me caso, ¿hay cosa más natural? 

Enriqueta, — ¿Con Federico? 

Gabriela, — ^¿Y le extrafla á Vd? 

Enriqueta, — ¡Pues no! Me extrafla y me enoja. Me extrafla por lo 
repentino de tu resolución; y me enoja porque me apena en tí la mu- 
danza. 

Gabriela. — Me aconsejaba Vd. el olvido. 

Enriqueta, — No es ól el que me asombra, sino la rapidez con que 
vino. Ese matrimonio que intentas es imposible. 

Gabriela, — Por qué? 

Enriqueta, — l^orque te hará desdichada. 

Gabriela. — Obedezco ú los impulsos de mi corazón. 

Enriqueta. — A los impulsos del despecho. 

Gabriela, — Yo siento, sin esforzarme, decidida simpatía por Fe- 
derico. 

Enriqueta. — Hace |h)co me afirmabas que la simpatía no es el amor. 

Gabriela. — IVro tras ella viene. 

Enriqueta. — Viene el amor tras de la simpatía volando con alas pos- 
tizas. 

Gabriela. — Algún dia amaré á Federico tanto como creí amará Oc- 
tavio. 

Enriqueta. — iVo. Gabriela, oye lo que voy á decirte, y grábalo en 
tu corazón. 

Gabriela. — Son inútiles los consejos, tía: he tomado una resolución 
V es ¡rrrovocablo. 

Ennqueta. — Harás lo que tú quieras: pero necesito hablarte sobre 
cslo, V lú necesitas oirmo. Yo cumplo con un deber, tú con una obli- 



GABRIELA. 13 



gación. ¿Qué vas á buscar en rededor tuyo casándote con Federico? 
Nada. ¿Qué vas á buscar dentro de tí? Nada. Fuera de tí la soledad 
del hogar; dentro de ti la soledad del alma! El alma y el hogar están 
vacíos si el amor no habita, en el uno, bajo su techo; en el otro, al abri- 
go de sus sentimientos. Si. el corazón es insaciable cuando tiene de qué 
alimentarse, ¿qué sed no será esa, qué hambre no será esa, cuando no 
tiene ni placeres que lo halaguen, ni penas que lo destrocen? En qué 
seno vas á reclinar tu sien para sonreír? ¿En qué seno vas á ocultar 
tu frente para llorar? ¿Tí'casas porque buscas apoyo? El mío es débil, 
pero lo tienes. ¿Te casas porque necesitas de sombra y protección? Vi- 
ve aún tu padre. ¿Te casas porque quieres libertad? Pues bien, vas á 
perder la que ahora tienes. Todas serán cadenas para tí No ten- 
drás libertad ni para ver, ni para oír ni para pensar! Hoy, si cla- 
vas tu mirada en un hombre, si el más inocente de tus movimientos, 
la más leve de tus inclinaciones denuncia en tí siquiera pueril simpa- 
tía por un hombre, la sociedad, el mundo, las lenguas, podrán decir ó 
dirán: "qué loca," "qué coqueta," "qué ligera." Casada, por el mismo 

motivo por menos aún, por mucho menos, la sociedad, el mundo, 

las lenguas dirá: "vil, infame " 

Gabriela, — Tía 

Enriqueta, — Dirán dirán algo más que hará subir á tu frente 

y agolparse á tu cabeza toda la sangre que por tus venas circula. No, 
mil veces no! ¡Ese matrimonio es imposible! Yo, con todas mis fuer- 
zas habré de oponerme á él. 

Gabriela, — Y yo con todas las mías haré que ese hombre me con- 
duzca al altar. 

Enriqueta. — Pero tú te has vuelto loca. 

Gabriela. — No, tía, esta Vd. equivocada. Antes, ayer mismo, hoy... 
estaba loca. He vuelto á la razón. 

Enriqueta. — ¡Que de tal manera los celos pongan ante los ojos tan 
tupida venda! Hablaré á tu padre; mi hermano sabrá oirme. 

Gabriela. — Perdóneme Vd. tía; pero yo antes que vd. entraré á su 
aposento para hablarle. Allí está Federico. 

Enriqueta. — Por lo mismo, aún será tiempo. 

Gabriela [interponiéndose entre la puerta y Enriqueta para impe- 
dirle el paso\ — Tía 

Enriqueta, — ^Déjame pasar 

Gabriela. — No, tía, no irá vd. [Aparece Fernanda por el fondo."] 



14 REVISTA NACIONAL. 



ESCENA 9' 

Dichas y Fernanda. 

Fernanda. — Señora Señorita el Sr. D. Octavio. 

Gabriela. — Octavio! 

ii%man<2a.-Subiendo está la escalera. 

Gabriela. — Él el infame ^ 

Enriqueta. — ^Tú lo recibirás. 

Gabriela. — Nunca! 

Enriqueta. — Gabriela 

Gabriela. — Le digo á Vd. que nunca! 

Enriqueta. — Entonces 

Gabriela. — Vd. lo recibirá! J[Gabriela con un rápido movimiento se 
dirige á la puerta que conduce al aposento de su padre^ y saliendo por 
eUa la cierra por dentro."] 

Enriqueta [al verla cerrada exclama"]. — Oh! y Octavio sube.... 

allí está. 

ESCENA 10* 

Enriqueta Octavio. 

Octavio. — Enriqueta 

Enriqueta [con disimulada pena y notoria perplejidad]. — Octavio... 

Octavio. — ¿Qué es esto? ¿qué le pasa á vd? ¿Por qué no me recibe 
Vd., señora, como otras veces? ¿Qué ocurre? ¿Alguna desgracia acaso? 

¿Está el Sr. D. Pedro enfermo? O tal vez Gabriela ¿En dónde está 

Gabriela, que no viene? Enriqueta, suplico á vd. que la llame ó que la 
haga llamar, porque apenas cuento con unos instantes para hablar con 
ella siquiera para mirarla 

Enriqueta. — ^¿Cómo? ¿Se vuelve Vd. á marchar? 

Octavio. — He venido á mi pueblo solamente á la práctica de una 
diligencia judicial, sobre un asunto muy grave, y que requiere la ma- 
yor brevedad en sus procedimientos; pero el tiempo se va y son sus 
instantes preciosos para mí Le ruego á Vd. otra vez que haga lla- 
marla Gabriela. Ah! Hace tanto tiempo que no la veo 



GABRIELA. 15 



Enriqueta. — Octavio es que Gabriela Gabriela se ha 

recogido 

Octavio. — ^¿Tan temprano? Ay! seftora, con esta doble vista de los 

ojos enamorados, no sé qué miro en el semblante de vd., de raro 

de extraordinario. Tal vez me equivoque. lOjalá, Enriqueta, que me 
equivocara yo! 

Enriqueta. — Pues bien es cierto yo Octavio lo siento 

mucho muchísimo; pero qué quiere Yd. que una haga yo la 

he hecho muchas reflexiones muchas 

Octavioj — ¿Pero sobre qué? Acabe Vd., que me está asesinando len- 
tamente! 

Enriqueta. — Y bien tiene Yd. razón esa zozobra es del 

instinto que se la acusa á Yd Hay algo que nos avisa hay 

una voz misteriosa y secreta que nos habla al alma cuando ha caido 
sobre nosotros una desgracia. 

Octavio. — Pero, por Dios, señora, que esta agonfa en que tiene Yd. 
á mi espíritu, es peor todavía que la mayor de las desgracias. 

Enriqueta. — ¿Tendrá vd. valor? 

Octavio. — Para todo. 

Enriqueta. — Pues bien, Gabriela 

Octavio. — No me ama ya? 

Enriqueta. — Eso. 

Octavio. — Permítame Yd., señora, que no lacrea que vacile en 

creer á Yd que dude 

Enriqueta. — Como que yo misma lo estoy dudando todavía. 

Octavio. — Y sin embargo 

Enriqueta. — Es verdad! 

ESCENA !!• 

Gabriela. — Enriqueta. — Federico. — Octavio. 

[& abre la puerta por la cual salió Gabriela, y aparece ésta con 
Federico.li 

Gabriela. — Tía Octavio, ¿Yd. aquí? Buenas noches Le ha- 
cía yo á Yd. en México, al lado de la Srita. Alicia su prometida. El Sr. 

D. Federico Mendoza el Sr. D. Octavio Pérez. {^Presentándolos.^ 

{Octavio y Federico se cambian un saludo'] Tía le presento á Yd. 



16 REVISTA NACIONAL. 



{^aeñalando á JFedeWco] á mi futuro esposo. Es asunto arreglado, pues 
el Sr. ha pedido mi mano á mi padre y yo he consentido. 

Enriqueta, — Sea para bien. 

Federico, — Gracias, señora. Hasta mañana, Gabriela. Caballero..*.. 
[á Octavio] [^Octavio conteda con una cortesía á Federico, elcu^ilca^i 
ni se ha fijado en áí.] [ Vase Federico,"] 



ESCENA 12* 

Gabriela. — Enriqueta. — Octayio. 

Octavio. — Pero esto es una horrible chanza, Gabriela. 

Gabriela, — ¿Lo cree Vd. así? 

Octavio [á Enriqueta]. — Señora ¿esto es cierto? 

Fnriqu£ta, — Es cierto. 

Octavio [tomando su soinirero], — Entonces nada tengo que ha- 
cer aquí, Enriqueta, [dándole la ma)io]. Buenas noches, señorita 

[saluda7ido desde lejos á Gabriela], 

Gabriela. — Que lo pase Vd. muy bien, caballero. 

Enriqueta [al desaparecer Octavio]. — Pero, es posible? 



ESCENA ULTIMA. 

Gabriela [sin hacer caso de la pregunta de Enriqueta], — ¿Ha visto 
Vd. qué semblante, tía, el del pobre de Octavio? Já já já 

Enriqueta, — Gabriela! 

Gabriela, — Pues cómo no he de reir! Já já já já 

[ Gabriela se ríe, primero con mofa, después su risa ó carcajada histé- 
rica termina en una explosión de sollozos y oMiba, al fin, por dejarse 
caer, llorando copiosamente, en el sofá], 

Enriqueta [mirándola con profunda lástima], — Desventurada! [Cae 
el telón], 

fin del acto primero. 



QABKIBLA. 17 



ACTO SEGUNDO. 

Sala en casa de Federico. — Puerta en el fondo, A la derecha del espectador, dos 
puertas laterales, A la izquierda^ una que pertenece á la ¡mbitaeión de Fe- 
derico, y otra en segundo término, que conduce á la calle, como una puerta de 
escape. 



ESCENA 1^ 

FEDERICO, entrando por d fondo seguido de Anselmo. 

Federico, — Has que tengan listo el carruaje, porque saldremos esta 
noche 

Anselmo. — Bien, señor. 

Federico. — Se entiende, si como me has dicho, mi padre se encuen- 
tra mejor. 

Anselmo. — Mucho, sefior. Aseguró el médico, al salir, que se hallaba 
fuera de peligro; eso á lo menos dijo á la sefiora. 

Federico. — ¿Y no dijo nada más? 

Anselm^o. — Que es preciso cuidarle porque se encuentra débil 

muy débil; encargó el silencio y el reposo. 

Federico. — Por fortuna, Anselmo, este departamento que ocupamos, 
de paso, en la casa de mi padre, está bastante lejos de las habitaciones 

en que él se entrega al sueño Sin embargo, te recomiendo que al 

cerrar esta noche las puertas, no hagas ruido. 

Anselmo, — Descuide vd. 

Federico. — ¿Y la señora? 

Anselmo. — Me encargó que le avisara á vd. que está vistiéndose pa- 
ra el baile 

Federico. — Está muy bien. Retírate, Anselmo; te repito que mandes 
alistar el carruaje. ^Anselmo se va]. 

ESCENA 2* 

EEDERICO solo. 

¡Ah! ese hombre! ¡ese hombre! ya me llama la atención su terque- 
dad. Vamos será un loco ¿Dónde he visto yo á ese hombre 

B. ir.-T.II.-2 



18 REVISTA NACIONAL. 

alguna vez ? ¿Dónde ? ¡Una vez solal Debe de haber sido una vez 

sola! Pero no ¡quiá! ;qué me importa á mi, si ella es tan buena! 

¡Ola, sin duda estoy oyendo sus pasos y yo no me he vestido aún 

no no que no me vea le molestaría mi tardanza. {^Entra 

Gúhriela en traje de baile, y se mira al e^fpejOf poniéndose los guantes^ 



ESCENA 8' 

GABRIELA, de^pués ANSELMO. 

Gabriela. — Bien, es preciso complacerle es preciso es ne- 
cesario [toca el timbre.'] Anselmo? 

Anselmo. — Señora 

Gabriela. — ¿Y el señor? 

Anselmo. — Vistiéndose. 

Gabriela. — ¿Crees que tardará mucho? Le puedes avisar que ya es- 
toy lista. 

Anselmo [dirigiéndose á la puerta de la habitación de Federico.'] — 
Está muy bien, señora. 

Gabriela. -'-Con eso se dará alguna prisa. 



ESCENA 4* 

GABRIELA, ENRIQUETA. 

Enriqueta [en la puerta del fondo]. — Se puede entrar? 

Gabriela. — ^Adelante ¡Ah! tía! mi tía Enriqueta, qué placer! 

Enriqueta [avanzando al proscenio]. — Placer! No lo esperabas; es 
cierto? 

Gabriela. — No, la verdad que no! Siéntese vd., tía mía siénte- 
se vd. 

Enriqueta. — ¿Creíste que durarían eternamente mis rencores? 

Grobriela. — Sí, lo creí Como yo desde niña conozco el carácter 

de vd., terco, tenaz, indomable 

Enriqueta. — Indomable! esa es la palabra. Por eso precisamenlo no 

me casé y ahora que esto digo, y olvidando por un momento lo 

pasado, ¿qué tal? ¡cuéntame! ¿eres dichosa? ¿vives feliz? Si lo he olvi- 



\ 



GABRIELA. 19 



dado todo y el poder de este cariño hasta aqui me ha arrastrado, por- 
que es mucho, mucho lo que te quiero: por lo mismo, Gabriela, no me 
engañes; no me respondas como responderlas á cualquier amiga imper- 
tinente ó curiosa que te preguntara Dime ¿por qué bajas los 

ojos? la verdad la verdad ¿No estás acostumbrada desde muy 

pequeña á que yo lea en tu pensamiento? 

Gabriela. — ^Asi es vd. fué siempre mi mejor amiga, por eso hi- 
ce seguramente ma), muy mal en no seguir sus consejos. 

Enriqueta. — ¿Lo confiesas? 

Gabriela, — Lo confieso. 

Enriqueta, — ¿Sufres? 

Gabriela, — Mucho. 

Enriqueta, — ¡Y hace un mes nada más que te casaste! 

Gabriela. — ¡Hace un siglo! 

Enriqueta, — ¿No es ese señor D. Federico bueno contigo? 

Gabriela. — Sí es. 

Enriqueta. — ¿Tiene mal carácter? 

Gabriela. — No. 

Enriqueta. — ¿Ni es exigente para nada? 

Gabriela. — Para nada. 

Enriqueta. — ¿Te ha reñido alguna vez? 

Gabriela. — Jamás. 

Enriqueta. — ^¿Es celoso? 

Gabriela. — No. 

Enriqueta. — ¿Tiene muchos amigos? 

Gabriela. — Ninguno; al menos que yo sepa. 

Enriqueta. — ^¿Recibes? 

Gabriela. — A nadie. Hace nada más tres días que llegamos á esta 
capital. Yo no conozco aquí á una sola persona. Salimos poco y de 
noche. 

Enriqueta. — Sin embargo estás en traje de baile. 

Gabriela. — Por la primera vez Federico me presentará á lo que se 
llama, según dice, el gran mundo de esta sociedad. 

Enriqueia.-^VwGS entonces, hija mía, si tu señor esposo es tal como 
le presentas, es un excelente hombre. ¿Te deja acaso sola? 

Gabriela. — Muy poco. En estos momentos trae entre manos un asun- 
to, un negocio; no sé qué contrato de telégrafos y nada más que 

el tiempo que emplea en eso, me ha dejado sola. 



20 REVISTA NACIONAL. 



Enriqueta. — Entonces no comprendo por qué sufres. 

Oabriela, — ^Tía 

Enriqueta. — No lo comprendo te repito que no lo comprendo 

¿Lloras ? ¡Ah! sí ahora sí comprendo. Mira, ¡y qué bien que 

hablan las lágrimas ! Bueno bien aquí estoy yo para con- 
solarte 

Gabriela, — ¡Y qué falta me hacía! ¡Gracias á Dios que viene vd. á 

mi lado; que dejo de hablar á solas ! ;Ay, he hablado tanto á solas! 

El es bueno, muy bueno y esto aumenta mi tormento. Mientras 

más cerca está de mí, más lejos quisiera yo mirarle. Habla, y mien- 
tras más dulce llega á mis oídos su acento, más áspero resuena su 
eco en mi corazón. Si oprime mi mano, siento que mis dedos se aflo- 
jan entre los suyos, entre los suyos ardientes como brasas. Si me mi- 
ra, ah! si me mira no sé qué hacen mis ojos para que aquel rayo 

de poderosa ]uz no entre en mi alma ! Y cuando algunas veces, 

enagenado, loco, delirante, llega junto á mi, y acariciando mi mejilla, 

acerca su labio al mío entonces, entonces, tía, yo siento algo que 

es imposible explicar. Es que que entre él y yo esto muy que- 
do muy quedo no vaya alguno á oirme entre él y yo se 

levanta, al contacto de ese beso, todo un mundo de ilusiones ahogadas, 
de esperanzas que se fueron, mares de lágrimas que agitaron los sus- 
piros, que emborrascaron los sollozos y cuyas olas, rebeldes aún, vienen 
á estrellarse bravias, lo mismo que en desierta playa, en mi pobre co- 
razón ! 

Enriqueta. — Gabriela Gabriela 

Oabriela. — Y es que hay más ¡hay más todavía! Si este mun- 
do de mis recuerdos se alzara ante mis ojos, así borrado, de lejos, 

como entre brumas, qué importaría ! pero no no En me- 
dio de todo eso que se mezcla, que se agita y que se entrelaza y se con- 
funde en mi espíritu, siempre delirante, siempre exaltado. ... se levanta 

laimagen la imagen de de Octavio! Ah! yo no sabía no 

podía saber cómo amaba yo á ese hombre! ¡Es el imposible lo mismo 
que inmensa lente, y al través de su cristal el cariño se agiganta; crece 

el deseo, la ilusión se colora y la desesperación raya eñ locura ! Y 

qué remedio? Dormir, pues ni dormir, ¡ni eso! Dormida, sueño con Oc- 
tavio, le miro, le oigo y cuando despierto, cuando la luz del día 

ilumina, cerca de mí, el semblante de Federico, me parece imposible 
que él no sea Octavio ! 



GABRIELA. 21 

Enriqueta, — Ah! y para qué te casaste? 

Grabriela, — Y bien, ¿es hora, tia, de preguntarme eso? ¿tiene reme- 
dio acaso? ¿Por qué me casé? ¿es tiempo de analizar ese conjunto de cir- 
cunstancias, que ponen una nube en la razón, una venda en los ojos, 
y que arrastran al pie del altar, allí, en donde los labios, moviéndose 
imperceptiblemente dejan escapar una palabra, una silaba, menos que 

una silaba, un sonido y eso, eso sólo es el nudo eterno ! ¡para 

mi la eterna desesperación! 

Enriqueta, — Pues bien, hija mía queda aun un remedio el 

tiempo. 

Gabriela, — El tiempo es el mejor amigo del amor verdadero. 

Enriqueta, — Guando ese amor no tiene quien lo agite, cuando se le 
encierra 

Grabriela, — ^¿No tiene quién lo agite? ¡Ojalá! 

Enriqueta. — ^¿Y quién lo agita? 

Gabriela,— YX\ 

Enriqueta, — ^¿Quién es él? 

Gabriela, — Octavio! 

Enriqueta, — ¡Octavio! ¿Es posible? 

Gabriela, — Nos ha seguido á todas partes. 

Enriqueta, — ¿Y ha osado hablarte? atrevióse 

Gabriela, — No, tía, eso no, ni yo se lo hubiera permitido. 

Enriqueta, — Ni se lo permitirás nunca. 

Gabriela, — Moriría primero; pero es el caso que de nada sirven, ni 
faan de servir mi indiferencia y mis desdenes. 

Enriqueta, — ¿Y por qué? 

Gabriela, — ^Porque á pesar de todo hoy he recibido una carta 
suya 

Enriqueta, — Una carta! ¿y cómo la has recibido? ¿quién te la dio? 
¿cómo ha llegado á tus manos? 

Gabriela, — Lo ignoro. 

Enriqueta. — ^¿Lo ignoras? no comprendo. 

Gabriela. — He encontrado esa carta entre las páginas de un libro 
que yo leía supongo que un criado 

Enriqueta, — Pero eso es una infamia mezclar á los criados en 

asunto tan delicado 

Gabriela, — Eso le probará á vd., tía, de lo que es capaz Octavio. 

Enriqueta, — ¿Y qué te dice ese hombre en esa carta? 



22 REVISTA NACIONAL, 



Gabriela, — Que lo reciba hoy, hoy mismo diez minutos, sola- 
mente diez minutos, y si no si no accedía yo á su demanda 

Enriqueta, — Si no accedías 

Oabriéla, — Dará un escándalo. 

Enriqueta, — Un escándalo! Hé aquí una jcosa que es preciso evitar 

á todo trance ¡Un escándalo! líbrenos Dios, hija mía, ¡un escánda- 

lo¡ ¡No parece sino que la Providencia me ha traído á tu casa esta no- 
che. Y mira. Octavio sabe muy bien cuánto me opuse yo á tu enlace 
con Federico yo adivinaba, mejor dicho, presentía todo esto. Oc- 
tavio lo sabe, sí, y él me oirá, porque él me respeta Yo necesito 

hablarle hoy mismo. 

Oabriéla. — ¿Hablaría vd. con él? 

Enriqueta, — Por supuesto. 

Oabriéla, — Pues es muy fácil. 

Enriqueta, — ¿Cómo? 

Oabriéla, — Esperando está mi determinación, según dice en esa car- 
ta, en la esquina. Allí ha debido de estar aguardando desde las oracio- 
nes de la noche. ¡Vaya vd., tía, vaya vd vd. me salvará oigo 

que se acerca Federico; se estaba vistiendo. 

Enriqueta, — Sí sí que tu esposo no me detenga voy 

voy volveré. 

ESCENA 5* 

GABRIELA Bola, 

Gabriela, — Cuan buena es! Si yo hubiera escuchado su voz cariño- 
sa, viviría de otro modo. Viviría aún allá en mí pueblo, al lado de mi 

padre mi padre tan severo, tan adusto; pero tan bondadoso en el 

fondo tan inflexible como tan tierno! ¡Ah! desventurada de mí! 

Él, Federico 

ESCENA 6"* 

GABRIELA, FEDERICO. 

* 

Federico, — Gabriela, ¡cuan hermosa estás así, Gabriela mía, con ese 
traje tan bello! Ni el día de nuestra boda te miró tan llena de seduc- 
ción y de hechizo como te estoy mirando ahora! [^saca m reloj y lo 



GABRIELA. 23 



mira]. Tú sabes, Gabriela mía, que nos hemos anticipado demasiado? 

Gabriela, — ¿Por qué? ¿no dices que son las ocho? 

Federico. — Eso es, precisamente; pero aquí, en la corte, un baile no 
comienza, como allá en el pueblo, á esa hora no, aquí estas fíes- 
tas comienzan más tarde á las nueve 

Gabriela [como distraida ópreocupadali. — ^Y terminarán entonces 

Federico. — Hasta el amanecer. 

Gabriela. — Demasiado tarde Pero nosotros no estaremos tan- 
to tiempo ?[con iiiquietud marcada.'] 

Federico. — Ya se ve que, si tú quieres, saldremos antes; será lo que 
á tí te agrade. No pretendo hacer otra cosa que complacerte, que ha- 
lagarte. Mas, díme, Gabriela, ¿qué tienes? [davando los ojos en 8U es- 
posa]. 

Gabriela [extremeciéndose]. — ¿Yo ? ¿qué tengo? ¿por qué ? 

pregunta más extraña ! nada yo no tengo nada. 

Federico [con escudrifladora mirada]. — ¿Nada? no. 

Gabriela. — ^Yo te digo que no 

Federico [con acento casi de conmedón]. — Pues yo te digo que sí 

ven acá siéntate. 

Gabriela [sentándose]. — Federico ! 

Federico [ tomando una sUla y sentándose también cerca de cHa].— 

Mira es inútil que trates de ocultarme un sentimiento que, por más 

que lo encarceles, se escapa de tí, desbordándose á pesar tuyo. Escu- 
cha Embargado allá en los primeros años de mi juventud, por ar- 
duas y penosas tareas científícas; más tarde, imbuido en la política, imas 

veces victorioso, otras vencido poca ó ninguna impresión dejaron 

en mi alma caprichos del espíritu, devaneos del amor. Juguete de eso 
que llamamos la Fortuna, y que no es otra cosa que el resultado de 
nuestras propias pasiones constantemente en lucha; cansado, perseguido 
por el cansancio y el fastidio, quiso mi suerte, la primera vez que de- 
veras me sonreía, que te hallase, Gabriela, en mi camino. Lejos del 
mundanal bullicio, en modesta morada, al lado de honrado padre, te 

vi, y te amé Te dije que te amaba y me respondiste que pidiese 

tu mano; y la pedí, y me la dieron, y nos casamos! ¡Hermoso día el día 
de la unión! Y no por la fórmula. Cualquiera otra hubiera sido igual 

para mí Yo creía que tu alma, de antemano unida á mi alma, se 

regocijaba desprendiéndose de todo afecto humano, para consagrarme 
eternamente su cariño. ;Es ésta la vez primera que me acerco á tí sin 



ISi REVISTA NACIONAL. 



darte un beso! ¿Porqué vacilo? ¿por qué no me resuelvo? ¿Me amas, 
Gabriela? 

Gabriela. — Te amo. 

Federico. — ^¿Más aún que aquel día? 

Gabriela. — Más aún. 

Federico. — Cuida de que por esos labios tan puros, no se dibuje ja- 
más ni la sospecha de una mentira! Dime pero no, no he de pre- 
guntarte nada hasta que acabes de oirme. No ha de ser la promesa for- 
mulada al pié del ara la que ha de anudar el lazo que nos mantenga 

unidos. Olvídate de eso, Gabriela mía Imagínate que vivimos allá 

en los primeros tiempos de la existencia del mundo, cuando aún no se 
promulgaban ni se escribían las leyes sociales, hijas del desarrollo mo- 
ral y las costumbres en esa época en la que yo pienso que el único lazo 

conyugal era el amor. Pues bien escúchame con calma te lo ruego. 

Y voy á acercarme más para que entiendas mejor [se acerca á Gabriela). 
Si es que sientes por mi este inexplicable placer que experimento mi- 
rándote al semblante; si la mirada de tus ojos responde á la mía, ar- 
diente y enamorada; si repercute en el tuyo, golpe á golpe, el latido de 
mi corazón, que porque vives tú no más golpea; si tu mano, al estrechar 
la mía se extremece, porque se regocija tu alma al contacto del calor 
de mi sangre que arde en ella; entonces, que no se rompa nunca esa 
cadena con que el sacerdote enlazó nuestros cuellos, porque amor foijó 
sus eslabones; pero si no es así, Gabriela, si al contrarío de lo que sien- 
to sientes entonces, no existe el lazo aquello fué no más que un 

sueño, entonces eres libre Yo, rechazando con todo el poder de 

mi alma tan bárbara costumbre, te redimo del yugo y te liberto. Toma 
á vivir honrada al lado de tu padre, que bajo este techo honra no has 
de hallar, si no la trajo el amor. ¿Me has comprendido ya, Gabriela 
mía? ¡Puedo aún decirte más si tú lo quieres! 

Gabriela [con miLcha emoción]. — ^No! me basta con lo que he oído, 

Federico 

Federico. — ¿Y me amas, Gabriela? 

Gabriela [con voz insegura, disimulando su emoción en lo posible"]. — 
Te amo! 

Federico. — Entonces, júrame; pero no, nada me jures Oye aún: 

aún es tiempo, Gabriela, todavía No sé qué terca desconfianza, no 

sé qué vago y pertinaz recelo se aposenta aquí dentro de esta entraña, 
que al despertar en ella parece que se levanta allá en tu pecho 



GABRIELA. 25 



Gabriela Idiseulpando su sobresalto], — Es que como nunca me ha- 
bias hablado de este modo, Federico 

Federico lentemecido'], — Tienes razón pobre Gabriela mía! no 

hay peor consejero que el recelo ya á terminar vamos; pero es pre- 
ciso que yo te diga estas cosas. [^Recobrando su energía.'] Dime lo más 
malo que puedas decirme: con tal de que sea la verdad, te lo perdono; 

pero si me engañas, Gabriela, si me engañaras ¡Ay de ti ! ¡ay 

de tí entonces Júrame, júrame que sólo ámí me amas júralo 

si es la verdad, si no es la verdad, no lo jures. Cállate, y te dejo....... 

y no me vuelves á ver, y no te atormento más. 

Gabriela [^procurando dimanarse], — Te lo juro. 

Federico. — ¿Me juras que me amas? 

Gabriela [afectando energía], — Sí 

Federico, — Basta! Dame ahora tu frente para que la bese yo 

Estás deslumbradora ¡cuánta envidia van á tener de mí esta noche! 

Vas á lucir como luce un astro en la mitad del cielo. Y mira, [(Are un 
estuche que contiene un rico brazalete de brillantes] para que brilles más, 
te he traído esto. Esto que ves, vale mucho; pero no mucho dinero, Ga- 
briela, que para comprarte joyas todo es poco; vale, porque este adere- 
zo perteneció á mi madre, á mi santa y buena madre que de Dios ha- 
ya! Permíteme que yo mismo, yo mismo, lo coloque en tu brazo, blanco 
y trasparente como el alabastro parece que la luz de tu pureza bri- 
lla en deslumbradores cambiantes en cada una de las mil facetas de es- 
tas magníficas piedras. 

Gabriela [aparté], — Parece que me enreda una serpiente 

Federico, — Mírate ahora, mírate, y tú misma te sorprenderás. 

Gabriela, — Gracias, Federico. [Tocan la campanilla.] Llaman. 

Federico, — ¿Qué podrá ser? Si algún importuno viniera á mol^tar- 
nos. ¡Por cierto que en mala hora vendría! 



ESCENA T 



Dichos y ANSELMO. 



Anselmo, — Esta carta, sefior. 

Federico. — Muy bien, Anselmo. Si alguien pregunta por mí, que no 
^estoy en.casa. 

Anselmo. — Bien, sefior. El té está servido. 



26 REVISTA NACIONAL. 



Federico [mirando el sobre']. — Bueno, allá vamos retírale 

¿qué letra es esta que conozco tanto y no recuerdo ? Gabriela, vé 4 

tomar el té, perdóname; pero no tengo gana déjame un momento 

solo y vuelve en cuanto termines 

Gabriela. — Un instante 



ESCENA 8* 



FEDERICO. 



Federico. — Letra es esta que mil veces vi allá en otro tiempo, en los 

borrascosos días Son los caracteres trazados por la mano de un 

amigo íntimo, muy intimo, compañero de aventuras, trasnochador y 
bullicioso. Se me figura que voy á cometer un crimen al abrirla, y si 
no fuera la curiosidad [la abre], Ah! bien decía yo Ernes- 
to el bueno de Ernesto, tan bueno y tan calavera Aseguro que 

éste aún no se corrige el incorregible! veamos qué me dice [fee]:- 

"Federico amigo: Te vi pasar esta mañana y te reconocí al través de 

la portezuela de tu carruaje corrí tras él para alcanzarte, llamé al 

cochero con las manos hasta dejarme las palmas adoloridas y rojas;^^ 
pero nada, todo fué inútil. Entonces hablé de tí á todos nuestros anti- 
guos conocidos y ninguno me daba razón, hasta que Ricardo, ¿te acuer- 
das de Ricardo? aquel chico que mató á su consorte por infiel, y de quien 
tú decías horrorizado que no volvería á lavarse las manos con agua 
pura y clara, sino con sangre roja y pues bien, Ricardo me dio no- 
ticias de tí hace un momento y las señas de tu domicilio y ahora 

te escribo, porque aunque no me has ofrecido tu casa, y estados mudan 
costumbres, sin embargo, como te quiero mucho y me acosa el hambre 
de hablar contigo, y pudiera suceder que pensaras como pensabas an- 
tes, me atrevo á citarte, para que tomemos juntos alguna cosa en casa 
de la señora Filomena. La señora Filomena vive donde siempre y esta 
noche da una aoirc de las de mejor especie, en su género. Allí te en- 
contrarás á Margarita, que todavía suspira por el Federico de su alma. 
¡Vas á quedarte admirado de la constancia de esta mujer! Vas á sentir 
tu vanidad masculina satisfecha con que no te olvides; sitio el re- 
ferido; hora las 10. — Tuyo como siempre. — Ernesto.^' 

¡Pobre Ernesto! ¡Cuándo pensará de otro modo y, ave errante y per- 
dida, llegue para él la hora de buscar refugio en el árbol benditol 




GABRIELA. 27 



¡Bendito por el amor! Pero no habrá encontrado todavía una mujer bas- 
tante rica, como él decía chacoteando, para venderle sus noches! ¡Como 
si el cariño y la fidelidad de una mujer no fueran un tesoro! Yo lo bus- 
caré en otra parte; pero en casa de la señora Filomena, no, allí no 

[suena la campanilla.'] ¡Ola de nuevo llaman suben y oigo 

ruido de faldas ¿quién será ? Doña Enriqueta Señora 



ESCENA 9* 

FEDERICO, ENRIQUETA, dcSpués GABRIELA. 

Enriqueta. — Don Federico, buenas noches 

Federico. — ¡Qué gusto, qué satisfacción recibo al verla á vd. en su 
casa ! Gabriela! \llamando] ¿Quiere vd. tomar el té con Gabriela? 

Enriqueta. — Muchas gracias. 

Federico. — Supongo que vendrá vd. á vivir con nosotros. Este es un 
departamento de la casa de mi padre; pero es amplio, y 

Enriqueta. — Gracias Federico 

Federico. — Entonces ¡ah! allí viene mi esposa. Mira, Gabriela, 

quien está aquí: tu tía, tu buena tía Enriqueta, por quien tanto has sus- 
pirado [con júinlo.'] 

Oabríela.—iTiSL ! 

Enriqueta. — ¡Mi querida sobrina ! y estamos de baile ¿eh? me 

alegro vendré otro día mañana 

Federico. — Eso no; siéntese vd.; ¡pues no faltaba más que eso! Y que 
todavía no es hora, faltan 50 minutos, y más aún; falta todo lo que que- 
ramos nosotros que falte [Entra Anselmo con una carta."] ¿Otra 

carta? Vamos habrás dicho, por supuesto, que no estoy en casa 

retírate [á Anselmo.] Con el permiso de vd., voy á leer ésto. [Se aproxi- 
ma al velador y lee.] 

Enriqueta. — Lea vd., lea vd. ¿porqué no? [en voz baja á Gktbrielal 
¡Allí estaba! 

Oahríela [en voz muy baja], — Y habló vd. con él? 

Enriqueta [lo inisnxo]. — Sí, hablé y se obstina en venir 

Federico [doblando la carta y acercándose]. — Pues hé aquí, señora 
tía, que ha caído vd. en esta casa como llovida del cielo. Tengo que 
ausentarme una media hora, me llaman de una junta á la cual no me 
es posible rehusarme ¡haber escogido este día y esta hora ! 



28 REVISTA NACIONAL. 



Enriqueta, — Pues vaya vd. 

Federico, — Y estando vd. aquí, Gabriela tendrá compañía. 

Enriqueta. — La acompañaré unos instantes más. El tren se marcha 
y hace su último viaje; pero, en fin, yo me estaré á su lado cuanto pueda. 

Federico, — Perdóname, Gabriela, pero yo no te haré aguardar mucho 

tiempo vuelvo ya vuelvo [Se va por la segunda puerta 

izquierda^ es decir, por la puerta de escape misma por la cual saldrá al 
final del acto']. 



ESCENA 10\ 

GABRIELA, ENRIQUETA. 

(Se suplica á la actriz que represente el papel de Enriqueta se flje en las acota- 
ciones, pues de otro modo podría parecer íálseado el carácter de este personaje). 

Enriqueta, — Y bien, es imposible evitar esa entrevista 

Gabriela, — ¡Imposible! 

Enriqueta, — Así es ese hombre está loco. 

Gabriela, — ¿Y si yo no quiero? 

Enriqueta [con acento de seguridad], — Provocará un lance con tu 
marido. 

Gabriela,-— ¿Y dónde? 

Enriqueta, — Aquí, en la calle en cualquier parte. 

Gabriela, — iNo hará eso! 

Enriqueta, — Te digo que lo hará 

Gabriela. — Pero hablar con él 

Enriqueta [reflexionanda un instante"], — Si así evitas mayores des- 
gracias 

Gabriela, — Pero yo no podré 

Enriqueta [con legitima convicción], — Si tienes energía 

Gabriela, — Sí. 

Enriqueta. — Si la dignidad te escuda 

Gabriela. — Sí. 

Enriqueta, — Si tu posición y tu deber te alienta [con acento enér- 
gico,] 

Gabriela. — Sí 

Enriqueta, — Rechazarás las pretensiones de Octavio, le harás com- 



GABRIELA. 29 



prender que de ti no tiene nada que esperar {como convencida de 

que 8U sobrina así lo hará,'] 

Oahriela, — Eso 

Enriqueta, — Y dejará de perseguirte. 

Gabriela, — Dejará de perseguirme 

Enriqueta, — Y vivirás más tranquila [con marcado contenta- 
miento] 

Gabriela, — Sin susto. 

Enriqueta, — Sin temores y evitarás el escándalo, las habli- 
llas la murmuración 

Oahriela, — La murmuración, sí 

Enriqueta, — Y habrás cumplido con tu deber. [Como quien da un 
consejo sincero emanado de la pureza de los sentimientos,] 

Gabriela. — Y habré cumplido con mi deber. 

Enriqueta. — Pues bien, que entre. 

Gabriela, — ¿Que entre? ¿hoy mismo? 

Enriqueta, — Ahora mismo. ¿No estás sola? 

Gabriela, — No, no estoy sola, allí está Anselmo, el criado, no el cria- 
do, el amigo de Federico. 

Enriqueta, — Anselmo saldrá conmigo, irá á acompañarme, no he de 
ir sola á la plaza. 

Gabriela, — Es verdad Anselmo podrá salir con vd 

Enriqueta, — Pues al momento no hay tiempo que perder, llama. 

Gabriela [tocando la campanilla], — ¿Y cómo ha de venir? 

Enriqueta, — Le avisaré una seña, una palabra serán bastan- 
tes al pasar junto á él 

Gabriela. — Comprendo 

Enriqueta [conmueha energía], — Firmeza, mucha firmeza, hija mía, 
de una vez. El amor se sofoca; ¡que no comprenda ese hombre que le 
amas! 

Gabriela, — No, no lo comprenderá. 

Enriqueta, — Llama, llama otra vez. 

Gabriela [llamando], — Sí, tía, pero qué angustia! 

Enriqueta, — ¡Valor...... [Aparece Anselmo.] 

Gabriela, — Anselmo, acompaña á la señora es mi tía 

Anselmx), — Bien, señora. 

Enriqueta, — Pues adiós adiós, hija hasta mañana 



ao REVISTA NACIONAL. 



» 



ESCENA ir 

■ 

GABRIELA, 80l<l, 

Gabriela, — Hasta mañana ¡mañana será otra cosa ! ¡Octa- 
vio se irá se irá lejos, no lo volveré á mirar en ninguna parte, y 

al cabo me acostumbraré á olvidarle! Sí, que venga, que venga; pero 
qué extraña agitación me domina, qué movimientos son éstos que den- 
tro de mí me acosan no, no es posible yo no le recibo yo 

no podré hablar á ese hombre; mas ¿por qué nó? si así está de- 
terminado, si asi está decidido ¡suben ! ¡oigo sus pasos ! 

¡allí está ! 

ESCENA 12* 

OCTAVIO, GABRIELA. 

Octavio. — Gabriela 

Gabriela, — Caballero ! 

Octavio, — Al fin accedes á mi súplica, y 

Gabriela. — Por qué me tutea vd., señor ¿acaso no ha reparado 

vd. dónde se encuentra? 

Octavio [con dulzura], — Sí, ya lo veo no me encuentro en el 

rincón de aquella sala, á la tenue y suave luz de aquella lámpara 

No en la calle, al pié de aquella reja, solitaria y triste hoy enton- 
ces tan alegre 

Gabriela [dvldjuiando algo la voz], — Caballero, perdone vd. que ye 
le interrumpa; pero no hay tiempo que perder mi marido 

Octavio, — Su marido de vd 

Gabriela, — ¡Octavio — ! (¡oh! ¡que imprudencia! ¡qué imprudencia!) 
[aparte,] 

Octavio [aparté], — ¡Triunfaré! 

Gabriela. — Señor si he consentido en que vd. llegara hasta es- 
te sitio, ha sido sólo para pedir á vd., por favor, en nombre de aquel 

cariño, que en mi alma ha desaparecido por completo por favor, 

repito, que se aleje vd. de esta casa y que no me importune ni me 

exponga á una desgracia que sería inmensa é irreparable ¿qué bus- 
ca vd.? ¿qué quiere vd.? ¿qué espera vd? 



GABRIELA. 31 



Octavio [con profunda tristeza'] . — Yo ? ciertamente nada 

Gabriela, — Nada, es la verdad ¡nada! 

Octavio (avanzando un poco). — ^Ver por última vez, de cerca la luz 
►de esos ojos 

Gabriela (dominada), — Ya la ha visto vd. 

Octavio (avanzando otro paso), — Oir otra vez el acento de esa voz 
ian dulce y tan amada. 

Gabriela, — Ya la ha oído vd. 

Octavio (dando otro paso hacia Gabriela), — Estrechar por última vez 
esa mano ardiente y temblorosa 

Gabriela (retrocediendo algo). — Eso ¡nunca ! 'vayase vd., 

señor, por piedad vayase vd. Diez minutos vd. pedía diez minu- 
tos pues bien, ¡han pasado ya! (con voz suplicante,) 

Octavio (con accTtto muy cariñoso). — Pues su mano Gabriela, 

líqué trabajo le cuesta á vd. darme su mano para que me vaya yo ? 

Gabriela. — ¿Para siempre? 

Octavio. — Sí, para siempre 

Gabriela (tendiéndole la maao.) — Bien, adiós. 

Octavio (estrechando con efusión inm^ensa la mano de Gabriela^ sin 
soltarla hasta que lo indica el diálogo y se deja al actor la interpreta- 
ción delicada del resto de esta escena). — ¡Ah! Gabriela Adiós 

Y ¿no tendrá nunca de cuando en cuando, un recuerdo para su 

pobre Octavio, que tan desdichado fué? 

Gabriela. — Tan desdichado ! 

Octavio. — Sí encontrarse de repente, robado, robado de cuanto 

amaba su corazón su contento, su alegría Y eso robado trai- 

doramente y sin motivo 

Gabriela. — ¡Traidoramente ! 

Octavio. — Sí 

Gabriela. — ¡Sin motivo ! 

Octavio. — Sí, sin motivo. 

Gabriela. — Vd. tenía aquí una amante 

Octavio. — ¡Mentira! 

Gabriela. — ¡Vi las cartas dirigidas á ella! 

Octavio. — Eran falsas. Antonio García, que la amaba á vd., y esta- 
ba celoso, inventó ese torpe enredo; esa maraña de calumnias y de in- 
famias para separarnos ¿No fué Antonio García quien le dio á vd. 

«esas cartas? 



32 REVISTA NACIONAL. 



Gabriela (interesándose mucho y olvidando su situación peligrosa,) 
— Sí, él mismo. 

Octavio, — Falsificadas, Gabriela.... y qué ¿no merece nada el hombre 
que fiel y constante y enamorado, recibe, de repente, en premio de su 
amor, de su idolatría, descepción tan espantosa? ¿Hay injusticia ma- 
yor? Gabriela tan buena, tan generosa ¡No, tú recompensa- 
rás tan inmenso dolor con la caricia de tu mirada mírame, sí 

sí no lo niegues, no lo puedes negar me amas, me amas, y 

yo te adoro así, cerca muy cerca 

Gabriela (como volviendo en sí), — ¡Ah! Pudieran venir ! 

Octavio. — No, nadie, nadie vendrá. 

Gabriela. — Es muy fácil aquí 

Octavio. — ¡Aquí sí; pero allá no! (señalando el aposento) Un be- 
so, Gabriela un beso (avanzando con audacia.) 

Gabriela (retrocediendo), — ¡Ah ! ¡retírate ! ¡suelta ¡ve- 
te ! 

Octavio. — No he de irme, ven. (La va arrastrando á la puerta pri- 
mera de la derecha del espectador hasta que al final de la escena casi 
desaparecen; pero cuidando mucho de que Octavio ó Gabriela^ cual- 
quiera de los dos, quede visible para el público.) 

Gabriela. — ¡No, no ! ¡Llamaré entonces ! 

Octavio. — ¡Qué has de gritar ! ¡mentira ! ¡no! ¡Tú no grita- 
rás, porque el amor te grita á tí ! 

Gabriela. — ¡Octavio ! 

Octavio. — Ya. (En este instante es cuando casi se ocultan, de mane- 
ra que Federico, al verlos, crea que están saliendo del interior del apo- 
sento. Para él, Gabriela es culpable; para el publico no.) 



ESCENA 13* 



Dichos, Federico. 



(Aparece Federico por la segunda puerta izquierda y al distinguirá Gabrie- 
la y Octavio, después do una exclamación se oculta). 

Federico. — ¡Ah! (Ocultándose.) 



OABHIELA. 



ESCENA 14* 

FEDERICO (oeuUÓ)f OCTAVIO, GABRIELA. 

OaJbriela, — No ahora ya no vete! 

Octavio, — ¿No vas á un baile? 

Oábriela, — Sí. 

Octavio. — ¿De máscaras? 

Oábriela. — Sí. 

Octavio. — ¿Dónde? 

Gabriela. — ^No lo sé. 

Octavio. — Pero podré seguirles, ¿quieres? 

Gabriela. — Sí. 

Octavio (ya cerca del fondo). — Llevaré un dominó negro con un la- 
zo blanco sobre el hombro izquierdo. 

Gabriela (saliendo rápidamente por la primera puerta de la deredia, 
como huyendo. — jAdios! 

Octavio (ya en la puerta.). — ¡Adiós! , 

ESCENA 15* 

FEDERICO, bamboleando. 

Federico. — Horrible ! horrible ! espantoso ! ¡Gabriela. . . . ! 

(llamando con roneo acento) ¡Si no fuera por mi padre 



ESCENA 16* 



GABRIELA, FEDERICO. 



Gabriela (entrando pálida y trémula), — Federico, aquí estoy 

¿Por qué me has llamado así? ¡qué acento tan extraño el de tu voz! 

Federico, — ¿Lo crees? ¡Aprensiones! ¿Nos vamos ya al baile, Gabrie- 
la mía? ¡Qué pálida estás! 

Gabriela.— -lY o ? 



B. K.-T.I!.-a 



REVISTA NACIONAL. 



Federico (aparte y muy mareado). — ¡ Ah, Ernesto, nos veremos en tu 
baile! (AUo,) Ya, vamos. ¡Pero qué pálida estás! (al tomarle el brazo 

ve el brazalete'). ¡No, así no te llevo! Quítate ese brazalete, Gabriela 

ique era de mi madre! 

Gabriela (tratando de qwtarsela joyck). — ¡Dios mío! pero ¿por qué, 
Federico? 

Federico (desabrochando el braacUetCf 'paes Crobriela, á causa de su 
temblor no puede). — ¡Porque no quiero! ¡Porque no puedes llevarlo ya! 
(Le arranca con mal comprimida furia la joya del brazo, y arrojándo- 
la sobre la mesa, le dice): Ahora sí, vamos ! (Le ofrece su apoyo ^ 

y salen por el fondo.) 

CAE EL TELÓN. 



ACTO TERCERO. 



8ala en casa de Filomena. Dos pequeñas mesas de tapete verde con cartas, da- 
dos, juegos de damas, dominó, etc. Una mesa redonda, al otro lado, con co- 
pas y botellas de vino. Se oye de cuando en cuando la música de un baile, 
y se ven convidados de ambos sexos que atraviesan por el fondo, con antifa- 
ces unos, y otros sin ellos. 



ESCENA 1* 

ERNESTO y cuatro caballeros, va^ndo sus copas, 
sentados unos y otros de pie. 

Ernesto. — Difícilmente le veremos aquí. Parecióme esta mañana que 
se destacaba su semblante sobre el fondo obscuro del cupé que se lo 

llevaba, parecióme, digo, un tanto pálido y envejecido ya se vé, 

han trascurrido dos años ¡cascaras ! cuando se ha pasado ya 

de los cuarenta, la picara vejez bien que dibuja que la pata de ga- 
llo se pronuncia, se ahonda, se detalla: que el párpado superior se abul- 
ta, que esa arruga que en la frente nos procuramos cuando jóvenes, á 
pesar nuestro más tarde se acentúa que la piel del cuello, floja, se 



aABBIELA. 86 



cabalga sobre el borde luciente y almidonado de nuestra camisa; que 

algunos hilos de afiligranada plata se van apareciendo en el bigote 

Pues todo eso, todo eso vi en el rostro de nuestro querido amigo Fede- 
rico, el mejor compañero de armas que tuvimos. Tan raro, tan original, 

tan caprichoso, y con tan buen instinto y con tan buen talento ¡Y 

con tan buen instinto, y con tan buen talento, casóse! Si yo encontra- 
ra una rica 

Cahallero V — ¿Pues no la has encontrado? ¿Y Juanita la de Rojas? 

JEmesto. — ¡Quiá ! dos millones 

Caballero 2"* — ¿Y es poco? 

Ernesto, — Es claro. 

Caballero 2*?— ¿Y Elvira? 

Ernesto, — ^¿La hija del banquero? iToma ! un poco más y eso es 

todo No, no, yo necesito algo fabuloso, algo así, como una crea- 
ción de Alejandro Dumas Una condesa de Montecristo Pero 

este Federico pues si se descuida, me cuelo por el zaguán de su casa 

y hasta que me tope de narices con él. 

ESCENA 2* 

DichoSy FILOMENA. 

Ernesto, — Ah! Filomena 

Filomena, — Caballeros, buenas noches. ¿Y nuestro prófugo? 

Ernesto, — Aún no viene ni vendrá ¡Cascaras y cuánto lo 

siento! 

Filomena, — ¡Y yo! 

Ernesto, — Será que como ya es casado 

Filomena, — Y qué importa eso, ¿esta casa es acaso una mala casa? 

Ernesto, — ¡Oh! no tal. 

Filomena, — ¿Se deshonra quien viene á ella? 

Ernesto, — Eso no, de ninguna manera; (aparte) pero tampoco se 
honra. 

Filomena, — ¿Qué ha murmurado vd. entre dientes? 

Ernesto, — Nada pienso que, y eso aquí para nosotros, pienso que, 

digo, aquí hay un poco de libertad no, no precisamente de liber- 
tad, de ligereza; eso es de ligereza 

Filomena, — Como en todas partes...... como en todos los bailes,' aun 



86 REVISTA NACIONAL. 



en esos que se dan en la corte^ entre la sociedad escogida, ¿se atreverá 
vd. á negarlo? 

Ernesto. — A negarlo precisamente, no, porque yo nada niego 

porque todo lo creo porque todo es posible, Filomena. Aquí en 

esta casa reina la alegría y el contento y, vamos, se goza como en todas 

partes, tiene vd. razón, pero el mundo es asi de que señala con el 

dedo 

Füomena, — Eso la fama, la mala fama; la calumnia 

Ernesto, — ¡Cascaras ! ipues no es nadal el dedo de la calumnia 

es un dedo terrible 

Filomena, — ¡Terrible ! 

Ernesto, — Pues eso es todo: justo ó injusto cuando señala, señala; 
y lo bueno, para que lo sea, tiene que serlo; y además de serlo, parecer- 
lo, esto es muy viejo; pues bien, esta casa está señalada. 

FüoTnevia, — Malamente. 

Ernesto, — ^Pero está. Y un hombre que se ha metido á serio, que 
ocupa sitio eminente en el mundo político y social, no digo que se des- 
dore viniendo á estas reuniones; pero las rehusa, ó mejor dicho las re- 
huye por conveniencia. ¿Me ha entendido vd. ya, Filomenita? 

Filomena, — Sí, sí he creído comprender; creo que le compren- 
do á vd. Ni que fuera yo tan escasa, vamos! !HolaI comienza un wals. 

Ernesto, — Y yo tengo con quien bailarlo, con Margarita. Este era el 
reservado para Federico. 

Caballero 1* — Y yo lo mismo, tengo compañera. 

CoioZ/ero 2?— Y yo 

Caballero 3*— Y yo. 

Caballero 4" — Y yo también. 

Filomena, — ¡Y todos! Idos, idos á divertir Y yo á mirar có- 
mo os divertís, señores! 

ESCENA 2* 

FEDERICO T GABRIELA entran por el lado contrario 
al qae todos se fueron. 

Federico, — Aquí esperará vd., en este sitio, señora. 
Gabriela, — ¡Ahí por favor no me dejes sola. 
Federico, — Así es preciso. 
Gabriela, — Está bien. 



GABRIELA. 87 



ESCENA 3* 
GABRIELA 80la. 

¡Qué es, Dios mío, lo que he hecho! ¡qué ha pasado por mi en unos 
cuantos momentos! Antes era el dolor de la culpa, ahora es el remor- 
dimiento de la falta. ¡Yo contaba para defenderme de ese hombre con 
mi deber, con mi posición, con mi energía! ¡No contaba con mi amor 
para rendirme! ¡Ah! ¡tía, de mi alma, ni tú contabas con él! ¿Pero qué 
lugar es este? ¡Qué entrada tan estrecha, tan lúgubre, tan sombría, la 
entrada de esta casa! Esa música llega á mis oídos tristísima; y quiere 

Federico que yo baile I Y luego aquellas entrecortadas frases que 

se escapaban de sus labios El instinto, el instinto del mal, decía, 

no será mala la escuela! ¿qué escuela? Vienen; ¿quién vendrá? 

(JSe d^a caer en un sillón y se cubre el rostro con las manas á pesar del 
antifaz) 

ESCENA 4* 

Federico. — Ernesto. — Gabriela. 

Ihmesto. — Pues chico, ya lo ves, ni aquí estamos solos mira. 

[Señalando á Oabriela,'] 

Federico, — ^Ah! no hagas caso, esa mujer que ves allí es una joven 
bella, muy bella, de incomparable belleza; pero es sorda. 

Ihiesto, — ¿Sorda? 

Federico, — Como una tapia. 

Oabriela [aparte']. — ^¿Qué dice? 

Ihiesto. — ¿Deveras? Pobrecilla! ¿y tú la conoces? 

Federico, — Algo sí. 

Ernesto, — Y ¿á quién aguarda? 

jPedenco.— A Filomena. 

Ernesto^ — De manera que podemos hablar 

Federico, — De todo Sentémonos. 

Ernesto, — Sí, llenemos nuestras copas y hablemos, después de dos 
afios de mutismo. [Se sientany cada uno con su copa,] 

jPedmco.— Hablemos. 



88 REVISTA NACIONAL. 



Ernesto, — ¿Conque te casaste? 

Federico, — Sí me casé; ¿qué querías que hiciese? El que de- 
veras se enamora y puede casarse, se casa; eso es lo natural, eso es lo 
lógico Es verdad que vivía yo hastiado de la soledad, del aban- 
dono, me parecían los días muy largos, las noches interminables. 

Ernesto. — Entonces, la reflexión, la necesidad 

Federico. — ^Ah, no! Ojalá! |Ojalá que la reflexión y la necesidad me 
hubieran obligado á casarme ! ¡Hoy no me consideraría tan desdi- 
chado! 

Ernesto. — Desdichado, chico, ¿y por qué? ¿Ya ves? Eso sí que no 
me gusta, y me contraría 

Federico. — ^Lo creo, Ernesto; siempre has tenido buen corazón, y 
siempre cupo en tu alma el puro y legítimo sentimiento de la amistad. 

Ernesto. — Y bien ¿por qué eres desdichado? 

Federico. — Porque me casé adorando á la mujer que en suerte me 
había tocado para que fuese la compañera de mi vida, y cuando más 
enamorado estaba de ella, cuando mi idolatría rayaba en frenesí, una 
noche, al comenzar de una noche; súbita, terrible, implacable, llegó la 
muerte á su lado, y arrebátemela, Ernesto. 

Ernesto. — Ah! 

Federico. — Sí 

Ernesto, — ¿Conque eres viudo? 

Federico. — ^Así es. 

Ernesto. — ^¿Y amabas mucho á tu esposa? 

Federico. — Sí, mucho! 

Ernesto. — ¿Y siempre ío mismo? 

Federico. — Más cada día. 

Ernesto. — ^¿Deveras, hombre? 

Federico. — Deveras. 

Ernesto. — Pero, ¿no te aburriste de ella? 

Federico. — Nunca, ni un minuto. 

Ernesto. — Pues mira, chico, hé ahí una cosa que yo no he podido 
comprender jamás. Y hasta hoy lo creo porque te conozco y sé que 
no engañas. Porque yo, que creo en todo, no he podido, en la vida, 

creer que un marido no se cansara de su mujer Bien que viviste 

tan poco tiempo á su lado! 

Federico. — Así hubiera sido un siglo Era tan bella, tan sen- 
cilla y era, hasta el momento en que murió, tan humilde y 



GABRIELA. 



bondadosa!.... Pero, oye tú, ¿creerás que desde esta misma tarde he 
quedado consolado? 

Ernesto, — Ahí yo te daré un remedio para consolarte, yo encontraré 
un lenitivo á tus dolores ¿Y qué .es pues ello? 

Federico. — ¿Qué? Que al lado de mi desgracia he visto levantarse 
esta tarde una desgracia mayor! 

Ernesto. — ¿Mayor? 

Fedvrico. — Mayor, sí, mucho mayor que la mía! Tengo un amigo 

intimo, muy intimo tú no le conoces porque esta amistad la hice 

en mis viajes; casado era como yo. 

Ernesto. — Pues qué, ¿ha muerto? 

Federico. — No, que eso mejor hubiera sido; digo que era casado, 
porque ya no lo es. 

Ernesto. — Ah! comprendo, murió su esposa. 

Federico. — No, tampoco, que eso mejor también hubiera sido. 

Ernesto— -Entonces 

jPcdmco.— rSucedió que, lo mismo que me había acontecido, súbita, 

traidora, encubierta lo mismo que la muerte.se acercó al lado de 

mi esposa para arrebatármela, la deshonra se acercó al lado de la es* 
posa de mi amigo para llevársela. 

Ernesto. — Pero ¿la sorprendió? 

Federiro. — Allí mismo. 

Ernesto. — ¿Con su amante? 

Federico. — Con su amante. Era el momento en que salían juntos 

de la misma cámara nupcial y el marido, mi amigo, sintió en 

aquel momento lo que de seguro experimentó Satanás, cuando en 
aquel terrible instante cayó arrojado por Dios del cielo á los infier- 
nos. 

Ernesto. — Mataría á la infiel esposa, como Ricardito. 

Federico. — No. 

Ernesto. — Mataría al amante. 

Federico. — No, tampoco. Si hubiera tenido un arma en aquel mo- 
mento, sí, probablemente habría matado á los dos, pero mi amigo iba 
á un baile Pero mira, mira lo que Dios hace, Ernesto, si mi ami- 
go hubiera matado á su mujer, ésta sería la hora en que de seguro vi- 
viría arrepentido desesperado. 

Ernesto. — ¿Y por qué? 

Federico. — Porque, le conozco mucho, miraría eternamente delante 



40 REVISTA NACIONAL. 



de SUS ojos aquel bello fantasma, el ideal de sus sueños, su amor, su 
encanto, su gloria, su alegría, su embeleso, su Gabriela 

Oabriela {levantándose y con voz auplícante, á Federico], — Señor, 
y esa Señora á quien espero 

Federico [acercándose á ella y con a^cento dulce pero irónico']. — Es- 
pere Vd. todavía. Todavía tiene Vd. que esperar más. 

Ernesto [á Federico], — Si quieres, llamaré á Filomena. 

Federico, — No, que espere; si al fin nada oye. — Y ¿qué habría con- 
seguido mi amigo con matar á la adúltera esposa? 

Gabriela [aparte], — No, eso no. ¡Dios mió! 

Federico, — A la infame que voluntariamente se entregó en brazos 
de su amante. 

Gabriela [aparte], — No! 

Federico, — Cuando pocos momentos antes había jurado á su esposo 
fidelidad y amor, ¿la mataba para lavar con sangre la mancha de su 
deshonra? Ay! Aquella sangre, filtrando gota á gota por entre las grie- 
tas de aquel sepulcro cerrado, volvería, al evaporarse, á llevar en sus 

átomos dilatados en la atmósfera, el recuerdo vivo de la deshonra 

Todo el mundo seguiría respirando de aquel aire impuro y corrompi- 
do. ¿La mataba para satisfacer su venganza? ¿Y qué satisfacción es 
esa de sentir junto con el vacío del amor, la rabia de la impotencia? 
¿En cuál sitio, en cuál entraña de aquel cadáver, descompuesto y ho- 
rrible, iba á buscar su amor para tomarlo por las alas y escondérselo 
en el pecho? ¿La mataba para castigarla? ¿Y qué castigo es la muerte, 
cuando es la paz y la dicha? ¿Qué castigo es dormir, cuando si no hu- 
biera noches, y no existiera el sueño, no habría consuelo ni descanso 
para la humanidad sobre la tierra? Y si ese sueño temporal y pasajero, 
tanto acaricia y halaga, ¿qué dulce y qué tranquilo no será, Ernesto 
amigo, el sueño etemo? Y ¿me preguntarás qué hizo mi amigo? 

Ernesto, — Sí ¿qué hizo? 

Federico, — Lo que debía hacer. Llevarla á un sitio donde sin temo- 
res ni zozobras pudiera dar, en adelante, rienda suelta á sus instintos. 
Sacarla de aquella casa cuyas paredes sólo debían dar abrigo á la ven- 
tura y á la felicidad; aquella casa construida para el amor, como el nido 
de las aves. La llevó á un sitio donde pudiera ver á su amante, sin 
necesidad de llevar cuenta del tiempo; donde sin preocuparse del pa- 
sado ni del porvenir, se entregase al deleite y á la satisfacción de sus 
placeres Eso ¿Con qué objeto? Si ella no lo sabe, ella lo sa- 



GABRIELA. 41 



brá después Si tú no te lo imaginas, después, Ernesto, lo sabrás 

también. — Ernesto, hazme favor de ir en busca de Filomena, porque 
esta señora se cansa ya de esperar, y á fe que tiene razón. 

Ernesto, — Voy ¡y qué bella es! 

Federico, — Mucho, muy bella! 

ESCENA 5' 

Federico y Gabriela. 

Gabriela, — Señor, señor; por piedad I que el grito de mi deses- 
peración penetre en el alma de Vd., que mi llanto ablande su pecho! 
Sáqueme Vd. de esta casa. 

Federico. — ¿Y por qué? 

Gabriela. — No sé dónde estoy^ 

Federico. — ¿No lo ha escuchado Vd? 

Gabriela. — Sí, pero no lo puedo creer aún, me resisto á creer eso. 
Vd., señor, me considera más culpable de lo que soy. Óigame Vd., es- 
cúcheme Vd le juro á Vd 

Federico [indignado']. — iSilencio, señora, no jure Vd. nada! Ahora 
¿oye Vd? la música armoniosa de un wals; ahora á bailar.... á reir.... 
á gozar; yo también gozaré. Es lo mismo; la dicha está donde la sen- 
timos, ¿no es cierto? ¿Qué importa el sitio? Allá, en aquella casa cuyo 
umbral no volverá á traspasar la casa de Vd., el Paraíso allí tam- 
bién se gozaba. Aquí, donde va Vd. á vivir en adelante, el pantano.... 
Aquí también se goza! Tanto goza el pájaro volando en las alturas, y 
bañando su plumaje en la esplendorosa luz del sol del día, como el gu- 
sano en el lodo, á la sombra ingrata de la ortiga. Ah! desengáñese Vd., 
^to, que tanto la atormenta hoy, mañana será su delicia. Esto es lo 
mismo que bajar una escalera á oscuras; cogido el primer peldaño, ya 
cogimos los demás. ¡Silencio, que ya vienen! iSilencio, le digo á Vd.! 

ESCENA 6» 

Federico. — Gabriela. — Ernesto. — Filomena. 

Filomena. — Aquí estoy, aquí estoy. Perdone Vd., señorita, si la hice 
esperar tanto. . 

Federico [jpresentándola'], — La señorita Lucrecia. 



42 REVISTA NACIONAL. 



Ghbriela [con indignación], — ¿Lucrecia? 

Federico [aparte á Gabriela'], — Así se llama Vd. — La señora Filo- 
mena. [Presentándola á Gabriela,'] 

Filomena [con despejo, pero sin mucha desenvoltura], — Servidora- 
de Vd Esta es su casa Me lían dicho que ha tenido Vd. en 

días pasados un gran pesar ¡un desengaño! ¿Y qué? No haga Vd. 

caso; diviértase Vd.; distráigase Vd. ¡Poco más ó menos, todas hemos 
tenido penas en este mundo! ¡Valor! Es preciso echárselo todo á las 
espaldas. ¡Va Vd. á encontrar aquí amigas tan alegres, tan joviales! 
Ellas le enseñarán á Vd. á reir de las descepciones que da la vida. De 
eso se compone la vida; ¡pero qué! Una amistad que se pierde, se gana 
con otra amistad; un amor que se va, se consuela con otro que nunca 
tarda en llegar; sobre todo si se busca bien. ¡Qué bella es esta señorita! 
¿No es verdad, Ernesto? Va á ser esta noche la reina de la fiesta, y ten- 
dré, para el próximo baile, que echar abajo un tabique, porque estoy 
segura que se duplicará mi concurrencia. Pero yo me lo estoy hablan- 
do todo, y no hay que perder los instantes. ¡Ea! ¡A bailar, hermosa y 
sin rival Lucrecia! Venga Vd. — ¡Baile Vd. con ella, Ernesto! 

Ernesto. — Con mucho gusto, bailaremos este wals, señorita; tenga 
vd. la bondad de aceptar mi brazo. 

Gabriela [retrocediendo], — ¿Yo? Señor 

Federico [aparte á Gabriela] — Vaya Vd. 

Ernesto [tomando el brazo á Gabriela y llevándola casi arrastrada], 

— Cascaras y ¡qué hermosa! ¡Lástima grande que sea sorda! [Ap.. 

á FedericOy al pasar á su lado,] 



ESCENA ?• 

Federico, después Anselmo. 

Federico [viéndola alearse]. — ¡Lástima que se halla ensordecido su 
alma á la voz del deber, que es la verdad! Vé [mirándola aún], ángel 
caído Encontrarás tu redención, pero después que escapes del nau- 
fragio de tus lágrimas! [Toca un timbre y aparece Anselmo.] Ansel- 
mo, ve á casa y dispon mi maleta como en otros tiempos. Saldremos 
mañana temprano. 

Anselmo, — ¿Nos vamos, señor? 



GABRIEI^. 48 



Federico, — A Europa, Anselmo, á viajar, á viajar (hasta morir); lo 
muy preciso, lo más necesario. Toma esta llave, saca de mis gavetas 
todo el dinero que allí encuentres en billetes del Banco de Londres. 

Anselmo. — Así lo haré, seflor, descuide Vd. [FcweJ. 



ESCENA 8» 

Federico, después Filomena y los Convidados 

Federico, — Pero ¿qué rumor es ese? Desde aquí se nota en el 

salón extrafío movimiento Ahí ahí viene Filomena. 

Filomena [enerando].— Nada, no es nada, fué un vahido, pero ya 
pasó. Pobrecilla! De veras que es un ángel. Se conoce que ha frecuen- 
tado poco la sociedad esa sefiorita. ¿De dónde la ha sacado Vd., Fede- 
rico? Dígame Vd., dígamelo Vd. porque estoy que muero de curiosi- 
dad. Y además, además me interesa mucho esa nifia; ha llamado mu- 
cho la atención de todo el mundo. 

Convide^ 1", entrando [al Convidado 2"]. — Dicen que es huérfa- 
na, que es una huérfana desvalida y desventurada que han traído á 
Filomena. 

Convidado V* — Interesante criatura! Y á mí no me miró con malos 
ojosl al través de su careta 

Convidado 1" — Presuntuoso 

Convidado 2" — C!onquistaré primero á Filomena, y luego Fe- 
derico, ¿Vd. la conoce? 

Federico, — ¿A quién? [Filomena se separa del grupo y mira Jutcia 
el salón']. 

Convidado 1" — A Lúcrela. 

Federico, — Sí así de paso. 

Convidado 2" — Pero no se fijo Vd. en sus ojos. ¡Qué ojos! 

Federico [aparte'] — Importuno! — No, no me fijé. 

Convidado 2" — Es lástima; pues fíjese Vd. 

Filomena [volviendo al grupo]. — Allí viene viene hacia acá 

acompafiaéia de Ernesto está mejor. * 

Convidado 2" — ^Viene, pues aquí hablaremos con ella. Tiene una 
voz 



44 REVISTA NACIONAL. 



Federico [á Filomena], — Yo no, yo no quiero verla. Tengo mis ra- 
zones. Si pregunta por mí, dígale vd. jqueme he marchado á la calle... 
[ Vase por la puerta lateral derecha']. 

Filomena. — Bien . 



ESCENA 9* 
Ernesto. — Gabriela.-Filomena. — Convidado 1", Convidado 2? y otros. 

Oairiela. — Ah! También aquí hay gente, señor, lléveme vd. donde 
pueda estar*sola quiero estar sola 

Convidado 2? — Me alegro de ver á Vd. restablecida. 

Qabrida — Gracias. 

Convidado 1? — No fué nada; pero si algo se le ofrece á vd 

Gabriela. — Gracias. 

Convidado 3^ — La felicito á Vd., Lucrecia. 

Gabriela. — Gracias, [á Ernesto'] Lléveme Vd. á otra parte. 

Ernesto. — Un instante ya la llevaré á Vd. 

Filomena. — ¿Se siente Vd. bien? 

Gabriela. — Bien, muy bien; ¿me haría Vd. el favor de llamar á Fe- 
derico? 

Filomena. — ¿Federico? Échele Vd. un galgo. 

Gabriela. — ¿Pues no está aquí? 

Filomena. — No, se ha marchado. 

Gabriela. — Es imposible! Eso no puede serl Caballero, [á Ernesto] 
búsqueme Vd. á Federico. 

Ernesto. — Sí, señora ^ Señores, Lucrecia desea hablar á Federico, 

¿tienen la bondad de buscarle por el salón? Será un servicio que Lu- 
crecia ha de agradecerles. 

Todos. — Sí sí con mucho gusto. 

Ernesto. — Ya vd. lo ve. Sabía yo que este era el modo más fácil de 
que volaran. 

Gabriela. — ^Ah! Gracias, muchas gracias. 

Ernesto [aparte á 'Filomena j con gravedad]. — ^Todos se hin ido. Es- 
ta señora, Filomena, desea estar sola, enteramente sola. Cuide Vd. de 
que esos impertinentes no vuelvan. 



GABRIELA. 46 



FiloTnena, — Eso es muy difícil; creo que es casi imposible el conte- 
nerles. Y luego como esa niña, gazmoña y consentida, se anda hacien- 
do la interesante, menos. 

Ernesto, — Calle Vd., y hable con más respeto de esa señorita. Vd. 
no ve más allá de sus narices. No ha comprendido Vd., porque no es 

posible que lo comprenda, que esa mujer es una desdichada ¿Qué 

misterio se encierra en el fondo de esa alma? No lo sé, pero Federico 
debe saberlo. ¿Dónde está Federico? 

Filomena, — Se ha ido. 

Ernesto, — ¿Se ha ido? 

Filomena, — ^Sí 

Ernesto, — Mentira Está Vd. mintiendo. ¿Dónde está Federico? 

Filomena [señalando el aposento"], — Allí, por allí salió, pero le re- 
pito á yd. que se ha marchado. 

Ernesto, — Bien, yo le buscaré. Deje vd. sola á esa señora que 

aquí no venga nadie 

Filomena [retirándose']. — Bien si así lo quiere Vd 

Ernesto, — ^Así lo ordeno 

Filomena [haciendo un gesto de desdén] — Entonces [Fflwc] 

Ernesto, — ^¿Para qné la han traído? ¿Para qué? [Luego se acerca á 

Gabriela y le dice] Y bien ya está Vd. sola. Aquí aguarda Vd. á 

que le traiga noticias de Federico. 

Gabriela, — Ah! el alma de Vd. es la única alma buena que hay aquí. 

Ernesto, — No, eso no es cierto, no se tienen la culpa esas otras al- 
mas, señora, de no haber conocido el alma de Vd. Todos tenemos piel; 
pero no para todos es igual la quemadura. 



ESCENA lOr 



Gabriela sola. 



¿Se habrá marchado? ¿Me habrá dejado sola? Y si así lo ha hecho, 
¿qué merezco yo? ¿No me preguntó mil veces si yo le amaba? ¿Por qué 
cobarde el corazón, por qué más cobarde aún el labio no le dijo que 
no? ¿Por qué mis ojos, siquiera mis ojos, no le hablaron á los ojos de 
su alma? ¡De su alma noble y generosa! ¿Por qué él, porqué Octavio no 
accedió á mis súplicas y á mis ruegos? ¿Por qué ese hombre compren- 



48 REVISTA NACIONAL. 



Octavio. — ^Me amas, como te amo yol Gabriela 

(jhbrieUb. — ^Ahl si, para desdicha mía. Pero yo no debí decirte nunca 
esto que te estoy diciendo; debí ahogar mis sentimientos en el fondo 
de mi pecho y, hasta en último caso denunciarte á mi marido. 

Octavio, — Sí, pero una vez que no lo hiciste así; dado ya el primer 
paso, Gabriela, retroceder es imposible! 

Gabriela, — Imposible, no; te equivocas 

Octavio, — ^¿Tú lo crees? ¿y qué has de hacer? Arranca del corazón 
de tu marido la serpiente que en él vive enroscada Mi amor, Ga- 
briela, mi amor será tu único refugio Espera, voy á ver si todos 

los convidados están en la mesa, si no hay nadie en la galería, y vuel- 
vo por tí. [Voiepor él fondo hacia él lado izquierdo,'] 



ESCENA 12' 



Gabriela, después Federico [con dominó negro y lazo blanco^ por la 

puerta del fondo ^ del lado derecho,"] 

Gabriela, — ¡Qué silencio! ¿Y qué voy á hacer? pero sí sí; no 

es posible retroceder. Federico me deja, me deja, me abandona! Oh! 
¡qué horrible vacilación ! ^Aparece Federico,] Ya vamos, Oc- 
tavio. ¡Ah! iFederico! [^Reconociendo á Federico que se arranca el an- 
tifaz] 

Octavio [ique entra disparando su pistola sobre Federico f pero sin 
que logre herirlo. — iFederico! 

Federico [arrojándose sobre Octavio^ y arrancándole la pistola á vi- 
va fíierza]. 

Octavio [después de la IvLcha, parándose valerosamente frente á su 
riva^ — ^Tire Vd 

Gabriela [interponiéndose entre ambos] — No! 

Federico [bajando el brazo, y con acento de profundo desprecio] — 
¿No? — Es verdad; [á Octavio] porque si le matara á Vd., ¿quién cui- 
daría de esa señora? [Arrojando á Gabriela en brazos de Octavio^ 

Gabriela [separándose de Octavio y yendo á apoyarse en el respaldo 
de un sillón. — Ah! 



LA MANCHA DE LADY MACBETH. 



ESCENA 13' 

Filomena y todos, acudiendo al sonido del disparo, 

¿Qué pasa? ¿Qué pasa? 

Federico [con acento smnhrio']. — Nada ! No es nada, señores 

jugábamos los tres una partida y se me ha disparado la pistola,! cuan- 
do acababa de perderlo todo! 

[Federico se marcha hacia el fondo, para salir á la calle,"] 

[Ghhriela desde que se apoya en el respaldo del sillón apenan puede 
tenerse en pié, y al decir Federico: "cuando acababa de perderlo todo,^^ 
cae al suelo sin sentido. Octavio se adelanta á socorrerla, y todos la ro- 
dean], 

FIN DEL DRAMA. 



LA MANCHA DE LADY MACBETH. 



III 



Un año después de escritas las anteriores cartas Paz no tenía ya pa- 
dre y Enriqueta tenia un hijo. Allá quedó el padre de Paz, en el ce- 
menterio de San Juan de Morelia! Sus últimos días fueron muy amar- 
gos. Los acreedores lo asediaron, y como había descuidado sus negocios 
por falta de fuerza ó de estímulo, ó de vida, le fué preciso presentarse 
en quiebra. Murió el pobre creyendo que aún dejaba, después de pa- 
gar todos sus créditos, dos casitas bien saneadas con cuya renta podían 
yivir modestamente sus dos hijos. Pero el remate de sus bienes fué 
desastroso y todo hubo de perderse. Paz quedó en la calle; Pedro 
tenía apenas once años — diez menos que su hermana — y sus únicos 
parientes eran un tío que estaba de cura en Tequisquiapan y dos primos 
tan desTalidos como ellos. Por fortuna, Paz era animosa y no se aco- 
bardó. Cosía y bordaba lindamente; sabía tocar el piano, hablar fran- 

R. N.-T.n.— 4 



60 REVISTA NACIONAL. 

cés, algo de inglés, y desde luego creyó fácil ganar la vida á fuerza de 
trabajo. Su único deseo era educar á Pedro: sentíase madre; sentía 
como si en ella reviviese aquella que se había ido para no volver y á 
la que amaba con todas las fuerzas de su alma. — ¿Qué es — pensaba — 
sacrificarme por mi hermano? Es darle gusto á mi mamá, es hacer lo 
que ella hubiera hecho; es ser mamá y papá al mismo tiempo! — Y no 
desconfiaba de la suerte porque á sus años y con su bondad, no se des- 
confia de la justicia, no se desconfía de Dios. 

Enriqueta fué la que se opuso, con muy buen juicio, á que su amiga 
diera lecciones. Había venido Paz á México para vender los muebles 
que le quedaban y para instalarse definitivamente en esta ciudad. Co- 
mo era natural, Enriqueta la hospedó en su casa. Enfermó á poco y 
por cierto que Paz fué una bendición del cielo para ella, porque la cu- 
raba, cuidaba al recién nacido, corría con todos los trabajos de la casa, 
hacía, en suma, lo que habría hecho la madre de su amiga, si hubiera 
vivido. Por eso, por cariño y por algo de egoísmo, se opusieron los dos 
esposos á que Paz se marchara á vivir sola en la vivienda de alguna 
casa de vecindad. 

— Mira — le decía Enriqueta — tú eres muy hábil y muy talentosa, 
como te decíamos en el colegio; puedes dar lecciones de todo lo que 
quieras y cobrarlas á peso de oro; pero eres muy muchacha y te expo- 
nes á que hablen mal de tí, y aun á otros peligros. Yo, que soy casada, 
tengo más mundo que tú y te prohibo que hagas eso. Nosotras nos 
hemos tratado siempre como hermanas; lo mío es tuyo, ¿qué necesi- 
dad tienes de trabajar para vivir? Con los mil pesos que te produjo la 
venta de esos famosos cuadros, que te costaron, al venderlos, tantas 
lágrimas, tienes para los gastos de tu hermano y para los pequeños gas- 
tos tuyos, por algunos meses. Y después, Dios dirá. Puede ser que te 
ganen el pleito con la casa de Arreztieta, y ya entonces tendrás un pa- 
sar bastante bueno. Luis conoce á un joven abogado, muy inteligente, 
muy simpático y muy bueno, que se hará cargo del negocio sin cobrar- 
te nada. Además, mi señora, ¿quién nos dice que no se casará vd., y 
muy bien, en un abrir y cerrar de ojos? Y sobre todo ¿para qué nece- 
sitas ganar dinero tú si lo tengo yo? Te adelantaré todas las cantida- 
des que quieras y cuando ganes el pleito me las pagas. Nada: á Pedro, 

al colegio de interno si te parece, para que estudie más aprisa y 

los malos amigos no lo pierdan, y tú, con nosotros. Ya ves que Lilis 
te quiere mucho. Si tío fueras mi hermana hasta me encelaríal Todo 



LA MANCHA DE LADY MACBETH. 51 

se le vuelve hablar de lo hacendosa que eres, y de lo bien que aten- 
diste la casa mientras estuve en cama, y se encanta cuando te oye tocar 

el piano, y quiere que lo enseñes á pintar acuarelas y Paz por aquí, 

y Paz por allá y Paz por todas partes. Nos haces un favor posi- 
tivo con quedarte. Y sobre todo, esto no está á discusión: ¡que no te 
dejo.y que no te dejo! ¡Yo mando! ¡Bonita me pondría papá si consin- 
tiera en que te fueras á la calle! Pero, ¿estás loca, mujer? ¡Tú, con esa 
cara y con ese cuerpo, sola en una periquera de casa de vecindad, y 
corriendo de casa en casa con tus libros debajo del brazo, como una 

protestante ! Ni por pienso! Cuando Pedro sea ya un hombre, 

será distinto el caso y podrás irte á vivir con él. Pero, cuando Pedro 
sea ya un hombre, tú tendrás dos ó tres hombrecitos tuyos, como el 
mío. Por ahora, yo hago contigo veces de mamá. Te dispondremos tu 
habitación aparte, para que no te mortifiques. Las piezas que dan para 
el segundo patio están para ti que ni mandadas hacer. Hoy mismo me 

ocupo en arreglártelas ! ¡chist! Punto en boca, no me digas nada! 

Lo dicho, dicho! — 

Por su parte, Luis insistía mucho, ahincada y cariñosamente, en que 
Paz se quedara con ellos, tanto por natural y legítimo afecto á la des- 
valida huérfana, cuanto por interés propio, puesto que la presencia de 
aquella nueva persona en la familia, á más de serle grata, lo dejaba 
en mayor libertad que antes para salir y pasear, seguro de que Enriqueta 
quedaba acompañada. Fué indispensable, pues, que se plegara Paz á 
las amables exigencias de sus amigos, y que, en espera de mejores 
días, mientras el pleito se ganaba ó Dios acudía á salvarla de su pre- 
caria situación con inesperado socorro, se resignara á vivir como al 
arrimo de Enriqueti, si bien retribuyéndola con logro, en solicitud y 
cuidados, su hospedaje afectuoso. Por lo pronto no quiso ella consen- 
tir en que su hermano entrara de interno á algún colegio. — Ya ve- 
rían Más tarde! Le servía tan de consuelo verlo á su lado. . . . 

hablar con él de sus llorados padres...! Que pasara todo el día en el co- 
legio Eso estaba en razón y era debido. Mas que la noche los 

juntara para revivir, conversando, días pasados, para unir sus cabezas 
junto á la blanca veladora y mirar el retrato bien amado! 

La habitación de Paz, su nido, como Enriqueta lo llamaba, quedó en 
verdad muy linda. Una salita, que era un juguete, con tres espejos que ca- 
si cubrían todas las paredes, por ser éstas muy* chicas; un piano de no- 
gal que estaba antes en el comedor de Enriqueta y que habían sustituido 



62 REVISTA NACIONAL. 



r, 

I 



meses atrás, con otro mejor: frente al balcón que daba para el segundo 
patio, angosta columna sustentando un biselado porta-ramos de cristal; 
en los ángulos dos jarrones de porcelana; seis sillas, cuatro pequeños 
sillones, un sofá, buena alfombra de tripe, y en el balcón y en las dos 
puertas elegantes colgaduras, del mismo color del ajuar, de rojo oscu- 
ro. Cuando los domingos colocaba Paz ñores sueltas en el porta-ramos 
y en las jarras, daba gusto entrar á aquella salita, no rica, pero simpá- 
tica y coqueta. Seguía luego el cuarto de Pedro, sin más muebles que 
un catre de tijera, un ropero algo usado, una mesa de escribir, un buró, 
dos sillones forrados de cretona y un aguamanil de latón pintado de 
blanco y salpicado de ñorecitas azules. En seguida estaba la recámara 
de Paz, semejante en lo cerrada y llena de chucherías, á una cajita de 
dulces comprada el día de año nuevo. Tenía también balcón para el 
segundo patio, y estaba frontera á la sala en que Luis había puesto su 
billar. Primorosa era la cama de madera fina, angosta, baja y con sus 
colchas y su pabellón albeando siempre; y muy elegantes y coquetos los 
silloncitos, el enano canapé, el reclinatorio, la lámpara azul que pen- 
día del techo, el tocador, de igual manera que la cama, y en cuya pa- 
langana sólo cabían manos de hada como las manos de Paz; el estante 
giratorio, lleno de libros, siempre muy bien cuidados y con pastas bo- 
nitas; la mesa de escribir, que casi se cubría con un pliego de carta, 
con el tintero de cristal y con la pluma de oro; los dos grabados, que 
representaban, uno al rubio y risueño querubín que llama á la vidriera 
de una ventana gótica, para dejar en la cuna al niño que trae del cielo; 
y otro al ángel de cabello negro, que entra de noche á la alcoba, y se 
lleva en brazos, para que ya no sufra, para que vea á Dios, á la blanca 
y enferma criatura. Junto al lecho, había un pequeño Cristo de relieve, 
en alabastro; y abajo de la imagen una breve taza de agua bendita. ¿Có- 
mo pudo caber tanto en tan reducido espacio? ¡Cosas y artes de mujer! 
Seguía aún á esta pieza otro cuartucho que Paz destinó para come- 
dor. El ajuar era misérrimo; una mesa de madera corriente, cuatro si- 
llas desvencijadas, un viejo aparador, y en el aparador poquísimos 
trastos. Enriqueta se habla opuesto á que Paz tuviera comedor en su 
departamento, para obligarla así á que comiera con ella, á que no se 
aislara, á que hiciese verdaderamente vida de familia. Pero Paz, acce- 
diendo á estos justos y cariñosos deseos, quiso sin embargo, arreglar 
mal que mal alguna pieza en la que pudiera almorzar y comer con su 
hermano cuando por cualesquiera circunstandas, por enfermedad, por 



LA MANCHA DE LADY MAOBETH. 68 

tristeza) por despego de la sociedad, ó por falta de traje conveniente, no 
quisiera sentarse á la mesa de su amiga. 

— Esa pieza — decía Enriqueta — verás tú como la arreglas. Lo que 
es yo no te he de ayudar, y mientras más fea quede, mejor para mí. 

Era visible el cariño con que trataban á los dos hermanos en aque- 
lla casa. Ellos se lo merecían; mas por raras y también por merecidas, 
eran de agradecerse tales muestras de afecto. Pedro pasaba el día entero 
en el colegio. Pasado un aflo, cuando él tuviera doce, entraría á la 
Preparatoria. Esto ufanaba mucho á Paz, y más que todo, porque no 
habiendo internado en esa escuela verían Enriqueta y Luis que le era 
imposible darles gusto, atendiendo á su consejo. 

Habitualmente, Paz se desayunaba con su hermano, pretextando 
que necesitaba levantarse á buena hora para mandar á Pedro á su co- 
legio, y que le hacía dafío retardar el desayuno. La verdad es que huía, 
en cuantas ocasiones le era fácil,' de hacer vida íntima con los dos es- 
posos. Ayudaba á Enriqueta en cuanto podía, ya peinándola en el to- 
cador, porque era una maestra en ese arte; ya quedándose á cuidar á 
la criatura cuando la mamá iba de compras ó á visitas. La acompañaba 
á misa algunas veces; pero su empeño era esquivar las ocasiones de 
interrumpir á marido y mujer en sus pláticas, de estorbarles, de proce- 
der con excesiva confíanza, de presentarse con Enriqueta en público. 
Por fortuna su reciente luto y su incurable y justísima tristeza, eran 
buenos pretextos para prolongar ese retiro. Vivía como con miedo, co- 
mo encogida, como temiendo siempre que le cobrara alguien quién 

sabe qué. Le daban mucho cariño, pero la frase misma lo dice: 

se lo daban. 

Por mucho que sea el afecto que en ella encontremos, es muy triste 
vivir en casa extraña. A cada instante se pregunta uno: ¿estorbaré...? 

acaso ahora no; pero ¿y mañana? Y como querse hace uno pe- 

queñito para que no lo vean, para no hacer ruido y para que lo dejen 
arrebujado en su rincón. Se sienten vagos deseos de decir á cada paso 
y en voz baja, con tpno suplicante: — Muchas gracias, muchas gracias; 
¡todo está muy bueno, todos ustedes son muy buenos! Si cometo una 
falta, ¡perdonadla, no será por mi culpa! Díganme lo que he de hacer 
para pagar todo esto. Y si estorbo, si mortifíco habladme con fran- 
queza! 

Disfrutamos del cariño que benévolamente nos otorgan, como se 
disfruta de un objeto prestado, con miedo de romperlo. Y se está con- 



5á REVISTA NACIONAL. 



tinuamente con sobresalto, con zozobra, con susto; pensando si desa- 
gradará tal ó cual acción nuestra. Antes se decía del amigo: ¡me quie- 
re mucho! Después, cuando nos favorece, decimos: ¡m^ trata muy bien! 
¡Qué diferencia! 

Y esta misma humillación que nosotros mismos nos imponemos; 
este vago temor que nos obliga á andar quedo y encorvados, como hu- 
yendo de un acreedor desconocido, contribuye á rebajar en los otros 
el concepto de nuestra propia dignidad. El favorecido es el que con- 
vence al protector de que le está haciendo gran merced. Piimerocreia 
el protector que daba; después el mismo agraciado lo convence de que 
ha prestado, y de que si no cobra es porque no quiere, porque es bue- 
no. El favor que antes se hacia con gusto al amigo, se hace después y 
con mayor solicitud acaso, pero tristemente, como pensando: ¿será una 
orden ? ¿Me tratará como á su criado ? 

En la mujer es más penosa y dura esta condición. El hombre se va 
á la calle, olvida un poco, se cree libre mientras está fuera de la casa. 
Además, el hombre siempre cree que va á pagar, que va á obtener un 
buen empleo, que pronto va salir de su aflictivo estado. En la mujer 
el roce con los otros, con sus protectores, con la servidumbre, con las 
amigas desdeñosas, es constante. Ella á cada momento tiene que ser- 
vir, y poco á poco se convierte en criada. La quieren mucho, ¡pero es 
tan útil y es tan buena! — Si no te molesta, anda á ver si el niño está 
dormido. — Tú, que bordas tan primorosamente hazme un cojincito pa- 
ra Adela. — ¡Anda, péiname! ¡qué informal es esta peinadora, hoy no 
ha venido! — Voy al cajón, ¿tú no querrás venir, verdad? ¡Jesús, qué 
monja! Cuida entretanto á Carlos, y da tus vueltas por el cuarto de 
costura. 

Todas estas son gotas de tristeza que van cayendo en el corazón has- 
ta que lo llenan. «Y si ni la hermana, ni la cuñada, puestas por el des- 
tino en semejante condición, se libran de sufrir esas ligeras, mas con- 
tinuas humillaciones, ¿cómo había la amiga pobre de librarse? 

Por eso Paz, con ser tan humilde y resignada como era, no encon- 
traba contento sino allá en su piecesita azul y blanca, sola, esperando 
á Pedro, que salía en las noches, y haciendo creer á los demás que ya 
estaba dormida. 

[Omtinuará.] 

M. Gutiérrez Nájzrá. 



MIS VIAJES. 56 



MIS TIAJES. 



sXtiba. 

No, no quiero escribir; en vano piensas 
Que de mis viajes la variada historia 
Hará sudar las españolas prensas. 

Aunque desprecio la mundana gloria, 
No puedo permitir que una mentira 
Empañe, vivo ó muerto, mi memoria; 

Y á decir la verdad en balde aspira 
Quien describir emprende ajena tierra, 
Ya en prosa, ya á los ecos de la lira. 

Cuál escritor por ignorancia yerra 
De usos que no comprende, ó del idioma; 
Cuál, á sabiendas, al error se aferra. 

Miente el ético Inglés que inverna en Roma; 
Miente el Embajador que habla de España, 

Y el mercadante que en París se asoma. 

Miente el enfermo que en Vichy se baña, 

Y aun el tahúr que en Báden-Báden juega. 
A sus lectores, cuando escribe, engaña. 

Ni al Canadés que vuelve de Noruega 
Debes crédito dar, ni al peregrino 
Que de Jerusalén devoto llega. 

No sé qué tíene el polvo del camino. 
Que embriaga y emponzoña; pero mueve 
A ocultar la verdad, no como el vino. . 

Y entre la tempestad que espesa llueve 
De fantásticos libros de aventuras, 
¿Quién la verdad á pregonar se atreve? 



68 REVISTA NACIONAL. 



V 



Pero no basta al héroe ni la armada, 
Ni el oro ni el poder, que la fortuna 
Le colocó debajo la almohada. 

La gloria de escritor quiere, ó ninguna, 
Sin ella le parece despreciable 
Hasta un trono en los cuernos de la luna. 

¿Pero cómo escribir? Muy mal el sable. 
Peor la pluma el mandarín maneja. 
Ni puede distinguir remo de cable. 

Contar no sabe ni pueril conseja, 
No conoce la o por lo redondo. 
Duro es su corazón, dura su oreja. 

¿Mas quién le ha de pedir obras de fondo? 
De sandeces le basta á un personaje 
Un tomo dar á luz, mondo y lirondo. 

Al derredor del mundo emprenda un viaje, 
Llevando un saco de oro bien provisto, 

Y diez plumas de ganso en su equipaje. 

Narre lo que haya visto ó no haya visto, 

Y las propias ó ajenas impresiones 
Ponga en papel un secretario listo. 

Imprímalas con cien ütisiraciones 
En Barcelona ó en París; y fama 
Adquirirá el autor y patacones. 

Tal es el plan que á mi almirante trama 
Astuto el Ministerio de Marina, 
A quien tal hombre entre su geyte infama. 

Hacia París el Capitán camina, 
Cual fardo, que no sabe dónde empieza 
Su ciega expedición, ni dó termina. 

Sólo ha oído que en Londres hay cerveza; 
En Viena y en París mil cortesanas; 
En Roma y en Madrid gente que reza. 



MIS VIAJES. SB' 



De aventuras galantes tiene ganas; 
Pero su rostro amoratado y feo 
Hace salir sus esperanzas vanas. 

Vaya á los BtUevareSf ó al Museo 
Del Louvre, ó cruce la Avenida Noche, 
O deténgase frente al Elüéo; 

En templos, en hoteles, á pié, en coche, 
No hay dama que no clave en él los ojos. 
Desde la Reina, á la hija de la noche. 

Su rostro de leproso, asco y enojos 
Causa á cuantas le ven: ¡y él se imagina 
Que de correrle en pos tienen antojos! 

Y escribe á su editor: "Mi faz divina 
A las beldades, como imán, atrae. 
Me enamoró en Madrid Dofia Cristina; 

"Dofia Isabel aquí en mis redes cae; 

Y á veinte cantatrices en Italia 

La barquilla de amor á mis pies trae. 

**Dos jamonas me buscan en Westfalia; 
Y, antes de separarse de Milano, 
Me solicita la gentil Natalia. 

"Una sultana codició mi mano 
Allá en Constantinopla; y en Calcuta 
La esposa de un Marajah soberano. 

"De Montecristo en la encantada gruta. 
Trató de conquistarme nueva Haidea, 

Y en la isla de Ceylán, indiana astuta. . . .'' 

Mas cansándote voy. ¿Habrá quien crea 
Que en cada hembra que topa el majadero 
Mira una enamorada Dulcinea? 

Abre, si te sospechas que exajero, 
El bien impreso libro; y sus sandeces 
Lee, si tienes valor, de cuero á cuero. 



«2 REVISTA NACIONAL. 



Yo por modelo á mi marino escojo, 
Ya en la veracidad, ya en quijotismo. 
Ea, voy á empezar: la pluma mojo. 

Viajes, . . (No, que es vulgar) El Cristianismo 
En frente i LOS satánicos altares 
Que levantara el ciego gentilismo. 

(¡Qué titulo tan propio!) / Vastos mares! 
Propicios acoged en vuestro seno 
Al nuevo Ulises de mis patrios lares. 

Desde el mar de Cortés^ hasta el Tirreno, 
A recorrer me apresto vuestra anchura, 
Y á desafiar vuestro furor sereno 



Ya de París he visto la hermosura; 
¿ Oreéis acaso que ventaja lleva 
A mi pueblo natal en galanuraf 

Su cúpula San Pedvo [ved la pi*ueba^ 
Menor que su dorado campanario 
La Catedral de Puebla al aire eleva. 

En la nariz sentéme solitario 
De la estatua que á Carlos Borromeo 
Se erigió colosal en el Calvario. 

Mármol y pobres azulejos veo 
^Que en México se ponen en cocinas^ 
Y aquí se juzgan dignos de un museo. 

i Oh de las siete indámitas colinas 
• Gentil Señora! Quién tu faz entera 
Cambiara hace veinte años no adivinas. 

¿Juzgas que tu Concilio definiera 
La infalibilidad.^ No: un estudiante 
Que ya era de la Iglesia alta lumbrera. 



MIS VIAJES. 



Fui yo; con un discurso rimbombante 
[§ue el profesor dictar a\. Yo el Imperio 
Acensué á Bismarckf aun no triunfante. 

Por MÍ á penosa fuga, el cautiverio 
Prefirió Pío Nono. ... Ya no rías: 
Antes de terminar, hablaré en serio. 

Estas, y otras cien mil majaderías, 
He oído proferir literalmente 
A viajeros de varias jerarquías. 

Temo dejar llevarme del torrente, 
Y hoy que mis viajes escribir medito, 
Desfallecer el corazón se siente. 

Lo haré, pues complacerte necesito; 
Pero aunque de verdad protestas leas. 
En cuanto sobre viajes haya escrito 
Ni una palabra, ni una tilde creas. 



Ipandro Acaico. 



Por haberse ausentado de la capital el Sr. D. Manuel Puga y Acal, 
queda encargado de la Secretaria de la Dirección de esta Revista el Sr. 
D. Luis González Obregón. 



6á AfiVISTA NACIONAL. 



ItlBLIOGBAFIA. 



Rene d'Empire por Paul Gaulot. — 1.*' vol. París. — Ollendorff. — El 
interesante libro de M. Gaulot tiene este segundo titulo: La Verdad 
sobre la expedición de México. No se trata de un trabajo puramente 
personal; el autor más bien se ocupa en coordinar documentos recogi- 
dos por el antiguo pagador general del Cuerpo Expedicionario, M. E. 
Louet, que no pudo llevar á cabo su empresa de escribir una historia 
lo más exacta y completa que pudiera de la expedición francesa en 
México, asi como la del mal aconsejado y desdichado príncipe que fué 
la víctima más notable en esta gran tragedia. Para ello había reco- 
gido numerosas noticias en Bruselas, en Miramar, en Viena y en Tries- 
te. En Madrid había obtenido que Bazaine le cediese los documentos 
preciosos que poseía sobre el particular, como cartas confidenciales de 
Napoleón III, de Maximiliano, del Mariscal Raudon, etc.; así como mu- 
chos expedientes, notas é instrucciones referentes al mismo asunto. 
Con estas piezas M. Gaulot ha redactado su libro, que nos proponemos 
estudiar más tarde, y que empieza en Octubre de 1861 para terminar 
en Abril de 64. 



Notes et souvenirs por Ludovic Halevy. — Para aquellos de nuestros 
lectores aficionados á la literatura francesa, cuya preponderancia en 
los países de lengua española no declinará en mucho tiempo todavía, 
es familiar el nombre del autor de la obra que recomendamos. Halevy 
es un académico reconocido maestro en el manejo del idioma francés, 
que en manos de los modernistas de su talla ha llegado á adquirir una 
gracia y flexibilidad prodigiosa: para encanto de las personas virtuo- 
sas ha escrito el delicioso libro intitulado: El Abate Constantino; ^isra. 
los amantes de la observación fina, penetrante y maliciosa de las cos- 
tumbres contemporáneas, ha escrito Iais Niñ<is Cardinal y Princesa; 
los refinados á quienes gusta ver brotar la emoción dramática de una 
acción elegante y sonriente, recuerdan á FroufroUy la comedia que 
Juana Hading nos declamó admirablemente hace poco tiempo. ¿Y la 
Gran Duquesa? ¿y la Bella Elena? Oh! En fin, en Notes et souvenirs, 
sentimos vivir, en un estilo sin pretensiones, una serie de tipos y de 
episodios magístralmente dibujados á vuela pluma, de los tiempos agi- 
tados que siguieron á la toma de París por los franceses en 1871. 



V 



EL ventrílocuo. 



UN VENTKILOCUO. 



(TRADICIÓN.) 

El General D. Antonio Valero, natural de México, y jefe de Estada 
Mayor de la división que, en 1825, sitiaba el Callao defendido por el 
Brigadier realista D. Ramón Rodil, valia por su inteligencia, denuedo, 
actividad y previsión, casi tanto como un ejército. 

Pertenecía á esa brillante pléyade de generales jóvenes que realiza- 
ron, en la guerra de independencia, hazañas dignas de ser cantadas por 
Píndaro y Homero. Valero, casi adolescente, militó en España y fné 
uno de los defensores de Zaragoza. Más tarde en México, su patríai, 
Colombia y el Perú combatió en favor de la independencia americana» 

En la época en que lo presentamos, Valero acababa de cumplir trein- 
ta y tres años, y era el más perfecto tipo del galán caballeresco. Sus 
compañeros del ejército de Colombia, siguiendo el ejemplo de BolÍTar, 
eran prosaicos y libertinos en asunto de amorios. Valero, como Sucre, 
era un soldado espiritual, de fínfsimos modales, culto de palabras, res- 
petuoso con la mujer. Él entraba en el cuartel; pero el cuartel no en* 
tro en él. 

En un salón, Valero eclipsaba á todos sus compañeros de campa* 
mentó, por la elegancia y aseo de su uniforme, gallardía de su persona 
y exquisita amabilidad de su trato. En el campo de batalla, era Vale- 
ro, como todos los bravos de la patria vieja, un león desencadenado» 
No hacia más; pero no hacia menos que cualquiera de sus camaradas» 

Valero había sido favorecido por la naturaleza con una cualidad, ra- 
rísima hoy mismo, y que á principios del siglo se consideraba como 
sobrenatural, maravillosa, diabólica; cualidad de cuya existencia sólo 
la gente muy ilustrada, en el Perú, tenía noticia más ó menos Yaga. 

El General Valero era ventrílocuo. 

Son infínitas las anécdotas de ventrilocuismo que sobre él cuenta la 
tradición, y la fácil pluma del General colombiano Luis Capella Tole- 
do ha escrito una historia de amor, en que Valero hizo noble uso de 
esa habilidad ó disposición orgánica, para obligar á una joven á que 
no se apartase del camino del deber. 

A un militar de los tiempos que fueron oí referir que en un banque- 

B. K.-T.I!.-5 



AEVISTA NACIONAL. 



iñ se propuso Valero mortificar al General Santa-Cruz, pues al trinchar 
un camarón, éste le dijo, con voz lastimera: 

— ¡Por amor de Dios, mi General, no me coma usted, que soy pa- 
dre de familia y tengo á quien hacer falta! 

Sorprendido Santa-Cruz dejó el trinche, maravillado de oir hablar 
•á un camarón. 

Puede asegurarse qué, hasta entonces, no tenia Santar-Cruz la menor 
idea del fenómeno. 

Gracias á esta individual y extraña cualidad, salvó el General Vale- 
co de ser fusilado por Rodil. Refiramos el lance. 

El castellano del Real Felipe tuvo 4viso de que oficiales patriotas, 
aprovechando la tiniebla nocturna, se aventuraban á penetrar en el Ca- 
Uao, sin duda para concertarse con algunos descontentos y conspiía- 
4ovea. Rodil aumentó patrullas de ronda y, efectivamente, consiguió 
apresar, ea diversas noches, un oficial y dos soldados. De más está 
•alladir que los envió á pudrir tierra. 

Era una madrugada, y el General Valero, emprendiendo el regreso á 
■sa campamento de Bellavista, ^ después de haber pasado un par de ho- 
nras ea conferencia con uno de los jefes del castillejo de San Rafael, iba 
Á penetrar en una callejuelii cuando sintió, por el extremo de ella, el 
acompasado paso de una patrulla. 

El audaz patriota estaba irremisiblemente perdido si seguía avan- 
zando, y retroceder le era también imposible. Entonces, ocultando el 
«uerpo tras el umbral de una puerta, apeló á su facultad de ventrílocuo. 

Cada soldado oyó sobre su cabeza, y como si saliera del cafión de 
-su fusil, este grito: 

— ¡Viva la patria! ¡Mueran los godos! 

Los de la ronda, que eran ocho hombres, arrojaron al suelo esos fu- 
rsUes á los que se les había metido el demonio, fusiles insurgentes que 
babian tenido la audacia de gritar palabras subversivas, y echaron á 
correr poseídos de terror. 

Media hora después el General Valero llegaba á su campamento rien- 
do aún de la aventura, á la vez que dando gracias á Dios por haberlo 
ibecho ventrílocuo. 

Lima. 

Ricardo Palma. 

1 BeUayista se lialla á un coarto de legua del Callao. 



UN pontífice máximo. «7 



UN pontífice máximo. 



(GREGORIO vil.) 



[Continúa,'] 



Al sentarse en la Sede apostólica el nuevo papa inmortalizó, adop- 
tándolo, el nombre de Gregorio VII. El estado de su ánimo se revela 
fidmentc en la carta que poco después de su exaltación escribió á Hu- 
go, abad de Cluny: " i Ojalá pudiera haceros comprender — le decía — 
**Ub tribulaciones que me asaltan y los incesantes trabajos que me 
** abruman diariamente! Muchas veces he rogado al Salvador divino 
''que me saque de este mundo ó que me permita ser útil á la Iglesia, 
** nuestra madre común. Un dolor inefable, una inmensa amargura 
^hm invadido mi alma al contemplar la iglesia de Oriente, arrancada 
^á la fe católica por el espíritu de las tinieblas. Vuelva yo mis ojos al 
^Occidente, al Mediodía, al Norte, apenas veo algunos sacerdotes que 
^ hayan subido al episcopado por las vías canónicas, que vivan como 
^OBi^le á su estado y carácter, que gobiernen á su rebafio con espí- 
''ritu de caridad, y no con el insultante y despótico orgullo de los po- 
nderosos de la tierra. Entre los príncipes seculares no encuentro nin- 
''guno que prefíera la gloria de Dios á la suya, ni la justicia al interés; 
"y los pueblos que me rodean, romanos, lombardos y normandos son 

"peores que judíos y gentiles Si no alimentase la confianza en 

"una vida mejor y el deseo de ser útil á la Iglesia, no permanecería 
^más en Roma, sábelo Dios, donde me encuentro como encadenado 
"hace más de veinte años, flotando entre un dolor que se renueva día 
"por día, y una esperanza ¡ay de mí! demasiado remota: mi existencia, 
n atacada por mil tempestades, no es más que una continua agonía. 
" Pues que estamos obligados á emplear todos nuestros esfuerzos para 
"reprimir á los malvados, y á defender la vida de los religiosos, mien- 
" tras que los príncipes descuidan sus deberes, te exhorto fraternal- 
" mente á que me ayudes, rogando á los que profesan un amor since- 
" ro á San Pedro, que sean de veras sus hijos y soldados, y á no pre- 
^ferir á él los potentados de la tierra, que sólo sirven para otorgar 



68 REVISTA NACIONAL. 



'' favores despreciables y transitorios, en tanto que Jesús los promete 

*' efectivos y eternos Nuestro único deseo es que los impíos se 

*' conviertan; que la Iglesia, conculcada, confusa y dividida recobre su 
^' antiguo esplendor; que Dios sea glorificado en nosotros, y que noso- 
" tros, con nuestros hermanos y hasta con los mismos que nos persi- 
*^ guen, podamos alcanzar la salvación. Por una vil merced prodiga el 
" soldado su vida, y ¿temeríamos nosotros arrostrar la persecución por 

" lograr la vida eterna? " 

En tanto que Gregorio VII se apercibía, intrépido y sereno, á reali- 
zar los vastos proyectos que había concebido cuando no era más que 
Hildebrando, príncipe de la Iglesia y consejero de tantos pontífices, el 
emperador Enrique IV arrostraba con varia fortuna la desatada tor- 
menta que rugía en Alemania y que le empujó hasta el extremo occi« 
dental de sus anchos dominios. No obstante que tan apurada situación 
favorecía las miras de Gregorio, éste, en quien competían la actividad, 
el valor, la fecundidad de recursos y la astucia para descubrir los pla- 
nes contrarios, creyó entonces conveniente mostrarse circunspecto y 
moderado, pues poseía también la calma necesaria al que quiere ir 
muy lejos, y aceleraba ó contenía el paso, según las circunstancias: 
asi fué que ajustándose al decreto de Nicolás II, hizo que su nombra- 
miento, reconocido por los cardenales, recibiese la confirmación del 
emperador, siendo esta la vez postrera en que ejerció tan importante 
derecho el jefe del imperio. Bonizo, obispo de Sutri y autor del libro 
Ad amicum henchido de imposturas y falsedades, ha hablado de una al- 
tiva carta de Gregorio al emperador Enrique, en la cual, al informarle 
aquel de su elevación al pontificado le prevenía que en el caso de que 
confírmase su nombramiento habría de luchar contra él, hallándose 
poco dispuesto á tolerar sus crímenes y excesos. Esta cita ha sido aco- 
gida sin reserva por algunos escritores modernos; pero tiene en coiítra 
la sospechosa autoridad del mismo Bonizo, y sobre todo, las cartas 
que á raíz de su elección dirigió Gregorio á las princesas Beatriz y Ma- 
tilde de Toscana, y á Godofredo, duque de la Baja Lorena, en las que 
expresaba sus deseos de vivir en completa armojiía con el empera- 
dor. ' Y más que todo ésto, el nuevo pontífice al echar en olvido la inti- 



1 Ch. Giraud, Gregorio VII y su tientpo [Revue des Deux Mondes, Abril de 1878.] 
—Entre lo8 escritores modernos que han acogido la cita de Bonizo se cuentan 
Mlgnet y Can tú. El primero la admite con las modificaciones que plugo hacerle 
al cardenal de Aragonla en el siglo XIV; y el segundo, sin reserva ninguna [véase 
Historia Universal, tomo III, pág &79, edición de París 1881.] La sistemática defen* 



UN pontífice máximo. eo 

mación famosa de Alejandro II, afirmaba asi la actitud tranquila, cua- 
si contemporizadora, que creyó conveniente asumir en aquellos mo- 
mentos. 

No obstante la moderación que señaló la primera época del pontifi- 
cado de Gregorio VII, sentíase en los aires rumor de próxima tempes- 
tad, y de esta general aprensión nos dan testimonio precioso los escri- 
tos contemporáneos: desde luego, los partidarios de las reformas, los 
cluniacenses, los monjes italianos y sajones, y el pueblo sajón también, 
se regocijaron al saber la exaltación del hombre que encarnaba sus 
más caros ideales; al contrario, la corte de Alemania y los obispos si- 
moniacos vieron con recelo y natural zozobra, entronizado en la altí- 
sima sede, al consejero é inspirador de Nicolás II, al austero monje 
que le había inducido á reformar la iglesia de Milán, y que bajo el pon- 
tificado de León IX reprimió con inusitada severidad las licenciosas 
costumbres del clero regular en Roma y en las Galias. Pero unos y 
otros presentían que el impetuoso carácter del nuevo pontífice no taiy 
daría en provocar peligrosos é inflamados conflictos. 

Antes de reseñar los notables sucesos que se desarrollaron á partir 
de la primavera de 1074, preciso es indicar rápidamente la situación 
del pontificado en los momentos de ascender al trono Gregorio VIL 
Respetado por los pueblos lejanos, no inspiraba el mismo sentimiento 
al de Italia en quien se transmitía, vigorosa, la tradición de los críme- 
nes y escándalos que lo deshonraron en el curso del siglo X; Roma mis- 
ma, devorada por las facciones feudales, no era un asiento seguro para 
el que se había mostrado más de una vez enemigo implacable de aque- 
llos turbulentos señores, bien hallados con el ejercicio de su voluntad 
omnipotente; el poder espiritual, mal afirmado aún, estaba sometido á 
la autoridad constituyente de los concilios y no podía contar con la obe- 
diencia absoluta de los obispos, como lo demostraba la resistencia del 
de Milán en la época de Nicolás II; el sistema de legaciones que ha- 
bían de representar en todas partes al pontífice romano, carecía de la 
organización que más tarde lo perfeccionó haciéndolo fuerte, eficaz y 
temido; ' y la lucha con el imperio, que tanta importancia debía dar 4 

sa que del papado hace el autor italiano, y lo ligero y superficial de sus Juicios, ex- 
plican suficientemente su adhesión á lo que afirmó en su obra el obispo de Sutri. 
1 Debemos afiadir aquí que las principales órdenes religiosas, tales como las de 
la Merced, de San Francisco y de i£anto Domingo, & cuyos miembros ha llamado 
un autor los missi dominici de los papas, no existían aun en aquella época. Los ins- 
titutos aprobados hasta entonces por los pontífices eran los de San Benito, de Clu- 



70 REVISTA NACIONAL. 



la autoridad pontifical, no se había empeñado todavía, y ésta era 
cierto modo un fantasma que imponía á los medrosos, pero al que 
atrevían los audaces y los fuertes. Además, los principios del papado 
en aquella época no estaban determinados de una manera clara y pre- 
cisa: ora invocaba las decisiones de los concilios, ora la autoridad ád 
Evangelio ó de los Santos padres, ó bien se apoyaba en las decretales 
y en las doctrinas de los nuevos doctores. Gregorio VII se sintió con el 
aliento bastante para dirigir la revolución que debía libertar al pontifi- 
cado, primeramente de la sujeción feudal, y luego, de la tutela del im- 
perio; levantar muy alto su prestigio convírtiéndolo en centro de mo- 
ralidad, y finalmente, reasumir en él el poder eclesiástico y cambiar 
su antigua y confusa constitución. 

En marzo de 1074 Gregorio presidió un sínodo en el que quedó 
prohibido el ejercicio del culto á todos los sacerdotes culpables de si- 
monía, conminándose á los obispos que no cumpliesen ese decreto. La 
corte de Alemania sintió toda la rudeza del golpe que se le asestaba* 
pues en ella privaban los simoniacos, y los mismos consejeros secre- 
tos de Enrique IV ejercían la simonía públicamente. El sínodo roma- 
no anatematizó también á los sacerdotes concubinarios, que tal fué k 
denominación aplicada entonces á los miembros del clero que se ca- 
saban, en virtud de las disposiciones contradictorias que hasta esa 
época se habían dictado respecto del celibato de los eclesiásticos. ' Va- 
rios legados llevaron solemnemente á Alemania los decretos del coa- 
cilio, y no obstante la resistencia que los simoniacos y concubinarios 
opusieron á su cumplimiento, la corte imperial, en la situación dificU 
que le había creado la actitud hostil de Sajonia, se vio entonces obli- 
gada á ceder. A la enérgica iniciativa de Roma correspondió en Ale- 
mania una poderosa corriente reformista, cada día mayor, y que reco- 
nocía como centro el monasterio de Siegburgo. No es de extrañar que 
sintiéndose fuerte con esta inteligencia en el campo que debía conside- 
rar como enemigo, Gregorio se mostrase más y más inflexible: así, al es- 
pirar el año de 1074 citó á comparecer en Roma á Sigifredo, arzobispo 
de Maguncia, y á los obispos de Constanza, Estrasburgo, Espira, Augs- 
burgo, Bamberg y Wurzburgo, para contestar á los cargos que se les 



ny [que seguía la misma regla,] de 8an Basilio y de San Romualdo [ciimanda- 
lenses]. 

1 Véase Cantüy autor de cuya ortodoxia nadie podrá dudar fundadamente [JSi- 
toria Universcdf tomo III, pág. 580, edición de París, 1881]. 



UN PONTIPICB MÁXIMO. TT 

dirigían; prohibió á los fieles alemanes que obedeciesen á los sacmlo- 
tes casados: y otro sinodo, reunido por su mandato en la cuaresma de 
1075, renovó la prohibición de la simonía, excomulgando á cinco con* 
sejeros del monarca alemán que se habían hecho reos de este delito, 
vedó el matrimonio para todos los eclesiásticos, y ordenó que ningún* 
sacerdote recibiera la investidura de manos de un laico. ' 

Esta fué también la época en que Gregorio VII concibió un grande 
y glorioso pensamiento, realizado por los papas que inmediatamente 1& 
siguieron, y que tuvo como principales consecuencias el vigoroso ensaño- 
che de actividad en los pueblos de Europa, y nuevos gérmenes de pro» 
greso que modificaron el orden político, social y religioso, dominante 
en la Edad Media. Más de cuatrocientos afios habían transcurrido desde 
que los árabes se levantaron movidos por una robusta idea religiosa 
contra los pueblos cristianos; bastó una centuria para que los ejército» 
del islamismo sujetasen el Asia hasta la India y el Turan, conquistasen 
la Siria y el África del Norte, y ocuparan victoriosos toda la Espa&a, 
excepto el rincón de las montañas astures que sirvió de asilo á las re^ 
liquias de la monarquía goda. Y si la espada de Carlos Martel no los^ 
hubiese destrozado en las llanuras de Poitiers (732), y si León el Isáu*^ 
rico no los forzase, algunos afios antes, á levantar el sitio de Constan^ 
tinopla, toda la cristiandad hubiera sufrido entonces el yugo de los seo- 
tarios del Profeta. Esos sangrientos y pavorosos desastres detuvien»» 
las invasiones de los mahometanos y salvaron el centro y el oriente 
de la Europa, pero no impidieron la pérdida de las principales islas 
del Mediterráneo. Al principiar el siglo onceno el califato de Córdoba, 
al fraccionarse en varios Estados, se debilitó y previno los triunfos su- 
cesivos de las armas cristianas en la península ibérica; pero en cam- 
bio, nuevos defensores del islamismo, los feroces turcomanos proce- 
dentes de las orillas del mar Caspio y del lago Aral, aparecieron en el 
último tercio de ese mismo siglo devastando el Asia Menor y ponien- 
do en grave peligro al imperio de Constantinopla. Miguel Ducas (Pa- 
rapinacio), menguado sucesor del valiente Diógenes Romano, clama 
en su angustia á las naciones occidentales, y en particular al ilustre 
jefe de la Iglesia, indicándole la posibilidad de que cesase el cisma 
entre los cristianos griegos y latinos, en el caso de que su imperio se 



1 Véase la Historia de loa Estados de Occidente desde Carlomagno hasta Maathwitíar- 
no por el Dr. Prutz, Cap. VI. 



REVISTA NACIONAL. 



salvara de la espantable dominación seldyucida, merced á los auxilios 
que del Occidente recibiese. 

Nuevos y vastos horizontes abría á la incansable actividad de Gre- 
gorio VII el ruego del acongojado bizantino, y quizás el alto genio del 
pontifíce abarcó toda la evolución que había de efectuar el levanta- 
miento de la cristiandad contra el islamismo, de las nuevas naciones 
ée Occidente contra los pueblos antiquísimos de Oriente, que de con- 
tinuo las amenazaban. Recibió con entusiasmo la petición del invadido 
Bajo Imperio, y su voz resonó en todo el ámbito de Europa excitando 
á los fieles á tomar las armas en defensa de la fe cristiana. Un ejército 
de cincuenta mil hombres se reunió, dispuesto á marchar á las órde- 
Dfis del pontífice mismo; pero la lucha que á poco hubo de sostener 
oontra Enrique de Alemania le obligó á aplazar la realización de 

proyecto. "Desde esta época, sin embargo, quedaba ya abierta la 
^puerta, por la cual podían marchar los ejércitos cristianos contra 
^d islamismo. Los emperadores bizantinos siguieron hallándose en 
^la más peligrosa situación, y pronto volvieron de nuevo sus ojos al 
^soberano espiritual de Occidente. Los sucesores de Gregorio tuvie- 
^lon el mismo interés que éste en prometer auxilios; y las mismas 
'^tendencias iniciadas en el seno de la cristiandad empujaban, además, 
^ cáese sentido, y se desarrollaban en proporciones cada vez mayo- 
y^ Veinticinco años después de las excitativas de Gregorio Vil las 
cristianas se apoderaron de Jerusalem y comenzaba el fecundo 
periodo de las Cruzadas. 

Los acuerdos del sínodo celebrado en la primavera de 1075 produ- 
jeron intensa agitación en Alemania: la simonía, anatematizada ante- 
riormente, lastimaba en lo más vivo intereses muy arraigados, y sin 
embargo, su prohibición no suscitó entonces la resistencia que era de 
esperar; no sucedió lo mismo respecto del celibato de los sacerdotes 
y de la cuestión de las investiduras. La decisión de Roma fué interpre- 
tada como el punto de partida de una revolución social y política que 
tendía á entronizar á la Iglesia sobre los pueblos y los Estados. Apar- 
te de los lazos que rompía, la prescripción del celibato, principal exi- 
gencia del partido reformista, hirió á los concubinarios én sus senti- 
mientos de independencia, porque vieron en aquella el propósito de 
miir estrechamente el clero á la Iglesia, separándole de otras ligas 

1 B. Kugler, Historia de las Cruzadas^ Cap. I. 



UN pontífice máximo. 73 

que pudieran atarle, y que influyendo en su corazón y en sus senti- 
mientos fuesen un obstáculo á la adhesión completa que pretendía fun- 
dar el pontificado. Fuera de lugar seria aquí el examen, siquiera bre- 
vísimo, de esta materia en sus diversas fases, y principalmente desde 
el punto de vista canónico. Baste enunciarla para comprenderen toda 
su extensión la efervescencia que suscitó en los ánimos. 

Si la ley del celibato chocó rudamente contra un orden social que 
contaba á su favor con ardientes 6 interesados sostenedores, la prohi- 
bición de la investidura de los laicos tuvo mayores consecuencias en el 
orden político, y amenazaba directamente la existencia del imperio. La 
cuestión de las investiduras presenta, en efecto, á manera de grandiosa 
síntesis, los orígenes, las fases y el término de la lucha que, empeña- 
da entre la Iglesia y los soberanos temporales, se prolonga desde Gre- 
gorio VII hasta los emperadores de la casa de Suabia, en la primera 
mitad del siglo décimo-tercio. Al desarrollarse plenamente el feuda- 
lismo los obispos y los abades empezaron á figurar entre los grandes 
propietarios, y la organización social y política de aquella época los hi- 
zo feudatarios; los reyes se creyeron entonces con el derecho de obli- 
garles á que recibiesen de su mano la investidura del beneficio, y la 
ceremonia de entregarles el anillo y el báculo significaba la dependen- 
cia á que quedaban sujetos respecto del príncipe. El feudalismo, fun- 
dado en el poder que se derivaba de las tierras, confundió desde luego 
la propiedad del eclesiástico con la dignidad que éste ejercía, y la com- 
prendió en una sola entidad, avasallada al soberano. Por otra parte, 
los sefiores feudales que por su estado pertenecían á la Iglesia no tar- 
daron en rodearse de fausto y esplendor; la corrupción, el lujo y el es- 
cándalo reinaron en el seno del santuario, ^ y sus bienes y su posición 
temporales ligaban á aquellos, estrechamente, con los príncipes que 
remataban el complicado régimen feudal. Gregorio VII exponía así sus 
ideas acerca de las investiduras: *'La Iglesia de Dios debe ser indepen- 
" diente de todo poder temporal; el altar está reservado á aquel que 
" por un orden no interrumpido sucede á San Pedro; la espada del 
" Príncipe le está sometida, y viene de él, porque es cosa humana; el 
" altar, la cátedra de San Pedro, emanan sólo de Dios, y de él dependen 
" únicamente. La Iglesia yace ahora en el pecado porque no es libre, 

1 Pedro Damián en su Opuse. XXXI c, 09, condena con fogosa elocuencia el lujo 
de los prelados ricos de su tiempo. Aquel santo Aid contemporáneo de Grego- 
rio VII. 



74 KEVIBTA NACIONAL. 



** porque está adherida al mundo y á los mundanos; sus ministros. no 
" son legítimos porque están instituidos por hombres del mundo; por 
" eso en los ungidos de Cristo, que se denominan superintendentes 
" de las iglesias, abundan deseos y pasiones criminales, codicia de las 
" cosas terrestres, de que necesitan estando adheridos al mundo; y de 
" allí que no se vea más que hastío, disensiones, orgullo, codicia, en- 
" vidia, en los que deben poseer la paz de Dios. La Iglesia se encuen- 
" tra tan mal, porque los que deben servirla no se cuidan sino de los 
" intereses de la tierra; porque sometidos al emperador no hacen sino 
** lo que á éste agrada; porque sirviendo al Estado y al principe per- 
"manecen extrafios á la Iglesia.'' ' 

Pero desde el momento en que ningún eclesiástico pudiera ser in- 
vestido por un laico, cesarían el homenaje y juramento feudales, y los 
principados eclesiásticos habían de desligarse del Imperio; sus posee- 
dores no serian ya vasallos del rey y terminaba para ellos la obliga- 
ción de prestar al monarca los debidos servicios por los territorios que 
les hubiese cedido. Enrique IV, apretado á la sazón por la formida- 
ble rebeldía de los sajones, se inclinó, mal de su grado, ante las de- 
cisiones de Roma; aparentando sumisión y amor á la paz, y urgido 
por los ruegos de su madre la emperatriz Inés, se mostró dispuesto á 
entrar en negociaciones con el pontífice. Y era solamente un respiro 
para apercibirse á una resistencia obstinada y abierta. 

Grandes y repetidos triunfos, alcanzados por las armas de Enrique 
durante el otoño de 1075. rindieron al fín el levantamiento de Sajonia 
y afirmaron en sus sienes la mal cefíida corona; con la victoria se mo- 
dificaba su actitud frente á ñ*ente del papado, y se abría anchísima sen- 
da al desarrollo del sistema absolutista á que había aspirado constan- 
temente. Rompió las negociaciones iniciadas con la corte de Roma, y 
lejos de ceder se manifestó decidido á reconquistar todo lo que en otro 
tiempo había correspondido al trono, y dar al poder real mayor y más 
enérgico ensanche. "Así — dice el historiador Prutz — en vez de limitar 
" el derecho de las investiduras, que tanto molestaba á la Iglesia, En- 
" rique trató de reclamarlo y de usarlo en puntos donde antes no se 
" ejercitara. De la misma manera que trató á los sajones, obligándoles 
" á restituirle todo aquello que le fué arrebatado durante su menoridad, 
" quiso tratar á la Iglesia Romana, pretendiendo recobrarlo que había 

1 C. Cantú, Historia Univei-sal, tomo III, píLg. 582, edición de París 1881. 



ÜN pontífice máximo. 75 

" perdido la política alemana cuando el cisma entre Honorio II y Ale- 
" jandro II, á fín de tener otra vez sumiso al pontificado, y apartar ala 
" Iglesia de 1§ influencia del partido reformista, hostil á la monarquía. 
" Cualesquiera que fuesen los proyectos que para lo porvenir acaricia- 
" ba Gregorio VII, lo cierto es que Enrique, desentendiéndose de los 
" esñierzos hasta entonces hechos para llegar á una pacífica inteligen- 
" cia, fué quien realizó el primer acto de hostilidad, quien cometió la 
" primera agresión." Sucedió así, en efecto: el emperado-^ ^tivíó varios 
agentes suyos á Italia, con la misión de suscitar enemigo» por doquie- 
ra al papa Gregorio; los obispos lombardos — adversarios de las refor- 
mas — aprovecharon la oportunidad que se les ofrecía de sacudir el yugo, 
y se unieron á los plenipotenciarios alemanes, secundándoles con todo 
su poder; el monarca cubrió con hechuras suyas los obispados vacan- 
tes de Bamberg, Spoleto y Fermo; y por último, Cencío, prefecto de 
Roma, quizás de acuerdo con la corte de Alemania, fué el alma de una 
gran conjuración que estalló al fín la noche misma de la Natividad 
(1075). Seguido de armada turba entró en la iglesia de San Pedro 
donde á la sazón oficiaba el pontífice, le arrancó del altar y le arrastró,, 
tirándole de los cabellos, hasta una fortaleza de la cual le sacó á poco 
el pueblo romano, llevándole en triunfo hasta el palacio de los papas 
en Letrán.' 

Casi al mismo tiempo (Enero de 1076), presentábase á Enrique IV 
un legado del papa, intimándole en nombre de éste á comparecer en 
Roma para que justificara su conducta, particularmente en el asunto 
de la provisión de obispados vacantes. Al cabo de tres aftos Gregorio 
Vil repetía la imperiosa intimación de Alejandro II, pero esta vez el pa* 
pado se dirigía al monarca engreído con sus recientes victorias y due- 
fio, en el momento, de toda la plenitud de su poder. Ardiendo en ira, 
Enrique reunió bajo su presidencia un concilio de prelados alemanes 
en la ciudad imperial de Worms, el cual decretó la deposición del pon- 
tífice. El mismo monarca notificó esta resolución en la siguiente carta: 

"Enrique, Rey, no por la violencia sino por la santa voluntad de 

1 "£1 paeblo, que veneraba en Gregorio & sn representante, se sublevó unáni- 
memente, asaltó la fortaleza, lo puso en libertad, y en brazos lo llevó á terminar 
por la noche la misa que había sido interrumpida al alba. Cencio no hubiera es- 
capado con bien, si Oregorio con un magnánimo perdón no hubiese demostrado 
cuan superior era el hombre del pueblo al de la espada." [Cantú, m^. Universal^ 
tomo III, pág. 5S7, edición de París, 1881.] Los autores alemanes, en general, no 
mencionan este rasgo magnánimo de Oregorio VII. Véase la Historia de Gregorio 
VII, de Mr. VUlemain. 



78 REVISTA NACIONAL. 



" Dios, á Hildebrando no Papa, sino falso monje. Mereces este saludo 
" por el desorden que introduces en la Iglesia; has hollado con tu plan- 
^' ta á sus ministros, como si fuesen esclavos, y así has ganado el favor 
" del vulgo. Lo hemos tolerado algún tiempo, porque era deber nues- 
" tro conservar el honor de la Santa Sede; pero nuestra reserva te ha 
" parecido miedo, y te ha hecho audaz hasta el punto de elevarte so- 
" bre la dignidad real, y amenazarnos con quitárnosla, como si tú nos 
" la hubieras dado. Has empleado intrigas y fraudes que maldecidos 
" sean; has buscado el favor con ayuda del dinero, la fuerza de las ar- 
" mas con ayuda del favor; y con la fuerza has conquistado la cátedra 
" de paz, de donde has arrojado esa misma paz. Tú, subalterno, te has 
" alzado contra lo que se hallaba establecido, pues San Pedro, verda- 
" dero Papa, dijo: Temed á Dios, honrad al Bey; pero tú, que no te- 
" mes á Dios, no me honras á mi que soy su delegado. Baja, pues, de 
" de ese puesto ó sé excomulgado: ve á sufrir en las cárceles nuestro 
"juicio y el de los obispos; desciende de esa cátedra que has usurpa- 
" do; yo, Enrique, y todos nuestros obispos te lo intimamos: ¡Abajo! 
'-' ¡abajo! " 

A esta brusca agresión respondió Gregorio VII excomulgando á En- 
rique (22 de Febrero de 1076], destituyéndole de las dignidades im- 
perial y real, y dispensando á los subditos de éste de sus juramentos 
de fidelidad y obediencia. La voz del papa resonó en Alemania con 
el fragor del trueno, y á su poderoso acento todos los elementos de 
oposición al emperador recobraron la energía que acababan de perder. 
Levantáronse de nuevo los sajones; rebeláronse en el Sur del imperio 
Rodolfo de Suabia, el inquieto duque Welfo, los Zsehringen y otros 
poderosos magnates; la Franconia corrió á las armas; las provincias 
del Alto Rhin que en otro tiempo dieron asilo y favor al monarca, vol- 
viéronse esta vez en su dafio, y por todos los ámbitos de Alemania se 
aprestaban príncipes y pueblos á desconocer al hombre marcado con 
el sello espantable del anatema. Una junta de los principales señores 
alemanes, celebrada en Tribur con asistencia de los legados pontificios, 
quiso deponerle, pero la intervención de Hugo, abad de Gluny, y de al- 
gunos obispos reformistas, y sobre todo, los ruegos de las emperatrices 
Inés y Berta, conjuraron en aquel entonces ese peligro. Quedó, no obs- 
tante, acordado que se reuniera una dieta en Augsburgo bajo la presi- 
dencia de Gregorio Vil, á fin de que sus decisiones terminasen la lucha 
que dividían al emperador y los príncipes; entretanto, Enrique debía 



UN pontífice máximo. 77 

apartar de si á sus consejeros Íntimos y á los obispos que le eran adic- 
toSy licenciar su ejército, y vivir como particular en Espira; y si al cabo 
de un afío no hubiese alcanzado el perdón de la Iglesia, quedaría des- 
tituido y se elegiría nuevo emperador. 

Enrique pretendió desde luego contrastar la desatada tempestad que 
amenazaba destruirle, pero pronto hubo de convencerse de la impoten- 
cia de sus esfuerzos, y resolviéndose á implorar la gracia del airado 
pontífice se dispuso á marchar hasta el centro de Italia. De esta suer- 
te esperaba impedir la temida reunión de la dieta de Augsburgo y des- 
armar á muchos de sus poderosos enemigos. Llevando consigo á su 
esposa Berta y á su tierno hijo Conrado, y acompañado de humilde 
séquito, se puso en camino (Diciembre de 1076), á pesar del crudísi- 
mo invierno, y después de largos rodeos para evitar el encuentro de 
los bávaros sublevados, pudo llegar á las gargantas del Monte-Genis. 

Terrible fué aquel invierno. La mísera comitiva imperial cruzó los 
Alpes azotada por la nieve, y los recios aquilones la empujaban en su 
descenso por los ásperos desfiladeros que rematan en las llanuras de 
la Alta Italia, risueñas en otras estaciones, pero heladas á la sazón y 
extendiéndose cual blanquísimo é interminable sudario. La presencia 
de Enrique levantó el ánimo de los parciales que habíase ganado en 
Lombardía, quienes le recibieron con júbilo, ofreciéndole su apoyo pa- 
ra vencer á la curia romana. Grande fué, pues, la sorpresa de aquellos 
obispos y orgullosos barones al ver rehusados sus auxilios, y al em- 
perador dispuesto á continuar su marcha en busca del pontífice, mas 
no en actitud vengadora y agresiva, sino cual humillado y contrito pe- 
nitente. 

Gregorio Vil, resuelto á presentarse como juez arbitro en la dieta 
de Augsburgo, se había dirigido, entretanto, á la Alta Italia para entrar 
luego en las tierras germanas, pero al saber la entusiasta acogida que 
halló Enrique entre los lombardos, creyó prudente refugiarse al lado 
de la marquesa Matilde de Toscana, ^ señora de vastísimos dominios en 
la parte central de la península, y que aparece entonces como la Mi- 
nerva Palas del pontificado. Muy cerca de Reggio, y sobre una enhies- 

1 Esta princesa, conocida generalmente, aunque con poca exactitud, bajo el 
nombre de ccndeta Matilde poseía, además del marquesado de Toscana, como hi- 
ja del marqués Bonifacio III, Mantua, Parma, Reggio, Plasencia, Ferrara, M6de- 
na, una parte de Umbría, el ducado de Spoleto, Verona, y casi toda la región que 
se llamó luego patrimonio de San Pedro^ desde Viterbo basta Orvieto, con ana frac- 
ción de la marca de Ancona. 



78 REVISTA NACIONAL. 



ta y abrupta roca del Apenino alzábase el castillo de Canossa, hoy mon- 
ton de ruinas cubiertas de yedra: detrás de sus espesos muros se am- 
paró el pontifíce, y no tardó en presentarse Enrique IV, llamando á la 
puerta y pidiendo con instancia ser recibido por Gregorio (25 de Ene- 
ro de 1077). Pálido, ayuno, con los pies descalzos y en hábito de 
penitente, á la intemperie durante tres días y tres noches, el empera- 
dor de Alemania esperó la decisión papal; cuando ya se disponia á re- 
tirarse, Gregorio consintió en recibirle, pues su excesiva dureza fué 
•censurada altamente por los mismos que en aquellos momento le asis- 
tían y rodeaban. ^ Enrique se postró llorando á los pies del papa, quien 
le absolvió con la condición de que se justifícase ante una dieta de 
principes y obispos alemanes, cuya sentencia seria ratifícada por el mis- 
mo pontífice, aunque fuese la de deposición; pactóse también que si el 
papa se viese obligado á marchar á Alemania con motivo de estas ne- 
gociaciones, podría hacerlo con toda seguridad y escoltado convenien- 
temente. Después que los dos adversarios comulgaron con la misma 
hostia, Enrique volvió á sus Estados, dueño otra vez de la corona, pero 
meditando proyectos de venganza que no tardaría mucho en realizar- 
La imponente escena de Ganossa hizo inmenso dafio á Enrique IV 
y perjudicó grandemente el prestigio de Gregorio VII: las condiciones 
que este último acababa de imponer no se compadecían con la prime- 
ra causa del anatema que había fulminado contra el monarca teutón, 
y revelaban su vasto y ambicioso pensamiento de dominación universal, 
ejercida por el pontificado. El hijo del carpintero de Soano, mirando 
rendido á sus pies al más poderoso de los reyes cristianos, pudo creer 
que ningún obstáculo se opondría ya á sus atrevidos proyectos, y quizás 
sintió entonces el vértigo de las grandezas humanas. 

[Concluirá, ] 

Julio Zarate. 



1 Gregorio V[I describe esta escena en su Epístola VI, 12: '^Después de haberle 
*' reprendido fuertemente por sus excesos, vino A Canossa con una pequefia éscol- 
** ta, como persona que no piensa en nada malo. Aquí permaneció tres días de- 
** lante de la puerta, en un estado que daba lástima, despojado del aparato reglo, 
<* descalzo, vestido de lana, invocando con lágrimas el auxilio y el consuelo de la 
" conmiseración apostólica, tanto que cuantas personas que estaban presentes y le 
** oyeron hablar, so movieron á compasión é intercedieron con nos, maravillados 
"de la inaudita aspereza de nuestro corazón. Algunos exclamaron que aquello 
** no era ya severidad apostólica, sino dureza de fiero tirano; por lo cual, dejando- 
«nos ablandar por su arrepentimiento y por las súplicaslde los circunstantes! 
«* rompimos el lazo del anatema, recibiéndole en la comunión de la Santa Madre 
"la Iglesia." 



TOPONOMATOTECNIA ^AflOA. T9 



TOPONOMATOTECNIA NAHOA- 



III 



^OirCOBDÁKCU DE LOS ÁCGIBINTES TOPOOBJLFICOI» ¥ LOS N0MBBG8 DE LVQUK 

No siempre será fácil para el etimologista encontrar sobre el terreno 
la concordancia entre los elementos del nombre de una localidad y los 
caracteres fisiográfícos que han servido de base para imponer la deno* 
minación: posible será que estos caracteres hayan desaparecido, ya por 
efecto del desmonte que destruye bosques enteros de familias vegetales 
que antes daban al lugar una fisonomía particular, ya por razón de la 
caza que ejercida desatentadamente sobre ciertas especies animales sea 
factor importantísimo de su extinción ó por lo menos de su alejamien* 
to de las comarcas en que antes habían prevalecido. Los caracteres to- 
pográficos y los hidrográficos son los más persistentes, los menos suje- 
tos á vicisitudes, y sin embargo no siempre vienen á reflejarse como 
en una cámara oscura en la onomástica geográfica. Algunas de las an- 
tiguas poblaciones, conservando su primitiva apelación han cambiado 
su asiento de las alturas al fondo de los valles, y en ciertos casos han 
sido por decirlo así trasplantadas á grandes distancias de su origen. 
Uno de los pueblos ó barrios que circundan la ciudad de Cuemavaca 
lleva el nombre de Aniatülánj que significa "lugar situado entre los 
amates'^ y aunque no es extraño encontrar el amate (ficus Benjamina) 
en aquellos sitios, sin embargo, el barrio de que venimos hablando no 
se llamó así originariamente. "El antiguo pueblo de Amatitlán — dice 
el diligente onomatologista Lie. Don Cecilio A. Róbelo — estaba encla- 
vado en los campos de la hacienda de San Vicente, y uno de los anti- 
guos duefíos de este ingenio compró los terrenos del pueblo é indem- 
nizó á los habitantes dándoles los que hoy forman el nuevo pueblo, al 
cual le dieron el nombre del que abandonaban."^ 

De estos cambios en la radicación de las poblaciones indigenas hay 
buen número de ejemplos, y en tales casos el etimologista tiene que 

1 Nombres geográficos mexicanos del Estado de Morelos, pdg. 7. 



80 REVISTA NACIONAL. 



recurrir á la tradición para establecer la conformidad entre el signifi- 
cado de los Tocablos que coAi^nen el nombre y la situación topográ- 
fica actual de la localidad. 

La dificultad sube de punto tratándose de algunos nombres de orí- 
gen extraño, que como testimonio de otra civilización y del predomi- 
nio de pueblos de otras lenguas y de otras razas, han quedado incrus- 
tados en la región nahoa, revistiendo aparentemente por una serie de 
evoluciones las formas de esta última habla, vertidos en caracteres fo- 
néticos á los jeroglíficos de sus códices, pero en los cuales el análisis 
filológico concienzudo, descubre radicales arcaicas ó exóticas, que son 
escollo de los nahuatlistas que han querido fijar su significación. Aún 
en épocas anteriores y toda vez que se había perdido el conocimiento 
de la lengua de su origen y la verdadera fuente de los elementos de 
esos nombres, apoderóse de ellos la imaginación popular forjando mul- 
titud de fábulas para explicar la etimología, ya creando el nombre de 
un supuesto caudillo de la tribu fundadora, ya relacionándolo con las 
tradiciones mitológicas, ya en fin recurriendo á otros medios cuya gran 
diversidad denuncia precisamente la carencia de fundamento de tales 
opiniones. 

Curioso ejemplo del caso que acabamos de señalar creemos que son 
los nombres de Chalco y Texcoco, Acolman y Colima, cuyas etimolo- 
gías generalmente aceptadas son por extremo discutibles. 

Fué Texcoco la cabecera del reino de Acolhuacán, fundado por los 
chichimecas, de una tribu numerosa y casi salvaje, á los que unos au- 
tores hacen de procedencia náhoa y otros de estirpe de los otomíes 
pero que en realidad hablaban lengua particular que parece haberse 
extinguido, siendo de diversa familia que los toltecas y nahuatlacas. 

A esta conclusión han llegado, apoyándose en sólidos fundamentos, 
el eminente filólogo Don Francisco Pimentel* y el sabio historiador 
Don Manuel Orozco y Berra. * Respecto de la etimología de Tetzcoco, 
encontramos las siguientes opiniones: 

"Siguiendo con la autoridad de Pomar, expone el Sr. Orozco y Be- 
rra,^ diremos que á una legua al Este de la ciudad hay un pequeño 
cerro, al que en lengua chichimeca le llamaron TetzcoU; los culhua- 

1 Cuadro descriptivo y comparativo de las lenguas Indígenas de México. Segun- 
da edición, tomo I, pAg. 3. 

2 Geografía de las lenguas de México, pág. 6. 
8 Op. clt. pág. 241. 



TOPONOMATOTECíNIA NAHOA. 81 

ques al fundar allí corrompieron el vocablo, dijeron Tetzcoco y al ce- 
rro Tetzcotzin Tetzcoco quedó asentado en el llano, entre el lago y la 
Sierra, apellidándose la comarca Acolhuacatiallif " que quiere decir tie- 
rra y provincia de los hombres hombrudos:^' la sierra era la de Tlaloc, 
y en la montalia más alta, nombrada también Tlaloc, estaba el templo 
de este dios de las lluvias y de los temporales.'* 

El mismo autor, citando también en otra de sus obras ^ al escritor 
indígena Pomar, agrega: 

"Uno de los cronistas de la nación dice: "De suerte que Tetzcotl pue- 
de ser verbo chichimeca. No se ha podido saber su verdadero signifi- 
cado, porque los chichimecas que primero le pusieron el nombre no 
sólo se han acabado, pero ni hay memoria de su lengua, ni quien se- 
pa interpretar los nombres de muchas cosas que hasta ahora en aquella 
lengua se nombran, etc."' 

Ixtlilxoehülf otro de los escritores nacionales, escribe: "La ciudad de 
Tetzcuco fué fundada en tiempo de los toltecas con el nombre de Ca- 
tenichco; destruida al tiempo que aquella nación, la reedificaron los 
emperadores chichimecas, particularmente Quinatzin, quien la embe- 
lleció mucho, puso en ella su residencia y la hizo capital del imperio. 
A su llegada los chichimecas la llamaron Tezcuco, es decir, lugar de 
detención, porque allí pararon todas las naciones que entonces había 
en la Nueva España." 

Consultando las pinturas jeroglíficas se encuentra que en la figura 9, 
lám. 3 del Códice Mendocino, el nombre de Tezcuco ó Texcoco está re- 
presentado por una montaña riscosa, sobre la cual florece la jarilla y 
. junto un brazo extendido con el símbolo cUl. Tlacotl, es la jarilla que 
brota en los llanos y texcotli la de los riscos, tomando la radical de 
texcallif peñasco ó risco, de manera que la interpretación del jeroglífi- 
co es: "en la jarilla de los riscos," y en cuanto al brazo es un carácter 
ideográfico, ya de la provincia de Acolhuacán, ya de la tribu acolhua^ 
por lo que el Sr. Orozco concluye que el conjunto jeroglífico dice: "la 
ciudad de Texcoco en la provincia de Acolhuacán." 

Seanos ahora permitido aventurar nuestra opinión en medio de esta 
diversidad de pareceres: desde luego observaremos que para aceptar 
la interpretación de Ixtlilxochitl, sería preciso cambiar el nombre del 

1 Historia antigua y de la conquista de México. Tomo II, pftg. 251. 

2 Relación de la ciudad de Texcoco, escrita por Juan B. Pomar, descendiente de 
ras antiguos reyes. Afio de 1582 M. 8. del Sr. Qarcía Icazbalceta. 

E. N.— T. !!.-« 



82 REVISTA NACIONAL. 



lugar en Tetzicoco, en cuyo caso pudiera derivarse de tetzieo ó tetzicoa- 
ni, el que detiene á otro, ó de tetzicoliztli, detenimiento tal, palabras 
que se encuentran en el Vocabulario de Molina. 

La relación de Pomai* y los signos del jeroglífico con la traducción 
del Sr. Orozco parece que tienden á derivar el nombre de la ciudad 
lacustre de Tetzcutzinco, famosa residencia de recreo del rey Netza- 
hualcóyotl cuyas ruinas se encuentran todavía en un pequeño cerro 
situado 6 kilómetros al S.E. de Texcoco; pero en nuestro concepto la 
fábrica de los templos, baños y alcázares y la formación de los jardines 
del celebrado bosque, son con mucho posteriores á la fundación^ de la 
capital del reino acolhua, como lo comprueba el mismo Ixtlilxochitl 
en la parte de su Historia Cbichimeca intitulada: "De cómo hizo Net- 
zahualcoyotzin casas de recreación, bosques y jardines y la gente que 
mandó ocupar en su adorno y en el de las casas reales y cerco de 
ellas,^' construcciones que acusan un refinamiento y un adelanto en la 
civilización que seguramente no tenían los chichimecas cuando llega- 
ron al Valle, por una parte; por la otra, no se concibe que para dar 
nombre á un lugar situado en el llano, fueran á buscarse los caracte- 
res ñtográfícos de una montaña lejana, y en fin, la misma terminación 
tzinco del sitio de recreo, reverencial unas veces, diminutiva otras y 
que frecuentemente se puede traducir por la palabra "nuevo," parece 
indicar que en la fundación posterior se quiso conservar la memoria 
de la capital del reino, pudiendo traducirse Tetzcutzinco por "Nuevo 
Tetzcuco." 

Como la ciudad en sus orígenes estaba evidentemente situada más 
cerca de la orilla del lago de lo que actualmente se encuentra, y era 
probablemente en remotísimos tiempos una verdadera población la- 
custre, no es aventurado buscar en la hidrografía el origen de su apela- 
ción náhoa, hoy corrompida, por la inñuencia de otros dialectos y otras 
lenguas, pero en cuya ortografía todavía se descubren ciertos elemen- 
tos fonéticos que vienen en apoyo de nuestra presunción. 

De la radical a de atlj agua, y de tezcatl espejo, hicieron los náhoas 
el pintoresco y significativo nombre de atezcaü^ lago, espejo de agua; y 
combinado este vocablo con la posposición co, determinativa de lugar, 
suprimiendo la primera vocal a y sustituyendo la segunda por u, re- 
sulta Tezcuco, cuya acepción primitiva pudo ser: "ciudad del lago." Va- 
rios ejemplos pudiéramos citar de nombres geográficos mexicanos que 
han sufrido trasformaciones por elisión, por metátesis, por apócope y 



TOPONOMATOTECNIA NAHOA. 83 

aun perdiendo la vocal ó toda una silaba inicial. PanchimalcOf pueblo 
que aún subsiste en el Estado, se halla representado en la Colección 
de Mendoza por un escudo, chimalliy que lleva en su centro una ban- 
dera, pantU, resultando silábicamente Chimalpan ó Panchimalco, y sin 
embargo, el intérprete del Códice tradujo abreviadamente Chimalco. 
De Acuitlaparij han salido sucesivamente: Cuitlapa^ Cuitlahuapan, Cui- 
tláhuac y por último, TIáhuac. 

Veamos ahora las opiniones emitidas respecto de Chalco. El Sr. D. 
Eufemio Mendoza, en sus apuntamientos ya citados, dice: 

"Chalco. — Geóg. Muy difícil es la etimología de esta palabra. Da- 
mos la siguiente sin garantía. Lugar roto, en la rotura, donde se rom- 
pe, etc., de challa^ romper, co (v). Buschmann lo hace venir de chaüij 
cuyo significado confiesa que ignora. Acosta lo traduce "eíi las boeas;^^ 
no encuentro el por qué. Clavijero ^^campo color de esmeraldüf^^ tra- 
yéndolo probablemente de Chalchihuitly y por fin el Sr. Chimalpopoca 
asegura que Cltalli significa esmeralda bruta; pero Molina que conoció 
el mexicano en toda su pureza, dice que la esmeralda en bruto se lla- 
ma ehcdchihuitiy 

El escritor anónimo del Códice Ramírez dice lo siguiente acerca de 
la tribu chalca: "El segundo linaje es el de los Choleas^ que quiere 
decir gente de las bocaSj porque Challi significa un hueco á manera de 
boca, y así, lo hueco de la boca llaman Camachalliy que se compone 
de camac que quiere decir, la boca, y de chaUij que es lo hueco, y de 
este nombre Challi, y de esta partícula ca^ se compone chalca, que sig- 
nifica loa poseedores de las bocas.'' 

Si ahora pasamos al examen de las pinturas geroglíficas, encontra- 
remos que el símbolo de Chalco es constantemente un círculo orna- 
mentado de figuras y colores, "carácter ideográfico, dice el Sr. Orozco 
y Berra, que así representa la ciudad como á la tribu chalca.'* 

"La pintura, agrega el mismo autor, figura el chalchihuitl, cuya ra- 
dical primitiva chai sirve de mnemónico á la palabra.'* 

A nuestro modo de ver, en el vocablo que venimos analizando hay 
una raíz sánscrita, perdida ó poco usada en el náhoa, que significa 
agua, lago, estanque, de manera que Chalco quiere decir sencillamen- 
te: "ciudad ó lugar del lago,'* enteramente de acuerdo con su situación 
topográfica; y el símbolo empleado en las pinturas no es el símbolo de 
la esmeralda sino un carácter ideográfico para representar el tiempo, el 
año, bastando para convencerse de esto último, estudiar y describir la 



84 REVISTA NACIONAL. 



figura menos superfícialmente de lo que se ha hecho por la generali- 
dad de los autores que han tratado de esta materia. El circulo interior 
pintado de verde, está rodeado por dos coronas circulares concéntrícaSi 
la menor colorida de rojo y blanca la exterior, estando ésta subdividi- 
da en trece trapecios ó glifos, y llevando toda la figura en las extremi- 
dades de dos diámetros perpendiculares, que forman una cruz de San 
Andrés, cuatro circulillos, como los empleados para denotar los nume- 
rales. Estos últimos hacen probablemente referencia al nahutr-oUin; 
los glifos de la corona exterior, por su cantidad, representan la trece- 
na del tonalamcUl y el producto de 13x4=52 expresa el número de 
afios del siclo azteca, de donde se infiere que el carácter simbólico es 

m 

un signo cronográfíco, empleado para designar el año, el tiempo, pu- 
diendo citarse en corroboración de esta opinión la circunstancia de 
que en el jeroglifico de Xiuhtepec (Códice Mendocino, lám. VI, fig. 
12) la radical onuk^ de xihuitlf afio, cometa, turquesa ó yerba, se ex- 
presa también por un círculo ornamentado, con cuatro circulillos tan- 
gentes en los extremos de una cruz de San Andrés, teniendo el con- 
junto cierta semejanza con el carácter ideográfico de Chalco. 

La palabra sánscrita que reconocemos como fuente de la mexicana 
ehalli, es gara^ que tiene las acepciones de agua, lago, estanque, y para 
hacer más perceptible su analogía fonética con la voz náhoa á que la 
hemos equiparado, baste recordar que la letra ga, 44* y 1* silbante del 
alfabeto sánscrito ocupa un lugar medio entre ka y sha, y la r se per- 
muta sin dificultad por su análoga la I en las lenguas que carecen de 
la primera letra. 

QarUy significa el año, el tiempo; y gara tiene también las acepcio- 
nes de: color variado, abigarrado, mezcla de amarillo y azul, verde, 
caracteres cronológicos y cromáticos que encontramos reproducidos 
en el jeroglífico de Chalco, población lacustre cuya etimología topo- 
gráfica más plausible creemos que es: "ciudad del agua ó def lago." 

Tenemos todavía la palabra sánscrita gavala^ agua, y la mexicana 
Chápala^ nombre de un lago del Estado de Jalisco. 

XaÜocan es el nombre de una población situada cerca de una de las 
lagunas boreales del Valle; su jeroglífico (Cod. Mend. lám. III, fig. 7) 
se representa por un animalejo en el signo de arena, y en concepto del 
Sr. Orozco la palabra viene de Xaltozan, "cierta rata ó ratón," llamado 
tuza (orden roedores, familia cricetidas, "Geomix mexicanus,") signi- 
ficando: "lugar de tuzas." 



TOPONOMATOTECNIA NAHOA. 85 

¿No será la verdadera etimología "lugar del pequeño lago," deri- 
vándose de ehalliy tonüi^ desinencia de diminutivo y la posposición 
canf 

Por lo demás es curioso observar que la palabra tozan^ topo, animal 
ó rata, como traduce Molina en su vocabulario, es casi idéntica á la 
sánscrita ttUhuma, rata del campo, pronunciándose la t aspirada del 
sánscrito como la th inglesa. 

No es gara convertida en chaUi la única palabra sánscrita de la que 
apenas se conservan buellas en el habla náhoa; citaremos también co- 
mo notable xam, tierra, que sólo aparece como radical en dos palabras 
del Vocabulario de Molina y unas cuantas derivadas y son: xamiU, 
adobe, especie de sillarejo hecho de tierra humedecida, lodo ó barro 
batido; y xamixealli, ladrillo de barro cocido, en cuya composición en- 
tran xam, tierra, en mexicano y en sánscrito yzca ó ¿rea, cocer loza, 
asar huevos, patatas ó cosa semejante, que proviene evidentemente de 
la raíz sánscrita shJcám ó shká, brillar, quemar, etc., de modo que 
xamixcalli significa tierra ó barro cocido; y la misma raíz verbal vol- 
vemos á encontrar en tlaxcaUif que literalmente quiere decir maíz co- 
cido, tortilla. 

La misma radical que en la palabra Chalco, y acaso venga esto tam- 
bién á confirmar nuestra etimología, se reconoce en el nombre de la 
diosa del agua, cuya descripción nos da el P. Sahagún en el capítulo 
XI del libro 1" de su obra, en los siguientes- términos: ^ 

"Esta diosa, llamada ChalchitUliycue, diosa del agua, pintábanla co- 
mo á mujer, y decían que era hermana de los dioses de la lluvia que 
llaman TlatoqueSy honrábanla porque decían que ella tenía poder sobre 
el agua de la mar y de los ríos, para ahogar los que andaban en estas 
aguas, y hacer tempestades y torbellinos en ellas, y anegar los navios 
y barcos y otros vasos que caminaban por el agua. Hacían fiesta á esta 
diosa en la que se llama ElzalqtializUi, que se pone en el segundo li- 
bro capítulo 7, allí están á la larga las ceremonias y sacrificios con que la 
festejaban como allí se podrá ver. Los que eran devotos á esta diosa y 
la festejaban, eran todos aquellos que tienen sus grangerias en el agua, 
como son los que la venden en canoas, y los que la venden en tinajas 
en la plaza. Los atavíos con que pintaban á esta diosa, eran la cara 
con color amarillo, y la ponían un collar de piedras preciosas, de que 

1 Sah. Tomo I, p6g. 9. 



86 REVISTA NACIONAL. 



colgaba una medalla de oro: en la cabeza tenia una corona hecha de 
papel) pintada de azul claro, con unos penachos de plumas verdes, y 
con unas bolas que colgaban hacia el colodrillo y otras hacia la frente 
de la misma corona, todo de color azul claro. Tenía sus orejas labra- 
das de turquesas de obra mosayca, estaba vestida de un vipil y de unas 
enaguas pintadas del mismo color azul claro, con unas franjas de que 
colgaban caracol itos mariscos. Tenia en la mano izquierda una rodela 
con una hoja ancha y redonda que se cría en el agua, y la llaman aüa- 
ctiecona: en la mano derecha tenia un brazo con una cruz hecha á ma- 
nera de la de la custodia en que se lleva el sacramento, cuando uno 
solo la lleva, y era como cetro de esta diosa; tenía sus colaras blancas: 
los señores y reyes veneraban mucho á esta diosa con otras dos, que 
era la diosa de los mantenimientos que se llama Chicumecoatlf y la 
diosa de la sal, que llamaban Vixtodratlj porque decían que estas tres 
diosas mantenían á la gente popular, para que pudiesen vivir y multi- 
plicar. Lo demás acerca de esta diosa, se verá en el capítulo que he 
citado del segundo libro, porque allí se trata copiosamente.^' 

Por la descripción precedente se reconoce que el color dominante 
entre los arreos de Chalchiuhilicue era el azul, característico de las 
grandes masas de agua y con el cual en los jeroglíficos vemos ilumi- 
nados los signos de apanüi, Hueyapan, y el símbolo de atlf en ge- 
neral. 

Torquemada dice, hablando de la misma deidad: ' 

''Estos indios tuvieron otra diosa llamada Chalchihuitlycue, y entre 
otros nombres de efectos que le daban era uno Apozonallotl ó Acuecue- 

yotl, que quiere decir la onda y hinchazón de las aguas Otros 

muchos nombres dieron estos indios á esta diosa; pero el de Chalchi- 
huitlycue, era el más común, y usado, que quiere decir náhoas ó fal- 
dellín de las aguas, entre verdes y azules, por los visos que hacen azu- 
les y verdes, los cuales visos parece que ciñen aquel movimiento y 

tumbo que hace la ola A esta diosa tenían en gran reverencia 

y la edificaban templos por el temor grande que le tenían, por razón 
de los muchos que morían ahogados y desastradamente en las aguas.... 
A estos lugares venían muchas gentes á ofrecer sacrificios al diós Tla- 
loc y á los demás dioses sus compañeros; como á los que creían que 
les hacían este bien y merced de dar las aguas, para el socorro y re- 
paro de sus necesidades." 

1 Monarquía Indiana. Tomo II, pág. 46. 



TOPONOMATOTECNIA NAHOA. 87 

Los jeroglíficos de Acolhuacán y de Colima son casi idénticos; en 
ambos se reconoce el símbolo de la tribu aeolhua, formado de un 
miembro torácico humano con el signo atl, agua, en el hombro, acoUu 
Los dos dibujos tienen también una pulsera, y el de Acolhuacán lleva 
además un adorno rojo ó cinta en el hombro. AcoUiuacán se ha tra- 
ducido por 'lugar que tiene ocolkuas,''' de cauy lugar, hua, posesivo del 
anterior y aeoly i-ecordativo de aeolhua; Coliman se ha interpretado 
así: "lugar conquistado por acolhuas," lo mismo que Acolmariy pero 
no debe perderse de vista que las tribus tomaron sus nombres de los 
lugares que fundaron ó en los que se establecieron, y el Dr. Peñafiel 
hace observar con mucho acierto que aunque la ciudad de Aculman 
fué conquistada efectivamente por Netzahualcóyotl, sin embargo ya 
tenia ese nombre cuando era gobernada por un hijo de Tezozomoctli, 
aquel señor tepaneca que había usurpado de sus legítimos duefíos el 
reino de Acolhuacán. 

Fray Gerónimo de Mendieta, refiriendo la tradición tezcucana de la 
creación del hombre, dice* "que el primer hombre de quien ellos pro- 
cedían había nacido en tierra de Aculnia, que está en término de Tez- 
cuco dos leguas, y de México cinco, poco más, en esta manera. Dicen 
que estando el sol á la hora de las nueve, echó una flecha en el dicho 
término y hizo un hoyo, del cual salió un hombre que fué el primero, 
no teniendo más cuerpo que de los sobacos arriba, y que después sa« 
lió de allí la mujer entera.^' Y más scdelante: "que aquel hombre se 
decía Aculmaitl y que de aquí tomó nombre el pueblo que se dice 
Aculma, porque aculli quiere decir hombro y maitl, mano ó brazo, 
como cosa que no tenía más que hombros y brazos, ó que casi todo 
era hombros y brazos, porque (como dicho es) aquel hombre primero 
no tenía más que de los sobacos arriba, según esta ficción ó mentira.'* 

Fray Toribio de Motolinía explica así el origen de la palabra Acol- 
huacán.^ "Un indio llamado Chichimecatl, ató una cinta de cuero ó 
correa al brazo de Quetzalcoatl, en lo alto cerca del hombro, y por 
aquel tiempo y acontecimiento de atarle el brazo aclamáronle Acol- 
huatl: y de este dicho que vinieron los de Culhua, antecesores de Mo- 
teuczoma, señores de México y de Colhuacán, y á dicho Quetzalcoatl 



1 Historia Eclesiástica Indiana, pág. 81, pablicada por el Sr. García Icazbaloeta, 
1870. 

2 Colección de Documentos para la Historia de México, publicada por el Sr. D. 
Joaqoín García Icazbalceta.— 1868. 



90 REVISTA NACIONAL. 



man y susceptible de una traducción análoga. Autorizarían esta hipó- 
tesis tres circunstancias: la cuasi identidad de los jeroglíficos, el hecho 
ya mencionado de que otros nombres han perdido también la vocal ó 
sílaba inicial, y muy particularmente el estar situada la ciudad de Co- 
lima sobre el río de su nombre. 

Los ejemplos citados creemos que tal vez son suficientes para de- 
mostrar como aun en los casos más refractarios á las indagaciones eti- 
mológicas, puede llegarse á resultados más satisfactorios buscando pre- 
ferentemente los elementos de los nombres en la fisiografía, porque 
de esa fuente sacaron los primeros pobladores ó descubridores las de- 
nominaciones que impusieron á los lugares en la mayor parte de los 
casos, y remontándose si es necesario á los orígenes de la lengua náhoa 
para rastrear aquellas radicales perdidas ó poco usadas en el lenguaje 
corriente que no es fácil hallar en los vocabularios usuales. Acerca de 
las relaciones en*re el mexicano y el sánscrito, que incidentalmente 
hemos venido señalando en el curso de este trabajo, daremos un es- 
tudio comparativo especial para el que tenemos aglomerados intere- 
santes y copiosos eleiiiontos texicográficos, después de concluir en el 
próximo artículo estos breves apuntamientos sobre la toponomatotéc- 
nia náhoa, es decir, el arte con que los antiguos habitadores de nues- 
tras comarcas impusieron nombres á los lugares según sus caracteres» 



V. Reyes. 



EL NEGRO FALUCHO. 



Duerme el Callao. Ronco son 
Hace del mar la resaca, 
Y en la sombra se destaca 
Del Real Felipe el torreón. 
En él está de facción, 



EL NEGRO FALUCHO. 



Porque alejarle quisieron, 
Un negro, de los que fueron 
Con San Martín, de los grandes 
Que en las pampas y en los Andes 
Batallaron y yencieron. 

Por la pequeña azotea. 
Falucho erguido y gentil, 
Echado al hombro el fusil, 
Lentamente se pasea; 
Piensa en la patria, en la aldea 
Donde dejó el hijo amado, 
Donde su duefío adorado 
Le aguarda, triste y llorosa; 

Y en Buenos Aires la hermosa. 
Que es su pasión de soldado. 

Llega del fuerte á su oído 
Rumor de voces no usadas, 
De bayonetas y espadas 
Agudo y áspero ruido: 
Un ¡viva España! seguido 
De un otro viva á Fernando; 

Y está Falucho dudando 

Si dan los gritos que escucha 
Sus compañeros de lucha, 
O si está loco ó soñando. 

Desde los Andes, el día. 
Que ciñe en rosas la frente, 
Abierta el ala luciente 
Hacia los mares caía. 
Cuando Falucho, que ansia 
Dar un viva á su manera. 
Como protesta altanera 
Contra menguadas traiciones, 
Izó, nervioso, á tirones. 
La azul y blanca bandera. 



REVISTA NACIONAL. 



— "¡Por mi cuenta te despliego, 
Dijo airado, y de esta suerte 
Si á tus pies está la muerte, 
A tu sombra muera luego!'' 
Nació el sol: besos de fuego 
Dióla en rayos de carmín; 
Rodó el mar desde el confín 
Un instante estremecido; 

Y en la torre quedó erguido 
El negro de San Martin. 

No bien asi desplegados 
Nuestros colores lucían, 
Por la escalera subían 
De tropel los sublevados. 
Ven á Falucho, y airados 
Hacia él se precipitan: 
— "¡Baja ese trapo, le gritan, 

Y nuestra enseña enarbola !'' 

¡Y es la bandera espafiola 

La que los criollos agitan! 

Dobló Falucho, entretanto, 
La oscura faz sin sonrojos, 

Y ante aquel crimen, sus ojos 
Se humedecieron en llanto. 
Vencido al punto el quebranto, 
Con fiero arranque exclamó: 
— "¡Enarbolar esa yo 

Cuando está aquella en su puesto!'' 

Y un juramento era el gesto 
Con que el negro dijo: "¡No!" 

Con un acento glacial 
En que la muerte predicen, 
— "Presenta el arma, le dicen, 
Al estandarte real.'' 
Rotos por la orden fatal 



:3L NEGRO FALUCHO. 86 



De la obediencia los lazos, 
Alzó el fusil en sus brazos 
Con un rugido de fiera, 

Y contra el asta bandera 

Lo hizo de un golpe pedazos. 

Ante la audacia insolente 
De esa acción inesperada. 
La infame turba, excitada. 
Gritó: — "¡Muera el insurgente!" 

Y asestados al valiente 
Cuatro fusiles brillaron 

— "iRíndete al Rey!" le intimaron; 
Mas como el negro exclamó: 
— "¡Viva la patria, y no yo!" 
Los cuatro tiros sonaron! 

Uno, el más vil, corre y baja 
El estandarte sagrado. 
Que cayó sobre el soldado 
Como gloriosa mortaja. 
Alegres dianas la caja 
De los traidores batía; 
El Pacifico gemía 
Melancólico y desierto; 

Y en la bandera del muerto 
Nuestro sol resplandecía. 

Rafael Obugado.* 

Buenos AireSi 1889. 



* £1 insigne poeta argentino, autor de la composición que hoy engalana la 12e- 
viita Nacional es, acaso, entre los de Sud América, el más conocido y admirado 
hoy en México. No necesitamos, por lo mismo, presentarle A nuestros lectores; 
pero sí decimos con legítima complacencia que El Negro Falucho es la primera 
poesíft Inéclita del egregio autor, publicada en esta capital. 

La Disección. 



91 REVISTA NACIONAI^ 



ABEJA. 



CAPITULO I. 

QUE TRATA DE LA FIGURA DE LA TIERRA Y SIRVE DE INTRODUCCIÓN. 

El mar cubre hoy el suelo donde estuvo el ducado de los Clarides. 
No hay vestigio de la ciudad ni del castillo. Pero se dice que á lo an- 
cho de una legua mar afuera se ven, en los días de calma, enormes 
troncos de árboles, de pie en el fondo de las aguas. Un lugar que en 
la playa sirve de puerto á los aduaneros, se llama todavía TEchoppe- 
du-Tailleur. Es muy probable que este nombre sea un recuerdo de 
cierto maestro Juan, de quien se habla en nuestro relato. El mar, 
que avanza todos los años por esta costa, cubrirá pronto ese lugar que 
tan singular nombre lleva. 

Tales cambios están en la naturaleza de las cosas. Las montañas se 
hunden con el curso de las edades; el fondo del mar al contrario, se le- 
vanta y lleva hasta la región de las nubes y de los hielos, las conchas 
y las madréporas. 

Nada es estable. La forma de las tierras y de los mares cambia sin 
cesar. Sólo el recuerdo de los afectos y de las formas, atraviesa las 
edades y hace presente para nosotros aquello que dejó de existir hace 
mucho tiempo. 

Al hablaros de los Clarides, a un pasado muy lejano quiero remon- 
taros. Comienzo: 

Cuando la condesa de Qlanchelande se hubo puesto sobre sus cabe- 
llos de oro una caperuza negra bordada de perlas 

Pero, antes de proseguir, suplico á las personas graves que no me 
lean. No está escrito esto para ellas. Tampoco lo está paro los espíritus 
razonables que menosprecian las bagatelas y quieren que se les ins- 
truya siempre. No me atrevo á ofrecer esta historia sino á los que 
desean que se les divierta, y cuyo carácter es á veces joven y regoci- 
jado. Sólo me leerán, hasta el fín, aquellos á quienes satisfacen las 
diversiones llenas de inocencia. A éstos les ruego hagan conocer mi 



ABEJA. 95 

Abeja á sus hijos si son niños todavía. Desearía que este relato agra- 
dara á los jóvenes y á las jóvenes, pero á decir verdad, no lo espero. 
Es muy frivolo para ellos y bueno solamente para los muchachos de 
antaño. Tengo una aventajada vecinita de nueve años, cuya biblioteca 
particular examiné el otro día. Encontré muchos libros sobre el mi- 
croscopio y los zoófitos, así como muchas novelas científicas. Abrí una 
de las últimas y tropecé con estas líneas: "La jibia, Sepia offieinalü, 
es un molusco cefalopoide, cuyo cuerpo contiene un órgano esponjoso 
con trama de quilina asociada á carbonato de cal.'' Mi linda vecinita 
encuentra esta novela muy interesante. Le suplico, si no quiere ma- 
tarme de vergüenza, que no lea jamás la historia de Abeja, 



CAPITULO 11. 



DONDE SE VE LO QUE LA ROSA BLANCA ANUNCIO A LA CONDESA 

DE BLANCHELANDE. 

Habiéndose puesto sobre sus cabellos de oro una caperuza negra 
bordada de perlas, y anudado á su talle los cordones de las viudas, la 
condesa de Blanchelande entró en el oratorio donde tenia la costum- 
bre de rezar todos los días por el alma de su marido, muerto en com- 
bate singular por un gigante de Irlanda. 

Aquel día vio una rosa blanca sobre el cojín de su reclinatorio: á su 
vista, palideció; se veló su mirada; inclinó la cabeza y enclavijó las 
manos. Porque sabía que cuando una condesa de Blanchelande va á 
morir, encuentra una rosa blanca sobre su reclinatorio. 

Conociendo por esto que había llegado la hora de abandonar este 
mundo, donde había sido en tan pocos días, esposa, madre y viuda, 
fué al aposento en que dormía su hijo, Jorge, bajo el cuidado de los 
criados. Tenía tres años; sus largas pestañas formaban una sombra en- 
cantadora sobre sus mejillas, y su boca semejaba una ñor. Ella al ver- 
lo tan pequeño y tan bello, se puso á llorar. 

— Hijito mío, le decía con voz apagada, tu no me conocerás y mi 
imagen va á borrarse de tus dulces ojos. Sin embargo, te he nutrido 



96 RBVI8TA NACIONAL. 



con mi leche, á fin de ser completamente tu madre, y he rehusado por 
tu amor la mano de los mejores caballeros. 

Diciendo esto, besa un medallón en que estaba su retrato y un bu- 
cle de sus cabellos, y lo coloca en el cuello de su hijo. Entonces una 
lágrima de la madre cae sobre la mejilla del niño, que se agita en su 
cuna y se frota los párpados con sus manecitas. Pero la condesa vuel- 
ve el rostro y huye del aposento. ¿Cómo dos ojos que iban á apagarse 
podrían soportar el brillo de dos ojos adorados, en los que el espíritu 
comenzaba á despuntar? 

Hizo ensillar un caballo, y seguida de su escudero Francoeur, se tras- 
ladó al castillo de los Clarides. 

La duquesa de Clarides abrazó á la condesa de Blanchelande: 

— Querida mía, qué buena fortuna os trae? 

— La fortuna que me trae no es buena; escuchadme, amiga. Noso- 
tras fuimos casadas con pocos afios de diferencia, y llegamos á ser viu- 
das por un suceso semejante. Porque en estos tiempos de caballería 
los mejores perecen los primeros, y es preciso ser monje para vivir 
mucho tiempo. Fuisteis madre, dos años después lo fui yo. Vuestra 
hija Abeja es bella como el día y mi pequeño Jorge no es malo. Yo os 
amo y vos me amáis. Pues bien, sabed que he encontrado una rosa 
blanca sobre el cojín de mi reclinatorio. Voy á morir; os dejo á mi 
hijo. 

La duquesa no ignoraba lo que la rosa blanca anuncia á las señoras 
de Blanchelande. Se puso á llorar y le prometió, en medio de las lá- 
grimas, educar á Abeja y á Jorge como hermanos, y no darle nada al 
uno sin que el otro tuviera la mitad. 

Entonces teniéndose abrasadas, las dos mujeres se acercaron á la 
cuna, en la que, bajo cortinas azules como el cielo, dormía la pequeña 
Abeja, que sin abrir los ojos agitó sus bracitos. Y, como desviara los 
dedos, se vieron salir de cada manga cinco pequeños rayos de luz color 
de rosa. 

— Él la defenderá, dijo la madre de Jorge. 

— ^Y ella lo amará, respondió la madre de Abeja. 

— Lo amará, repitió una vocesita clara, que la duquesa reconoció por 
la de un espíritu, que habitaba desde hacía mucho tiempo bajo una 
piedra de la chimenea. 

Al regresar á su mansión, la dama de Blanchelande distribuyó sus 
joyas entre sus mujeres, y habiéndose hecho ungir con esencias per- 



ABEJA. 97 



fumadas y vestir con sus más bellos trajes, con el objeto de honrar este 
cuerpo que debe resucitar el día del juicio fínal, se acostó en su lecho 
y se durmió para no despertar más. 



CAPITULO 111. 



DONDE COMIENZAN LOS AMORES DE JORGE DE BLANCHELANDE Y DE ABEJA 

DE LOS CLARmES. 

Contrariamente á la suerte común, que es tener más bondad que 
belleza, ó más belleza que bondad, la duquesa de los Clarides era tan 
buena como bella, y tan bella que, sólo por haber visto su retrato, los 
principes la pedían en matrimonio. Pero á todos los pretendientes res- 
pondía: 

— No tendré más que un marido, porque no tengo más que una 
alma. 

Sin embargo, después de cinco años de luto, se quitó su largo velo 
y sus negros vestidos, con el objeto de no araai-gar el gusto de aque- 
llos que la rodeaban, y para que pudieran sonreír y alegrarse libre- 
mente en su presencia. Su ducado comprendía una gran superficie de 
tierras, con eriales en los que el matorral cubría una extensión desier- 
ta; con lagos en que los pescadores aprisionaban peces, de los cuales 
algunos eran mágicos, y con montañas que se elevaban en soledades 
horribles, arriba de las regiones subterráneas habitadas por los Enanos. 

Ella gobernaba á los Clarides por los consejos de un viejo monje, es- 
capado de Constantinopla, el cual, habiendo visto muchas violencias y 
perfidias, creía poco en la sabiduría de los hombres. Vivía encerrado 
en una torre con sus pájaros y sus libros, y, desde allí, llenaba su oficio 
de consejero conforme á un pequefio número de máximas. Eran sus 
reglas: "No poner nunca en vigor una ley que ha caído en desuso; 
ceder á los votos de los pueblos por temor á las sediciones, y ceder lo 
más lentamente posible, porque, cuando una reforma está acordada, 
el público reclama una nueva, y lo que es derribado por haber cedido 
muy pronto, lo es también por haber resistido mucho tiempo." 

La duquesa lo dejaba en libertad, no entendiendo ella misma nada 

R. N.-T.II-T 



BEVI8TA NACIONAL. 



de política. Era compasiva y, no pudiendo estimar .á todos los hom- 
bres, abogaba por aquellos que tenían la desgracia de ser malos. Ayu- 
daba á los desgraciados de todas maneras, visitando á los enfermos, 
consolando á las viudas y recogiendo á los pobres huérfanos. 

Educaba á su hija Abeja con una sabiduría encantadora. Habiendo 
acostumbrado á esta niña á no tener otro gusto que hacer el bien, nin- 
gún placer le negaba. 

Elsta mujer excelente cumplió la promesa que le había hecho á la 
pobre condesa de Blanchelande. Sirvió de madre á Jorge, y no esta- 
bleció ningún punto de diferencia entre Abeja y él. Crecieron juntos, 
y Jorge encontraba de su gusto á Abeja, aunque muy pequeñita. Un 
día, estando aún en los primeros años de su infancia, él se acercó á 
ella y le dijo: 

— ¿Quieres jugar conmigo? 

— Quiero, dijo Abeja. 

— Haremos pasteles con la tierra, dijo Jorge. 

Y los hicieron. Pero como Abeja no hiciera bien los suyos, Jorge le 
pegó en los dedos con su pala. Abeja gritó mucho, y el escudero Fran- 
coeur, que se paseaba en el jardín, dijo á su joven amo: 

— Pegar á las señoritas, no es propio de un conde de Blanchelande, 
monseñor. 

Jorge tuvo ganas de cruzar su pala á través del cuerpo del escude- 
ro. Mas la empresa presentaba dificultades insuperables, y se resignó 
á ejecutar una cosa más fácil, que fué darse en la nariz contra un grue- 
so árbol y llorar abundantemente. 

Mientras tanto, Abeja tenía cuidado de contener sus lágrimas me- 
tiéndose los puños en los ojos; y en su desesperación se frotaba la nariz 
contra el tronco del vecino árbol. Cuando la noche vino á cubrir la tierra. 
Abeja y Jorge lloraban todavía, cada uno frente á su árbol. Fué preciso 
que la duquesa de los Clarides tomara á su hija con una mano y á Jorge 
con la otra, para conducirlos al castillo. Tenían los ojos rojos, la nariz 
roja, las mejillas encendidas; suspiraban y lloriqueaban hasta partir el 
alma. Comieron con buen apetito; después, á cada uno, se les colocó 
en su cama. Pero salieron como pequeños fantasmas, ya que la vela se 
había apagado, y se abrazaron en camisa de noche, con grandes car- 
cajadas. 

Así comenzaron los amores de Abeja de los Clarides y de Jorge de 
Blanchelande. 



ABEJA. 9» 



CAPITULO IV. 



QUE TRATA DE LA EDUCACIÓN EN GENERAL Y DE LA DE JORGE EN PARTICULAR. 

Jorge creció en el castillo al lado de Abeja, á quien llamaba herma- 
na, por amistad, porque bien sabía que no lo era. 

Tuvo maestros en esgrima, equitación, natación, gimnasia, baile, 
montería, cetrería, pelota, y en general en todas las artes. Tenía asimis- 
mo un maestro de escritura. Este era un viejo clérigo, de maneras hu- 
mildes pero de mal fondo, que le enseñaba diversas escrituras tanto 
menos legibles cuanto más bellas. A Jorge poco le agradaba ésto, y por 
consiguiente sacaba poco provecho de las lecciones del viejo clérigo, 
así como de las de un monje que profesaba la gramática en términos 
bárbaros. Jorge no podía concebir el que se tomara uno el trabajo de 
aprender una lengua, que se habla naturalmente y que se llama ma- 
terna. 

Sólo se complacía con el escudero Francoeur, quien, habiendo ca- 
balgado mucho por el mundo, conocía las costumbres de los hombres 
y de los animales; describía toda clase de países y componía canciones 
que no sabía escribir. Francoeur fué de todos los maestros de Jorge el 
único que le enseñó algo, porque fué el único que lo quiso verdade- 
ramente, y no hay mejores lecciones que aquellas que se dan con amor. 
Pero los dos de los anteojos, el maestro de escritura y el maestro de 
gramática, que se odiaban mutuamente con todo su corazón, se unían 
sin embargo, en un odio común contra el viejo escudero á quien acu- 
saban de borrachera. 

Es verdad que Francoeur frecuentaba un poco la taberna de Pot- 
d'Etain. Ahí olvidaba sus penas y componía sus canciones. Segura- 
mente obraba mal. 

Homero componía versos todavía mejores que los de Francoeur, y 
Homero no bebía sino el agua de las fuentes. En cuanto á penas, todo 
el mundo las ha tenido, y el que logra hacerlas olvidar, no es por el 
vino que bebe, sino por la felicidad que ha comunicado á otros. Pero 
Francoeur era un viejo encanecido bajo los arneses, fiel, lleno de mé- 
ritos, y los dos maestros de escritura y de gramática, deberían disimu- 



100 REVISTA NACIONAL. 



lar sus debilidades en vez de hacer á la duquesa una relación exaje- 
rada. 

— Francoeur es un borracho, decía el maestro de escritura, y, cuando 
vuelve de la taberna de Pot-d'Etain hace al andar una S sobre el ca- 
mino. Es la única letra, entre todas las otras, que ha trazado; porque 
este borracho es un asno, señora duquesa. 
El maestro de gramática añadía: 

— Francoeur canta, y balbucea, canciones que pecan contra las reglas 
y no están hechas sobre ningún modelo. Ignora la sinécdoque, señora 
duquesa. 

La duquesa sentía un disgusto natural por los pedantes y los dela- 
tores. Hizo que cada uno de los maestros estuviera en su lugap: no los 
escuchó más; pero, como commenzaron de nuevo con sus relaciones, 
concluyó por creerlos y resolvió alejar á Francceur. Sin embargo, para 
darle un destierro honroso, lo envió á Roma á buscar la bendición del 
papa. Este viaje era tanto más largo, para el escudero Francoeur, cuan- 
to que muchas tabernas, frecuentadas por músicos, separaban el duca- 
do de los Clarides de la sede apostólica. 

Se verá, por el curso del relato, que la duquesa se arrepintió, muy 
pronto, de haber privado á los dos niños de su guardián más seguro. 

Anatole Frange. 

[Continuará.] 



LETRAS Y CIENCIAS. 



4 La biografía del Dante descaíiaa sohi^e hechos comprobados f — Los 
estudios dantescos han tenido en Italia, durante los últimos años, con- 
siderable desenvolvimiento; la creación de dos cátedras nuevas para 
estudiar al Dante en Roma y Ñapóles, el año pasado, y que aún no es- 
tán provistas, va á dar nuevo impulso á los trabajos dantescos. * Hase 

1 El gran poeta Italiano Carducci Ai6 nombrado por el rey Humberto para des- 
empeñar la cátedra de Roma.— Carducci no admitió, por razones políticas, según 
dicen, pues es un republicano exaltado; pero abrid el curso con una magníflca 
conferencia: no está designado aún su sucesor. 



LETRAS Y C1ENCI4Í% 101 






constituido en Florencia una sociedad dantófila. bajo* Jd. dirección del 
alcalde de la ciudad, y se anuncia la aparición próximardé ifna^evw- 
ta destinada exclusivamente al poeta de la Divina Comedia, ^o son 
coleccionadores ó maniáticos solamente quienes á este estudio á'láycz* 
apasionado y minucioso se consagran, sino los más conspicuos criti^ 
eos de la notable escuela contemporánea en Italia, los Bartoli, los del 
Lungo, los d'Ancona, los Villari, los Scartazzini, etc. Y es que no se 
trata de estudiar tan sólo tal ó cual detalle, ó comprobar tal ó cual he- 
cho dudoso, ó explicar este ó el otro pasaje difícil del Paraíso ó del 
Purgatorio. Aunque á propósito del Dante se han escrito bibliotecas 
enteras, parece que aun no es conocido: su biografía mil veces escrita, 
está por hacer todavía: su fígura se eclipsa detrás de la bruma de la 
incertidumbre; es el centro de una leyenda que casi no tiene otra base 
que la imaginación de quienes poco á poco la han formado. De mo- 
do que el trabajo de la crítica es ante todo destructivo: sus primeras 
hivestigaciones rematan en una negación. Indicaremos brevemente los 
resultados y el carácter de esta ardua labor. 

No es difícil darse cuenta de por qué es casi imposible establecer la 
biografía de Dante: uno solo de sus contemporáneos, el cronista Juan 
ViUani, nos ha dejado algunas noticias sobre él, precisas, pero tan bre- 
ives, que más corto resulta trascribirlas que resumirlas: 

''En el mes de Julio del afio de 1321, murió Dante, en la ciudad de 

Havenna, en Romafia Gran literato era éste y sabedor de casi toda 

<)iencia, aunque seglar: fué eximio poeta y filósofo, y perfecto retórico, 
•tanto en el arte de escribir y versificar, como en el de hablar en públi- 
co; muy noble decidor y perfecto en poesía, con un estilo pulcro y be- 
llo cual no lo hubo nunca en nuestra lengua, ni en su tiempo, ni des- 
pués É hizo la Comedia, en que en elegantes rimas y con gran- 
des y sutiles cuestiones morales, naturales, astrológicas, filosóficas y 
teológicas, y con hermosas inspiraciones y bella poesía, compuso y es- 
cribió, en cien capítulos ó cantos, sobre la existencia y el estado del 
Infierno, el Purgatorio y el Paraíso, con tanta grandeza como es deci- 
ble, y como pueden verlo y oirlo los que tengan sutil inteligencia. Este 
Dante fué, á causa del saber suyo, un poco presuntuoso, displicente y 
desdeñoso, y casi tan poco amable como un filósofo, no sabía conver- 
sar con las personas legas. Gracias con todo, á sus otras virtudes y á la 
ciencia y valor de tan gran ciudadano, nos parece que conviene darle 
perpetua memoria en esta crónica; además, las nobles obras que nos 



• , 



• 



102 . •..*. flÉVISTA NACIONAL. 

-t.!_V ^iA_í 



ha legado. dáA*d*e ¿1 testimonio cierto y prometen honrosa reputadÓD 

á nurestra* patria." 

...•yiHani era un adversario político del Dante; habla, sin embargo, con 
* • t * * 

; ' , e/^i)iad del proscrito muerto en Ravenna; pero la página que le consa- 

, gra es antes juicio que biografía. Para hallar algunos detalles biográ- 
ficos preciso es descender hasta Bocaccio que, en 1373, más de medio 
siglo después de muerto el Dante, ocupó la primera cátedra creada por 
los florentinos para explicar á su poeta. Mas si Bocaccio era un erudi- 
to, también era un novelista y un moralista; como tal, más bien se 
ocupaba en la significación de los hechos, que en los hechos mismos» 
sobre todo, gustaba de adornar sus discursos, é introducía en ellos des- 
envolvimientos estéticos sobre temas creados evidentemente por su ima- 
ginación; asi, el pasaje en que habla de la seriedad del Dante desde 
su niflez, aquel en que describe su dolor al saber la muerte de Beatriz, 
y otros, son trozos de pura literatura cuyo carácter romancesco salta 
á la vista. En ellos es fácil reconocer sus procedimientos habituales 
en sus novelas ciceronianas; los efectos de estilo son los mismos y la 
facilidad con que el autor se refugia en las generalidades vagas mues- 
tra claramente que carecía de documentos serios. 

Y esta biografía es la que ha servido de base á las demás, eso sí, au- 
mentada de generación en generación; los mismos que la critican, la 
imitan. Bruni, verbi gracia, reprocha á Bocaccio la poca solidez de sus 
informaciones; refiere varios hechos tomados, según él, de la corres- 
pondencia del poeta; pero esta correspondencia no ha llegado á noso- 
tros, y Bruni era muy capaz de inventarla. Filelfo, insoportable y vano 
como siempre, declara que Bocaccio y los demás han calumniado al 
varón ilustre, y que él, qui Dantem imhibi Utum, va á tratarlo como 
se debe. Y sin embargo, se muestra tan poco exacto y tan mal infor- 
mado como sus predecesores. En el siglo xvi Vellutello comienza á po- 
ner en duda algunos de los hechos que pasaban por ciertos y en el 
xviii Pelli trata, en fin, de compulsar algunos documentos y registrar 
algunos archivos. Esfuerzo que no impide á los biógrafos del siguien- 
te período el volver á las tradiciones de Bocaccio, amplificándolos con 
frecuencia, y en las numerosas obras que Dante ha inspirado en el cur- 
so del siglo, en las Vidas de Balbo, Misserini, Fratrielli, Kopischo, 
Fauriel, etc., los hechos dudosos, probables y ciertos se ven mezclados 
con una pintoresca inconsciencia. Bartoli en el V volumen de su ma- 
gistral Hütona de la literatura itaJianaf por entero consagrado al Dan- 



LETRAS Y CIENCIA». 108 



te, no ha tenido difícultad en señalar esta falta completa de critica, y si 
no llega á contamos lo que realmente fué Dante, ha reducido, cuando 
menos, á su justo valor, muchas hipótesis antes de él aceptadas como 
hechos ciertos, y para ello le ha bastado con descubrir sus fuentes. Si- 
guiéndolo en dos ó tres pormenores, veremos cómo se ha formado la 
leyenda del Dante y lo que ha bastado para destruirla. 

Dante, todos los manuales lo dicen, fué discípulo de Brunetto Latini, 
estadista y filósofo, desterrado de Florencia con los Güelfos y que vol- 
vió á la ciudad cuando hubo triunfado su partido La aserción se funda 
en ciertos versos del Infierno. Al encontrar á Brunetto Latini en el 
circulo de los violentos, Dante le dice: "Tengo presente siempre en mi 
ánimo vuestra cara y bondadosa imagen paternal, tal como era cuan- 
do en el mundo me enseñasteis cómo el hombre se eterniza.'' 

Le parece á uno que sueña, cuando registra todo cuanto de este pa- 
saje han sacado los biógrafos desde el siglo xiv. Sin duda el sentido 
de esta frase "me enseñasteis cómo el hombre se eterniza," es muy 
vago. Se la puede interpretar de mil maneras, y eso e^ lo que ha su- 
cedido, en efecto. Para Bocaccio, Brunetto enseñó á Dante la filosofía; 
para el comentador conocido con el nombre de Ottino, se trata de la 
ciencia moral; para Benvenuto da Imola, Brunetto fué maestro del Dan- 
te en el sentido más literal de la palabra; debió haber regenteado una 
escuela frecuentada por Dante y otros jóvenes "entre ellos algunos que 
llegaron á ser célebres por su elocuencia." Esta interpretación, á pe- 
sar de ser la más distante del texto del Infierno, ha sido la más segui- 
da, y algunos modernos la han desarrollado convirtiendo á Latini en 
un pedagogo que acostumbró la razón del Dante á penetrar hasta el 
fondo de las cosas inspirándole, él, que escribió Tesoro en francés, por 
ser lengua que le deleitaba más que el italiano, el amor por la lengua 
nemácula. Pero lo poco que de la vida del personaje conocemos hasta 
parece hacernos dudar de los asertos de los biógrafos, que resultan ver- 
daderos fantaseos. En 1273, cuando el Dante tenía ocho años, cuando 
apenas habría podido comenzar el estudio de "cómo el hombre se eter- 
niza," Latini era secretario del consejo de la república florentina, y 
muy estimado de sus conciudadanos; tan directamente mezclado en la 
política, que fué de los primeros que en 1283 sirvieron el cargo nue- 
vamente creado, de Prior. Las funciones de maestro de escuela se com- 
padecen poco, hay que convenir en ello, con la vida agitada del autor 
del Tesoro, ¿Cómo podía encontrar tiempo en medio de sus ocupa- 



lOi BEVIBTA NACIONAL. 



Clones para enseñar al pequeño Dante degli Allighieri? La interpreta- 
ción de los primeros comentadores es, sin duda, la más cercana á la 
verdad: Dante aprendió mucho de Latini, frecuentándolo, ó más bien 
leyendo el libro del Tesoro ^ especie de enciclopedia de todos los cono- 
cimientos de la época, mezclado con fragmentos de todos los escritores 
antiguos, ó tal vez otro libro más pequeño, el Tesoretto, que algunos 
consideran como una de las fuentes de la Divina Comedia. 

Otro punto de detalle nos muestra claramente por qué especie de 
cristalización continua la biografía del Dante, que apenas llena una 
página de Villani, llenaba cuarenta de Bocaccio y dos volúmenes de 
Balbo. 

Hablando de la juventud del Dante, Bocaccio insinúa que encontra- 
ba placer en ocuparse "en los versos y el canto.'* Cierto, nada tiene 
esto de imposible; Manctti, alargando la aserción de B., agrega que fre- 
cuentaba á los maestros de música de su tiempo. Filelfo, amplificando 
más, agrega que cantaba agradablemente y que tocaba la cítara y el 
órgano, para atenuar el fastidio de la soledad en su vejez. Un biógrafo 
del siglo pasado se aventura á suponer que tuvo por maestro de mú- 
sica á su contemporáneo Casella: otros aprueban esta hipótesis; todos 
ellos escriben que no es imposible que Casella fuera, como se dice, el 
maestro del Dante. Por medio de este se dice, se pone al amparo de 
la tradición una hipótesis gratuita de un comentador desautorizado. 
Por supuesto los manuales y los diccionarios aceptan á porfía y sin re- 
serva que Dante amaba la música; que cantaba, tocaba el órgano, tuvo 
por maestro á Casella, todo para probar, como si para ello no bastara 
su obra, la universalidad de su genio. 

Hé allí dos ejemplos que muestran que basta remontar á las fuen- 
tes, para ver desmoronarse la leyenda del Dante. Este procedimiento 
puede aplicarse á muchos otros pormenores, á algunos de los más ge- 
neralmente aceptados, de los más populares: así podrá descubrirse que 
Dante no tomó parte en la batalla de Campaldin, á pesar de que la 
describe en su Purgatorio; que Beatrice Portinari no se llamaba ni Bea- 
trice ni Portinari, probablemente; que cuanto se refiere de la vida con- 
yugal del poeta, con excepción del hecho mismo de su matrimonio, es 
pura hipótesis; que no es posible saber cuántos hijos tuvo; que de ca- 
torce legaciones que le atribuye Filelfo cerca de los más poderosos 
magnates de su tiempo, sólo una es incontestable y la más modesta: 
la que desempeñó cerca de la municipalidad de San Gemignano adon- 



LETRAS Y 0IBNC1A8. 106 



de fué á vigilar el nombramiento de un nuevo capUano, y así lo 
demás. 

Cada uno de estos pormenores, considerado en si mismo, tiene poca 
importancia: que la muy noble señora que descubrió á su amante los 
misterios del Paraíso, se haya llamado Beatriz ó de otro modo, poco 
importa; si vivió, si fué amada hasta después de su muerte con un su- 
blime y único amor; que Dante haya sido embajador una vez y no ca- 
torce, en nada disminuye su valor como uno de los mejores talentos 
políticos de su siglo: el tratado de Monarchia basta á comprobarlo; que 
haya ó no estudiado la música con Gasella, la pintura con Giotto, la 
astrología con d'Ascoli, que con Latini ú otro, ó solo, haya aprendido 
cómo el hombre se eterniza, eso no rebaja en nada el genio soberano 
que domina su época y, acaso, toda la era moderna. Sin duda. Y sin 
embargo, ¡qué interesante nos sería formarnos idea exacta de su per- 
sonalidad, por otro camino que no fuera su misterioso poema cuyo sen- 
tido nos huye á veces! El eterno problema de la relación entre la obra 
y el autor, que es, en suma, el problema esencial de la psicología lite- 
raria, tal como hoy la comprendemos, nunca se ha planteado en tér- 
minos más apasionantes, más inquietantes, que respecto de este gran 
desconocido, sobre el cual la historia nos ha engañado poco á poco» 
tan completamente, que estamos convencidos de podemos figurar lo 
que fué su vida, cuando la ignoramos por entero casi, así como su figu- 
ra reproducida por todos los grandes pintores, es probablemente con- 
vencional. 

Algo es ya, sin embargo, como lo han hecho los críticos italianos 
cuyas investigaciones he tratado de caracterizar, haber marcado el lí- 
mite aproximativo entre lo falso, lo cierto y lo probable. Gracias á ellos 
el escritor que hoy intentase escribir una "Vida del Dante," podría 
acercarse á la verdad más de lo que hasta hoy ha sido posible y, ya 
que no establecer sobre inconcusos datos la biografía del poeta, expli- 
car en parte su inteligencia y su corazón, sin detenerse á cada instante 
por errores legendarios. — Ed. Rod. 



El conde de Charencez, que hace mucho tiempo se ocupa en resol- 
ver problemas de arqueología mexicana, y cuyas tentativas para demos- 
trar los orígenes asiáticos de las civilizaciones americanas son conside- 
rables, acaba de presentar en la Academia de Inscripciones de Paris, 



103 REVISTA NACK>NAL. 



un trabajo sobre el idioma mame de Soconusco. M. de Charencez pre- 
tende demostrar que esta lengua, que pertenece á la familia maya— 
quiche, sirve de intermediara entre los dos grupos de esta familia, el 
grupo occidental (quiche y potromé) y el oriental (maya y tzendal). 



ItlBLIOGRAPIA. 



Fort comme la morí por Guy de Maupassant. — Logran los natura- 
listas de talento, que en su horror de todo lo subjetivo, se han ejerci- 
tado y perfeccionado en el arte de estar ausentes de sus obras, de no 
manifestar la menor emoción ni ante el dolor, ni ante la muerte, ni 
ante el amor, de concretarse despiadadamente á su papel no de pinto- 
reS; sino de fotógrafos de las humanas miserias, logran, decíamos^ 
cuando una nota, una apreciación, una palabra revelan súbitamente 
que detrás de la obra hay una pasión, un corazón, un hombre, en su- 
ma, un éxito extraordinario, una absolución presurosa de los antiguos 
pecados, un triunfo, casi la gratitud de sus contemporáneos. Algo por 
el estilo sucede con la novela de Maupassant que aqui anunciamos. No 
que haya en ella una gran dosis de emoción personal aparente, si- 
no que por un arte tan sencillo en sus procedimientos, como refinado 
en el fondo, la emoción se traduce simplemente por el modo con que 
cuenta el autor el drama simple y profundo de un alma luchando con 
el tiempo y por él á la postre vencida. 

Un pintor, Olivier Bertin, el favorito del gran mundo por su consu- 
mado arte de retratar mujeres, concibe por una bella dama (esposa de 
un conde-diputado) una de esas pasiones hondas, duraderas, sin alas, 
que son como toda pasión de artista, sensualismos idealizados, pero 
nada más que sensualismos. La pasión es correspondida y el adulterio 
se establece, después de una lucha moral a posterioriy como un modo 
definitivo de vida, como un pacto sencillo, Íbamos á decir honrado. 

Y pasaron los afíos, el crimen había adquirido el aspecto íntimo y 
sereno de un idilio conyugal; el artista sentía el corazón vigoroso aún; 




bibliografía. 107 



en ella el amor era inagotable y la belleza declinaba con esplendores 
de crepúsculo. Tenia una hija, que se educaba lejos del amparo ma- 
terno; mucho tiempo hacía que Olivier no la veía. Vuelve por fin á 
la casa de su madre la gentil chicuela, que es ya un botón á punto de 
desplegarse, una flor llena de promesas encantadoras; unas cuantas ma- 
ñanas tibias, un beso largo de la primavera próxima y la flor seria una 

mujer, y Olivier se dice todo esto; se siente bien en la atmósfera 

de germinal condcnsada en tomo de aquel capullo virgen, aspira con 
delicia infinita las primeras emanaciones de aquella alma que desper- 
taba á la vida de las pasiones; había en el odor difemina de la hija de 
Mad. Guilleroy (así se llamaba la querida de Olivier) el lánguido perfume 
de la gardenia entreabierta. Había mucho más que todo ésto; había un 
milagro de semejanza entre Mad. Guilleroy y su hija; era una Mad. Gui- 
lleroy joven y virgen, era un trasunto del tipo que el artista había infor- 
mado en su alma con la figura de su amante idealizada. Esta especie de 
resurrección turbó hondamente á los dos amantes; ella comprendió que 
el corazón de Olivier giraba hacia la estrella nueva, y empezó su mar- 
tirio. Al martirio de ella siguió el del artista; la ñifla no podía amarlo, 
él por eso precisamente empezó por querer luchar, luego no pudo, lue- 
go no quiso luchar y se entregó al destino. Ella invadida por la edad, 
hizo un esfuerzo por competir con su hija, pero no pudo tampoco; am- 
bos naufragaban en un dolor inmenso, cerca el uno del otro y, sin 
embargo, solos, horriblemente solos. El artista ha tocado en la repro- 
ducción de este drama que no se ve, que solo se siente, en esta repro- 
ducción sin frases, sin recursos teatrales, sin una sola trivialidad, sin 
un solo rebuscamiento, siguiendo la realidad de la vida palmo á pal- 
mo, á los límites más retirados del arte. Olivier muere, ella está muer- 
ta del corazón desde antes; la muerte de Olivier (un suicidio cualquie- 
ra) es el último capítulo, una muerte ordinaria, indeciblemente doloro- 
sa y triste; en las palabras que aquellos dos desgraciados se cambiaron 
en la agonía, se percibe como una tenue y lejana nota, el sollozo del 
autor. 

Es una bella obra Fort comme la mort; no recomendamos su lectura, 
no recomendamos la lectura de ninguna obra pesimista, pero es muy 
bella ¿es inmoral? Es la inmoralidad genuina de la vida. ¿Es inmo- 
ral Mad. Bovary, la obra magna de Flaubert, de quien Maupassant es 
discípulo? Taine recetaba la lectura de Mad. Bovary á una directora 
pudibunda de un colegio de ñiflas en Inglaterra. La receta era mala; 



108 REVISTA NACIONAL. 



el drama que ahí surge del adulterio es espantable, cierto; y es na- 
tural y necesario, sin duda. Pero para llegar á las convulsiones asque- 
rosas de la infeliz suicida, hay que pasar por otras, de otro género, 

igualmente inmorales, pero Basta de digresión. Los amantes del 

arte delicado, sin dejar de ser robusto y sano (nótese que hablamos 
del arte nada más) leerán con deleite la novela del autor del obsceno 
Belr-ami, Y aquí no hay una sola obscenidad por cierto, ni un solo epi- 
sodio impuro; la impureza, la inmensa impureza latente está comple- 
tamente velada por el amor primero, por el dolor después; al fin se 
apaga en la muerte. 

Lo singular es que el joven maestro naturalista, trata aquí, reno- 
vándolo con los procedimientos de su escuela, el eterno tema román- 
tico de la muerte por amor. Aquellas muertes declamatorias, teatrales, 
vestidas al estilo de la Edad Media eran ciertas; eran reales, como ésta 
que nos describe Maupassant. Entonces se moría con un puñal damas- 
quino, hoy bajo la rueda de un v^agón. Era el amor el que mataba, el 
amor mata desde los tiempos del Eclesiastés. Dichosos aquellos para 
quienes no es muerte, sino vida y tranquilidad y goce puro y superior 
que parece tener alas hasta para más allá de la tumba. Pero estos 
sentirán la amarga curiosidad de conocer el amor malo, el homicida, 
aunque sea en las descripciones de Maupassant. Lector, ¿no somos 
vd. y yo de estos curiosos? 



Estadística del Hospital Juárez por el Dr. Manuel Soriano. — Dos 
cuadernos se han publicado de esta obra importante, correspondientes 
á los meses de Julio, Agosto y Setiembre del pasado afio, uno de ellos 
está consagrado especialmente al movimiento de tifosos en el hospital, 
lo que nos parece perfectamente hecho, porque tratándose del tifo la 
gran plaza de la capital de la República y de casi toda la Mesa Central, 
todos los datos y condiciones del problema son de tomarse en cuenta 
si se quiere llegar á una acertada solución higiénica, que de s^uro ex- 
tinguirá ó atenuará este terrible mal aquí, cómo en otras partes ha su- 
cedido. La estadística hospitalaria ha sido perfectamente organizada 
por el modesto y concienzudo facultativo á quien se ha encomendado; 
puede servir la forma metódica que se le ha dado no sólo bajo el as- 



bibliografía. loe 



pecto médico, sino bajo el criminalista, pues sabido es que el Hospital 
Juárez es el destinado á recoger á todos los heridos y muertos en la 
gran batalla del crimen en México. Cuando en nuestras cárceles y pe- 
nitenciarias se organicen con tanto esmero Eetadísticas del género de 
las que publica el Sr. Soriano se habrán zanjado las bases de una cri- 
minología nacional. 



Vera Nicole por C. Le Senne. Esta es una novela que no carece de 
interés, no por el asunto bastante trivial, sino por el estudio de los ca- 
racteres; es una pintura exacta de ciertos medios y de ciertas costumbres 
literarias muy de actualidad en Francia, y que entre nosotros existen en 
gérmenes, que se desenvolverían rápidamente si una vida literaria in- 
tensa sucediese á esta anémica que llevamos, en que, no decimos la 
producción original, sino la simple asimilación es todavía tan laboriosa 
ó tan desmayada. El clavo de la novela, como dicen los franceses, con- 
siste en las relaciones entre el inteligente y candidamente ambicioso 
profesor Gorbiére y la literata Vera Nicole, una de esas plantas malsa- 
nas que la trasformación de los métodos de educación, y sobre todo, 
su mala aplicación producirán forzosamente durante mucho tiempo, 
hasta que se hayan aclimatado y perfeccionado. Virtuosa por tempera- 
mento, bella é instruida, pero profundamente excéptica, esta Vera vive 
fabricando novelitas morales para una empresa de literatura para las 
familias. Gorbiére se enamora de ella; ella ve en Gorbiére un medio 
de dejar la monótona existencia que lleva; se casan, vienen los disgus- 
tos, ella se lanza á la literatura galante, acaba en el adulterio. El se 
suicida á la postre. Muchos de los personajes de esta novela, son, se- 
gún parece, retratos. 



£on ami por Ad. Belot. Este autor tiene gran séquito entre las per- 
sonas, y abundan, aficionadas á la novela elegantemente pornográfíca 
y perniciosa, sin ser en realidad divertida. EH título recuerda la gra- 
ciosa y terrible obra de Maupassant, de escabrosísima lectura, pero de 



lio REVISTA NACIONAL. 



un realismo tan poderoso y de una observación tan profunda, tan iró- 
nica 7 tan dolorosa: Bel ami. Sólo por el titulo se parecen; el tema de 
la novela de Belot, desarrollado con menos libertinaje en la forma, es 
en el fondo tan inmoral como el que más: se trata de un niño que sir- 
ve de intermedio entre su madre, mujer incomprendida y abandonada, 
y un buen joven que, gracias al divorcio, acaba por regularizar una 
culpable unión. 



Antonio Bezarez por L. Biarl. — ^Tal es el título de una serie de no- 
velitas de costumbres mexicanas, del estimable M. Lucian Biart, anti- 
guo farmacéutico en Orizaba, muy perito en estudios botánicos y que 
al volver á Francia se convirtió en un literato naturalütu y no en el 
sentido soluno del vocablo, sino en el llano y ordinario de literato en- 
tendido en historia natural. El bandido, el hacendado, el guerrillero, 
el traficante mexicanos son un solo tipo, presentados en diferentes po- 
siciones como los ingleses de Caren d'Ache, en las amables é insigni- 
ficantes obritas del Sr. Biart. Lo mismo puede decirse de las mujeres, 
lánguidas, ardientes, enamoradas y fumadoras. Todo esto, mezclado 
con rasgos tomados de episodios reales, resulta en conjunto de un me 
xicanismo de convención y puramente literario como el indianismo de 
Chateaubriand y el hinduismo de Mery. Algunas veces, sin embargo, 
encontramos cuadros de costumbres nuestras bien observadas en la 
serie encabezada por Antonio Bezarez y paisajes de la Tierra Caliente 
muv bion descritos. 



Le Señé de la Vie, novela autobiográfica por Ed. Rod. — El autor es 
un joven sabio de estos que con un inmenso bagaje de instrucción» 
una curiosidad insaciable é inquieta, un amarguísimo dejo en los la- 
bios de los placeres de la vida intelectual (cosa que parece una para- 
doja y que es sin embargo una triste realidad), dueños de todos los re- 
cursos estéticos sorprendidos en sutiles é implacables análisis de todas 
las producciones literarias antiguas y modernas, se lanzan á las obras 
de imaginacién con el objeto de ejercitarse en la pintura objetiva de 
las almas de los otros, y nos dan al cabo una psicología dolorosa de las 



bibliografía. lU 



suyas, nos cuentan su alma. Siquiera Ed. Rod, el eminente profesor 
<le Historia de la literatura^ en Ginebra, lo hace francamente en su 
última novela. Como obra de observación interior es de las más nota- 
bles que nuestro tiempo ha producido; el talento del autor es inmen- 
so, con él corre parejas su sinceridad, esto se siente, se palpa. Se trata 
<iel curso ordinario de la vida reflejándose en un alma maravillosa- 
mente afínada por el heredismo intelectual y por la civilización. Re- 
sulta un libro pesimista. Al menos tal es nuestra impresión. ¿No es 
ésta, en resumen, la impresión dolorosa de la vida? 



Waldeek-R<ya»8eau, Discursos políticos. — Han llegado algunos ejem- 
plares de esta colección de notables producciones oratorias del joven 
abogado oportunista que fíguró por primera vez en el Ministerio de 
Gambetta en Francia y luego en el último gabinete presidido por el Sr. 
Ferry. Cuando ese admirable pueblo francés capaz de salir sano y sal- 
vo de todas las catástrofes y de todos los errores, hasta de este error 
cesarista que está á punto de volver á cometer, necesita hombres de 
carácter entero, de elocuencia superior y seria, de penetrante instinto 
político, volverá los ojos al grupo en que Waldtek-Rousseau figura en 
primera línea. Entonces reparará con su habitual generosidad una de 
las injusticias mayores que en la historia moderna se han cometido, ha- 
blamos del odio popular contra el eminente estadista á quien se achaca 
el horrible crimen de la expedición de Tonkin, que ni es un crimen, sino 
una empresa feliz como lo dirá lo porvenir, y que si lo fuera habría 
tenido por cómplice á la mayoría del pueblo francés. ¿Pero cómo qui- 
tar de la cabeza á un pueblo latino un odio que tiene por base una se- 
rie de frases altisonantes, y como impedirle que cuando se sienta des- 
contento busque un chivo expiatorio? La historia de Francia ha visto 
frecuentemente enormes impopularidades, pocas tan inexplicables co- 
mo la de uno de los pocos hombres capaces de realizar el gran ideal 
de Gambetta, la trasformación del partido republicano avanzado en un 
partido de gobierno, la del amigo del orador cuyos discursos anuncia- 
mos. Precisamente la lectura de estos discursos demuestra cuánto tie- 
ne la gran república europea que esperar de ciudadanos de tanto ta- 
lento, de tanta integridad, de un amor tan cuerdo y tan alto de la 
libertad y del orden. 



ISTA JSAClOlífJLL, 



Lt Z>£-rtp/< por P. Etc-uipeL — ^Reservándonos para más tarde, por 
encajar perfectamenle en n::estrD propósito de hacer seguir á los lec- 
tores de la ia^ri^a el morimiento literario general, en sus más salien- 
tes manifestaciones, un estjdio sobre Bourget, que personifica en una 
de sus faces más interesantes las tendencias de la flamante escuela 
psicológica, aplicada al arte de hacer novelas, nos apresuramos á se- 
ñalar h Diítipl^. á cuantos siguen de cerca la evolución hacia un ideal 
superior v humano, del naturalismo en Francia. Un joven discípulo 
de un filósofo eminente y fundamentalmente descreído, se propone pa- 
ra hacer una gran ^s}:*enencja psicológica, seducir á una joven pura y 
buena. Lo consigue y pactan morir juntos: ella se propina un vene- 
no: él no: la experiencia esta consumada. Acusado de haber dado muer- 
te á su amante, guarda sik-ncio ante el jurado y ante la acusación del 
hermano de su victima, a quien ésta encargó su venganza. 

El joven profesor es un profesor naturalmente) ha enviado su con- 
fesión completa á su maestro. Este se llena de tribulación y espanto. 
¿Cómo han podido sus doctrinas, simples lucubraciones intelectuales, 
producir tanto mal? Es culpable el maestro. ¿Es culpable el inventor 
de la dinamita de tan horrendas aplicaciones que suelen hacerse de 
ella? Hé aquí el problema. 

Por fin el jurado conoce la verdad y absuelve al profesor; el herma- 
no de la pobre joven seducida lo mata de un pistoletazo. Elste es des- 
camado y des dudo de todas las delicadezas de observación y de estilo, 
suprimiendo los infinitos matices de este drama, la obra de Bourget, 
una de las más notables de la escuela contemporánea y que el inflexi- 
ble crítico de la Bevue (h^ deitx mnnde^^, califica de una excelente obra 
y de una buona acción. 



MÉXICO A TRAVÉS DE LOS SIGLOS. 118 



MÉXICO A TRAVÉS DE LOS SIGLOS. 



[Cinco vüIh. in folio., edición ilustrada.^-Barcolona.— México.— Ballescá y CompJ 

En el mes que corre se han distribuido los últimos cuadernos de 
esta obra monumental que hace honor, en toda la fuerza de la pala- 
bra, á la producción catalana de impresiones artísticas, al espíritu de 
empresa del Sr. Ballescá y á nuestros amigos é ilustrados colaborado- 
res los Sres. Riva Palacio, Ghavero, Zarate, Olavarría y Vigil, redac- 
tores de los sendos volúmenes que la componen. Bajo el aspecto ar- 
tístico es ciertamente una incomparable colección de vistas de ruinas, 
de monumentos, de paisajes, de tipos nacionales y de retratos de per- 
sonajes que de cerca ó de lejos se han mezclado á la historia de nues- 
tro país. En muchos años no podrá intentarse cosa igual, aun cuando 
hubiese elementos para modificar ó perfeccionar la preciosa galería 
formada por la parte ilustrada de los cinco enormes tomos en que nos 
ocupamos. No que todo sea irreprochable en la ilustración, casi siempre 
limpia y hermosa en la parte grabada en el texto mismo, mas bastante 
desigual en las láminas en color, sobre todo en las que tienen preten- 
siones de composición artística. En cambio, hay algunas planchas gra- 
badas que son la perfección misma como los retratos de los generales 
presidentes Arista y Porfirio Díaz; no se puede pedir al grabado en 
acero una reproducción más exacta, más viva, más fina del rostro liu- 
mano. 

No conocemos las últimas oleografías tomadas de cuadros compues- 
tos con episodios de la conquista que constituyen el obsequio final á 
los suscritores de la obra; nada pues podemos decir de su mérito. Y 
ya que tratamos de lo que se refiere á los editores, que, en verdad, han 
realizado su empeño con un valor y una habilidad superior á todo en- 
comio, séanos permitido formular el deseo de que la misma obra, con 
toda la ilustración intercalada en el texto, se publique en una segun- 
da edición pequeña de forma, aun cuando quede distribuida en quin- 
ce ó veinte volúmenes, pero que sea fácil de manejar; las obras que 
necesitan para leerse de un atril ó una mesa, se leen poco; quienes no 

II.N.-T.I1-8 



U4 REVISTA NÁaONAL. ' 



hayan tenido la precaución de leer por entregas estos inmensos libros 
de 800 páginas, cuando menos, renunciarán al gusto de hacerlo, una 
vez empastados, á menos de dedicar á tan trabajosa tarea tres ó cua- 
tro años. Lo que proponemos á los editores, es lo mismo que han he- 
cho con la gran edición de la Historia de JEspaña de Lafuente, los 
Sres. Montaner y Simón, alcanzando un buen éxito completo. 

La Revista Nacional tratará de emprender el análisis de aquel vasto 
trabajo histórico, con todo el detenimiento que exigen sus proporciones 
y el indiscutido mérito de sus autores. Por ahora nos contentaremos 
con resumir rápidamente nuestra impresión general. A pesar de haber 
sido encomendada á escritores de marcada personalidad literaria, y, 
por consiguiente de estilo, tendencias y puntos de mira diversos, no 
hay duda que existe en toda la obra cierta unidad de espíritu, un con- 
8en8U8 constituido por la identidad de opiniones patrióticas y liberales 
de sus autores y por la intención sana de aplicar á nuestra historia 
nacional un criterio desapasionado é imparcial. 

Al Sr. Chavero cupo en suerte, por sus conocimientos arqueológicos, 
la primera parte de nuestra historia, la anterior á la conquista, la que 
se ocupa en la procedencia de los diversos grupos que se establecieron 
en la futura Nueva España, de los orígenes y desenvolvimiento, de los 
caracteres y diferencias, de las luchas y fusiones de las civilizaciones 
aclimatadas entre el mar CSaribe y el mar de Cortés. Dejando á un la- 
do los errores posibles é inevitables en obras de tamaño aliento, puede 
afirmarse que cuanto de sustancial é importante se conoce sobre estas 
épocas muertas, está ahí y está ahí relatado en un estilo superiormente 
literario y florido, elocuente con frecuencia, pocas veces retórico y de- 
clamatorio. £1 apasionado amor con que el eminente académico ha 
estudiado estas épocas que tanto cautivan por lo grandioso de sus ves- 
tigios artísticos, por el misterio de sus monumentos epigráficos; el 
eco lejanísimo de los dramas en que tomó forma el advenimiento, 
el apogeo y la muerte de los pueblos que en ellas se movieron, dá á la 
vivaz palabra del narrador tonos apocalípticos. Así planteado adquiere 
poderoso relieve el problema de los nebulosos orígenes americanos, y 
agigántanse en los términos más retirados de la perspectiva histórica los 
lineamientos de las civilizaciones ante-cristianas de este continente, lo 
que comunica á los lectores esa emoción singular que en presencia de 
las ruinas de la antigüedad mexicana se resiente. Taine afirma que 
un historiador completo, debe, en cierto modo, ser un poeta: lo es el 



MÉXICO A TRAVÉS DE LOS SIGLOS. U5 

Sr. Chavero, sin duda alguna. La intuición, el don de adivinar lo pa- 
sado, la contagiosa convicción con que nos lo presenta redivivo, fluyen 
de sus cualidades de poeta. Mas de allí vienen también, y este es el 
defecto de la cualidad, la facilidad de inferir en grande de premisas ó 
muy vagas ó muy pequeflas, de edificar hipótesis atrevidísimas sobre 
frágiles bases, y en suma la tendencia de imaginar la historia ahí don- 
de falta el dato concluyente, y la tentación de tomar las simples pro- 
babilidades por hechos ciertos. ;?•. 
Hemos de empeñamos en probar en estudios especiales que^algui 
na vez son justos estos reproches, de que ningún historiador poeta 
se ha zafado. Mas á pesar de ello, repetimos que en el primer toma 
de México á través de loa sigloSy queda coordinado cuanto de allen- 
de la conquista se sabe, y algo más, algo tal vez, discutible y pro- 
blemático. Llegando á tiempos más conocidos, el Sr. Chavero se 
mueve con perfecta facilidad y maneja el dato y el documento con ad- 
mirable destreza, aunque siempre inclinándose á hacerles decir algo 
nuevo, á encontrar en ellos lo que los otros no han encontrado. Después 
de la narración de la conquista de nuestro inolvidable Orozco y Berra 
(Historia Antigua y de la Conquista de México, tomo IV) para referimos 
á los contemporáneos solamente, era bastante diñcil hacer algo mejor 
ó más interesante; el Sr. Chavero lo ha hecho diversamente, se ha co- 
locado en otro punto de vista y ha salido muy airoso de un empeño en 
que ha apurado su talento y su arte. Y este es el caso de felicitarlo 
por haber dado á la conquista, considerada desde lo alto y en conjunto 
todo su valor, y de no haber rendido parias á la escuela que con un 
criterio que puede ser muy patriótico, pero que por apasionado es per- 
fectamente extraño á la ciencia, niega lo que hay de grande en la per- 
sonalidad de Cortés (mezcla de vicios y cualidades extraordinarios, co- 
mo tantas veces las hubo en el siglo XVI) y, lo que es más grave, pretende 
rebajar la importancia suprema de la obra de los conquistadores, punto 
de partida de la sociedad mexicana. Y para cerrar con una pequeña 
(Alcana éste, que no es por cierto un juicio critico sino un breve con- 
junto de reflexiones nacidas de la primera lectura, permítannos los 
historiadores de México á través de los siglos: (porque la crítica no 
va solamente enderezada al Sr. Chavero) que extrañemos el siste- 
ma de incorporar el aparejo eradito, la documentación solo propia de 
apéndices, los excursus ó disertaciones complementarias, en el texto 
mismo. Esto tras de fatigar al lector, es un grave defecto de composi- 



116 REVISTA NACIONAL. 



ción. Los resultados sustanciales en el texto, las referencias y las in- 
dicaciones indispensables en las notas, el material importante que ha 
servido para el trabajo, en los apéndices, este es el buen sistema, per- 
fectamente conocido de los autores á quienes nos dirigimos. Por no 
haberlo empleado, obligados quizás por exigencias editoriales, resulta 
que la obra parece un edificio al que se hubieran dejado los andamios. 
La parte encomendada al Sr. Riva Palacio era quizás la más impor- 
tante de todas, aunque la menos dramática y pintoresca. Los tres si- 
glos del gobierno colonial exceptuadas sus dos extremidades, la que se 
desprende de la conquista y la que se pierde en las convulsiones de la 
gran insurrección de 1810, son monótonos, áridos, la historia en ellos 
tiende á retrogradar hacia la crónica y la crónica á pulverizarse en efe- 
mérides; sólo un esfuerzo superior podía extraer del hacinamiento de 
materiales referentes á la vida superficial de la sociedad y al movimien- 
to uniforme del mecanismo administrativo armado aquí por España^ 
una buena narración explicada de los sucesos, una regular historia 
pragmática, en suma. Hombre capaz de ponerse á la altura de cuanto 
emprende, lleno de entusiasmo y de fe, cualidades que suelen negarse 
á la familia mestiza de la que el Sr. Riva Palacio es uno de los más 
conspicuos representantes, familiarizado con todas las disquisiciones de 
la ciencia, artista por instinto, filósofo por insaciable y desordenada cu- 
riosidad, como la de todos nosotros los hispano-americanos, no podía 
contentarse con un trabajo que en los límites que hemos apuntado, te- 
nía que ser de segunda mano. Otra era visiblemente su ambición; pe- 
netrar en las causas de los fenómenos históricos, analizar sus elementos, 
seguir en sentido inverso su evolución hasta llegar de una en otra capa 
social hasta la roca étnica primitiva, mostrar luego cómo y en qué do- 
sis se conjugaron estos elementos para producir 1» sociedad actual, 
marcar las etapas laboriosas de esta evolución, trazando á grandes ras- 
gos al fin de cada período, el cuadro de nuestro estado intelectual, mo- 
ral y económico, relacionarlo todo con la historia de la metrópoli, tal 
era el plan de la obra. Entonces bajo la dormida superficie del lago, 
se descubre la vida intensa de los organismos inferiores, se ven flotar 
las raíces de la planta colonial, aspirando todos los jugos, asimilándose 
todos los gérmenes, y el drama humano se revela en la sombra con 
algunos de sus más conmovedores caracteres. 

Nadie dudaba que el Sr. Riva Palacio fuese capaz de llevar á buen 
término tamaña empresa; á pocos entre nosotros les conocemos aptitu- 



MÉXICO A TRAVÉS DE LOS SIGLOS. 117 

des más propias para ello; tampoco diremos que su programa haya 
quedado plenamente realizado; hay, en verdad, aqui y allí capítulos 
magistrales, aquí y allí el historiador ha mostrado de lo que es capaz 
manipulando el documento, clasificando el hecho y haciendo hablar á 
entrambos el verbo de la verdad y la vida; los capítulos sobre la pro- 
pagación del cristianismo, sus consideraciones sobre la inquisición, al- 
gunos trozos de sus cuadros seculares pueden contarse entre lo mejor 
que la literatura histórica en América ha producido. La introduc- 
ción, que nosotros vimos escribir, no encierra por cierto gran novedad, 
sino bajo la pluma de un neo-mexicano, por la soberanamente justa 
apreciación que hace de la gran Isabel de Castilla y por lo bien que el 
siglo XVI parece sentido y comprendido por su autor. 

En cambio todo el libro se resiente de cierta rapidez en la ejecución, 
de cierta facilidad improvisadora, que quita un poco de lastre á las teo- 
rías, hace inseguro el método empleado y suele inspirar desconfianza 
respecto de las conclusiones. No seremos nosotros quienes reproche- 
mos al autor cierto alarde de erudición científica; al contrario cuando 
esto se hace con sinceridad y sin pedantería, y nada menos pedante aun 
por temperamento, que el Sr. Riva Palacio, sirve para orientar al lec- 
tor poniendo de manifiesto los fundamentos del criterio del historiador. 
Nos atrevemos, sin embargo, á sentir que haya cierto sabor de asimi- 
lación incompleta en algunos capítulos de las digresiones étnicas y an- 
tropológicas del libro y alguna precipitación en las aplicaciones. Así y 
todo, esta parte de la obra, sobre la que procuraremos luego ser más 
explícitos, es, en conjunto*, enteramente superior á cuantas historias de 
la edad colonial conocemos. 

Aun no hemos tenido vagar para leer el voluminoso tomo (3? de la 
colección) que consagra á la Independencia el Sr. Zarate. Jueces com- 
petentes nos aseguran que es lo más ordenado, lo más serio y correcto 
que ha producido su autor, cuya reputación, tiempo hace adquirida, de 
escritor de terso y elevado estilo, la Revista ha confirmado publicando 
un notable y concienzudo estudio sobre el admirable y batallador as- 
ceta que se llamó Gregorio VIL 

El período que baja de la consumación de la Independencia al triun- 
fo de la revolución de Ayutla, está muy bien narrado en el IV volu- 
men. Al que esto escribe hizo el favor de pedirle el Sr. Riva Palacio, 
director general de la obra, la redacción de esta parte; la tarea nos pa- 
reció abrumadora para el corto tiempo de preparación que las necesi- 



118 REVISTA NACIONAL. 



dades de la empresa exigían y declinamos la honrosa proposición. El 
Sr. Arias, distinguido escritor y liberal meritísimo podía contar aque* 
Ha época con sólo apelar á sus recuerdos personales. Desgraciadamente 
murió cuando apenas había trazado los primeros capítulos del susodi- 
cho cuarto volumen. Un literato español, fraternalmente unido al gru- 
po de jóvenes que hace veinte afios empujó á la vida literaria el pode- 
roso aliento de Altamirano, y que llegó á la plenitud de sus facultades 
aquí en nuestra Patria, aclimatando para siempre en ella su espíritu 
y su corazón, D. Enrique de Olavarría fué el encargado de dar cima 
á la temerosa labor. Con el nombre de Eduardo Ramos, publica desde 
hace algunos afios en el género de los famosos Episodios de Pérez 
Galdós una serie de novelas históricas mexicanas bastante popula- 
res. Olavarría conoce nuestra historia y la sabe explicar porque la ha 
meditado y comprendido. Maravilla cómo en el breve tiempo de que 
podía disponer pudo allegar buena copia de datos importantes, algunos 
desconocidos y que tanto le han servido para dar variedad y dramático 
interés á su narración. El espíritu dominante en el libro es profunda- 
mente, íbamos á decir exajeradamente mexicano, este mexicanismo es 
eminentemente latino, como era natural, como era justo. De aquí un 
odio altivo, hacia todo cuanto á yankee trasciende desde los primeros 
afios de nuestra existencia nacional, de aquí la patética relación de las 
tristes campafias del 47 y 48. 

El Sr. Olavarría no oculta sus simpatías por el partido reformista 
avanzado y aunque procura ser imparcial y mostrar sus errores, éstos, 
en su concepto, desaparecen ante los de las otras fracciones políticas. 
¡Cosa singular! El verdadero objeto de las iras del autor es el partido 
moderado; lo persigue y zahiere sin descanso á través de su obra, des- 
de la ojeada retrospectiva del capítulo XVII en que rehace, en puridad, 
la parte escrita por el Sr. Arias, cosa que era indispensable, á nuestro 
entender, hasta las últimas páginas del libro: de ellas tomamos estas 
palabras que entrafian una apreciación eminentemente discutible, pero 
que pintan bien el espíritu que domina en el historiador: "No fué tan- 
to (en la revolución de Ayutla) el mérito de Comonfort, á quien nadie 
podrá jamás salvar de la nota de haber expuesto á un absoluto fracaso 
á la Revolución de Ayutla con sus tendencias é ideas moderadas y no 
las liberales democráticas ^' 

La oposisión de ideas entre los moderados y los exaltados que indica 
el autor, no nos parece exacta; la diferencia solamente consistía en me- 



MÉXICO A TRAVÉS DE LOS SIGLOS. U9 

dios y procedimientos; hombres de teoría y de estudio, los moderados, 
se fijaban en la necesidad de retardar la marcha del progreso político 
para consolidarlo, mas no contaban con ■ la actitud revolucionaría del 
partido reactor y tuvieron que ceder el puesto á los hombres de acción, 
á los radicales, cuyo programa tenía la ventaja de presentar una pron- 
ta solución económica y social á nuestro problema político. Por lo de- 
más, en nuestra tremenda revuelta de medio siglo, todo tendía á con- 
fundirse y no hay límite rigurosamente demarcable entre los credos 
políticos liberales, ni menos entre la acción de los caudillos y estadistas. 
Esta política que el Sr. Olavarría llama moderada j fué la de muchos 
hombres de todos los bandos cuando estuvieron en el gobierno, no fué 
la de ninguno en las horas de combate, en que se dejó la palabra á los 
cañones. 

No importa; en el tomo IV de México á través de los siglos yacen 
organizados datos preciosos y abundantísimos sobre este período de 
transición, tan interesante, tan curioso, tan obscuro de nuestra histo- 
ría; ningún futuro historiador de México podrá eximirse de consultar- 
lo, ninguno, tampoco, escatimará sus homenajes al mérito de su inte- 
ligente y modesto autor. 

El tomo V, al Sr. Vigil encomendado, es bajo todos aspectos el más 
considerable de la colección; el más considerable y el más interesante 
porque nos toca más de cerca, porque el autor narra una historia en 
la que vivimos todavía, puede decirse, y en la que existen las causas 
inmediatas y determinantes de los sucesos de hoy. En él ha desplega- 
do el Sr. Vigil todos los recursos de su talento, de su saber y de su 
estilo, y de hoy en adelante podrá decirse que el gran período de la 
Reforma ha encontrado un historiador digno de él. 

Las dificultades eran magnas; dejando á un lado, las que provienen 
de la casi imposibilidad de depurar rigorosamente los hechos, porque 
aún no se conocen documentos importantes, que dormirán mucho tiem- 
po todavía en los archivos reservados de los gobiernos y los particula- 
res, las dificultades del orden psicológico son bastantes á exigir un es- 
fuerzo extraordinario en quien se proponga debelarlas; la falta de 
perspectiva histórica, que nos expone á confundir en el escenario con- 
temporáneo los términos de los acontecimientos y de las personalida- 
des de nuestro tiempo, dando el mismo valor á los que pertenecen á 
distintos órdenes de importancia es una de estas dificultades. El Sr. 
Vigil no la ha superado con igual felicidad siempre: así, por ejemplo, 



120 REVIBTA NACIONAL. 



nos refiere minuciosamente los detalles de las campañas sostenidas en 
el Occidente de la República durante los Tres años y la Intervención, 
con excepción de su más glorioso episodio, la batalla de San Pedro, á 
la que consagra pocas lineas. Pues bien, estos detalles no por ser in- 
teresantes, merecían figurar más que en menciones rápidas, las nece- 
sarias para llegar á resultados generales propios de un libro del carác- 
ter de este en que nos ocupamos, que por lo vasto de su plan estaba 
obligado á sacrificar mucho. Su ilustrado autor suele olvidar que, co- 
mo Montesquieu dijo, qui voü totU abrége tout Otra, la mayor de es- 
tas dificultades y del mismo género que las que Spencer analiza por 
superior manera en su Introducción á la ciencia social (cap.VIáXII) es 
la que vulgarmente se designa con el nombre, muy adecuado por cier- 
to, de espíritu de partido. Si el historiador trata de buscar la verdad, 
si quiere hacer obra de ciencia, necesita despojarse de toda pasión 
extraña á la de la verdad, que ésta sí la necesita y en grado heroico, 
precisamente para eliminar las otras. Tratándose de los hechos que 
hemos visto y vivido como los franceses dicen, en los que hemos re- 
presentado un papel, que han dejado en nuestros recuerdos huellas de 
entusiasmo los unos y de dolor y lágrimas los otros ¿es esto hacedero, 
no es casi sobrehumano? 

El tomo V de México á través de los siglos es el tipo de la historia 
política. Esto lo dice todo. Pedir á los hombres que se agitan en la 
complicada maraña de las sociedades modernas, que ven comprome- 
tidos todos sus ideales en las luchas civiles, la serenidad marmórea de 
un Tucidides, es injusto y es inútil. Quien busque esto en un libro 
de historia contemporánea, prescinda de leer el del Sr. Vigil. Es na- 
tural que al presentarnos redivivos los hombres y los sucesos en me- 
dio de los que pasó su juventud, que lo hicieron ó sufrir ó regocijarse 
intensamente, como pasa en las épocas críticas, como sucedió en la de 
la Reforma y la Intervención, es natural, decimos, que al esfuerzo 
de evocación se asocie involuntariamente la resurrección de las pasio- 
nes, y que las brasas escondidas en el rescoldo de la memoria, tornen 
á encenderse y á llamear. No sé quién ha dicho que el estilo del Sr. 
Vigil es frío; esto no es cierto, es correcto, atildado nunca, pero á me- 
nudo caliente, suele llegar al rqjo~alainbradOi en este V tomo. Este es el 
modo adoptado por muchos historiadores de la Revolución Francesa, 
por ejemplo, que tiene el don de caldear todo corazón y fundir todo 
hielo; y esto no sólo sucede á los escritores que pertenecen á la escuela 



MÉXICO A TRAVÉS DE LOS SIGLOS. 131 

racionalista y espiritualista como el Sr. Vigil, sino aun á los que están 
afiliados y llevan la bandera de la escuela científica* é histórica; así 
Taine, en su afán de desprenderse de todo prejuicio respecto de la Re- 
volución y de analizarla á fondo hasta llegar á la verdad en los cimien- 
tos de aquel edificio, en donde junto con tanto error, hubo tanto de 
verdad humana, acaba por volver de la realidad á la pasión en contra 
del movimiento revolucionario, descuidando, al rehacer la síntesis de la 
obra descompuesta en sus elementos primordiales, algunos de los más 
trascendentales, como la situación exterior de Francia; de donde resulta 
algo de verdadero, de definitivo en partes, y un todo radicalmente de- 
ficiente y frustráneo. 

La obra nacional de que hablamos es el proceso implacable, bajo 
una forma cortés, del partido reaccionario é imperialista en Méxi- 
co. El autor no es un juez, es un acusador, un representante de la 
vindicta pública, como se decía en el añejo idioma criminalista, y su 
conclusión breve y despiadada se infiere rectamente de premisas en que 
no figura una sola circunstancia atenuante. 

¿Es esto justo? Ai posteri V ardua sentenza, que dijo Manzoni, 
Ante esta formidable imputación, quisiéramos ver producirse en la 
facción vencida una obra en que el mismo período en que el Sr. 
Vigil se ocupa, fuese tratado muy en grande; no un folleto polé- 
mico, sino una historia orgánica y formal, que saliera de las filas del 
grupo que cuenta entre los suyos hombres de erudición, de inteligencia 
y de conciencia, como los García Icazbalceta y los Roa Barcena, muy 
capaces de dar cima á tamafía empresa; á ellos vendrían documentos 
y notas de que difícilmente podemos disponer los escritores liberales; 
de todo ello nunca podría resultar que de parte de los reaccionarios 
estuvo la razón y la justicia, pero sí muchas rectificaciones y muchos 
motivos de meditación, entre ellos, el de que todos los partidos han 
cometido terribles errores, y que en el amor á la patria, todos podemos 
encontrar no la conciliación de las ideas, irrealizable utopía,pero si la 
paz entre los sentimientos; sería una desgracia inmensa que esto fuera 
imposible. 

Nuestra impresión, en resumen, respecto de México ó travos de las 
siglos es, en dos palabras, la siguiente: la obra representa el estado ac- 
tual de nuestros conocimientos respecto de la historia de nuestro país; 
marca el fin de un periodo de trabajos; en muchos afios, lo repetimos» 
nada igual podrá intentarse siquiera. Después de un cuarto de siglo de 



122 REVISTA NACIONAL. 



analizar las épocas y los hombres que viven en nuestra historia, apli- 
cando los modéhios métodos de investigación y examen, después de un 
cuarto de siglo de monografías y biografías fundadas en documentos li- 
bre y profundamente estudiados, pudiera rehacerse una obra que resul- 
taría no mejor, tal vez, pero de seguro diferente. 

Ojalá para empresas de este género, los futuros historiadores mexi- 
canos, encontrasen editores tan inteligentes y tan valientes como los de 
México á través de los siglos. 



Justo Sierra. 



UN pontífice MÁXIMO- 



(GREGORIO Vil.) 



[^Ckmcluye.l 

Nunca, en efecto, se habia elevado á tanta altura como entonces la 
autoridad del pontifíce romano: Gregorio VII, después de la célebre en- 
trevista de Canossa, revela en sus palabras y sus hechos la ambición 
de sujetar todos los poderes de la tierra al dominio de la Santa Sede. 
" La Iglesia — dice en sus epístolas — debe ser libre ó llegar á serlo por 
" medio de su jefe, por el sol de la fe, el papa. Este ocupa el lugar de 

"Dios, cuyo reino gobierna desde la tierra Conviene, pues, que 

" el pontífice arranque á los ministros del altar de los lazos con que el 

"poder temporal los tiene encadenados Hállase el mundo alum- 

" brado por dos luminares, el sol, que es el mayor, y la luna, más pe- 
" quena. La autoridad apostólica se asemeja al sol, el poder real á la 
" luna. Como la luna no alumbra sino por infíujo del sol, así los em- 
" peradores, los reyes, los príncipes no subsisten sino por el papa, que 
" emana de Dios. Por consiguiente, el poder de la cátedra de Roma es 
" mucho mayor que el de los príncipes, y el rey está sometido al papa, 

" y le debe obediencia Emanando el papa de Dios, todo le está 

'' subordinado: ante su tribunal deben ser llevados todos los asuntos 



UN pontífice máximo. 128 

" espirituales y temporales La Iglesia romana como madre manda 

" á todas las iglesias y á todos los miembros que les pertenecen, y ta- 
" les son los emperadores, reyes, príncipes, arzobispos, obispos, abades 
" y demás fieles. En virtud de su autoridad puede instituirlos ó depo- 
" nerlos, y les confiere el mando, no para que les sirva de título de 

"gloria, sino para la salvación del mayor número Del jefe deben 

" partir la regeneración y la reforma; es deber suyo declarar la guerra 
" al vicio, extirparlo, echar los cimientos de la paz del mundo, y pres- 
" tar fuerte ayuda á los que son perseguidos por la justicia y la verdad." 

Estas máximas, difundidas en los escritos del famoso pontífice, re- 
sumen su arrogante sistema de dominación, ampliamente desarrollado 
en las veintisiete declaraciones de su Didatxis papcCy^ las cualesi deben 
considerarse como la base teórica de la autocracia por él concebida. 
Sus actos, á partir de la humillación que sufrió el emperador de Ale- 
mania, se ajustan á tales principios, y se le ve empeñado en la tarea 
de constituir á la Santa Sede arbitra de los destinos del universo y de 
transformar al mundo en una gran monarquía, cuya cabeza fuese el 
mismo romano pontífice. Sostuvo que la Sajonia había sido dada á la 
Iglesia por el emperador Garlo-Magno; invocó un diploma de este mo- 
narca, que decía poseer en los archivos de San Pedro, para exigir tri- 
butos á Felipe I de Francia; interpúsose entre los dos aspirantes á la 
corona de Hungría intimándoles que sometiesen sus sendas pretensio- 
nes al juicio y decisión de la curia romana; amenazó á los sobera- 
nos de Cerdeña con dar su isla á los conquistadores que se la pidiesen, 
si persistían en negarle el denario de San Pedro; alegó derechos de 
soberanía sobre la Dalmacia; hizo que el heredero del trono de Rusia, 
llevado á Roma por el deseo de visitar los sepulcros de los dos apóstoles, 
recibiese la corona de sus manos como don de la Iglesia; y envió sus 
legados á Polonia, Inglaterra, Dinamarca y hasta la apartada Noruega 
con la instrucción de convocar concilios y de afirmar en aquellas re- 
motas naciones la autoridad de Roma. 

Extraflo hubiera sido que este inmenso esfuerzo de expansión do- 
minadora y autocrática no alcanzase al pueblo de Occidente que más 

1 Algunofi escritores eclesiásticos han negado la autenticidad del Dictatua papce; 
el Jesaita Felipe Labbe, autor de la obra Oonciliorum coUcctio inaxUna lo compren- 
de en las páginas 110 y 111 del tomo X, edición do lGr2. Contú, al publicar las de- 
claraciones del DictiUiu papce dice lo siguiente: "Acaso no sean auténticas^ pero 
encierran el espíritu do los actos de Gregorio Vil y de los de sus predecesores.'' (No- 
ta en la página 688, tomo III de la Historia Universal, edición de París, 1881). 



I^ REVISTA XAaONAI^ 



se distinguía por ^á acendrada fe religiosa, puesta á prueba j ya al- 
zándose trianíante. después de cuatro siglos de rudo batallar contra el 
islamismo. Gregorio extendió, pues, sus pretensiones á los reinos cris- 
tianos de España, cjvos monarcas, aun los que fueron tenidos por más 
piadosos, nrjnca sii-metieran ni subordinaran su autoridad al poder pon- 
tificio. En la caria que aquel papa dirigió á los Prtneipes eristianos 
decíales lo siguiente: " Creo no ignoraréis que desde lo antiguo era el 
" reino de España propio del patrimonio de San Pedro, y aunque le ten- 
*' gan ocupado los paganos, como no faltó el derecho, pertenece al mis- 
" mo dueño. Por tanto, el conde Ebolo de Boceyo. cuya fama cono- 
" céis. va á conquistar esa tierra en nombre de San Pedro, bajo las 
*^ condiciones que hemos estipulado. Y si alguno de vosotros empren- 
" diese lo mismo, obsenrará el trato igual de pagar á San Pedro el de- 
" recho de lo adquirido; y no de otra manera.'' * Pero los monarcas y 
los pueblos cristianos de la península ibérica, sin dejar de reconocer 
la suprema jurisdicción espiritual de los pontífices romanos, y tan ar- 
dorosos defensores de su independencia, cualesquiera que fuesen los 
enemigos de ésta, rechazaron la pretensióif del señorío y dominio tem- 
poral, y el papa Gregorio, quizás convencido de la ninguna validez del 
derecho por él invocado, ó sintiéndose impotente para extremar sus 
intentos, no insistió más sobre aquel punto y convirtió sus esfuerzos á 
dominar directamente la iglesia española. 

Entre todas las naciones cristianas E^spaña distinguíase hasta enton- 
ces por la independencia con que se venía gobernando su iglesia, no 
obstante el acatamiento allí rendido á la jurisdicción espiritual de la 
Santa Sede — como ya lo hemos dicho. El clero y el pueblo español, 
bien hallados con la lituiigia mozárabe ó toledana, fundaban en la con- 
servación del antiguo rito nacional un sentimiento de legitimo orgullo, 
y una valiosa salvaguardia de su propia autonomía. Esta especial cons- 
titución interior de la iglesia española, aprobada en Roma desde 923, 
atrajo la atención de los papas en la segunda mitad del siglo onceno y 
Alejandro II, inmediato antecesor del gran pontífice Gregorio, envió 
á Aragón al cardenal legado Hugo Cándido (1064) con las instruccio- 
nes de impetrar del rey Don Sancho Ramírez la abolición del rito y 



1 Florez en la página 132 tomo XXV de la España Sagrada copia la carta ante- 
rior y ge extiende probando lo infundado y absurdo del pretendido derecho. Véa- 
se Historia General de Etpaña por Don Modesto Laítiente. Tomo I, pflgina29i, edi- 
ción de Barcelona, 1883. 



UN pontífice máximo. 125 

breviario gótico ú mozárabe, reemplazándoles con el ritual y breviario 
romano. Alarmadas Castilla y Navarra con lo que se pretendía del Es- 
tado vecino, enviaron sus representantes al concilio de Mantua (1067) 
para defender la legitimidad del rito nacional, y lograron que el papa 
y el sínodo así lo reconocieran y aprobaran. "A pesar de tedo — dice 
" el autor de la Historia General de Éípaña, — fué tal el empeño que 
" en aquel negocio mostró Alejandro II, que habiendo vuelto el legado 
" Hugo Cándido á Aragón, quedó abrogado el rito gótico en ese reino 
" y reemplazado por el romano (mayo de 1071), comenzando á usarse 
" éste en el monasterio de San Juan de la Pefía; primera brecha que 
" se abrió en España á la preponderancia de la Corte pontificia; pre- 
" ponderancia que había de ir acreciendo, y que monarcas y pueblos 

" inútilmente se habían de esforzar después por atajar A su paso 

" por Barcelona, el cardenal legado que regresaba á Roma, logró que 
" el conde Ramón Berenguer decretase la abolición del rito mozárabe 
" en sus Estados y su reemplazo por el romano, al modo de lo que aca- 
"baba de ejecutarse en Aragón."* 

No pudiera tener Alejandro II un continuador más perseverante y 
vigoroso que Gregorio VII: así fué que un año después de haber subido 
este último á la Sede apostólica escribió á Alfonso VI de León y de 
Castilla, para que plantease en sus reinos la reforma ya introducida en el 
de Aragón y el condado de Barcelona. Favorable el monarca al cambio 
que solicitaba la corte de Roma, y dócil su ánimo desde mucho tiem- 
po antes á la inñuencia cluniacense, no hubiera tardado en acceder á 
los deseos del Sumo pontífice, á no ser por la enérgica resistencia que 
halló en el pueblo y el clero para dejar su antiguo y respetado rito. Hubo 
de consentir Alfonso en que se remitiese la decisión á la prueba del 
duelo, y el campeón del oficio mozárabe, que fué un castellano llama- 
do Juan Ruiz de Matanzas, venció al defensor del rito romano. Pero 
las premiosas exigencias de Gregorio continuaron estrechando al rey 
de Castilla; éste á su vez desplegaba toda su autoridad para que se aca- 
tase en sus Estados la del altivo pontíñce, y después de otra prueba en 
que volvió á triunfar el breviario toledano, y tras una porfiada reyerta 
entre el soberano y su pueblo, el ofício gótico quedó abolido en los do- 
minios de León y de Castilla (1085). Con la pérdida de su venerado 



1 Lafaente, Historia General de Eap<xna, Tomo I, pAg. 280, cúlcidn de Barcelona, 
1883. 



126 REVISTA NACIONAL 



rito la Iglesia de España pronto debía lamentar también la de su vieja 
independencia. 

La tregua que siguió á la dramática escena de Canossa fué brevísi- 
ma, y sólo duró el tiempo que necesitara Enrique IV para traspasar los 
Alpes y volver á tierras alemanas. Era otra vez dueño de la corona, 
porque la absolución papal le devolvía — al menos en principio — la obe- 
diencia de su pueblo; pero ¡cuan caro era el precio de esa recobrada 
diadema! Herido en su orgullo de soberano, ajada su dignidad de hom- 
bre, fresco el recuerdo de aquella dura penitencia á que se vio sujeto 
en un helado picacho del Apenino, el joven emperador revolvía en su 
mente proyectos de venganza, y su airado y rudo sentimiento se acre- 
centaba al compás de las manifestaciones de indignación que no le esca- 
searon los lombardos, al saber el resultado de su entrevista con el papa. 
Furioso y descontento de sí mismo, pero ya aleccionado en la amarga 
escuela del infortunio, comprendió que en la lucha abierta que estaba 
obligado á sostener le era indispensable apoyarse en la lealtad de aque- 
llos sus subditos que en la primera sublevación de los sajones le fue- 
ron adictos, y forzando su carácter altivo y despegado supo ganarse de 
nuevo, merced á repetidas concesiones y suavísimo trato, á los habi- 
tantes del Alto Rhin y de las ciudades del Danubio; atrajo en su de- 
rredor á la baja nobleza, siempre recelosa de las pretensiones y miras 
absorbentes de los grandes señores; y sin penosos esfuerzos de su par- 
te pudo contar entre sus sostenedores á muchos miembros del clero que 
no se avenían con las reformas decretadas por la corte de Roma. Por 
el lado contrario, los príncipes alemanes, al tener noticia de que la ex- 
comunión había sido levantada por Gregorio Vil comprendieron á su 
vez que Enrique entraba de derecho en la plena posesión del poder real, 
y en consecuencia, ellos debían prestarle obediencia, como jefe del im- 
perio, en todo aquello que no se rozase con las causas de la antigua 
lucha, cuya sentencia se había remitido á la decisión arbitral del pon- 
tífíce. Enemigos encarnizados del emperador, y más de la monarquía 
hereditaria, resolvieron frustrar los resultados del perdón papal, aun- 
que para esto les fuese preciso violar el tratado, por ellos mismos con- 
venido é impuesto en la ruidosa junta de Tribur. 

Congregados en Forchheim los poderosos jefes de la oposición (13 
de marzo de 1077), allí decidieron desposeer á Enrique de la corona, 
y en efecto, nombraron en su lugar á Rodolfo de Rheinfeld, duque de 
Suabia, quien juró el mantenimiento del principio electoral en la suce- 



UN pontífice máximo. 127 

sión del trono de Alemania, y se obligó á respetar la elección canónica 
en cuanto á provisión de obispados y dignidades eclesiásticas, renun- 
ciando á la ceremonia de entregar el báculo y el anillo á los electos. 
El nombramiento del duque de Suabia fué obra de trece príncipes y 
obispos alemanes, pero á nadie podía ocultarse la intervención que la 
Corte romana, por medio de los legados pontificios, había ejercido en 
aquel acto que cambiaba no sólo la persona del monarca, sino tam- 
bién la constitución misma del imperio. Enrique solicitó de Gregorio 
VII una declaración contra Rodolfo de Suabia y los que le habían ele- 
gido, y únicamente obtuvo la respuesta de que no se podía condenar- 
les sin oírles. Duele ver en esta ocasión empequeñecido el carácter del 
altivo pontífice, gastando su alto prestigio en atizar la hoguera de in- 
testinas discordias y pretendiendo, aunque en vano, que se le conside- 
rase como arbitro sereno en las querellas y perturbaciones que favorecía 
ocultamente. 

Mientras que Gregorio VII asumía una actitud expectante y en apa- 
riencia, neutral, la guerra civil estallaba de nuevo en Alemania, más 
que nunca encarnizada y violentísima. Sajonia abrazó naturalmente la 
causa del usurpador Rodolfo, y del lado de Enrique se filiaron las po- 
blaciones todas del centro y del occidente del imperio. *^En Baviera 
" Franconia y Suabia, lucharon los partidos con suerte varia y con fu- 
** ría cada vez mayor, devastando de un modo horrible estas comar- 

'^ cas Enmedio de los estragos de esta lucha civil y religiosa, que 

" en algunas comarcas llegó á tomar el carácter de guerra salvaje de 
" todos contra todos, los partidos beligerantes, aprovechando los largos 
" intervalos de tregua, pudieron concentrar sus fuerzas para una gran 
" batalla y hacer una tentativa á fin de destruir completamente á sus 
" adversarios. En las comarcas del Neckar y del Mein ocurrieron repe- 
" tidos combates, en los cuales procuró Rodolfo, auxiliado por sus alia- 
" dos los sajones, arrojar á Enrique de la fuerte posición que ocupaba 
" en el Alto Rhin y en el Rhin central " * La suerte se mostró con- 
traria á Enrique durante el primer periodo de aquella embravecida 
contienda, y en Wurzburgo, Melrichstad y otros lugares quedaron hu- 
milladas sus armas, y sin vida muchos de sus principales partidarios 
(1077-1080). Pero la adversidad, lejos de quebrantar templó su áni- 



1 Historia de l08 Estados de Ocdden/e durante la Edad Media^ desde Oarlomagmo 
?MSta MaximlHomo, por el Dr. J. FratK. (Libro III, Cap. IV). 



1» REVISTA NAdONAJL. 



mo y le infundió un vigor indomable que asombró á parciales y ene- 
migos. Más osado mientras menos feliz, intentó someter la Sajonia con 
un ejército formado en pocos días, y á fines de enero de 1080 fueíon 
otra vez derrotadas sus tropas cerca de Flarcheim por su viejo contra- 
rio Otón de Xordheim. 

Este desastre indicó á Gregorio Vil que era llegada la hora de aban- 
donar la aparente neutralidad que había observado durante tres aflos, 
y en un sínodo celebrado el 7 de marzo de 1080 reiteró su excomu- 
nión contra Enrique, haciéndola extensiva á los partidarios de éste, y 
absolviendo á los vasallos alemanes del juramento de fidelidad. £1 nue- 
vo anatema fué anunciado al mundo en una forma inusitada y terrible: 
después de invocar el auxilio de San Pedro, príncipe de los Apóstoles, 
el pontífice romano enumeró ante el sínodo los crímenes y atentados 
de que en su concepto era reo el emperador de Alemania, y á conti- 
nuación de la sentencia afirmó una vez más su principio de domina- 
ción absoluta sobre todas las potestades de la tierra. * 'Haced saber á 
" todo el mundo — dijo á los miembros del concilio — que vosotros, que 
" podéis atar y desatar en el cielo, tenéis en la tierra autoridad para 
" dar y quitar á cada uno, según lo que merezca, imperios y reinos, 
" principados y ducados, marquesados y condados y toda clase de bie- 
" nes. Pues si habéis sentenciado en lo espiritual despojando á los in- 
*^ dignos de patriarcados, primados, arzobispados y obispados, dándo- 
** los á los dignos, más autorizados estáis, indudablemente, para dispo- 
" ner en los asuntos terrenales. Sepan, pues, todos los reyes y príncipes 
" del mundo lo que sois y lo que podéis, y guárdense en lo sucesivo de 

"desobedecer vuestros mandatos " Gregorio, además, confirmó el 

nombramiento de Rodolfo de Rheinfeld, hecho por los principes alema- 
nes congregados tres años antes en Forchheim, invirtiendo el orden has- 
ta entonces establecido: el emperador confirmaba antes la elección del 
pontífice, y á la sazón el papa confirmaba la del jefe del imperio, de 
acuerdo con los principios y doctrinas en que se pretendía fundar la 
omnipotente autocracia del pontificado. 

Asombroso pudiera llamarse el cambio que se efectuó en Alemania 
durante el cuatrienio comprendido entre 1076 y 1080. En el primero 
de esos años, al difundirse la noticia de la excomunión lanzada contra 
tra Enrique todos se apartaron de su lado; unos le negaron su obe- 
diencia, y otros corrieron á las armas engrosando las compactas filas 
de sus poderosos enemigos; y el monarca sin corona, el soberano sin 



UN pontífice máximo. 129 

pueblo fué á recobrar uno y otra en la absolución humillante de Ca- 
nossa. El nuevo anatema, fulminado en la primavera de 1080, lejos 
de disminuir su partido lo fortaleció, moralmente, con las simpatías de 
la opinión que ya no se equivocaba respecto de los verdaderos móvi- 
les de la Corte romana, y en el orden material, con la obtención de nu- 
merosos é importantes defensores, entre los que se contaban casi todos 
los grandes dignatarios de la iglesia alemana. Las exhorbitantes preten- 
siones de Gregorio VII le habían separado de sus antiguos partidarios 
los reformistas que volvían á girar en torno del monarca, y estos, uni- 
dos con los demás altos prelados de Alemania y en inteligencia con los 
descontentos obispos italianos, cuyo número se aumentaba día por día, 
resolvieron sustraerse por completo á la obediencia del pontífíce. Un 
cisma era, pues, inevitable, y reunidos en Brixen veintisiete obispos 
alemanes é italianos eligieron papa á Guiberto, arzobispo de Rávena, 
quien se había distinguido por su oposición á la política de la Corte 
romana (junio de 1080). La elección del anti-papa fué presidida por 
el mismo emperador Enrique, quien la hizo preceder del juicio y sen- 
tencia de destitución de Gregorio. Vengábase el soberano alemán con 
las mismas armas que le habían herido, y á las decisiones injustas de 
que fué víctima oponía resoluciones apasionadas, violentas é ilegales. 

Un sangriento y porfiado combate que se empeñó cerca de Merse- 
burgo (octubre de 1080) entre el ejército de Enrique y el del usurpa- 
dor Rodolfo de Rheinfeld, preparó la terminación de la guerra que 
hacía cuatro aflos destrozaba al anchuroso imperio. Las tropas del pri- 
mero, después de muchas horas de ruda pelea cedieron el campo á 
sus briosos contrarios los sajones, y huyeron en espantosa confusión, 
ahogándose al cruzar el Elster ó cayendo al filo de la espada; pero en 
medio de la refriega y en los momentos de cejar los hombres de ar- 
mas de Enrique, sucumbió el mismo Rodolfo á manos de Godofredo 
de Bullón, destinado á gloria más alta. Desorganizados los rebeldes con 
la muerte de su jefe, escaso ó casi nulo fué el provecho que recogieron 
de la brillante victoria de Merseburgo; en cambio, el emperador pudo 
marchar con un ejército á Italia esperando que la deposición violenta 
de Gregorio, y su propia coronación en Roma por el anti-papa Gui- 
berto produjeran en Alemania el ansiado término de la guerra civil. 

Pomposo fué el recibimiento que hicieron los lombardos á Enrique, 
quien después de las fastuosas ceremonias de su proclamación en Mi- 
lán se dirigió á Roma acompañado de Guiberto y seguido de sus tropas 



180 REVISTA NACIONAL. 



que sometieron fácilmente las ciudades toscanas, sin que la marquesa 
Matilde pudiera defenderlas de la invasión teutónica (mayo de 1081). 
Gregorio VII con su ingénita intrepidez se había aprestado á la resis- 
tencia, de suerte que el ejército imperial, después de algunos meses 
de asedio, se alejó de la ciudad eterna retirándose hacia el Norte. Esta 
fué la señal de un vigoroso levantamiento de toda la Toscana contra 
Enrique, el cual, fuerte con los auxilios que le dieron los lombardos, 
redujo nuevamente los Estados de Matilde y tornó una y otra vez á si- 
tiar la vieja Roma. Larga fuera la tarea de describir con todos sus ac- 
cidentes y detalles la campaña que durante tres años mantuvo en Ita- 
lia el emperador de Alemania, y baste á nuestro propósito indicar que 
en marzo de 1084 se presentó por cuarta vez ante Roma, cuyos habi- 
tantes ganados de antemano por sus larguezas y cansados ya de tan 
prolongada resistencia le entregaron la mayor parte de la ciudad, obli- 
gando á Gregorio á encerrarse en el fortifícado castillo de San Angelo. 
Enrique convocó un sínodo que decretó la destitución del pontífice y 
confirmó solemnemente el nombramiento de Guiberto, quien fué con- 
sagrado papa con el nombre de Clemente III. Ocho días más tarde (31 
de marzo) el emperador y su esposa Berta recibían de manos del anti- 
papa la corona imperial. Gregorio VII lanzó nuevos y terribles anate- 
mas contra Enrique y Guiberto — instalado ya en la iglesia de San Pe- 
dro; — anatemas que no estorbaron al primero en su tarea de apretar 
el cerco que tenía establecido en tomo de la fortaleza de San Angelo. 
Más premiosa que las excomuniones fué para el emperador la noticia 
de haberse puesto en marcha un poderoso ejército normando en au- 
xilio del asediado pontífice, por lo que emprendió la retirada hacia el 
norte de Italia, prometiendo ricas mercedes á los romanos sus aliados 
si continuaban estrechando el sitio del castillo papal. 

Movido por las repetidas instancias de Gregorio acudía, en efecto, 
Roberto Guiscardo á socorrerle seguido de treinta mil hombres, y con 
ellos entró en Roma como impetuoso torrente (27 de mayo de 1084), 
desbaratando á los que mantenían el asedio, y conduciendo triunfal- 
mente al pontífice hasta su palacio de Letrán. Eran los normandos te- 
rribles y peligrosos amigos: Roma apuró entonces todas las amarguras 
de la conquista como si la hubiesen expugnado los libertadores de 
Gregorio: la muerte de algunos de estos á manos del populacho roma- 
no dio rienda suelta á las feroces huestes de Guiscardo que incendia- 
ron gran parte de la ciudad, asesinaron á muchos de sus moradores, y 



UN pontífice máximo. 181 

<[mzás excedieron en barbarie y crueldad á las brutales hordas de Alarico 
que siete siglos antes hablan pasado por la ciudad de los Césares como 
un ciclón devastador: *'E1 odio de los desesperados romanos estalló en 
" terribles aunque impotentes maldiciones contra el causante de todos 
" esos desastres, cuya indomable tenacidad había hecho fracasar la paz 
" con el emperador, dando con ello á los feroces normandos tiempo y 

" ocasión de cometer tamañas crueldades Gregorio no podía per- 

" manecer por más tiempo en Roma, así fué que siguió á sus liberta- 
" dores cuando estos sometieron los cercanos lugares pertenecientes á 
" la marquesa de Toscana; y al palpar el furor de las poblaciones mar- 
" chó en pos de Guiscardo, al regreso de éste á la Pulla, después de 
" haber intentado en vano arrojar de Tívoli al anti-papa Guiberto. De 
** este modo, mientras Clemente III fijaba su residencia en Roma, Gre- 
"gorio caminaba al merecido destierro."' 

Quebrantado no al peso de los aflos, sino por la ruda lucha que sos- 
tuvo y por la inmensa amargura que debió producirle el hundimiento 
de sus vastos proyectos, Gregorio VII murió en Salemo el 25 de mayo 
de 1085, un año después de haber sido libertado por los normandos. 
En sus postreros momentos mostró la misma intrepidez que le distin- 
guió durante su vida azarosa, y designó á tres de los hombres más 
adictos á sus ideas para que de entre ellos se eligiese su sucesor en la 
Silla apostólica. Sus últimas palabras revelan una profunda fe en la bon- 
dad de su causa: *^He anuido la justicia y he odiado la iniquidad: por 
*^ eso mv^o en el destierro '* Un cronista contemporáneo del fa- 
moso pontífíce, Sigeberto de Gembloux, consignó el rumor do que 
aquel, ya en sus postrimerías, había dudado de la obra de toda su vida, 
declarando que cedió á la inspiración del genio del mal en su tarea de 
atizar el odio y el rencor entre el género humano, aunque su intento, 
no fué más que el de mirar por la mayor gloría de la religión, y que 
antes de morir facultó á un cardenal para levantar el anatema que con- 
tra Enrique había fulminado. La sana crítica ha refutado el relato del 
cronista de Lieja, y queda en pie la inflexible figura del gran pontífice, 
sin vacilaciones ni debilidades que la mengüen.'* 



1 Dr. Prutz, Opus. cit, 

2 Mr. Oiraud en su estudio sobre Oregmio VII y «u tietnpo (artículo III pubUca- 
do en el número de la ReiHtta de ambot mundo» correspondiente al 1? de Mayo de 
1873) prueba con grande erudlolOn lo infundado del rumor que consignó en sn cró- 
nica Sigeberto de Gtombloux. 



182 REVISTA NACIONAL. 



Aun después de los ocho siglos que nos separan de la época de su 
muerte, difícil es hacer de Gregorio Vil un juicio crítico exacto. Mayor 
dificultad tuvieron para ello sus contemporáneos y los que inmediata- 
mente le siguieron, y por eso nos legaron su nombre y su recuerdo, 
execrados por el odio ú enaltecidos por interesada lisonja. La misión 
y la obra de aquel gran pontífice fueron complexas, y de ahí los dife- 
rentes puntos de vista desde los cuales deben ser examinadas. £1 aus- 
tero monje, el hombre de Estado, el reformador inflexible, el orador, 
el pontífice máximo, el autor de aquel inmenso principio de domina- 
ción universal, el fanático defensor de la autocracia papal concurren á 
formar esa gigantesca figura que surge de entre las brumas de los siglos 
medios, ofuscando con su vivido fulgor á los más grandes personajes de 
su época. La justicia histórica exige, además, que se le contemple con 
relación á los tiempos en que vivió; "tiempos de hierro — dice Heeren 
" — en que la degeneración del sistema feudal había roto casi todos los 
" vínculos de la sociedad civil, compuesta de príncipes sin poder, de 
" señores independientes, y de esclavos; en que las violencias y los 
" atentados eran acontecimientos de todos los días, y los ministros de 
" la religión se veían acusados, no sólo como cómplices, sino también 
" como principales autores de semejantes hechos. Gregorio VII conci- 
" bió la idea de reformar el mundo cristiano, sometiéndole á su domi- 
" nación, y se sintió con la fuerza y los talentos necesarios para sos- 
• " tener su papel. Era del número de los pocos hombres á quienes la 
'^ naturaleza concede bastante penetración para juzgar el siglo en todos 
" sus aspectos, conocer sus debilidades y sus fuerzas, y fundar en tal 
" conocimiento vastos designios." 

Su obra de reforma, considerada en sí misma, fué necesaria y alta- 
mente moralizadora, pues que tendía á devolver á la Iglesia su perdido 
prestigio para convertirla en centro de virtud enmedio del general des- 
quiciamiento que produjo la lucha entre el feudalismo y el poder ab- 
soluto. Fué una obra de libertad en cuanto al principio de contrastar 
el imperio de la violencia y de la fuerza. Juzgada en sus relaciones 
con el acrecentamiento de la soberanía de los pontífices, debemos, por 
el contrario, ver en ella la base del vasto plan de dominación univer- 
sal, ejercida por el vicario de Cristo, y que tiene de ser considerado 
como una de las grandiosas concepciones del famoso Hildebrando. 

Y más grandiosa por cuanto á la imponderable energía con que pre- 
tendió realizarla, apoyado tan sólo en su fuerza moral, por más que 



LA TRADICIÓN DEL HIMNO NACIONAL. 188 

ésta fuese de inmensa valía en el seno de la creyente y tétrica Edad 
Media. Pero no era la causa de la libertad y de la justicia; y por eso, 
al pretender combinar la revolución por él concebida con el orden so- 
cial existente; al tratar, luego, de erigir al pontificado en una entidad 
omnipotente y soberana, arbitra de los pueblos y de los reyes; al vio- 
lar el derecho moral y el derecho político, las leyes de la naturaleza 
misma, y las que pudiéramos llamar inherentes á la constitución fisio- 
lógica del hombre, volviéronse contra él terribles los pueblos y los re- 
yes: éstos empujados por su interés, aquellos movidos por ese senti- 
miento de emancipación que se difunde al comenzar la decadencia del 
feudalismo, que se ve dominar en las grandes épocas de la historia, y 
y que no es más que el soplo irresistible del progreso. Murió desespe- 
rado, sin amigos, detestado por los romanos y por la Italia entera, vícti- 
ma inmediata de sus pasmosos é irrealizables proyectos; pero fírme en 
sus convicciones, sin arrepentirse de su obra, creyéndose y llamándose 
mártir de la injusticia humana. En Gregorio VII el hombre aparece ofus- 
cado por el pontífíce: como sucesor de Pedro en la Silla apostólica es el 
más grande entre los trescientos papas que en ella se han sentado, uno 
en pos de otro, durante diez y ocho siglos, del mismo modo que el Hí- 
malaya se alza dominante sobre las otras cordilleras que serpean por el 
suelo tibetano. El hombre fué orgulloso, infíexible, sin afectos, recti- 
líneo, y su misma virtud era una escarpadura que de todos le separa- 
ba, así en la prosperidad como en la desgracia. 

Su fanatismo fué un bien para la libertad, que pudo desde entonces 
apercibirse contra las tendencias de la autocracia papal. No inspira 
amor la memoria del gran pontífice del siglo onceno, pero nadie puede 
dejar de admirarle. 

Julio Zarate. 



LA TRADICIÓN DEL HIMNO NACIONAL. 



I 

Por los años de 1810 existía en el convento de los dominicos de 
Lima (y también en el de los agustinos) una Academia de música di- 
rigida por fray Pascual Nieves, buen tenor y mejor organista. El padre 



184 REVISTA NACIONAL. 



Nieves era, en su época, la gran reputación artística que los peruleros 
nos sentíamos orgullosos de poseer. 

El primer pasante de la Academia era un muchacho de doce años 
de edad, como que nació en Lima en 1798. Llamábase José Bernardo 
Alcedo y vestía el hábito de donado, que lo humilde de su sangre le 
cerraba las puertas para aspirar á ejercicio de sacerdotales funciones. 

A los diez y ocho años, los motetes compuestos por Alcedo, que era 
entusiasta apasionado de Haydn y Mozai-t, y una misa en re Tuayor, 
sirvieron de base á su reputación como músico. 

Jurada en 1821 la independencia del Perú, el Protector Don José de 
San Martín expidió decreto convocando concurso ó certamen musical 
del que resultaría premiada la composición que se declarase digna de 
ser adoptada por Himno Nacional de la República. 

Seis fueron los autores que entraron en el concurso, dice el galano 
escritor á quien extractamos para zurcir este artículo. 

El día prefijado fueron examinadas todas las composiciones, y ejecu- 
tadas en el orden siguiente: 

1* La del músico mayor del batallón Numancia, 

2^ La del maestro Huapaza. 

3* La del maestro Tena. 

4* La del maestro Filomeno. 

5^ La del padre fray Cipriano Aguilar, maestro de Ci4)illa de los 
agustinianos. 

6^ La del maestro Alcedo. 

Apenas terminaba la ejecución de la última, cuando el general San 
Martín, poniéndose de pie, exclamó: 

— He aquí el Himno Nacional del Perú! 

Al día siguiente un decreto confirmaba esta opinión expresada por 
el gobernante en un arranque de entusiasmo. 

El Himno fué estrenado, en el teatro, la noche del 24 de Septiembre 
de 1821, en que se celebró la capitulación de las fortalezas del Callao 
ajustada por el general La Mar el 19. Rosa Merino, la bella y simpá- 
tica cantatriz á la moda, cantó las estrofas enmedio de interminables 
aplausos. 

La ovación de que en esa noche fué objeto el humilde maestro Al- 
cedo, es indescriptible para nuestra pluma. 

Mejores versos que los de Don José de Latorre Ugarte mereda el 
magistral y solemne himno de Alcedo. Las estrofas inspiradas en el pa- 



LA TRADICIÓN DEL HIMNO NACIONAL. 135 

trioterismo que por esos días dominaba, son pobres como pensamien- 
to y desdichados en cuanto á corrección de forma. Hay en éstas mu- 
cho de fanfarronería portuguesa y poco de la verdadera altivez repu- 
blicana. Pero con todos sus defectos, no debemos consentir jamás que 
la letra de la Canción Nacional se altere ó cambie. Debemos acatarla 
como sagrada reliquia que nos legaron nuestros padres; los que con 
su sangre fecundaron la libertad y la república. No tenemos derecho, 
que sería sacrilega profanación, ni á corregir una sílaba en esas es- 
trofas, en las que se siente palpitar el varonil espíritu de nuestros ma- 
yores. 

II 

Concluyamos compendiando en breves líneas la biograña del maes- 
tro Alcedo. 

Todos los cuerpos del ejército solicitaron del Protector que le' des- 
tinase al autor del Himno como músico mayor, y en la clase de sub- 
teniente; pero Alcedo optó por el batallón número 4 de Chile, en el 
que concurrió á las batallas de Torata y Moquegua y á otras acciones 
de guerra. 

Cuando se dispuso en 1823, que el batallón regresase á Chile, Al- 
cedo pasó con él á Santiago separándose, á poco, del servicio. 

El canto llano era casi ignorado entre los monjes de Chile; y fran- 
ciscanos, dominicos y agustinos comprometieron á nuestro músico pa- 
ra que les diese lecciones, á la vez que el gobierno lo contrataba como 
director de las bandas militares. 

Cuarenta afíos pasó en la capital chilena nuestro compatriota, sien- 
do en los veinte últimos maestro de Capilla de la Catedral, hasta 1864 
en que el gobierno del Perú lo hizo venir para conñarle la dirección y 
organización en Lima de un Conservatorio de Música, que no llegó á 
establecerse por la instabilidad de nuestros hombres públicos. Sin em- 
bargo, Alcedo, como director general de las bandas militares, disfrutó 
hasta su muerte, acaecida en 1879, el sueldo de doscientos soles al mes. 

Muchos pasos dobles, boleros, valses y canciones forman el reper- 
torio del maestro Alcedo, sobresaliendo entre todo lo que compuso su 
música sagrada. 

Alcedo fué también escritor, y testimonio de ello da su notable libro 
Füoeojia de la música, impreso en Lima en 1869. 

Ricardo Palma. 



186 REVISTA NACIONAL. 



ABEJA. 



CAPITULO V. 

QUE DICE COMO LA DUQUESA LLEVO Á ABEJA Y k JORGE k LA ERMITA, 
Y EL ENCUENTRO QUE TUVIERON CON UNA VIEJA HORRIBLE. 

Aquella mafiana, que fué la del primer domingo después de Pascua, 
la duquesa salió del caslillo sobre su gran alazán, llevando á su izquier- 
da á Jorge de Blanchelande, caballero sobre un corcel de cabeza ne- 
gra (ion una estrella en la frente, y, á su derecha á Abeja, que gober- 
naba con bridas color de rosa á su yegua baya. Iban á oir la misa de 
la Ermita. Soldados con sendas lanzas les formaban escolta, y la mul- 
titud se empujaba á su paso para admirarlos. Y en verdad que los tres 
iban muy hermosos. Bajo su velo con flores de plata, y con su manto 
flotante, la duquesa tenia un aire de majestad encantadora; y las per- 
las que bordaban su tocado despedían un brillo lleno de dulzura que 
sentaba muy bien al continente y al alma de tan bella persona. Cerca, 
al viento los cabellos y chispeante la mirada, Jorge tenía una simpática 
figura. Abeja, que cabalgaba del otro lado, dejaba ver un rostro, cuyos 
colores tiernos y puros, eran para los ojos una caricia deliciosa; pero 
nada más admirable que su blonda cabellera, que ceñida con una cin- 
ta de tres florones de oro, se esparcía sobre sus espaldas como el bri- 
llante manto de su juventud y su hermosura. Al verla decían las bue- 
nas gentes: "Ved una gentil seflorital" 

El maestro sastre, el viejo Juan, tomó en sus brazos á su nieto Pe- 
dro, para enseñarle á Abeja, y Pedro, preguntó: ¿está viva ó es una 
imagen de cera? No concebía que pudiera ser tan blanca y tan bonita 
perteneciendo á la misma especie que él, el pequeño Pedro, con sus 
buenos mofletes tostados y su pardo camisolín sujetado rústicamente á 
la espalda. 

Mientras que la duquesa recibía los homenajes con benevolencia, 
los dos niños descubrían la satisfacción de su orgullo, Jorge por su co- 
lor encendido. Abeja por sus sonrisas. Por eso les dijo la duquesa: 



ABEJA. 187 

— Estas buenas gentes nos saludan con afecto. Jorge ¿qué pensáis 
de ello? Y vos, Abeja? 

— Que hacen bien, respondió Abeja. 

— Y que es su deber, añadió Jorge. 

— ¿Y por qué creéis que es su deber? preguntó la duquesa. 

Viendo que no le respondían, continuó: 

— Os lo voy á decir. De padres á hijos, hace más de trescientos aflos, 
los duques de los Clarides defienden, lanza en mano, á estas pobres 
gentes, que les deben poder segar las mieses que han sembrado. Hace 
más de trescientos años, todas las duquesas de los Clarides hilan la 
lana para los pobres, visitan á los enfermos, y tienen á los recién na- 
cidos sobre las fuentes del bautismo. Hé aquí por qué os han saluda- 
do, niños míos. 

Jorge pensó: *'Será necesario proteger á los labradores." Y Abeja: 
"Será necesario hilar la lana para los pobres." 

Así platicando y pensando, caminaban entre praderas esmaltadas de 
flores. Montañas azuladas se destacaban en el horizonte. Jorge exten- 
dió la mano hacia el Oriente: 

— ¿No es, preguntó, un gran escudo de acero el que veo allá abajo? 

— Es más bien un broche de plata, grande como la luna, dijo Abeja. 

— No es un escudo de acero ni un broche de plata, niños míos, res- 
pondió la duquesa, sino un lago que brilla con el sol. La superficie de 
las aguas, que os parecen de lejos unidas como un espejo, están agita- 
das por innumerables oleadas. Los bordes de este lago, que creéis 
tan tersos como si estuviesen tallados en metal, están en realidad cu- 
biertos de cañas coronadas de ligeros penachos, y de iris cuya ñor es 
como una mirada humana entre espadas. Todas las mañanas un blan- 
co vapor cubre el lago, que bajo el sol de medio día brilla como una 
armadura. Pero es preciso no acercarse; porque está habitado por las 
Ondinas, que atraen á los caminantes á su mansión de cristal. 

En este momento oyeron la campana de la Ermita. 

— Bajemos, dijo la duquesa, y vamos á pie á la capilla. Los reyes 
magos no se acercaron al pesebre ni sobre elefantes ni sobre camellos. 

Oyeron la misa de la Ermita. Una vieja, horrorosa y cubierta con 
harapos, se había arrodillado al lado de la duquesa, quien al salir de 
la capilla le ofreció agua bendita, y le dijo: 

— Tomad, madre mía. 

Jorge se sorprendió. 



188 REVISTA NACIONAL. 



— ¿No sabéis, dijo la duquesa, que es preciso honrar en los pobres 
á los preferidos de Jesucristo? Una mendiga semejante á ésta os tuvo 
con el buen duque de Rochesnoires sobre las fuentes del bautismo; y 
vuestra hermanita Abeja tuvo igualmente á un pobre por padrino. 

La vieja, que había adivinado los sentimientos del muchacho, se in- 
clinó hacia él, riendo irónicamente y dijo: 

— Os deseo, bello príncipe, que conquistéis tantos reinos cuantos he 
perdido. Fui reina de la Isla de las Perlas y de las Montañas del Oro; 
tenía todos los días catorce clases de pescados en mi mesa, y un ne- 
grito llevaba la cola de mi manto. 

— ¿Por cuál desgracia perdisteis vuestras islas y vuestras montañas, 
buena mujer? preguntó la duquesa. 

— Me disgusté con los Enanos, que me llevaron lejos de mis Estados. 

— ¿Los Enanos tienen tanto poder? preguntó Jorge. 

— Viven bajo la tierra, respondió la vieja, conocen las virtudes de 
las piedras, trabajan los metales y descubren las fuentes. 

La duquesa: 

— ¿Y qué les hicisteis que los disgustasteis, madre? 

La vieja: 

— Vino uno de ellos, en una noche de Diciembre, á pedirme per- 
miso para preparar una gran cena en las cocinas del castillo, que más 
vastas que una sala capitular, estaban amuebladas de cacerolas, sarte- 
nes, cazos, calderos, vasijas para calentar agua, hornos de campaña^ 
parrillas, graceros, cocineras, pescaderas, fuentes, moldes para paste- 
lería, cántaros de cobre, vasijas de oro y plata y de diferentes colores^ 
sin contar el azador de fierro artísticamente forjado, y la marmita 
amplia y negra, suspendida á la cremallera. Me prometió no perder 
ni deteriorar nada. Le rehusé, sin embargo, lo que me pedía, y se re* 
tiró murmurando siniestras amenazas. Tres noches después (era No- 
che Buena), el mismo enano volvió al aposento en que yo dormía; 
venia acompañado de una infinidad de otros que, arrancándome de 
mi lecho, me llevaron en camisa á una tierra desconocida. 

— Ved, dijeron dejándome, ved el castigo de los ricos que no quie- 
ren compartir sus tesoros con el pueblo laborioso y dulce de los Ena- 
nos, que trabajan el oro y hacen brotar las fuentes. 

Asi habló la desmolada vieja, y la duquesa, habiéndola consolada 
con palabras y dinero, volvió á tomar, con los dos niños, el camino del 
castillo. 



ABEJA. 139 



CAPITULO VI. 

QUE TRATA DE LO QUE SE VE DESDE LA TORRECILLA DE LOS CLARIDES. 

Poco tiempo después, un día, subieron Abeja y Jorge, sin que los 
vieran, por la escalera de la torrecilla que se levanta en medio del cas- 
tillo de los Glarides. Guando estuvieron en la azotea gritaron muy re- 
cio y palmotearon las manos. 

Su vista se extendía sobre las planicies cortadas en cuadros peque- 
ños, amarillentos ó verdes, de los campos cultivados. Los bosques y 
las montañas azuleaban en el lejano horizonte. 

— Hermanita, exclamó Jorge, hermanita, mirad la tierra entera! 

— Es muy grande, dijo Abeja. 

— Mis profesores, repuso Jorge, me habían enseñado que era gran- 
de; pero como dice Gertnidis, nuestra aya, hay que verlo para creerlo. 

Dieron la vuelta á la azotea. 

— Ved una cosa maravillosa, hcrraanito, exclamó Abeja. El castillo 
está situado en medio de la tierra, y nosotros, que estamos sobre la 
torrecilla que se halla en medio del castillo, nos encontramos en me- 
dio del mundo. Ja! ja! ja! 

En efecto, el horizonte formaba al rededor de los niños un circulo, 
del cual la torrecilla era el centro. 

— Nosotros estamos en medio del mundo, ja! ja! ja! repitió Jorge. 

Después, los dos se miraron y se quedaron pensativos. 

— ¡Que desgracia que el mundo sea tan grande! dijo Abeja. ¡Se pue- 
de uno perder y estar separado de sus amigos! 

Jorge alzó los hombros. 

— ¡Que dicha que el mundo sea tan grande! se pueden buscar aven- 
turas. Abeja, yo quiero, cuando sea grande, conquistar esas montañas 
que están hasta el fin de la tierra. Ahí donde se levanta la hma; le 
saldré al paso y te la daré, mi Ab^a. 

— Eso es, dijo Abeja, me la darás y me la pondré en mis cabellos. 

Después se ocuparon de buscar, oomo sobre una caita, los puntos 
que les eran familiares. 

— Los reconozco muy bien, dijo Abeja, (que no los reoonoda del 
todo), pero no adivino qué puedan ser esas pequeñas piedras cuadra- 
das, esparcidas sobre la jdanicie. 



140 REVISTA NACIONAL. 



— ¡Las casas! le respondió Jorge; son las casas. ¿No reconoces, her- 
manita, á la capital del ducado de los Glarides? Sin embargo, es una 
gran ciudad: tiene tres calles, de las cuales una es para coches. Las 
atravesamos la semana pasada para ir á la Ermita. ¿Te acuerdas? 

— ¿Y ese arroyo que serpentea*? 

— Es el río. Ved, allá abajo, el viejo puente de piedra. 

— ¿El puente bajo el cual pescamos cangrejos? 

— El mismo, y que tiene en un nicho la estatua de la "Mujer sin 
cabeza." Pero no se le ve desde aquí, porque es muy pequeña. 

— Me acuerdo. ¿Por qué no tiene cabeza? 

— Pues probablemente porque la ha perdido. 

Sin decir si la satisfacía esta explicación, Abeja contemplaba el ho- 
rizonte. 

— Hermanito, hermanito, ¿ves tú lo que brilla del lado de las mon- 
tañas azuladas? ;Es el lago! 

— ¡Es el lago! 

Se acordaron entonces de lo que la duquesa les había dicho de sus 
aguas peligrosas y bellas, donde las Ondinas tienen su mansión. 

— ¡Vamos allá! dijo Abeja. 

Esta resolución desconcertó á Jorge, quien, abriendo mucho la bo- 
ca, exclamó: 

— La duquesa nos ha prohibido salir solos ¿y cómo iríamos á este 
lago, que está hasta el fm del mundo? 

— Como iríamos, no lo se yo. Pero tú debes saberlo, tú que eres 
hombre y que tienes maestro de gramática. 

Jorge, picado, respondió que se podía ser hombre y al mismo tiem- 
po un hombre instruido, sin saber todos los caminos del mundo. Abeja 
tomó un airecillo desdeñoso, que lo hizo enrojecer hasta las orejas, y 
dijo en tono seco: 

— No he prometido conquistar las montañas azuladas y descolgar á 
la luna. No se el camino de los lagos, pero lo encontraré. 

— Ja! ja! ja! exclamó Jorge esforzándose por reir. 

— Os reís como un tonto, señor. 

— Abeja, los tontos no ríen, ni lloran. 

— Si ríen, han de reir como vos, señor. Iré sola al lago. Y mien- 
tras descubro las bellas aguas que habitan las Ondinas, os queda- 
réis solo en el castillo como una jovencita. Os dejaré mi telar y mi 
muñeca. Cuidaréis mucho, Jorge: cuidaréis mucho de ella. 



ABEJA. Hl 

Jorge tenía amor propio. Fué sensible á la burla que le hacía Abe- 
ja. Bajó la cabeza, muy sombrío, y exclamó con voz sorda: 
— ¡Pues bien! ¡iremos al lago! 

CAPITULO VIL 

DONDE SE DICE COMO ABEJA Y JORGE FUERON AL LAGO. 

Al día siguiente, después de la comida, cuando la duquesa se hubo 
retirado á su aposento, Jorge tomó de la mano á Abeja. 

— ¡Vamos! le dijo. 

— ¿Adonde? 

— ¡Ghist! 

Bajaron la escalera y atravesaron los patios. Cuando hubieron pa- 
sado la poterna, Abeja preguntó por segunda vez adonde iban. 

— ¡Al lago! respondió resueltamente Jorge. 

La señorita Abeja abrió mucho la boca y permaneció callada. ¡Ir tan 
lejos y sin permiso, y con zapatos de raso! Porque sus zapatos eran de 
raso. ¿Sería esto razonable? 

— Es preciso ir y no es necesario que sea razonable. 

Tal fué la sublime respuesta de Jorge á Abeja. Ella le había hecho 

burla y sin embargo ahora se asombraba En esta vez él fué quien 

la envió desdeñosamente á sus muñecas. 

Las jóvenes impulsan á las aventuras y luego se arrepienten. ¡Vaya! 
¡el ruin carácter! ¡Quédese si gusta la señorita! Iría solo. 

Abeja tomó el brazo de Jorge, que la rechazó. 

Echóle los brazos al cuello: 

— ¡Hermanito! dijo sollozando, te seguiré. 

Tanto arrepentimiento, lo conmovió. 

— Ven, repuso, pero no pasemos por la ciudad, porque nos pueden 
ver. Vale más seguir las murallas y ganar el camino real por las ve- 
redas. 

Iban cogidos de la mano. Jorge explicaba el plan que había for- 
mado. 

— ^Seguiremos, decía, el camino que tomamos para ir á la Ermita; 
no dejaremos de percibir el lago, como lo hemos percibido otras veces, 
y entonces nos volveremos á través de los campos, en línea de abeja. 

En linea de abeja, es una agreste y hermosa manera de decir en 



142 REVISTA NACIONAL. 



línea recta; pero se pusieron á reír á causa del nombre de la joven, 
que seguía ürme en su propósito. 

Abeja cortó flores á la orilla del foso; eran flores de malva, car- 
dos blancos, estrellas de mar y navidades, con las que formó un ra- 
mo; en sus manecitas las flores se marchitaban á la simple vista, y 
cuando Abeja pasó por el viejo puente de piedra, languidecían al mi- 
rarla. Como no sabia que hacer con su ramo, tuvo la idea de arrojarlo 
al agua para refrescarlo; pero preñrió darlo á la "Mujer sin cabeza." 

Rogó á Jorge la levantara en sus brazos para estar más grande, y 
depositó su ramo de flores agrestes, entre las manos juntas de la vieja 
estatua de piedra. 

Cuando estuvo lejos, volvió el rostro y vio una paloma sobre los hom- 
bros de la estatua. 

Después de andar algún tiempo, Abeja dijo: 

— Tengo sed. 

— Yo también dijo Jorge, pero el río está lejos, atrás de nosotros, y 
no veo ni fuentes ni arroyos. 

— El sol, que quema, los habrá secado. ¿Qué vamos á hacer? 

Así hablaban y se lamentaban, cuando vieron venir á una campesi- 
na, que llevaba frutas en un canasto. 

— ¡Cerezas! exclamó Jorge. Que desgracia que no tenga dinero para 
comprar. 

— ¡Yo tengo dinero! dijo Abeja. 

Sacó de su faltriquera una bolsa conteniendo cinco monedes de oro, 
y se dirigió á la campesina: 

— Buena mujer, le dijo, ¿querríais darme tantas cerezas cuantas pue- 
da contener mi vestido? 

Al decir esto, levantó con las dos manos la orilla de su enagua. La 
campesina arrojó dos ó tres puñados de cerezas. Abeja tomó con una 
mano su enagua recogida, con la otra dio una moneda de oro á la mu- 
jer, y le dijo: 

— ¿Basta con esto? 

La campesina tomó la moneda de oro, que hubiera pagado con ven- 
taja todas las cerezas del canasto, con el árbol que las había producido 
y el terreno donde el árbol estaba plantado. Y la rústica contestó: 

— No pido más por complaceros, princesita mía. 

— Entonces, continuó Abeja, poned más cerezas en el sombrero de 
mi hermano y tendréis otra moneda de oro. 



ABEJA. 143 

Asi lo hizo. La campesina continuó su camino, preguntándose en 
qué media de lana, ó en el fondo de qué jergón, ocultaría sus dos mo- 
nedas de oro. Y los niños siguieron su camino; comían cerezas y arro- 
jaban los huesos á diestra y siniestra. Jorge buscaba las cerezas que 
estaban unidas de dos en dos, por el rabito, para colgarlas en las ore- 
jas de su hermana, y reía al ver estas bonitas frutas gemelas, de ber- 
meja carne, balancearse sobre las mejillas de Abeja. 

Un guijarro detuvo su camino alegre. Se le metió en el zapato á 
Abeja que se puso á cojear. A cada salto que daba, sus blondos bucles 
se agitaban sobre sus mejillas, fué así cogeando y se sentó en el de- 
clive del camino. Ahí,, su hermano, se arrodilló á sus pies, le quitó el 
zapato de raso; lo sacudió y salió un pequeño guijarro blanco. 

Entonces, mirando sus pies, ella dijo: 

— Hermanito, cuando volvamos al lago, nos pondremos botas. 

El sol inclinábase ya en el radioso firmamenlo; un soplo de brisa 
acariciaba las mejillas y el cuello de los jóvenes viajeros, quienes, re- 
frescados y reanimados prosiguieron con ahinco su viaje. Para cami- 
nar mejor, cantaban cogidos de la mano, y reían al ver, frente á ellos, 
agitarse sus dos sombras juntas. 

Pero Abeja se detuvo, y gritó: 

— ¡He perdido mi zapato, mi zapato de raso! 

Y esto había sucedido. El zapatito, cuyos cordones de seda se ha- 
bían aflojado en el viaje, yacía todo podrido en la ruta. 

Entonces miró hacia atrás, y viendo las torres del castillo de los Gla- 
ndes envueltas en la lejana bruma, sintió estrecharse su corazón y las 
lágrimas se agolparon en sus ojos. 

— Lo& lobos nos comerán, dijo; y no nos verá más nuestra madre, y 
morirá de pena. 

Pero Joi-ge le puso su zapato y le dijo: 

— Guando la campana del castillo llame á comer, estaremos de re- 
greso en los Glarides. ¡Adelante! 

Y continuaron cantando. 

— ;E1 lago! Abeja, ve: ¡el lago, el lago, el lago! 

— Sí, Jorge, el lago! 

Jorge gritó: ¡hurta! y arrojó al aire su sombrero. Abeja vacilaba pa- 
ra arrojar igualmente su cofia; pero el zapato que no hacía mucho se 
había quitado; lo arrojó encima de su cabeza en señal de regocijo. Allí 
estaba el lago en el fondo del valle, cuyas pendientes circulares for* 



144 REVISTA NACIONAL. 



maban con las argentadas ondas, una gran corte de follaje y de flores. 
Ahí estaba, tranquilo y puro, y se veía pasar un arroyuelo sobre la ver- 
dura, todavía confuso en sus riberas. Pero los dos niños no descubrían 
en la arboleda ningún camino que los llevara á sus bellas aguas. 

Mientras buscaban uno, fueron mordidos en las pantorrillas por los 
gansos, que seguía una nifía, vestida con piel de camero, y con una 
vara en la mano. Jorge le preguntó cómo se llamaba. 

— Gilberta. 

— Y bien, Gilberta, ¿cómo se va al lago? 

— No se va. 

— ¿Por qué? 

— Porque 

— ¿Pero si se fuera? 

— Si se fuera habría un camino, y se tomaría ese camino. 

Nada había que responder á la cuidadora de gansos. 

— Vamos, dijo Jorge, encontraremos, sin duda, más lejos, un sen- 
dero por el bosque. 

— Ahí cortaremos nueces, dijo Abeja, y las comeremos porque ten- 
go hambre. Será preciso cuando volvamos al lago, traer una maleta 
llena de buenas cosas de comer. 

Jorge: 

— Haremos lo que tú dices, hermanita; ahora apruebo al escudero 
Francoeur, quien, cuando partió para Roma, llevó un jamón para el 
hambre y una jarra para la sed. Pero apresurémonos, porque me pa- 
rece que el día avanza, aunque no sé la hora. 

— Los pastores la saben mirando al sol, dijo Abeja; pero yo no soy 
pastora. Me parece no obstante, que el sol, que cuando salimos, estaba 
sobre nuestras cabezas, está ahora allá abajo, muy atrás de la ciudad y 
del castillo de los Clarides. Es necesario saber si así sucede todos los 
días y qué significa esto. 

Mientras que observaban el sol, una nube de polvo se levantó so- 
bre el camino, y percibieron unos caballeros que avanzaban á toda 
rienda y cuyas armaduras brillaban. Los niños tuvieron mucho miedo 
y se fueron á ocultar en las malezas. Serán ladrones ó más bien mons- 
truos, pensaron. En realidad eran guardas, que la duquesa de los Cla- 
rides había enviado, para buscar á los dos pequeños aventureros. 

Los dos pequeños aventureros encontraron en la maleza un sendero 
estrecho, que de ningún modo era un sendero de enamorados, porque 



ABEJA. 145 

por ahí no podian caminar de dos en fondo, tenidos de la mano á la 
manera de novios. Tampoco se encontraban las huellas de pasos hu- 
manos. Se veía solamente el hueco dejado por una infmidad de pe- 
quefios pies hendidos. 

— Estos son pies de diablillos, dijo Abeja. 

— O de ciervos, dijo Jorge. 

La cosa no estaba esclarecida. Pero lo que había de cierto era, que 
el sendero descendía en suave pendiente hasta la orilla del lago, que 
se presentó á los dos niños, con su lánguida y silenciosa belleza. Las 
cañas balanceaban sobre las aguas, sus espigas flexibles y sus delica- 
dos penachos, y formaban tembladoras islas, al rededor de las cuales, 
los nenúfares brillaban con sus hojas en forma de corazón, y con sus 
flores de blancos 'pétalos. Sobre estas floridas islas, las señoritas con 
corsé de esmeralda ó de zafír y con alas de fuego, trazaban con su vuelo 
estridente, curvas bruscamente quebradas. 

Y los dos niños mojaban con delicia sus ardientes pies en la húme- 
da arena ó cortaban el espeso follaje y los cardos espinosos. La caña 
aromática les enviaba sus perfumes desde su tallo humilde y á su de- 
rredor, el plátano desenrrollaba sus hojas dentelladas, en la orilla de 
las aguas dormidas, que esmaltaba el laurel con sus flores violáceas. 



CAPITULO VIII. 

DONDE SE VE LO QUE SUCEDIÓ k JORGE DE BLANCHELANDE POR HABERSE 
APROXIMADO AL LAGO QUE HABITABAN LAS ONDINAS. 

Abeja avanzó sobre la arena entre dos bosques de sauces, y delante 
de ella el pequeño Genio del lugar, saltó en el agua, dejando en la su- 
perficie círculos que crecieron y que se borraron. Este genio era una 
pequeña rana verde, con vientre blanco. Todo callaba: un viento fres- 
co soplaba sobre el lago cristalino, del que cada onda tenía el pliegue 
gracioso de una sonrisa. 

— ¡Qué lindo es el lago! dijo Abeja; pero mis pies sangran en mis 
zapatitos desgarrados, y tengo mucha hambre. Quisiera mejor estar en 
el castillo. 

— Hermanita, dijo Jorge, siéntate sobre la hierba. Voy, para refres- 
carlos, á envolver tus pies en hojas; después iré á buscar que comer. 

R. 3Í.-T. 11-10 



146 REVISTA NACIONAL. 



Vi allá arriba, cerca del camino, zarzales todos cuajados de moras. Te 
traeré en mi sombrero las mejores y las más azucaradas. Dame tu pa- 
ñuelo; pondré en él fresas, porque hay fresales aquí cerca, á la orilla 
del sendero y á la sombra de los árboles. Y llenaré mis bolsillos de 
nueces. 

Arregló al borde del lago, bajo un sauz, un lecho de musgo para 
Abeja, y partió. 

Abeja, tendida sobre su lecho de musgo, con las manos juntas 
YÍó las estrellas que alumbraban temblando en el cielo pálido; después 
sus ojos se medio cerraron; sin embargo, le parecía ver en el aire á un 
pequeño Enano montado sobre un cuervo. No era esto una ilusión. 
Habiendo estirado las riendas que mordía el pájaro negro, el Enano 
se detuvo arriba de la joven y fijó en ella sus ojos redondos! En segui- 
da partió con gran vuelo. Abeja vio confusamente estas cosas y se 
durmió. 

Dormía cuando volvió Jorge con su provisión, que depositó cerca de 
ella. Descendió á la orilla del lago temiendo despertarla. El lago dor- 
mía bajo su delicada corona de follaje. Un ligero vapor se arrastraba 
muellemente sobre las aguas. De repente, la luna apareció entre las 
ramas; luego, las ondas fueron salpicadas de chispas. 

Jorge vio bien que estas luces que alumbraban las aguas, no todas 
eran el reflejo quebrado de la luna, porque notó que las llamas azula- 
das, avanzaban dando vueltas con ondulaciones y balanceos, como si 
danzaran en rondas. Reconoció muy pronto que estas llamas tembla- 
ban sobre frentes blancas, sobre frentes de mujeres. Poco tiempo des- 
pués, bellas cabezas coronadas de algas y de petonclos, de espaldas so- 
bre las cuales se esparcían verdes cabelleras, de pechos brillantes de 
perlas, y donde se deslizaban los velos, se levantaron arriba de las on- 
das. El niño reconoció á las Ondinas y quizo huir. Pero ya las de los 
brazos pálidos y fríos lo habían asido y fué llevado, á pesar de sus es- 
fuerzos y de sus gritos, á través de las aguas, á las galerías de cristal y 
de pórfido. 

Anatole Frange. 

[Continuará.] 



ROMEO Y JULIETA. 117 



ROMEO Y JULIETA. 

(DE 8HiUSPIiR&) 



FRA.C3-MENTO DE LA ESCKN-A. V DEL ACTO III. 
Huerto en la casa de Cápuleto. Borneo y Julieta en el bcUebn, 

JUUETA. 

¡Cómo! ¿Ya quieres irte? Aun tarda el día. 
Fué el ruisefíor; no fué, no fué la alondra 
Quien alarmó tu receloso oído: 
Todas las noches en aquel granado 
Su canto ensaya: él era ¡oh dueño amado! 
Crédito dame: el ruiseñor ha sido. 

Romeo. 

Fué la alondra, del alba mensajera; 
No el ruiseñor. ¿No ves hacia el Oriente 
Cuál de las rotas nubes orla el borde 
Ya la envidiosa claridad? Enfría 
De la estrella las pálidas vislumbres: 
De la montaña en las brumosas cumbres 
Raya risueño y se levanta el día. 
Si parto, vivo; si le aguardo, muero. 

Julieta. 

Bien sé que matutina luz no es esa: 
Ha de ser meteoro que el ausente 
Sol esta noche á que te alumbre envía 
El camino de Mantua. No te vayas: 
Quédate aquí conmigo todavía. 

Romeo. 

¡Préndanme, pues, y mátenme! Lo quiero, 
Ya que lo quieres tú. Que no es del día 
La luz diré, sino fulgor de luna; 



148 REVISTA NACIONAL. 



Ni alondra el ave que exhaló sus trinos 
Hacia el cóncavo cielo. He de quedarme. 
¡Venga la muerte, y bien venida sea! 
Julia lo quiere asi. ¿Qué dices? ¡Ea! 
Hablemos largo. De partir no es hora: 
Lo que brilla en el ciclo no es la aurora. 

JUUETA. 

¡Es el día! ¡Es el día! ¡Vete al punto! 
La alondra es la que canta ásperamente. 
¿Cómo podrán decir que dulcifica 
Despedidas de amor, si nos separa? 
Cuentan que con el sapo aborrecible 

Los ojos trueca ¡Oh si trocado hubiese 

También la voz que aparta nuestros brazos 

Y te alejó con anunciar el dia! 
Vete, Romeo, ya. La luz se aumenta. 

Romeo. 

Se aclaran los albores matutinos, 

Y se oscurecen más nuestros destinos! 

La Nodriza [adentro.'] 
¡Nifía! ¡Señora! Vuestra madre viene; 

Y amaneciendo está Cuidarse importa. 

Julieta. 

Deja, pues, ¡oh ventana! entrar el día, 
Ya que por tí se sale el alma mía. 

Romeo [poniejido el pie en la escaJa."] 
¡Adiós! Un beso, y parto. 

Julieta. 

¿Asi te has ido, 

Y te llevas mi dicha y mi reposo? 

¡Oh mi señor y bien! ¡Oh amado esposo! 



José M. Roa Barcena. 



PA1.SAJK.S. 119 



PAISAJES. 



X MANUEL GUTIÉRREZ NXJERA. 



MEHIDIES. 

Rojo, desde el zenit, el sol caldea. 
La torcaz cuenta al rio sus congojas, 
Medio escondida entre las verdes hojas 
Que el viento apenas susurrando orea. 

La milpa, ya en sazón, amarillea 
Cargada de racimos y panojas, 

Y reverberan las techumbres rojas 
En las vecinas casas de la aldea. 

No se oye extremecerse el cocotero 
Ni en la ribera sollozar los sauces; 
Solos están la vega y el otero, 

Desierto el robledat, secos los cauces; 

Y tendido á la orilla de un estero 
Abre el lagarto sus enormes fauces. 



II 

NOCTIFER. 



Todo es cantos, suspiros y rumores. 
Agitanse los vientos tropicales 
Zumbando entre los verdes carrizales. 
Gárrulos y traviesos en las flores. 



150 REVISTA NACIONAL. 



Bala el ganado, silvan los pastores, 
Las vacas van mugiendo á los corrales; 
Canta la codorniz en los maizales 
Y grita el guacamayo en los alcores. 

El día va á morir; la tarde avanza. 
Toca de pronto á la oración la esquila 
De la rústica ermita, en lontananza; 

Y Venus, melancólica y tranquila, 
Desde el perfil del horizonte Icgiza 
La luz primera de su azul pupila. 

Manuel José Othón. 

^^nta Bdrbara de TamauUpos, 1889. 



lUBLIOGRAFIA. 



MírtoSy por Enrique Fernández Granados. — Asienta Vapereau que 
tanto mayor debe ser el esfuerzo de un poeta en ajustarse á las reglas 
de la versificación y del buen gusto, cuanto más lo inciten sus con- 
temporán(?os á desligarse de ellas. Le poete doit se montrer d'autant 
plus respectueux envera les regles de la verdfieation, que ses contempo- 
rains VinvUent davantage á les ábandoner. 

Fernández Granados — autor de Mirtos, libro que hoy vamos á ana- 
lizar ligeramente — sin conocer quizá las palabras del crítico francés, 
las ha seguido con tal puntualidad y religioso celo, que bastaría su 
conducta, por sí sola, para probar cuan profunda verdad encerró el fa- 
moso autor del Dictionnaire XJniversel des Contemporaim y deX'-án- 
ncc lAttéraire et Dramaiique en su consejo tan oportuno y tan exacto. 

Que surja entre el inmenso número de producciones poéticas, abor- 
tadas por las inteligencias insipientes de escritores sin inspiración y sin 
talento, un libro delicioso, no solamente escrito, por lo general, en buen 



bibliografía. 151 



castellano, sino también con reminiscencias horacianas y con sabor ana- 
creóntico, es una muestra gallarda y prueba irrefutable que no admite 
contestación, de que la docta máxima de Vapereau, si cunde, regenera 
entendimientos extraviados, presta vigor y brillo á las imaginaciones 
atrevidas y triunfa de los enemigos que la ataquen, afianzará entre nos- 
otros — no se puede dudar — el eterno reinado de la belleza poética y 
de la inspiración bien dirigida. 

Bástele, pues, este único mérito al libro de Fernández Granados, si 
otros no contase: hallarse escrito de acuerdo con las leyes del idioma, 
déla versificación y del buen gusto, para que el público sólo tenga para 
él, los aplausos que con sobrada justicia les escatima á muchos. 

Conquistar este triunfo, no ha sido por lo demás el móvil del poeta: 
más noble, más desinteresado también es el que debemos concederle. 
Nace al mundo de la publicidad henchido de los más generosos senti- 
mientos: joven, poeta, amante de la literatura y de la patria, discípulo 
de eminentes escritores, compañero de progresistas, de jóvenes ena- 
morados de las letras, aspira en sus ensayos literarios á alcanzar ese 
ideal que perseguimos todos, y que quizá nunca veremos realizado: la 
regeneración completa de nuestra poesía. 

Nada hay por cierto más desconsolador ni más amargo; nada que in- 
funda en nuestro espíritu desaliento más grande, más profundo, que 
el triste estado á que la musa mexicana se encuentra reducida hace ya 
tiempo: los suyos la han olvidado por completo; aquellos á quienes 
niega sus favores, la escarnecen, la vilipendian públicamente, y mien- 
tras tanto, todos ignoran si las señales de vida que suele presentar son 
las postreras convulsiones de una agonía, ya larga por desgracia, ó los 
primeros augurios de una nueva existencia, feliz, deslumbradora y vi- 
gorosa. 

A los poetas de buena voluntad é inspiración lozana, corresponde 
acelerar esos días venturosos que todos anhelamos: los días de verda- 
dero esplendor para las letras; de gloria y de grandeza para las musas. 
Por fortuna sobran caminos que recorrer; abundantes veneros que ex- 
plotar, y fuentes limpísimas en cuyas claras linfas mitiguen su sed de 
inspiración nuestros poetas; cultiven estos con fe, con entusiasmo, con 
ardor, seguros del éxito, que será feliz sin duda alguna, esa hermosa 
poesía, virgen aún, que canta á nuestros héroes, que fustiga á los tira- 
nos, que subyuga y enloquece á las muchedumbres tumultuosas, y que 
refleja en si la historia, las grandezas, las tribulaciones, el cielo, las 



152 RE\'iaTA NACIONAL. 



costumbres y ]os paisajes de la patria: la poesía nacional, fuente inago- 
table de exuberante inspiración. Si para el cultivo de este género el 
poeta no contase con las dotes necesarias, conságrese en tal caso no á 
la imitación servil, trillada y degradante de los poetas españoles y fran- 
ceses, quizá menos elegantes é inspirados; entregúese sí, al estudio, al 
examen, á la meditación prolija de los eternos maestros de la belleza, 
de los poseedores de la inspiración más levantada: de los antiguos; es- 
coja á estos poetas por modelos, y los bienes que de ello les resulten 
serán innumerables. Cierto es que esta índole de estudios peca contra 
las inclinaciones literarias de nuestra época; pero no lo es menos que 
la influencia de la lectura de las obras clásicas, para cincelar la forma 
y depurar el gusto, es de una trascendencia indiscutible. 

Macaulay dice refutando á Mr. Mitford: "Si recordamos que aquella 
fué la inspiración que directa ó indirectamente produjo las más nobles 
creaciones del ingenio humano, que allí tienen su origen la inmensa- 
ilustración de Marco Tulio y sus imágenes brillantes, el íiiego devora 
dor de Ju venal, la imaginación plástica del Dante, la gracia incompa- 
rable del manco de Lepanto, del inmortal Cervantes, la profundidad 
de Bacon, el ingenio de Butler y la perfección suprema y universal de 
Shakespeare, ¿qué diremos entonces?'' 

Fernangrana ha comprendido la profunda verdad de estas aprecia- 
ciones literarias, y su inmensa veneración, su apasionado afecto á los 
clásicos griegos y latinos, se adivinan al leer las páginas de Mirtos: Ho- 
racio y Anacreonte aparecen allí como maestros consumados, como 
modelos irreprochables del joven autor. 

Horacio, el poeta, el preceptista, el Proteo de la literatura, como le 
llama un traductor, por la asombrosa variedad de aspectos literarios 
que presenta; Anacreonte, el dulce, el apasionado cantor de Theos que 
desde Simónides hasta Víctor Hugo, ha arrancado á los genios excelsos 
de la humanidad, á los príncipes de la literatura, las frases de admi- 
ración más entusiastas por "el arte sin arte y la ciencia sin ciencia de 
sus obras,'' como dice el eruditísimo Baraibar: he aquí las linfas tras- 
parentes y puras en que ha bebido Fernangrana la inspiración espar- 
cida en sus poesías. No exageramos al escribir este .artículo: basten .E^ 
Vino de Lesboa y El Brindis para comprender la exactitud de nues- 
tros juicios. En otra parte hemos hablado ya de la primera de estas 
composiciones: fresca, galana, inspiradísima, su lectura deja el sabor 
de la poesía antigua. Por lo que mira á El Brindis, anacreóntica que 



BIBLIOGUAFIA. 153 



reviste la forma, la elegancia, si se quiere hasta la desnudez distintivas, 
encontramos verdadero placer en copiarla íntegjra. Dice así: 

Cí^ronadas las frentes 
De mirto y rosas, 
Descubiertos los senos 

Y altas las copas, 

Por el cantor de Laura 
Brindan las mozas; 

Y á los brindis suceden 
* Bisas sonoras. 

Él entanto, beodo. 

El vino toma; 

Y, olvidando á su amada. 

Brinda por todas. 

Y al apurar del néctar 
La última gota, 

Ay! ... la imagen do Laura 
Mira en la copa! 

En qué versos tan breves ha encerrado Femangrana pensamientos 
tan hermosos, y cómo abunda su libro en composiciones eróticas, pe- 
queñas y sencillas, que expresan las ansias, los sufrimientos, los de- 
seos del poeta, herido á veces, sin que Amor lo pueda defender, por 
la^misma Laura á quien adora; 

Mas desdeñosa mientras más la adoro; 

felices otras, porque ella es la que le hace sufrir grandes tormentos; y 
cómo ansia también ser — le dice á Laura — 

La crucesita de oro 
Que llevas en tu seno; 
Que entonces mo darías 
En vez de pena y celos. 
Cuántas dulces miradas, 

Y cuántos, cuántos besos! 

ó bien la golondrina que cuelga su nido en la ventana de Laura, pues 

al acercarse la noche 

Y al brillar la luz del alba. 
Cuántas cosas cantaría 
Porque tú las escucharas! 



154 REVISTA NACIONAL. 



Brillan, según se ve en todas estas producciones de Fernández Gra- 
nados, cierta delicadeza de sentimientos poéticos, que explotada por él 
muy hábilmente, conmueve á los lectores sin parecerles afectada. En 
otras, |)or lo contrario, aparecen algunas descripciones que no me ex- 
plico cómo pudieron escapársele al autor, enemigo de ciertas liberta- 
des usadas muy comunmente por la escuela naturalista, aun cuando, 
por otra parte, goza en extremo con las escenas nada pudorosas por 
cierto de DaJnU y Che, y de otros monumentos semejantes de la li- 
teratura antigua. Verdad es que según Ticknor el amor puro es extre- 
madamente raro en la poesía castellana. Una nueva prueba de ello es 
el siguiente fragmento del delicioso romance de Fernández Granados, 
intitulado El Baño: 

Apenas despunta el alba, 
Llega la virgen al río, 
(¿ue se estremece de gozo 
Al presentir sus hechizos. 
Sonriendo se desnuda. 
Deja en la grama el vestido. 
Desprende i^u cabellera 
Que baja á su espalda en rizos. 

Y dejando descubiertos 
Sus hombros alabastrinos. 
Con sus dedos sonrosados 
Conteniendo los latidos 
D«:* .su delicado seno, 
Doabrtk'hase el corpino 

Y saltan ¡ayl pud«>rusos 
Sus lácteos senos virgíneos. 
Las ondas al recibirla 
Exhalan dulce gemido, 

Y como lluvia de perias 
Baña su cuerpo divino. 

Y se quedan cintilando 
Aquellos senos tan lindos 
Como botones do rosa 
Salpicados de rocío! 

EIn otra producción intitulada Ven ! abundan versos semejantes: 

más aún, consejos que tocan ya los límites de la inmoralidad, pues á 
tales extremos llega quien dice lo siguiente: 



bibliografía. 155 



Abre á mi amor ardiente 
Tu delicado seno, 
Hoy que Amor nos convida 
A que con él juguemos. 

Mira, tal vez mañana, 
Ya blancos tus cabellos, 
Eccordará que fuiste 
Rebelde á sus preceptos; 

Y entonce, aunque llorando 
Le ofrezcas mirtos bellos, 
Volara por no verte, 
Sin escuchar tus ruegos 

Ven, pues, y ú los acordes 
Del agua y de los céfiros 
Que entre las ro«as cantan 
Su dicha prisioneros; 

Al suspirar de amores 
Y al ruido do mis besos, 
Entonarán las aves 
El canto de Himeneo! 



Desnudeces son estas que se explican sin grande esfuerzo, en poetas 
que como Fernández Granados se encuentran en íntimo contacto con 
los griegos, y que poseen además el don de cultivar géneros diametral- 
mente diversos. En Mirtos hay, por ejemplo, una oda A Mariu, de 
tal sabor místico, que en ella la inspiración apacible del poeta y la san- 
ta ternura del creyente, forman la plegaria más dulce, la oración más 
expresiva de un corazón piadoso. Elegancia en la versificación; senci- 
llez y propiedad en las imágenes y en los pensamientos, suavidad en 
toda ella, son las cualidades de esta oda, que tiene por primeras estro- 
fas las siguientes: 

Eeina del cielo en donde el Sol fulgura; 

Dulce y divina Aurora; 

Única Virgen pura, 

A quien la corte celestial adora: 

Hoy que en tu amor mi corazón so inspira 

Acoge el canto de mi tosca lira! 

Tú del cansado y triste peregrino 
Eres madre amorosa 
En el Edén divino; 



156 REVISTA XACIONAL. 



Y en í;l desierto palma runiorosu 
A cuya .sombra del calor ?c abriga, 

Y fuente clara en que su sed mitiga. 

Fernández Granados ha reunido también en el libro de que habla- 
mos, dos imitaciones que ha hecho: una de la oda A'Neera^ de Hora- 
cio, y otra de La Cigarra^ de Longo, autor de DafnU y Cloe, novela 
que ha inmortalizado á estos pastores. 

Dafnis, velando el sueílo de la zagala, aparece entregado á las me- 
ditaciones más voluptuosas del amor: una cigaiTa en tanto, se introduce 
en el seno de la pastora y comienza á gorjear. Gloe se asusta, y Dafnis 
entonces 

Aprovechando la ocasión, la mano 

Mete en el seno virginal de Cloe, 

Y cuidadoso agarra 

Y saca á la cigarra, 

Que ni en la mano d^ él enmudecía. 

Cloe la miró gozosa, 

Tomóla, dióle un beso cariñosa, 

Y otra vez la llevó á su seno blando 

Y la cigarra allí siguió cantando! 

Sirvan estos versos tan deliciosos y sencillos, para probar la facili- 
dad con que imita Fernangrana. Como poeta original descariamos, sí 
tuviéramos las dotes necesarias, analizar sus tercetos á Laura; su le- 
trilla A Isabel, sus Cantares, su anacreóntica La fuente Castalia, sus 
sonetos A Heberto, La Gardenia, Carlota y algunas otras poesías pu- 
blicadas en este tomito, que por su lujosa y artística impresión honra 
á las prensas mexicanas. Ligeros defectos acortan sin embargo el mé- 
rito de las composiciones poéticas contenidas en él: el autor propende 
en los tercetos y en los sonetos á enlazar versos que son independien- 
tes; se toma también con alguna frecuencia — puede verse su soneto 
A Heberto — libertades que aun cuando usadas con mesura son permi- 
tidas, del abuso de ellas resultan en el estilo afectación y anfibología 
en el sentido; con algún esfuerzo se hallarían también frases incorrec- 
tas, como esta en Las Violetas: Decidla mis dolores, por Decidle mis 
dolores; La fuente cristalina = Al fin se vio liberta, en la poesía La 
Primavera, por al fin se vio libre que hubiera sido lo propio; no me- 
nor trabajo costaría hallar algunas asonancias muy próximas, como en 



bibliografía. 137 



el soneto A Heberto: "Este afán, este amor, esto que aiento;^^ en el ro- 
mance El Baño: "Que baja á su espalda en rizos;" "Aquellos senos 
tan lindos;" encontrar también algunos versos prosaicos, como en la 
pequeña producción A Laura: 

Si yofua'd golondrina 
Volaría á iit ventana; 

en los Cantares este otro, disculpable solo por el género de composi- 
ción en que se encuentra: 

Va no me gustan las rubias; 

y por último, en el fragmento de La Cigarra que hemos citado, se no- 
tarán estos dos, duros y desagradables: 

Y cuidadoso agarra 

Y saca ii la cigarra; 

en los cuales, por otra parte, abundan las aes. 

Por fortuna le sobran á Fernangrana ilustración y juicio para corre- 
gir los defectos de sus obras: él no dice, como muchos, lo que Bion 
de Smirna en los hermosos versos siguientes de su idilio V, traducido 
por el egregio Ipandro Acaico: 

Si de mis versos place la armonía. 
Basten los que hasta ahora 
Me concedió la Musa bienhechora 
A hacer eterna la memoria mía. 

Lejos de ello, Fernández Granados corregirá sus producciones poé- 
ticas, y quizá muy en breve un nuevo volumen suyo demostrará los 
progresos alcanzados por el poeta. Aliéntelo, pues, el público, y él co- 
rresponderá con creces á la indulgencia del lector. 

"Los aficionados á libros, dice D. Juan Valera, suelen cegarse con 
frecuencia y prestar á muchas obras literarias un mérito que no tie- 
nen, ^ esperar que logren una popularidad que al cabo no alcanzan." 
Vivamente deseamos que las palabras del insigne autor de las Cartas 
Americanas fallen en el presente caso, y que Mirtos alcance la popu- 
laridad que se merece. Cuenta para ello con una circunstancia espe- 
cialísima: es libro dictado por el Amor, y escrito á impulsos de una 



158 REVISTA NACIONAL 



pasión dominadora: en sus páginas no brillarán los destellos de inspi- 
ración propios tan sólo de los genios eróticos, pero siempre se encon- 
trará en cambio un afecto tierno y sencillo. 

Que el público conozca, pues, el valer de Enrique Fernández Gra- 
nados, y que los MiHos que hoy son el título de la primera colección 
de poesias de este inspirado joven, más tarde sean las simbólicas flo- 
res que adornen la frente del poeta! — Antonio de la PeSa y Reyes. 



Opúsculos imditos, — D. Joaquin García Icazbalceta, el insigne bió- 
grafo de Zumárraga, acaba de enriquecer la bibliograña mexicana con 
la publicación de un libro intitulado; Opúsculos inéditos^ latinos y cas- 
tellanos, del P. Francisco Javier Alegre, veracruzano, c?€ la Compañía 
de Jesús. 

La obra que anunciamos ha sido impresa por Díaz de León. Dicho 
queda con esto que corresponde la parte tipográfica á los méritos lite- 
rarios del libro. 

Los Opúsculos de Alegre que por vez primera se dan hoy á la luz 
pública, son: el Arte Poética de Boileau puesta en verso castellano con 
notas eruditísimas; la traducción, también en verso castellano, de las 
Sátiras 1*, 3*, 6* y 9* del libro primero de Horacio; la Epístola 6* del 
libro primero del mismo autor, y los siguientes trabajos en latín: Ho- 
merii Batrachoinymnachia, latinis canninibxis expressa, nonnuUis addi- 
tisy liber dngularis, In obitu Adolescentis. Epicedium, Horti dedica- 
tio Diance, Écloga. Nisus, In Obitum Francisci Plata, In Obiiwn 
ejusdem, Ad Joann. Berchmans Iconein, Ad B. Aloysii A Koskm Ico- 
nertí, Natalia Muñera, Prolusio Grammatica De Syntaxi. Precede á 
los Opúsculos un prólogo en el que da el Sr. García Icazbalceta noticia 
exacta de las obras de Alegre impresas hasta hoy, y de las inéditas, y 
refiere á seguida cómo adquirió la Poética y cómo la preparó para la 
prensa. También va al frente una excelente biografía de Alegre, tra- 
ducida del latín por el Sr. García Icazbalceta. 

Cuan diligente, cuan perseverante y cuan entendido sea el Sr. Gar- 
cía Icazbalceta para llevar á feliz término empresas de este género, co- 
sa es que sabe todo el mundo. Su fama de primer bibliógrafo mexi- 
cano, descansa en las ya numerosas obras que ha salvado del olvido 



bibliografía. 150 



y cuyo mérito ha acrecentado con notas que revelan su pasmosa eru- 
dición en punto á historia patria. Pero en el lihro de que hoy trata- 
mos, muéstrase no menos erudito en materia de bella literatura, y así 
el prólogo como las notas á él debidas y la Bibliografía sucinta de los 
autores citados en la traducción del Arte Poética, son testimonio elo- 
cuentísimo de que es magistral cuanto á su pluma se debe. 

Para comprender la importancia del servicio prestado á las letras 
con la publicación de los Opúsculos inéditos del P, Alegre y es preciso 
recordar que el ilustre veracruzano es uno de los escritores de que 
puede con justicia enorgullecerse nuestra patria. 

Seanos permitido al encomiar, cual lo merece, el nuevo libro del 
Sr. García Icazbalceta, hacer notar á este eminente escritor que si bien 
es cierto que Alegre no es vvuy canocido entre nosotros vmmoSj no han 
faltado quienes le tributen los homenajes á que es acreedor. Entre 
otros, el autor de estas líneas ha dicho en la biografía del humanista 
veracruzano, lo que sigue: 

'^Entre las muchas crónicas que de las órdenes religiosas nos que- 
dan, la del P. Alegre ocupa un lugar eminente y es de un valor ines- 
timable. El gran acopio de noticias históricas y biográficas que en ella 
se contiene; el buen método con que está escrita; la sencillez, sin de- 
generar en bajeza, del estilo; la suma claridad; la modestia que el au- 
tor revela; la verdad que respladece en todas sus páginas, hacen que la 
lectura de la obra de Alegre sea grata y provechosa aun para los que sin 
profesar sus mismas creencias, aun prevenidos en contra de la célebre 
Compañía, buscan en el estudio de su historia algo más que el pane- 
gírico de una orden ó la propagación de sus doctrinas. Estrechamente 
enlazada la historia de los trabajos apostólicos de los jesuítas con la 
historia civil de muchos pueblos que forman parte de la confederación 
mexicana, para saber los orígenes de Sonora, de Sinaloa, de Durango, 
de Chihuahua y de California, es indispensable acudir á Alegre, que 
con dotes no comunes narra el descubrimiento, la conquista y la civi- 
lización de aquellas y de otras regiones. Dos siglos abraza la ^'Historia'' 
del padre Alegre, siglos fecundos en acontecimientos, que dan mate- 
ria para extensísimos libros, y sin embargo, él, con excelente método, 
in omitir nada sustancial, nada que sea verdaderamente importante y 
digno de recordación, condensa en algunos centenares de páginas lo 
que otro habría referido en abultados volúmenes de cansada lectura y 
de difícilísima consulta. 



leO REVISTA NACIONAL. 



Cuando se escriba la historia critica de las letras de México y se ha- 
ga un estudio detenido, profundo, razonado, de nuestros historiadores 
y cronistas, el nombre de Alegre tomará mayores proporciones que las 
que hasta hoy ha alcanzado, y cuenta que no es de los menos esclare- 
cidos el que ya tiene. Tan correcto y castizo es, que al leer á Alegre 
nos parece que puso, en punto á la forma, el escrupuloso empeño del 
escritor académico que es capaz de sacrifícar por ella el fondo. Pasa- 
jes podríamos citar en los que con elocuencia y sencillez encantadoras 
se describen, ora los desoladores estragos de una peste, ora los desór- 
denes y crímenes de los filibusteros, ó bien el martirio de un apóstol del 
Cristianismo, ó el tránsito del misionero por entre bosques vírgenes y 
pueblos salvajes. 

Si alguna vez, obedeciendo á los dictados de una fe sencilla, cuenta 
Alegre prodigios obrados por la religión, milagrosos hechos que la mo- 
derna crítica rechaza, para no condenarle es bastante recordar su ca- 
carácter religioso, su educación, sus hábitos y el ñn que se propuso al 
escribir su historia, historia que, como él mismo dice en su prólogo, 
emprendió escribir en fuerza de orden superior, ^^ — F. S. 



Narraciones y Confidencias. — Con este título acaba de publicar en 
un volumen muy bien impreso, el joven é ilustrado escritor D. Alber- 
to Michel, una preciosa colección de artículos científico-literarios so- 
bre zoología, escritos en esa forma, tan galana como encantadora, que 
han hecho popular en Francia Julio Veme y Camilo Flammarión. 

Contiene el tomo, quince artículos, y una interesantísima monogra- 
fía, que trata de las preocupaciones que existen sobre algunos anima- 
les, y que el autor, además de enumerarlas las desmiente con razones 
tan convincentes como sencillas. 

Alberto Michel ha escrito un buen libro, y debe proseguir en el es- 
tudio de las ciencias naturales, tanto más, cuanto que en México son 
contados los jóvenes que las cultivan, y más contados aún los que las 
divulgan en un estilo tan bello y tan sencillo, como el que empleó en 
sus Narraciones y Confidencias, 



EL MAESTRO ALTAMIRANO. 181 



EL MAESTRO ALTAMIRAIÍO.' 



Sres. D. Enrique Fernández Granados, D. Alberto Michel, D. Luis 
González Obregón y D. Antonio de la Peña y Reyes. 

Agosto 4 de 1889. 
Queridos amigos: 

Bastante pena hubiera sentido, quizas hubiera tildado de olvido in- 
justo, que á una manifestación en honor de Altamirano, sus jóvenes 
discípulos de hoy no hubiesen pensado en asociar á un discípulo de to- 
da la vida. Agradezco á vdes., agradezco al Liceo su amable invitación. 
Por supuesto que á este agradecimiento va aparejada la firme resolu- 
ción, tomada apriori, lo confieso, de no concurrir personalmente á es- 
ta expresiva fíesta, que es ] ay I una despedida, de la familia literaria del 
Maestro. ¿Cómo conciliar estos sentimientos? Voy haciéndolo, como 
vdes. ven. Empezaré por explicarlos. 

Bajo esta mi montañosa apariencia, escondo una cantidad enorme de 
nervios en mal estado, en estado patológico ; quiero decir, aunque pa- 
rezca broma, que soy un nervioso, un neurópata probablemente. Por 
eso soy de los que no puedo decir adiós. Es para mí un sufrimiento no 
sólo moral, sino ñsico. 

Soy además un supersticioso. El Sr. Altamirano lo es también, aun- 
que creo que no lo confíesa. Más aún ; él, entre otras cosas buenas, que 
por supuesto no aprendí, me enseñó esta mala : ser supersticioso, la que 
sí aprendí inmediatamente por la sencilla razón de que ya la sabía; fui 
supersticioso porque ya lo era. Y esta, me lo temo, es incurable enfer- 
medad. La ignorancia, madre tenebrosa de la superstición, según el 
gran cliché puesto en moda por los filósofos del siglo pasado y sus hi- 
jos los revolucionarios franceses y sus nietos los revolucionarios mexi- 
canos, la ignorancia llega á ser una especie de odio intelectual para el 
espíritu que percibe su contraste con la luz ; pero la superstición de que 
hablo, hija más ó menos natural del sentimiento, no huye de la luz, si- 
no que la limita en la reconditez misteriosa del corazón, allí donde se 
siente el incontestable y angustioso anhelo de que, por no se cual pro- 

1 Carta leída en la velada literaria que celebró el Liceo Mexiccmo. 

B.V.-T.U-11 



102 JREVISTA NACIONAL. 



digio, resulte que lo que se nos propina como única verdad, sea menti- 
ra, y de que al fín sólo sean ciertas ( ¡ ay ! este fin no llega nunca) algu- 
nas caras é intangibles quimeras, sedimento hereditario de veinte gene- 
raciones de creyentes y alucinados que se deposita en lo más irreductible 
de nuestro ser, haciéndonos adorar secretamente todo lo que es ilusión 
y ensueño. | Ensueño, ilusión ! Una vibración que viene de la profun- 
didad de la noche y que articula en nuestro oído un nombre con una 
voz que creímos no volver á escuchar nunca, es una alucinación sin du- 
da, ¿ la creencia en el destino, que nos figuramos como una pupila de 
sombra que nos atisba desde la inmensidad, en la buena estrella que es 
la luz de esa mirada, en la mala suerte que es su noche, son otra cosa 
que insanias? ¿Por qué nos encariñamos con ellas tan tenaz y tan si- 
lenciosamente? Porque detrás de esas microscópicas creencias que per- 
sisten, tiemblan como llamas batidas por el viento, otras, las grandes, 
que proclamamos perdidas ; detrás de la voz nocturna está el deseo de 
la supervivencia del alma y detrás de la sombra del destino está la ne- 
cesidad inextinguible de algo que sea eternamente cierto y eternamente 

bueno no le buscaré sinónimos, le llamaré Dios. ¡ Ilusión, ensueño! 

¿No es la realidad pura ilusión según enseña la fílosoña? ¿Por qué la 
ilusión pura no habría de ser una realidad? 

Escribo esto de noche, una noche sin estrellas, no es estrafío que me 
haya expuesto á perder mi centro de gravedad en las agrias cuestas de 
la metafísica, y todo ello no es más que un largo circunloquio para pa- 
liar mi inímita cobardía ante un adiós. 

¡Y luego los recuerdos que esta triste palabra evoca, las innumera- 
bles moléculas de amargura que componen una sola lágrima de despe- 
dida! No sé si para vdes., pero para mí todo recuerdo es triste, no hay 
mayor dolor que el recuerdo, no sólo el del lempo felice nella miseria, 
sino todo recuerdo, en toda hora. El del tiempo feliz amarga, por pa- 
sado, y el del infortunio, porque si el tiempo hace al sufrimiento in- 
cierto, difundiéndolo en la corriente de la vida, en cambio lo hace más 
basto, hasta enlutarlo todo con él, hasta asombrarlo todo : yo creo que 
de aquí el pesimismo filosófico y literario de nuestra época. 

I Que si tendría para mí recuerdos un odios á Altamirano ! A tal pun- 
to, que no me atrevo á llamarlos sino sobrecogido de emoción ; todos 
entreduermen hacinados en mi memoria; podría hacerlos desfilará vues- 
tra vista, dulces y tristes, alegres y trágicos, gloriosos y lúgubres, pero 
melancólicos todos la procesión se os figuraría un entierro. Bus- 



EL MAESTRO ALTAMIRANO. 163 

coré entre mis reliquias algunas que sólo á mi me entristezcan. Y per- 
donad el yo; notad que es el único pincel con que puedo esbozar ante 
vosotros una figura querida. 

No cumplía catorce años cuando por primera vez vi á Altamirano en 
la tribuna de la Cámara. Mediaba el año de 61, y ; oh ! fortuna singu- 
lio", pronunciaba su discurso 'pro corona, digo, contra la ley de am- 
nistía. La pequeña estatura agigantada por el ademán y el acento, la 
altivez de la frente bajo la negra melena lacia, el crispamiento irónico 
de la gran boca suriana, la inaudita expresión de odio, de desprecio, de 
soberbia que se condensaba en relámpagos en la mirada y en sonorida- 
des vibrantes, calientes, extrañas en la voz, sin llegar al grito jamás, y, 
sobre todo, la palabra, la imagen, la idea, todo mesurado en medio de 
la pasión desbordante, todo artístico, correcto, rítmico, todo eso lo vi, 
lo oí, lo sentí por instinto ; ahora es cuando me doy cuenta de ello, pe- 
ro no lo olvido ; semejantes espectáculos no se olvidan jamás. 

Devoraba yo por aquellos días de fiebre en la sociedad y de fiebre en 
el alma Los Girondinos de Lamartine, la Biblia de los revoluciona- 
rios de quince años (aún el divino forjador no concluía de martillar en 
su fragua Los Miserables') y al oír aquel discurso y al ver á aquel hom- 
bre, el gran drama de la Convención vivió para mí, con la vida inten- 
sa de la sangre y del espíritu ; Camilo Desmoulins sin el balbuceo, por 
el arrebato y el sarcasmo, Vei^iaud por el clacísismo del método ora- 
torio, por la sobriedad y la seguridad de la cita histórica, por la esplén- 
dida vestidura de la metáfora, resucitaban á mis ojos en aquel orador 
de veintisiete años 

Vino después el gran paréntesis de la Intervención. Asi en su con* 
junto ese período aparece en mi memoria como un cuadro de Rem- 
brandt. Una masa densa de sombra surcada por un rayo de luz que to- 
ca y hace resaltar, aqui mitras, palios y coronas maravillosas, allá placas 
de diamantes, tísús bordados de perlas, mantos de seda, espaldas des- 
nudas, flores, músicas, uniformes de todos los matices, plumas de to- 
dos los colores, y detrás mieses ondulantes de sables y bayonetas, y en 
el fondo entre la luz y la sombra el vertiginoso ir y venir de los airo- 
nes rojos de las guerrillas por las vertientes de las sierras, y más allá, 
en plena sombra, la patria en agonía. Nosotros asistimos conmovidos, 
enardecidos y encantados á aquella espléndida mise en seene de la tra- 
gedia imperial ; lo que nosvenia de allende aquella muralla de oro, de 
fierro y de sangre, producía en los colegios un efecto de aerolito lento 



161 I REVISTA NACIONAL. 



trazando un surco de fuego en la negrura del espacio : un apotegma de 
Juárez, una carta de Lerdo, un estudio de Iglesias, un artículo de Ra- 
mírez, una oda de Prieto, un discurso de Altamirano, una canción de 
Riva Palacio, una proclama de Porfirio Díaz, eran acontecimientos in- 
mensos en nuestra vida literaria. Novias, fiestas, novelas, códigos, todo 
se eclipsaba, para nosotros ; la novia, la fiesta, el poema, la ley, estaba 
más allá del horizonte, allá donde despuntaba vaga y blanca la aurora 
de la resurrección. 

¡Con que emoción leíamos los versos de los poetas patriotas ! Todos 
sabíamos de coro aquellos de Altamirano escritos en un álbum al par- 
tir en 63 : 

Señora, adiós : en los oscuros días 
En que huyó de la Patria la victoria 
Una canción á mi laúd pedías 
Aquí dejo mi adiós 

Pero nada penetraba tanto en las fuentes mismas de nuestra emoción 
juvenil, nada hizo vibrar más en mí la fibra poética que comenzaba á 
esteriorizar en preludios apenas melodiosos, los anhelos del corazón, 
nada, digo, como la bellísima elejia Á Carinen. La María hecha des- 
pués y que todos hemos querido imitar, es admirable por su grave me- 
lancolía, pero el canto á Carmen arranca de una más íntima palpitación 
de la vida y de la juventud heridos por un gran dolor, es más expon- 
tánea, más gallarda en medio de la tristeza y de la muerte; es la mú- 
sica de un grito de sufrimiento humano, tierno, sensual y apasionado 
como pocos. Carmen es la poesía más genuina, más expresivamente 
romántica que ha producido la literatura patria. 

Cuando después del triunfo de la República, conocí á Altamirano es- 
taba convaleciendo de una penosa enfermedad y de una campaña opo- 
sicionista contra las tendencias anticonstitucionales del gobierno de en- 
tonces ; raras veces se han nutrido pasiones más vehementes con ideas 
más pensadas, ni en frases mejor armadas de todos los recursos del es- 
tilo se ha condensado más electricidad de ira y de desdén. Nosotros 
admirábamos los escritos, amábamos á los escritores, y un poco sorpren- 
didos y desconcertados procurábamos en vano caldear nuestra sangre 
con aquella implacable censura. Precisamente en los momentos en que 
dejaba Altamirano la pluma política y volvía todo su poderoso esfuer- 
zo hacia el renacimiento literario que apuntaba, tuve el honor de serle 
presentado. 



EL MAESTRO ALTAMIRANO. 166 

Ya saben vdes. cómo acoge á los muchachos, con qué alentadora ca- 
ricia en la frase y en el consejo rápido y seguro, y en la paciencia, en 
la milagrosa paciencia con que sabe escuchar, sin desmentirse, los dis- 
parates, el Mississipi de disparates que durante treinta aftos ha corrido 
ante él. Gomo tiene el don de abrir horizontes y de encender vocacio- 
nes, yo quedé pasmado, al salir de aquella entrevista, de la confianza 
que en mi mismo había adquirido. Esto si lo he perdido después, ba- 
jo mi palabra de honor ; pero entonces tenía veinte años, hacía los ver- 
sos que se hacen á esa temperatura y tenía un miedo horroroso de rom- 
per el círculo estudiantil que me los aplaudía. Llamar sobre mis com- 
posiciones la atención de los maestros, era un sueño. Aquel tiempo era 
mucho más respetuoso que éste, y aquellos maestros eran nuestros nú- 
menes literarios. 

Cuando venciendo mi timidez que hacía sonreír á Altamirano, hablé 
con él, me sentí otro, y me detengo un momento en recordar este es- 
tado de mi ánimo porque ha sido el de muchos de vosotros, amigos 
míos, en circunstancias análogas ; estoy seguro de ello. Mi nombre tra- 
jo á su prodigiosa memoria el de mi padre, me habló de él, me entu- 
siasmó, me cautivó, me hizo suyo lo soy todavía. Al día siguiente 

me llevó á una velada literaria en la casa del Sr. Payno. ¿ Qué hom- 
bres había allí ? La nobleza, la alta nobleza de las letras patrias : Prie- 
to me llamó su hijo con olímpica ternura; Ramírez me dio un consejo 
6 una broma ; Payno brindó conmigo ; Riva Palacio me habló de por- 
venir ; Gonzaga Ortíz se informó de mis aficiones literarias en un tono 
un poco marqaés es cierto, y Portilla, nuestro siempre llorado D. An- 
selmo de la Portilla, me comunicó instantáneamente su fervor por el 
ideal y por el arte. Y Altamirano que era allí el nifio mimado, me to- 
maba con tanto ardor bajo sus auspicios, que cuando conté todo esto, 
exagerándolo un poco, á mis compañeros de colegio, les pareció que ha- 
bía yo crecido, y algunos me dijeron adiós como si nos fuéramos á se- 
parar para siempre. Era verdad ; el claustro de la Encamación me aho« 
gaba, las columnas del Yinio me parecían una montaña sobre mi pecho 
y huí rumbo á los versos, rumbo á la gloria, me decía confidencialmen- 
te á mí mismo ; ¡ ay ! era yo muy niño. Dos días después leí á Altami- 
rano por primera vez, unos versos. (La Playera). Me dijo lo que sen- 
tía, y para animarme me leyó su Maria, y me pidió mi opinión ; pasa- 
mos juntos muchas horas. Y aquella visita se repitió cuatro ó cinco años 
-día por día. 



166 REVISTA NACIONAL. 



Larga, lenta comunión de ideas y de sentimientos que imprime ca- 
rácter á la vida entera. Allí pude aquilatar lo que valía el hombre ; des- 
de antes sabia lo que el orador, el novelista y el poeta valían. No sé 
qué imbécil ha dicho que Altamírano solía aplastar á los polluelos que 
abrigaba bajo sus alas de Águila. Yo sé bien, todos sabemos bien, que le 
contrario es lo cierto. Por eso su influencia en la moderna literatura 
vernácula, es superior á la de cualquiera otra personalidad ; por eso ha 
penetrado tanto, por eso jamás se olvidará. £1 cariño, el entusiasmo,, 
la adhesión que inspiraba, despertaban en él los mismos sentimientos. 
¡Oh! cuánto, cuánto podría yo contar en este punto; cuánto nosotros 
todos ! 

Su afán supremo consistía en buscar, en desentrafiar, en hacer venir 
á luz desde el fondo del espíritu del discípulo, una personalidad litera- 
ria más ó menos poderosa ; era un partero de almas como Sócrates. 

Su enseñanza prodigada á manos llenas, (oro regado; pero quizás 
no desperdiciado) ha sido colosal ; nunca reglas, siempre ejemplos ; los 
clásicos griegos, los latinos, los españoles, conocidos, comprendidos á 
fondo, eran la quilla, las velas y el timón de la nave en que nos ha con- 
ducido en un viaje perpetuo hacia lo ideal. La nave, ya lo veis, estaba 
hecha como la de los Argonautas, con madera de las sagradas encinas 
de Zeus. Una curiosidad infinita, una sed inagotable de emoción lite- 
raria, lo empujaba hacia todos los horizontes, á abordar á todas las pla- 
yas en que el verbo humano había sido informado por lo grande y lo 
bello. 

Así han pasado veinte años de un diálogo asombroso. Viajar es su 
método, no hay región del Pensamiento en donde no haya amarrado 
su barca, la flora ideal de las literaturas antiguas y modernas le han da- 
do todos sus perfumes, le han mostrado todos sus colores, lo han vis- 
to pasar sobre sus cálices llenos de miel, seguido de un enjambre de 
almas zumbadoras, y si no ha tenido tiempo para analizar y disecar, sí 
lo ha visto, lo ha sentido y lo ha aspirado todo. 

Un hombre así es un tipo único en nuestra historia literaria ; un hom- 
bre que sabe mostrar el modelo y puede crearlo, que con la palabra da 
el ejemplo, que dice cómo se hacen los versos y los compone admira- 
bles, que enseña la elocuencia y es un gran orador, que deslinda las 
condiciones de la novela nacional y hace Clemencia y el Zarco, no pro- 
yecta sobre un espíritu la luz y la sombra, sin dejar en él huella inde- 
leble, y el espíritu de que aquí se trata es el de dos generaciones de es- 



EL MAESTRO ALTAMIBANO. 167 

critores mexicanos. No es cierto, amigos mios, que cada uno de nos- 
otros al componer algo, verso ó prosa, nos hemos preguntado siempre 
¿qué pensará Altamirano de esto? 

Exhibir aqui los recuerdos íntimos de aquellos años de nuestra vi- 
da, contar sus peripecias, sus alegrías, sus dolores ; hablar de aquel hon- 
rado hogar donde al derredor de un ardiente emancipado intelectual, 
de un apóstol de todas las independencias exceptuando la del corazón, 
crecía una buena y sencilla familia de adopción por tantos de nosotros 
fraternalmente amada ; hablar de Margarita, la serenidad inmaculada 
de un rincón de aquel cielo tempestuoso, de su devoción conyugal, de 
su entusiasmo risueño y sano por nuestras producciones juveniles, de su 
piedad por nuestras desventuras, de Margarita, fígura dulce que pssa 
velada y pura por nuestra memoria y que lleva en pos todas nuestras 
bendiciones ; hablar de todo esto sería imposible ; sería tropezar con de- 
masiadas tumbas, sería evocar demasiadas sombras afligidas, abrir to- 
das nuestras heridas, reconstruir el pasado lágrima por lágrima. 

¡ Maestro ! Hacéis bien en usar de esta palabra, cuando de Altamira- 
no se trata, porque ella encierra un concepto filial. Hacéis bien en apre- 
taros aquí en su derredor como una sola familia, para decirle buen via- 
jcj haciendo votos secretos porque la nostalgia nos lo devuelva pron- 
to ; y todo con profunda emoción ; pero sin presentimientos ; el cariño 
que nos circunda en la vida, cuando es sincero y bueno como el vues- 
tro es el mejor de los presagios. 

Y no concluiré sin apiovechar la forzosa solemnidad de esta entre- 
vista para dar ante nuestros contemporáneos, en vuestro nombre y en 
el mío, testimonio do que merece haber sido nuestro maestro el Sr. Al- 
tamirano, porque jamás hemos oído de sus labios una enseñanza que 
no haya sido de dignidad y de honor ; porque jamás por culpa suya he- 
mos abrigado una intención dañada en nuestro corazón, porque jamás 
por culpa suya hemos profanado el amor, ni desesperado de la justicia, 
de la libertad y de la patria, triple forma de una sola religión, la reli- 
gión del deber. 

Y al calce de estas palabras, puedo despedirme de él como solemos 
después de largos meses de no vemos, separamos al fin de largas plá- 
ticas noctumas por las calles desiertas : 

— Buenas noches, hijo mío. 

— Hasta luego, maestro. 

Justo Sierra. 



168 REVISTA NACIONAL. 



DON JULIÁN VELLAGRAN. ' 



El pueblo español ha sido siempre celoso de sus glorias, y ha sabi- 
do, por lo mismo, honrar á sus héroes. Leed su historia, y veréis enal- 
tecidos en ella á sus campeones más esforzados, hasta el extremo de que 
reviste el carácter de una epopeya, y es más bien un canto que una na- 
rración concisa y severa. 

Nosotros, aunque descendientes de ese pueblo, parece que no hemos 
heredado de él la gran virtud que inspira esos homenajes que se tribu- 
iiú. á los que dieron su sangre y aun su vida misma por la patria, y has- 
ta hace muy poco tiempo, carecimos de una historia que narrase en to- 
do su esplendor y en toda su grandeza tantos y tan heroicos hechos co- 
mo fueron los consumados en la guerra de Independencia y en las in- 
vasiones extranjeras que la nación ha resistido. 

Episodios brillantes, de los que se enorgullecería el pueblo más va- 
leroso del mundo ; acciones levantadas que cualquiera pregonaría con 
noble entusiasmo ; sacrificios cruentos que merecen eterna recordación, 
apenas si se conocen, apenas si el historiador los juzga dignos de su plu- 
ma, y apenas si algún poeta ilustre los ha cantado. 

Tamaña injusticia no reconoce otro origen que el que en otros es- 
critos de la Índole del presente le hemos asignado : la obra de Alamán. 
Obedeciendo á móviles que cualquiera calificará duramente, el funda- 
dor de la moderna historia de México opacó hasta donde le fué dado 
las glorias de nuestros proceres ; tergiversó maliciosamente sus hechos ; 
falseó la verdad ; manchó muchos nombres ilustres, y hasta revolvió sus 
cenizas para esparcirlas, para que ni rastro quedase de los que habían 
amado la libertad y muerto por ella. Alamán escribió con ira en con- 
tra de los independientes más conspicuos, les atribuyó crímenes y ba- 
jezas, puso todo su conato en hacerlos aparecer como foragidos y ban- 
doleros, y cuanto á los de menor talla los relegó al desprecio, es decir, 

1 Ck)n datos por extremo deficientes, formé hace algunos afios unos breves apun- 
tamientos biográficos del Sr. vmagr&n, que son los que figuran en las páginas 1,078 
& 1,063, de mi obra: BiografUu de Mexicanos Distinguido*. Hoy, merced á las noti- 
cias publicadas por El Erploradar de Pacbuca, en su numero de 8 del corriente mes 
de Agosto, me es dado rcftindir aquellos apuntamientos y subsanar los errores y 
omisioneB en que incurrí al tratar por primera vez del héroe mexicano. 




DON JULIÁN VILLAGRAN. 1» 



al olvido. Y como Alamán era personaje en un partido que imperó lar- 
gos años, sin contradicción fueron arraigándose sus calumniosas rela- 
ciones, y su criterio fué durante mucho tiempo el criterio de una gran 
parte de la sociedad mexicana, y su obra fuente envenenada en que be- 
bían los extraños que querían conocer nuestra historia. 

Alamán llevó su saña contra los que le dieron patria, al extremo de 
turbar la común alegría en las fiestas del 16 de Septiembre, invocando 
la historia por él mismo trazada, con el fin de que no se honrase á los 
primeros caudillos de la Independencia. Fué más lejos todavía: abu- 
sando de su influencia política, de su poder diremos mejor, violó el se- 
pulcro del conquistador de Anáhuac y mandó al extranjero sus cenizas 
que descansaban por su propia voluntad en nuestra tierra, atribuyendo 
á los mexicanos la idea indigna de querer violar la tumba de Cortés. 
I Cómo si un pueblo valiente pudiera nunca dejar de ver con admira- 
ción y con respeto al esforzado capitán que con inaudito valor consu- 
mó una de las más grandiosas epopeyas del mundo 1 

Nueva corriente de ideas va, por fortuna,, en nuestros días disipando 
los errores por Alamán inculcados, y vemos asi que, como si se levan- 
taran de sus sepulcros, van apareciendo las nobles figuras de nuestros 
héroes, como evocadas por la mágica voz de la nueva generación que 
ansiosa de conocer la verdad, inquiere, revuelve antiguos manuscritos 
y coloca en un pedestal de gloria los nombres de los caudillos de la li- 
bertad mexicana. 

Hay uno, entre esos caudillos, acreedor como el que más, á los loo- 
res de la fama y á la corona de la inmortalidad: D. Julián Villagrán á 
quien con justicia puso el ¡lustre Quintana Roo en parangón con el de- 
fensor de Tarifa, Alfonso Pérez de Guzmán, conocido en la Historia por 
Chiznián el Bueno, 

Nació D. Julián Villagrán en Huichapan, del Estado de Hidalgo, el 
día 9 de Enero de 1756, y fué hijo de D. Miguel Villagrán y de D» Ger- 
trudis Callejas. ^ 

1 He aquí, con su propia ortografía, la fS de bautismo de ViUagrán : 



Mabimo 

JULIAH 
ESPAftOIi 



En diez do hcncro de mil. aetesicntos, y sinquenta y seis afios, Y?» 
P, Baptisé, solemne, mente; Amacsimo,Julan,c8i>afioly hijo legítimo 
de Miguel, de VUlográn, 7 de Gertrudis CaUeJas, nieron, sus padrinos, 
Manuel Josephc, de Villagrán, 7 María; Josepha, mejía, les advertí, su 

obUgaciOn, 7 lo íirmé. ^ ^ . . ^ ^^, 

B. Morales, Ber.lAíU AtUñ Zuñiga. 



j^ 



170 REVISTA NACIONAL. 



De cómo corrieron los afios de su vida hasta el de 1810 de eterna 
recordación en los fastos de la libertad americana, imposible es dar no- 
ticia exacta; ni importa en verdad averiguarlo, puesto que la gloria de 
Villagrán está fíncada en la participación que tomó en la guerra de In- 
dependencia. 

Breve, más no por eso menos heroica, fué su carrera militar, como 
vamos á ver en seguida. 

Huichapan fué uno de los pueblos que primero secundaron el grito 
de libertad dado en Dolores el 16 de Septiembre de 1810, puesto que 
ya en Octubre del mismo afio Villagrán y otros muchos vecinos se al- 
zaron en armas. Desde esa fecha, el intrépido Villagrán mantuvo en 
constante agitación un inmenso territorio, dando por donde quiera pro- 
digiosas muestras de valor. 

El 28 de Noviembre del mismo año, unido á D. Miguel Sánchez ata- 
có y tomó á San Juan del Rio, y dos días después emprendió el asalto 
de Querétaro, aunque sin éxito feliz. No desmayó por esto ; antes bien, 
en unión de su hijo José María, continuó peleando por la causa de la 
Independencia hasta el 3 de Mayo de 1813 en que el jefe realista Mon- 
salve con numerosas fuerzas atacó á Huichapan, tomándolo en la ma- 
fiana del 4, haciendo prisionero á José María Villagrán y á otros mu- 
chos. 

D. Julián defendía á la sazón la plaza de Zimapán. Intimóle el ven- 
cedor rendición bajo la promesa de dar libertad á su hijo José María y 
de indultarle á él. Villagrán sacrifícando en aras de la patria el entra- 
ñable amor paternal, rechazó heroicamente aquella proposición y los de- 
fensores del rey inmolaron á José María Villagrán el día 5 de Mayo de 
1813 en el repetido pueblo de Huichapan, escogiendo para la ejecución 
la esquina de la propia casa de la víctima, en la cual esquina quedaron 
estampados los sesos del joven y bizarro insurgente. 

Las gacetas del Gobierno virreinal queriendo oscurecer la gloria de 
D. Julián Villagrán, le llamaron padre desnaturalizado y dijeron que 
había sido en él un acto de barbarie no salvar la vida de su hijo acep- 
tando las condiciones de Monsalve. No faltó empero, quien echase en 
cara á los dominadores su inconsecuencia al vituperar en un america- 
no un hecho que tanto ensalzaban en su paisano Pérez de Guzmán. 

A este episodio de nuestra historia aludió el venerable Quintana 
Roo, cuando dijo en uno de sus elocuentísimos discursos : *^ Conducido 
por la traición al glorioso altar del martirio, unió su sangre á la de su 




DON JULIÁN VILLAGRAN. 171 

propio hijo que rehusó redimir al vil precio de un vergonzoso rendi- 
miento, dejando eclipsada con tan generoso sacrifício la hazafía justa- 
mente celebrada del defensor de Tarifa, que en el héroe mexicano, do- 
blemente meritoria, se vituperó como un acto de barbarie, por una de 
aquellas inconsecuencias que no puede disculpar ni el desconcertado 
aturdimiento del espíritu de partido." , 

Con efecto : después de inmolar en Huichapan á más de cincuenta 
de los vencidos, se dirigió Monsalve á la plaza de Zimapán, y la ocupó 
sin esfuerzo alguno, pues sus defensores, capitaneados por D. Julián Vi- 
Uagrán, la habían abandonado antes, por no contar con elementos pa- 
ra oponer fructuosa resistencia. 

Refugióse D. Julián en San Juan Amajac, en donde, por traición de 
algunos de sus mismos soldados, fué aprehendido por los realistas. Con- 
ducido á Huichapan, fué allí pasado por las armas el día 6 de Julio de 
1813, y separada su cabeza del tronco y puesta en un garfio y una vi- 
ga, fué colocada frente á la de su hijo que ya estaba en un costado de 
la capilla de San Mateo. ^ 

Fué D. Julián Villagrán, al decir del autor de los apuntamientos que 
nos sirven de guía, " de estatura alta, fornido, de ima fuerza desmedi- 
da pues que de un golpe de mano tiraba una muta, y á los hombres, 
por vía de chanza y cuando le ganaban en el juego, los tomaba de los 
dos pies, y, cabeza abajo, los sacudía para vaciarles los bolsillos. Por 
esa fuerza, sin duda le pusieron el sobrenombre de "El Encino." Su 
color era rosado y de rostro encendido ; cara larga y pómulos huesosos ; 
frente regular, ojos pardos, cejas excesivamente pobladas, y tan recias 
que sobre ellas paraba una moneda de plata, de á peso, y la mantenía 
sin que cayera ; nariz algo aguileña y abultada sin ser deforme ; boca re- 
gular ; barba castaña obscura y poblada, dejándose patillas. Vestía dor- 
mán, chaleco derecho y pantalón de paño al uso de su época, y algunas 
veces calzoneras y botas de campana, con su respectivo puñal. " 

Cupo á Villagrán la gloria de haber sido uno de los primeros que se- 
cundaron el grito de libertad dado en Dolores, y si bien su carrera mi- 

1 El acta do Inhumación dice así: 

" En el campo santo nuevo, en seis de Julio de mil ochocientos trece so dló sepul- 
tura Ecca. al cadaber de Julián VUlagrán Espafiol do esto Pueblo de Huichapan, 
casado que íUé con Dofia María Anastacia Mejía, dojó dos hijos y seis hijas, reci 
1)16 los Santos Sacramentos, fué pasado por las armas, por primer cabecUla de la 
Insurrección en esta Jurisdicción, 7 por que consto lo flrmé.— «7(M¿ Julián Teodoro 
Ooiualet," 



172 REVISTA NACIONAL. 



litar fué corta, no por eso fué menos heroica ; llegando á la sublimidad 
al tocar á su término. Justiciera la posteridad ha convertido el nombre 
de Villagrán en título de honra para el suelo en que se meció su cuna, 
frustrando así los pérfidos designios de los que como Alamán, quisie- 
ron presentarle como á uno de tantos bandidos que so capa de luchar 
por una causa noble y s^ta siembran á su paso el robo y el extermi- 
nio. Del propio modo irán, á medida que las investigaciones históricas 
adquieran mayor ensanche, desvaneciéndose tantos y tan groseros erro- 
res como divulgaron los partidarios del antiguo régimen, respecto á las 
más excelsas fíguras de la revolución de 1810. 

Villagrán, á quien sus coetáneos llamaron el Encino por su fortale- 
za insuperable, cayó derribado por el rayo de la traición ; pero resurge 
hoy para recibir el homenaje de las nuevas generaciones que rinden cul- 
to á la Patria, á la Libertad y á los héroes. 

Francisco Sosa. 

México, Agosto 12 de 1889. 



ABEJA. 



[^Continúa.'] 

CAPITULO IX. 

DONDE SE VE COMO ABEJA FCÉ CONDUCIDA ENTRE LOS ENANOS. 

La luna se había elevado arriba del lago, y las aguas no reflejaban 
más que su disco. Abeja dormía aún. El Enano que la había visto vol- 
vió hacia ella montado en su cuervo. En esta vez venía seguido de una 
multitud de pequeños hombres. Eran hombres muy pequeños. Una 
barba blanca les caía hasta las rodillas. Tenían el aspecto de ancianos 
con tallas de niños. Por sus delantales de cuero y sus martillos, que 
llevaban suspendidos á la cintura, se les reconocía por obreros que tra- 
bajan los metales. Extraño era su modo de andar ; saltaban á grandes 
alturas y hacían primorosas volteretas, mostrando una inconcebible agí- 



AB£JA. 173 

lidad, y en esto eran menos semejantes á los hombres que á los espí- 
ritus. Pero hacían sus más juguetonas cabriolas, guardando ima gra- 
vedad inalterable, de suerte que era imposible distinguir su verdadero 
carácter. 

Se colocaron, en círculo, al rededor de la dormida. 

— Y bien! dijo, desde lo alto de su emplumada cabalgadura, el más 
pequefio de los Enanos; y bien! ¿os he engafíado, al advertiros que la 
más linda princesa dormía al borde del lago, y no me dais las gracias 
por habérosla mostrado? 

— Te las damos, Bob, respondió uno de los Enanos, que tenía la fa- 
cha de un viejo poeta ; en efecto, nada hay en el mundo tan lindo co- 
mo esta joven señorita. Su color es más rosado que la aurora que se 
eleva sobre la montaña, y el oro que nosotros forjamos no es tan bri- 
llante como el de esta cabellera. 

— Es verdad, Pie; Pie, ¡nada es más cierto! respondieron los Ena- 
nos; ¿pero qué haremos con esta linda señorita? 

Pie, semejante á un poeta de mucha edad, no respondió nada á la 
pregunta de los Enanos, porque no sabía, mejor que ellos, lo que se de- 
bía de hacer con la linda señorita. 

Un Enano, llamado Rug, les dijo : 

— Construyamos una gran jaula y la encerramos en ella. 

Otro Enano, llamado Dig, combatió la proposición de Rug. Según el 
parecer de Dig, sólo se enjaulan á los animales salvajes, y hasta enton- 
ces nada podía hacer creer que la preciosa señorita perteneciese á 
aquellos. 

Pero Rug sostenía su idea, no teniendo otra con que poderla subs- 
tituir. La defendió con sutileza: 

— Si esta persona, dijo, no es salvaje, no dejará de serlo por el efec- 
to de la jaula, que llegará á ser, en consecuencia, útil y asimismo in- 
dispensable. 

Tal razonamiento desagradó á los Enanos, y uno de ellos, llamado 
Tad, lo condenó con indignación. Era un Enano lleno de virtud. Pro- 
puso que se condujera á la bella niña con sus padres, que pensaba se- 
rían poderosos señores. 

El parecer del virtuoso Tad fué rechazado como contrario á las eos* 
tumbres de los Enanos. 

— Es la justicia, decía Tad, y no la costumbre la que se debe seguir. 

No se le escuchó más, y la asamblea se ajitaba tumultuosamente. 



174 REVISTA NACIONAL. 



cuando un Enano, llamado Pau, que tenia el carácter sencillo, pero jus- 
to, dio su opinión en estos términos : 

— Es preciso que comencemos por despertar á esta señorita, puesto 
que por sí misma no despierta ; si pasa la noche de este modo, tendrá 
mañana las pupilas hinchadas y perderá su belleza ; porque es muy mal 
sano dormir en un bosque y á la orilla de un lago. 

Fué generalmente aprobada esta opinión, porque no contrariaba á 
ninguna otra. 

Pie, semejante á un viejo poeta, agobiado de males, se aproximó á la 
joven y la contempló gravemente, pensando que una sola de sus mira- 
das bastaría para sacar á la dormida, del fondo del más pesado sueño. 
Pero Pie abusaba del poder de sus ojos, y Abeja continuó dormida con 
las manos enclavijadas. 

Viendo esto, el virtuoso Tad la estiró dulcemente por el vestido. En- 
tonces entreabrió los ojos y se levantó apoyándose en el codo. Cuando 
se víó en un lecho de musgo, rodeada de Enanos, creyó que lo que veía 
era un sueño ; se frotó los ojos para abrirlos, y á fm de recibir en lugar 
de la visión fantástica, la luz pura que todas las mañanas penetraba en 
su azul alcoba, donde creía estar. Porque su espíritu engolfado por el 
sueño, no la recordaba la aventura del lago. Pero apesar de restregarse 
los ojos, los Enanos no salían, y le fué preciso creer que eran verdade- 
ros. Entonces, paseando sus miradas inquietas por la floresta, juntó sus 
recuerdos y con angustia gritó : 

— ¡Jorge! ¡mi hermano Jorge! 

Los Enanos se acercaron á su rededor, y ella de miedo de verlos, se 
cubrió el rostro con las manos. 

— Jorge ! Jorge ! ¿ dónde está mi hermano Jorge? exclamó sollozando. 

Los Enanos no se lo dijeron por la sencilla razón de que lo ignora- 
ban. Y ella derramaba vivas lágrimas llamando á su madre y á su her- 
mano. 

Pau tuvo ganas de llorar como ella ; pero penetrado del deseo de con- 
solarla, le dirigió algunas palabras sin sentido. 

— No os atormentéis, le dijo ; sería una lástima que una señorita tan 
linda, se dañara los ojos por llorar. Mejor contadnos vuestra historia, 
que no dejará de ser divertida. Tendremos mucho gusto en oiría. 

No lo escuchó. Se levantó y quiso huir. Pero sus pies inflamados y 
desnudos, le causaron un dolor tan vivo, que cayó sobre sus rodillas so- 
llozando. Tad la sostuvo en los brazos y Pau le besó dulcemente la ma- 



ABEJA. 175 

no. Fué por esto por lo que se atrevió á mirarlos y vio que tenían un 
aire lleno de piedad. Pie le pareció un ser inspirado, pero inocente, y, 
dándose cuenta de que todos estos pequeños hombres eran muy bené- 
volos, les dijo : 

— Pequeños hombres, es lástima que seáis tan feos; pero os amaré 
lo mismo, si me dais que comer, porque tengo hambre. 

— ¡Bob! — exclamaron á la vez todos los Enanos; — id a buscar co- 
mida! 

Y Bob partió sobre su cuer\'o. Todos los Enanos resintieron la in- 
justicia que cometía la niña con encontrarlos feos. Rug estaba muy 
colérico. Pie se decía : " Esta no es sino una niña, y no vé el fuego del 
genio que brilla en mis miradas, y que les da al mismo tiempo, la fuer- 
za que aterra y la gracia que encanta.'' Pau pensaba: ''Mejor hubiera 
sido no despertar á esta joven señorita que nos encuentra feos. " Pero 
Tad dijo sonriendo: 

— Señorita, nos encontraréis menos feos, cuando nos améis.mucho. 
A estas palabras, Bob reapareció sobre su cuervo. Llevaba sobre un 

plato de oro, una perdiz asada, con un pan de harina flor y una botella 
de vino de Burdeos. Depositó la comida á los pies de Abeja, haciendo 
un número incalculable de volteretas. 

Abeja comió y dijo : 

— Pequeños hombres, vuestra comida está muy buena. Me llamo 
Abeja; busquemos á mi hermano y vamos juntos á los Clarides, don- 
de mamá nos espera con mucha inquietud. 

Pero Dig, que era un buen Enano, manifestó á Abeja que estaba in- 
capaz de andar; que su hermano era bastante grande para no estraviar- 
se ; que nada le podía haber sucedido en este país donde los animales 
feroces habían sido destruidos. Añadió: 

— Haremos una camilla, la cubriremos con un pabellón de hojas y 
de musgo, os acostaremos, os llevaremos asi acostada á la montaña, y os 
presentaremos al rey de los Enanos, como lo exige la costumbre de nues- 
tro pueblo. 

Todos los Enanos aplaudieron. Abej» contempló sus pies adoloridos 
y guardó silencio. 

Estaba contenta con saber que no había animales feroces en el país. 
Por lo demás, se atenía á la amistad de los Enanos. 

Ya ellos construían la camilla. Aquellos que se habían comprome- 
tido, cortaban por su base, á grandes golpes, dos jóvenes sabinos. 



176 REVISTA NACIONAL. 



Rug, al ver esto, insistió en su idea. — ¿Si en lugar de una camilla, 
dijo, construyéramos una jaula? 

Pero se levantó una reprobación unánime. Tad lo miró con menos- 
precio, y exclamó: 

— Rug, te asemejas más á un hombre que á un Enano. Pero esto, 
al menos, tiene el honor de nuestra raza: que el más malvado de los 
Enanos es también el más bestia. 

No obstante, el trabajo se proseguía. Los Enanos saltaban en el ai- 
re para alcanzar las ramas que cortaban al vuelo, y con las cuales for- 
maban hábilmente un asiento. 

Habiéndolo cubierto de musgo y de hojas, hicieron sentar á Abeja; 
después lo tomaron á la vez dos cargadores ¡ hé I se lo pusieron sobre 
la espalda ¡hop! y siguieron el camino hada la montaña ¡hip! 



CAPÍTULO X. 

QUE RELATA FIELMENTE LA ACOOmA QUE EL RET LOG HIZO A ABEJA 

DE LOS CLARIDES. 

Subieron por un camino ruinoso el costado del bosque. En la verdura 
gris, los encinos enanos, los pedruzcos de granito, estériles y enmohe- 
cidos, se levantaban aquí y allá, y la montaña rojiza, con sus gargantas 
azuladas, cerraba el áspero paisaje. 

El cortejo, que presidía Bob, sobre su montura alada, se perdía en la 
hendedura tapizada de zarzas. Abeja con sus cabellos de oro esparcidos 
sobre sus espaldas, semejábase á la aurora que se levanta en la mon- 
taña, si es que algunas veces la aurora se asusta, llama á su madre y 
trata de huir, porque la niña sintió estas tres cosas, cuando percibió 
confusamente á los Enanos, terriblemente armados y emboscados en 
todas las fragosidades de la roca. El arco blandido y la lanza en pre- 
vención, los tenía inmóbiles ; y los largos cuchillos que pendían de sus 
cinturas, les daban un aspecto terrible. La caza de pelo y de pluma ya- 
cía á sus pies. Pero estos cazadores, á no verles sino el rostro, no tenían 
el aire feroz ; al contrario, parecían dulces y graves como los Enanos de 
la floresta, á quienes se parecían mucho. 

De pié, en medio de ellos, estaba un Enano lleno de migestad. Lle- 
vaba en la oreja una pluma de gallo, y en la frente una diadema, ador- 



ABEJA. 177 

nada con flores de enormes piedras preciosas. Su manto, levantado en 
la espalda, dejaba ver un brazo robusto, cargado de pulseras de oro. Un 
cuerno de marfil y de plata cincelada, pendía de su cintura. Apoyaba 
la mano izquierda sobre su lanza, en aptitud de la fuerza en reposo, y 
tenía la derecha arriba de los ojos, para mirar del lado de Abeja y de 
la luz. 

— Rey Loe, le dijeron los Enanos de la floresta, te traemos á la her- 
mosa niña que hemos encontrado : se llama Abeja. 

— Habéis hecho bien, dijo el rey Loe. Vivirá entre nosotros como lo 
exige la costumbre de los Enanos. 

Después aproximándose á Abeja: 

— Abeja, le dijo, sed bienvenida. 

Le habló con dulzura, porque ya sentía amistad por ella. Se alzó so- 
bre la punta de los pies para besar la mano que le abandonaba, y le ase- 
guró que no solamente no se le haría ningún mal, sino que se le cum- 
plirían todos sus deseos, cuando necesitase collares, espejos, lanas de 
Cachemira y sedas de la China. 

— Quisiera zapatos, respondió Abeja. 

Entonces el rey Loe tocó con su lanza el disco de bronce, que esta- 
ba suspendido en la pared de roca, y al instante se vio venir, del fondo 
de la caverna, alguna cosa que rodaba como bola. Creció esta, y des- 
cubrió la figura de un Enano, que recordaba por el rostro, los rasgos 
que los pintores dan al ilustre Belisario ; pero cuyo mandil de cuero, 
revelaba que era un zapatero. 

Era, en efecto, el jefe de los zapateros. 

— Truc, le dijo el rey, escoged en nuestros almacenes el cuero más 
flexible, tomad telas de oro y plata, pedid al guardián de mi tesoro mil 
perlas de la mejor agua, y componed con este cuero, estas telas y estas 
perlas, un par de zapatos para la joven Abeja. 

Oídas estas palabras, Truc se arrojó á los pies de Abeja y le tomó me- 
dida con exactitud. Pero ella dijo : 

— Pequeño rey Loe, que me den inmediatamente los bellos zapatos 
que me habéis prometido, y cuando los tenga, volveré á los Clarides 
con mi madre. 

— Tendréis los zapatos. Abeja, respondió el rey Loe; los tendréis pa- 
ra permanecer en la montaña y no para volver á los Clarides, porque 
no saldréis más de este reino, donde aprenderéis bellos secretos que no 
han sido descubiertos sobre la tierra. Los Enanos son superiores á los 

B.N.-T.II-11 



180 REVISTA NACIONAL. 



tretanto, esa gravedad augusta que la escultura ha dado á la faz de los 
grandes hombres de la antigüedad. 

Nadie estaba ocioso y todos se entregaban á su trabajo. Cuarteles en- 
teros resonaban con el ruido de los martillos ; las voces desgarradoras 
de las máquinas se desvanecían en las bóvedas de las cavernas, y era 
un curioso espectáculo ver la multitud de mineros, herreros, batidores 
de oro, lapidarios, pulidores de diamantes, manejar con destreza el pi- 
co, el martillo, la tenaza y la lima. Pero había una región más tran- 
quila. 

Ahí, molduras gruesas y fuertes, pilares informes, salían confusa- 
mente de la roca bruta, y parecían datar de una antigüedad venerable. 
Ahí, un palacio con puertas bajas extendía sus formas pesadas: era el 
palacio del rey Loe. La casa de Abeja era todo lo contrario, casa ó más 
bien casita que sólo contenía un aposento, el cual estaba tapizado de 
muselina blanca. Los muebles de sabino sentaban bien en aquella al- 
coba. Una hendedura de la roca dejaba penetrar la luz del cielo y, en 
las tranquilas noches, se veían las estrellas. 

Abeja no tenía criados titulados ; pero todo el pueblo de los Enanos 
se disputaba, á porfía, el proveer á sus necesidades y el cumplir todos 
sus deseos, menos aquel de volverla á la tierra. 

Los más sabios Enanos, que poseían grandes secretos, se complacían 
en instruirla, no con libros, porque los Enanos no escriben, pero sí en- 
señándole todas las plantas de los montes y de las llanuras, las espe- 
cies diversas de animales y las variadas piedras que extraían del seno 
de la tierra. Con ejemplos y con espectáculos era como le enseñaban, 
con una alegría inocente, las curiosidades de la naturaleza y los proce- 
dimientos de las artes. 

Hacían tales juguetes, como nunca los han tenido los niños de los 
ricos de la tierra. Porque estos Enanos son industriosos é inventan 
máquinas admirables. Fué así como construyeron para ella, muñecas 
que sabían moverse con gracia y expresarse según las reglas de la poe- 
sía. Cuando se les juntaba sobre un pequeño teatro, cuya escena repre- 
sentaba la rivera de los mares, el cielo azul, los palacios y los templos, 
ejecutaban las más interesantes acciones. A pesar de que no median 
más que un brazo de altura, semejábanse exactamente unas á ancia- 
nos respetables, otras á hombres en la fuerza de la edad, ó á bellas jó- 
venes vestidas con blancos trajes. Había también, entre ellas, madres 
que estrechaban contra su seno á sus hijitos inocentes. Y estas elocuen- 



i 



EN EL jardín. 181 



tes muñecas se expresaban y se movían en la escena, como si estuvie- 
ran agitadas por el odio, el amor ó la ambición. Pasaban hábilmente 
del gozo'al dolor, é imitaban átal grado la naturaleza, que provocaban la 
sonrisa ó arrancaban lágrimas de los ojos. Abeja aplaudía este espec- 
táculo. Las mufiecas propensas á la tiranía le causaban horror. Tenía, 
al contrario, tesoros de piedad, para la muñeca, que princesa ayer, hoy 
viuda y cautiva, la cabeza ceñida con ciprés, no contaba más recurso 
para salvar la vida de su hijo ¡ ay ! que casarse con el bárbaro que la 
había dejado viuda. 

Abeja no se cansaba de este juego que las muñecas variaban hasta 
el infínito. Los Enanos le daban también conciertos y le enseñaban á 
tocar el laúd, la viola del amor, la lira y otros instrumentos diversos. 
De suerte, que llegó á saber bien la música, y las acciones representa- 
das en el teatro por las muñecas le comunicaron la experiencia de los 
hombres y de la vida. El Fey Loe asistía á las representaciones y á los 
conciertos ; pero sólo veía y escuchaba á Abeja, á quien había consa- 
grado todo su corazón. 

Trascurrieron sin embargo los días y los meses ; cumplieron su cur- 
so los años, y Abeja permaneció entre los Enanos, sin cesar de diver- 
tirse; pero siempre llena de recuerdos por la tierra. Llegó á ser una 
joven muy hermosa. Su extraño destierro le dio algo de particular á 
su fisonomía, que la hizo más apacible. 

Anatole Frange. 

[Coniinuará,] 



EN EL JABDIN. 



CANTO PRIMERO. 



28— Considérate mía agri 

quomodd crescont : non laborant, 
ñeque nent. 

Dico autem vobis, quonlam neo Sa- 
lomón In omnl glorlA 8U& coopeituB 
est slcut onom ex LbUs. 

San Mateo, cap, VI, 



Era en el mes de Mayo : el sol caía 
de colores y fuego haciendo alarde, 



182 REVISTA NACIONAL. 



y al morir tras la vasta serranía 
juntaba el esplendor del nuevo día 
á las hondas tristezas de la tarde. 

Por las llanuras y en las verdes lomas 
blanqueaba el risuefio caserío 
como nivea bandada de palomas 
posadas en las márgenes del río. 

La brisa de la noche, tibia y leda 
cruzaba el valle deshojando rosas, 
repitiendo en las cafias rumorosas 
el plácido gemir de la arboleda. 

Seguida del pastor la grey balante 
bajaba en busca del redil vecino, 
y atrevida y tenaz el ave errante 
atajaba al viandante, 
revolando á la vera del camino. 

El pueblo, de las sombras ya despierto, 
descendía del bosque centenario 
y el campanil del rdstico santuario 
con plañidera voz tocaba á muerto. 

De la casa cural frente al sencillo 
y florido jardín, que perfumaban 
en grata unión jazmines y tomillo, 
un viejo y una nifía conversaban. 

Él cariñoso, pensativo y grave ; 
ella con seductora ligereza ; 
¡ ella empieza á vivir y nada sabe ! 
¡ él sabe todo y á olvidarlo empieza ! 

Dulce y atento el bondadoso cura, 
olvidando la mística lectura, 
escuchaba el charlar de la chicuela 
gozando al ver en la mirada pura 
de aquellos ojos, que á la flor del lino 
robaron su color, el peregrino 
claro fulgor que la virtud revela. 
— Procura ser amable — le decía — 

dentro de poco vestirás de largo 

¿ríes? pues haste cargo 



^ 



EN EL jardín. 188 



de que tienes trece afios, hija mía, 

eres ya una mujer y es necesario 

que aprendas pronto á gobernar la casa 

y ya ves lo que pasa 

¡ñifla I ¡que me deshojas el breviario! 
— ¿Que vestiré de largo? ¡quién lo duda! 
y que me compraréis trajes mejores : 

uno rosa, otro azul, de mil colores 

¡ Negros ya nó ; porque parezco viudal 
— ¿Y quién te ha dicho tal? 

— Clara y Lucia: 
y Carmela me dijo el otro día, 
porque no quise darle imas madejas, 
que me prestabais las sotanas viejas 
y con sotanas viejas me vestía. 
— No te apenes, chiquilla, con ternura 

y con cariflo su maldad corrige 

¿qué respondiste tú? 

— Pues yo les dije: 
que tenéis una sola, seflor cura! 

¿Qué no me apene? de dolor me lleno, 

y sufro mucho, y mi tormento crece 
cuando veo á Carmela que parece 

un figurín ¡pues vaya si me apeno! 

— No te aflijas, chiquilla: 
mira que me torturas con tu pena, 
y una muchacha como tú, tan buena, 
debe vestir así, siempre sencilla. 

— Yo, señor, me conformo pero veo 

que me desprecian y me llaman viuda 

— ¿No es nuevo este vestido? — Sí, sin duda, 
es nuevo, si sefior, pero es muy feo. 
— Con humildad y con paciencia mira 
la zafia de esas niñas imprudentes ; 
diles que vas de luto y que las gentes 
del pueblo saben bien que no es mentira. 
— Me aborrecen, me tratan de tal modo 
que es mi vida una vida de amargura 



18Í REVIbTA NACIONAL. 



¡ ya no puedo sufrirlas, señor cura ! 
¡ que me llaman urraca por apodo ! 

¡aquello es un suplicio continuado! 

¡es imposible ya vivir tranquila! — 

El santo sacerdote acongojado 
abrazaba, llorando á su pupila. 
Con infantil pureza 
reclinó la chiquilla su cabeza 
del noble anciano sobre el pecho amigo ; 
en lágrimas bañada sonreía, 
y su rostro encendido parecía 
el ababol, presente de la aurora, 
que entre los surcos del dorado trigo 
deja caer la triste espigadora. 
— Ven conmigo y no llores: 
Dios á todo pesar brinda consuelo, 
y como habla en los vividos fulgores 
que incendian ese cielo, 
suele también hablamos en las flores. 

Estrellas mil en gigantesca gama 
pregonan su grandeza en el vacío, 
y en la brizna, en el nido, en cada rama 
canta una voz su eterno poderío. 

Él sociega la furia de los mares, 
la blanca bruma del torrente irisa, 
y hace cantar á la nocturna brisa 
un idilio de amor en los palmares. 

Él cuida de la endeble trepadora 
que al viejo tronco del sauz se agarra, 
da luz á la lucerna voladora, 
miel á la abeja y canto á la cigarra. 

Grana la mies que en el feraz planío 
en alas de oro se revuelve inquieta, 
desata el arroyuelo para el río, 
y corona la tímida violeta 
con brillante diadema de rocío. — 

El pensativo anciano 
con noble majestad alzó la frente 




EN EL jardín. 185 



y como un lazarillOi de la mano 
llevó á la niña al borde de la fuente. 

Junto al raudal que lo besaba al paso, 
soberbio con su agreste gallardía, 
un lirio de los valles entreabría 
su corona magnífíca de raso. 

Haciendo corte al rey de la llanura, 
bajo el espido muro de la enea, 
columpiaba indolente la ninfea 
sus estrellas de nítida blancura. 

Y bañada en la luz esplendorosa 
del sol occiduo que incendiaba el cielo 
ostentaba la flor de oro y de rosa 
cual regio manto suntuoso velo. 

Acercóse á la fuente el buen anciano 
y apartando los juncos con la mano 
y mostrando la flor á la chiquilla 
exclamó con acento soberano : 
— Mira ¡qué hermosa flor! ¡qué maravilla! 
ni el mismo Salomón en su realeza 
tuvo tan rica veste 
como esta flor de rústica belleza, 
que olvidada y oculta en la maleza 
luce en sus galas el fulgor celeste ; 
no labra randas en preciado lino, 
ni teje seda y oro, 
su manto real es un tesoro 
de las bondades del poder divino. 

Oye á esas niñas con paciente calma, 
y otras galas más ricas ambiciona, 
que el Dios de las violetas á tu alma 
otorgará magnífíca corona. 

— Sí, mas tened en cuenta — la chicuela 

contestó contrariada — 

— ^¿Qué hija mía? — 
— Que la modesta flor no va á la escuela 
ni sufre los agravios de Carmela 
ni la burla implacable de Lucía. 



186 REVISTA NACIONAL. 



Decidme, señor cura: 

¿porqué el Señor tan justo y providente 

al decorar con nítida blancura 

el lirio de la fuente, 

dio al jilguero tan negra vestidura ? 

padre mío, decid : ¿ porqué la vida 

para Carmen es bella y venturosa 

y ella es rica y dichosa 

y yo soy pobre y vivo entristecida ?-n- 

Quedó el cura aturdido. 

con aquellos conceptos tan extraños 

¡qué preguntar aquel tan atrevido! 
¡si era una volteriana dé trece años! 

El anciano con triste desconsuelo, 
como buscando á Dios, fijó los ojos 
en la cohorte de celajes rojos 
que esmaltaba los términos del cielo ; 
y como si al oído recibiera 
docto consejo de la errante brisa, 
con infantil sonrisa 
á la huérfana habló de esta manera : 
— No lo sé; pero Dios es justo y sabio; 
reparte por igual bienes ó males 

y da lo que conviene á los mortales 

¡no hagamos nunca á su bondad agravio! 
olvida de esas niñas los rencores ; 

que así te quiero yo, que así te quiero 

tendrás trajes mejores, 

y coronado de silvestres flores, 

cesto de lirios, seductor sombrero. — 

— ¡Gracias I — Clamó la niña con terneza, 
reclinando gozosa la cabeza 
en el amante pecho de su amigo ; 
el anciano lloraba de alegría 
y su frente inclinada parecía 
copo de nieve sobre rubio trigo. 




EN EL JARDÍN. 187 



En un rincón del estrellado cielo 
aun brillaba del sol la luz de grana, 
y á la oración llamaba la campana, 
brindando paz y bienhechor consuelo. 



CANTO SEGUNDO. 



Y por otra parte tampoco es po> 
sible satisíiftcer á todos. 

Imit€i<Mn de Cristo. 



Mirando la corriente fugitiva 
que gárrula cantaba en la espesura, 
pensaba gravemente el señor cura 
que la mayor virtud es relativa. 

Que en verdad nada vale la riqueza; 
que el oro es cieno y despreciable escoria; 
y que no todos por ganar la gloria 
han de comer el pan de la pobreza. 
Que si el Señor no dio rico vestido 
del bosque á los nocturnos trovadores 
(que envidia son de célebres tenores) 
les dio cantar sabroso y no aprendido 
y en cambio de su estúpido graznido 
vistió al pavón de espléndidos colores. 

Sabia compensación en todo advierto : 
vive el armiño en medio de la nieve, 
y la palmera del oasis bebe 
el abrasado soplo del desierto. 

La pobre huerfanilla 

con sus galas se tiene por dichosa 

¿porqué la multitud se maravilla 
de verla tan alegre y tan hermosa? 
Ayer era la viuda, 

y hoy pasmadas están de su belleza; 
más contra la maldad nada la escuda 
y dicen que parece una marquesa. 



188 REVISTA NACIONAL. 



Y dicen ¿quién da oído 

á las murmuraciones de la gente ? 
¡ es la murmuración como serpiente 
que acecha á los polluelos en el nido ! 

Así filosofaba el buen anciano, 
presa de singular melancolía, 
mientras con débil, distraída mano 
deshojaba un capullo que se abría 
ebrio de vida en el rosal cercano. 

Era la siesta : en la enramada umbrosa 
de aquella larga y plácida arboleda 
la araña diligente y afanosa 
tramaba cautelosa 
su tenue malla de invisible seda. 

El cura con mirada dolorida 
la miró y exclamó: — jAsí es la vida! 
¡ por doquiera maldad ! ¡ doquiera muerte ! 
¡ siempre la eterna lucha aborrecida ! 
¡ siempre el débil vencido por el fuerte ! 

De pronto oyó á su espalda, 
con rumores de brisa y de aleteo, 
doliente acongojado lloriqueo 
y el poético roce de una falda. 
Era la huerfanilla. i Cuan hermosa ! 
¡qué deslumbrante en su infantil belleza! 
¡qué elegante, qué llena de tristeza! 
mísera juventud i y cuan llorosa ! 

— ¿Quién turba tu alegría? — 
abrazándola dijo: — ¡Qué te apena! 
¿porqué lloras así? Dime quién llena 
tu dicha de amarguras, hija mía! — 

La huérfana lloraba, 
y con el brazo trémulo ocultaba 
de sus tempranas lágrimas el brillo. 
Así en la débil rama 
en negra noche, cuando el viento brama, 
con el ala se cubre el pajarillo. 
— ¿Qué tienes, pobre ñifla? 



EN EL jardín. 1S9 



acaso alguna riña 

con esa Carmelita tan traviesa 

dime, por Dios, qué pasa, 

que tu llorar el corazón me abrasa ; 

vamos á ver, ¿qué tiene la marquesa? 

— ¿Y vos también, señor? ¡Eso no es justo! 
¿qué falta he cometido? 

¿es pecado llevar este vestido, 
para que asi me cause tal disgusto? 

Si oyerais lo que dicen esa anciana 

á quien dais vuestro pan cada mañana, 

y con quien soy amable y cariñosa, 

me dijo, entre irritada y quejumbrosa, 

que soy una muchacha casquivana ; 

que todo el mundo, y con razón, murmura 

que dilapido yo vuestros dineros ; 

que no cuadra en la huérfana de un cura 

tanto lujo de trajes y sombreros ; 

que cuanto yo, en un día, 

sé malgastar en sedas y cintajos, 

la salvaba de penas y trabajos 

y á socorrer cien pobres bastaría ; 

que esperaba que pronto, con dureza 

severo el Arzobispo os castigara, 

pues si en el pueblo la miseria es rara 

no falta la pobreza ; 

que fuera yo modesta desde niña, 

pues la modestia es llave de la Gloria 

que debíais recordar no sé qué historia 

(que no entendí) de un bronce que retiña. 

La pobre huerfanita sollozaba 
en brazos del anciano cariñoso, 
mientras éste, sombrío y silencioso, 
con paternal amor la acariciaba. 

— ¡A traición y con dolo te han herido! — 
el párroco exclamó con voz quejosa — 

¡ así logra la sierpe ponzoñosa 
sorprender á la tórtola en el nido! 



190 REVISTA NACIONAL. 

Recobra tu alegría ; 

contra tanta maldad mi fé te escuda 

— Volveré á ser la viuda 

volveré á ser la urraca 

— No hija mía: 
quien dio al brillante colibrí sus alas, 
y regio manto al lirio de la fuente, 
y blondos rizos á tu pura frente, 
á tu risueña juventud dio galas. 

Tendrá pan la pobreza 
porque el Señor es justo y bondadoso.... 
y ese mundo envidioso 
que te siga llamando la marquesa; 
no es fácil en la vida transitoria 

á todos agradar ¡tal es la suerte! 

este es un mundo de combate y muerte 
y la felicidad está en la Gloria. 

Sé buena y compasiva; 
ampara al pobre y su dolor consuela ; 
y perdona las burlas de Carmela, 
y socorre á esa anciana mientras viva. 
Por igual á los míseros mortales 
con mano providente 
reparte Dios los bienes y los males : 
embelleció los lirios de la fuente, 
más los hizo crecer entre juncales. 

Corona de brillante pedrería 

rosa gentil y tímida violeta 

¿has pensado, chiquilla, qué sería 
un gilguero vestido de etiqueta? 

Por la voz de su amigo consolada 
rompió la niña en loca carcajada, 
el cura la miraba enternecido, 
y en sus cabellos niveos irradiaba 
el resplandor del cielo prometido. 

Entretanto, á la orilla de la fuente, 
cuya rauda corriente 



DOCUMENTO PARA LA HISTORIA DE TARASCO. 191 



deshojaba nenúfares al paso, 
soberbio con su agreste gallardía, 
un nuevo lirio majestuoso abría 
su corola magnífica de raso. 



Rafael Delgado. 



Orlzaba, 18S9. 



DOCUMENTO PARA LA HISTORIA DE TABASCO. 



Información que mandó ha^er en el año de 1855 el Oobemador dé Tabas- 
cOf D, Manuel María Escobar ^ sobre la autenticidad de una imagen 
que se suponía era la misma que los primeros conquistadores dejaron 
á los indios de aquella comarca. 

Un sello que dice: Ministerio de Fomento, Colonización, Industria 
y Comercio de la República Mexicana. — Sección 1» — El Gobierno de 
Tabasco participó á esta Secretaria liaber descubierto la misma Imagen 
que el conquistador Juan de Grijalva trajo á esta República, y ante cu- 
ya Imagen, venerada por los españoles bajo la advocación de nuestra 
Señora de la Victoria, se celebró la primera misa en el pueblo antes co- 
nocido con ese nombre, hoy Villa de Guadalupe de la Frontera ; poste- 
riormente remitió copia de la información recibida ante la jurisdicción 
eclesiástica, que acredita la identidad de la referida Imagen, y, como la 
introducción de ésta á Tabasco y la celebración ante ella de la prime- 
ra misa son hechos tan enlazados con la historia de aquel Estado y con 
el nacimiento de la religión y de la civilización en él, he creído que 
siendo asuntos tan interesantes son dignos de conservarse en el archi- 
vo de ese Museo para perpetuar la memoria de ellos y al efecto acom- 
paño á vd. copia del expediente recibido del Gobierno del referido Es- 
tado. — Dios y Libertad. México, Enero 21 de 1856. — SUiceo. — Su 
rúbrica. — Al señor Director del Museo Nacional. 

República Mexicana. — Gobierno superior del Departamento de Ta- 
basco. — Núm. 52. — E. S. — Según tuve el honor de participar á V. E. 
en su oportunidad, había descubierto y encontrado la misma Imagen 



192 REVISTA NACIONAL 



que el conquistador Juan de Grijalva trajo á estos lugares al verificar- 
se su conquista, y ante cuya Imagen, venerada por los españoles bajo 
la advocación de Nuestra Señora de la Victoria, se celebró la primera 
misa en el pueblo antes conocido por este nombre, hoy Villa de Guada- 
lupe de la Frontera. Hoy, según entonces ofrecí, le acompaño, para co- 
nocimiento del Supremo Gobierno, el expediente de la información co- 
rrida por ante la jurisdicción eclesiástica, que consideró más á propósi- 
to y con mejores datos, luces y antecedentes para acreditar la identídad 
de la referida Imagen ; la que en efecto se encuentra comprobada, co- 
mo se verá por el examen del expediente. Gomo la introducción de la 
referida Imagen y la celebración ante ella de la primera misa, son he- 
chos tan enlazados en la historia de Tabasco, y con la introducción de 
la religión y de la civilización en él, he creído que este descubrimien- 
to podría ser interesante, así como la información, para los fines que 
S. A. S., á quien suplico á V. E. dé cuenta, se sirva disponer. — Dios y 
Libertad. Santa Anita de Tabasco, Agosto 20 de 1855. — Manuel Ma- 
ría Escobar. — Exmo. Sr. Ministro de Estado y del Despacho de Fo- 
mento, Colonización, Industria y Comercio de la República. — México. 
República Mexicana. — Vicaría Incápite y Juzgado Eclesiástico del 
Departamento de Tabasco. — E. S. — Tengo el honor de acompañar á 
V. E. la información instruida en esta Vicaría á virtud de la muy esti- 
mada nota de V. E. de 14 de Abril anterior acerca de la antigüedad de 
la Santa Imagen de Nuestra Señora de la Victoria, que S. E. se dignó 
mandar recoger de poder del pintor D. Manuel Ramos, de Cunduacán ; 
y resultando del tenor de dicha información que la enunciada Imagen 
data su origen á no poderse dudar de la remota época de la conquista 
y es un monumento sumamente interesante de su historia, y del glo- 
rioso principio de la fé católica en nuestra América, me cabe la com- 
placencia de felicitar á V. E. que tanto deseaba esta aclaración de la pro- 
cedencia original de la citada Efigie, para que tenga la estimación y se 
le mire con la importancia que merece, y en cuya virtud no dudo que 
V. E. dispondrá lo más conveniente acerca de ella para la continuación 
de sus cultos, como de la pertenencia de este país y su parroquia, don- 
de ha sido venerada desde tiempo inmemorial, y que podrá serlo de 
nuevo con la poderosa cooperación de V. E. y la influencia de su auto- 
ridad superior, que constantemente se ha encaminado al aumento y me- 
jora de la religión y la moral desde el feliz principio de su digno Go- 
bierno en Tabasco. Con tal oportunidad tengo la honra de reiterar áV. 




DOCUMENTO PARA LA HISTORIA DE TARASCO. 198 

E. mi distinguida consideración y respeto. — Dios y Libertad, San Juan 
Bautista, Agosto 10 de 1855. — José Marta Sastre, — E. S. Gobernador 
y Comandante general de este Departamento. 

República Mexicana. — Gobierno Superior del Departamento de Ta- 
basco. — Ha llegado á conocimiento de este Gobierno que una imagen 
conocida bajo la advocación de Nuestra Señora de la Victoria, que an- 
tes existía en la Villa de Gunduacán en poder de D. Manuel Ramos, fué 
la primera que el conquistador Grijalva trajo á este Departamento y co- 
locó en San Fernando de la Victoria, que es hoy la Villa de Guadalu- 
pe de la Frontera. Como esta imagen, sentada la procedencia que se le 
atribuye, es un monumento histórico del país, de sumo interés é im- 
portancia, y como el venerable clero de este Departamento es el que 
debe estar más instruido de estos asuntos, suplico á V. S. se digne man- 
dar practicar la información corl-espondiente para acreditar debidamen- 
te el origen de la referida imagen, dignándose dar cuenta á este Gobier- 
no del resultado de la precitada información. No he menester excitar 
el celo de V. S. para el completo esclarecimiento de esta tradición, por- 
que estoy persuadido, de que conociendo su importancia, pondrá cuan- 
tos medios estén de su parte para la competente averiguación. — Dios 
y Libertad. San Juan Bautista, Abril 14 de 1855. — Manuel María Es- 
cobar. — Sr. Vicario in capite de este Departamento. 

Sello quinto. — Medio real. — Aflos de mil ochocientos cincuenta y 
cuatro y mil ochocientos cincuenta y cinco. — Vicaría in capite de Ta- 
basco. — San Juan Bautista, Abril 16 de 1855. — Vista la superior no- 
ta que antecede del E. S. Gobernador y Comandante general de este De- 
partamento, General D. Manuel María Escobar, contraída á que por es- 
ta Vicaría in capiie y Juzgado eclesiástico se instruya una información 
jurídica para que se compruebe la identidad de la Santa imagen de la 
Santísima Virgen que S. E. ha recogido, de ser la misma que los con- 
quistadores trajeron á este país : en su virtud hágase como S. E. desea 
y encarga, y al efecto pase éste á informe del M. R. P. F. Eduardo Mon- 
eada que, como eclesiástico que hace algunos afjos que vive en esta ciu- 
dad ocupado en el servicio de esta parroquia, exponga lo que sepa y le 
conste acerca de dicha imagen con lo demás en que se pueda fundar su 
antiguo origen ; y del mismo modo tome su declaración en forma á las 
demás personas de edad é inteligencia que conservan en ésta, memo- 
rias tradicionales que esclarezcan la verídica y positiva identidad de la 
expresada imagen de la Santísima Virgen con el nombre de Nuestra 

B. «.— T. 11-13 



IW REVISTA NACIONAL. 



Señora de la Victoria. Y fecho que sea se proveerá en lo demás. — Jó- 
se María Sastre, — José Felipe Gómez, — Notario eclesiástico. — Nota 
que por haber tenido que salir de esta capital el señor Vicario á dili- 
gencias de su empleo á otros puntos del Departamento, y otras ocupa- 
ciones urgentes ocurridas en la Vicaría, se paralizó el curso de estas 
diligencias, y con esta fecha dispone S. S. se les dé curso, en cuya vir- 
tud las entrego al M. R. P. F. Eduardo Moneada para que evacúe el in- 
forme que se le pide. — San Juan Bautista, Julio 14 de 1855. — Oómez. 
Sr. Vicario In capite. — Cumpliendo con lo que V. S. dispone en su 
superior auto precedente, de que informe sobre lo que sepa y me cons- 
te de la Santa imagen de Nuestra Señora de la Victoria, y en lo que se 
pueda fundar la verdad de su antiguo origen, paso á verificarlo con par- 
ticular complacencia, porque estoy satisfecho y convencido de que en es- 
to ha venido á revelarse muy oportunaihente y con la claridad que pu- 
diera desearse, un monumento tradicional é histórico, muy importan- 
te al recuerdo y comprobación de los acontecimientos del país, de gran- 
de interés á los amantes de la religión y de la devoción á la siempre 
Virgen y Madre de Dios : monumento preciosísimo que iba ya á pere- 
cer, y el que de su ruina, desprecio y olvido, lo ha librado y sacado nues- 
tro muy digno Exmo. Sr. Gobernador y Comandante general D. Manuel 
María Escobar, quien con su acostumbrada y profunda penetración, á 
la primera noticia que se le dio, concibió una clara idea de lo que de- 
bía ser, y es en efecto esta imagen ; la recogió con un amor religioso y 
un interés patriótico, y desea la segura comprobación de su apreciable 
origen, sin duda para que tenga en lo sucesivo, el rango, el decoro y 
aprecio que merece, y que á todos conste su como prodigiosa existen- 
cia, sobreviniendo á tantas vicisitudes, y al período de más de tres si- 
glos. Por lo tanto, á pesar de mi notoria insuficiencia, me esforzaré en 
este breve informe en exponer á V. S. el estado en que conocí dicha 
imagen ; la tradición que de ella había en ésta, y los rasgos históricos 
que igualmente se encuentran de ella, todo lo que en mi pobre concep- 
to exime de toda cuestión ó duda este monumento. El año de 1830 vi- 
ne á esta ciudad destinado al servicio de la parroquia en calidad de Te- 
niente de Cura, y luego que me encargué de mi destino, conocí la cita- 
da imagen, la cual me mostró un sacristán antiguo llamado Juan Se- 
govia, y estaba colocada sobre la mesa del altar del Santo Sepulcro, 
dieiéndome él mismo que era la patrona de la antigua Villa de la Vic- 
toria, y que anteriormente, ó sea antes de la independencia de España, 



DOCUMENTO PARA LA HISTORIA DE TARASCO. 1»5 

le hacían en ésta gran función los españoles ; igualmente me mostraba 
la corona de plata sobredorada de la propia imageni la cual no tenia 
puesta, sino que se mantenía guardada en la sacristía con otras alhajas 
de la parroquia, y cuya corona existe, consta en el inventario, y tengo 
en custodia. En el mismo sentido me conversaron diferentes veces los 
antiguos Presbíteros D. José María Cabral y D. Felipe Prado, y tengo 
presente que cuando dichas personas y otras varias me mostraban y ha- 
blaban de la Santa imagen, lo hacían de un modo reverencial, que prue- 
ba la mucha veneración que aquí se le había tenido, siendo ellos toda- 
vía herederos de aquellos piadosos sentimientos á la venerable Efigie, 
no obstante que la época había variado ó hecho cesar las circunstancias 
de su culto, pues de la Conquista, contra la que tanto se hablaba en ese 
tiempo, había caído en total desuso entre las nuevas gentes, contribu- 
yendo no poco á esa decadencia del común respeto y veneración, la de- 
molición que se hizo de la Iglesia parroquial y traslación de altares é 
imágenes á la corta ermita del Sefíor de Esquipulas, que es la que has- 
ta el presente sirve de parroquia é iglesia principal de ciudad. Aconte- 
ció después que habiendo venido á su santa visita el afío de 1835 nues- 
tro Exmo. é limo. Sr. Obispo Dr. D. José María Guerra, el día que con 
la solemnidad de costumbre visitó dicha iglesia parroquial, después de 
visitar el sagrario y dar la bendición al pueblo, recorrió la iglesia para 
ver el estado de los altares y sus imágenes, y al llegar al citado en que 
estaba la de la Virgen de la Victoria, como allí se hallaban otras dos de 
San Antonio Abad y San Francisco de Asís que estaban apolilladas y 
deterioradas, S. E.Ilma. dijo, aunque en general, que aquellas efigies 
se procurasen renovar ó se quemasen porque no estaban dignas de cul- 
to. Con tal motivo se entendió entre las muchas gentes que estaban 
presentes que la Señora de la Victoria se iba á quemar, y una piadosa 
mujer llamada Juana Evangelista Gurgutia, muy alarmada con seme- 
jante voz, pues, como vecina muy antigua, que había visto sus anterio- 
res cultos, le profesa particular amor y veneración, comenzó con gran- 
de instancia á pedirla al Sr. Cura propio D. José María Marein para 
mandarla renovar de su cuenta; y que cuando lo estuviese la devolve- 
ría á la parroquia para que fuese dignamente colocada. Efectivamente 
se le concedió, y ella, luego que se le presentó oportunidad, encomen- 
dó la obra á D. Manuel Ramos, de Cunduacán, de cuyo poder ahora 
se ha recogido ; habiendo habido la no poca felicidad de que dicho pin- 
tor á pesar de las instancias déla interesada, que por último falleció sin 



196 REVISTA NACIONAL. 



▼er cumplidos sus deseos, hubiese descuidado por tanto tiempo de ve- 
rificar la renovación, y que solamente en el ropaje le diese una prepa- 
ración de veso ; con lo que su hermoso aspecto, y tan bella actitud se 
conservan sin alteración, y por si misma está declarando su apreciable 
y glorioso origen ; ese tipo precioso que arrancó sentimientos de amor y 
veneración á los mismos indios infieles, y á todos los que la obser- 
van con atención, causa las más agradables impresiones, principalmen- 
te á nuestro £. S. Escobar que con entusiasmo la muestra y habla de 
ella, admirado de su conservación y con el encanto que le causan las 
ideas de su arribo y quedada en Tabasco. Esto es lo que me consta per- 
sonalmente y sé de la enunciada imagen. Que ella date su principio y 
admirable origen del memorable día en que Hernando Ck)rtés arribó á 
las playas de Tabasco y logró vencer á sus valerosos habitantes, está 
tan claro en todos los historiadores de la conquista de la nueva Espa- 
ña, que precisamente dan principio por estos sucesos, todos ellos ha- 
cen mención de esta imagen de la Santísima Virgen Nuestra Señora, 
que les fué demostrada á los indios, y declaran el motivo y el nombre 
que desde entonces se le dio de Santa María de la Victoria, lo mismo que 
al pueblo ó Villa donde se quedó. No será en vano citar aquí textual- 
mente alguno de dichos historiadores, porque su narración, sostenida 
con la constante tradición en el país, y la presencia misma de la ima- 
gen forman un conjunto de verdad que es imposible desconocer y atre- 
verse á negar. El R. P. Fr. Diego López Cogolludo en su historia de la 
conquista de Yucatán en el capítulo 11 del libro 1*?, dice lo siguiente: 
"No olvidó el General Cortés lo más importante y así les trató (á los 
Caciques y principales) algunas cosas de nuestra Santa fe, y adoración 
de un sólo Dios verdadero : Emeílóles una imagen de Nuestra Señora 
con su hijo Santísimo en los brazos y dedaróseles quién era y di- 
jeron que se la diesen para tenerla en su pueblo y reverenciarla. " En 
el párrafo siguiente dice el mismo historiador : " El día siguiente se co- 
locó la Santa imagen en el altar, en presencia de todos los Caciques y 
principales, y los españoles la adoraron juntamente con la Santa Cruz. 
Iba en compañía de los españoles un religioso de la orden de Nuestra 
Señora de la Merced llamado Fr. Bartolomé de Olmedo, y éste dijo mi- 
sa aquel día." En el párrafo 4" prosigue diciendo: "Por ser víspera 
del Domingo de Ramos quiso Cortés que se celebrase allí esta festivi- 
dad, para que los indios viesen el culto y reverencia divina y la proce- 
sión de los Ramos que ordenó se hiciese con la mayor solemnidad po- 



DOCUMENTO PARA LA HISTORIA DE TABASCX). 107 

sible, y mandó á los Caciques que asistiesen á ella. Cantóse la misa y 
pasión con solemnidad, habiendo, como suele, precedido la procesión 
de los ramos y después adorado y besado la cruz, estando todos los 
indios muy atentos. Acabada la solemnidad se despidió el general, y 
todos los demás, de los indios : encargándoles mucho la Santa Imagen 
de Nuestra Sefíora, y cruces que liabían puesto, que tuviesen sus luga- 
res muy limpios y enramados, y las reverenciasen, y tendrían salud y 
buenas sementeras ; que estuviesen firmes en su buen propósito, y les 
enviaría quien les declarase nuestra santa fe. " Lo mismo refiere el his- 
toriador Bernal Diaz del Castillo, cuya obra está estimada por la mu- 
cha ingenuidad del autor y haber sido en todo esto testigo de vista. En 
su indicada historia capítulo 36 dice á mi intento lo que copio: "Y á 
lo otro que les mandó (Cortés), que dejasen sus ídolos y sacrificios, 
respondieron que así lo harían ; y les declaramos con Aguilar, lo me- 
jor que Cortés pudo, las cosas tocantes á nuestra Santa fe, y cómo éra- 
mos cristianos, y adorábamos á un sólo Dios verdadero ; y se les mos- 
tró una imagen de Nuestra Sefíora con 8u hijo precioso en los brazos, y 
se les declaró que aquella Santa imagen reverenciábamos porque así 
está en el cielo, y es madre de nuestro Sefior Dios. Y los Caciques di- 
jeron que les parece muy bien aquella gran Teclesiguata, y que se la 
diesen para tener en su pueblo, porque á las grandes Señoras en su len- 
gua llaman Teclesiguatas. Y dijo Cortés que si daría, y les mandó ha- 
cer un altar bien labrado, el cual luego le hicieron Y en esto ce- 
só la plática hasta otro día que se puso en el altar la Santa Imagen de 
Nuestra Señora y la cruz : la cual todos adoramos, y dijo misa el P. 
Fr. Bartolomé de Olmedo, y estaban todos los Caciques y principales 
delante ; y púsose nombre aquel pueblo Santa María de la Victoria, y 
así se llama agora la Villa de Tabasco." Luego refiere la celebración 
del Domingo de Ramos, la despedida de Cortés y los españoles de los 
indios, y su encargo de cuidar y venerar la sagrada imagen de la San- 
tísima Virgen, en los términos que queda referido, y lo que no copio 
literalmente para evitar repetición. Después de estos comprobantes his- 
tóricos, tan claros y expresivos sobre el origen de la preciosa Efigie, es 
preciso fundar del mismo modo su permanencia y conservación en el 
país, y el culto que desde aquella remota edad se siguió dándole sin in- 
termisión. Las palabras citadas del mismo Bernal Diaz del Castillo, lo 
prueban bastantemente, pues dice como por adición y así se Uama aho- 
ra la Villa de Tabasco : siendo asi que su historia la escribió en Gua- 



198 REVISTA NACIONAL. 



témala y la fecho el año de 1578 ; es decir más de cincuenta años des- 
pués de lo que refiere de Tabasco y de haber dejado la Santa imagen, 
y siendo también de advertir que después de la toma de México volvió 
á transitar por el territorio de Tabasco siguiendo á Cortés en el viaje 
que hicieron por tierra á Honduras, y por lo que debió tener conoci- 
miento de la Villa é imagen, conforme la habían establecido cuatro afíos 
antes. También el otro historiador ya citado, el P. López Cogolludo en 
su citada historia de la Conquista de Yucatán, la cual fué escrita por el 
afio de 1656, en el libro 4*, capítulo 16, habla expresamente de la exis- 
tencia de las dos Villas de Tabasco : la de Villa Hermosa, dice, en el 
centro de la comarca, y la de Santa María de la Victoria, en la Fronte- 
ra, expresando ser ésta de mayor población é importancia, y acerca de 
la cual dice lo siguiente : " Lo eclesiástico se gobierna por un eclesiás- 
tico presentado según el real patronato. La Iglesia es pobre su titular 
Sa7ita Marta de la Victoria, y hay en ella algunas capellanías que sir- 
ven de beneficiado. Están fundadas en ellas dos cofradías antiguas, una 
de nuestra Seflora, y otra de las almas del purgatorio. '' No se puede 
por lo tanto poner en duda la permanencia de la imagen en la prime- 
ra población donde la dejó el General Cortés y resta ahora explicar el 
motivo y el tiempo en que fué trasladada á ésta de San Juan Bautista, 
donde ha permanecido con igual tradición de su origen. Para exponer- 
lo más claramente y con fundamento seguro, ocurro á la ilustrada é 
inapreciable Memoria del Sr. Dr. D. José Eduardo de Cárdenas que pre- 
sentó alas Cortes españolas en Cádiz en 1811 como Diputado propie- 
tario por esta Provincia de Tabascft y fué impresa en aquella ciudad por 
acuerdo de las mismas Cortes. Este hombre ilustre, que tan inolvida- 
bles recuerdos ha dejado en su país, y otros de su gran saber y docti- 
tud, que era descendiente de los pacificadores y pobladores de la Pro- 
vincia, y estaba muy versado en su historia y antigüedades, en la cita- 
da Memoria, al número 4 " dice lo siguiente : " La Capital de Tabasco 
fué fundada cuando menos el afio de 1519, aunque yo conjeturo que 
sucedió un afio antes: fué fundada, digo, por Hernán Cortés á las ori- 
llas del mar, y con el título de la Villa de Santa 3faria de la Victoria 
en reconocimiento á la Madre de Dios, de la que alcanzó de los indios 
el día de la Encamación del Divino Verbo, victoria que fué como pren- 
da de la reducción del Imperio mexicano. Con motivo de las primeras 
invasiones de los ingleses, capitaneados por el astuto Drake, para me- 
jor defensa y seguridad se trasladó dicha Villa á las márgenes del fa- 



DOCUMENTO PARA LA HISTORIA DE TARASCO. 199 

moso Grijalva en el lugar que hoy se llama San Juan Bautista de Vi- 
llahermosa, sito á 24 leguas de la barra principal, y en dicho lugar se 
conserva una imagen de bulto de Nuestra Señora y hay tradición de 
que es la misma que veneraban los españoles en la antigua Villa, cele- 
brándole fiesta solemne el día 25 de Marzo desde las vísperas. Esta fes- 
tividad se ha restablecido ; y en ella, según nuestra costumbre, hay pa- 
seo de Pendón Real, que sirve de acto rememorativo á los tabasqueüos 
de la época feliz en que rayó en el nuevo mundo, bajo los auspicios de 
la Católica Espafía, la luz del Evangelio. '' Con esto y con lo demás que 
queda expuesto y relacionado, creo haber cumplido con lo que V. S. 
dispone en su citado superior auto : deseando en conclusión que igual- 
mente satisfaga á la intención y deseo de nUestro Exmo. señor Gober- 
nador, y sujetando como debo á la autoridad y sano criterio de V. S. 
cuanto contiene este Informe. — San Juan Bautista de Tabasco, á 18 de 
Julio (le 1855. — Fr. Eduardo Moneada. 

Visto este informe dispuso el Señor Vicario in capite, se haga sitación 
suplicatoria á los Señores Don Alejandro Loreto, Don Josó Víctor Ji- 
ménez, Don Manuel Ponz y Ardil, Doña Pctrona Herrera y Doña Mar- 
cela González de Riveira, para que depongan y digan lo que sepan y 
les conste sobre la antigüedad de la Imagen de Nuestra Señora de la 
Victoria y su tradición en ésta, lo que yo el infrascrito notario verifiqué 
y siento por diligencia. San Juan Bautista, Julio 18 de 1855. — Gómez. 

En esta Ciudad de San Juan Bautista de Tabasco á los diez y nueve 
días del mes de Julio de mil ochocientos cincuenta y cinco años, ante 
el Señor Vicario in capite y Juez eclesiástico del Departamento, com- 
pareció, previa citación suplicatoria que se le hizo, el Sr. Don Alejan- 
dro Loreto, natural y vecino de ésta, mayor de cincuenta años de edad ; 
y presente le impuso el mismo Sr. Vicario del objeto y motivo de esta 
información, excitándole á que sobre el i)articular diga y exjionga lo 
quc'sepa y lo conste: y enterado de todo, y bajo la religión del juramen- 
to que hizo, dijo : Que le consta y es notorio en esta Ciudad, que la Ima- 
gen de la Santísima Virgen María conocida con el nombre de Nuestra 
Señora de la Victoria, es la misma que actualmente se halla en la ca- 
sa de Gobierno y Comandancia general : que dicha Imagen la conoció 
y vio, siendo muy pequeño, colocada en el altar mayor de la antigua 
parroquia que estaba en la plaza de esta Ciudad, y que anualmente la 
celebraba el Ayuntamiento con solemnidad por ser la primera que vi- 
no á la Nueva España, y la patrona de la primera Capital cristiana de 



J» KEVtiflA yA.rvVAl. 



;ado <irr: .a V:ila dr: li Vir-jorla c> li F::i::rri. lo que era aqu: oía ge- 
nerii tradlc.'ór:. j ¿ir. al prtset'.e ^-eniaiiect: qi^e Labiec-io dlspcesío 
el Gobernador E-j/ík/lol Don krAz^ Gíi'yL derribar :a p-arrc<juia ccn e'. 
objeto de reedificarla n:ej<ir. t eLS¿jr,chír ina¿ la plaza ¿e esta Ciudad, 
fué trasladada la referida Imagec, cor. las áetníts, á la Ermita del Seüor 
de Esquiprjias. donde penDaoecló basta qrje la ñnada Juana ETangelis- 
ta Guj^jtía soücitrí le concedieser: mandarla retocar de nuevo á su costa 
j para e¡ efecto se le entregó á Don Manuel Ramos, de Cundoacán, quien 
descuidó la renoTación, j Srí en su mismo estado se ha recogido de su 
poder de orden del Exmo. Sr. Gobernador j Comandante geno^ Don 
Manuel María Escobar por noticia que turo de este apreciable monu- 
mento, y concluyó diciendo que cuanto ha dicho j expuesto es la rer- 
dad, j que en ello se afirma j ratifica bajo su palabra de honor j por 
la graTedad del juramento que ha prestado, en virtud de lo cual firma 
esta con el Sr. Vicario por ante mí, de que doy fe. — Jí. Sagtré. — Ale- 
jandro Lf/reto, — Ante mí. — Joéé Felipe Gómez, Notario Eclesiástico. 
En dicha Ciudad, día, mes y afio expresados, ante el Sr. Vicario in 
capite f;ompareció del mismo modo el Sr. Don José Víctor Jiménez, de 
esta naturaleza y vecindad, de edad de cincuenta y dos afios, y á quien 
su Señoría le impuso del objeto y motivo de esta información, y de lo 
que suficientemente enterado y bajo la religión del juramento que en 
forma hizo, exfKine: que á la edad como de seis afjos concurría á una 
escuela de primeras letras que se daba en la pieza de la sacristía de la 
Iglcííia parroquial que estaba situada en la plaza de esta Ciudad, que 
desde dicho tiempo oía decir á su familia que en la misma Iglesia exis- 
tía y se veneraba la Santa Imagen de Nuestra Señora de la Victoria, y 
que esta era la misma que trajeron los Elspañoles Conquistadores, lo 
que aííí se creía y tenía en el país por general tradición : que después 
no ha habido motivo particular para que la citada efigie se destruyese, 
perdiese, ó se hiciese otra en su lugar; y por lo tanto se persuade ser 
la propia que se conserva, y ha recogido el Exmo. Sr. Gobernador, pu- 
diendo los que mejor la conocieron deponer sobre su identidad, pues 
él 86 circunscribe á afirmar que supo que existía, y que se creía y afir- 
maba había sido traída á Tabasco por los Españoles de la Conquista con 
el expresado nombre de Nuestra Señora de la Victoria. Y concluyó di- 



k 



IH.>rrMKN"TO PARA LA HISTOUIA DK TARASCO. lOl 



ciendo no tener ninguna otra noticia más que pueda declarar en el par- 
ticular, y que lo que ha expuesto es la verdad bajo su palabra de ho- 
nor y la religión del juramento que hizo, y en ello se afirma y ratifica, 
firmando con el Sr. Vicario por ante mí de que doy fe. — J/. Sn^trv, — 
J. V. Jimt'iicz. — Ante mi — Jo^r Felipe Gómez, Notario Eclesiástico. 

En la propia fecha ante el Sr. Vicario in capite compareció el Sr. Don 
Manuel Ponz v Ardil de esta naturaleza v vecindad, de cuarenta años 
de edad, á quien su Señoría, imponiéndole del motivo y objeto de esta 
información, y pidiéndole que exponga lo que sepa y le conste, previo 
el juramento en forma de derecho, dice : que la Santa Imagen de Ma- 
ría Santísima con su niño en los brazos, que actualmente se halla en la 
casa de Gobierno, es la misma que existia aquí y era la conocida con 
el nombre de Nuestra Señora de la Victoria, faltándole únicamente un 
pequeño báculo, con un bmito ó calabacito que tenía en la mano, y cu- 
yo tipo particular que demuestra su remoto origen, no es posible des- 
conocer ó que se equivoque con otras : que dicha Imagen la conoció des- 
de su tierna edad, colocada en uno de los altares de la Iglesia de Esqui- 
quipula, y por la común tradición sabía que era de la época de los Con- 
quistadores que arribaron á Tabasco, y anteriormente la celebraba el 
Gobierno y Ayuntamiento de esta Ciudad nombrada en aquel tiempo 
Villa Hermosa, como trasladada de la antigua población de la Fronte- 
ra, que se llamaba, y todos lo saben. Nuestra Señora de la Victoria : 
que como apoderado y albacea de la finada Juana Evangelista Gurgu- 
tia, tuvo conocimiento de que ésta la entregó á D. Manuel Ramos de 
Cunduacán para que la renovara de su cuenta, adelantándole cierta can- 
tidad : y que no verificando en tanto tiempo su devolución, y compren- 
diendo al cabo, el que habla, la estimación que merece este monumen- 
to y el riesgo en que estaba de perderse, procuró llegase á noticia del 
Exmo. Sr. Gobernador, persuadido de que sucedería, lo que en efecto 
ha sucedido, de que S. E., concibiendo la importancia monumental de 
la efigie y con el interés patriótico que le caracteriza, la mandara reco- 
ger para mejor disposición. Esto expuso concluyendo que no tenía más 
que añadir, ni tampoco que quitar de lo expresado, y en todo lo que se 
afirmó y ratificó por palabra de honor y de haber jurado decir verdad, 
firmando con el Sr. Vicario por ante mí de que doy fe. — Jf. Sadré, — 
Manuel Pom y Ardil, — Ante mf . — Jobc Felipe Gómez^ Notario Ec le- 
siástico. 

Seguidamente ante et Sr. Vicario in capite compareció Doña Petro- 



202 REVISTA NACIONAL. 



na Herrera de esta vecindad, mayor de cincuenta años de edad, y á quien 
presente su Señoría le instruyó del objeto á que se contrae esta jurídi- 
ca averiguación sobre la Santa Imagen de Nuestra Señora de la Victo- 
ria, y de lo que enterada expone : que á la edad de diez años se trasla- 
dó á vivir con sus padres á esta Ciudad, siendo antes vecinos del pueblo 
de Jalapa: que en dicho tiempo que seria como el año de 1808, cono- 
ció la Imagen de Nuestra Señora de que se trata, colocada en el altar 
mayor de la antigua parroquia, y le consta la mucha devoción y vene- 
ración que se le tenia en este vecindario, por ser la primera que puso 
sus sagradas plantas en el territorio del Nuevo Mundo y comenzó á ilu- 
minar en la fe católica á los miserables indios idólatras, y por lo que 
los Caballeros y el Ayuntamiento la celebraban todos los años el día 
25 de Marzo con paseo de Pendón Real, y muchas demostraciones de 
regocijo, y era sabido que se trasladó á esta Ciudad de la antigua Villa 
de la Victoria con motivo de haberse venido á lo interior sus vecinos 
temerosos de la guerra de los ingleses : que cuando se trató de reedi- 
ficar dicha iglesia parroquial se trasladó la referida Imagen á la del Señor 
de Esquipulas donde permaneció en uno de sus altares, hasta que latina- 
da Juana Evangelista Gurgutia, pidió al Sr. Cura propio le concediese 
mandarla retocar, lo que le consta haber tratado con Don Manuel Ra- 
mos de Cunduacán, y que este se hizo cargo de ella y la llevó : que aho- 
ra sabe que del poder del citado Ramos la ha recogido el Exmo. Sr. Go- 
bernador, y se halla en la casa de Gobierno, lo que ha causado no poco 
contento entre las gentes piadosas, pues sentían grandemente el descui- 
do y abandono de aquel pintor con una Imagen tan apacible. E^to ex- 
puso y dijo que en todo se afírma y ratifica, no firmando porque expresó 
no saber escribir, haciéndolo su Señoría por ante mí de que doy fe. — 
3/. Sastre, — Ante mi. — José FelÍ2)e Gómez^ Notario Eclesiástico. 

Igualmente en la citada fecha se sirvió comparecer ante el Sr. Vica- 
rio in capite la Sra. Doña Marcela González de Riveiro, de sesenta años 
de edad, quien impuesta del mismo modo que las personas anteriores 
del motivo y objeto de su citación, bien enterada de todo, dice : que des- 
de sus tiernos años, conoce la Imagen de Nuestra Señora de la Victo- 
ria, la que es constante que estaba dignamente colocada en el altar ma- 
yor de la antigua parroquia en la plaza principal de esta Ciudad ; y que 
como su casa habitación estaba en la plaza, con mucha frecuencia veía 
dicha Imagen, la devoción y solemnes cultos que se le tributaban co- 
mo de la conquista, y porque fué traída é ésta en tiempos remotos de 



"^ 



DOCUMENTO PARA LA HISTORIA DE TARASCO. 208 

la primera población cristiana en la Frontera que por la misma divina 
Imagen se llamaba la Villa de la Victoria: que tiene presente que mu- 
chos patrones de buques de esta carrera se encomendaban á la Virgen 
de la Victoria al emprender sus viajes para afuera, y que cuando regre- 
saban le hacían piadosos obsequios y limosnas que se destinaban para 
los gastos de su función principal : que habiéndose demolido la expre- 
sada parroquia, todos sus enseres, altares é imágenes, se repartieron 
aun en casas particulares y en las otras Ermitas de esta población, sien- 
do llevada dicha Imagen con las principales de la parroquia á la del 
Señor de Esquipulas que ha continuado haciendo de parroquia: que 
ha sabido últimamente que el Exmo. Sr. Gobernador ha recogido la re- 
ferida Imagen de poder del pintor á quien se había confiado su reno- 
vación, y que debe ser la misma antigua que se veneraba y de la que 
ha hablado, pues no había otra del mismo nombre y figura ni es posi- 
ble se confunda ó equivoque con ninguna otra, Y manifestó no saber 
más, ni tener otra cosa qne afladir ni quitar de lo que lleva declarado, 
afirmándose y ratificándose por conclusión en todo lo que ha dicho, 
quien no firma porque dijo no saber escribir haciéndolo su Señoría por 
ante mí de que doy fé. — M, Sastre, — Ante mí. — José Felipe GmneZy 
Notario Eclesiástico. 

En la Ciudad de San Juan Bautista de Tabasco á los veinte días del 
mes de Julio de mil ochocientos cincuenta y cinco años el Sr. Presbí- 
tero Don José María Sastre, Caballero de la Nacional y Distinguida Or- 
den de Guadalupe, Vicario in capite, Juez Eclesiástico del Departamen- 
to y Cura propio de esta Capital : habiendo visto esta información jurí- 
dica instruida en esta Vicaría para esclarecer y comprobar la antigüe- 
dad, origen é identidad de la Santa Imagen de Nuestra Señora de la 
Victoria que se veneraba en esta parroquia, y ha mandado recoger de 
poder del escultor Don Manuel Ramos, de Cunduacán, el Exmo. Sr. 
Gobernador y Comandante general Don Manuel María Escobar, excitado 
del interés que le movió tan apreciable monumento : y habiendo decla- 
rado uniformemente las personas de honor, crédito y veracidad que en 
el particular han sido interrogadas de ser la misma que aquí se vene- 
raba como de la remota época de la Conquista, y fué trasladada de la 
antigua Villa de la Victoria que existió en la Frontera : su Señoría di- 
jo: que debía de aprobar y aprobó dicha información, y que para su 
mayor validación y fuerza, interponía é interpuso su autoridad y judi- 
cial decreto mandando en su consecuencia que con atenta nota se re- 



201 REVISTA NACIONAL. 



mita al mismo Exmo. Sr. Gobernador y Comandante general de este 
Departamento. Así lo proveyó, mandó y firma su Señoría, de que doy 
fe. — José Marta Sastre, — José Felipe Gómezj Notario Eclesiástico. 

Manuel María Escobar, General de Brigada, Caballero de la Nacio- 
nal y Distinguida Orden de Guadalupe, condecorado con la primera cruz 
de la independencia y otras de distinción por acciones en guerra ex- 
tranjera, subinspector de estas tropas, Gobernador y Comandante ge- 
neral del Departamento de Tabasco. Certifico : que las firmas de los Se- 
flores Vicarios in capite del Departamento, Don José María Sastre, la 
de su Notario Eclesiástico, D. José Felipe Gómez, y la del M. R. P. Fr. 
Eduardo Moneada, que aquí constan, son las mismas'que usan y acos- 
tumbran el primero como Vicario in capite, y Juez Eclesiástico del De- 
partamento ; el segundo, como su Notario, y el tercero en su profesión 
y ejercicio de ella, y á quien se da entera fe y crédito. ^Santa Anita de 
Tabasco, Agosto 20 de 1855. — Manuel María Escobar, — JoseD. Cas- 
tro, Secretario. — Un sello. — T, 

Es copia. México, Enero 10 de 1856. — M, Lerdo de T^ada, — Rú- 
brica. 



LA PRIMERA CAMPANA DE LIMA. 



(TRADICIÓN.) 

En cierta tarde de Septiembre del afío 1535, hallábanse, en un huer- 
to situado en el terreno que hoy se llama el Martinete, y que fué el lu- 
gar donde Pizarro estableció el primer molino de trigo y la primera pa- 
nadería, empeflados en una partida de bochas y palitroques, cuatro ca- 
balleros, flor y nata de los hombres de la conquista. 

Eran éstos el marqués Don Francisco Pizarro, gobernador del Perú 
por su Majestad Don Carlos V ; el capitán de arcabuceros y falconetes 
Don Pedro de Candía, caballero de espuela dorada ; el alcalde de la ciu- 
dad Don Nicolás de Rivera, el Viejo ; y Don Blas de Atienza, compadre 



LA PRIMERA CAMPANA DE LIMA. 205 

de SU Señoría el marqués, cumplido hidalgo, y que fué uno de los on- 
ce que, en Cajamarca, se opusieron al suplicio de Atahualpa. 

— Truco y retruco, — dijo Don Francisco, lanzando la bola ó bocha 
que en la mano tenia. 

— I Buen golpe, seflor gobernador! — exclamó Pedro de Candía. 
— Mingo, Monigote y palos, retrucar es! — afladió Rivera, aplaudien- 
do la destreza de Pizarro. 

— La oración, caballeros! — interrumpió Blas de Atienza. 

Y todos se quitaron los chambergos, se persignaron y rezaron entre 
dientes, á la vez que, en la calle, se oía un recio toque de corneta y 
atambor. 

Ocho meses de fundada llevaba la ciudad de los Reyes ; y para con- 
gregar á misa al vecindario, así como para designar la hora del Ánge- 
lus y demás actos de religiosa práctica, empleábanse los instrumentos 
bélicos. 

Terminada la plegaria y vuéltose á cubrir los caballeros, dijo Blas de 
Atienza, que era hombre por quien Pizarro tenía gran respeto, á la par 
que mucho cariño : 

— Paréceme, Don Francisco, que más que vida de ciudad hacemos 
vida militante, y ; pardiobre ! que las verdaderas cornetas del Señor son 
los bronces sagrados, que no bocinas y parches. 

— Tiene razón que le sobra vuesa merced — contestó Pizarro, — y 
holgárame de hallar, entre nuestros compañeros, artífice que de fundir 
campanas entendiera. 

— Pues poco han de valer mis trazas é ingenio, — dijo Pedro de Gan- 
día, — si en mí no tiene su Señoría al hombre que ha menester para el 
empeño. 

— Vengan esos cinco, capitán, que palabra le tomo, — repuso el mar- 
qués, estrechando la mano del hidalgo. 

— Y yo, en nombre del Cabildo, — agregó Rivera el Viejo — me obli- 
go á suministrar los metales y cuanto el homo demande. 

— Pues á la obra desde mañana, caballeros; y volvámonos á casa, 
que ya la noche se nos viene encima á todo venir. 

Y en efecto. Al día siguiente se principió el acopio de materiales y, 
en breve, estuvo funcionando el homo, cuyos fuelles manejó constan- 
temente el mismo Don Francisco Pizarro. 

La campana, que pesaba mil trescientas libras, y que resultó muy 
sonora, se dejó oir por primera vez en la Noche Buena de Diciembre, 



206 REVISTA NACIONAL. 



con gran contentamiento del vecindario limeño. El pueblo la bautizó 
con el nombre de la Marquesita, 

Fatalmente, esta campana apenas funcionó por menos de nueve años ; 
pues en 1544, antojóse de ella el virrey Blasco Núfiez de Vela para fa- 
bricar arcabuces. Verdad es que ya no hacía gran falta; porque domi- 
nicos, mercenarios y franciscanos, habían fabricado campanas, siendo 
una de ellas del peso de veinte quintales. 

En cuanto á reloj público, el primero que poseyó Lima fué uno que, 
en 1555, compró el Cabildo, y que costó dos mil doscientos pesos de 
oro, según lo afírma el padre Cobo en su interesante libro. 

Ricardo Palma. 

Lima, 1889. 



bibliografía. 



Crónica de la Áraucania. — Hemos recibido el primer tomo de la 
importante obra que con el título de Crónica de la Áraucania está pu- 
blicando en Cliile el distinguido escritor D. Horacio Lara. 

Por extremo complacidos nos ha dejado la lectura de ese libro que, 
como se propuso el autor, reconstruye el pasado histórico de una na- 
cionalidad que, aunque pequefia, ha dejado profundas huellas en la vi- 
da de la culta y opulenta República chilena. 

Frescos están en nuestra memoria los recuerdos que en ella dejara 
el poema de Ercilla que, desde que éramos niños despertó en nuestro 
corazón una viva simpatía por el heroico pueblo araucano, cuya histo- 
ria, como ha dicho muy bien el mismo Sr. Lara, no es verdaderamen- 
te una historia ; porque por los raros y originales acontecimientos que 
en ella se han desarrollado en el transcurso de los siglos, es más bien 
un drama ó una epopeya. 

El Sr. Lara, á quien se deben trabajos históricos tan bien acabados 
como "La Revolución Moderna," "El Hijo del Pueblo," "La Ciudad 




bibliografía. 307 



Mártir" y otros; que ha obtenido premios honrosísimos, y que es un 
periodista que goza en su patria de merecida fama, es acreedor por su 
Crónica de la Araucania á los más justos elogios de nuestra parte, co- 
mo los que le ha prodigado la prensa de su país. 

Entre los documentos que podríamos citar en apoyo de la opinión 
que nos hemos formado una vez leída la obra del Sr. Lara, figura uno 
que no podemos prescindir de copiar, y es la carta que le dirigió el Ca- 
cique general de la Araucania. Dice así : 

Ghochol, 19 de Febrero de 1889. 
Sr. Horacio Lara. 

Santiago. 
Muy señor mió : 

Aunque no tengo el honor de conocerte, me he tomado la libertad 
de escribirte, á lo que me ha obligado la gran abnegación que has de- 
dicado en honra á nuestra Araucania con la ilustrada publicación de tu 
libro. 

En esta virtud, a nombre de las tribus araucanas, tengo el honor de 
presentarte la más afectuosa consideración de nuestra gratitud. 

No tengo expresiones suficientes para poder explicar la valía del tri- 
buto á que desde hoy se halla deudora á vos nuestra vieja Araucania 
que, encontrándose ya relegada al sepulcro del olvido, la has hecho re- 
vivir con tu libro en la memoria de los pueblos civilizados. 

Gran justicia es la que has hecho al emplear tu noble pensamiento 
en la memoria de tantos mártires de mi patria de Arauco, que derra- 
maron su sangre para mostrar cómo se debía defender la libertad, y cu- 
yo recuerdo de sus vidas estará desde hoy hasta los más remotos tiem- 
pos venideros estampado á la vista de todos. 

Mil y mil veces serás tú bendecido, y tu nombre será pronunciado 
con júbilo en nuestros días de invierno ; y en nuestra hermosa prima- 
mavera serás embalsamado con laureles y ñores de nuestro suelo de 
Arauco. 

Deseándote un feliz porvenir, te saludo Á nombre de mi nación. 

Tu amigo, 

Domingo CoSuepan, 

Caclqae g«ntnl. 



208 REVISTA NACIONAL. 



No será por demás decir que Domingo Cofiuepan es descendiente de 
una antiquísima estirpe de caciques de importancia, tanto por la in- 
fluencia de que han gozado en la Araucania, como por sus riquezas. Es, 
según el testimonio de un autor chileno, indígena de gran inteligencia, 
que no ha olvidado sus tradiciones y que es bastante instruido. 

Con vivo interés aguardamos la continuación de la obra cuyo primer 
tomo anunciamos en estas breves líneas, porque, como afirma nuestro 
estimado colaborador y amigo D. Pedro Pablo Figueroa, la Orónica de 
la Araucanm es un libro que por sus nobles propósitos y sus patrióti- 
cas páginas está destinado á figurar entre los que se denominan popu- 
lares, porque sus capítulos son la expresión verdadera de las leyendas 
heroicas de una época memorable cantada por la epopeya y trasfigura- 
da por la tradición y las costumbres. — F, S, 



Geografía y Estadística de la República Mexicana. — Se acaba de 
publicar el segundo tomo de esta importante obra, la primera en su gé- 
nero, debida á la pluma del entendido y laborioso escritor, el joven D. 
Alfonso Luis Velasco. 

El volumen que anunciamos, comprende la Geografía y Estadística 
del Estado de Sinaloa, y contiene interesantes noticias sobre población, 
producciones minerales, vegetales, agrícolas y animales, y sobre ferro- 
carriles, telégrafos y correos. Datos sobre beneficencia é instrucción pú- 
blica, y una curiosa estadística minera antigua. 

A reserva de ocuparnos en otra ocasión, y con la extensión que me- 
rece, de la obra que ha emprendido el Sr. Velasco, creemos oportuno 
decir aquí, en honor de la verdad y de la justicia, que hasta ahora to- 
das las geografías de nuestra República, habían tenido un carácter ele- 
mental, y ninguna había comprendido tantos y tan copiosos datos co- 
mo la presente. 

Sabemos que la Geografía y Estadística de la República Mexicana^ 
escrita por el Sr. Velasco, constará de 31 volúmenes en 4q, de los que 
27 están consagrados, uno respectivamente á cada una de nuestras En- 
tidades federativas, dos á los Territorios, uno al Distrito Federal, y el úl- 
timo al índice de toda la obra. 



LITERATURA MEXICANA. 209 



LITERATURA MEXICANA. 



CAPÍTULO PRIMERO.» 

Elementos de qae se form6 la Dación llamada Nueva Espafia.^ Introducción en 
ella de la poesía europea, y estado de ésta durante el siglo XVI.— Poetas que 
allí flf^uraron en el mismo período de quienes quedan noticias.— Motivos i>or 
qué se conocen pocos poetas mexicanos del siglo decimosexto. — Po^ía indo- 
hispana. —Notas. 

Osados aventureros que penetran en una tierra desconocida poblada 
de enemigos, colonos avaros de riqueza, santos misioneros poseídos de 
abnegación cristiana, indígenas semi- civilizados ó completamente bár- 
baros, estos fueron los elementos heterogéneos con que empezó la na- 
ción llamada Nueva España. Y sin embargo, esos elementos contenían 
un germen de civilización que se desenvolvió y creció más adelante, 
conforme á las leyes del orden social. La terrible espada del conquis- 
tador impuso de tal modo á los vencidos que preparó nna paz inalte- 
rable de tres siglos, rara en la historia ; la actividad del colono llevó 
del antiguo al Nuevo Mundo las mejoras materiales aquí desconocidas ; 
el humilde fraile ilustró con la ciencia europea la mente del america- 
no, y sustituyó con la moral generosa del Evangelio los sangrientos ri- 
tos de los númenes aborígenes ; el indio, abyecto esclavo bajo el domi- 
nio de sus reyes y seflores naturales, fué transitoriamente siervo de los 
encomenderos, pasó luego á pupilo previlegiado por el Código protec- 
tor de Indias, y ascendió después de la independencia, al puesto de hom- 
bre libre. 

*** 
La poesía europea fué uno de los conocimientos que introdujeron en 
México los españoles, tan luego como le conquistaron, siglo XVI, y des- 

I Este capítulo i>ertenece & la segunda edición, corregida |y aumentada, que el 
Sr. D. Francisco Pimentel prepara de su obra: Histohia CbItica de la litera- 
tura Y DE liAS Ciencias en México. 

La Hevista Nacional tributa al eminente literato y fllélogo mexicano Sr. Pimen- 
telf los mAs sinceros agradecimientos por la señalada honra que le dispensa al far 
cilitarle este capítulo que puede considerarse como inédito, puesto que contiene 
noticias do gran importancia, y apreciaciones que sa autor no pudo consignar en 
la primera edición de su obra. 

No será esta la única vez, nos complacemos en anunciarlo A nuestros lectores, 
que la Revista Nacional engalane sos páginas con los escritos del Sr. Pimentel. — 
La Dirección. 

B.K.— T.n— u 



210 REVISTA NACIONAIi. 



de entonces se cuIüyó allí con mucho empefio. El Illmo. Balbuena 
decía: "que la facultad poética era como una inñuencia y particular cons- 
telación de México, según la generalidad con que en su noble juven- 
tud se ejercita. '' De la multitud de poetas ó por lo menos aficionados 
á la poesía, que existían en Nueva España, en la época que nos ocupa, 
nos dá también testimonio González de Eslava, pues en su coloquio 
El Bosque Divino dice, con tono burlesco, por boca de Do^ Murmura- 
ción : " Hay más poetas que estiércol. " Adelante veremos que á un so- 
lo certamen poético del siglo XVI concurrieron trescientos conten- 
dientes. 

El movimiento poético que se observa en nuestro país, desde que fué 
ocupado por los europeos, no debe causar estrañeza si atendemos á las 
siguientes razones. La poesía no tuvo infancia en México, se presentó 
ya formada, precisamente en el siglo de oro de la literatura española, 
cuando España era la maestra de las letras, así como la señora de las 
armas. Los españoles apenas ocuparon el país de Anáhuac fundaron 
en él establecimientos de educación, no sólo de primeras letras y artes 
útiles sino de ciencias, literatura y bellas artes. Véase sobre este parti- 
cular el Discurso acerca de la instrucción pública en México durante d 
nglo XVIf por D. Joaquín García Icazbalceta. (Memorias de la Aca- 
demia mexicana correspondiente de la Real Española. Tomo 2?) Se- 
gún observa Beristain, " España envió á la América no frailes ignoran- 
tes, sino maestros de las órdenes religiosas, doctores de Alcalá, de Sa- 
lamanca y de París : fundó universidades, colegios y academias : erigió 
cátedras de jurisprudencia, de medicina, de matemáticas, 'de teología, 
de retórica, de poesía y de lenguas; y ha fomentado activamente las le- 
tras y premiado á los sabios con generosidad. " Fernández Guerra en 
su obra Juan Ruíz de Alarcón y Mendoza observa lo siguiente : "Nun- 
ca hubo como entonces, siglo XVI, en la Nueva España tan pasmosa 
multitud de varones doctísimos en cuantos ramos abarca el humano sa- 
ber, nacidos allá ó avecindados, españoles ó procedentes de Alemania, 
Italia y Flandes que hacían de México la Atenas del Nuevo Mundo." El 
ingenio de los mexicanos ha sido y es á propósito para el ejercicio de las 
bellas letras, punto que trataremos más extensamente en el capítulo úl- 
timo de la presente obra. Por otra parte, la poca oportunidad de lucir 
en otro terreno los inclinaba al cultivo de las musas. 

El entusiasmo de los neo-hispanos por la literatura, en el siglo XVI^ 
se manifestaba con reuniones literarias que tenían lugar en los monas- 



LITERATURA MEXICANA. 211 

terios y colegios, así como por medio de certamen^ poéticos y repre- 
sentaciones dramáticas que se verifícaban con motivo de alguna solem- 
nidad civil ó religiosa, de lo cual iremos hablando en algunos de los 
párrafos que siguen al tratar de los poetas que figuraron en México (épo- 
ca que nos ocupa) de quienes quedan noticias. Esos poetas son los si- 
guientes : 

*** 

Cristóbal Cabrera. — En lo poco que nos queda de la poesía me- 
xicana del siglo XVI, debemos considerar las composiciones poéticas 
dedicadas á los autores de libros, puestas al frente de sus obras : entre 
esas composiciones hay varias medianas y aun buenas. Seria, pues, in- 
teresante que alguna persona curiosa hiciera y publicara una colección 
de dichas poesías. Nosotros, como un ejemplo de ellas, vamos á copiar 
ahora una composición latina, y más adelante copiaremos una castella- 
na. El autor de aquella es Cristóbal Cabrera, con la circunstancia de 
aparecer sus versos como los más antiguamente impresos en Nueva Es- 
paña: lo fueron al principio de la obra intitulada Manual de Adultos, 
{México, Juan Cromberger^ 1540.) Nuestro escritor dio á sus versos 
el nombre de Dicolon Icastichon, palabras griegas que en sustancia sig- 
nifican "composición de veinte versos alternados," pues la de Cabrera 
consta de diez hexámetros y diez pentámetros en esa forma. 

Si paucis prcenosse cupis, venerando Sacerdos, 

üt baptizan quilibet Indus habet; 
Queque príus debent, ccu parva elementa docerí ; 

Quicquid adultus iners scire tenetur ítem ; 
Quoeque sient priscis patríbus sancíta per orbem, 

Ut foret ad ritum tinctus adultos aqua, 
Ut nc despíciat, fon, tam sublime Charisma 

Indulos ignauros, terque quaterque miser: 
Hunc manibus versa, tere, perlege,dilíge librum. 

Nil minus obscurum, nil magis est nitidum, 
Simpliciter dorteque dedit modo Yascus acutus 

Addo Quiroga meus pnasul abunde piu«. 
Singula perpendes, nil inde requirere poesis. 

Si placet, omne legas ordine dispositum, 
Ne videare, cave, sacrís ignavus abuti. • 

Sis dccet advigilans, mittito desidiam, 
Nempe bonum nihil unquam fecerit oscitabundus. 



212 BEVIBTA NACIONAL. 



Difficile est pulchium, dictitac Antíquitas. 
Sed satis est : quid me remoraris pluñbus? inquis. 
Sit satis, et facias quod precor, atque vale. 

Hemos copiado estos versos de la Bibliografía Mexicana del siglo 
XVI por García Icazbalceta, quien da las siguientes noticias de Cabre- 
ra: "Cristóbal Cabrera, autor de los versos latinos, era natural de Bur- 
gos y vecino de Medina de Rioseco. Vino muy joven á México, y en 
1535 figura ya como notario apostólico, certificando un testimonio de 
la erección de la Iglesia de México. Después de recidir aquí unos doce 
afíos, volvió á Europa, y basta su muerte permaneció en Roma, donde 
dejó memoria suya con la fundación de un hospital para mujeres, en 
especial españolas peregrinas. D. Nicolás Antonio trae un largo catá- 
logo de las obras manuscritas de Cabrera, que se conservaban en el Va- 
ticano. Impresas hay, entre otras, las siguientes : 

MeditatiuTiculce, Valladolid 1548, en 4 ^ Habla en ella de su residen- 
cia en México. 

Flores de consolaeióiif dirigidas á la viuy iltistre y muy generosa Se- 
ñora, la Señora Dofla Juana de Zúñiga, Marquesa del Valle, Valla- 
dolid, 1550, en 8*^ En la dedicatoria se ve que el libro, escrito en latín 
y sin nombre de autor, fué enviado por el obispo de México á la Seño- 
ra Marquesa, segunda miyer de Hernán Cortés, y que ella le mandó 
traducir á un individuo residente en la Nueva España, quien fechó la 
dedicatoria en Cuernavaca á 25 de Mayo. Parece que este libro es tra- 
ducción de las Meditaiíunculaij con aumentos. 

Beristain no hace mención de Cabrera. Es digno de leerse el ar- 
tículo que le dedica D. Nicolás Antonio, Bibl. Hisp, Nova^ tomo I, 
pág. 233. Véase además BiblAmer Feíiwí, Add., págs. 110, 129, 163, 
171 ; Gallardo, Ensayo de una Bibl. de libros raros, tomo 11, col. 164." 

La mención aquí de Cabrera, nacido fuera de Nueva España, y la in- 
serción de su poesía latina requiere algunas explicaciones. 

Hemos considerado en esta obra á Cabrera y consideraremos á otros 
escritores nacidos fuera de México, porque nuestro objeto es tratar más 
bien de las ideas que de las personas : el desenvolvimiento y progreso 
de aquellas poco importa se haya practicado por un nacional, ó por un 
extranjero, con tal que sea en México, y por esto hemos llamado al pre- 
sente libro " Historia Crítica de la literatura y de las ciencias en Mé- 
adco. " De la misma manera, pertenecen á la literatura latina algunos 



LITERATURA MEXICANA. 218 

escritores españoles, á la española varios portugueses, á la italiana al- 
gunos franceses, etc. Lo dicho se entiende de cualquier escritor que ha- 
ya figurado entre nosotros sea cual fuere su origen ; pero en lo particu- 
lar respecto á los españoles debe tenerse presente, que durante tres si- 
glos México y España formaron una sola nación. 

Relativamente á haber insertado una poesía en latín y no en caste- 
llano nos remhimos á lo explicado en el capitulo décimo ; pero desde 
ahora observaremos que apenas se hizo la conquista fué muy usado en 
Nueva España el idioma latino, y se perpetuó ese uso durante toda la 
época del gobierno colonial. Véase también sobre el asunto la parte de 
nuestro libro relativa á los lingüistas. 

P. Las Casas, quien no debe confundirse con su homónimo el cé- 
lebre obispo de Chiapas. Nada se sabe respecto al P. Las Casas, ob- 
jeto del presente artículo, y sólo le conocemos por el titulo de una obra, 
citada abreviadamente por los traductores de Ticknor (^Historia de la 
Literatura Española) ^ el cual titulo copió, por completo, García Icaz- 
balceta, en su Bibliografía Mexicana del siglo XVI: este Señor no vio 
el libro á que nos referimos ; pero sí una co^m fotolitográfica de la por- 
tada. El mismo García Icazbalceta duda de la existencia de la obra, 
aunque sin negarla redondamente, y concluye con estas palabras: 
'' Bien sé que en bibliografía lo inverosímil suele resultar cierto. Por 
lo mismo me limito á presentar la cuestión, para que la ilustre quien 
tenga mejores datos, ó el entendido lector la resuelva conforme á su 
criterio, pues yo no me atrevo á tanto. " 

El título de la obra que nos ocupa es el siguiente: " Caneioiiero Es* 
piritual: en que se contienen obras muy provechosas y edificantes: en 
particular unas coplas muy devotas en loor de Nuestro Señor Jesucris- 
to y de la Sacratísima Virgen Marta su madre : con una farsa intitu- 
lada]: el Juicio Final: compuesto por el R. P. Las Casas indigno reli- 
gioso de esta Nueva España : y dedicado al Illmo. y Rmo. Sr. D, Fr, 
Juan de Zumárraga primer obispo meritísimo Arzobispo de la gran ciu- 
dad de Tenoxtitlán, México de la Nueva España. Año de 1546." Al 
ñnal dice así : " Fué impresa la presente obra por Juan Pablos Lom- 
bardo primer impresor en esta insigne y leal ciudad de México de la 
Nueva España á 20 días de Diciembre, año de la Encamación de Nues- 
tro Señor Jesucristo, de 1646. " 

Desde luego percibirá el lector que el cancionero citado es del mayor 
interés para nuestra literatura, pues contiene la primer pieza dramáti- 



214 REVISTA NACIONAL. 



ca y la primer colección de poesias líricas que merecieron en Nueva Es> 
pafia el honor de la imprenta. Es de notar que las poesias líricas, y la 
dramática del P. Las Casas pertenecen al género religioso, el cual pri- 
TÓ en México durante todo el tiempo de la dominación española. Es 
sabido que el carácter dominante de la literatura castellana fué la fé ca- 
tólica, como un reflejo de las creencias de la nación, de las cuales par- 
ticiparon sus colonias. « 

Relativamente á la introducción del Teatro en el mismo país véase el 
capítulo que*sigue, y aquí sólo diremos que las representaciones drama* 
tico -religiosas se dieron en México apenas fué hecha la conquista, no 
faltando en Nueva Espafla personas que escribieran obras apropiadas 
al carácter y á las costumbres del nuevo pueblo, probando esto la cir- 
cunstancia de que ambos cabildos ofrecían premiar la mejor compo« 
sición que se presentase. De la afición que había en México por las re- 
presentaciones dramáticas desde el siglo XVI, da testimonio Balbuena 
cuando dice que se representaban aüi comedias nuevas cada dia. [ Oran'^ 
deta Mexicana.'] 

Dr. D. Bartolomé Meloarejo. — Natural de Toledo. Pasó á Nueva Es- 
pafla á mediados del siglo XVI, y en 1553 fué nombrado primer cate* 
drático de cánones en la Universidad de México. Tradujo al castella- 
no, con notas, la Sátira de Pernio, M. S. que menciona D. Nicolás An- 
tonio. De Melgarejo habla Plaza en su Orániea, Beristain cita á nues- 
tro traductor siguiendo á los dos escritores citados. La Crónica de la 
Universidad de México, por Cristóbal Plaza, aún existe manuscrita en 
la Biblioteca Nacional de la misma ciudad. 

Siguiendo nosotros cl ejemplo de Beristain, en su Biblioteca His- 
pano Americana Septentrional^ hemos citado aquí á Melgarejo por ha- 
ber residido en México, aunque no sabemos si fué precisamente en es- 
ta ciudad donde hizo la traducción de Persio, cosa nada estrafia, aten- 
diendo á ciertas consideraciones, las cuales prueban el gusto que había 
en Nueva España por los autores latinos, época que nos ocupa. 

Los jesuítas de México, en el siglo XVI, introdujeron, en sus cole- 
gios, el estudio de los clásicos latinos, y aun hicieron reimprimir algu- 
nos, como varias poesías de Ovidio impresas por Antonio Ricardo (Mé- 
xico 1577). Vicente Lanuchi, jesuíta italiano, y el primero que enseñó 
las letras humanas en el Colegio Máximo de la compañía de Jesús de 
México, pretendió que no se leyesen á la juventud los autores gentiles; 
pero jsu pretensión fué desechada en dicha ciudad por el P. Provincial 



LITERATURA MEXICANA. 21& 

Sánchez y en Roma por el P. Mercuriano, General de la Orden jesuítica, 
quien dijo, en carta, Abril 8 de 1577 : " No conviene que se dejen de 
leer los libros profanos, siendo de buenos autores, como se leen en to- 
das las otras partes de la compafiia ; y los inconvenientes que Y. R. sig- 
nifica, los maestros los podrán quitar del todo, con el cuidado que ten- 
drán en las ocasiones que se ofrecieren." Más adelante, 1596, el sevi- 
llano Diego Megía, tradujo en Nueva España las HerUdas de OvidtOf 
según manifestaremos en uno de los siguientes artículos El P. Llanos, 
como veremos en el capitulo lY, publicó, muy á principios del siglo 
XYII, una Poética fundada especialmente en poetas latinos. 

P. Juan de Gaona. — El Sr. Garda Icazbalceta, en su Bibliografía 
Mexicana del siglo X VI, hablando de las obras del P. Gaona, dice : 
"Por último, hallamos mención de unas Poeéiaa (en castellano?) en 
alabanza de la Purísima Concepción, impresas, según dice el P. Fr. Pe- 
dro de Alva en su Milüia Immaculaia Conceptionia Virginia Marice^ 
obra que no he visto, y hallo citada á este propósito en la Biblioteca 
Franciscana y en Beristain." 

Como se vé, el Sr. García Icazbalceta duda si las poesías del P. Gao- 
na están en castellano. Observaremos nosotros que Beristain así lo 
-asegura, y que este bibliógrafo parece haber visto la Müitia del P. Al- 
va. He aquí lo que textualmente manifiesta Beristain, al enumerar 
las obras de Gaona : " Poesías castellanas en alabanza de la Concepción 
Inmaculada de la Yirgen María. Las cita el P. Alva en su Müitia. *' 

Daremos noticias de Gaona al tratar de los prosistas. 

Don Francisco Cervantes Salazar. — Hablaremos de Cervantes Sa- 
lazar al tratar de los historiadores, y aquí mencionaremos únicamen- 
te un opúsculo que publicó con el título de *' Túmulo Imperial, á las 
exequias del invectísimo César Carlos V. Hecho en la insigne y muy 
leal ciudad de México, por mandado del Illmo. Yirrey de la Nueva Es- 
paña.** (México, 1560). Es una descripción de las magníficas honras 
fúnebres que celebró México al emperador Carlos Y, en la cual descrip- 
ción se incluyen las inscripciones y poesías latinas y castellanas con 
que se adornó el túmulo levantado en honra del emperador difunto: 
en esas inscripciones y poesías hay mucho malo y aun pésimo; pero tam- 
bién algo regular. Pueden verse fácilmente en la reimpresión del opús- 
culo de Cervantes Salazar, hecha fpor García Icazbalceta, Bibliografia 
Mexicana del siglo XVL 

Fr. Andrís de Olmos. — Tradigo del latin, en verso castellano, la 



216 REVISTA NACIONAL. 



obra intitulada [de HcBresihus, por Alfonso de Castro. Según Mendie- 
ta, á quien debemos esta noticia, la traducción de Olmos estaba hecha, 
*' con mucha curiosidad y artificio, erudición y doctrina. ^* Torquema- 
da, citado por Beristain, copió, en parte, la noticia de Mendieta. El mis- 
mo Beristain menciona un drama de Olmos que tenia por argumen- 
to el Juicio Final, sin decir en qué idioma se escribió ; pero como lo 
fué en mexicano, según el referido Mendieta, hablaremos de esa pieza 
dramática al fin del presente capitulo, cuando tratemos de lapoesia in- 
do-hispana. 

Del P. Olmos daremos noticias al hablar de los lingüistas. 

Presbítero Juan Pérez Ramírez. — Existe una pieza dramática suya 
manuscrita, en Madrid, la cual fué compuesta en 1574, con motivo de 
la consagración del Arzobispo Moya de Contreras. El título de la pieza 
es " Desposorio espiritual entre el Pastor Pedro y la Iglesia Mexica- 
na, '' Pérez y Ramírez recibía cada afio cincuenta pesos de minas por 
hacer las listas de las representaciones sagradas. Véase la obra intitu- 
lada Cartas de Indias pág. 660. (Madrid 1877 .) 

Últimamente el Sr. García Icazbalceta ha recibido una copia de la 
pieza dramática de Pérez Ramírez, la cual hemos leido. Es un auto que 
no carece de mérito, pues aunque tiene algunos versos mal medidos y 
algunas locuciones prosaicas su alegoría es propia, los puntos teológi- 
cos pocos y sin obscuridad, el bobo ó gracioso tolerable. Véase nuestro 
juicio sobe los autos en el capítulo siguiente. 

P. Pedro Morales. — He aquí las noticias que sobre este escritor y 
sus obras nos da Beristain, en su Biblioteca. "Natural de Valdepe- 
ñas en el arzobispado de Toledo, doctor en ambos derechos por la uni- 
versidad de Salamanca, y célebre abogado en Madrid y Granada. Sien- 
do de 33 aílos dejó el bullicio de los tribunales, y se alistó en la com- 
pañía de Jesús el año 1570. En el de 1576, fué destinado á México, 
donde enseñó la teología moral y el derecho canónico, y fué rector de 
varios colegios, especialmente del de el Espíritu Santo déla Puebla de los 
Angeles, que engrandeció sobremanera. Asistió como consultor cano- 
nista al célebre Concilio III mexicano ; y lleno de méritos falleció en 
México á 6 de Septiembre de 1614. Escribió : 

"Relación de las fiestas, que hizo México para recibir las Santas Re- 
liquias, que envió de Roma el Papa Gregorio XIII, el año 1570. " Im- 
preso en México por Antonio Ricardo, 1579, 4. Estas reliquias las con- 
dujeron los padres jesuítas, y la mayor parte se conserva en la capilla 



LITERATURA MEXICANA. 217 

de San Pedro de la Iglesia metropolitana. " Expositio in Cap. I. Evan- 
gélii S. Mathcei, ubi de Christo DominOy de Sanctissima Virgine Dei- 
para ac de vero ejus dulciasimo el virginale Spofiao Josepho, LiAri F." 
Editi Lugduni apud Horatium Cordón, 1614 fol. "Vida del Illmo. 
P. Dr. Pedro Sánchez, primer Prelado de los Jesuitas de México. " M. 
S. La vio y leyó y hace mención de ella en su Historia el P. Florencia" 

Vamos ahora nosotros á dar cuenta de la obra del P. Morales que 
corresponde al objeto del presente libro. Esa obra tiene el siguiente ti- 
tulo : " Carta del P. Pedro Morales de la compañía de Jesús. Para el 
M. R. P. Everardo Mercuriano, General déla misma compaflía, en que 
se da relación de la Festividad que en esta insigne ciudad de México 
se hizo este afío de 78 en la colocación de las santas reliquias que nues- 
tro muy Santo Padre Gregorio XIII les envió." (México 1579.) 

Para tener idea de las festividades religioso -literarias de México, en 
el siglo XVI, vamos á copiar la descripción que hace el P. Morales del 
paseo con que se anunció la fiesta deque él trata: " Se hizo un solem- 
ne paseo de los estudiantes de nuestras escuelas y colegios, y luego se 
ofreció con mucho amor y liberalidad un padre de un colegial del co- 
legio de San Pedro y San Pablo, á querer tomar este asunto y que su 
hijo fuese el principe y asi lo sacó el día del paseo que fué á 2 de Oc- 
tubre próximo pasado, vestido todo rigurosamente de seda y oro, en un 
muy hermoso caballo blanco costosisí mamen te enjaezado, acompaña- 
do de cuatro lacayos de librea y dos españoles reyes de armas que con 
dos cordones de seda le guiaban el caballo 7 de esta suerte, vino con 
mucho ocompañamiento y música, desde su cesa, hasta el patio de nues- 
tras escuelas, adonde se juntaron en breve más de doscientos estudian- 
tes todos á caballo con muy ricas libreas de seda y oro en diferentes 
cuadrillas de españoles, ingleses y turcos. Desde allí salieron todos en 
ordenanza de dos en dos por las mismas calles que había de ser la pro- 
cesión de las Santas Reliquias. En la delantera iba la librea de la ciu- 
dad de colorado con su música de atabales y trompetas: en seguimien- 
to las dichas cuadrillas muy concertadas y detrás de ellas delante del 
príncipe, iba un rey de armas en un gracioso caballo, el cual armado 
muy ricamente de punta en blanco llevaba en una lanza dorada y ban- 
da de azul. El cartel y pista literaria, en que se contenían siete certá- 
menes sobre las Santas Reliquias. Tenía este cartel tres varas en alto 
y dos en ancho, en el cual iban las armas de la ciudad que son una plan- 
ta de tuna campestre en medio de una laguna, y encima de ella una 



^ ftCViaiA HACÍOl^AL. 



áifuíia </^ uca celebra eo d pico. Iba también el cartel puesto en el 
ccKTpo áéi áfíúia qoe eíia misma lo abrazaba y sustentaba oon las ollas. 
Por nmsáfc de todo iba el prínópe en la forma dicha aoompafiado de 
des ci&IffiaJts de cada colefio hombres graduados oon sus becas y há- 
bito» cokfíales tn sos muías honestamente aderezadas que daban mu* 
cbo ler 7 graredad á iodo lo que se hada. Y con este concierto yendo 
á tredios algunos dérigos y gente principal dudadana que los guiaban 
y accMDpafiaban prosiguiere» su paseo hasta haber pasado lapladta que 
dken del marqués y asomar á la plaza mayor adonde los salieron á re- 
cÜHr los alcaldes ordinarios y personas del regimiento que allí se halla- 
ron y otros muchos caballeros, hasta llegar á las casas de Ayuntamien- 
to en las cuales á una rentana estaba ya puesto un rico dosel donde se 
fijó el cartel oon mucho ruido de atabales y trompetas y regodjo deto^ 
dos, que oon mucho contento llegaron luego á ver y leer los certáme- 
nes y premios que con liberal mano, como acostumbra, había dado el 
muy ilustre Ayuntamiento. ** 

EPl. Morales describe minuciosamente los relicarios donde iban las 
Santas Reliquias, y los arcos triunfales que se levantaron en la ciudad, 
"cosa, dice, dP., nunca vista en esta tierra/' También da cuenta de 
las danzas, diálogos y monólogos dramáticos, cantos y procesión con 
que se solemnizó la fiesta. 

En la carta de que vamos hablando copia su autor las inscripciones 
en prosa y verso que se pusieron en los arcos triunfales, así como al- 
gunos ejemplos de las composiciones en latín y castellano que se pre- 
sentaron para los certámenes literarios habidos, valiéndose el P. Mo- 
rales de las siguientes palabras : " Las composiciones de latín y romance 
á todos los certámenes fueron muchas y muy buenas par ser tales las 
habilidades de esta tierra,. Pero por evitar fastidio y proligidad no pon- 
dré más que una de las de verso latino en cada certamen. Y algunas 
más de romance porque será más universal entretenimiento. " 

De las composiciones poéticas conservadas por el escritor de que se 
trata vamos á copiar como ejemplo una Canción á las Santas Relir 
quiaSf advirtiendo que entre esas composiciones hay varias en italiano 
y una en azteca: la mayor parte de ellas son prosaicas y aun vulgares, 
siendo la Canción que copiamos de lo menos malo. 



¡ Qué amor ! ] qué providencia I 

¡ Y qué dulces entrañas 
La suma piedad de Dios nos muestra I 



LITEaA,TUBA MEXICANA. 21» 

Pues nos da su clemencia 
Mercedes tan extrañas, 
Obra es de su ternura y de su diestra; 
Que ya la tierra nuestra 
En cielo se convierte 
Con tantos celestiales : 
Celébrase i oh mortales I 
Vuestra dichosa suerte, 
T no en México solo; 
Mas resuene del uno al otro polo* 
Quien nos ha concedido 
Su protección y amparo 
El consuelo, la luz, la medicina, 
El don esclarecido 
Que le costó tan caro 
De su preciosa Cruz y Sacra Espina, 
Sin duda determina 
Que vaya en sumo aumento 
Esta tierra dichosa, 
Y no so niegue cesa 
Delante del divino acatamiento 
A quien pide favores 
Con tantos y con tales valedores. 

Lo más notable que contiene la carta que nos ocupa, es una tragedia 
representada en México con motivo de la festividad de que tanto he- 
mos hablado. Esa tragedia se intitula: "Triunfo de los Santos en que 
se representa la persecución de Diocleciano y la prosperidad que se 
siguió con el Imperio de los Constantinos." Los personajes que figu- 
ran en la tragedia son los siguientes: Silvestre Papa, Magno Constan- 
tino, Diocleciano Emperador, Daciano Adelantado, Cromacio Presiden- 
te, San Pedro mártir, San Doroteo mártir, San Juan mártir, Albinio 
Caballero, Olimpio Caballero, San Gorgonio mártir. Nuncio Secretario, 
dos Alguaciles, Iglesia, Fe, Esperanza, Caridad, Gentilidad, Idolatría, 
Crueldad. La pieza consta de cinco actos. El juicio que acerca de ella 
nos hemos formado, vamos á manifestarle en pocas palabras. 

La obra dramática relativa á Diocleciano y Constantino no es una 
tragedia porque carece de las circunstancias de tal, bastando observar 
que el desenlace es feliz, el triunfo de Constantino. Debe, pues, consi- 
derarse esa pieza literaria más bien como una especie de auto históri- 
co, pues en ella hay personiges alegóricos y reales: adelante (cap. 2) 



220 REVISTA NACIONAL. 



daremos nuestra opinión respecto á los autos, según hemos manifesta- 
do al hablar de Pedro Ramirez. 

En tal concepto diremos que la supuesta tragedia no carece de valor 
artístico, pues si bien tiene defectos, se recomienda por buenas cuali- 
dades. El estilo es desigual, lo que hace creer que fué obra de varios 
autores; la versificación es frecuentemente mala; hay el anacronismo de 
dos alguaciles modernos, aunque es sabido que los anacronismos fue- 
ron defecto común entre los antiguos dramaturgos, aun de mayor im- 
portancia, como Calderón de la Barca y Shakespeare. Buen lenguaje 
generalmente, trozos de versifícación armoniosa; pasajes de estilo con- 
venientemente elevado; rasgos y situaciones dramáticas; la casi caren- 
cia de gracioso impertinente, que rara vez asoma. Pueden verse trozos 
escogidos de la pieza que nos ocupa y el argumento de ella, en la obra 
del Sr. García Icazbalceta Bibliografía Mexicana del siglo XVL 

Fernando Córdoba Bocanegra. — Nació en México, Junio de 1565. 
Por espíritu religioso renunció su pingüe mayorazgo y el título de mar- 
qués de Villamayor, en su menor hermano. Iba á recibir el subdiaco- 
nado cuando murió en Puebla, Diciembre de 1589, á consecuencia de 
la maceración y del ayuno. El cronista Fr. Alonso Ramos escribió su 
Vida y la publicó en Madrid, aflo de 1617, con varios opúsculos de 
nuestro D. Femando, y son: "Canción al amor divino." "Canción al 
Santísimo nombre de Jesús." "Doctrina espiritual." "Varias cartas." 
Antes se había dado á luz un tratado suyo de mística. (Madrid, 1616.) 

Fr. Juan Adriano. — Del cual dice Beristain lo siguiente: "Natural 
de la antigua Espafia; del orden de San Agustín, de cuyo colegio de 
Alcalá pasó á esta América. Aprendió la lengua llamada tarasca en la 
provincia de Michoacán, de donde fué llamado á México para leerla cá- 
tedra de Sagrada Escritura en la Universidad, después de haber doc- 
trinado á aquellos indios, y cogido abundantes frutos espirituales. Fué 
tres veces prior del convento de la Puebla, otras tantas del de México, 
y dos provincial: la primera en 1572 y la segunda en 1590. Obsequió 
en su convento de la capital, con fraternidad generosa, á los primeros 
jesuítas que vinieron á fundar. Instituyó un certamen poético en culto 
y elogio de Santa Cecilia, de quien era singularmente devoto, y de 
quien era voz común se le había aparecido en una enfermedad. Murió 
con sentimiento general por sus religiosas virtudes y por su doctrina 
y elocuencia, en 1593. El maestro Grijalva en su Oóntca, y el Illmo. 
Eguiara en sus borradores, aseguran que dejó manuscritos "varios 




LITERATURA MEXICANA. 221 

opúsculos teológicos concionatorios y poétieoSj^^ cuyos títulos no expre- 
san. Ni debe pasarse en silencio que el maestro Adriano fué fundador 
de los conventos de su orden de San Agustín en Jalisco, Tonalán, Oca- 
tlán, Zacatecas, Oaxaca y Atlixco.^^ 

Juan Arista. — Nació en la Nueva España y fué sacerdote de la Com- 
pañía de Jesús. Siendo ministro del colegio de San Ildefonso escribió, 
según Beristain, unas octavas reales en elogio de San Jacinto (impre- 
sas en México, 1597). £1 motivo de esas octavas fué la canonización 
del santo referido, la cual se celebró en la capital de Nueva España 
en 1594, por los dominicos y los jesuítas. Según dice el P. Alegre 
"hubo adornos en las calles con tarjas, carteles, pinturas de diversas 
invenciones, emblemas, empresas, enigmas, epigramas, himnos y gran 
diversidad de ruedas, laberintos, acrósticos y otros géneros de versos 
exquisitos, los más en lengua latina, italiana y castellana, y algunos en 
griego y en hebreo. Sobre un majestuoso teatro erigido en la iglesia 
catedral representaron los colegiales del Seminario, en loor del nuevo 
santo, una pieza panegírica repartida en tres cantos de poesía española, 
cuyos intervalos ocupaba la música." 

García Icazbalceta [^Bibliografía Mexicana del siglo XVI^ cree que 
las octavas del P. Arista forman parte de un libro publicado por Fr. 
Antonio Hinojosa con el siguiente título: "Vida y milagros del glorio- 
so San Jacinto, del orden de Predicadores, Bula de su canonización, y 
noticia de las fiestas con que se celebró ésta en México." (Imp. allí 
por P. Balli, 1597.) 

Es digno de notar que también en España la canonización de los 
santos, así como otros acontecimientos religiosos ó civiles, se celebra- 
ban con justas literarias, según sucedió cuando la canonización de San 
Jacinto: entonces obtuvo premio en Madrid, por una poesía, el famoso 
D. Miguel de Cervantes. 

Fernán González Eslava. — Véase el capítulo que sigue al presente. 

DoSa Catalina de Eslava. — Según ofrecimos en el artículo relativo 
á Cristóbal Cabrera, vamos á copiar ahora una composición poética en 
castellano, como muestra de las que se escribieron en el siglo XVI de- 
dicadas á los autores de libros. Escogemos para ello un soneto de Doña 
Catalina de Eslava, dedicado á su tío Fernán González de Eslava, el 
cual soneto precede á los Coloquios Espirituales y Sacramentales de 
aquel poeta. Nos hemos fijado en Doña Catalina, para hacer notar que 
desde el siglo XVI el bello sexo cultivaba las Musas en México. 



222 BEVIBTA NACIONAL. 



El sagrado laurel ciña tu frente, 
La yedra, el anabian, trébol y oliva, 
Porque (aunque muerto estás) tu fama viva 
T se pueda extender de gente en gente. 

El tiempo la conserve, pues consiente 
Que el levantado verso suba arriba, 
T en láminas de oro el nombre escriba 
Del que no tiene igual de Ocaso á Oriente. 

En el carro de Apolo te den gloria. 
Digo de aquel Apolo soberano 
A quien con tanto amor tan bien serviste: 

T pues él hace eterna la memoria, 
Con que muevas mi pluma con tu mano 
La gloria alcanzarás que acá nos diste. 

D. Antoi«io de Saatedra Guzmán. — Véase el capitulo III de la pre- 
sente obra. Hemos destinado capitulo especial á González Eslava y á 
Saavedra Guzmán porque aquel es nuestro mejor escritor de piezas sa- 
gradas, y éste fué el primero que escribió en Nueva España una his- 
toria completa rimada sobre el interesantísimo asunto de la conquista 
de México por los españoles. 

Francisgo Terrazas. — Lo único que sobre este poeta manifiesta el 
bibliógrafo Beristain, es que fué natural de Nueva España, y en segui- 
da copia lo que respecto á él dijo Cervantes en su Galatea. 

De la región antartica podría 
Eternizar ingenios soberanos. 
Que si riqueza, hoy sustenta y cría 
También entendimientos sobrehumanos: 
Mostrarlo puedo en muchos este día, 
T en dos os quiero dar llenas las manos, 
Uno de Nueva España, y nuevo Apolo, 
Del Perú el otro, un sol único y solo. 



Francisco el uno de Terrazas tiene 
El nombre acá y allá tan conocido. 
Cuya vena caudal nueva Hipocrene 
Ha dado al patrio venturoso nido: 
La mcsma gloria igual al otro viene 
Pues su divino ingenio ha producido 
En Arequipa eterna primavera, 
T éste es Diego Martínez de Ribera. 




LITERATURA MEXICANA. 223 

En el "Apéndice á la Biblioteca de Beristain/* manuscrito pertene- 
•ciente al Sr. García Icazbalceta, se encuentran las siguientes noticias 
sobre Terrazas, escritas por D. José Femando Ramírez, que copiamos 
literalmente. 

"Fué Francisco de Terrazas hijo primogénito del conquistador del 
mismo nombre, del cual dice Bernal Diaz haber sido mayordomo de 
Cortés y persona preeminente. Mayor es el elogio que Baltasar Doran- 
tes hace de su descendiente con estas palabras: "El hijo mayor del con- 
quistador fué un excelentísimo poeta toscano, latino y castellano, aun- 
que desdichado, pues no acabó su Nuevo Mundo y Conquista^ j así 
dijo de él en su túmulo Alonso Pérez. 

Cortés con sus maravillas, 
Con su valor sin segundo, 
Terrazas en escríbillas 
Y en propio lugar subillas 
Son dos extremos del mundo. 
Tan extremados los dos, 
En su suerte y su prudencia, 
Que se queda la sentencia 
Besorvada para Dios 
Que sabe la diferencia. 

Arrázola dijo de nuestro Terrazas, lo siguiente: 

Los vivos rasgos, los matices finos 
La brava hazaña al vivo retratada 
Con visos más que Apolo cristalinos 
Como del mesmo Apeles dibujada. 
Ya con misterios la dejó divinos 
En el octavo ciclo colocada 
Francisco de Terrazas, fénix solo, 
Único desde el uno al otro polo. 

Terrazas fué probablemente mexicano, pues su padre se quedó esta- 
l)lecido en México, donde tuvo varios descendientes legítimos é ilegíti- 
mos. Dorantes menciona algunos; y expresando que escribió en 1604 
la obra en que habla do Terrazas, se viene en conocimiento de que éste 
habia muerto ya en esa fecha. En la foja 491 repite que el poema in- 
titulado Nuevo Mundo f "era obra no sacada en molde, ni aun á los ojos 
de nadie,'' presintiendo que el manuscrito correría la suerte de per- 
derse como tantos otros.'' 



224 REVISTA NACIONAL 



Hasta aqui el Sr. Ramirez. Por nuestra parte agregaremos que co- 
nocemos tres sonetos de Terrazas y algunos fragmentos de su poema El 
Níievo Mundo. Los sonetos se hallan en la obra intitulada: "Ensayo 
de una Biblioteca Española de Libros Raros y Curiosos^' (Madrid, 1863. 
Tom. 2): esos sonetos pertenecen á una compilación de Flores de va- 
ri(í8 poesías, hecha en México, 1577. Los fragmentos del poema han 
sido publicados por el Sr. García Icazbalceta en las "Memorias de la 
Academia Mexicana correspondiente de la Española'^ (Tom. 2) 

De los tres sonetos omitimos uno por ser de argumento impúdico, y 
en seguida copiamos los otros dos. 

Dejad las hebras de oro ensortijado 
Que el ánima me tienen enlazada, 

Y volved á la nieve no pisada 
Lo blanco de esas rosas matizado. 

Dejad las perlas y el coral preciado 
De que esa boca está tan adornada; 

Y al cielo, de quien sois tan envidiada, 
Volved los soles que le habéis robado. 

La gracia y discreción que muestra ha sido 
Del gran saber del celestial maestro 
Volvédselo á la angélica natura; 

Y todo aquesto así restituido, 
Veréis que lo que os queda es propio vuestro: 
Ser áspera, cruel, ingrata y dura. 

Á UNA DAMA QUB DESPABILÓ UNA VELA CON LOS DEDOS. 

El que es de algún peligro escarmentado 
Suele tcmelle más que quien lo ignora; 
Por eso temí el fuego en vos, señora, 
Cuando de vuestros dedos fué tocado. 

Mas ¿vistes qué temor tan excusado 
Del daño que os hará la vela agora? 
Sino os ofende el vivo que en mí mora, 
¿Cómo os podrá ofender í\iego pintado? 

Prodigio es de mi daño. Dios me guarde. 
Ver el pábilo en fuego consumido, 

Y acudirle al remedio vos tan tarde: 
Señal de no esperar ser socorrido 

£1 mísero que en niego por vos arde, 
Hasta que esté en ceniza convertido. 




LITERATURA MEXICANA. 225 

El estilo algo afectado de los sonetos anteriores descubre el gusto de 
la escuela oriental, sevillana ó de Herrera; pero muy especialmente el 
primer soneto, donde hay algunos rasgos tomados de las elegías del poe- 
ta español, como cuando dice: "Quedé sujeto y sin sentido en las 

trenzas de oro ensortijado." En otro pasaje compara el color de su que- 
rida, con "la nieve no tocada," que convirtió Terrazas en "nieve no pi- 
sada." El escritor mexicano pudo conocer bien las poesías de Herrenii 
pues en 1582 se había publicado en Sevillla un tomo de ellas, y desde 
1580 sus Anotaciones á Oarcüaso, Relativamente al juicio que hace- 
mos del estilo de Herrera, no creemos necesario presentar pruebas, por 
ser punto generalmente reconocido, y sin embargo vamos á transcri- 
bir lo que dice sobre el particular uno de los mejores historiadores 
de la literatura española, Ticknor: "Herrera dio á sus versos una en- 
tonación tan grave y estirada, que á veces pasan de ser imitaciones del 
latín é italiano, y anuncian ya, aunque obscura y confusamente, el 
gongorismo que después se hizo tan de moda." 

Entre los fragmentos del poema de Terrazas se encuentran algunos 
de estilo sencillo, y otros en que se descubre, como en los sonetos, el 
gusto de Herrera. 

Por lo demás, hé aquí sumariamente los defectos y las buenas cua- 
lidades que encontramos en esos fragmentos. Episodios sin enlace con 
la acción principal, versos mal medidos, consonantes triviales, caldas 
prosaicas; por otra parte, lenguaje castizo, tono poético, trozos agrada- 
bles y aun interesantes, y, en el conjunto, un término medio conve- 
niente entre el prosaísmo y el gongorismo: en el primer defecto incurrió 
Saavedra Guzmán al escribir el Peregrino IndianOj y en el segundo, 
Ruiz de León, autor de la Hernandiaf poemas de autores mexicanos 
con el mismo argumento que el Nuevo Mundo, preferible éste, por lo 
tanto, á los otros dos. Es, pues, muy de sentirse, que Terrazas no hu- 
biera concluido su obra y que ni siquiera lo que escribió tengamos 
completo. 

De los fragmentos publicados, el que nos parece de más mérito lite- 
rario es un tierno ó ingenuo episodio referente al saqueo del pueblo 
de Naucol, donde residían tranquilamente dos jóvenes amantes, Huit- 
zel, hijo del rey de Campeche, y Quetzal, hija del rey de Tabasco. 

No debemos concluir lo relativo á Francisco de Terrazas sin agre? 

gar una noticia tomada del Sr. García Icazbalceta, lugar mencionado. 

"Diego Mufioz Camargo en su Hütoria de Tlaxcala, cita un Tratado 

B. V.-T. 11-16 



226 BEVIBTA NACIONAL. 



dd Aire y Tierra escrito por Francüco de Terrazas, en que se conta« 
ban los inauditos trabajos que Cortés y sus compañeros pasaron en la 
expedición de las Hibueras. No sé si se refiere al padre ó al hijo: la pre- 
sunción está en favor del segundo, por cuanto sabemos que era hom- 
bre de pluma, lo cual no nos consta del padre, pues no tiene funda- 
mento la opinión de los que le atribuyen la célebre relación conocida 
con el nombre de El Conquistador Anónimo y 

Arrizóla. — Hemos copiado anteriormente unos versos de este poe- 
ta, dedicados á Francisco Terrazas. Entre los fragmentos del Nuevo 
Mundo, publicados por el Sr. García Icazbalceta, de que hemos habla- 
do, hay algunas octavas de Arrázola. Del mismo poeta es el siguiente 
soneto, inédito, que nos ha facilitado el referido Sr. Garcia Icazbalceta. 

SONETO 

Hecho al M, R, P. Maestro Fr, Andrés de übilla, que á la sazón era confesor 
del Virrey D. Luis de Velaaco, que fué por cuya mano se mandó hacer esta 
Memoria, author Joseph de Arrázola. 

« 

Con cinco panes Dios la muchedumbre 
Hartó en el monte suficientemente, 

Y el Santo Apóstol que tendió la gente 
Desde los llanos hasta la alta cumbre. 

Sacro Maestro, vos que sois la lumbre 
-Que alumbra el paso al Príncipe excelente, 
Felipe sois, mediando sabiamente 

Y antorcha ha de ser que nos alumbre. 
Si el pan es poco, el dulce padre caro 

De mi dichosa patria condolido,* 
Ponga el intento en Dios por imitalle. 
Y siendo el celo tal cual vemos claro, 
BI Pan por su largueza repartido 
Harto el hambriento, pan ha de sobralle. 

Sacado de un ^'Memorial de Hijos de Conquistadores de Nueva Es- 
pafia que vivían el aflo de 1590, en el primer gobierno de D. Luis de 
Velasco, hecho por Luis de Tovar Godínez, secretario de la goberna- 
ción de este reino. Aflo de 1622." 

Salvador Cuenca. — Poeta del siglo XVI, mexicano ó residente en 
México. Entre los fragmentos del Nuevo Mundo, poema de que ya te- 
nemos conocimiento, se encuentra la siguiente octava de Cuenca. 



LITERATURA MEXICANA. 227 

Altísimo saber, sumo, sagrado. 
Cuan grandes son tus trazas y rodeos, 
Que llevas al siguro apostolado 
De aquel incierto cambio á San Mateo, 

Y al tartamudo sacas del ganado 

Para lengua y caudillo al pueblo hebreo, 

Y de Cuba, ieleta pobre y chica, 
Quien tu supremo reino multiplica. 

Poetas Satíricos del siglo xvi. — Lo que el Sr. García Icazbalceta 
ha publicado de Terrazas, Arrázola y Cuenca está tomado de una Be- 
lación manuscrita que posee, escrita por Baltasar Dorantes. Aquel se- 
ñor ha publicado también, sacados de la misma i^e^oci^M, tres sonetos 
de poetas desconocidos, los cuales sonetos creemos conveniente repro- 
ducir aquí porque son de autores mexicanos ó residentes en México; 
porque pertenecen á un mismo género de poesía, el satírico; y porque 
se refieren á vicios locales, propios de la Nueva España. 

Minas sin plata, sin verdad mineros. 
Mercaderes por ella cudiciosos, 
Caballeros do serlo deseosos. 
Con mucha presunción bodegoneros: 

Mujeres que se venden por dineros 
Dejando á los mejores más quejosos; 
Calles, casas, caballos muy hermosos. 
Muchos amigos, pocos verdaderos: 

Negros que no obedecen sus señores, 
Señores que no mandan en su casa, 
.Jugando sus mujeres noche y día: 

Colgados del virey mil pretensores, 
Tiánguez, almoneda, behetría, 
Aquesto, en suma en esta ciudad pasa. 



Kiños soldados, mozos capitanes. 
Sargentos que en su vida han visto guerra, 
Generales en cosas de la tierra, 
Almirantes con damas muy galanes: 

Alféreces de bravos ademanes, 
Kueva milicia que la antigua encierra, 
Hablar extraño, parecer que atierra 
' Turcos rapados, crespos alemanes. 



280 REVISTA NACIONAL. 



del Lie. Diego García de Palacios, oidor de Guatemala y México, dada 
á luz con esta obra en México, año de 1583) en 4", que le sirve de ar- 
gumento. La tercera parte se subdivide en otras tres. En la primera 
se observan varios metros bucólicos al Nacimiento y Encamación del 
Hijo de Dios. En la segunda, diferentes asuntos de devoción y peni- 
tencia, con las tres lecciones del Ofício de Difuntos que canta la Igle- 
sia. En la tercera, obras líricas á varios santos, en Sonetos, Canciones^ 
Estancias, Cantos, Salmos de loores, y una versión del primer trena 
del Profeta Jeremías. La cuarta parte de la obra contiene cinco Cartas 
en prosa.'' A lo dicho conviene agregar que la Silva de Poesía fué 
puesta en limpio y arreglada para la prensa en México. 

Las cartas en prosa á que se refiere la obra descrita, son de mérito 
literario generalmente reconocido, y se han publicado en Madrid, 1866, 
por la Sociedad de bibliófílos españoles, con una biografía de Salazar 
por D. Pascual Gayangos. De esas cartas, una relativa á los Cataribe- 
ras ó pretendientes de empleos, se había impreso en el Semanario eru- 
dito, y más adelante lo fué en El Criticón; pero en el Semanario trun- 
ca, reformada y atribuida erróneamente á D. Diego de Mendoza, punto 
que puso en claro Alvarez Baena en la obra citada Hijos de Madrid^ 
asi como después D. Bartolomé José Gallardo en el referido periódico 
JK Criticón, En La mar descrita por loe mareados, de Fernández Du- 
ro, se ha reimpreso la Carta de Salazar que lleva el siguiente título: 
"Carta escrita al Lie. Miranda de Ron, particular amigo del autor, en 
que se pinta un navio, y la vida y ejercicios de los oficiales y marine- 
ros de él, y cómo lo pasan los que hacen viajes por la mar.'' Respecto 
á las otras tres obras de Salazar, que hemos mencionado, únicamente 
observaremos que sólo la primera se escribió fuera de México. 

Considerando á nuestro D. Eugenio como escritor en verso comenza- 
remos por decir que Alvarez Baena le califica de excelente poeta, y Ga- 
llardo como autor de poesías cultísimas. Por nuestra parte, no podemos 
juzgar, en su conjunto, las composiciones poéticas del escritor que nos 
ocupa, porque sólo conocemos algunas publicadas por Baena y tres por 
Gallardo, en las obras citadas anteriormente. Tenemos, pues, que re- 
ducirnos á dar nuestra opinión sobre esas poesías. 

Las composiciones poéticas de Salazar, publicadas por Baena, son 
tres trozos de églogas y dos sonetos, uno del género bucólico y otro en 
estilo cortesano, y las que dio á luz Gallardo son: "Epístola al insigne 
Hernando de Herrera, en que se refiere el estado de la ilustre ciudad 



LITERATURA MEXICANA. 229 

de Guatemala, empleo que desempeñaba por 1580. Se trasladó á Mé- 
xico, 1581, y en su Universidad se graduó de Doctor, Agosto de 1591. 
En 98, á la muerte de Felipe 11, era oidor de la misma ciudad, donde 
permaneció hasta que Felipe III le llevó á su corte en clase de Conse- 
jero de Indias, plaza que ocupaba en 1601. 

Salazar escribió lo siguiente: Jeroglíficos y letras con que se adornó 
en Guatemala (1580) el túmulo de Doña Ana de Austria. Emblemaá 
y poesías para las honras de Felipe II, en México. Octavas reales re- 
comendando la obra Diálogoa Militares por García del Palacio (Méxi- 
co, 1583) al frente de la misma obra. Un gran volumen en verso y 
prosa con el título de Silva de Poesía, Un poema intitulado Navega^ 
ei6n del alma por el discurso de las edades del hombre. Tratado de los 
negocios incidentes en las Audiencias de Indias. 

La última obra ha sido mencionada por León Pinelo. Salazar la lla- 
ma en otro de sus escritos Puntos de Derecho: es un manuscrito en 
folio, latín y castellano. 

El poema Navegaeián del Almu existe inédito en la Biblioteca Na- 
cional de Madrid, según Fernández Duro, en su obra La Mar descrita 
por los mareados, Tom. 2, pág. 260. Salazar explica que el navegante 
es el alma; navio el cuerpo del hombre; piloto^ la mente ó entendi- 
miento; timón, la prudencia; calafate, la prevención; maestre, el libre . 
albedrío; condestable, el aborrecimiento del pecado, y así va compa- 
rando y explicando todas las partes del navio. Lope de Vega escribió 
una comedia sagrada con el título de Viaje del Alma, la cual no tiene 
analogía con el poema Navegación del Alma de nuestro Salazar. 

El volumen SUva de Poesía se encuentra manuscrito en la bibliote- 
ca de la Academia de la Historia de Madrid, y de él hallamos la si- 
guiente descripción en la obra intitulada Hijos de Madrid, por Alvarez 
Baena: "Está dividida en cuatro partes: La primera se subdivide en dos: 
La primera de éstas, son obras bucólicas, compuesta de Sonetos, Églo- 
gas, Canciones y Mandriales ó Madrigales; y la segunda de Canciones, 
Epístolas en tercetos, y Coplas, Sestinas y Sonetos. La segunda parte 
de toda la obra contiene, á diferentes asuntos y personas, Églogas, Can- 
tos, Canciones, Epístolas, Sonetos, una Elegía, una Sátira, Jeroglíficos 
y Canciones en metro castellano é italiano, entre las cuales poesías se 
comprende un Canto que hizo en loor de la traducción de los libros de 
JRc müitari, del Secretario Diego Gracián, que se imprimió con ella en 
Barcelona afio de 1567, y otro en alabanza de los Diálogos mHUarei^ 



232 REVISTA NACIONAL. 



Y en el divino altar los presentando: 

Aquí, do la lealtad y la excelencia 
El gran Cortés mostró de su persona, 
Su fe supliendo de su Bey la ausencia; 

Juntando un orbe nuevo ú la corona 
Beal de España, de caudal inmenso; 
Hecho quo mar y tierra le pregona: 

Aquí, que como en la gentil floresta 
La linda primavera da mil flores. 
De beldad llenas, con su mano presta; 

Van descubriéndose otras muy mejores, 
lie artes y de ciencias levantadas. 
Que ilustren estos nuevos moradores 



Las poesías de Eugenio Salazar dan lugar á las siguientes observa- 
ciones. 

Nuestro poeta imitó á otros, especialmente españoles é italianos. Hé 
aqui un ejemplo. Garcilaso dice: 

Por tí el silencio de la selva umbrosa. 
Por tí la esquividad y apartamiento 
Del solitario monte me agradaba: 
Por tí la verde yerba, el fresco viento. 
El blanco lirio y colorada rosa: 
Y dulce primavera deseaba: 
¡Ay cuánto me engañaba! 



Salazar dice: 




Por tí me desagrada la ribera, 
El más florido valle, y verde llano. 
El abrigado monte, y la frescura 
De la alta sierra, y el suave viento. 
Por tí no me da gusto de las flores 
El varío olor en fresca primavera; 
Ni aplace á zzús oídos el ruido 
De la alta baya, ni del verda fresno 
Del Euro mansamente sacudido; 
Ni de las aguas claras el murmullo. 
Por tí sabor no hallo en la cuajada, 
Ni en fresca leche, ni sabrosa nata; 
La dulce miel como la hiél me amarga. 



LITERATURA MEXICANA. 233 

La tendencia á la imitación se nota en los poetas mexicanos, ó resi- 
dentes en México, desde que se hizo la conquista hasta nuestros días, 
según veremos en el curso de esta obra. 

A Salazar, lo mismo que á Terrazas y á otros poetas de la Nueva 
España, durante toda la época del gobierno español, les fué muy fami- 
liar el uso del italiano, y no sólo como traductores, sino como escrito- 
res originales en ese idioma. 

En las poesías de Salazar se encuentran rasgos descriptivos agrada- 
bles, y versos eróticos que no carecen de sentimiento. Uno y otro gé- 
nero fueron poco cultivados en la Nueva España, donde los asuntos 
que dominaron fueron el religioso y los que pueden llamarse de ciV- 
cujistandaSy como cuando nacía un príncipe ó moría un rey, cuando 
se canonizaba un santo, se estrenaba una iglesia, etc. Ya hemos indi- 
cado algo de esto, y lo veremos confirmado más adelante. 

Lo que el escritor que nos ocupa dice respecto á nuestro país en su 
Imputóla á Herrera^ es un nuevo testimonio del adelantamiento que 
en el siglo XVI alcanzó México en ciencias y letras. (Véase nota 1* al 
fin del capítulo). 

Dr. Dionisio de Ribera Florez, del cual dice Beristain lo siguien- 
te: ''N'atural de la antigua España, alumno de la Universidad de Sala- 
manc^i, presbítero, doctor en cánones. Pasó á México el año 1560, y 
por espacio de 45 mereció mucho aplauso en el ejercicio del pulpito. 
Era cura de la catedral de México cuando el Sr. Arzobispo Moya le 
nombró promotor fiscal del Concilio tercero Mexicano, cuyo oficio des- 
empeñó con acierto y alabanza. Fué consultor de la Inquisición, y mu- 
rió canónigo de la metropolitana. Escribió: "Aparato con que el tribunal 
de la Inquisición de México celebró las exequias del Rey D. Felipe II. 
Imp. en México, 1600." 

D. Jerónimo Herrera, en el prólogo que puso á este libro insinúa 
otros Opúsculos de nuestro D. Dionisio. 

El verdadero título del libro de Ribera, citado por Beristain, es el 
siguiente: "Relación historiada de las exequias funerales de la Majestad 
del Rey D. Felipe II Nuestro Señor, hechas por el Tribunal del Santo 
Oficio de la Inquisición de esta Nueva España y sus provincias, y estas 
Filipinas: asistiendo sólo el licenciado D. Alonso de Peralta, Inquisi- 
dor Apostólico, y dirigida á su persona por el Dr. Dionisio de Ribera 
Florez, Canónigo de la Metropolitana de esta ciudad, y consultor del 
Santo Oficio de Inquisición de México, donde trata de las virtudes es- 



23i REVISTA NACIONAL. 



clarecidas de su Majestad (sic) y tránsito felicisimo: declarando las fi- 
guras, letras, jeroglíficos, empresas y divisas, que en el túmulo se pu- 
sieron, como persona que lo adornó y compuso, con la invención y 
traza del aparato suntuoso con que se vistió desde su planta hasta su 
fenecimiento. (En México, en casa de Pedro Balli. Año de 1600.)" 

Las exequias de Felipe II, á que se refíere la relación de Ribera, se 
verificaron en la Iglesia de Santo Domingo de México el 1" de Abril 
a£ío 1599. En esa relación se encuentran varias poesías latinas y cas- 
tellanas, algunas de Ribera, y otras de diversas personas residentes en 
la capital de Nueva España: todas esas composiciones carecen de mé- 
rito literario y, por lo tanto, no nos detenemos en examinarías. 

Diego Megía. — Natural de Sevilla y estudiante de su Universidad. 
De Sevilla pasó al Perú y de aquí á Nueva España en 1 596. Caminan- 
do por tierra de Sonsonate á México, y con el objeto de divertir los 
ocios del camino, tradujo en verso castellano algunas Heroidas de Ovi- 
dio, las cuales acabó de traducir en México, así como la invectiva In 
Ibin que, con otras poesías y el siguiente título, publicó en Sevilla 
(1608): "Primera parte del Parnaso Antartico de Obras amatorias, y 
las 21 Epístolas de Ovidio y el Li Ibin en tercetos." En la edición de 
Sevilla se incluyó una carta poética escrita por una señora á Megía, la 
cual contiene noticias de varios poetas de la América del Sur. Esta 
carta se suprimió en la edición de Fernández. (Colección Tom. 19). 
Sólo la traducción de las Heroidas se ha incluido últimamente en la 
obra intitulada Biblioteca Clásica^ Tom. 76. (Madrid, 1884.) 

Megía, en la introducción de su obra, explica el plan de ella, mani- 
festando en sustancia lo siguiente: Que hizo la traducción en tercetos 
por parecerle que esas rimas correspondían con el verso elegiaco lati- 
no; que limó su traducción lo mejor que pudo, adornándola con argu- 
mentos en prosa y algunas moralidades; que siguió en la interpretación 
de los conceptos más difíciles á diversos comentadores, como Huber- 
tino, Ascensio, etc.; que en algunas cosas imitó á Remigio Florentino, 
traductor de Ovidio al italiano; que añadió algunos conceptos y sen- 
tencias suyas para aclarar más las del poeta latino y rematar con dul- 
zura algunos tercetos; que aunque se tomó algunas licencias, de suerte 
que puede ser mejor llamado imitador que traductor, siempre procuró 
conformarse al texto latino; que quitó todo lo que en algún modo podía 
ofender los oídos castos, dejando de traducir algunos versos poco ho- 
nestos. 



LITERATURA MEXICANA. 285 

Por otra parte, Megía se disculpa de lo imperfecto de su traducción, 
en virtud de haberla hecho para entretenimiento de tiempo y recrea- 
ción de espíritu y no con presunción de ingenio, asi como porque era 
hombre dedicado á asuntos pecuniarios, ocupado en ganar la vida, tra- 
tando con negociantes y no con hombres de letras. 

Si bien Megía creyó que los tercetos eran lo más á propósito para 
traducir el verso elegiaco latino, Villegas fué de opinión contraria cuan- 
do pensó en traducir á Dante. De todas maneras, la traducción del poe- 
ta que nos ocupa nos parece digna de elogio por su lenguaje correcto y 
estilo elegante, aunque contiene versos poco Huidos y aun ásperos. 

Al hablar de Ochoa, veremos que este poeta mexicano tradujo tam- 
bién las Heroidas de Ovidio: en nuestro concepto, la traducción de 
Ochoa es superior á la de Megía. Véase el cap. XI de la presente obra. 

Illmo. Dr. Bernardo de Balbuena. — Es tanto lo que se ha escrito 
acerca de este poeta y de sus obras, que nada nuevo podemos decir nos- 
otros, y, por lo tanto, nos reduciremos á manifestsr las razones por que 
le mencionamos en el presente capítulo.' 

Balbuena nació en Valdepeñas de Espafia, 1568, y murió en Puerto 
Rico, 1627. Empero, Balbuena pasó á México desde su más tierna in- 
fancia, allí hizo sus estudios literarios, se graduó de bachiller en teo- 
logía, obtuvo premio en algunos certámenes poéticos, y escribió sus co- 
nocidas obras en verso, no sólo la intitulada Grandeza Mexicana^ sino 
también El Siglo de Oro y El Bernardo, según explica Beristain en su 
Biblioteca. Creemos [conducente al objeto de nuestra obra, copiar las 
siguientes palabras de aquel bibliógrafo, cuando trata de El Bernardo: 
" Y el autor del Semunario Patriótico, después de una moderada crí- 
tica de este poema dice : '' De cualquier modo, y á pesar de sus defec- 
tos, esta obra es la mejor de cuantas tenemos de su clase en castellano : 
digna de los curiosos de nuestras cosas, y necesaria á cuantos se dedi- 
can á cultivar la lengua y la poesía españolas '' Lo que yo no he podi- 
do entender muy bien es que dicho periodista diga " que la parte más 
sobresaliente del Bernardo es la del lenguaje, versifícación y estilo en 
que no consiente comparación con ninguno de los otros poemas caste- 
llanos :" y que después añada, " que tiene muchos modos de decir trivia- 
les y bajos, que desdicen del tono elegante, que corresponde á la poe- 
sía. " Y lo más gracioso es que atribuye este defecto á que " Balbuena 
escribió en México, donde serían (dice) cultas y elegantes las frases 
que no se hubieran sufrido en Madrid. " Pues y Isl parte más sobreea- 



286 REVISTA NACIONAL. 



lienta de este poema, el lenguaje en que no consiente comparación con 
otro alguno ¿dónde lo aprendió Balbuena? ¿en México ó en Madrid? 
" Y lo rico y abundante en las descripciones, lo patético y tierno en los 
afectos : lo fiero y fogoso en los combates : lo inagotable en símiles y alu- 
siones ? aquella espontánea facilidad y soltura con que camina, sin que 
la lengua ni el metro, ni la rima le pongan embarazo," ¿lo bebió Bal- 
buena en el rio Manzanares ó en la laguna de Tenoxtitlán? ¿Por qué 
pues se nombra á México únicamente cuando se trata de los defectos 
del Bernardo : y no se hace mención de esta ciudad, cuando se descri- 
ben los primores del poema? En México; sí : en México aprendió Bal- 
buena la poesía, y en México escribió su Bernardo : en México, donde 
si se usan frases bajas es en los barrios, como en Avapies y el Barqui- 
llo ; no empero en las aulas de la Universidad, en las academias ni en 
los colegios donde aprendió las bellas letras, ni entre los literatos co- 
mo el autor del Semanario Patriótico, de los cuales hay en México un 
número copiosísimo, como en toda la América española, donde acaso 
se conserva el idioma castellano del siglo XVI con más pureza que en 
álgunas"provincias de la Península; y de donde salieron, entre otros 
muchos sujetos ¡dignos de ocupar el puesto de secretario de la acade- 
mia de la lengua Española y de ganar el premio de elocuencia caste- 
llana; y por último donde el gran Balbuena aprendió á decir: 

«A llegar con mi pluma á donde quiero 
Fuera Homero el segundo, yo el primero. » 

Bernardo lib. 3. 

La composición de Balbuena más interesante para nosotros es la 
Grandeza Mexicana porque además de haberse escrito en nuestro país 
é impreso aquí por primera vez, su argumento es nacional, la descrip- 
ción de la capital de Nueva Espafla. En la Grandeza Mexicana inclu- 
yó su autor varios escritos en prosa, uno de ellos intitulado '," Compen- 
dio apologético de la Poesía." Balbuena resume] el argumento de la 
obra principal en la siguiente octava : 

<<Do la famosa México el asiento. 
Origen y grandeza do edificios ; 
Caballos, calles, trato, cumplimiento 
Letras, virtudes, variedad de oficios. 
EegaloB, ocasiones de contento : 



LirERATURA MEXICANA. 287 



Frimayera inmortal y sus indicios : 
Gobierno ilustre, religión y estado: 
Todo en este discurso está cifrado, » 

En lo que Balbuena refiere respecto á México nos parece interesante 
copiar aquí lo relativo á ciencias y literatura. 

Si quiere recreación, si gusto tierno 

Be entendimiento, ciencia y letras graves, 

Trato divino, don del cielo eterno ; 
Si en espíritu heroico á las suaves 

Musas se aplica y con estilo agudo 

De sus tesoros les ganzúa las llaves ; 
Si desea vivir y no ser mudo, 

Tratar con sabios, que es tratar con gentes, 

Fuera del campo torpe y pueblo rudo;" 
Aquí hallará más hombres eminentes 

En toda ciencia y todas facultades 

Que arenas lleva el Qanje en sus corrientes ; 
Monstruos en perfección de habilidades 

Y en las letras humanas y divinas 
Eternos rastreadores de verdades. 

Fréciense las escuelas Salmantinas, 

Las de Alcalá, Lobaina y las de Atenas 

De sus letras y ciencias peregrinas ; 
Fréciense de tener las aulas llenas 

De más borlas, que bien será posible, 

Mas no en letras mejores ni tan buenas ; 
Que cuanto llega á ser inteligible, 

Cuanto en un entendimiento humano encierra, 

Y con su luz se puede hacer visible. 
Los gallardos ingenios desta tierra] 

Lo alcanzan, sutilizan y perciben 

En dulce paz; ó en amigable guerra 

Fiesta y comedias nuevas cada día. 
De varios entremeses y primores 
Gusto, entretenimiento y alegria 

No debemos concluir este articulo sin insertar en él lo que Balbue- 
na dijo respecto á certámenes poéticos en uno de sus apéndices de la 
Orandeza Mexicana, 

*' Fué Delfos un museo y academia de Apolo, donde tenia el más fa- 
moso oráculo de sus adivinanzas y la conversación ordinaria con las 



240 BEVIBTA NACIONAL. 



logHico de la poesía^ impresa á principios del siglo XVII, le llama: d 
discreto Rodrigo Vivero, Escribió : 

"Noticias del Nuevo México." M. S. — En el archivo de la provin- 
cia del Santo Evangelio de México. — " Elogio fúnebre de la lUma. Sra. 
Dofia Inés Pacheco de la Cueva, hija del Exmo. Sr. Marqués de Cerral- 
vo, Virrey de la Nueva España. " Imp. en México por Ruiz, 1631. 4." 

Lorenzo de los Ríos Ugarte, fué alguacil mayor de la Inquisición en 
la capital de Nueva España. El Dr. Balbuena llamó á Ríos Ugarte, El 
estudioso j en su Compendio apologético de la poesía^ donde asegura que 
"con heroica y feliz vena, va describiendo Las maravillosas hazañas 
del Oíd Campeador, " De Ríos Ugarte se conserva un soneto en la ci- 
tada obra de Balbuena, el cual soneto copió Beristain en su Biblioteca^ 
artículo referente al mismo Balbuena. Se halla también ese soneto en 
las Memorias de la Academia Mexicana, t. 3, pág. 95. 

Carlos Sámano y^Carlos Arellano, poetas mexicanos de quienes no 
hay más noticia que la dada por Balbuena, en su Elogio de la poeda, 
tantas veces citado, calificándolos de acabados ingenios. 

Juan Ruíz de Alarcón y Mendoza.' — Este célebre dramaturgo se con- 
sidera más bien como perteneciente á la literatura española que á la 
nuestra, por haber dado sus frutos en España. Sin embargo, también 
pertenece á México, porque aquí nació, hizo sus principales estudios, 
se recibió de licenciado 'en leyes y tuvo sus primeras inspiraciones 
dramáticas, según opina uno de los mejores biógrafos de nuestro poe- 
ta, Fernandez Guerra, quien concluye de tratar este asunto con las si- 
guientes palabras : " Baste por ahora creer, como harto verosímil, que 
á la patria nativa, y en los años de 1609 á 1611, debió rendir las primi- 
cias de su numen dramático el autor de La Verdad sospechosa, ^' Por 
otra parte, Alarcón ha sido tan estudiado en México como en España. 

Lo dicho es suficiente respecto al escritor que nos ocupa, porque acer- 
ca de él y de sus obras se ha escrito todo lo necesario en tratados ge- 
nerales de literatura y en monografías : la más completa que conocemos 
es la del citado Fernández Guerra, si bien contiene errores topográfi- 
cos que fácilmente percibe cualquiera que conozca á México. 

Alarcón, por el tiempo en que vivió, pertenece al siglo XVI y al 
XVII ; pero por su escuela literaria á la buena de la primera época, y 
no á la degeherada de la segunda. 

Don Fernando Alva Pimentel IxiLaxocHrrL, murió en 1649 á los 
setenta y nueve años de edad, así es que pertenece á los siglos XVI y 



LITERATURA MEXICANA. 211 

XVII. Nosotros le ponemos entre los poetas del siglo XVI por su es- 
cuela, por su buen gusto literario, por no haberse contaminado de gon- 
gorismo, según lo demuestran tres poesías suyas que nos quedan, una 
de ellas original. Las otras dos son á las que se refíere Boturini en su 
CWáZof/o cuando dice: "Un manuscrito contiene dos cantares de Net- 
zahualcóyotl traducidos de la lengua Náhuatl en la castellana, que re- 
dujo á poesía D. Femando de Alva. " La autenticidad de las poesías 
de Netzahualcóyotl ha sido negada modernamente por personas de buen 
criterio, pero siendo punto que no nos toca examinar, sólo hablaremos 
de las tres composiciones de Ixtlilxochitl. (Véase nota 2* al fin del ca- 
pítulo. ) 

La original es una feliz imitación de los romances españoles sobre el 
cerco de Zamora. Fué publicada en España por Fernández Duro en las 
Memorias históricas de Zamora, tom. IV, y en nuestro país en la colec- 
ción de documentos para la historia de México impresa por García To- 
rres, 1856, tercera serie tom. 1? pág. 292. Comienza el jomancecon 
estos versos. 

A los muros de Zamora 
herido estÁ el rey Don Sancho 
que del castigo de Dios 
no hay seguro rey humano. 

Este romance estuvo y aún está casi desconocido, no citándole ni Be- 
ristain en su copiosa Biblioteca, ni D. Fernando Ramírez en su exce- 
lente artículo sobre Ixtlilxochitl inserto en el Diccionario de historia 
publicado en México, (tom. 4"), ni Sosa en sus recientes Biografías 
de niexícanos distinguidos, (México, 1884). 

De las dos poesías atribuidas á Netzahualcóyotl la primera es una oda 
que comienza asi : 

Un rato cantar quiero, 

Pues la ocasión y el tiempo se me ofrece, 

Ser admitido espero. 

Si intento lo merece; 

Y comienzo mi canto, 

Aunque fuera mejor llamarlo llanto 

El objeto de la oda es lamentar la vanidad é instabilidad de las co- 
sas humanas, asunto que, como de observación común, ha ocupado á 

B.K.-T.U-1« 



218 SEVISTA NACIONAL 



otros muchos poetas antiguos y modernos, por ejemplo Hacine en el ac- 
to segundo de la Atalia. La oda de Ixtlilxochitl tiene en la forma algo 
de oriental por lo rico y ñorido de la dicción, aunque sin llegar á todo 
su lujo de tropos y figuras, y en el fondo, algo de epicureista por algu- 
na máxima en que se aconseja gozar de lo presente y desechar el te- 
mor de lo futuro. Esa oda ha sido impresa varias veces en México, Es- 
tados Unidos y Europa. 

La otra composición del poeta que nos ocupa es un buen romance, 
cuyos primeros versos son estos : 

Tiene el florido verano 
BU casa, corte y alcázar, 
adornado do riquezas, 
con bienes en abundancia, 
con disposición discreta 
están puestas y grabadas 
ricas plumas, piedras ricas 
que al mismo sol se aventajan. 

Este romance se halla en la citada colección de García Torres pág 
289, y en la Hustración Española año 29 núm. 1. 

Al hablar de los historiadores haremos la biografía de Ixtlilxochitl. 

*** 

En la segunda sección del presente capitulo hemos hablado del en- 
tusiasmo que hubo en Nueva Espafía por la poesía, durante el siglo 
XVI, lo cual no parece confirmado más adelante, pues son pocos los es- 
critores en verso, mexicanos ó residentes en México, de quienes hemos 
dado noticia, y raro de ellos con mérito literario. Conviene, por lo tan- 
to, explicar en qué consiste esa aparente contradicción. 

En primer lugar, lo que abundó en Nueva España, durante el siglo 
XVI, fueron los aficionados á la poesía ; pero no los verdaderos poetas. 
En segundo lugar, la mayor parte de las obras que se escribieron en el 
país y tiempos referidos, quedaron manuscritas ; en tal estado fácilmen- 
te se perdieron, y con ellas la memoria de sus autores. 

El gusto por la poesía que hubo en México, supone muchos aficiona- 
dos á ella ; pero cualquiera comprende que aficionado á un arte no es 
sinónimo de maestro. Efectivamente, la mayor parte de los escritores 
en verso neo -hispanos, de la época que nos ocupa, lo eran de meras 



LITERATURA MEXICANA. 213 

circunstancias, autores de un soneto al frente de un libro, de una octava 
para un arco triunfal, ó de un distico para un túmulo, y de esta clase 
de escritores nadie se ocupa en dar noticias. Por otra parte, los verda- 
deros poetas en todo tiempo y lugar son escasos ; á rara persona : 

Grato el cielo 

Otorgara la ardicnto fantasía, 
El genio creador, digno tan solo 
Del sacro lauro del divino Apolo. 

Mucho menos puede abundar el numen poético en una naciente co- 
lonia á donde se iba con el objeto de hacer fortuna, ó desempeñar al- 
gún cargo civil ó eclesiástico, todo lo cual no dejaba mucho tiempo li- 
bre para hacer versos, cuya formación no producía un solo maravedí, 
cosa que generalmente ha sucedido en todas partes. Véase lo que so- 
bre este particular observamos al tratar de Rodríguez Galván. Consi- 
derado el ejercicio de poeta en México, por el lado de la honra, puede 
observarse que los poetas fueron apreciados allí y agraciados con pre- 
mio los que sobresalían, no sólo en el siglo XVI, sino durante todo el 
tiempo del gobierno colonial. Empero, esa honra estaba reducida á los 
estrechos límites de un país, y para lucir en campo más vasto, era ne- 
cesario traspasar los mares como hizo Alarcón y Mendoza. 

£1 hecho de que la mayor parte de las obras mexicanas del siglo 
XVI quedaran manuscritas dio lugar á su fácil destrucción, por las ra- 
zones que vamos á indicar. 

Según observa García Icazbalceta, en su Bibliografía Mexicana del 
siglo XVI, "el clima de México favorece la polilla y la humedad, con 
frecuencia se encuentran libros podridos que al tocarlos se deshacen, 
especialmente en la parte inferior. Se conoce que como las librerías de 
los conventos solían estar en los pisos bajos, lo mismo que todas las 
bodegas, llegaba muchas veces el agua á los primeros plúteos de los es- 
tantes, y permanecía estancada el tiempo suficiente para podrir los li- 
bros. Pero quizá no hubo causa más eficiente de destrucción que la 
carestía del papel, llegada al extremo cuando alguna guerra interrum- 
pía las comunicaciones con España. Entonces se echaba mano de cuan- 
to había, y los libros viejos contribuían grandemente al consumo del 
público. Robles en su diario, refiriéndose al año de 1677, dice : '^Este 
año se ha encarecido el papel de suerte que vale la resma treinta pe- 
sos, la mano dos pesos y el pliego un real ; el quebrado á peso la ma- 



2M REVISTA NACIONAL. 



no, el de marca mayor, á real y medio el pliego, el escrito á dos reales 
y medio la mauo, la resma á seis pesos y dos reales. Se han desbara- 
tado muchos libros para vender por papel escrito : se han de¡ado de im- 
primir muchas obras y han estado paradas las imprentas y lo han pa- 
decido los ofíciales. '' En 1739 " cortó la afílada tijera de la carestía del 
papel el hilo de las noticias antiguas y modernas, " es decir, que se sus- 
pendió la publicación de las Gacetas de Sahagún. Por el mismo tiem- 
po se quejaba el historiador Mota Padilla de que para sacar una copia 
de su obra había tenido que pagar '^á real y dos reales'' el pliego de 
papel. Aun sin esa causa, la ignorancia y la codicia continuaron des- 
truyendo las librerías ó haciendo salir del país lo mejor de ellas. " 

Para comprobar la indicación de García Icazbalceta, respecto á des- 
trucción de libros por la ignorancia y la codicia, vamos á copiar lo que 
sobre esto dice Beristain en su Biblioteca^ artículo relativo á Fr. José 
Gabaldá. " Existían los manuscritos de Gabaldá en la biblioteca del con- 
vento de Guatemala, hasta que la indiscreción de un R. P. comisario 
hizo sacarlos de los estantes paro acomodar libros impresos, y vender- 
los, (dice el cronista Vázquez) á los boticarios y pulperos. Lo mismo 
ha sucedido en casi todas las bibliotecas de esta América ; y en mis días, 
más sin yo saberlo, en la antigua y famosa del real colegio de San Pa- 
blo de PP. Agustinos de la capital de México, de donde se extrajeron 
cuatro ó seis carros de manuscritos y libros impresos para venderlos á 
los coheteros de orden del Rector Mtro. y Dr. Melero, sin anuencia y 
con harto dolor del venerable definitorio, que llegó á saberlo muy 
tarde. " 

Es de advertir que la destrucción de obras mexicanas del siglo XVI 
no paró en las manuscritas, sino que se extendió á muchas ediciones 
de las impresas, según explica García Icazbalceta en la obra citada an- 
teriormente. 

^% 

No entra en el plan de la presente obra hablar de la civilización de 
los antiguos mexicanos, de influjo nulo en la nuestra; pero si es conve- 
niente manifestar que con la conquista de Anáhuac por los españoles 
apareció en el país un género de litenatura mixta que llamaremos in- 
do-hispana. 

Reduciéndonos ahora á tratar de la poesía indo-hispana, diremos 
que se compuso de dos elementos: generalmente un idioma indígena 



LITERATURA MEXICANA. 245 

y arte poético europeo; pero algunas veces sólo las ideas, el asunto, 
pertenecían á la nación conquistadora, mientras que el idioma y el arte 
métrico eran americanos. 

La literatura de México propiamente dicha, desde que se hizo la 
conquista, es la que consta de arte europeo é idioma castellano, porque 
éste es el dominante en nuestro país, en todas materias, en lo oficial, 
lo cientifíco, lo literario y el trato común, mientras que los idiomas in- 
dígenas se han convertido ó se van convirtiendo en lenguas muertas, 
con la circunstancia de carecer de literatura, lo que no sucede con otros 
idiomas muertos, como el sánscrito, el griego y el latín. Esto supues- 
to, lo que nos queda de la literatura indo-hispana más bien debe con- 
siderarse como una parte de la lingüística, y en tal concepto no hare- 
mos aquí otra cosa, respecto de aquella, sino citar, por vía de ejemplo, 
algunas obras. La persona que desee tener noticia de todas puede ocu- 
rrir á los bibliógrafos, especialmente al libro intitulado: ProofSheet 
of a Bihliography of the Languajea of the Norih American Indiana hy 
James Conatantíne PíUíng, — [^ Washington- Ooveríiment Prínting Of- 
fice, — 1885.] En la Biblioteca Nacional de México existen manuscritas 
algunas obras de la clase á que nos referimos, entre ellas una colec- 
ción de "Cantares mexicanos,'' de los cuales algunos han sido tradu- 
cidos al inglés y publicados por Brinton (Filadelfia, 1887). Dos de los 
Cantares ha trasladado del inglés al español D. J. M. Vigil, y se hallan 
en la "Revista Nacional de Ciencias y Letras," tom. I, pág. 361. Según 
Brinton, esas poesías fueron hechas antes de la conquista, punto que 
nos parece dudoso y necesita un examen especial. 
Lo que nosotros tenemos qúc citar es lo siguiente: 
Cánticos de las Apariciones de la Virgen Marta al indio Juan Dic' 
gOj por el príncipe tepaneca Don Francisco Plácido, quien los recitó 
por el año de 1535, cuando se colocó la imagen de Guadalupe en su 
primera ermita. A este propósito el P. Florencia en su obra "Estrella 
del Norte" (México 1785), página 375 dice: "que los indios por me- 
dio de ciertos metros que cantaban en sus bailes conservaban los su- 
cesos memorables, y que uno de esos cantares compuso D. Francisco 
Plácido, señor de Atzcapotzalco, y se cantó el mismo día que de las 
casas del Sr. Zumárraga se llevó á la ermita de Guadalupe la sagrada 
imagen." Agrega Florencia que ese cántico se lo dio D. Carlos de Si- 
gúenza y Góngora, quien le halló entre los escritos de D. Domingo 
Ghimalpain. Es notable que el más antiguo poeta lírico de Nueva Es- 



316 REVISTA NACIONAL. 



pafía fuera un indio de sangre real, y que dedicase su lira á la deidad 
indígena, la Virgen de Guadalupe, tan celebrada en todos tiempos por 
los poetas mexicanos, según observaremos en el curso de la presente 
obra. Véase por otra parte, lo que indicamos en el Epílogo sobre la 
noble ascendencia de la poesía española, y véase también la nota 3* 
al fínal de este capitulo. 

Diálogos ó coloquios en lengua mexicana entre la Virgen María y 
d Arcángel Saii Gabriel^ por el Illmo. D. Fr. Luis Fuensalida. Este 
religioso fué uno de los doce primeros franciscanos que pasaron de 
España á México con el objeto de predicar el cristianismo, y sucedió 
como prelado á Fr. Martín de Valencia. Murió en Puerto Rico el afío 
1545. De sus Diálogos, que hemos citado, dice Beristain: "Son un ma- 
nuscrito muy original y curioso: el Arcángel presenta á la Santísima 
Virgen varias cartas de los padres del Limbo, en que le ruegan admi- 
ta la embajada, y dé su consentimiento para la Encarnación del Verbo 
Divino." 

Varías canciones en verso zapoteco sobre los misterios de la Religión 
para uso de los neófitos de la Vera^PaZy (manuscrito), por el Ven.Fr. 
Luis Cáncer. Fué uno de los primeros dominicos que pasaron á Amé- 
rica, y el que con más ardor defendió la libertad de los indios en la 
junta do obispos y teólogos verificada en México, 1546. Murió asesi- 
nado por los bárbaros en la costa de Veracruz, 1549. 

Poesías sagradas de la Pasión de Jesiicrísfo y de los hechos de los 
Apóstoles, en idioma kachiqíiel, por el Illmo. D. Fr. Domingo Vico, do- 
minico. Esas poesías quedaron manuscritas, y las cita Remesal, entre 
otras muchas obras de nuestro Vico, quien escribió tanto, que, según el 
mismo Remesal, "sus libros pueden apostar con los de Santo Tomás 
de Aquino.'^ El escritor que nos ocupa vino de España á México con el 
Illmo. Las Gasas, á quien acompañó en todas sus peregrinaciones apos- 
tólicas por las provincias de Ghiapas y Vera-Paz. Fué prior de los con- 
ventos de Guatemala, Ghiapas y Gobán. Fundó, entre otros pueblos, el 
de San Andrés, y sin dejar sus trabajos apostólicos murió septuagena- 
rio, electo obispo. 

El Juicio Finaly auto (manuscrito) en lengua m^xicana^ por Fr. An- 
drés de Olmos, á quien hemos mencionado anteriormente. Esa pieza 
se representó en la capilla de Sr. S. José de México., á presencia del 
Virrey Mendoza y del Obispo Zumárraga. Según Mendieta, el auto 
Juicio Final "causó grande edificación á todos, indios y españoles, pa- 



LITERATURA MEXICANA. 217 

ra darse á la virtud y dejar el malvivir, y á muchas mujeres erradas 
para, movidas de terror y compungidas, convertirse á Dios." 

Varim cuntarea aag^radoB para uso de loa indios de Chilapa, (ma- 
nuscrito), compuesto por el Illmo. D. Fr. Agustín Coruña, del orden 
de San Agustín. Habiendo pasado Corufía de España á México, aquí 
aprendió el idioma azteca, y con este conocimiento se dedicó á la con- 
versión de los indios, extendiendo sus conquistas espirituales por las 
costas del mar Pacífico, cuyos habitantes civilizó. Entre diversas villas 
que fundó nuestro religioso, sobresalen Chilapa y Chilpancingo. Más 
adelante fué catedrático de Teología en la capital de Nueva EspafU, y 
luego provincial de su orden. En 1562 se le nombró obispo de Popo- 
yán. Falleció en el pueblo de Tamaña, afío 1590. Corufia escribió ade- 
más de los Cantares citados: ^'Relación histórica de la conquista espi- 
ritual de Chilapa y Tlapa." ^'Doctrinal fácil para enseflar á los indios." 
"Constitución para los Agustinos de Popoyan," (Genova, 1693). 

Tres libros de comedias, en mexicano, por Fr. Juan Bautista, los cua- 
les tenía prontos para la prensa: el primero de la penitencia y sus par- 
tes; el segundo, de los principales artículos de la fe y parábolas del 
Evangelio, y el tercero, vidas de Santos. Esta obra se halla citada en 
el catálogo de las de Fr. Juan Bautista, incluso en el Sermonario del 
mismo autor. La vio Torquemada, quien asegura ser de mucha erudi- 
ción y elegancia, [Monarquía Indiana, Lib. XX, cap. 79.] El mismo 
P. Bautista, Prólogo á su Confesonario en lengua mexicana y castella- 
na (Tlaltelolco lo99), dice: *Tengo larga experiencia que con las co- 
medias que de estos y de otros ejemplos he hecho representar las cua- 
resmas ha sacado Nuestro Sefíor, por su misericordia, gran fruto, lim- 
piando y renovando conciencias envejecidas en muchos años en ofensa 
suya, y por esto tengo hecho un libro de ellas en esta lengua mexicana, 
que mediante el divino favor saldrá presto á luz." Daremos razón de 
Fr. Juan Bautista al hablar de los predicadores. 

En la carta del P. Morales, citada anteriormente, hay unos versos 
aztecas, los cuales pueden servir como ejemplo de los formados de 
idioma indígena y metro castellano. 

A todo lo dicho relativamente á la poesía mexicana, durante el si- 
glo XVI, sólo resta añadir que despues]de estudiar en los capítulos si- 
guientes á González Eslava y Saavedra Guzmán, explicaremos el carao* 
ter general de dicha poesía, época referida. — FRANasco FimafreL. 



248 REVIBTA NACIONAL. 



1* Por lo expuesto, respecto á Eugenio Salazar, consta que desde 
el siglo XVI hubo, entre nosotros, quien cultivara la poesía bucólica, y 
lo mismo ha sucedido posteriormente, segán se ve en el resto de la 
presente obra. Por lo tanto, nos llama la atención que persona tan ilus- 
trada como D. Rafael A. de la Peña, Prólogo á [las poesías de Pagaza 
(México 1887), no mencione más poetas bucólicos mexicanos que á Pa- 
ga^ y á Montes de Oca. Acaso Pefla debió haber ocupado su Prólogo 
más bien en hacer una resefía histórica de la poesía bucólico-mexica- 
na, que en defender una causa difícil, y querer resucitar un sistema 
antiguo y antiestético, á saber: ''que el género de poesía mencionado 
es propio de nuestro tiempo, y que la mitología puede usarse conve- 
nientemente en las composiciones poéticas." Cierto que la poesía bu- 
cólica, bien desempeñada, es agradable; pero de aquí no se infiere que 
sus imágenes tranquilas sean propias de una época moralmentc anár- 
quica y turbulenta, en que tanto se lucha por la diversidad de creen- 
cias y opiniones. Según manifiesta un buen preceptista de la escuela 
moderna. Revilla [PrincípioB de literatura], "el género bucólico puede 
hoy considerarse como muerto y Sobre el uso de la mitología en las 
obras poéticas, véase el cap, 9 de esta obra, y aquí sólo haremos una 
observación. Peña cita en favor suyo unos versos de Menéndez Pelayo, 
quien puede ser refutado con él mismo, pues varias veces reprueba el 
uso de que se trata, en su Historia de l<is ideas estéticua en España, Re- 
comendamos el juicio de las poesías de Pagaza, publicado en El Tiem- 
po, México, Mayo 31 de 1888. 

2* De los escritores contemporáneos que han negado la autenticidad 
de las poesías de Netzahualcóyotl, bastará citar dos, uno mexicano y 
otro español, García Icazbalceta \_Memorias de la Academia Mexicana] 
y Menéndez Pelayo [Horacio en Esparta, 1885], 

3' A propósito del príncipe-poeta Plácido, haremos una observa- 
ción á D. José Cuellar, en su artículo Literatura Nacional, Según Cue- 
Uar, '^en Nueva España el poeta era considerado como un saltimban- 
qui, ajeno á toda gravedad, incompatible con toda posición social, ente 
ridículo, despreciado de los nobles y de los ricos.'' Consta en el curso 
de la presente obra, que si bien México independiente ha producido 
más número de buenos poetas que México colonial, no es menos cier- 



A LIDIA. 249 



to que durante el tiempo del gobierno espafíol la poesía fué estimada 
y protegida en nuestro país, y que entonces hubo aquí multitud de es- 
critores en verso, americanos y españoles, nobles y plebeyos, ricos y 
pobres, eclesiásticos y seculares. 



A LIDIA. 



(IMITACIÓN" 33E HORACIO.) 



Me tuo longas'pereunta noctes, 
Lydia, dormís ! 



I 



En muelle lecho que á soñar convida, 
de tu palacio en el recinto mudo, 
mientras al pie de tu ventana gimo, 

Lidia, tú duermes! 

Duermes, y el viento que girando azota 
la dura puerta, por mi mal cerrada, 
los moribundos, de mi voz se lleva 

trémulos ecos! 

II 

Ya en el silencio de la noche exhale 
mi voz inútil en amante ruego ; 
ya con acentos que el dolor inspire 

yo te maldiga 

Sorda á mi voz y á mi clamor ajena, 
ni á compasión mis lágrimas te mueven, 
ni concitar con simulado enojo 

logro tus iras! 



250 REVISTA NACIONAL. 



III 

i Goza, que aun ñores para ti la vida 
tiene, y aromas y dorados frutos ; 
y el rayo ardiente del placer corona 

de oro tu frente! 

Púrpura y nieve tus mejillas bailan, 

vivida lumbre tu mirada vierte 

de ti se escapan, vaporosas ondas 

de luz y vida! 



IV 



Mas ay! el tiempo presuroso vuela, 

siempre llevando en agitado curso, 
de amor, riqueza, juventud y gloria 

yertos despojos! 

¡ Ay si despiertas del tranquilo sueflo 

cuando la flor de tu belleza muera ! 

nada valdrá que suplicante lleves 

dones al ara! 

nadie al compás de flaula melodiosa 
vendrá á turbar tu sueño, ni á decirte : 
mientras al pie de tu ventana gimo, 

Lidia, tú duermes! 



Voyme vagando cual errante sombra 
que en la ribera desolada gime ; 
mientras sacude el aquilón violento 

la dura puerta ! 

¡ Quieran los Dioses preservar ¡ oh Lidia I 
tu frágil nave de huracán sañudo, 
y tienda rumbo á saludable puerto 

rápidas velas! 



MlLK. 



ABEJA. asi 



ABEJA. 



[Continúa.'} 

CAPITULO XII. 

EN EL CUAL SE DESCRIBE EL TESORO DEL REY LOG TAN BIEN CUANTO 

ES POSIBLE. 

Seis afíos, día con día, habían transcurrido desde que Abeja estuviera 
entre los Enanos. El rey Loe llamó á su tesorero á palacio, y delante 
de ella le ordenó que quitase una gran piedra, que parecia estar escul- 
pida en la muralla ; pero que en realidod no se hallaba sino sobrepues- 
ta. Pasaron los tres por el hueco que dejó la gruesa piedra, y se en- 
contraron en una hendedura de la roca, por donde no cabían dos per- 
sonas de frente. El rey Loe avanzó primero, por este obscuro camino, 
y Abeja lo siguió agarrada á una punta del manto real. Caminaron mu- 
cho tiempo. Por intervalos, las paredes de la roca se juntaban de tal 
modo, que la joven creía estar presa ; sin poder avanzar ni retroceder, 
pensaba que allí iba á morir. El manto del rey sin cesar desaparecía 
por el sendero negro y estrecho. Por último, el rey Loe encontró una 
puerta de bronce, que abrió, y apareció una gran claridad : 

— Pequeño rey Loe, exclamó Abeja, no sabía hasta ahora, que la luz 
fuese tan hermosa. 

Pero el rey Loe la tomó por la mano, la introdujo en la sala de don- 
de procedía la luz, y le dijo : 

— Mirad ! 

Abeja, deslumbrada, de pronto, nada vio, porque aquella sala inmen- 
sa, sostenida por altas columnas de mármol, desde el piso hasta el te- 
cho, era toda de brillante oro. 

En el fondo, sobre un estrado formado por piedras preciosas, engas- 
tadas en oro y plata, y cuyas gradas estaban cubiertas con un tapiz ma* 
ravillosamente bordado, se elevaba un trono de marfil y oro, con un 
dosel de trasparentes telas, á los lados del cual dos palmeras, de tres 
mil años de edad, surgían de dos vasos gigantescos, cincelados en otro 



262 REVISTA NACIONAL. 



tiempo por el mejor artista de los Enanos. Subió á este trono el rey 
Loe y colocó á su derecha á la joven, quien permaneció en pie. 

—^ Abeja, le dijo, este es mí tesoro; escoged todo lo que os agrade. 

Pendían de las columnas, inmensos escudos de oro que recibían los 
rayos del sol y los reflejaban en brillantes chispas ; las espadas y las 
lanzas se cruzaban entre si, brillando una llama en sus extremidades. 
Las mesas que había alrededor de las murallas estaban cargadas de ca- 
chorros, vasos, cálices, copones, patenas, cubiletes y vinajeras de oro > 
de cuernos para beber, de marfil con anillos de plata ; de enormes bo- 
tellas de cristal de roca ; de platos de oro cincelados, de cofres, de reli- 
carios en forma de iglesia, de pebeteros, espejos, candelabros ; de lám- 
paras tan admirables por el trabajo como por la materia, y de incensa- 
rios en forma de monstruos. Se distinguía sobre una de las mesas, un 
juego de ajedrez de pedernal. 

— Escoged, Abeja, repitió el rey Loe. 

Pero elevando los ojos arriba de estas riquezas, Abeja vio el cielo 
azul por la abertura del techo, y como si hubiera comprendido que la 
luz del cielo, era la única que daba á estas cosas todo su brillo, solamen- 
te dijo : 

— Pequeflo rey Loe, desearía volver á la tierra. 

Entonces el rey hizo una señal á su tesorero, quien levantando espe- 
sas cortinas, descubrió un cofre enorme de calados herrajes y armado 
todo con láminas de fierro. Abierto este cofre, brotaron rayos de mil 
diversos y encantadores matices. Cada uno de estos rayos brotaba de 
una piedra preciosa artísticamente tallada. El rey Loe introdujo las ma- 
nos, y entonces se vio rodar en una confusión luminosa: la amatista 
violada y la piedra de las vírgenes, la esmeralda de tres especies : una 
verde oscura, otra llamada mielada, porque tiene el color de la miel ; 
la tercera de un verde azulado que se llama berilo y que produce bellos 
sueños; -el topacio oriental, el rubí, tan bello como la sangre délos va- 
lientes, el safiro de un azul sombrío, que se llama safiro machOf y el sa- 
firo de un azul pálido, que se nombra safiro hembra; el jacinto ; el ópa- 
lo, cuyos tintes son más dulces que la aurora ; la agua marina y el gra- 
nate siriano. Todas estas piedras de la agua más límpida y del más lu- 
minoso oriente. Y gruesos diamantes, en medio de estos juegos de co- 
lores, arrojaban deslumbrantes y blancas chispas. 

— Abeja, escoged, dijo el rey Loe. 
Pero Abeja movió la cabeza y dijo : 



ABEJA. 258 

— Pequeño rey Loe, á todas estas piedras, prefiero yo uno solo de 
los rayos de sol, que se quiebran sobre el techo de pizarra del castillo 
de los Clarides. 

Entonces el rey Loe hizo abrir un segundo cofre que no contenía más 
que perlas. Pero estas perlas eran redondas y puras ; sus cambiantes 
reflejos tomaban todos los tintes del cielo y del mar, y su brillo era tan 
dulce, que parecía expresar un pensamiento de amor. 

— Tomad, dijo el rey Loe. 

Pero Abeja le respondió: 

— Pequeflo rey Loe, esas perlas me recuerdan la mirada de Jorge de 
Blanchelande; amo estas perlas, pero amo más los ojos de Jorge. 

Al oir estas palabras, el rey Loe volteó la cabeza. Sin embargo, abrió 
un tercer cofre, y mostró á la joven un cristal en el que una gota de 
agua estaba aprisionada, desde los primeros tiempos del mundo; y 
cuando se agitaba el cristal se veía moverse la gota de agua. Le mos- 
tró también pedazos de ámbar amarillo, en los cuales, insectos más 
brillantes que las pedrerías, estaban presos desde hacia millares de 
años. Se distinguían sus patas delicadas y sus finas antenas, y se hu- 
bieran lanzado á volar, si algo poderoso fundiera, como al hielo, su 
perfumada prisión. 

— Estas son preciosas curiosidades naturales; os las regalo. Abeja. 

Pero Abeja respondió: 

— Pequeño rey Loe, guardad el ámbar y el cristal, porque no podría 
darles libertad, ni á la mosca ni á la gota de agua. 

El rey Loe la observó algún tiempo y dijo: 

— Abeja, los mejores tesoros estarán bien colocados en vuestras ma- 
nos. Vos los poseeréis y no os poseerán. El avaro es presa de su oro; 
sólo aquellos que menosprecian la riqueza pueden ser ricos sin peli- 
gro: su alma será siempre más grande que su fortuna. 

Habiéndose expresado así, hizo una señal á su tesorero, que presen- 
tó á la joven, sobre un cojín, una corona de oro. 

— Recibid esta joya como una prueba de la estimación en que os 
tenemos, Abeja, dijo el rey Loe. Se os llamai*á en lo de adelante la 
princesa de los Enanos. 

Y él mismo colocó la corona sobre la frente de Abeja. 



254 BEVIST^ l^^CIONAL. 



CAPITULO XIII. 



EN EL QUE EL REY LOC SE DECLARA. 



Los Enanos celebraron con alegres fíestas la coronación de su pri- 
mera princesa. Juegos llenos de inocencia, se sucedieron sin orden en 
el inmenso anfíteatro; y los pequeños hombres, teniendo una hebra de 
helécho ó dos hojas de encino, coquetamente atadas á sus capuchones, 
saltaban de gusto á través de las calles subterráneas. Los regocijos du- 
raron treinta días. Pie guardó en la embriaguez la apariencia de un 
mortal inspirado; el virtuoso Tad se aturdió con el entusiasmo públi- 
co; el tierno Dig permitióse el placer de derramar lágrimas; Rug, en 
su gozo, pedia de nuevo que Abeja fuera encerrada en una jaula, á fín 
de que los Enanos no tuvieran el cuidado de perder princesa tan en- 
cantadora; Bob, montado en su cuervo, llenó el aire de gritos tan ale- 
gres, que el pájaro negro, participando de la alegría, hacía oir peque- 
ños y retozones graznidos. 

Sólo el rey Loe estaba triste. 

Luego, al trigésimo dia, habiendo ofrecido á la princesa y á todo el 
pueblo de los Enanos un festín magnífico, subió de pié en su sillón, y, 
estando así su buena figura á la altura del oído de Abeja: 

— Mi princesa Abeja, le dijo, os voy á hacer una pr^unta, que po- 
dréis acojer ó rechazar con toda libertad. Abeja de los Clarides, prin- 
cesa de los Enanos, ¿queréis ser mi mujer? 

Y al decir esto, el rey Loe, tierno y grave, tenía la belleza llena de 
dulzura de un augusto perro de aguas. Abeja le respondió, estirándo- 
le la barba: 

— Pequeño rey Loe, quiero ser tu mujer de chanza; pero nunca seré 
tu mujer de veras. En el momento en que me pedías en matrimonio, 
me recordastes á Francoeur, que en la tierra me contaba para divertir- 
me las cosas más extravagantes. 

A estas palabras, el rey Loe volvió la cabeza; pero no tan pronto que 
no permitiera á Abeja ver una lágrima detenida en las pestañas del 
Enano. Entonces Abeja se afligió de haberlo hecho sufrir. 

— Pequeño rey Loe, le dijo; te amo como á un pequeño rey Loe co- 
mo eres tú; y si me haces reir como me hacía Francoeur, no hay mo- 
tivo para que te molestes, porque Francoeur cantaba bien, y hubiera 
sido hermoso sin sus cabellos canos y su nariz roja. 



BIBLIOOBAFIA. 255 

£1 rey Loe le respondió: 

— Abeja de los Clarides, princesa de los Enanos, os amo con la es- 
peranza de que algún día me amaréis. Pero no tendría esta esperanza 
si no os amara tanto. No os pido, en cambio de mi amistad, más que 
seáis sincera conmigo. 

— Pequeño rey Loe, te lo prometo. 

— Y bien, Abeja, decidme si amáis á alguno con quien penséis ca- 
saros. 

— Pequeño rey Loe, no amo hasta ahora á nadie. 

Entonces el rey Loe, sonriéndose y tomando su copa de oro, brindó 
con Toz retumbante por la princesa de los Enanos, y un rumor inmen- 
so se levantó de todas las profundidades de la tierra, porque la mesa 
del festín se extendía de un extremo al otro del imperio de los Enanos* 



Anatole Frange. 



[Continuará,] 

1 



BIltLIOGBAFU. 



Romancero Colombiano — El Sr. General D. Lázaro María Pérez, que 
ha prestado a su patria — Colombia — tan grandes servicios con su es- 
pada como con su pluma, acaba de publicar la segunda edición de la 
hermosa obra intitulada: Romancero Colombiano. 

Fué en el año de 1S83 cuando, para celebrar el centenario de Bolí- 
var, inició la formación del Romaiicero Colombiano el inspirado poeta 
D. J. A. Soffia. En treinta y nueve días fué ideado, escrito é impreso 
el libro; ¡que tantos prodigios obran el amor á los héroes, á la liber- 
tad y á las letras! 

Hízose reducidísima edición en 1883, y el patriota General Pérez al 
verla agotada se propuso no solamente hacer otra más numerosa, sino 
también brindar una oportunidad á los poetas colombianos para corre- 
gir las composiciones escritas con tanta festinación, y dar lugar á las 
obras de aquellos que no pudieron por diversas causas cantar las glo- 
rias del ilustre procer. 



25« REVISTA NACIONAL. 



Cumplidamente ha realizado el Sr. Pérez tan noble propósito, pues 
la segunda edición del Romancero Colombiano es por todo extremo 
digna de elc^os. 

Cuarenta y nueve poesías, muchas de ellas de grande extensión, es- 
tán contenidas en las 446 páginas del Romancero. De esas poesías son 
autores: Rafael Núñez, Teodoro Yalenzuela, Ricardo Carrasquilla, M. 
M. Madiedo, Carlos Sáenz E., J. M. Quijano Otero, J. M. Pinzón Rico, 
Roberto Mao-Doual, Lázaro M. Pérez, J. M. Samper, Rafael Venegas 
N., J. David Guarín, Adolfo Sicard y Pérez, José Joaquín Ortiz, Enri- 
que Alvarez, Agripina Montes del Valle, Ricardo de Francisco, Rafael 
Pombo, J. Casas Rojas, Ruperto S. Gómez, Diego Fallón, Próspero Pe- 
reirá, J. Manuel Marroquín, Rafael Tamayo, Juan I. de Armas, José 
Caicedo Rojas, Eduardo Gaicano, J. A. Soffia, Jorge Roa, Rafael Pom- 
bo, Manuel M. Fernández, J. M. Quijano Wallis, Rafael M. Merchan, 
J. Argáez, Enrique Restrepo G., Alirio Díaz G., M. A. Caro y José Ri- 
vas Groot. 

De intento hemos dado á conocer los nombres que preceden. Entre 
ellos figuran varios que son muy conocidos y estimados en nuestro 
país, y todos revelan cuan extendido está en Colombia el amor á las 
letras. 

Tarea fácil pero impropia de una noticia bibliográfíca, sería la de se- 
ñalar las bellezas que abundan en el Romancero Colombiano, No la 
acometemos por falta de tiempo, y nos reducimos á recomendar á los 
amantes de lo bello la adquisición del libro, y á felicitar muy sincera- 
mente al Sr. General D. Lázaro María Pérez, antiguo amigo nuestro, 
por haber llevado á feliz término la publicación de un libro que es al 
propio tiempo que un homenaje al más ilustre de los héroes Colom- 
bianos, un nuevo titulo de gloria para la literatura hispano-americana. 



F. S. 



UNA CARTA INÉDITA DEL CCJRA HIDALGO. 267 



UNA CAETA INÉDITA DEL CUBA HIDALGO. 



"InmediatamJ* 7.* F. reciba este se me vendrá á presentar al lugar 
donde Iioy liaga aÜo el ExércitOj y de lo contrario mandaré dos compa- 
fitas q.^ traigan á F. amarrado. — Qiiart}gralde Ttgini y %re 4/810 
— Mig}Hidalgo — rúbrioa — Generalisimo — de América — Sor Ourade 
Jocotülany 



£1 original de esta carta lo tuvo un apreciable amigo nuestro, quien 
sacó traslado y nos lo remitió con la siguiente noticia: 

Parece ser auténtica; de Hidalgo sólo son la fírma y la expresión de 
su dignidad: la letra de la carta es muy semejante á la del amanuense 
que escribió el documento publicado en facsímile por la Sociedad de 
Geografía, en el tomo 3?, 2* época de su Boletin. 

La carta está escrita en un plieguito de 4*^: ofrece señales de ser muy 
antigua, estando el papel enteramente amarillo y roto en los dobleces 
y en el lugar correspondiente á la oblea. El plieguito viene doblado 
en 3, y la dirección de la carta está escrita, como entonces se acostum- 
braba, en uno de los 3 dobleces y corriendo los renglones paralelamen- 
te al lado más corto del rectángulo que forma el doblez. Dice así la di- 
rección, de letra del mismo amanuense de la carta: 

"-4¿ Sor Cura de Jocotitlan, — He pedido un Mozo en esta Hac.^ 
pj q.' no pase F. el sonrrojo de </.* lo traigan los soldados — Fa/e." 



B. W^T.II-lT 



258 fUCVISTA NACIONAL. 



CABLYLE. • 



Figuraos una región fuertemente montañosa, de accesos duros, de 
grandes paisajes agrios ; poco frondosa, todavía menos florida, ingrata 
acaso ; nunca trivial. Una Escocia de las tierras altas, amplificada y 
retocada: tal me figuro á Carlyle. 

Si la religión como él mismo dice, es lo principal que existe en el 
hombre " entendiéndose por religión lo que prácticamente cree cada 
quien, lo que prácticamente le llega á lo intimo de su ser y tiene por 
inconcuso, " ocurre desde luego preguntar cuál es la religión de Carly- 
le. Problema de resolución ardua como el que más. Si por una serie 
de aproximaciones sucesivas ( que diría un matemático ) fuese posible 
aquilatar lo que hay de mahometano, de protestante, de católico en el 
fondo de una de esas conciencias que ampara ante sus respectivos al- 
tísimos una especie de ex-ergo oficial ¿qué quedaría? Considerad aho- 
ra el punto respecto de imo de los pensadores más complexos que co- 
nocemos. 

Por de pronto, el Dios de Carlyle es muy diligente, muy imbuido en 
las cosas de este mundo, muy personal y, como es de suponer, esen- 
<;ialmente ejecutivo (sin dejar por eso de ser parlamentario). Un buen 



1 La Dirección de esta Bevista aproveclm la publicación del estudio del Sr. 
D. Leopoldo Zamora sobre Carlyle, la últlraa prcKliiottión de nuestro malogrado 
amigo y que estaba destinada & este pcrlAillco, \mr.\ tributar & su memoria un 
homenaje: Éntrelos escritores muertos jóvenes, Leopoldo Zamora tiene un lu- 
gar muy alto. Cuando hace tres ó cuatro afios tratábamos varios amigos de fun- 
dar un diario de inmensas proporciones en que se retratasen día A día el movi- 
miento industrial, mercantil é intelectual de México, empresa que & pesar de con- 
tar con elementos poderosos no pudo realizarse al fin, por unanimidad conferimos 
la dirección de aquel trabajo colosal & Zamora. Porque teníamos la más absoluta 
confianza en la fertilidad de su talento, en la solidez sustancial de su instrucción , 
en su admirable buen sentido, en su aptitud sorprendente para el trabajo. Le- 
yendo sus producción :>4 en la Libertad y en algunos i>eriódicos que en medio 
de sus complicadísimas h; endones como ingeniero, encontraba tiempo para re- 
dactar casi solo, se vt' lo que valían sus doctrinas, muy firmes, muy medita- 
das, extraordinariamenlc exentas de toda preocupación, nutridas por ideas muy 
exactas, por observaciones muy justas. Cuando se recojan esas páginas sueltas, se 
comprenderá hnsta qué írnido>ió bien y vio lejos el Joven sabio arrebatado repen- 
tinamente A la ramilla, A la patria, A la ciencia. Como no habla territorios del 
I>ensamiento humnno que no pretendiese explorar, A pesar de sus especiales estu- 
dios económicos ^- matemáticos, era aficionadísimo A la literatura. £1 artículo 
que publicamos dlrA A nuestros lectores con cuanto acierto y con cuanto buen éxi- 
to se ocupó en esta forma elevada de la vida Intelectual. — La Dirección. 



CARLYLE. 260 



Dios inglés, hasta aquí. Pero la tendencia de nuestro autor á explicar- 
se el mecanismo del Universo por virtud de influencias psiquieaSy es ya 
un aspecto menos británico de su credo : algo de ese panteismo trascen- 
dente de Juan Pablo Richter (uno de sus favoritos) una especie de yo 
ansioso al extremo de hacer suyo3 los negocios de su vecino, en esta 
inmensa casa de huéspedes que llamamos la naturaleza. Se trata, pues, 
de una máquina que carece de unidad : que no es genuinamente ingle- 
sa. Desde este punto de vista religioso, diría yo que es de fuerte cons- 
trucción inglesa la caldera y alemanes los órganos de trasmisión. De- 
bió trabajar mal, en concepto de los hijos de Albión. 

Richter es sobre todo un soñador, mientras que Garlyle, místico y 
asceta, es también un puritano de los buenos tiempos, dispuesto á en- 
cauzar la humana corriente á la manera de Gromwel ( el héroe de sus 
predilecciones ) teniendo al alcance de la diestra una biblia, y sobre esa 
biblia, la espada. Se revela en él una impetuosidad terca y fría, por de- 
cir así, y la resolución deliberada, genial, de arrojar pesadamente so- 
bre la balanza su frase^ sin restricciones, sin vacilaciones en la idea, 
asi como sin primores fastuosos, ni impertinencias floridas del estilo. 
Este no es alemán, el alemán clásico de Mme. Staél, sino acaso desde 
Bismark acá. 

Concibiendo un consejo superior de administración de los negocios 
humanos, el laisser-faire le indigna, el utilitarismo formulado por 
Bentham es objeto de sus más desdeñosos sarcasmos. A la verdad, sea 
cual fuere su importancia en la actual evolución, esta manera de ver, 
<»rresponde á la constitución más fecunda de los pueblos. Suprimida 
la intuición ó si queréis, la fuerza, que repugna el utilitarismo, los 
móviles humanos resultan estrechamente limitados, anulados frecuen- 
temente : la moral que se funde en una mutilación semejante tiene que 
ser el privilegio de los hombres para quienes no puede existir huma- 
namente ninguna gran coordenada, ó de aquellos que se resignan á no 
sé qué sacrificio de Abelardo de los tiempos, en el sentido de los gran- 
des hechos. El utilitarismo estrecho es arrollado, tan pronto como por 
cualquier parte se desborde la humana personalidad, alterándose las 
leyes de esa especie de equilibro contemporáneo en lo mediocre. 

Es honroso para todos, pues, que Carlyle al juzgar á sus héroes ha- 
ga siempre flotar la religiosidad del móvil humano. Lo demás es una 
parsimonia de tendero que formula un correcto, vulgar balance de fín 
de afio, sin necesitar un solo átomo de heroismo. Acaso esa incansa- 



200 BEVIBTA NACIONAL. 



ble tendencia á ílajelar el individjalismo que hiere el genio inglés, con- 
servador y práctico, explica la falta de simpatía que respecto de él se 
nota entre los suyos. 

Los agentes del Dios bíblico de Carlyle son los hombres superiores, 
y de su alto concepto del género humano deriva su moral y su fíloso- 
fia de la historia. Oigámosla: 

"Todo verdadero trabajo es religioso. Admirable divisa la de los an- 
tiguos monjes : Laborare est orare. Hay algo de divino en cualquier 
trabajo manual, con tal que sea ingenuo. El trabajo, ancho como el 
mundo, remata en el cielo. Sudor de la frente, y más arriba sudor de 
la mente y del corazón, en donde se contienen los cálculos de Kepler, 
las meditaciones de Newton, todas las epopeyas, todos los heroísmos, 
todos los martirios, hasta aquella agonía, aquel sudar sangre que los 
hombres todos han llamado divina! Si esto no fiíese orar, peor enton- 
ces para la oración por cuanto á que es lo más noble que existe sobre 
la tierra. ¡ Oh, tú, que te quejas de una vida de dura faena, convierte tus 
miradas á lo alto, y contempla ahí á tus hermanos los obreros, sobre- 
viviendo, ellos nada más, en la eternidad de Dios, como una legión sa- 
grada de inmortales, como una celeste vanguardia del imperio de la 
humanidad! Aun la débil memoria humana los recuerda como á san- 
tos, héroes y dioses, y pueblan, ellos nada más, las incomensurables 
soledades del tiempo. Jamás deja para ellos de ser bondadoso el cielo, 
aunque severo, semejante á la madre Espartana que al entregar á su 
hijo el escudo, le dice : " vuelve hijo mío con él, ó sobre de él." Asi vol- 
verás tú, obrero, á tu remoto hogar, siempre que hayas logrado con- 
servar tu escudo después de la batalla. Tú no eres un extranjero, sino 
un ciudadano en los profundos reinos de la muerte. No te quejes, que 
los verdaderos hijos de Esparta no saben quejarse. El grande hom- 
bre á quien diviniza aquel trabajo que hace sudar sangre, el hombre 
providencial, el héroe, ved aquí el arbitro de los destinos del mundo, 
antítesis del rumiado apotegma: "no hay hombres necesarios", frase 
cara, entre paréntesis, á toda nulidad desde que habiendo echado á ma- 
la parte el principio de igualdad no hay quien dude que hubiese sido 
César, Miguel Ángel ó Hugo, á no haber quedado huérfano desde muy 
niflo, etc. ; por poco en fin que la fortuna le hubiese sonreído. " 

Ese hombre providencial, el héroe, á quien va convirtiendo sucesi- 
vamente en semi-dios, en dios, la perspectiva cada vez más lejana de 
los siglos, es Napoleón, Shakespeare, Cromwel, Dante, Mahoma, Odin 



CARLYLB. 261 

(el Júpiter escandinavo) adviértese en estagalerfa cierto aire de fami- 
lia que ayuda á revelarnos la personalidad del mismo Carlyle. Todo su 
odio al mercantilismo, su antipatía hacia la máquina relegaría acaso á 
un segundo término vago en su gran cuadro heroico á un Adam Smith, 
un Arktwrighty ó un Stephenson: lo que sí repugna decididamente son 
las nulidades pretensiosas, las medianías que logran hacerse volumi« 
nosas á fuerza de hojarasca, esas elegancias de importación francesa, 
dice, que convierten á un escritor en un oficial de modas y adornos mu- 
jeriles (the oíd strait-laced microscopic sect of Belles Lettres men). 

Concediendo la parte de exageración que en esto corresponde en ge- 
neral al genio inglés y en particular á Carlyle, lo cierto es que, cuando 
á falta de cosas de más meollo, nos da por ensalzar hasta las nubes, 
sin criterio,la forma, lo trasparente é irreprochablemente 'equilibrado, 
el genio latino (en lo que tiene de frase de cajón, por supuesto) con 
otras pequeñas fórmulas empalagosas que sólo revelan, en tesis gene- 
ral, deficiencia de enérgica é independiente personalidad; paréceme que 
Carlyle llega á tiempo, y sus golpes de vista repentinos sorprendiendo 
una faz escondida de las cosas, su frase sin desperdicio, y como troque- 
lada sobre durísimo metal, la misma lengua inglesa de tan preciosos 
recursos para el hondo pensar, nos hacen descansar intensamente de lo 
mediano como uno de nuestros grandes paisajes andinos de los parterres 
muy recortados, muy finamente enarenados y muy correctos. Se ha abu- 
sado de las águilas como símil, y ¿de qué no?, pero hay que contemplar 
un águila cortando majestuosa el vacío azulado de una gran cañada, en 
cuyo fondo rebulle el torrente, mientras se nutre arriba, calladamente 
la tormenta, para sentir el contraste que ofrece un ciudadano cualquie- 
ra, buen padre de familia acaso, que atraviesa azorado la calle de ado- 
quines en día de lluvia, moviéndose según ángulos bruscos bajo un 
paraguas desvencijado. 

Insisto sobre esa actitud siempre bélica de Carlyle frente á lo media- 
no, porque es uno de sus rasgos más característicos que " no hay gran- 
de hombre para su ayuda de cámara, exclama ; pues peor para el ayu- 
da de cámara del grande hombre ; quiere decir que el tal tiene alma 
de lacayo, '' Cuando por haber rebajado el concepto del grande hombre, 
como se acortaría el traje de un gigante á fín de que pudiese servir á 
todo el mundo, resulta que todo el mundo se cree grande, no me dis- 
gusta, por ruda que sea, esta manera de decir de Carlyle: ella nos re- 
cuerda que el módulo del grande hombre es una cosa y el de Don cual- 



282 REVISTA NACIONAL. 



quiera, otra. Las democracias dando á todos acceso en todas partes ( co- 
sa de que debemos regocijamos) imprimiendo su espíritu por do quie- 
ra, en las modas del día, merced á las cuales viste lo mismo el agente 
de inhumaciones que el hijo del finado, tiende á suprimir ó, mejor, ha- 
ce fácil y aun cómoda la supresión del grande hombre, sustituyendo á 
este una cosa en mi concepto más grande, bien que anónima: el cuer- 
po social. Entonces ha podido dar á luz, procedentes, se ignora de don- 
de, á un numeroso cuerpo de insignificantes, que son como los factores 
comunes de levita negra y sombrero de copa, de los grandes apriscos 
de nulidades. 

Por lo demás, los desdenes olímpicos de Carlyle están en su lugar: 
son el aire de familia de los grandes críticos que en todos los tiempos 
y países han constituido una serenísima república, desenfadadamente 
arístocrátioa, Y luego, no queriendo reverenciar á los grandes hombres 
¿nos dispensamos de admirar á un saltarín? ¿no admitimos la nece- 
sidad de un buen portero? Quien es grande hombre y, sobre todo, 
por qué es grande ; quién y por qué es mediano ó nulo, parece una 
recordación útil en momentos en que estamos perdiendo, no la cos- 
tumbre de alabar, sino la noción de lo que merece alabanza. Nosotros, 
y cuando digo nosotros, quiero decir una época, como en el convencio- 
nalismo decorativo de los teatros chinos, admitiendo en la escena hu- 
mana la necesidad de una puerta ó un árbol, colocamos ahí una silla 
en la cual escribimos : esta es puerta, ó árbol ; de la misma manera, 
tan luego como necesitamos una eminencia dada, salimos bruscamen- 
te á la calle y al primer individuo que se nos presenta le decimos : eh! 
buen hombre, vd. va por ahora á servirnos de esto : Demóstenes, Bur- 
ke, Mirabeau, ó de esto otro : Platón, Descartes, Kant, etc., etc. 

Ya se comprende cuál debe ser el concepto de Carlyle sobre la liber- 
tad humana, desde el punto de vista social : exprésala con su acostum- 
brada resolución y perentoriedad de estilo: 

"Dícenme que la libertad es cosa divina; mas no encuentro yo tan 
divina la libertad de morirse de hambre. 

¡La libertad! La verdadera libertad de un hombre consiste en en- 
contrar de grado ó por fuerza su camino legítimo, conveniente, y en se- 
guida en aprender, ó en obligarle á que aprenda de qué trabajo es 
actualmente capaz, y poner entonces manos á la obra, ya sea por vía 
de permiso, persuasión ó á fuerza. Tal es, verdadera y bendita liber- 
tad, su máximo bienestar: si esto no es la libertad, Tale un comino. 



CABLYLE. 263 

Vosotros los que tenéis juicio, no permitiréis que un loco se arroje á 
un precipicio, sino que atentaréis contra su libertad apartándolo del 
precipicio, aunque sea apelando á la camisa de fuerza. Ahora bien, 
cualquier necio, cualquier ignorante, cualquier tímido, es más ó me- 
nos un loco. ¡Oh! tú que eres mi Sénior, mi Eider, señor, sacerdote, 
jefe, conquístame, mándame, puesto que sabes mejor que yo lo que 
es bueno y justo. Si mi peregrinación en la tierra termina en un si- 
niestro, en mortal caída, ¿qué me importa que los periodistas me lla- 
men hombre libre? Llámenme esclavo, cobarde, tonto ó empleen cual- 
quier otro dulce califícativo, con tal que yo sea salvado" 



La libertad de Carlyle es algo superior á la libertad democrática 
científica. La libertad democrática científíca es una fatalidad, y los fe- 
nómenos en lo humano se anegan en el cosmos. Para concebirlo co- 
mo algo extrahumano, hay que seguir la dramaturgia de Carlyle. 

El elegido, el jefe, de aspecto terrible, benéfico siempre en el fondo, 
brota del cerebro de Carlyle, de una pieza, como tallado en roca pri- 
mitiva por ciclópeo cincel: es más ó menos un Guillermo el Conquis- 
tador, uno de esos cirujanos de cabecera de las niidanes (home sur- 
geons), que como aquel, no obstante sus tremebundas hazañas en el 
Yorkshire, en el Norte reducido á cenizas, y á causa de eso, pudo lograr 
"que un niño pudiese atravesar la Inglaterra de extremo á extremo con 
una bolsa de oro." Dios, luego el jefe, semidiós, héroe, regulador, pon- 
tífice, un cuerpo altamente dotado que ejecuta, una aristocracia delito, 
hé aquí el gobierno de Carlyle. 

"Aristocracia y sacerdocio, una clase que gobierna y otra que enseña: 
separadas en ocasiones, procurando armonizar, á veces unidas. Un rey 
pontíGce: no existió ni existirá jamás sociedad alguna sin estos dos ele- 
mentos vitales. Ellos residen en lo íntimo de la naturaleza humana: 
virtual ó actualmente, encontraréis esos dos poderes en ejercicio aun en 
el más remoto villorio del más republicano país del mundo. £1 hom- 
bre necesita obedecer á un superior: es un ser sociable en virtud de 
esta necesidad; y obedece á aquellos á quien estima mejores que él, 
más valerosos, más sabios; los obedecerá siempre, y aun constituye pa- 
ra él un deleite esta obediencia." 

¿Cuál es la contrapartida de este sistema? Roberto Bums lo ha di- 



284 REVISTA NACIONAL. 



cho: todas las cartas, constituciones, luchas intestinas, se reducen á 
esto: encontrar una docena de hombres capaces de gobernar un país, 
hé aquí el quid (Here is the rub, que dijo Hamlet). Así lo entiende 
Carlyle: ''Una mala aristocracia; los males que acarrea á un país; su 
progresión acumulada, conducen fatalmente al cataclismo: llégase asi 
de escalón en escalón á un Guillermo el Conquistador, que arrasando 
esa aristocracia, acaba con los males que aquejan al país/' 

Por momentos se cree adivinar en nuestro escritor no sé qué tre- 
menda lucha interior, que se traduce en sus palabras por una recru- 
descencia de asperezas, á veces brutales, y sin embargo ni aun enton- 
ces deja de ser profundamente humano, reverencioso ante lo que es 
de veras grande, fuerte. 

Como crítico, se anticipa á la escuela contemporánea, y raya tan alto 
como cualquiera de los que conocemos, sin exceptuar á Taine, á quien 
en mi humilde concepto supera en ocasiones, porque la exactitud y la 
comprobación rigurosa del documento, encarna en él, le compenetra 
hasta la inspiración, y es entonces intenso y amplio como nadie; el vo- 
luminoso expediente desaparece dejando en su lugar unas cuantas fra- 
ses buriladas de inimitable manera. Recorred su galería de héroes 
(Héroes and Hero worship). Dante es allí el más hermoso, el más 
Dantesco, si se permite la expresión, de cuantos ha* resucitado el cris- 
tianismo histórico y literario: es más, por ser la Italia y los italianos 
en el último siglo de la edad media. Su Oliverio Gromwell es su obra 
maestra. Su Shakespeare supera con mucho al de Johnson. Su Na- 
poleón es bajo muchos aspectos el de Taine: no es un tipo religioso, es 
esencialmente moderno, utilitarista, egoísta y excéptico; gran poeta á 
veces, que es cuando Carlyle se siente inclinado á admirarle. No sin 
esfuerzo dejo de copiar aquí algunas páginas de tan interesante y cu- 
rioso libro. 

Nada es más original que su estilo, y es sabido que llegó en Ingla- 
terra á designarse de un modo especial: carlilismoy máquina formida- 
ble de guerra, casi siempre en movimiento, amenazadora aun cuando 
en reposo, como un elemento de paz armada; capaz, no obstante, de 
contener como molde peregrino los más altos, hondamente humanos 
y nobles sentimientos, con esto de una matemática precisión, de una 
nitidez admirable para las cosas profundas: nada artificioso, brutal an- 
tes que oscuro. Más que de un historiador, de un crítico de arte, su es- 
tilo es el de un publicista, de un polemista de gran aliento, y no es lo 



CARLYLE. 265 



menos curioso de Cariyle ver al propio tiempo ese ardor del hom- 
bre de combate, y el juicio sereno del crítico sagaz, amplio y en cierta 
manera impersonal. 

Humorista penetrante, mejor diré, flajelante á ratos, sin serlo en la 
genuina acepción de la palabra. Si el humorismo se funda, como dice 
otro crítico inglés, no en el desprecio sino en el amor; si no es una 
dislocación, una exageración de las formas de la naturaleza, sino una 
especie de simpatía profunda, bien que juguetona (playful) con esas 
formas, el humorista por excelencia no es entonces ni Swift, ni Steme, 
ni Thackeray, sino Cervantes. Cariyle no tiene ese temperamento, esa 
facultad excepcional de vivir al propio tiempo que en lo más íntimo 
de las ansias humanas, en una región serena superior á ellas. Antes 
bien, se cree adivinar en él no sé qué tremenda lucha interior que se 
trasluce en sus palabras por una recrudescencia de asperezas á veces 
brutales. Ensalzando siempre, eso sí, la humana personalidad, reve- 
renciando lo que según él es de veras grande, amando la abnegación 
y el sacrificio, sediento de verdades, fuerte con la creencia de su Dios, 
dispuesto cada vez á cortar por lo sano, por la mano de algún grande 
hombre, cada vez que es necesario. A pesar de su cefto y sus aspere- 
zas no haria mal papel en aquel lugar preferente del paraíso pagano, 
destinado según Virgilio á los poetas piadosos. 

Es, en suma, un escritor de gran talento, de genio á veces, y del cual 
este mal surcido articulo dará acaso una ligera noción. En su Vida de 
Sterling, el mismo Cariyle dice: "Un contomo verdadero del hombre 
más pequeño, de las escenas de su peregrinación en esta vida, es bas- 
tante á interesar al más eminente. Un retrato humano dibujado con 
fidelidad es, de todas las obras, la que mejor parece sobre un muro 
humano.^* La dificultad reside en hacer ese Dibujo fiel, sea quien fue- 
re el original. Tratándose de Cariyle, para el que esto escribe seme- 
jante tarea es una absoluta imposibilidad. 



Leopoldo Zamora. 



REVIsTA SACIOS JLL, 



CA5TABES. 



Yo soy qijíen iin amparo erizó la TÍda 
en £ij n:;blada aorora, nlLo doliente 
con mi alma heñday 
el lutrj j la miseria sobre la frente 
y en mi hogar solitarío y agonizante 
mi madre amante. 



Yo soy quien Tagabundo cuentos fingía, 
y los ecos del pueblo que recogía 
tomé cantares; 

porque era el pueblo humilde toda mi ciencia, 
y era escudo, en mis luchas con la indigencia, 
de mis pesares. 



La soledad austera y el libre viento 
le dieron á mi pecho robusto aliento, 
fiera entereza; 

y sáíí tuvo mi lira cantos sentidos, 
en lo intimo de mi alma sordos gemidos 
de mi ¡lobrcza. 



La nube que volaba con alas de oro, 
la tórtola amorosa que se quejaba 
como con lloro; 

el murmullo del aura que remedaba 
las voces expresivas del sentimiento 
copió mi acento. 




CANTARES. 207 



Y el bandolón que un barrio locuaz conmueve, 
y el placer tempestuoso con que la plebe 
muestra contento; 

sus bailes, sus cantares y sus amores, 
fueron luz y arroyuelos, aves y flores 
de mi talento. 



Cantando, ni yo mismo me sospechaba 
que en mi la patria hermosa con voz nada,, 
que en mi brotaba 

con sus penas, sus glorias y su alegría, 
sus montes y sus lagos, su lindo cielo, 
y su alma que en perfumes se desparcia.. 



Entonces á la choza del jornalero, 
al campo tumultuoso del guerrillero 
llevé mis sones; 

y no á regias beldades ni peregrinas, 
sino á obreras modestas, á alegres chinas 
di mis canciones. 



¡Oh patria idolatrada, yo en tus quebrantos, 
ensalcé con ternura tus fueros santos, 
sin arredrarme; 

tu tierra era mi carne, tu amor mi vida, 
hiél acerba en tus duelos fué mi bebida 
para embriagarme! 



Yo tuve himnos triunfales para tus muertos,, 
mi voz sembró esperanzas en tus desiertos; 
y complaciente, 

á la tropa cansada la consolaba, 
y oyendo mis leyendas se reanimaba 
riendo valiente. 



208 REVISTA NACIONAL. 



Hoy merezco recuerdo de ese pasado 
de luz y de tinieblas, de llanto y gloria; 
soy un despojo, un resto casi borrado 
de la memoria 



Pero esta pobre lira que está en mis manos, 
guarda para mi pueblo sentidos sones; 
y acentos vengadores y maldiciones 
á sus tiranos! 

Septiembre de 1888. 

Guillermo Prieto. 



IMPBESGBIPTIBILIDÁD DEL DOMINIO NACIONAL. 



La propiedad en nuestro país puede referirse á épocas distintas, cu- 
yo encadenamiento nos ofrece la filiación lógica de este derecho, que 
en el espacio de trescientos afios ha sufrido las modifícaciones que en 
él han introducido los tiempos y sus ideas imperantes. 

El hecho cronológico que nos servirá de punto de partida para ini- 
ciar nuestros razonamientos, será aquel en que destruida la autonomía 
de las naciones^^americanas, vinieron á implantarse las instituciones 
advenedizas del pueblo dominador y echar los cimientos de la nueva 
civilización que preparó paia más tarde la entidad nacional de la mo- 
derna patria. 

La absorción de aquellas soberanías por la acción de las armas, en 
la soberanía monárquica del pueblo conquistador, se traslucía enton- 
ces por la idea que debe regir nuestra argumentación en cuanto á la 
época se refiera, y que consistía en considerar el reino de Espafia como 
una Herencia real, y todo su contenido como cosa propia del Monar- 
ca, á quien se atribuía una Regalía sobre las cosas adquiridas en jus- 
ta guerra. 



IMPRESCBIPTIBILIDAD DEL DOMINIO NACIONAL. 260 

Por esta razón, sabemos que aunque por derecho de gentes pudie- 
ron fundarse poblaciones sin licencia de ninguna potestad, esto no obs- 
tante, no fué permitido, al menos desde el siglo XIII en que se forma- 
ron las Siete Partidas y el Ordemamiento real^ proceder á la formación 
de ciudades sin la respectiva Carta-puebla que debía expedir el So- 
berano. 

Vigentes estas disposiciones al consumarse la conquista, gravitaron 
de una manera directa sobre los países conquistados, pudiendo en con- 
secuencia decirse, que desde el momento en que Cortés penetró á la 
ciudad indefensa, cesaron los antiguos derechos públicos y privados, y 
nacieron los de dominio de la Corona Católica. 

En esta situación, á las más urgentes necesidades de organización 
política siguieron inmediatamente, y con la misma calidad, los relati- 
vas á creación de la propiedad individual, y cuando apenas Mendoza ha 
tomado posesión de su encargo, empieza á fundarse la legislación agra- 
ria colonial; procediendo por un sistema de repartimientos privilegia- 
dos en favor de los pueblos, de los indígenas, y por fin, de aquellos que 
contribuyeron á la empresa de la conquista. 

Después de estas primeras limitaciones al dominio real, quedaron 
sin embargo muchos terrenos libres^ que á diferencia de los ya ocupa- 
dos, se llamaron baldíos, tierras comunes, por la razón de que el rea\ 
Señor de ellas concedió gratuito y reducido usufructo al común de los 
vasallos. 

De estas tierras también conocidas con el nombre de realengas: se 
hicieron después mercedaciones sucesivas, que rindiendo al Fisco arbi- 
trios y rentas considerables, merecieron ser sistemadas especialmente 
y con tal motivóse expidieron reglamentos alusivos \_ Recopilación de 
Indias;— art, 5", lib, S''.— título 27, libro 7 'í,— títulos 23 y 24 de &» 
Novísima Recopilación de leyes de CastUla'], 

Hasta estos momentos, la legislación existente es la que ha propor- 
cionado casi todos los elementos, para la reglamentación de las nuevas 
tierras ; pero la altísima importancia que venía ofreciendo de día en día, 
exigió la formación de otros estatutos que se reunieron á las escasas 
hasta entonces confeccionadas. — I Ley J, título 12, libro A** déla Re- 
copilación de Indias. Ordenanzas de 9 de Marzoy4:\de Julio de 1536]. 

Lo que hasta aquí se había establecido no fué suficiente para definir 
eficazmente las confusiones que había traído consigo la precipitación 
con que tuvieron que satisfacerse las exigencias de aquel período de 



270 BEVI8TA NACIONAL. 



formación social, y hubo necesidad de proceder á una reglamentación 
posterior más formal y complementaria de las primeras. 

Aquí encontramos por primera vez, que los poseedores deben hacer 
mérüo de los títulos en que fundan su posesión, exhibirlos á los encar- 
gados de las composiciones, y recavar los nuevos títulos que confirmasen 
su propiedad, restituyéndose al dominio real todo aquello que no fuere 
poseído legalmente. RecU Cédula delude Noviembre de 1591. 

Desde esta focha, tanto los primitivos poseedores, como los que en 
lo de adelante pidieran y quisieran algo, debían tener sus títulos, y la 
constancia de la confirmación real de acuerdo con su Concejo, con el 
fin de hacer más segura la propiedad y evitar las incertidumbres de 
aquel estado. 

Aquellos que cumplidos estos requisitos, justificasen con buenos tí- 
tulos y recaudos su posesión, debían ser amparados en ella, debiendo 
disponerse á voluntad del rey de aquellas que no estuviesen en tales 
condiciones, sin que pheda suscitarse pleito alguno, más que la deela- 
ción que acerca de ello hicieren los que tuvieren comisión y poder. Dos 
reales cédulas de 1** de Noviembre de 1591. 

Luego, con motivo de haberse presentado la gravísima dificultad de 
acudir al Rey para solicitar sus confirmaciones, expidióse, con el fin 
de evitar los dispendiosos gastos que originaban, otra real cédula en la 
misma fecha, en cuya virtud quedaban los virreyes investidos de aque- 
llas facultades, por sí mismos ó por medio de los funcionarios en quie- 
nes delegase la autorización* 

Así las cosas, y con la mira de cortar desde un principio toda cos- 
tumbre viciosa en la adquisición de tierras, se nos ofrecen otras dispo- 
siciones, insistiendo de significativo modo, en que se acuda á manifes- 
tar los títulos y despachos en cuya virtud se posean, con apercibimien- 
to de ser lanzados y despojados en caso de contravención. 

También se manifiesta en otra de sus prevenciones la voluntad de 
mantener en la propiedad á los poseedores, aun sin haber ocurrido á 
las confirmaciones de ordenanza, siempre que en los títulos que debían 
exhibir constase haber cumplido con la obligación antes mencionada, y 
que si no tienen títulos les bastará la justificación que hicieren de aque- 
lla larga posesión como título de justa prescripción. 

En otro lugar dice que los poseedores de tierras, vendidas ó compues- 
tas por los subdelegados desde el alio de 1700, no pueden ser moles- 
tados, etc., confitándoles tenerlas confirmadas por mi real persona ó por 




IMPRESCRIFTIBILIDAD DEL DOMINIO NACIONAL. 271 

los virreyes, etc., y los que poseyeren sin esa precisa calidad deberán 
acudir á impetrar la confirmación de ellas ante los comisionados al 
efecto. 

Por último, previniendo los abusos que son consecuencia de situa- 
ciones mal definidas, resolvióse que se acuda á componer precisamente 
las excedencias, para que previa medida y avalúo se les despache titulo 
y confirmación, con apercibimiento de que se adjudicarán los terrenos 
asi ocupados en una moderada cantidad, á los que las denuncien, ó al 
real patrimonio para venderlos á otros, si pasado el término de la ley 
no cumplen sus mandamientos, sin que obste las circunstancias de es- 
tar labrados, cultivados ó fabricados. \^Instrucción de ^0 de Octubre 
de 1754]. 

Para completar esta enumaración citaremos el art, SI de la Orde- 
nanza de Intendentes, que concede cierta jurisdicción judicial á los In- 
tendentes. La Real cidula de 23 de Marzo de 1798, que corrige algu- 
nas disposiciones anteriores limitando las confirmaciones á los nego- 
cios importantes, y suprimiéndolas para las menudas, enterando cierto 
servicio en las contadurías respectivas. 

Desde entonces, basta la emancipación del país, se publicaron otras 
disposiciones de menos interés, y para ilustración, recordamos la ley 
de 4 cíe Enero de 1813, reduciendo los baldíos y otros terrenos públi- 
cos á dominio particular, concediendo suertes de dichosbaldíos dios de- 
fensores de España y á los no propietarios. 

Consumada la independencia nacional, la primera ley que se ofrece 
á nuestra consideración es la de 

27 de Marzo de 1821, 

permitiendo premiar á los defensores de ta patria con lotes de terrenos 
nacionales. 

11 de Abril de 1823, 

expedida por el Congreso, con motivo de la colonización de Texas que 
se proponía bacer Esteban Austin con el establecimiento de 300 fami- 
lias. 
Los decretos de 

4 de Junio y 18 de Septiembre de 1823, 

que mandaron repartir baldíos á los individuos del ejército inde|)en- 
diente, el.de 



272 REViarrA NACIONAIí. 



14 de Octubre de 1823 

sobre formación de la provincia del Istmo de Tehuantepec, con los te- 
rrenos de las jurisdicciones de Acayucan y Tehuantepec; la ley de 

1 ^ de Agosto de 1824 

que no se colonizaran con extranjeros los terrenos comprendidos den- 
tro de las veinte leguas limítrofes ó en las diez litorales de la Repúbli- 
ca sin permiso del Gobierno general, y prohibió que en una sola mano 
se reunieran como propiedad más de una legua cuadrada de tierra de 
regadío y seis de abrevadero, que pudiesen pasarse á manos muertas y 
que pudiesen conservarlas los que residieran fuera del país ; las de 6 
de Abrilf SO y 2d de Noviembre de SS^ y 4 de Abril de 1837, que man- 
daron hacer efectiva la colonización de terrenos que fuesen de propie- 
dad de la Nación, por medio de ventas, enfíteusis, é hipotecas, para apli- 
car su valor á la amortización de la deuda nacional ; el decreto de 

1? de Junio da 1839 

que hipotecó al pago de la deuda extranjera cien millones de acres de 
baldíos en California, Chihuahua, Nuevo México, Sonora y Texas, El 
contrato celebrado en 

3 de Octubre de 1843 

sobre colonización de Tamaulipas que debería establecerse á veinte le- 
guas de la frontera, y asignó á los colonos la fracción determinada por 
la ley de 18 de Agosto de 1824. Los decretos de 

9 3/ 29 de Diciembre de 1843 

sobre pago de créditos causados por la moneda de cobre, con el valor 
de los terrenos baldíos, aclarándose que la porción de éstos, debía ser 
igual al importe de la referida deuda. 

El de ^ de Junio de 1849 

que previno, se impidiese á mexicanos y extranjeros, establecer colo- 
nias en las fronteras y sobre la línea divisoria señalada por los tratados 
de Guadalupe, sin permiso del Gobierno general. 




IMPRESCRIFTIBILIDAl) DEL DOMINIO NACIONAL. 278 

Diversas disposiciones se dictaron en otras épocas y entre otras las 
siguientes : 

14 de Mayo de 1857, 
25 de Julio de 1851, 

11 de Febrero de 1852, 

12 de Marzo de 1853, 

previniendo ésta, se pagaran á la familia de I tu rbide $200,000 con tie- 
rras baldías en Baja California, Sonora ó Sinaloa, por no habérsele en- 
tregado el millón de pesos con que se mandó premiar sus servicios por 
los decretos de 12 de Febrero de 1822 y 18 de Abril de 1835. El de- 
creto de 

25 de Agosta de 1853, 
sobre extinción de colonias militares en la frontera: el de 

25 de Noviembre de 1853, 

que declaró que los terrenos baldíos nunca habían podido enajenarse 
por las Legislaturas, Gobiernos y autoridades militares de los Estados, 
que siendo nulas, debía reivindicarse la enajenación. 
La disposición de 

16 de Febrero de 1854, 

que remitió á revisión del Gobierno la disposición del Congreso para 
promover en Europa la colonización y dio reglas para la conducción y 
auxilio de los inmigrantes, enagenación de baldíos, etc. El decreto de 

11 de Julio de 1864, 

sobre revisión de títulos de enajenación de terrenos baldíos, hechos 
desde 1821 por el Gobierno general ó por las autoridades de los Esta- 
dos y Departamentos, nulificando las enajenaciones verificadas por és- 
tos sin conocimiento de aquel y las efectuadas, con el fm de colonizar, 
sin que éste se hubiere cumplido, sujetó las dichas enajenaciones, á in- 
demnizaciones para su validez, lo mismo que á las porciones de tierra 
sin titulo, prohibió á los extranjeros no naturalizados la adquisición de 
propiedades rurales fueren ó nó baldíos, situados en una zona de vein- 
te leguas limítrofes de la República, y declaró que todos los negocios 



274 REVISTA XAaOXAL. 



relativos á baldíos eran del resorte exclusivo del Ministerio de Fomen- 
to : y por último otras mochas disposiciones hasta la de 

« 
22 de Julio de 1863, 

dada por el Sr. Juárez en San Luis Potosí, sobre ocupación y enajena- 
ción de terrenos baldíos, y en 

31 de Marzo de 1875 
sobre colonización, exploración y deslinde de terrenos nacionales, y en 

15 de Diciembre de 1883, 

la ley del Congreso de la Unión, promulgada por Don Manuel Gonzá- 
lez, fijando la regla para el deslinde de baldíos y colonización de ellos, 
cuyas disposiciones son las vigentes sobre la materia. 

El texto solo de las cédulas, instrucciones y leyes hasta aquí consig- 
nadas basta para demostrar, que independientemente de las modalida- 
des ocasionales de los diversos tiempos en que se expidieron, hay en 
todas ellas algo constante y uniforme, cierto carácter esencial, que de 
un modo siempre invariable, se viene revelando como un fondo de ver- 
dad científica, y es el hecho de que en todo caso se deja á salvo la so- 
beranía que la Nación tiene en los terrenos baldíos y que impide la ad- 
quisición de su propiedad, y si no es por expresa manifestación de quien 
posee y ejerce su dominio. 

Pero como esta verdad, se ha desconocido por los defensores de la 
prescriptibilidad del dominio público, como resulta de sus doctrinas, 
vamos á emitir los principios filosóficos que han presidido á las legisla- 
ciones respectivas, examinándolas con la atención debida para demos- 
trar la imprescriptibilidad del dominio nacional. 

La propiedad consiste en el conjunto de derechos que las leyes reco- 
nocen en los que encontrándose en las condiciones que ellas estable- 
cen, pueden ejercitar los actos de dominio que la constituyen. 

Este derecho está lejos de consistir en ese poder absoluto ó de liber- 
tad, que excluye todo límite y por el contrario está restringido, á cier- 
ta esfera de acción determinada por el derecho de los demás. Este con- 
junto de limitaciones que el hombre tiene sobre la cosa, objeto de su 
dominio, se encuentra establecido por la ley con relación á los demás 




IMPRESCRIPTIBILIDAD DEL DOMINIO NACIONAL. 275 

hombres y con mayor razón cuando se les considera en sus relaciones 
con el Estado, el cual exige en virtud de sus necesidades conocidas con 
la denominación de utilidad pública mayores restricciones y aun el sa- 
crificio del derecho de propiedad, pues le es permitido proceder á la ex- 
propiación, que no es otra cosa que la privación del objeto material del 
derecho. 

Por estas consideraciones el estado recobra el dominio sobre las mi- 
nas cuya explotación se abandona, asi como sobre los terrenos vendi- 
dos por él, cuando dejan de satisfacerse las condiciones de colonización 
y cultivo, que es aquí lo que constituye el interés público en la enaje- 
nación. 

La expropiación se entiende siempre, mediante las indemnizaciones 
que la misma ley constitucional establece, y aunque parezca una ofen- 
sa al derecho de propiedad, no lo es, porque los bienes raices están 
ligados con un vínculo superior á la soberanía del país en que se en- 
cuentran ubicados, soberanía que no puede ser nunca objeto de pro- 
piedad particular. 

El territorio nacional, como lo han repetido nuestras constituciones, 
forma la propiedad pública que por ser de una naturaleza especial se 
descompone en "dominio útil" y dominio "eminente." 

Pero como el mejor medio de realizar el primero es vincularlo al 
interés particular, procede á hacer un repartimiento proporcional de 
los terrenos que le pertenecen, mediante ese sistema de divisiones, 
que consiente el dominio útil quedando siempre ileso el dominio emi- 
nente que en ningún caso puede ser materia de estas operaciones. 

¿Cuáles son los medios con que la Nación puede enajenar su pro- 
piedad? La historia del derecho nos dice que son: la venta, la dona- 
ción, ó mercedaciones de tierra, y en fin, todos aquellos en que inter- 
viene la voluntad de enajenar de una manera positiva. 

La tierra conquistada sin más soberano que el que la había adquirido 
por medio de las armas, fué dividida por éste entre los que le habían 
ayudado en la empresa, y aquí vemos manifestada la voluntad de ena- 
jenar; quiso que los naturales participasen de los mismos bienes y aquí 
volvemos á encontrar la misma voluntad; y esto que al principio no 
reconocía otro móvil que la gratitud real para con los conquistadores 
y la necesidad de crear la propiedad particular en los nuevos dominios, 
tuvo después razones de estudio cuyos intereses exigían de las enaje- 
naciones un aprovechamiento fiscal, destinado á instituciones de de- 



2W REVISTA NACIONAL. 



fensa pública, como la creación de la flota de Barlovento, para proteger 
los intereses coloniales. Real cédula^ 1" de Noviembre de 1591. 

La propaganda de la fe católica y el reconocimiento de la domina- 
ción de la Corona, constituían otros de los grandes fínes de la monar- 
quía, que acompafüaban á las mercedaciones gratuitas ú onerosas, á 
más de la conveniencia de que aquellas distribuciones se practicaran 
en cierta proporción equitativa, propósitos que no se suponen sin actos 
positivos de gobierno, ni menos encomendados al cuidado individual, 
siempre dispuesto á eludir todo aquello que limita su provecho parti- 
cular. 

Con este motivo, bien justificado, las reales cédulas que reglamen- 
taron aquellas disposiciones y las denuncias que en lo sucesivo se hi- 
cieron, tendían constantemente á generalizar la práctica de acompañar 
al hecho de la posesión el documento justificativo del derecho, enca- 
reciendo incesantemente la confirmación de los títulos legítimamente 
adquiridos. 

Consecuente con estos deseos, vemos repetida esa disposición, y con 
el fin de allanar las dificultades que á tal práctica se opusiesen, se su- 
primieron primero, las confirmaciones reales, disponiendo que los Vi- 
rreyes podían hacerlas, los presidentes de audiencia y demás agentes 
más próximos á los interesados, hasta quedar totalmente suprimidas 
en los negocios menudos, manteniendo sin embargo las otras solemni- 
dades que llamando la atención del Soberano, traían consigo la actua- 
lización de su voluntad. 

Verdad que en una ocasión se permitió para la justificación, que á 
falta de títulos, bastara aquella larga posesión como título de justa 
prescripción; pero debemos tener en cuenta las siguientes considera- 
ciones: 

Hasta la fecha de la ley encontramos las cosas en este estado: tie- 
rras concedidas á pueblos, indios y encomenderos, según las primiti- 
vas reparticiones, y tierras concedidas por los subdelegados á los par- 
ticulares, según la Cédula de 91. 

Para que tales propiedades fueran perfectas, había necesidad de que 
en ellas concurrieran los requisitos de la última disposición sobre la 
materia; pero como resultaba que muchos habían desairado las relati- 
vas á confirmaciones por las dificultades de solicitarlas del Rey mismo, 
ó por negligencia de las obligaciones, la nueva instrución, en lugar de 
obrar de una manera absoluta, y colocándose en las circunstancias de la 



IMPRESCRIPTIBILIDAD DEL DOMINIO NACIONAL. 277 

situación, buscó un paliativo, una especie de transacción entre los de- 
rechos de los interesados, aún imperfectos, y la necesidad de hacer 
obedecer los mandamientos de la autoridad. 

De aquí resulta: 

1" Que esta instrucción tenía en parte un carácter casuista de un 
efecto transitorio, como un acto de violencia real. 

2" Que se refería á indios, es decir á aquellos que eran los verda- 
deros sefiores de la tierra, que encontrándose frente á frente de insti- 
tuciones completamente nuevas, debían obsequiar exigencias de un 
orden ajeno á sus costumbres, para asegurar aquella especie de dere- 
cho adquirido en virtud de sus decaídas prácticas, que si bien no te- 
nían autoridad en aquellas circunstancias, fueron sin embargo prote- 
gidos, como un resto de respeto compasivo á instituciones destruidas 
por la conquista. 

3"? Aquella concesión debía entenderse sin perjuicio de ka confirma- 
dones ulteriores^ que como un acto positivo debía emanar de la volun- 
tad real para ser considerados como verdaderos señores de la tierra. 

4" Las demasías y excedentes en que entraran ilegalmente los po- 
seedores, debían ser compuestas^ adjudicándose al real patrimonio en 
caso contrario, aunque estuviesen labradas, cultivadas ó fabricadas. 

Por estas consideraciones, fundadas en los datos positivos de las le- 
yes anteriores, podemos observar ese fenómeno constante que consiste 
en la traslación del dominio nacional al del particular, mediante hechos 
positivos, pudiendo asentar en consecuencia, que nunca se ve lo con- 
trario, es decir la enagenación por hecho negativo. 

Y no podía ser de otro modo: siendo la propiedad pública la rela- 
ción necesaria entre el Soberano y los objetos en que aquella se realiza, 
sólo á él compete la facultad de concederla. Esta cesión no se presume, 
sino que se deduce de las leyes que él dicta. Cuando esto tiene lu- 
gar, se reúnen las condiciones que quitando á la propiedad nacional 
la naturaleza especial que la caracteriza, la hace entrar en la categoría 
de propiedad vulgar. 

De otro modo, la voluntad personal prevalecería sobre la voluntad 
general, atribuyéndose la adquisición de la propiedad en su favor, que 
despreciando lo que las leyes ordenan, no ha tenido más títulos que la 
intención de poseer por tal cual tiempo con el fin de adquirirla en me- 
noscabo de la soberanía nacional. ^ 

Si reconocemos el derecho de la Nación, y si la enajenación es un 



278 REVISTA NACIONAL. 



atributo de su soberanía, ¿cómo puede ejercitarse por quien no es sobe- 
rano? Si el solo lapso de tiempo fuera la única razón para transferir 
la propiedad, hasta los extranjeros hubiesen podido adquirirla en cual- 
quier lugar de la República mediante aquel requisito; y sin embargo, 
es sabido que muchas leyes se opusieron expresamente á ello, porque 
así lo exigían consideraciones de gran utilidad. 

Si las leyes españolas hubiesen querido hacer prescriptibles las tie- 
rras públicas, no las hubiesen denominado "comunes," es decir, esta- 
blecidas en benefício de la comunidad, ni menos hubieran declarado, 
que atendida esta calidad no debían romperse, venderse, empeñarse 
ni ^ercitarae sobre ellas dominio alguno sin previa licencia del rey. 

La prescripción tiene por objeto evitar la incertidumbre de la pro- 
piedad; iy bien! ¿en dónde se puede presentar tal incertidumbre res- 
pecto á la Nación? ¿Cuándo ha dejado de pertenecerle? Si se dice que 
tiene ese objeto, sólo debe entenderse entre particulares, pues como 
dice Bentham al tratar de la posesión como título de propiedad, "siem- 
pre será válido contra todo otro hombre que no tenga otro titulo que 
oponerle!''^ 

Aquí, sí es procedente la prescripción, por esa indeterminación, en 
contra de la cual se estableció este medio; pero la Nación que no ne- 
cesita de él, tiene otros más expresivos para evitarla, como son los que 
establecen que sólo aquellos que tengan títulos sean reputados como 
propietarios, no debiendo considerarse como tales aquellos que no es- 
ten dentro de estas condiciones; y ¿no es lógico que mientras no se 
pruebe lo contrario se presuma la propiedad en favor de la Nación, que 
nunca ha tenido necesidad de títulos para justificarla? 

No pudiendo ofrecerse incertidumbre alguna, desaparece la necesi- 
dad de la precaución, y por consiguiente de la prescripción de los te- 
rrenos baldíos. 

Y no se crea oponer una razón poderosa en la analogía que se in- 
tentase establecer con los bienes nacionalizados, porque si bien estos 
pueden adquirirse por el uso, también lo es que esta clase de bienes 
conservaron, al verifícarse la traslación, su condición adquirida^ esto 
es, la naturaleza civil que las corporaciones les habían dado, y que no 
podía quitarles la Nación, porque no podía tener más derechos que los 
que aquellas les había dado. 

La prescripción como se ve, pierde su significación jurídica cuando 
traspasa el límite de las relaciones privadas. Entre dos personas que 



IMPRE8CRIPTIBILIDAD DEL DOMINIO NACIONAL. 279 

se encuentran en condiciones idénticas, como los particulares, procede 
esa disposición, porque ella tiene por sujetos de su acción á persona- 
lidades semejantes, y por tal razón, acatando los principios de equidad, 
las leyes que por una parte consideran á un propietario que menos- 
preciando su derecho abandona la cosa, y por otra, á un poseedor la- 
borioso que aplica su industria, su trabajo y su constancia en un objeto 
que sin ser suyo no encuentra, sin embargo, resistencia de aquel á quien 
pertenece, otorgan su preferencia en favor de este último, que ha evi- 
tado con su actividad la esterilidad de la cosa por el abandono. 

Adviértase que aquí, como en todas las cosas, la adquisición se rea- 
liza contra un particular, contra aquel desde cuyas manos traía la cosa 
naturaleza civil, y por consiguiente susceptibilidad de todos los atribu- 
tos del derecho privado. 

Sobre estos dos sujetos hay un interés superior, y este interés su- 
perior es el bien general que exige se determine en favor de aquel que 
ha sabido merecer con sus obras esa propiedad, que á mantenerla siem- 
pre en favor de aquel á quien perteneció desde un principio, sería ha- 
cer á unos de mejor condición que los otros. 

No sucede así con la Nación, porque procediendo de ella todo poder, 
y en consecuencia todo derecho, los individuos que la componen, sólo 
gozan de aquellas que la misma les concede, y jamás la Nación ha 
querido ni puede querer que sobre su interés, que es el colectivo, pre- 
valezca al interés particular. 

Y no vayamos á creer que esto entraña un privilegio, palabra que 
repugna á nuestras convicciones y principios liberales, porque el pri- 
vilegio sólo se comprende entre seres de igual condición; ¿pero acaso 
pueden compararse las proporciones jurídicas del particular con las de 
la Nación? Evidentemente que no, y en consecuencia á una persona- 
lidad superior deben corresponder derechos superiores, y no se puede 
considerar privilegiado aquel que emplea su derecho. 

Privilegio seria en efecto negar la prescriptibilidad de aquellas tie- 
rras que habiendo entrado al dominio del comercio, entran por cual- 
quier motivo al de la Nación, y nuestras leyes que no admiten ese es- 
tado de las cosas en ningún poder, lo dispone terminantemente, por 
temor de que la imprescriptibilidad de la propiedad que está en la con- 
ciencia pública, se generalizara de una manera irreflexiva á toda clase 
de bienes nacionales. 

Con estas aclaraciones se alcanzará cómodamente el espíritu del ar- 



280 REVISTA NACIONAL. 



tículo 1184 del Código Civil del Distrito Federal y Territorio de la Ba- 
ja California, que dice: 

"La Unión, el Distrito y la California en sus casos, así corao los 
Ayuntamientos y todos los establecimientos públicos, se considerarán 
como particulares para la prescripción de sus bienes, derechos y accio- 
nes que sean susceptibles de propiedad privada,''' 

Esta disposición viene á damos evidentes pruebas de la distinción 
en que descansa gran parte de nuestra argumentación, pero condes- 
cendiendo con la pretensión de quererla erigir en doctrina subsidiaria, 
lo que equivaldría á olvidar que dicho Código es local, ni aun así po- 
drían aprovecharse nuestros opositores, porque tenemos un cuerpo com- 
pleto de legislación especial para la materia de que nos ocupamos. 

Pero si no nos hiciera pensar así la lógica de nuestra organización 
federal, el mismo Código en su artículo 806 nos obligaría á separar- 
nos de sus preceptos, diciéndonos: 

"Todo lo relativo á la ocupación y enajenación de terrenos baldíos, 
se arreglará á lo que disponga la ley orgánica de la fracción XXIV del 
art. 72 de la Constitución." 

Se quiere saber, en fin, por qué se encuentra aquella disposición en 
en el art. 1184 del Código Civil, pues ya hemos dicho que sólo tiene 
explicación respecto de aquellas relaciones en que el Estado, el Distri- 
to, etc., se equiparan á los particulares, aunque reconocemos que para 
legislar de un modo más conforme con nuestra organización política, 
debieron los autores del referido Código haberse separado un poco del 
texto del art. 2227 del Código Civil francés, que fué de donde se trasla- 
dó literalmente al nuestro. 

Pero supongamos prescriptible el dominio nacional, como contra 
toda razón se intenta, ni aun así procedería en el caso que examina- 
mos, porque exigiéndose en el espacio en que se consuma el conoci- 
miento de aquel contra quien corre, mientras ningún acto del Gobier- 
no revela dicho conocimiento, no tendría verificativo la enajenación, y 
aunque sabemos que basta que se presuma la referida condición, tam- 
bién sabemos que respecto á la Nación no es comprensible esa especie 
de coliciones indirectas muy corriente entre particulares, y manifes- 
tándose aquella por actos reales y decisivos, vendríamos en última ex- 
tremidad á caer en una declaración de la soberanía nacional. 

Si por cualquiera sutileza de ingenio se ofreciera una situación pare- 
cida á un conocimiento tácito de aquella voluntad, nosotros diríamos 



IMPRESCRIPTIBILIDAD DEL DOMINIO NACIONAL. i 31 

que dejaría de existir desde el momento en que á intervalos poco con- 
siderables desde la dominación espafiola á nuestros días, se han ex- 
pedido leyes en que se dispone de la propiedad en cuestión^ y que por 
tal motivo, interrumpiendo constantemente la posesión, faltaría ese uso 
continuado que se necesita para la prescripción. 

Estas ideas no constituyen una novedad, donde quiera las encontra- 
mos confirmadas, y en prueba de ello nos permitiremos evocar la au- 
toridad del pasado, remontándonos á Roma, cuna de las legislaciones 
modernas. 

Estamos en pleno período clásico; Roma defendida por sus institu- 
ciones inflexibles, sólo supone capacidad jurídica á sus ciudadanos, y 
fulmina contra todo aquello que no esté en el límite de su exclusivis- 
mo característico, el "adversus hostem externa auctoritas," único prin- 
cipio de sus relaciones internacionales. Para 16s romanos creó nada 
más la umcapión; aquel modo civil de adquirir la propiedad que defi- 
nían así: Usucapió est, axdein dominti adeptio per continuatíonempoS' 
sessionia amni vet bienniif rerum movilium anni, inmovüium biennii. 

Lanzada luego á sus espediciones de conquista, adquirió un número 
considerable de países agregados á su poderío y dominación, en cali- 
dad de propiedad del pueblo romano ó del César, y en tal virtud pri- 
vada de las condiciones del derecho civil. 

Pero había necesidad de decretar un impuesto sobre ellas, y para 
realizarlo era indispensable otorgar garantías á los poseedores, y el Pre- 
tor, desnaturalizando aquel sistema Tigaroso del jiLequiritiurrif recurre 
á una ficción y da nacimiento á la quasipropiedad, en cuya virtud se 
amparaba á aquellos que habían poseído por largo tiempo, {^preaerip- 
tío long temporis] contra ciialquiera persona que quisiere perturbarles 
en ella. 

Hasta aquí la prescripción se ha mantenido en el carácter que le he- 
mos asignado, es decir, reglamentaria de relaciones privadas. 

Vino Justiniano, y llamó usucapión á la adquisición por el uso de 
los muebles, y prescripción á la de los inmuebles. 

Sin embargo — añadió — las cosas de nuestro Fisco no pueden ser ad- 
quiridas por el uso, y aunque Papiniano decía que las que se conocían 
con el nombre de vacantes estaban comprendidas entre las sujetas á 
prescripción, debe observarse que esto tenía lugar antes que los denun- 
ciador hicieran conocer su naturaleza fiscal. 

Esta disposición está robustecida por otro pasaje de las institutas, en 



282 REVISTA NACIONAL. 



que califícando de viciosa la adquisición, considera imprescriptibles las 
cosas robadas y las cosas del Fisco. 

El derecho francés previene lo mismo en sus disposiciones vigentes, 
ofreciéndonos nuevos elementos de convicción, pues aunque su Código 
Civil en su art. 2227 habla de prescripción contra el Estado, ya hemos 
insistido en otra ocasión, al comentar el 1184 del nuestro, cómo debe 
entenderse; y con el fin de hacer sensible la distinción, recordaremos 
el art. 8" de la ley de 2 de Marzo de 1832, que dice que los bienes na- 
cionales son imprescriptibles é inalienables. 

El Edicto de 

30 de Junio de 1539. 

que en términos enérgicos establece la misma prohibición. 

El de 1566 y el de 

22 de Noviembre de 1790, 

que determinan los casos en que puede enajenarse el dominio nacio- 
nal, en los que, como se puede observar, siempre se requiere disposi- 
ción expresa. 

Todo lo que hasta aquí hemos acreditado es suficiente para asentar, 
como una consecuencia, que el dominio de que nos ocupamos no está 
sujeto á las mismas consideraciones qne normalizan las relaciones in- 
dividuales, y que por lo mismo queda perfectamente demostrada la 
imprescriptibilidad del dominio nacional. 

Demetrio S alazar. 



ABEJA. 288 



ABEJA. 

l^Chntínúa.'] 

CAPITULO XIV. 

DONDE SE DICE c5mO ABEJA VOLVIÓ Á VER Á SU MADRE 

y NO PUDO ABRAZARLA. 

Abeja, con la frente ceñida por una corona, estaba más pensativa 
aún y más triste, que cuando sus cabellos se esparcían en libertad so- 
bre sus espaldas, y que en aquellos días en que iba riendo á la fragua 
de los Enanos, para estiraries la barba á sus buenos amigos Pie, Tad 
y Dig, cuyo rostro coloreado por el reflejo de las llamas, tomaba á su 
llegada cierto aire de alegría. Los buenos Enanos, que no ha mucho 
la hacían bailar sobre sus rodillas, llamándola su Abeja, se inclinaban 
sin embargo á su paso y guardaban un silencio respetuoso. Ella echa- 
ba de menos el no ser ya una ñifla, y sufría con ser la princesa de los 
Enanos. 

No tenía más placer que ver al rey Loe después que lo había hecho 
llorar por su causa. Pero lo amaba porque era bueno y desgraciado. 

Un día (si es que puede decirse que hay días en el imperio de los 
Enanos), tomó al rey Loe por la mano y lo condujo bajo aquella hen- 
dedura de la roca, que dejaba atravesar un rayo de sol en el que se 
agitaba un polvo luminoso. 

— Pequeño rey Loe, le dijo; yo sufro. Vos sois rey, me amáis, y sin 
embargo, sufro. 

Al escuchar estas palabras de la linda señorita, el rey Loe respondió: 

— Yo os amo. Abeja de los Clarides, princesa de los Enanos; y es 
por esto por lo que os guardo en este mundo, á fin de enseñaros nues- 
tros secretos, que son más grandes y más curiosos que todos los que 
podríais aprender en la tierra y entre los hombres, porque los hombres 
son menos hábiles y menos sabios que los Enanos. 

— Sí, dijo Abeja; pero son mas semejantes ámí que los Enanos, por 
lo cual los quiero más. Pequefio rey Loe, dejadme volver con mi ma- 
dre, si no queréis que me muera. 

El rey Loe se alejó sin responder. 



2M REVISTA NACIONAL. 



Abeja, sola y desolada, contemplaba el rayo de aquella luz, que bafia 
toda la faz de la tierra, y que envuelve con sus ondas resplandecientes 
o mismo á los hombres opulentos que á los mendigos que van por los 
caminos. Lentamente aquel rayo palideció y cambió su dorada clari- 
dad en una luz de un azul pálido. La noche había extendido su man- 
to sobre la tierra. Cintilaba una estrella á través de la hendedura de 
la roca. 

Entonces, siutió que alguien tocaba con suavidad su espalda, y vio 
al rey Loe envuelto en un negro manto. Tenía en el brazo otro, con el 
que cubrió á la joven. 

— Venid, le dijo: 

Y la condujo fuera del subterráneo. Cuando ella volvió á ver los ár- 
boles agitados por el viento, las nubes que pasaban sobre la luna y to- 
da la grandeza de la noche fresca y azul; cuando sintió el olor de las 
hierbas, cuando el aire que había respirado en su infancia entró á rau- 
dales en su pecho, lanzó un prolongado suspiro y le pareció morir de 
gozo. 

El rey Loe la tomó en sus brazos; pequeño como era, la llevaba con 
la misma facilidad que á una pluma, y los dos se deslizaban por el sue- 
lo, como la sombra de dos pájaros. 

— Abeja, volveréis á ver á vuestra madre. Pero escuchadme. Todas 
las noches, lo sabéis, envío vuestra imagen á vuestra madre. Todas las 
noches mira vuestro querido fantasma; le sonríe, le habla, le abraza. 
Le mostraré esta noche á vos misma, en lugar de vuestro simulacro. 
La veréis; pero no la toquéis, ni le habléis, porque entonces el encan- 
to será desvanecido, y no volverá nunca á ver ni á vos ni á vuestra 
imagen, que ella no distingue de vos misma. 

— Seré, pues, prudente, jay de mí! pequeflo rey Loe iMiradla! 

¡Miradla! 

En efecto, la torrecilla de los Clarides se elevaba muy negra sobre 
el monte. 

Abeja apenas tuvo tiempo para enviar un beso á las viejas y bien 
amadas piedras, y ya veía desaparecer á su lado las murallas florecien- 
tes de alelíes de la ciudad de los Clarides, ó ya subía por una rampa, 
donde las mismas flores lucían y brillaban en la hierba, hasta la puer- 
ta del Castillo, que el rey Loe abrió sin dificultad, porque los Enanos, 
dominadores de los metales, no se detienen ni ante las cerraduras, los 
candados, las aldabas, las cadenas y las rejas. 



AB£JA. 385 

Subió el caracol que conducía al aposento de su madre, y se detuvo 
para contener con las dos manos su corazón que latía. La puerta se 
abrió suavemente, y, á la luz de una lamparilla suspensa en el techo 
del aposento, Abeja vio, en el silencio religioso que reinaba, á su ma- 
dre, á su madre enflaquecida y pálida, con los cabellos canos; pero más 
bella así para su hija, que en aquellos días en que se adornaba con 
magníficos atavíos y con elegantes peinados. Como entonces aquella 
madre viera á su hija en sueflos, le abrió los brazos para estrecharla. 
Y la niña, riendo y sollozando, quiso arrojarse en sus abiertos brazos; 
pero el rey Loe la arrancó de este abrazo y la llevó como una paja por 
los campos azules, al reino de los Enanos. 



CAPITULO XV. 

EN EL QUE SE VERA L.V GRAN PENA QUE TUVO EL REY LOC. 

Abeja, sentada sobre las gradas de granito del palacio subterráneo, 
contemplaba aún el cielo azul á través de la hendedura de la roca. Des- 
de ahí se veían los sauces que elevaban sus copas hacia el sol. Abeja 
se puso á llorar. El rey Loe la tomó de la mano y le dijo : 

— ¿Abeja, por qué lloráis y qué deseáis? 

Y como estuviera triste desde hacía muchos días, los Enanos, senta- 
dos á sus pies, le tocaban aires nativos, con la nauta, el rabel y los tim- 
bales. Otros Enanos para divertirla, daban tales saltos, que clavaban 
en el suelo, uno después de otro, la punta de su capuchón adornado 
con escarapelas de follaje, y nada era más agradable, que ver los jue- 
gos de estos pequeños hombres de barbas de ermitaño. El virtuoso Tad, 
el sensible Dig, que la amaba desde el día en que la vio dormida á la 
orilla del lago, y Pie, el viejo poeta, la tomaban dulcemente del brazo 
y le suplicaban les confíase el secreto de su pesar. Pau, cuyo espíritu 
era sencillo, pero justo, le presentaba uvas en un canastillo ; y todos le 
estiraban su traje, repitiendo con el rey Loe : 

— Abeja, princesa de los Enanos ¿por qué lloráis? 

Abeja respondió : 

— Pequeño rey Loe y vosotros todos, pequeños hombres, mi pesar 
ha aumentado vuestra amistad^ porque sois buenos ; lloráis cuando llo- 
ro. Dejad qne llore pensando en Jorge de Blanchelande, que debe ser 



286 REVISTA NACIONAL. 



ahora un valiente caballero, y á quien no volveré á ver. Yo lo amo y 
quisiera ser su esposa. 

El rey Loe retiró su mano de la de Abeja que estrechaba, y le dijo: 

— Abeja ¿por qué me habéis engañado, diciéndome, en la mesa del 
festín, que no amabais á nadie ? 

Abeja respondió : 

— Yo no te he engañado en la mesa del festín. No pensaba enton- 
ces casarme con Jorge de Blanchelande, y hasta hoy es mi deseo más 
querido, que me pidiese en matrimonio. Pero no me pedirá, porque no 
sé donde se encuentra, y él no sabe donde me hallo. Por esto es por 
lo que lloro. 

A est^ palabras, los músicos dejaron de tocar sus instrumentos ; los 
acróbatas interrumpieron sus saltos y permanecieron inmóviles de ca- 
beza ó sobre sus espaldas ; Tad y Dig derramaron lágrimas silenciosas 
en el vestido de Abeja ; el sencillo Pau dejó caer la canastilla con los 
racimos de uvas, y todos los pequeños hombres lanzaron desgarrado- 
res gemidos. 

Pero el rey de los Enanos, más añigido que todos ellos bajó su coro- 
na de flores brillantes, se alejó sin decir nada, dejando arrastrar tras s¿ 
su manto como un torrente de púrpura. 

CAPITULO XVL 

DONDE SE REFIEREN LAS PALABRAS DEL SABIO NUR QUE CAUSARON UN GOZO 

EXTRAORDINARIO AL PEQÜEÍlO REY LOC. 

El rey Loe no había dejado traslucir su debilidad á la joven ; pero 
cuando estuvo solo, se sentó en el suelo y, teniéndose los pies con las 
manos, se abandonó á su dolor. 

Estaba celoso y se decía: 

— Ella ama y no es á mí á quien ama! Sin embargo, yo soy rey y 
estoy lleno de ciencia ; poseo tesoros ; sé secretos maravillosos; soy mejor 
que todos los Enanos, que valen más que los hombres. No me ama, y 
ama á un joven que no tiene la ciencia de los Enanos y que nadie ha 
podido poseer. Cierto, no estima el mérito y es poco sensata. Debería 
reir de su poco juicio ; pero la amo, y no encuentro ningún placer en 
el mundo, porque no me ama. 

Durante largos días, el rey Loe vagó por las más salvajes gargantas 



ABEJA. 287 

de la montaña, agitado su espíritu por pensamientos tristes y algunas 
veces malévolos. Pensaba obligar á Abeja, por medio de la prisión y 
del hambre, á que fuese su esposa. Pero desechando esta idea tan 
pronto como la había concebido, se proponía ir á encontrar á la joven 
y arrojarse á sus pies. No se detenía mucho en esta resolución y no sa- 
bía que hacer. En efecto, no dependía de él, que Abeja llegara á amar- 
lo. Su cólera se dirigía, de repente, contra Jorge de Blanchelande ; de- 
seaba que este joven hubiese sido llevado muy lejos por un encanta- 
dor, ó por lo menos, que si llegara á conocer el amor de Abeja, lo me- 
nospreciase. 

Y el rey pensaba : 

— Sin ser viejo, he vivido ya mucho tiempo para no tener penas. Pe- 
ro mis sufrimientos por más profundos que fuesen, serían menos des- 
apacibles que los que ahora experimento. La ternura ó la piedad que 
los causaran les mezclarían algo de su celeste dulzura. Por el contrario, 
siento ahora mi pesar nutrido y acrecentado por un mal deseo. Está 
árida mi alma, y mis ojos nadan en sus lágrimas, como en un ácido 
que los incendia. 

Así pensaba el rey Loe. Y creyendo que los celos lo hacían injusto 
y perverso, evitaba encontrar á la joven, temiendo descubrir, sin pen- 
sarlo, el lenguaje de un hombre débil ó violento. 

Un día, en que estaba más atormentado que de ordinario, por el pen- 
samiento de que Abeja amaba á Jorge, tomó la resolución de consultar 
á Nur, que era el más sabio de los Enanos y que habitaba en el fondo 
de un pozo cavado en las entrañas de la tierra. 

Este pozo tenía la ventaja de una temperatura igual y templada. No 
estaba oscuro, porque dos pequeños astros, un sol pálido y una luna ro- 
ja, alumbraban alternativamente todas sus partes. Descendió á este po- 
zo el rey Loe y encontró á Nur en su laboratorio. Nur tenia el rostro 
de un buen viejecito, y llevaba una borlita en su capuchón. A pesar de 
su ciencia, participaba de la inocencia y del candor de su raza. 

— Nur, le dijo el rey abrazándolo, te vengo á consultar porque tu sa- 
bes muchas cosas. 

— Rey Loe, respondió Nur, podría saber muchas cosas y no ser sino 
un imbécil. Pero conozco el medio de aprender alguna de las inumc- 
rabies que ignoro, y por esto soy justamente renombrado como sabio. 

— Pues bien, replicó el rey Loe, ¿sabes tú donde se encuentra actual- 
mente, un muchacho llamado Jorge de Blanchelande? 



288 REVISTA NACIONAL 



— No lo sé y nunca he tenido la curiosidad de averiguarlo, respon- 
dió Nur. Sabiendo cuan ignorantes, tontos y perversos son los hom- 
bres, me cuido poco de lo que piensan y de lo que hacen. Poco más ó 
menos, para conceder algún mérito á la vida de esta raza orgullosa y 
miserable, los hombres tienen el valor, las mujeres la belleza y los ni- 
ños pequeños la inocencia. ¡ Oh rey Loe ! la humanidad entera es de- 
plorable ó ridicula. Sometidos como los Enanos á la necesidad de tra- 
bajar para vivir, los hombres se han revelado contra esta ley divina, y 
lejos de estar como nuestros obreros llenos de júbilo, prefieren la gue- 
rra al trabajo, y quieren mejor matarse que ayudarse entre sí. Pero es . 
preciso reconocer, para ser justos, que la brevedad de su vida es la cau- 
sa principal de su ignorancia y de su ferocidad. Viven muy poco tiem- 
po para aprender á vivir. La raza de los Enanos que habita bajo la tie- 
rra es más feliz y mejor. Si nosotros no somos inmortales, por lo me- 
nos, cada uno de nosotros durará tanto tiempo como la tierra que nos 
lleva en su seno, y que nos comunica su calor intimo y fecundo ; mien- 
tras que ella no tiene para las razas que nacen sobre su ruda corteza 
sino un hálito, unas veces abrasador, otras helado ; soplando la muer- 
te al mismo tiempo que la vida. Los hombres deben al exceso de su 
miseria y de su terquedad una virtud, que hace el alma de algunos más 
bella que las de los Enanos. Esta virtud, cuyo esplendor es para el pen- 
samiento, lo que para el ojo el doble brillo de las perlas ¡ oh rey Loe ! 
es la piedad. La enseña el sufrimiento y los Enanos la conocen mal, 
porque más sabios que los hombres, tienen menos penas. También los 
Enanos salen algunas veces de sus profundas cavernas, y van, sobre la 
inclemente corteza de la tierra, á mezclarse con los hombres, á sufrir con 
ellos y para ellos, y á gustar asi de la piedad, que refresca las almas co- 
mo un celeste rocío. Tal es la verdad sobre los hombres, i oh rey Loe! 
pero ¿no me has preguntado el destino particular de alguno de 
ellos ? 

Habiendo repetido su pregunta el rey Loe, el viejo Nur miró en uno 
de los anteojos que llenaban el cuarto. Porque los Enanos no tienen li- 
bros ; los que entre ellos se encuentran, provienen de los hombres y les 
sirven de juguetes. Para instruirse, no consultan como nosotros signos 
sobre el papel ; miran en sus anteojos y ven el mismo objeto de su cu- 
riosidad. La dificultad solamente está en escoger bien el anteojo y en 
saberlo dirigir. 

Los hay de cristal, de topacio y de ópalo ; pero aquellos cuyo lente 



ABEJA. 2» 



está formado por un brillante pulido, tienen más potencia y sirven pa- 
ra ver las cosas más lejanas. 

Los Enanos poseen también lentes de una substancia muy diáfana, 
desconocida para los hombres. Esta permite ver á través de las mura- 
llas y de las rocas, como si fuesen de vidrio. Otros, más admirables to- 
davía, reproducen tan fíelmente, como un espejo, todo lo que el tiem- 
po ha llevado en su trascurso; porque los Enanos saben volver á traer, 
desde el seno infmito del éter hasta sus cavernas, la luz de los antiguos 
•días con las formas y los colores de los tiempos pasados. Presentan d 
espectáculo del pasado y recobran las gavillas luminosas que, habién- 
dose un día quebrado contra la forma de los hombres, rebotan á través 
de los siglos en el éter insondable. 

El viejo Nur, era excelente para descubrir los seres de la antigüe- 
dad y asimismo aquellos, imposibles hoy de concebir, que vivieron an- 
tes que la tierra tuviese el aspecto con que ahora la conocemos. Asi 
pues, no fué para él sino un entretenimiento, encontrar á Jorge de Blan- 
chelande. 

Habiendo visto, durante menos de un minuto, en un anteojo muy 
sencillo, le dijo al rey Loe: 

— Rey Loe, el que tú buscas está entre las Ondinas, en la mansión 
de cristal de la que no se vuelve, y cuyos irizados muros confínan con 
tu reino. 

— ¿Está ahi? ; Pues que ahí se quede! exclamó el rey Loe, frotán- 
dose las manos. Le deseo muchas felicidades. 

Y, habiendo abrazado al viejo Nur, salió del pozo riendo á carcajadas. 

En todo el trayecto del camino, se tenía el vientre para reir á su gus- 
to ; se balanceaba su cabeza ; su barba subía y bajaba sobre su estóma- 
go. — Ja ! ja ! ja ! ja! — Los pequeños hombres que lo encontraban se po- 
nían á reir como él, por simpatía. Al verlos reir otros reían también ; 
y esta risa iba aumentando progresivamente, de suerte que todo el in- 
terior de la tierra fué sacudido con un hipo extremadamente jovial. Jal 
ja! ja! ja! ja! ja! ja! ja! ja! ja! 

CAPITULO XVII. 

DONDE SE CUENTA LA MARAVILLOSA AVENTURA DE JORGE DE BLANCHELANDE. 

No rió el rey Loe mucho tiempo; al contrario, descubrió bajo las col- 
chas de su lecho, el rostro de un pequeño hombre muy desgraciado. 

B.V.~T.n-19 



200 REVISTA NACIONAL. 



Pensando en Jorge de Blanchelande, cautivo de las Ondinas, no pudo 
dormir en toda la noche. También á la hora en que los Enanos ; que 
tienen una criada constante por amiga, van á traer las yacas á su plaza, 
mientras que ella duerme con los puños cerrados, en su lecho blanco ; 
fué el rey Loe á ver de nuevo al sabio Nur, á su profundo pozo. 

— Nur, le dijo, no me has dicho qué hace entre las Ondinas. 

El viejo Nur creyó que el rey Loe había perdido la razón, y no se 
asustó mucho, porque estaba cierto de que si estuviese loco no dejaría 
de ser un loco gracioso, espiritual, amable y benévolo. La locura de los 
Enanos es tranquila como su razón y llena de una fantasía encanta- 
dora. Pero el rey Loe no estaba loco, por lo menos no estaba más de 
lo que lo están de ordinario los enamorados. 

— Quiero hablarte de Jorge de Blanchelande, dijo al anciano, que ha- 
bía olvidado por completo á este joven. 

Entonces el sabio Nur dispuso en un orden exacto, pero tan com- 
plicado que tenía la apariencia del desorden, los lentes y los espejos, 
é hizo ver en una luna, al rey Loe, la figura propia de Jorge de Blan- 
chelande, tal como estaba cuando lo arrebataron las Ondinas. Poruña 
buena elección y una hábil dirección de los aparatos, el Enano mos- 
tró al enamorado rey, las imágenes de toda la aventura del hijo de 
aquella condesa á quien una rosa blanca anunció su fín. Y hé aquí, 
expresado en palabras, lo que los dos pequeños hombres vieron en la 
realidad de las formas y de los colores: 

Cuando Jorge fué llevado en los brazos fríos de las hijas del lago, 
sintió que el agua le oprimía los ojos y el pecho, y creyó morir. No 
obstante, escuchó canciones semejantes á las caricias, y sintió que le 
penetraba una deliciosa frescura. Cuando abrió los ojos, se encontró en 
una gruta cuyos pilares de cristal reflejaban los tintes delicados del arco 
iris. En el fondo de la gruta, una gran concha nácar, irizada de los 
colores más delicados, servía de dosel al trono de coral y de algas de la 
reina de las Ondinas. Pero el rostro de la soberana de las aguas, tenía 
resplandores más tiernos que el nácar y que el cristal. Sonrió al niño 
que las mujeres le llevaron, y descansó mucho tiempo en él sus ojos 
verdes. 

— Amigo, le dijo por último, sed bien venido á nuestro mundo don- 
de toda pena te será evitada. Para tí, ni lecturas áridas, ni rudos ejer- 
cicios; nada de grosero que recuerde la tierra y sus trabajos, sino so- 
lamente las canciones, los bailes y la amistad de las Ondinas. 




ABEJA. 2BI 

En efecto, las mujeres de los verdes cabellos enseñaron al niño la 
música, el wals y miles de entretenimientos. Se complacían en anudar 
sobre su frente los petonclos que adornaban sus cabelleras. Pero él 
pensaba en su patria y se mordía los puños con impaciencia. 

Trascurrían los años y Jorge deseaba con constante ardor volver á 
la tierra, á la ruda tierra que el sol quema, que la nieve endurece, 
donde se ama; á la tierra en que había vivido y donde volvería á ver 
á Abeja. Sin embargo llegó á ser un muchacho grande, y un fíno bozo 
le doraba el labio. Con la barba le vino el valor; un dia, se presentó 
á la reina de las Ondinas, é inclinándose, le dijo: 

— Señora, vengo, si me dais permiso, á tomar autorización de vos 
para retirarme: retomo á los Clarides. 

— Hermoso amigo, respondió la reina sonriendo, no puedo acordar 
el permiso que pedís, porque os guardo en mi mansión de cristal para 
haceros mi esposo. 
— Señora, repuso Jorge, me siento indigno de un honor tan grande. 
— Es efecto de vuestra cortesía. Todo buen caballero nunca cree ha- 
ber obtenido el amor de su dama. Por lo demás, sois todavía muy jo- 
ven para conocer vuestros méritos. Sabed, hermoso amigo, que se os 
quiere mucho. Obedeced solamente á vuestra dama. 

— Señora, amo á Abeja de los Clarides y no quiero á otra dama más 
que á ella. 

La reina, muy pálida, pero más hermosa, exclamó: 
— Una joven mortal, una grosera hija de los hombres, Abeja, ¿cómo 
podéis amarla? 

— No lo sé, pero la amo. 
— Está bien, se os pasará este amor. 
Y retuvo al joven en las delicias de la mansión de cristal. 
No sabía lo que es una mujer, y se parecía más á Aquiles entre las 
mujeres de Licómedes, que á Tannhauser en el lugar encantado. Por 
esto vagaba triste á lo largo de los muros del inmenso palacio, bus- 
cando una salida para huir; pero veía por todas partes el imperio mag- 
nífico, y mudas las ondas que formaban su prisión luminosa. A través 
de los muros transparentes, miraba abrirse las anémonas del mar y el 
coral el ñor, mientras que arriba de las madréporas delicadas y de las 
brillantes conchas, los pescados rojos, azules y dorados, hacían saltan 
chispas al golpe de sus colas. Estas maravillas no dejaban de conmo- 
verle; pero entretenido por los cantos deliciosos de las Ondinas, sen- 



992 REVISTA NACIONAL. 



tía poco á poco que se ablandaba su voluntad, y que todo su corazón 
se conmovía. 

Estaba entregado al abandono y á la indiferencia, cuando encontró 
por casualidad, en una galería del palacio, un libro viejo, muy usado 
en su pasta de cuero y con tachuelas de cobre. Este IíInk), recogido de 
un náufrago en medio de los mares, trataba de la caballería y de las 
damas, y en él se contaban muy pormenorízadamente, las aventuras 
de los héroes que iban por el mundo combatiendo gigantes, endere- 
zando entuertos, protegiendo viudas y recogiendo huérfanos por amor 
á la justicia, al honor y á la belleza. Jorge enrojecía y palidecía alter- 
nativamente, de admiración, de vergüenza y de cólera, con el relato de 
estas bellas aventuras. No se pudo contener: 

— También yo seré un buen caballero; también yo iré por el mun- 
do castigando á los perversos y socorriendo á los desgraciados, por el 
bien de los hombres y en nombre de mi dama Abeja. 

Entonces, henchido el corazón de audacia, se lanzó espada en mano 
á través de las moradas de cristal. Las blancas mujeres huían y se 
desvanecían á su paso, como las ondas argentadas de un lago. Su rei- 
na le vio venir, sola, sin temblar, y detuvo en él la mirada fría desús 
verdes pupilas. 

Jorge corrió hacia ella y exclamó: 

— Rompe el encanto que me envuelve. Ábreme el camino de la tie- 
rra. Quiero combatir al sol como un caballero. Quiero encontrarme 
donde se ama, se sufre y se lucha. Vuélveme la verdadera vida y la 
verdadera luz. Vuélveme la virtud si no quieres que te mate, perversa 
mujer! 

Movió, sonriendo, la cabeza para decirle que no. Estaba hermosa y 
tranquila. Jorge intentó herirla con todas sus fuerzas; pero su espada 
se rompió contra el pecho brillante de la reina de las Ondinas. 

— ¡Niño! dijo ella. 

Lo hizo encerrar en un calabozo, que formaba abajo de la mansión 
una especie de embudo de cristal, á cuyo rededor los tiburones abrían 
sus monstruosas mandíbulas, armadas de una triple fíla de agudos dien- 
tes. Parecíale que á cada esfuerzo romperían la delgada pared de vi- 
drio, de modo que no le fué posible dormir en el calabozo. 

La punta del embudo submarino reposaba sobre un fondo rocalloso, 
que servía de bóveda á la caverna más lejana y menos explorada del 
imperio de los Enanos. 



k 



16 DE SEPTIEMBRE DE 1810. 298 

Hé aquí lo que los dos pequeños hombres vieron en una hora, tan 
exactamente como si hubieran seguido á Jorge en los días todos de su 
vida. El viejo Nur^ después de haber presentado la escena del calabo- 
zo con toda su tristeza, habló al rey Loe, casi como hablan los Savo- 
yards, cuando han mostrado á los niños la linterna mágica. 

— Rey Loe, le dijo, te he enseñado todo lo que tú querías ver, y sien- 
do perfecto tu conocimiento nada puedo añadir. No me inquieta saber 
si lo que has visto te agrada; me basta con que sea la verdad. La cien- 
cia no se cuida de agradar ni de desagradar. Es inhumana. No es ella, 
es la poesía la que encanta y la que consuela. Por esto la poesía es 
más necesaria que la ciencia. Rey Loe, vete á entonar una canción. 

El rey Loe salió del pozo sin pronunciar una palabra. 

Anatole Frange. 

[QnUinuará,] 



16 DE SEPTIEMBRE DE 1810. 



La noche en tomo; la luz 
de la aurora no lejana 
y la voz de la campana 
llamando al pié de la cruz. 
Entre el espeso capuz 
de las sombras que se van, 
voces extrañas que dan 
sus ecos vagos al viento, 
que grita, á veces, violento 
con ímpetus de huracán. 

En el espacio dormido 
aun cintilan las estrellas; 
deja sus pálidas huellas 
la exhalación que ha partido 
en el zafir. Encendido 
fulgor argentado inflama 



294 RBVI8TA NACIONAL. 



á Venus que dulce clama 
al Amor en el espacio; 
y es el Ether un palacio, 
y el alma mística llama! 

Flamea en el infinito 
de Tauro el ojo sangriento; 
en las regiones del viento 
ígneo estalla el aerolito. 
A veces agudo grito, 
que rompe el silencio augusto, 
voces de duelo, de susto, 
levanta en ecos lejanos, 
y sombras y espectros vanos 
giran en concierto adusto. 

Medrosos pasos, rumores 
que en la calle se confunden, 
un vago pavor difunden 
por la villa de Dolores. 
Luego son sus moradores, 
despertados á deshora 
por la campana sonora, 
que con lengua férrea canta 
y de los duendes espanta 
la turba desveladora. 

Cae el viento; estremecidos 
quedan los árboles dando 
arrullo amoroso y blando 
á los pájaros dormidos. 
Por entre el musgo escondidos 
murmuran los arroyuclos, 
y de la niebla los velos 
rompen al correr sonoros, 
diciendo en risas y lloros 
su monólogo á los cielos. 

Se apagan las nebulosas, 
brumas con ansias de astros, 



16 DE 8EPTIEMBRB DE 1810. 205 

y dejan enormes rastros 
de polvo de blancas rosas 
en sus rutas prodigiosas; 
y entre la noche la Tierra, 
del llano á la última sierra 
copia de génesis mudo, 
con extraño ímpetu rudo 
elaborando la guerra. 

En fulgor de ópalo y grana, 
al Oriente el horizonte, 
se enciende, y reviste el monte 
su púrpura soberana. 
Alborea la mañana, 
y entre la iglesia ya abierta 
y el pueblo que se despierta, 
se yergue un severo anciano 
con fuerte espada en la mano 
como guardando la puerta. 

¡Libertad! grita su boca 
ante la atónita gente 
que alza la humillada frente 
y á la libertad invoca. 
La campana herida toca 
con desusada alegría 
y al viento sus notas fía 
de libertad y esperanza; 
la luz presurosa avanza 
surge el sol, y nace el día! 

El pueblo con hondo afán 
armado de extraña suerte, 
clama libertad ó muerte 
con alientos de volcán. 
Desde el procer al jayán, 
de noble entusiasmo rojos, 
se postran todos de hinojos 
proclamando empresas locas. 






RBVI8TA NACIONAL. 



y rezan todas las bocas, 
y lloran todos los ojos. 

Y se viene á recordar 

que aquel símbolo cristiano 
que trajo el soldado hispano 

cuando vino á conquistar, 

es para el que va á luchar 

el más glorioso pendón : 

más temible que el cañón 

para los déspotas viles 

y presentan sus fusiles 

al signo de redención ! 

Hidalgo, el anciano noble 
de heroica virtud ejemplo, 
penetra seguido al templo 
del pueblo con ansia doble. 
En tanto el marcial redoble 
del tambor al resonar, 
anuncia t[ue va á empezar 
el sacerdote patricio 
el divino sacriñcio 
de la patria en el altar. 

El, con majestad sencilla, 
ante la turba inclinada, 
alza el hostia consagrada 
y la gente se arrodilla. 
Blande después la cuchilla 
aquel oscuro adalid : 
abierta queda la lid, 
y á Dios resonante implora 
la música triunfadora 
de los salmos de David. 

Ah ! muy pronto entre el fragor 
de la lucha desigual 
que ríflen el bien y el mal 
con homérico valor ; 



16 DE SEPTIEMBRE DE 1810. Vt 

al oirse el estertor 
del infeliz moribundo, 
alzarán eco profundo 
esos cantos sobrehumanos, 
que anuncian á los tiranos 
ia libertad de este mundo. 

Y con ansias infinitas 
rugirá el león safiudo, 
porque un castel de su escudo 
ha perdido en Granaditas. 
Ante sus glorias marchitas 
yerá los nuevos pendones ; 
bajo ellas los corazones 
heroicos á todas luces 
que han de servir en las Gnioes 
para apagar los caftonei. 

Ah ! la yictoría á sus pies 
que mueve á los insurgentes 
el hálito de valientes 
de Cuauhtemoc y Cortés. 
El triste virrey después, 
oye en su mansión sin gloria 
los clamores de victoria 
<;onque libres y arrogantes, 
aquellos nuevos gigantes 
van escalando la historia. 

Luego á Hidalgo, al Redentor, 
'el vilipendio, la muerte ; 
•qne se guisan de esa suerte 
la grandeza y el dolor! 
Jtf as creación de su amor 
y sus heroicos anhelos, 
de nuestra patria en los cielos 
•deja aquel sol que perece, 
un astro que resplandece 
•^in ocaso: el gran MorelosI 



298 REVISTA NACIONAL. 



En el Ether su ideal 
flotando alado y triunfante, 
bajo él su sangre humeante 
de la patria agua lustral. 
Bailo de luz inmortal 
que Chihuahua recibió, 
y en ánforas recogió 
de gratitud y heroismo, 
y el ángel del patriotismo 
de eterno lauro ciñó. 

Hidalgo, Padre, del mar 
que resuena en Veracruz, 
al Pacifico que en luz 
bafía el sol al declinar. 
Desde donde vio pasar 
el Maya siglos de historia, 
hasta la linea ilusoria 
que linde impone al estraño, 
creces, Padre, cada afío 
con nuestro amor y tu gloria ! 

Alza de la tumba! El vuelo 
ven á mirar un instante 
de nuestra águila arrogante 
por las regiones del cielo. 
¡ Cómo ha escrito en hondo anhelo 
con la sangre de sus venas 
tu pueblo, ya sin cadenas, 
páginas dignas de Roma, 
dictadas en tu idioma 
por hombres dignos de Atenas ! 



Septiembre 1889. 



J. E. Valenzuela. 



TOMA DE CAMPECHE POR LOS HOLANDESES EN 1088. 299 



TOMA DE CAMPECHE POR LOS HOLANDESES EN 1633. 



Amoldo Van Bergen ó Van den Berg, quien, siguiendo la costumbre 
de su tiempo, latinizó su nombre, y es más conocido por el de Monta- 
nus, pertenece á esa pléyade de laboriosos holandeses que durante el. 
siglo décimo séptimo dio activo movimiento á las prensas de Amster- 
dam, publicando eruditísimos trabajos de geografía y vastas compila- 
ciones de noticias sobre países entonces poco conocidos, principalmen- 
te las Américas. ^ 

Entre las numerosas obras que Montan us hizo imprimir en su ciu- 
dad natal, figura la muy importante " Descripción del mundo nuevo é 
ignorado '', que con notable lujo de tipografía y grabados estampó Ja- 
cobo Meurs el aflo 1671, dedicándola al ¡lustre conde Juan Mauricio,, 
príncipe de Nassau, conquistador del Brasil. Para dar idea de su ex- 
tensión y grandes detalles, reproducimos integro el contenido de la ca- 
rátula. ** El Mundo nuevo y desconocido, ó sea descripción de Ameri- 
ca y de la Tierra del Sur, comprendiendo el origen de los Americanos. 
y naturales de la Tierra del Sur ; los viajes dignos de memoria hechos 
á aquellos países ; la situación de las costas firmes, islas, villas, lugares, 
fortalezas, pueblos, templos, montes, fuentes, rios, casas ; la naturaleza 
de los animales, árboles, plantas y vegetales exóticos, religión y cos- 
tumbres, sucesos extraños ; guerras pasadas y modernas, ilustrada con 
dibujos hechos en América del natural, y escrita por Amoldo Montano. 
En Amsterdam. (impresa) Por Jacobo Meurs, mercader de libros y gra- 
bador al buril, en el Kaisarsgraft, contraesquina del Wester-markt, en 
la ciudad Meurs. Afio de 1671. Con privilegio. ^ 

Escrita en holandés, y hasta ahora traducida solamente al alemán ^, 

. 1 £1 que deseare conocer particularmente la vida de Montanus puede consultar 
& Van der Aa: Biographisch Woordenboek der Nederlanden, (Haarlem, 1869.) 

. 2 De Nleuween onbekende Weereld: of Bescbrljving van America en 't Zuid- 
Land, vorvaetende d'oorsprong dor Americaenen en Zuidlanders, gendenkwaer- 
dige togten derwacrds, gelegenheid der vaste kusten, eilanden, steden, sterkten, 
dorpcn, tcmpel8,bergen,fonteinen, stroomen, huisen, de[natunr;van beesten^boo- 
men, planten en vreemdc, gewasscben, Qods-dients en zeden, wonderlijke voor- 
vallen, vereeuwdeen nieuwe corloogen. Verciertmet af-beeldsels na 't leven in 
Amerika gemaekt, en beschreeven door Amoldus Montanus. 't Amsterdam. By 
Jacob Meurs, Boek-vcrkooper en Plaet-«iyder, opde Kaisarsgraft, scbuin over de 
Wester-markt, in de stad Meurs. Anno 1671. Met privilegie. 
3 Publicada en Amsterdam el afio 1978. Van der Aa, op, cü. 



800 RKVISTA NACIO^AL. 



esa interesante colección de noticias americanas es enteramente desco- 
nocida en México, no obstante que ella encierra datos curiosísimos so- 
bre la historia y la ciudad capital de nuestro país. Por esta razón, pen- 
sando que algunos extractos pueden ser de utilidad á los estudiantes 
que no entiendan el idioma de los Países Bajos, hemos vertido al cas- 
tellano la narrativa de la toma de Campeche por los holandeses el mes 
de Agosto de 1633, acompaflando nuestra versión de varias observacio- 
nes y notas explicativas, ^ 

Campeche, situado en un puerto de poco fondo, toma su nombre del 
conocido palo de tinta así llamado. ^ El capitán inglés William Parker, 
con cincuenta y seis hombres, desembarcó en ese lugar junto al con- 
vento de San Francisco : sorprendió á quinientos españoles y ocho mil 

1 MontanuB no l^a el día del asalto de Campeche, pero CogoUado dice fué el 9éi* 
bado 12 de Agosto, día de Santa Clara. Lo9 tres sliflot de la dominacUm española en 
YueatdH, (Mérida, 1846), t. II, p. 419. 

2 La etimología de Campeche, aunque mny discutida por las mejores autorida- 
des en la lengua de Yucatán, no ha sido hasta ahora definitivamente l^ada. Don 
Pío Pérez consideraba la voz como formada de las palabras can » cuatro y peoh» 
garrapata. Traducía Campeche => cuatro garrapatas. Don Pablo Ancona, cura de 
Mazoantk, admite la exactitud de esa traducción ; pero no estA seguro de las voces 
componentes. Opina que pudieran ser kin = tiempo + pech» garrapata; por lo 
mismo kinpech=igarrapata de tiempo, 6 tiempo de garrapata. Don Julián Tron- 
coeo y Don Manuel María Castellanos tienen por más exacta la formación canl- 
pech, nombre especial de una garrapata venenosa. 

Campeche taé descubierto en 22 de Marzo de 1517 por Francisco Hernández de 
Córdoba. A Juzgar por la descripción que de sus templos hizo el testigo de vistft 
Bernal Díaz, era una población de cierta importancia. £1 mismo autor asegura 
que Córdoba llegó allí un domingo de Lázaro y & esta causa le dio este nombre, 
aunque después supo que ** por otro nombre propio de Indios se dice Campeche." 
<Cap. III}. En nuestro concepto, los españoles, por su absoluta ignorancia de la 
lengua maya, creyeron que. el nombre Campeche era el del lugar, en tanto que, 
probablemente, no era sino el del Kalchunuinic que allí mandaba. Este fué quien 
recibió el nombre de Lázaro, según consta en la carta del Justicia de la ViUa Ri- 
ca; y por eso su pueblo íüé llamado en lo sucesivo el puerto del cacique Lázaro. 
Admitida esta hipótesis, es decir, cambiando en personal el que hasta ahora ha 
sido considerado como nombre de lugar, se presentan como admisibles las si- 
guientes versiones. 1 ? Campectzll =hablador, chismoso, bullicioso. La desecha- 
mos como impropia de un hombre que ejerce autoridad. 2li Can + Pech = culebra 
+ garrapata. Uno y otro vocablo figuran todavía, separadamente, comoapeUidos 
en la península yucateca. Hay de advertir que la palabra can, en su significado de 
culebra, equivale á príncipe ó Jefe distinguido; por tanto Can Pech puede tradu- 
cirse, el cacique Pech ; el cacique Garrapata. Este nombre nos parece igualmente 
impropio de una autoridad ó de una íkmllia aristocrática. 8? Can + Pieh = cule- 
bra + tordo, el cacique Tordo, es más aceptable que la anterior. El sonido de la 1 
maya se dá conteniendo el aliento tan pronto como se ha proferido esa vocal'; por 
lo mismo es fácil conítindirla con la e y creer que suena pech. Loe nontibres de pá- 
jaros y otros animales eran frecuentes en las personas. Esta es la versión que pre- 
ferimos. Cogolludo ( lib. I, cap. 2) asegura que loe Indios dicen Kimpech (kin -(- 
pech ) y Don Pablo Ancona propone esos componentes, pero su traducción kin» 
tiempo (kinpech=garrapata de tiempo) corresponde mal á una localidad lo mis- 
mo que á una persona. Kin equivale también á sacerdote: Klnpieh tendría un 
jiigniflcado análogo al que presentamos. 



TOMA DE CAMPBGHS POR LOB HOLANDESES EN 1638. 801 

indios que YÍYÍaii en dos pullos; pero los españoles que pudieron fu- 
garse juntaron prontamente fuerzas y marcharon contra los ingleses. 
El combate fué vivo, y Parker habida sucumbido si no hubiera emplea- 
do el curioso ardid de atar á los prisioneros brazo con brazo y ex- 
ponerlos á las balas. Parapetado de esa manera pudo volver á 
bordo.^ 

Mejor suerte tuvo el almirante holandés Joan Joans-zoon van Hoom.' 
Zarpó de Pemambuco el mes de Mayo del afio 1633 con los navios La 
Fama (de Faem), Middelburg, El León de oro (de Goude Leeuv^) y 
Zutfen. Los yates La Nutria (d'Otter), El Braco (Brak) y El Ruisefior 
(Nachtegael), y la chalupa Gysseling, reforzaron la flota. La Nutria, 
El Braco y el Gysseling fueron á Marañan para apresar los buques es- 
pañoles que había en aquella rada. El Zutfen se extravió. ' 

La flota holandesa ancló cuatro leguas (meilen) distante de las mu- 
rallas de Campeche. La gente de guerra, en número de cuatrocientos 
hombres, * se embarcó, de noche en los yates y barcas; las lanchas con- 
dujeron, cada una, doce hombres. 

Distribuida la gente en dos pelotones, desembarcó una hora después 
de la salida del sol en un risueño valle. Dos compañías españolas, sin 
contar la caballería, ocupaban la ribera. Esto no obstante, las dos lan- 
chas, cada cual provista de un pedrero, así como El Ruisefior y el Gys- 
seling, hicieron una limpia tal con su artillería que los españoles tu- 
vieron que refugiarse tras la primera trinchera, de donde fueron lan- 
zados á viva fuerza, ^ y con el mismo empuje también de la segunda. 
Ante el tercer baluarte los holandeses encontraron más diflcultad. El 
enemigo descargó tres piezas de fíerro y continuó bizarramente el fuego 
de mosquetería. Sin embargo, poco después abandonó sus cañones á 



1 Ck)goUudo [t. II, p. 97] hace una relación de lo ocurrido en Campeche durante 
el asalto de 1507, pero nada dice sobre el emel y deshonroflo comportamiento de 
Parker con los prisioneros. La noticia de Montanus íüé probablemente tomada 
de De Laet. Este autor trascribe las propias palabras de un informe escrito por 
William Parker. Nieuwe Wereldt, lib. V, cap. XXII. 

2 No debe ser confundido con el pirata Nicolás van Horn que en oompafiía de 
Lorencillo saqueó la Nueva Vera-Cruz el afio 1666. El historiador de Yucatán [t. II, 
páK* ^10] asienta erradamente que Pié de Palo era el Jefe de los asaltantes de Cam- 
peche. Ese apodo fué dado por los espafioles á Komelis Jols y no á van Hoom. 
Véase Alcedo. PircUeria» en la América española [Madrid, 1883], p. 50. 

8 Cogolludo [loe. cU.^ corrobora estas noticias diciendo que en 11 de Agosto (de 
1633) parecieron á la vista de Campeche diez navios, siete de mediano porte y tres 
grandes. 

4 "Más do 500 infantes de diversas naciones,*' dice Cogolludo. 

5 Cogolludo asegura que estaba abandonada. 



at2 REVISTA NA€IONAL. 



4os vencedoros: éstos les rompieron las curefías y, ya victoriosos, mar- 
charon á ocupar la plaza. Seis calles que conducían á ella estaban de- 
fendidas por un parapeto de cinco pies de alto, con muchas troneras. 
Dos piezas de á 48 y diez piezas de á 14, cargadas de metralla, apun- 
•taban contra los asaltantes: todas hicieron fuego de súbito, é inmedia- 
tamente, llenos de coraje, penetraron los holandeses combatiendo pica 
contra pica y espada contra espada. Por ambos lados cayó mucha gen- 
te, la mayor parte herida. Por último, huyeron los españoles subiendo 
á las azoteas de las casas y de la iglesia, en que había parapetos de 
piedra, y no fué posible dominar á los fugitivos sino con mucho trabajo. 
Si éstos hubieran tenido bastante valor habrían podido matará los ho- 
landeses á pedradas. El gobernador de la ciudad Juan de Barros * re- 
husó dar rescate por los prisioneros y pagar una contribución de guerra 
para evitar el saqueo.' Las casas de Campeche, construidas de cante- 
ría, no podían sufrir mucho daño de un incendio. Por los prisioneros 
se supo que cuando los holandeses atacaron, había trescientos cincuen- 
ta españoles, cincuenta negros y más de mil indios sobre las armas. ' 
El botín llevado á bordo fué cuantioso: apresaron veintidós barcos que 
«había anclados en el puerto, la mayor parte cargados de palo de Cam- 
peche y de cacao. Algunos fueron rescatados por los españoles; los de- 
más fueron quemados. Campeche es una ciudad bien construida; tiene 
hermosos edificios y tres Iglesias; la de San Román y la de Los Re- 
medios son las más notables. Extramuros hay un magnífico convento 
«de Franciscanos. * 

Ángel NúFIez Ortega. 



1 CogoUudo, que registra los nombres de varios capitanes, no menciona el de 
Barros. Dice solamente que el alcalde de primer voto era el Jefe de la mUioia. 

2 Van Hoom exigía 40,000 pesos, según CogoUudo. 

8 Ck)golludo calcula en 850 hombres el número de defensores de la plaza. Tenínn 
•tres piezas de artillerfa. 

4 £1 convento de San Francisco, hecho de cal y canto, con claustro alto y bajo, 
iglesia, dormitorios y celdas, estaba & la orilla del mar. Junto al convento había 
un pueblo de indios que hablaban el campechano, dialecto maya. Un cuarto de 
legua distante estaba ia villa de los españoles: de ésta formaba parte el barrio 
de 8an Román poblado de indios mexicanos descendientes de los que tomaron 
parte en la conquista de Yucatán. Véase el Vi€0e de Fray Aloruo Ponce, t. II, p. 
4fi0sgtes. 



bibliografía. sos 



BUtLIOGBAFIA. 



Ensayo de Oeografia médica y dimatológiea de la República Meon- 
cana por el Dr, Domingo Orvañanos, dos vols. en 4 ^ mayor, texto y 
Atlas, Imp. de la Secretaria de Fomento. 

No nos atreveremos á emitir un juicio sobre el mérito intrínseco de 
esta, que es á no dudarlo una de las obras más trascendentales y me- 
jor desempeñadas de cuantas el incansable é inteligente celo del Secre- 
tario de Fomento, ha encomendado á nuestros hombres de ciencia. Es- 
to exige un estudio tan concienzudo como lo es el trabajo llevado á ca- 
bo por el laborioso y modesto sabio autor del libro que aqui anuncia- 
mos. Daremos una idea somera de su composición é importancia. 

Nos ahorraríamos este trabajo si tuviésemos aquí espacio para repro- 
ducir el sustancial y elegante prólogo, en que el eminente profesor Li- 
céaga expone el método empleado por el Sr. Orvafíanos. Nos bastaría 
indicar, que hace tres afios que vienen aglomerándose en el ministerio 
de Fomento, una serie de datos que de conformidad con un cuestiona- 
rio excelente han ido enviando los municipios todos de la República. 
Con los primeros datos así reunidos, el malogrado Dr. Gustavo Ruíz San- 
doval y nuestro querido amigo el Dr. Rodríguez Rivera, que en estos 
momentos libra suprema batalla contra una enfermedad horrible, que 
lo ha herido en los momentos más prometedores de la vida, compusie- 
ron y publicaron un volumen, primero de una vasta colección. Los 
municipios han seguido correspondiendo con suma lentitud á las ex- 
citativas de la Secretaría de Fomento, y apenas 1625, de los 2,863 que 
hay en la República, han mandado sus respuestas. Sobre ellas, sobre 
noticias médicas de otras procedencias, ha trazado su trabajo el Sr. Or- 
vafíanos, base sólida de la futura geografía médica de la República. 

El Ensayo, ya lo dijimos, se compone de un texto y un Atlas. El tex- 
to de cerca de 200 páginas comprende dos partes, propiamente dichas, 
la mesología y la geografía pathológica. La mesología ó estudio del me- 
dio está distribuido en varios capítulos en que con mucha sobriedad, 
pero con mucha precisión, se han reunido una serie de noticias sustan- 
ciales sobre la geografía, la etnografía y la climatología de México. El 
autor muestra su especial competencia en esta última parte, objeto de 



8M REVISTA NACIONAL. 



SUS estudios desde hace yarios afios. Lo que propiamente puede llamar- 
se geografía médica está dividid^i en tres libros. 1 ^ Enfermedades fimá- 
ticasy constitucionales. 2? Enfermedades del aparato respiratorio. 3? 
Afecciones intestinales. 

Pero lo que más llamará la atención del trabajo del Sr. Orvafíanos es 
el Atlas, compuesto de 43 cartas, las primeras once son mesológicas y 
contienen preciosas indicaciones, Jas restantes son patológicas y da- 
dos los incompletos datos que se han podido recoger nada podía ha- 
cerse más concienzudo ni mejor. Según el sencillo é ingenioso sistema 
adoptado por el autor, cada una de las cartas contiene todas las indica- 
ciones necesarias para hacerse cargo de la distribución y de la mayor 
ó menor intensidad de la enfermedad reinante. El Atlas del Sr. Orva- 
ñanos es la clave de nuestra geografía médica, podrá rectificarse, mo- 
dificarse y completarse, pero eix composición general es definitivo, y hon- 
ra á un tiempo al alto funcionario que ordenó esa formación y al inte- 
ligente facultativo que lo ha llevado á cabo. 

Pronto volveremos á examinar la obra del Sr. Orvafíanos, para tra- 
tar de estraer de ella y clasificar los datos sociológicos de primera im- 
portancia y que no contiene La France prehütorique por E. Cartailhac. 
La antropología prehistórica es una ciencia en mantillas puede decir- 
se ; sin embargo, los datos se aglomeran sin cesar y son de superior uti- 
lidad los libros que como el que aquí anunciamos, son un inventario 
de los conocimientos en este ramo del saber humano y contienen in- 
dicaciones magistrales sobre los puntos aún no resueltos. El libro se 
refiere á la prehistoria francesa, pero fuera de qqe en Francia es en 
donde se han reunido quizás mayores elementos para el estudio del 
Prehistórico, muchas de las conclusiones que en el libro se consignan 
pueden generalizarse. En los sepulcros es en donde el autor, que es 
un eminente paleontologista, ha ¡do á buscar principalmente sus noti- 
cias, y las que ha logrado comprueban una vez más los recursos ines- 
timables que esta clase de relicarios ofrecen al investigador. 



LITERATURA MEXICANA. M6 



LITERATURA MEXICANA. ' 



El eclectiolsmo poético.— Poesías de D. José Joaquín Pesado. 

Noticias de este autor. 

Ni el arte clásico ni el arte romántico, ni el idealismo gentílico de 
Sófocles, ni el rudo realismo de Shakespeare pueden satisfacer ya el 
espíritu contemporáneo, según hemos visto en los dos capítulos ante- 
riores, y por lo tanto, es preciso que el genio del poeta busque un nue- 
vo ambiente donde mover sus alas. Dos sistemas se presentan para es- 
coger: el llamado libertad filosófica y el eclecticismo. 

Si por libertad fílosófica se entiende un sistema sin principios fijos y 
sin reglas determinadas, vamos á caer en todos los vicios del falso ro- 
manticismo, que hemos impugnado al tratar de Rodríguez Galván: lo 
arbitrario, lo falso, lo feo, lo repugnante, lo inmoral ; el sistema aconse^ 
jado por V. Hugo en el prólogo á Ororntoeü, donde ensefla la apoteo- 
sis de lo grotesco, de lo horrible, de lo bufón. Si la libertad filosófica 
respeta algunos principios y admite algunas reglas, la cuestión queda 
por resolver, porque es preciso convenir antes en esos principios y en 
esas reglas. Aunque nuestro guía, en Estética, es generalmente Hegel, 
nos separamos de él cuando nos parece oportuno, según sucede respec- 
to al principio de la libertad iilosófi^ca^ considerada como criterio del 
gusto literario. Tal principio viene á parar en la inadmisible igualdad 
de las proposiciones contradictorias, en que es lo mismo la afirmación 
que la negación, sistema lógico propuesto por Hegel, y que el buen sen- 
tido de muchos escritores ha refutado victoriosamente. Véase, por ejem- 
plo, laobrade Gratry intitulada: " Los sofistas y la crítica. " Al sistema 
de Hegel viene á reducirse el de Taine, cuando sostiene en su Filoso- 
fia del Artey "que todas las escuelas son igualmente aceptables.'* En 
Estética, como en cualquiera otra materia, no puede admitirse igual- 
mente al que dice si y al que dice no: alguno de los dos se equivocan. 
En Metafísica, Taine ha querido también amalgamar sistemas opues- 

1 Este artículo corresponde al capítulo XV de la Historia CrItica de i«a Li- 
teratura Y DE LAS Ciencias en Mixico, por el Sr. D. Fiandsco Pimentc-l, se- 
gunda edición corregida y notablemeute aumentada, que próximamente verA la 
luz pública. — La Dirección. 

R. K.— T. II-XO 



IM REVISTA NACIONAL 



t08| el idealismo alemán y el positivismo inglés. Consúltese la refuta- 
ción del sistema filosófico de Taine hecha por Janet {^Orísia filosófica'}. 
Para nosotros, el único sistema racional y posible es el eclecticismo poé- 
tico, esto es, la combinación de lo que tienen de bello el clasicismo y 
el romanticismo, con exclusión de todo lo defectuoso. 

Para hacer comprender nuestra idea nos remitimos á lo explicado 
anteriormente sobre las escuelas clásica y romántica, y además, repro- 
duciremos aquí lo que dijimos al tratar el punto que nos ocupa en nues- 
tro opúsculo sobre la poesía erótica de los griegos, publicado en 1872. 

"Aunque la palabra romanticismo no está aún bien definida, y no 
puedo ahora detenerme á analizarla, sí podré manifestar que, por mí 
parte, no soy dáaico ni romántico, según generalmente se comprenden 
estas escuelas. En literatura, como en otras materias, propendo al eclec- 
ticismo; esto es, al sistema que tiene por principio adoptar lo que pa- 
rece bueno de los demás. En la literatura clásica lo que encuentro bien 
es la perfección en la forma, y esto me agrada de ella, pero la literatu- 
tSL romántica excede á la clásica en la expresión del sentimiento, y es- 
to me cautiva del romanticismo. Lo expuesto no significa que toda la 
Cteratura antigua sea perfecta en la forma, ni toda la moderna sea ra- 
cionalmente sentimental. Entre los antiguos hubo, por ejemplo, verda- 
deros gongoristas, y entonces los autores antiguos no son perfectos, ni 
por la forma ni por el fondo. Lo mismo sucede respectivamente con 
algunos modernos llamados ultra- románticos, que exageran el senti- 
miento, al grado de desfigurar la naturaleza, de violentarla, escritores 
frenéticos que caracterizó bien nuestro Carpió en aquel epigrama: 

Este drama sí está bueno, 
Hay en él monjas, soldados, 
Locos, ánimas, ahorcados. 
Bebedores de veneno 
T unos cuantos degollados. 

''Siendo todavía mucho más explícito, añadiré que para mí la poe- 
sía perfecta consiste en la armonía de ella con nuestro sistema sicoló- 
gico, ó en otros términos: "Poesía perfecta, es aquella que satisface á 
la razón, la imaginación, el sentimiento, (sensibilidad moral) y los 
sentidos. ^^ Esta es la definición que yo adopto. Veamos ahora de qué 
manera se verifica, expresándome con la mayor concisión posible. 



LITBBATURA MEXIOAVA. 807 

" La perfección de k palabra, esto es, de la forma halaga los senti- 
dos, y el bello ideal eleva la imaginación. Pero lo ideal no es lo /abo 
sino lo posibldf esto es, la naturaleza hermoseada, perfeccionada por la 
imaginación, como una virgen de Rafael donde cada parte está tomada 
de la naturaleza ; pero armonizadas, embellecidas, perfeccionadas, com- 
binadas por el artista, al grado de que en el mundo no encontramos un 
conjunto tan bello, tan perfecto. De esta manera el bello ideal no re- 
pugna á la razón porque es veroaímü, ( Véase lo que acerca de lo feo 
< y de lo verdadero, en literatura, hemos dicho en la Introducción ). El 
acuerdo de la razón, la imaginación y los sentidos reunido á la expre- 
sión profunda del afecto, elevan los sentimientos, y hé aqui todas nues- 
tras facultades sicológicas obrando puestas en armonía. En una pala- 
bra : ** Poesf a perfecta es aquella que armoniza la idea y la forma, '* con- 
forme á nuestra doble naturaleza espiritual y corporal. 

'* En lo general hablando, el defecto de la literatura antigfua era ser 
demasiado sensual ; el defecto de la moderna es exagerar lo ideal, to- 
cando en la vaguedad, en la indeterminación. 

" Corríjanse y reúnanse ambos elementos, y tendremos la literatura 
ecléctica. La greco -latina es, pues, la literatura del pasado, la román- 
tica del presente, la ecléctica del porvenir, (Véase nota If al fin del 
<»pítulo.) 

" Llamar á la literatura ecléctica literatura del porvenir, no supone 
que en las literaturas existentes no haya algunas composiciones reco- 
mendables, al mismo tiempo por el fondo que por la forma; lo que su- 
cede es que no se ha llegado á la perfección del sistema. Gomo ejem- 
plo de escritor que se acerca á realizar las aspiraciones del eclecticismo, 
citaré á Hacine. Hé aquí las cualidades que le distinguen. 

*^ En todo lo correspondiente al lenguaje y á la versificación excede 
tanto Hacine, que un homl^re de exquisito gusto, Voltaire, quería que 
se escribiesen en cada una de sus páginas estas palabras : i Bello, subli- 
me, armonioso! Otro crítico, de escuela distinta á Voltaire, y superior 
á éste, por su época y su profundidad, Federico Schlegel, llega á opi- 
nar que Hacine es superior por la forma, aún á Virgilio. Hé aquí las 
palabras de Schlegel: "Entre los poetas, Hacine alcanzó en la lengua 
y en la versificación, una perfección armónica cual no se encuentra, á 
mí entender, en Millón y en Virgilio, y á la que más tarde no se ha 
vuelto á llegar en la lengua francesa. '* En nuestros días otro crítico, 
Timoni, ha dicho: "La líi^enia, la Fedra y la Atalía de Hacine, son 



80B REVISTA NACIONAL. 



obras maestras que se pueden considerar superiores á todo lo que en 
su género nos ha dejado la antigüedad. *' 

" Otros escritores menos entusiastas por Racine, suponen que es al- 
go inferior á Virgilio. Por mi parte, creo que si aquel no supera á és- 
te, por lo menos le iguala, y que la superioridad del idioma latino 
respecto al francés, es lo que puede hacer, en ocasiones, á Racine in- 
ferior al poeta romano. 

''Por lo que toca á la representación del bello ideal, el estilo de Ra- 
cine contribuyó á rodear sus héroes de un idealismo que suele llegar 
á la magnificencia, é ideales son las pasiones que expresa, los caracte- 
res que ha creado, sin llegar á la extravagancia, á la inverosimilitud 
á la exageración del falso romanticismo. Sin embargo, no puede ne- 
garse que en algunos caracteres de Racine, sólo hay medias tintas, lo 
cual puede atribuirse á que él mismo cortaba las alas de su ingenio 
cuando imitaba á los antiguos, porque entonces le faltaba el propio y 
natural aliento, único que produce obras maestras. Cuando Racine pen- 
saba y sentía por sí solo, creaba obras como Atalía, tragedia llena de 
sencilla grandeza, de afecto, de interés creciente, de caracteres atrevi- 
dos é imágenes sublimes. (Véase nota 2^ al fin del capítulo.) 

"Tocante á la expresión de los afectos, el carácter distintivo de Ra- 
cine es la más profunda sensibilidad y la más exquisita ternura ; siem- 
pre en los límites de lo natural embellecido por el arte. Racine expre- 
sa la inímidad suave de la pasión ; pero sin perderse en lo vago, en lo 
indeterminado que se observa en el sentimentalismo exagerado de al- 
gunos modernos. '* 

En España, puede señalarse como ecléctico á Rioja, pues reúne la sen- 
cillez, la naturalidad y la verdad de los clásicos con la ternura, la deli- 
cadeza, la melancolía de los románticos. 

Entre los contemporáneos se encuentran algunos poetas eclécticos, 
bastando citar al famoso Tennison, de quien se ha dicho : " es el poe- 
ta má8 dáeico de los románticos ingleses. '' Es clásico en la forma, y ro- 
mántico en las ideas y sentimientos, es decir, ecléctico, según compren- 
demos el eclecticismo poético. En teoria, son varios los autores que han 
indicado el eclecticismo literario, bastando recordar aquí á Chenier y 
á Revilla. El primero dice : Sur des pensées nouvelleSf faisons de vers 
antiqaes. Revilla, en su ^' Discurso sobre el naturalismo, '* enseña esto : 
"la nueva escuela conciliando lo que hay de razonable en la doctrina 
clásica y en la romántica podrá encontrar la fórmula de lo porvenir. " 



LITERATURA MEXICANA. a09 

Agregaremos ahora á todo lo dicho que el eclecticismo, como todos 
los sistemas humanos, ha sido impugnado por los que no le compren- 
den bien : el eclecticismo no es la fusión de sistemas contradictorio8f lo 
cual sería absurdo, sino un método que consiste en buscar la verdad 
donde quiera que se halle, lo cual es el dictamen de la razón y el buen 
sentido. San Clemente de Alejandría dijo : " Por filosofía no entiendo 
la estoica, la platónica, la epicúrea ó la aristotélica ; lo que estas escue- 
las hayan enseñado conforme á la verdad, á la justicia, á la piedad, á 
todo esto llamo yo selecta fílosofía.'' A tal principióse reduce el eclec- 
ticismo: á admitir y combinar lo que hay de bueno en cada sis- 
tema. 

Entre los poetas mexicanos se encuentran varios que han escrito al- 
guna ó algunas poesías eclécticas; pero el que más generalmente se in- 
clina al sistema ecléctico es D. José Joaquín Pesado, aunque sin llegar 
á la perfección, como lo demuestra la análisis que vamos á hacer de 
sus composiciones en el mismo orden que fueron publicadas (2* edi- 
ción) á saber: eróticas, morales, religiosas y nacionales. 

La mayor parte de las poesías eróticas de Pesado son defectuosas, y 
sus defectos consisten en alguna de las circunstancias que vamos á ma- 
nifestar y á comprobar por medio de ejemplos. 

En las poesías eróticas de Pesado no hay nada indecente, y aun con- 
tienen rasgos de esplritualismo ; pero no es éste el que domina, sino á 
veces el color sensual de la escuela clásica. Véase lo que hemos dicho 
sobre el clasicismo al hablar de Tagle, y recuérdese lo que dijo Hermo- 
silla hablando de "El consejo de amor'' por Meléndez: "Quisiera yo 
que se hubiese omitido la palabra besOj porque tratándose de amantes 
presenta con excesiva desnudez una idea voluptuosa. A los eróticos 
griegos y latinos se les perdona que llamasen pan al pan y vino al vi- 
no ; pero nuestros oídos son más quisquillosos que los suyos. '' Lo ma- 
nifestado por Hermosilla va de acuerdo con el precepto deBoileau: 

" Le latin dans ses mots brave Thonnétete : 

Mais le lecteur franqais veut étre respecté. 

Du moindre sens impur la liberté Toutrage '' 

(Véase nota 3? del capítulo 13). 

" Elisa en la fuente" es un soneto que tiene por asunto presentar i 
Elisa desnuda dentro del agua excitando esperanzas vivas. Pesado, en 
la segunda edición de sus poesías, corrigió el soneto del modo siguien- 
te. En la primera edición se encuentran estos dos versos : 



810 REVISTA NACIONAL. 



En medio dQ la fuente bulliciosa 
Los delicados miembros sumergías. 

En la segunda edición se lee: 

Y á orillas de la fuente bulliciosa 
Ocultos pensamientos divertías. 

Lo que ganó el soneto en espiritualismo lo perdió en naturalidad^ 
pues no es probable que una persona cuando va á bailarse, en lugar de 
entrar al agua, se entretenga en meditar. Por otra parte, quedó sin co- 
rregir la circunstancia de que el recuerdo de Elisa produjese esperan^ 
gas vivas, lo cual podría interpretarse deshonestamente, interpretacio- 
nes que el poeta debe evitar, según ya hemos explicado. 

En la composición Adiós, la amada estrecha á su amante con exce- 
sivo empeño, y le acaricia con demasiada viveza. 

No me negarás que un día 
Ligada con firmes lazos 
Quisiste llamarte mía, 
Estrechándome en tus brazos 
Con amorosa porfía. 



Tu corazón palpitaba 
Sn tu seno con presura. 
Tu vista me contemplaba 
Y con pasión y ternura 
Tu mano me acariciaba. 

Si alguna vez desdeñosa 
He heriste con tus desvíos, 
¡ Qué sensible, qué piadosa 
Con esos labios de rosa 
Sellaste después los míos! 



Algún poeta liviano de Grecia ó Roma parece haber dictado los sí' 
guientes versos del " Amor malogrado, *' donde el poeta, después de re- 
tozar con su querida, se siente excitado de alma y cuerpo. 

Caricias que otro tiempo te he debido 

Me encienden en amores, 
Y tú, ingrata, me entregas al olvido. 
En despego trocando tus favores. 



LITBRA.T URA MEXICANA. tU 

] Cuántas veces sentí tras blando juego 

Insólitos ardores I 
Mi pecho se abrasaba en vivo fuego 

Y sin saber de amor, ardí de amores. 

Más valiera, mi bien, no haberte visto, 

Que no sentir ahora 
Ese fuego voraz que no resisto 
T el alma y las entrañas me devora. 

El autor, en la segunda edición de sus poesías, cambió la 2! estrofii 
por otra menos sensual ; pero siempre sensual, y no corrigió las demáp 
estrofas. 

El mismo tinte que en los versos anteriores se percibe en las com* 
posiciones "A Silvia,'' "Valle de mi infancia" y otras varias. 

Ven I adorada I arrójate en mis brasoe, 
Estrecha al mío tu corazón amante, 

Y cíñeme constante 

Entro tus dulces lazos. 
Debajo de este plátano que mece 
Sus hojps en el aire blandamente: 

Orillas de esa ñiente 

Que vaga se adormece: 
A la luz de la luna que menguada 
Con turbia claridad nos ilumina, 

Junto á mí te reclina 

¡ Oh Silvia enamorada t 

Y unidos siempre en lazo delicioco, 
Volar dejemos la fugace vida 

Tú por siempre querida, 
Yo por tí venturoso. 



Estos versos recuerdan algunos de Quevedo en la canción Llamth 
miento á mi amadaj quitándoles el gusto gongorino. 

^^ Ay, si llegases ya I qué tiernamente 
Al ruido de esta fuente 
Gastáramos las horas y los vientos 
En suspiros y músicos acentos. 



til BEVIHTA NACIONAL. 



Fuéramos cada instante 

Nueva amada y amante 

Y ansí tendría en firmeza tan crecida 

La muerte estorbo y suspensión la vida... '' 

Otro defecto de la escuela neoclásica, que se suele encontrar en las 
poesías que nos ocupan, es la trivialidad, como en la letrilla intitula- 
da: ''La primera impresión de amor.*' Los recursos poéticos que usa 
el autor están ya muy gastados, como comparar el semblante de la da- 
ma á la rosa y al jazmín ; profetizar la muerte del amante si no es co- 
rrespondido; asegurar que lleva grabado en el pecho con duro burüla, 
imagen de la bella. Composiciones como : " La primera impresión de 
amor, ** cuando mucho, pueden halagar al oído ; pero ni interesan, ni 
conmueven. 

De la escuela moderna se encuentra algunas veces en las poesías eró- 
ticas de Pesado el defecto de las continuas y repetidas quejas y lamen- 
tos del enamorado, alambicamiento empalagoso de penas, dolores y 
martirios imitados de Petrarca ó Herrera. Pueden servir de ejemplo el 
soneto intitutado: "Recuerdos inútiles,** y las siguientes octavas: 

I Oh qué lentas y amargas son las horas 
Del que no mira más su dueño amado, 
Y entregado á pasiones destructoras 
Cuenta el tiempo lloroso y desvelado ! 
Ni tus palabras |ay I consoladoras 
Escucho, ni tu rostro sosegado 
Me vuelve con su vista la alegría : 
] Triste paso la noche, triste el día I 

De esperanza fugaz favorecido 
Otro tiempo seguí tus luces bellas. 
Ora gimu en ausencia desvalido 
Exhalando en las sombras mis querellas. 
Ta no gozo del sol esclarecido, 
Ni me alumbran de noche las estrellas: 
If i hermana es la letal melancolía 
I Triste paso la noche, triste el día I 

Este rudo tormento que quebranta 
Mis fuerzas, ya carece de remedio: 
£1 cáliz de la vida en pena tanta 
Causa á mi labio ya lánguido tedio : 
Ta para separamos se levanta 
La eternidad inmensa de por medio 



LITERATURA MEXICANA. 818 



Tú qued&s á gozar placeres ciertos, 
Yo bajo á la morada de los muertos. 

Escucha, pues, las quejas que te envía 
Mi voz desfallecida y dolorosa: 
Un suspiro te pido, amada mía, 
Que no me negarás, si eres piadosa. 
Mira á tu triste amante en su agonfa. 
Concédele una lágrima preciosa. 
Única recompensa que ha pedido 
Por premio del amor más encendido. 

También adolecen las poesías que examinamos de varios defectos en 
la forma, según lo aclararán los siguientes ejemplos, siendo de adver- 
tir que nos valemos de la segunda edición que es la más auténtica á es- 
te respecto, porque la vigiló el autor mismo, cosa que no ha sucedido 
con la tercera : todos saben con qué facilidad se deslizan variantes en- 
tre escribientes, impresores y editores. 

En tu seno bellísimo suspira 

Y con ardientes lágrimas lo moja: 
Con mano cariñosa le consuelas 

Y á su lado le asistes y le velas. 

En el segundo verso se usa fo y en los últimos le. En nuestro con- 
cepto debe siempre decirse le; pero Pesado unas veces es loida y otras 
leiHa, no sólo en los versos anteriores, sino en otros varios, de mane- 
ra que no sigue sistema fijo. 

Su esquiveza la da nuevos arreos, 

Y heridos corazones de amadores 
A sus plantas la sirven de trofeos. 

Está mal dicho la en lugar de fe, pues según la gramática de la Aca- 
demia, otras autorizadas y el uso de buenos escritores, debe usarse le, 
en dativo, aun refíriéndose al género femenino. Véase la Diaertadón 
que publicó en México D. José María Bassoco sobre el uso del pronom- 
bre en caso objetivo, donde se trata el asunto magistralmente. 

Cómo te vi, te di I ay I el alma mía. 

El verso anterior es cacofónico por tener seis monosílabos seguidos 
y por la concurrencia áevij di. 

Resplandece á las puertas del OrienU, 



816 REVISTA NACIONAL. 



Vamos á presentar como ejemplo de las poesías erótico-eclécticas 
del poeta que estudiamos, una parte de ''Mi amada en la misa del al- 
baf * de esta manera el lector percibirá más fácilmente el sistema eró- 
tico-ecléctico, que pudiera formularse con estas palabras: "Poesía eróti- 
cas-ecléctica es la que tiene forma clásica, y por argumento el amor 
romántico, espiritual.'' 

Cuando en el templo postrada 
Estás ante el Ser inmenso, 
Entre una nube de incienso 
Símbolo de la oración. 

Me parece que eres ángel 
Que al trono de Dios asiste, 

Y que por el hombre triste 
Intercedes con fervor. 

La candida vestidura 
Ciñes tú de la inocencia, 

Y brilla la inteligencia 
En tu frente virginal. 

Sn tu corazón se ocultan 
De amor los puros afectos, 

Y en tu mente los conceptos 
De la ciencia celestial 

¡Oh I cuánto respeto imprimes: 
Eres bella, ingenua, pura, 

Y reinas en una altura 
Harto superior á mí! 

Moradora del Empíreo, 
(No sé yo cómo te nombre) 
¿Quién es el hijo del hombre 
Digno de llegar á tí? 

Con esas formas divinas. 
Que acá en la tierra demuestras. 
Das al que te mira, muestras 
De la hermosura etcrnal. 

Ya sé lo que vale el alma 
Que mis sentidos anima. 
Pues que conoce y estima 
£1 precio de tu beldad. 

Si gentil hubiera sido. 
Altares te levantara. 
La rodilla te doblara, 

Y fueras mi diosa tú: 



LITERATURA MEXICANA. 817 

Incienso y flores rendido 
Tributara á tu belleza, 
Emblemas de tu pureza, 

Y tu fragante virtud. 
Hoy eres á estos mis ojos 

Imagen por excelencia, 
I>e la suma inteligencia, 
Pues que cristiano nací: 
Espíritu que me guía 
En los caminos del mundo, 

Y en el piélago profundo 
Norte fijo para mí. 

¿Qué fuera del globo triste. 
De espanto y de sombras lleno, 
Si no brillara en su seno 
Tu rayo consolador? 

Tú disipas los temores. 
Todo el universo alegras, 

Y baces sus moradas negras 
Pensil donde reina amor. 

En esta composición .(total de ella) hay variedad de metros á uso 
de los románticos; pero esto no impide que su forma sea esencialmente 
clásica por la corrección, sencillez, etc., según hemos explicado del sis« 
tema ecléctico en poesía. 

A lo dicho sobre las rimas amorosas de Pesado, sólo debemos afia- 
dir que nuestro autor hizo, en el mismo género, varias traducciones é 
imitaciones, unas medianas y otras buenas: entre éstas, merecen citarse 
especialmente tres odas de Horacio, un soneto imitado de Zappi, con 
el titulo de "Cariño anticipado," y la barcarola "Paseo del mar," to- 
mada del italiano. 

Sí Pesado se extravió en algunas de sus poesías eróticas imitando la 
sensualidad y la trivialidad de los clásicos, fué más original en las mo- 
rales, de tal modo que ni siquiera pretendió WwoíSíñsiS filosóficas^ para 
que no se le creyese discípulo de Zenón, Demócrito ni aun Sócrates: 
Pesado era cristiano puro, y su filosofia la del Evangelio. De este mo- 
do resulta que las poesías morales del escritor mexicano, mejor que 
algunas eróticas, llevan marcado el carácter ecléctico, esto es, forma 
clásica ó acercándose á ella, y fondo romántico, moderno ó cristiano. 
Vamos á demostrarlo, examinando las composiciones morales á que 
nos referimos. 



818 AKVI8TA HAOIONAU 



'^La visión." El poeta iSupone que se le aparece el alma de su pro- 
pia madre para exhortarle á la virtud. Si los consejos de una madre 
pueden en cualquier circunstancia, presentarse no sólo como tiernos 
y consoladores, sino poéticamente, mucho más cuando el poeta ideali- 
za hasta suponer que mira el espiritu de la persona que le dio el ser, 
y viniendo de esas regiones misteriosas que el pensamiento apenas 
abarca con el nombre de eternidad. La poesía intitulada "La visión** 
no carece de mérito en la forma, aunque tiene tal cual locución pro- 
saica y algún verso mal medido. 

"El sepulcro.** El argumento de esta composición es recordar la va- 
nidad de las cosas humanas, consolándose el poeta con la esperanza 
en la vida futura. Ese argumento no es nuevo, y bastaría ocurrir á 
^'La igualdad de la tumba,** del patético San Efrén, para encontrar la 
mayor parte de los pensamientos de Pesado. En la forma de "El se- 
pulcro** hay algunos descuidos, y sin embargo, esa poesía se recomien- 
da especialmente por las siguientes cualidades: verso suelto, general- 
mente bien manejado y propio para la seriedad del asunto; imágenes 
vivas; novedad en el incidente de localizar el poeta su idea, presentan- 
do á la imaginación los restos de Cortés y Moctezuma. 

Tú conseguiste 
Batallador feliz unir dos mundos 
Con vínculos funestos, y arrogante 
De lo alto derrocar al trono azteca, 
£n duelo convirtiendo el rudo brillo 
De su agreste poder. De sus victorias 
Sólo recuerdos funerales viven. 
También mezclados cabe tí reposan 
Los carcomidos huesos del monarca, 
Que arrancaste falaz del solio regio. 
Así el sepulcro despiadado absorbe 
Al guerrero triunfante y al vencido, 
Al señor poderoso y al colono. 
Allá en sus antros con olvido eterno.... 



"El hombre," recomendable por su argumento filosófico y, como la 
anterior, por lo bien formado del verso suelto. Esta composición nos 
parece inspirada en pensamientos de Lamartine, tomados de varias 
de sus poesías. 



UTERATUBA MEXICANA. tlf 

^'A un nifio.^' Bella y sentida poesía á la muerte de un hijo, apenas 
deslucida por algunos rasgos prosaicos y raro descuido de otro género. 

''El sepulcro de mi madre/' Ternísimos acentos de un hijo que llo- 
ra á su madre y la llama en auxilio para sostenerle en la virtud. Es 
im precioso romance con rarísimo defecto. 

"Una tarde de otoño.'' Composición llena de dulce melancolía; el 
adiós lastimero del hombre que sabe sentir los encantos de la natura- 
leza, á los últimos días del buen tiempo. 

"Pensamientos fílosóficos y religiosos." La parte primera de esta 
composición, se intitula "El ser," la segunda "El dolor," y la tercera 
^'La esperanza." En la parte primera hay algo de prosaísmo, debido á 
la argumentación escolástica que usa el autor. En la parte segunda 
y tercera se marcan mejor que en otras poesías de Pesado la diferen- 
<AeL entre el mundo antiguo y el moderno, entre la poesía clásica y la 
romántica. Las aspiraciones de los poetas clásicos están resumidas en 
estos versos de Horacio: 

De lo presente goza 
Y el porvenir olvida. 

Pesado es un representante de la poesía que no se fija en lo presen- 
te, sino que espera en el porvenir: expresa, pues, en la parte intitulada 
"El dolor," las miserias de la vida terrestre, y en la intitulada "La es- 
peranza," los goces del espíritu en la mansión divina. 

A las poesías morales de Pesado, pertenecen varios sonetos de ca- 
rácter espiritualista y á veces místico, en gusto del Dante ó Petrarca, 
de los cuales sonetos dará idea el siguiente, que es como la antítesis de 
"Elisa en la fuente," del que ya hemos hablado. Esos sonetos apare- 
cen en la 3" edición de las poesías que nos ocupan entre las fúnebres^ 
^í como otras de las morales. El soneto que vamos á copiar tiene el 
iftulo ''Apoteosis de Elisa." 

Era la aurora ya, cuando dormido 
Una hermosa mujer vi en el Oriente: 
Blancas rosas ornábanle la frente 
£n rizos su cabello desprendido. 

Sujetaba su candido vestido 
De oro fino y zafir zona luciente, 
T de color de llama refulgente 
Deslumhraba su manto descogido. 



890 REVISTA NACIONAL. 



Verde palma llevaba por divisa: 
Su rostro, lleno de inmortal decoro, 
¿i mí volvió con plácida sonrisa: 

Víla y reconocí, bañado en lloro, 
Entre puros espíritus á Elisa, 
Volando al inmortal, celeste coro. 



Este soneto es una imitación de las apariciones de Beatriz, después 
de muerta, al Dante. 

A las poesias morales referidas, hay que abnegar otras traducidas ó 
imitadas, siendo censurable que no se expKque asi, por resultar caso 
de plagio, respecto á algunas de estas últimas, como la del Dante co- 
piada, una de Lamartine y una de Garcilaso, cuyos títulos son: "La 
inmortalidad,'^ "Prendas de amor.'' Esta es de tercera mano, pues Gar- 
cilaso imitó á Virgilio cuando dice en la Eneida: ^'Dulces exuvim dum 

faia deusgue sinebant " Todos los que han escrito sobre Pesado 

consideran erróneamente suyas, en la idea y en ia forma, esas compo- 
siciones. 

Purificado nuestro autor en las poesias morales del materialismo pa- 
gano que se había infiltrado en sus rimas amorosas, le fué fácil ele- 
varse al más puro idealismo en ei género religioso, y por este motivo 
las poesías religiosas de Pesado son las más apreciadas, como que ellas 
están de acuerdo con las creencias comunes, con el sistema de moral 
generalmente recibido, con las aspiraciones de la mayoría de hombres 
que viven á la sombra de la civilización cristiana. El poeta que no sa- 
be expresar las ideas de su época no puede tener popularidad, y Pe- 
sado la tuvo al grado de que todavía muchas personas saben de memo- 
ria trozos de la Jerusalem, ó de su versión de los salmos. 

Las composiciones religiosas de Pesado que, en todo ó en parte, pue- 
den pasar por originales, son: Fragmentos de un poema que lleva el 
titulo de "Moisés:" estos fragmentos fueron inspirados en la poesía de 
lo sublime^ como califica Hegel á la poesía de los Hebreos. El "Moi- 
sés" está en versos libres, por lo general buenos, y se recomienda es- 
pecialmente por algunas pinturas bien coloridas. Principio de un poe- 
ma intitulado "La Revelación," reminiscencias del Dante, en octavas, 
la mayor parte armoniosas, con algunos rasgos de inspiración, y bellas 
descripciones. "María," poema en silva, rara vez defectuosa. "La Je- 
rusalem." Algunas plegarias y varios sonetos. Como ejemplo de estas 



LITERATURA MEXICANA. 8ZI 

poesías vamos á examinar La Jerusalem^ precioso poema, que desgra- 
ciadamente tiene el defecto de contener trozos traducidos de Evasio 
Leone, sin que Pesado lo explicara, resultando plagio en las ideas. 

La parte primera es una bella apostrofe á la ciudad donde floreció 
Jesucristo y donde fundó su religión. 

En la parte segunda se lamenta el autor de no haber visto con sus 
propios ojos á Jerusalem; pero esto da lugar á que poéticamente la 
idealice su imaginación. 

No haj para el amor distancia, 
Ni tampoco inconveniente, 
Lo pasado y lo presente 
Sabe en un punto juntar. 

Paréceme que salvando 
Selvas y montañas densas. 
Las soledades extensas 
T la inmensidad del mar, 

Se presentan á mis ojos 
El monte de las Olivas, 
Los estanques de aguas vivas, 
£1 torrente de Cedrón; 

Los sepulcros de los reyes, 
Los escombros del santuario. 
El santo monte Calvario, 
Y la colina de Sión. 

El primer verso es casi el de Meléndez, en La Ausencia: 

Para el gusto no hay distancias. 

En la segunda parte de la poesía que examinamos, se nota el defec- 
to de que los versos cuarto y octavo suelen, á veces, ser asonantes de- 
biendo ser consonantes. 

La tercera parte es un magnífico trozo lírico dirigido á Jesús como 
salvador del mundo, é inspirado en los salmos, con alguna reminis- 
cencia de ellos, según puede verse de las siguientes estrofas: 

Yaces ¡ay! enclavado 
A una cruz, sobre el Gólgota pendiente: 

Del pecho lastimado 

Lanzando tristemente 
Suspiro profundísimo y doliente. 



S24 REVISTA NACIONAL. 



Tres puertas manifiesta á cada yiento, 
Cada una por un Ángel custodiada : 
Sus muros son crisólitos brillantes, 
Zafiros, amatistas y diamantes. 



Terminaremos la noticia de la Jerusalem, haciendo notar su carác- 
ter ecléctico. Del clasicismo tiene la Jerusalem : verdad esencial en los 
pensamientos ; corrección del lenguaje ; sencillez, claridad y naturali- 
dad del estilo ; buena versificación ; el orden del plan. Del romanticis- 
mo se encuentra en la misma poesia el argumento moderno ó cristia- 
no ; alguna más profusión de adornos que los que se permiten los clá- 
sicos, sin incurrir por eso en el gongorismo; concepciones ideales; 
variedad de metros que no usan los clásicos ; arranques líricos más 
abundantes de los que admite la escuela clásica en los poemas. En 
lo general hablando, relativamente al lirismo y á la libertad de forma 
que se nota en La Jeruaaleniy haremos una observación. Ese poema 
pertenece á los llamados menores, donde se permiten las circunstancias 
dichas, según buenos preceptistas, como Revilla. [^Prineipios de litera- 
tura. ] 

Se cree generalmente que las mejores traducciones de Pesado se ha- 
llan entre las del género religioso, y que de éstas las más perfectas 
( aunque sin ser traducción directa del hebreo ) son el Casuar de can- 
tares y algunos Salmos, tanto por la fidelidad de la versión como por la 
belleza de la forma en castellano. No nos detenemos en hacer obser- 
vaciones sobre la belleza de la poesia hebrea considerándolo superñuo, 
cuando tanto se ha dicho sobre ella por autores competentes como 
Lowth, Herder, Hegel, Genoude, ete. Basle añadir que Pesado fué en 
México uno de los propagadores más entusiastas de ese género de be- 
lla literatura, si bien no el introductor, como observamos en el capítu- 
lo 10" al tratar de Villerías Roelas. 

Después de haber engalanado nuestro autor el Parnaso mexicano con 
todas las producciones que hemos ido estudiando ó citando, todavía 
quiso enriquecer nuestra literatura con una joya de gran valía, más ca- 
racterística del país, indígena, nacional, en una palabra. Tal es el ca- 
rácter de la preciosa colección de poesías intitulada: '* Las Aztecas, " to- 
madas de los antiguos cantares mexicanos. El mérito de " Las azte- 
cas ^* consiste en tres circunstancias : 1 * El idioma español, en que es- 
cribe el poeta, generalmente bien manejado. 2^ La forma poética, 



LITERATURA MEXICANA. 325 

acercándose á la clásica, según lo que hemos explicado ya varias veces. 
3 ? Conservado, hasta donde es posible en una versión, el espíritu de 
la poesía azteca, de la cual daremos una ligera idea. 

Los antiguos mexicanos median sus versos para que tuviesen rotun- 
didad y armonía. Con el fín de ajustarse al metro, usaban ciertas in- 
terjecciones ó sílabas de las que en algunos idiomas se llaman vacíaSf 
esto es, que no tienen sentido, y servían á los mexicanos para comple- 
tar el verso, el cual otras veces constaba de una sola palabra compues- 
ta formada de muchas sílabas : esa clase de palabras abundan en el idio- 
ma mexicano, y son propias de su mecanismo polisintético. El estilo 
poético era vivo, brillante y figurado, al modo oriental, con personifi- 
caciones ó símiles de los objetos naturales. Poemas históricos, himnos 
sagrados, odas morales ó eróticas, descripciones, todo esto comprendía 
la poesía antigua de los Aztecas. Debe advertirse respecto á los canta- 
res del antiguo México, publicados por Pesado, que la traducción no es 
suya ; lo que hizo fué poner libre y felizmente en magnifica poesía lo 
que á prosa castellana trasladaron otros. (Véase nota 3? al fín del ca- 
pítulo). 

Como poesías nacionales de Pesado, y de gran mérito, de lo mejor 
que escribió en el fondo y la forma deben considerarse también los so- 
netos descriptivos intitulados : " Sitios y escenas de Drizaba y Córdo- 
ba," así como las "Escenas del campo y de la aldea," donde vemos 
pintadas con gracia y viveza " La lid de toros, " '* La carrera de caba- 
llos" etc. Todas estas poesías objetivas son de más importancia artís- 
tica que " Las Aztecas, " porque no sólo la forma sino la idea pertene- 
cen al escritor mexicano, salvo alguna reminiscencia de otro poeta, co- 
mo rasgos de Tibulo que se notan en la Imitación con que comienzan 
las EsceTias del campo. 

Epilogando lo que hemos dicho respecto á Pesado manifestaremos, 
«que para caracterizarle bien conviene remontarse á las literaturas don- 
de se inspiró, con cuya mala ó buena combinación se presenta defec- 
tuoso, á veces; pero otras verdadero ecléctico. De la literatnra greco - 
latina tomó Pesado, en ocasiones, el amor algo sensual que hemos cen- 
surado'; pero en mayor compensación la belleza de la forma que hemos 
aplaudido. En la escuela italiana estudió el amor puro, el amor plató- 
nico : alguna vez Pesado, como los demás poetas platónicos, degeneró 
en una especie de metafísica amorosa. De la Biblia sacó nuestro poeta 
el estilo oriental de sus composiciones religiosas. Los sentimentalistas 



822 REVISTA NACIONAL. 



Como trozado lirio, 
Que sufre del Agosto los rigores, 

Yaces con el martirio: 

Cargaste mis errores, 
Y eres varón de penas y dolores. 

La parte cuarta es la profecía sobre la destrucción de Jerusalem, ex- 
(n^ada por medio de armoniosos versos de diez silabas. 

En esa parte se usa defectuosamente, á veces, en los versos 4" y 9", 
ya asonante, ya consonante, y se hallan algunas faltas de gradación^ 
como cuando se dice que "los levitas tuvieron pavor y susto. " 

La parte quinta es una elegia que entona el poeta al contemplar las 
ruinas de la ciudad santa, elegia notable por lo sentido del tono y por 
la viveza de las imágenes. 

Su grandeza y beldad están perdidas, 
Sus calles enlutadas y desiertas, 
Sus torres y murallas derruidas, 

Destrozadas sus puertas. 
Asentados en tierra sus ancianos 
Sobre ceniza vil, gimen dolientes; 
Sus vírgenes también con lloros vanos 

Humillaron sus frentes. 

La parte sexta es un correcto romance donde sólo una vez incurre 
el autor en el defecto de asonantar los versos impares. Tiene por ar- 
gumento pintar, á grandes rasgos, y con acento lírico de pena, los su- 
cesos desgraciados de Jerusalem en la época de los Mahometanos, de 
las Cruzadas, etc. 

La parte séptima contiene la visión del juicio final, en gusto bíblico, 
y por medio de tercetos generalmente eufónicos y bien trabados, notán- 
dose pocas veces el abuso de la sinéresis ú otro defecto de forma. La 
falta más notable de la parte séptima consiste en una idea mezquina, ^ 
suponer el poeta que al volver de un éxtasis vio se encontraba en un 
árido desierto á la luz de un fósforo. Concluye la parte séptima con 
un bello contraste, la descripción de Jerusalem después del juicio final. 

Los montes no estorbaban el camino. 

Saltaban de contento los collados, « 

Brillaba en lo alto el cielo cristalino. 



LITERATURA MEXICANA. 323 

Claras fuentes y lagos sosegados, 
Vergeles, huertos, frescas alamedas 
Hallaba á su descanso preparados, 
T frutos en las grandes arboledas : 
La mano del Eterno le cubría, 
Dando sombra á sus sendas y veredas. 
Jerusalem, Jerusalem, decía 
La turba innumerable, y sus acentos 
La bóveda celeste repetía. 
Entonces resonaron en los vientos 
Mil himnos de alabanza y de victoria, 
A que unieron alegres sus concentos 
Los espíritus puros do la gloria. 

En el verso segundo puede observarse una figura atrevida, propia de 
la poesia hebrea, las cuales usa el autor frecuentemente en sus compo- 
siciones religiosas. 

La parte octava es el himno á que se refieren los últímos versos de 
la parte séptima. En ese himno se observan dos defectos: algún verso 
asonante en lugar de consonante, y una locución no sólo prosaica sino 
vulgar, y que choca más aplicada á Jehovah. 



Viva, viva Jehova, que on la guerra. 



Ningún defecto notable se encuentra en la novena y última parte 
del poema, siendo, por el contrario, una magnifica y elevada descrip- 
ción apocalíptica, en cadenciosas octavas, de la celestialJerúsalem, con 
lodo el lujo de la poesia oriental. 

Los ciclos y los astros de repente 
En pavesas y en humo se deshacen.; 

Y otro cielo, otro sol más refulgente, 

Y estrellas más espléndidas renacen. 
El alto empíreo muéstrase patente, 

Y entre luces sin fin, que de allí nacen, 
Al suelo baja una ciudad divina, 
Como esposa que al tálamo camina. 

Y llega y se establece en el cimiento 
Do la antigua Solima fué labrada: 
Tiene de oro macizo el fundamento 

Más pura es que «1 -cristal, más acendrada: 



828 REVISTA NACIONAL 



cine, mientras que Demaugeot en su Historia de la literatura francesa 
prefiere Hacine á Shakespeare. Amor pairix ratio valentior omnia. 
Es natural que el critico inglés defienda á su compatriota, y el francés 
al suyo. Nosotros, respecto á los dos dramaturgos en paralelo, repeti- 
mos aquello de: Magni surUf homines tamen. Cada uno tiene sus pe- 
culiares bellezas y defectos. Racine suele pecar por estudiado, y Shakes- 
peare por demasiado llano. César Cantú, haciendo el parangón de es- 
tos dos poetas, dice que Shakespeare arrastra al espectador á través 
de rocas y precipicios, mientras Racine nos lleva suavemente por los 
senderos de un jardín. El mismo Cantú elogia las medias tirUas del 
poeta francés que otros críticos han censurado calificándole de pálido, 
entre ellos los españoles Menéndez Pelayo y Giner. Por el contrario' 
el famoso humanista espafiol. Burgos, llama á Racine "el más ilustre 
de los trágicos modernos.** (Nota á la traducción de Horacio.) Cha- 
teaubriand y Madame Stael preferían la Fedra de Racine á la de Eurí- 
pides. Nos extenderíamos demasiado si hubiéramos de repetir todo lo 
que se ha escrito en justo elogio del dramaturgo francés. 

3? Como, según dijimos en el capítulo I, no entra en el plan de nues- 
tra obra remontamos á la civilización de los antiguos mexicanos, de 
influencia nula para nosotros, sólo tocamos ese punto incidentalmente 
cuando viene al caso, como al tratar de Pesado. Agregaremos ahora, 
que los aztecas tenían algunos rudimentos del arte dramático. Repre- 
sentaban escenas burlescas, en las cuales los actores se fingían cojos, 
sordos, tullidos, etc., ó bien se vestían de sapos, lagartijas ú otra clase 
de animales. Estas representaciones facilitaron la representación de los 
dramas religiosos que se verificaron recién hecha la conquista. El poe- 
ta más célebre de la raza indígena fué el rey de Texcoco, Netzahual- 
cóyotl; pero hubo otros muchos, los cuales, por lo común, pertenecían 
á la clase sacerdotal. Ixtlilxochitl, en su Historia Chichimecüy habla 
de una famosa poetisa que hubo en Tula. En la Gramática mexicana 
de Carochi, se hallan insertos algunos versos de los antiguos mexica- 
nos; y de su Teatro da razón el padre Duran, á quien copió Acosta, y 
á éste otros muchos. Respecto á lo que hemos llamado poesía indo- 
hispana, véase el citado capítulo I. 

4* Precedida de un prólogo del Obispo D. Ignacio Montes de Oca 
se ha publicado una tercera edición de las poesías de Pesado, que con- 
tiene las incluidas en la segunda edición, las impresas separadamente 
y algunas inéditas. Nos hemos aprovechado de esa tercera edición 



LITERATURA MEXICANA. 829 

para hacer á nuestra obra varios aumentos y correcciones. Con el pró- 
logo de Montes de Oca varaos de acuerdo en parte; pero no en los pun- 
tos que brevemente pasamos á examinar, citando las páginas respec- 
tivas. 

Página VIL Montes de Oca cree que las poesías eróticas de Pesado 
(pertenecientes á la primera parte) más admiradas son: ''La primera 
impresión de amor/' ''Mi amada en la misa del alba'^ y "Rendimien- 
to enamorado.'' A nosotros nos parece de poco mérito la primera, por 
las razones dadas en el capitulo anterior. 

Página VIIL Según Montes de Oca, "Petrarca y Herrera estaban 
presentes en la memoria de Pesado al escribir sus rimas amorosas.^* 
Falta advertir que Pesado no sólo imitó á esos poetas en sus bellezas, 
sino á veces en sus defectos, en la metañsica amorosa. 

Página VIIL Hablando Montes de Oca de la pureza de sentimientos 
de Pesado, asienta "que el que osare interpretar torcidamente versos 
que la niña más casta puede leer, daría pruebas de refinada malicia y 
poquísimo criterio." Dejando á un lado el tono de regaño que tiene 
este pasaje de Montes de Oca, así como otros de su Prólogo, observa- 
remos que dijo bien respecto á que Pesado no fué, en sus poesías, obs- 
ceno ni deshonesto; pero es ir muy lejos suponer que nuestro poeta no 
tomó, en ocasiones, el color sensual de la escuela clásica. Pesado mis- 
mo corrígió sus poesías, en ese sentido, de la primera á la segunda edi- 
ción, y dejando todavía algo que desear, según hemos observado nos- 
otros. Ahora bien, por mucha que sea la penetración de Montes de 
Oca, no ha de conocer el espíritu de las obras de Pesado mejor que és- 
te. Aquí Montes de Oca, como vulgarmente se dice, se mostró más 
católico que el Papa. 

Página VIIL Declara Montes de Oca "que le encantan varias poe- 
sías eróticas de Pesado, entre ellas la intitulada VcUle de mi infanciay 
Precisamente esta es una de las que tienen el color sensual de la lite- 
ratura greco-latina á que nos hemos referido antes. 

Página X. Asegura Montes de Oca que en materia de faltas prosódi- 
cas "se acomodó Pesado al gusto reinante entre los literatos en las di- 
versas épocas en que escribió." No es exacto, pues al hablar de Ortega 
(capítulo XII), hemos explicado que éste dio á conocer en México la 
buena prosodia castellana, la cual Pesado tuvo bastante oportunidad 
de aprender con sólo la doctrina y la práctica de su compatriota. 

Página XI. Montes de Oca hace suyo un pasaje de Menéndez Pela- 



880 REVISTA NACIONAL. 

yo, donde califíca á Pesado de eximio poeta cMsico, y donde ensalza el 
verso suelto de las poesías de nuestro poeta intituladas "El Hombre/^ 
"El Sepulcro" y "La Inmortalidad." Refutando nosotros á Menéndez 
Pelayo, hemos explicado en el Prólogo de la presente obra, que Pesado 
no es clásico puro, y que La Inmortalidad es un plagio de Lamartine. 
Véase dicho Prólogo. 

Página XL Considera Montes de Oca que la poesía de Pesado inti- 
tulada La Visión^ es una hermosa muestra "de lo que han dado en lla- 
mar subjetivo." Creemos qtie los que han dado en clasifícar la poesía 
en subjetiva y objetiva, han dado en hacer una cosa bien hecha, por ser 
una clasificación lógica, á saber, lo perteneciente al poeta, al sujeto, y 
lo que es extemo, el objeto, Menéndez Pelayo, una de las autoridades 
de Montes de Oca, llama á Hegel "el Aristóteles moderno," en su Hte- 
taria de la8 ideas estéticas en España, Pues bien, Hegel, en su exce- 
lente Curso de estética^ ha sido uno de los principales propagadores de 
la clasifícación dicha, adoptada hoy por los mejores preceptistas. En 
el capítulo 20 de la presente obra, nota segunda, tratamos de la vicio- 
sa clasifícación que se hace en México, de la poesía, por los que toda- 
vía no han dado en adoptar el sistema moderno. 

Pág. Xn. Dice Montes de Oca "que sería de desearse hubiera allía- 
dido Pesado una sección intitulada Imitación de diversos, para imponer 
silencio á los que le han acusado de aprovecharse de trabajos de los 
poetas extranjeros." Pero como esa sección no se puso, resulta que 
Pesado hizo mal en ello, y bien los críticos en acusarle de plagiario, 
cuando entre sus versos encuentran algunos ajenos sin aclaración so- 
bre el particular. 

Página XIII. Confiesa Montes de Oca que, si bien el nombre de Eva- 
sio Leone se halla en la advertencia que precede al Cantar de Carda- 
res, traducción de Pesado, no se hizo lo mismo en el poema La Jeru' 
salem "donde hay versos, estrofas y aun cantos enteros traducidos de 
Leone." Disculpa esto Montes de Oca diciendo "que el plan del poe- 
ma de Pesado no es idéntico, y que no podemos gwirdar rencor á éste 
porque nos hizo saborear en castellano las bellezas del carmelita tos- 
cano." En crítica no hay rencor ni amor, sino imparcialidad y, por lo 
tanto, el crítico tiene que declarar plagio en las ideas, lo que hizo Pe- 
sado con algunos trozos de Leone, respecto á LaJerusálem, Del Can- 
tar de Cantares observaremos que al citar Pesado á Leone, lo hace 
como uno de tantos traductores del poema, pero sin confesar haberse 



LITERATURA MEXICANA. 881 

servido de la versión de aquel, nuevo pecadillo literario de D. José Joa- 
quín que, en vano, quiere ocultar Montes de Oca. 

Página XIV y siguientes. Explica Montes de Oca que Pesado, en 
algunos salmos, acomodó al castellano los metros toscanos, lo cual, 
decimos nosotros, ser permitido; pero el mismo Montes de Oca decla- 
ra que la bella expresión ludibrio del viento del ImraelUa en Bahüo' 
nia es de Mattei. Hé aquí, pues, otro caso de plagio, aunque breve, kr 
los plagios de Pesado disfrazados por Montes de Oca, con más ó me- 
nos sutilezas, y á los que hemos indicado en el capítulo anterior, pu- 
diéramos añadir otros casos; pero para no ser prolijos baste, por ahora, 
el siguiente ejemplo. Los famosos versos de '*Mi amada en la misa 
del alba,'' que comienzan diciendo. Si gentil hubiera sido, son toma- 
dos sustancialmente del '^Judas Macabeo'' de Calderón de la Barca, 
hablando Lisias con Cloriquea. Véase Biblioteca de Rivadeneira, tom. 
7, pág. 320. 

Página XVIII. Montes de Oca hace suyo un pasaje de Menéndez Pe- 
layo donde declara "que Pesado va al frente de todos los poetas me- 
xicanos.'' Pesado, no obstante sus plagios y demás defectos, es un 
buen poeta; pero no el mejor de México, según explicamos en el Pró- 
logo de esta obra, refutando los errores, más ó menos crasos, en que 
ha incurrido Menéndez Pe] ayo al escribir sobre autores mexicanos. 

Resumiendo: el Prólogo de Montes de Oca no es un juicio impar- 
cial, sino una defensa apasionada y, en consecuencia, errónea, como 
son casi siempre esa clase de escritos, especie de alegatos forzados, de- 
dicados á ocultar defectos y abultar buenas cualidades, que se forman 
para dar gusto á un amigo, y que debían desterrarse como plaga lite- 
raria. Si no se cree en los prólogos, resultan perjudicados el elogiado 
y su panegirista; y si se cree, entonces el juicio público se extravía. 
También en España existe la plaga de los prólogos: según la obrita 
intitulada Ripios aridocrátieoa, "en aquel país no hay libro malo que* 
no vaya precedido de un prólogo de Menéndez Pelayo." En lugar dé- 
los tales escritos se usaban antes elogios ridículos en prosa y verso,, 
de los cuales se burló Cervantes, en el Quijote, así como el sabio co- 
mentador de esa novela, Clemencín. 

El caso es que, en México, las alabanzas exajeradas de Montes de 
Oca y de Menéndez Pelayo á Pesado no han producido entusiasmo á 
favor de éste: Roa Barcena, Acopio de sonetee (página 146), se queja, 
en sustantancia, del poco oaio que se ha hecho de la tercera edicióD 



882 REVISTA NACIONAL. 



de las poesías que nos ocupan, mientras que recientemente, en el pe- 
riódico La Juventud Literaria se llama á Pesado, con toda claridad, 
plagiario. Nosotros creemos habernos puesto en el in medio virtus, 
entre panegiristas y detractores. 

• En último análisis, propondríamos, entre los amigos y enemigos de 
Pesado, esta transacción literaria. ^ 'Hacer á un lado lo relativo á pla- 
gios de Pesado, dando por supuesto que los confesó, y declararle exce- 
lente traductor, á veces, hábil imitador en otras, y buen poeta original 
algunas ocasiones, siempre inclinado al eclecticismo, á la combina- 
ción de la forma clásica con el fondo romántico.^* 



FRANaSGO PlMENTEL. 



LAS BOCAS DEL LAGO. 



(TRADICIÓN MEXICANA.) 



JLXj SXiCZliTSliT'X'X: JPO^lTJi^ Q-JJXIjXj^TÍ,1^0 FTi,XJS¡TO, 



EL TECOLOTE. 



DeMto mi TOS en Mllosot, me aflijo al 
recordar que debemos abandonar las be- 
llas florea 

CantartM Mexieanoi. Trad. de loe Srei. 
BrÍDton 7 YigU. (Oa&tar XI.) 



Duerme, lago de Texcoco, 
reposa, bendito lago, 
que ya muy pronto la luna 
en tí quebrará sus rayos. 

Ya el crepúsculo se esconde 
tras de los montes lejanos. 



LAS ROCAS DEL LAGO. 8» 



y deja tras si una cauda 
de celajes encamados 
que flotan como las plumas 
de algún sangriento penacho. 

Duerme, lago cristalino; 
y mientras duermes, ufanos, 
arrojarán á tus ondas 
los jardines solitarios, 
yoloxóchiles fragantes, 
floripondios de alabastro, 
cempoalxóchiles de oro, 
cacomites atigrados. 

Duerme, lago de los indios, 
reposa, bendito lago: 
TenochtiUán y Texcoco 
están tu suefio velando! 

Ya la noche con un beso 
cerró á la tarde los párpados, 
y la luna melancólica 
lentamente se ha elevado. 
Las apipizcas se fueron; 
las gallaretas callaron; 
huyen, volando en parvadas, 
las garcetas y los patos. . . . 
¡Tenochtitlán y Texcoco 
están tu suefio velando! 
Deja que adornen tu frente 
los jardines perfumados; 
deja, lago, que en tus ondas 
la luna empape sus rayos! 

*** 
Pasan las horas.... la nube, 
que el horizonte azulado 
manchó un instante, subiendo 
oculta la faz del astro. 
Se oscurece....! Cruza un ave 
por los tulares cercanos, 



m AKVIBTA NACIOHAL. 



y el canto del tecolote 
resuena, triste, en los campos! 
Llega.... sus ojos de lumbre 
se reflejan en el lago; 
llega. ... y el vuelo detiene 
entre las frondas de un árbol, 
y se ven allí sus ojos 
pavorosos.... flameando, 
como topados dé fuego 

en la tiniebla engarzados 

¡Eh! ¿quién viene...? se oye el ruido 
de algunos remos, lejano; 
y, en las chinampas, los ecos 
están prestos esperando. 
¿Quién se aproxima...? Más cerca 
se oye el rumor temerario, 
y sus alas impalpables 
•despliegan los ecos raudos. 
¡Ea! ¿quién pasa...? De la luna 
se rasga el tenue sudario, 
y su luz tiñendo el aire 

cae sobre el agua jugando 

¡Ah, mirad! ¡una canoa! 
¡Parece un ánade blanco, 
que va tejiendo una cinta 
de diamantes sobre el lagol 
Dos indios bogan en ella, 
dos indios enamorados, 
•que á Texcoco se dirigen 

lentamente, conversando 

T se aleja la canoa 

:¡Parece un ánade blanco! 

*** 
¡Qué pequeüa es la cabafía 
y qué humilde! Su cercado 
es una malla de tules 
•donde canta* el aire patrio; 



liAS ROCAS DEL LAQO. 886 



con otates de la Sierra 

sus paredes se formaron; 

y su techo está tejido 

con las pencas que en el campo 

los magueyes abandonan, 

de dar su néctar cansados. 

Y desembarcan los indios, 
y avanzan con lento paso 
hacia la pobre cabafia 
que es de su amor el palacio.... 
Oh! llorosa Tepazula! 
Oh! palomita del lago! 
iQué linda es tu faz! Tú tienes 
más sangre en los gruesos labios, 
que la que ofrece en sus fiestas 
á Dios, el Teocali santo; 
tu tez el pifión envidia; 
y tus ojos desmayados 
son negros como los frutos 
del capulin.... Y tu amado, 
ese guerrero que esconde 
la tempestad de su cráneo 
bajo el plumaje del águila 
que ñnge su rudo casco, 
ése también es hermoso: 
moreno, esbelto y bizarro.... 
Oh! Nopaltzín.... Tepazula, 
ya oyó vuestro beso el lago....! 

Los dos indios se contemplan; 
avanzan con lento paso, 
en el umbral se detienen, 
se besan más, sollozando, 
y ella penetra en la choza, 
y él se aleja cabizbajo. 

*** 
Duerme el lago de Texcoco ; 
reposa el bendito lago, 



886 REVISTA NACIONAL. 



y el indio, de su canoa 
desata los rudos lazos ; 
nervioso empufia los remos, 
se va alejando, alejando, 
y derrama su tristeza 
en la soledad del lago ! 
I Canta ! que á veces el hombre, 
de llorar avergonzado, 
forma notas con las lágrimas 
y eleva, entonces, un canto ! 

¡Canta! y su voz se deshace, 

como el humo, en el espacio: 

''Tepazula Tepazula 

oh! tortolita del lago! 

mi voz desato en sollozos, 

y me aflijo, recordando 

que abandonar es preciso 

las flores de nuestros prados. 

Aguarda, vc^ á la guerra. 

¡Nuestro amor no será esclavo!". 

Desparece la canoa 

en el confin azulado 

y pasa el tiempo! La nube, 

que su bandera de raso 
prendió en el cielo, la extiende 
cubriendo la faz del astro. 

Atended! En los tulares 

se oye un rumor funerario : 
palidecen las estrellas, 
de terror, en el espacio ; 
se ven dos dardos de fuego 
en la tiniebla clavados, 
y el canto del tecolote 
solemne inunda los campos! 




LAS KOCAS DEL LAGO. 8S7 



II 

LAS DOS ROCAS. 



" Que mi alma m enmelTa ea Tarlaa floral ; 
que M cmbrlafiM oon ellas, porque pronto debo 
ausentarme, llorando ante la ftw de nncetra 
madre.... 

... .70 Í07 miserable oomo la última flor 

Oamtarm Mexicano* (Cantares XI 7 XYin.) 



No es verdad ! no fué derrota 
el final de esa batalla : 
no se rindieron los indios, 
se deshicieron sus armas ! 
No es verdad ! no fué valiente 
la conquistadora raza, 
que despertando los odios 
de los pueblos del Anáhuac, 
los unió para arrojarlos, 
como leones con rabia, 
sobre el grupo de gigantes 
que á Tenochtitlán guardaban. 
No es verdad ! El honor pide 
que haya igualdad en las armas, 
y alli la flecha era débil, 
y alli eran fuertes las balas ; * 
jamás se partió el acero 
al golpe de la obsidiana, 
y el heroísmo fué inútil 
ante la traición armada! 
Vencer así no es victoria ! 
i Hundir de un golpe una raza 
que al encontrarse sin fuerzas, 

y débil y desarmada, 

aún se defiende y, sublime, 
de su existencia hace un arma ! 

i ah, no es victoria ! Por eso 

aún vives, tribu bizarra ; 
por eso en las tibias noches 

R. K.— T. II-M 



ttS REVISTA NACIONAL. 



de la tierra americana, 
los que nos hemos dormido 
en el seno de tu patria, 
solemos oirtus pasos 
allá en el fondo del alma! 

¡Salud! Ya puedes altiva, 

vivir la vida sagrada 

que llaman gloria los hombres, 

¡Salud! ¡Levántate, y anda! 

**♦ 

Duerme, lago de Texcoco ; 
duerme, serena tus aguas, 
que ya tendió la tormenta, 
rendida, sus fuertes alas ! 

Se va! Mírala: recoge 

su clámide ensangrentada; 
aún quiere lanzar su fuego 
sobre las frentes de nácar 

de los volcanes y en vano! 

que ya las fuerzas le faltan, 

y se aleja y palidece 

y silenciosa se apaga ; 

¡ ay ! sabedlo : ¡ no la alientan 

de Cuauhtemoc las miradas ! 

Ya el rey cayó ; ya su cetro 
le quitaron, y ya España 
recibe, alegre, en sus brazos 

el cadáver del Anáhuac! 

1 Tal vez por eso anochece ! 
¡ Tal vez por eso en bandadas 
se alejan del triste lago 
fúnebremente las garzas ! 
¡ Tal vez por eso la luna 
se ha levantado tan pálida! 

¡ Quién sabe ! Los chupam irtos 

— arco -iris de la enramada — , 
los pájaros zumbadores 




LAS KOCAS DEL LAQO. 8» 



que — trémulas esmeraldas — 
daban reflejos al aire 
y al nido rumor de alas; 
los gorriones que en los fresnos 
alegremente charlaban, 
cuando á la aurora despierten 

¿no llorarán por la patria? 

Duerme, lago de Texcoco ; 
que no contemplen tus aguas 
de Tenochtitlán las ruinas 
húmedas y ensangrentadas : 
allí agitan las hogueras 
sus desinfectantes llamas, 
alli las hambrientas turbas, 
enflaquecidas y pálidas, 
avanzan sobre cadáveres 

y sobre escombros, calladas 

Flores, aves, lagos, montes, 
sollozad por el Anáhuac! 



*** 



Ya es media noche ; es la hora 
en que Tláloo— dios del agua — 
visita del triste lago 
las cristalinas comarcas. 
Al reflejo de la luna 
brillan las hierbas mojadas, 
y doblan lánguidamente 
las entumecidas ramas 
que desfloró el aguacero 
con el choque de sus alas ; 
y allá en los inmensos llanos, 
y allá en las tristes calzadas, 
como escuadrones de muertos 
se ven las turbas que pasan : 

son los indios ¡los vencidos! 

7 avanzan lentos, con calma. 



340 REVISTA NACIONAL. 



sin llorar, porque en sus ojos 
el valor secó las lágrimas ! 
Ay ! el rumor que se escucha 
de sollozos y plegarias, 
no es la expresión de sus duelos 
ni la expresión de sus ansias, 
es el rumor funerario 
de las cadenas que arrastran. 
En Texcoco, en la ribera, 
está esperando una barca ; 
en ella una joven india, 
inmóvil, también aguarda: 

es la pobre Tepazula 

Amapola del Anáhuac, 

¿ qué piensas ?. . . ¿ á* quién esperas ? 

¿á quién sollozando llamas? 

¿á tu patria vencedora? 
¡ infeliz ! murió tu patria ! 

¿á tu amor? ése no ha muerto, 

y viene á tí como el águila, 
que triste retoma al nido 
después de romper sus garras ! 

Por eso lejos muy lejos 

se escuoha una voz que canta : 
"Tepazula, Tepazula, 
si pereció nuestra patria, 
nuestro amor no será esclavo : 
espera, tórtola, aguarda!^* 



*** 



Ved : se aleja la canoa 
sacando astillas de plata! 
¡Con qué ternura sonríe 
la pareja enamorada I 
La Madre Naturaleza 
al silencio entregó su arpa, 
y solo á turbar se atreven 



LAS ROCAS DEL LAGO. 811 



la majestad de su calma, 
el temblor de algunas hojas 
ó el roce de algunas alas. 

Y el indio suelta los remos, 
crispa las manos, se para, 
golpea su frente, del casco 

las corvas plumas arranca, 
y grita con voz de trueno 
que hasta el conñn se dilata: 

"i Sí, morir! Yo no soporto 

la esclavitud del Anáhuac ! 

i Que el alma se envuelva en flores, 

que se embriague al aspirarlas, 

porque pronto he de ausentarme 

de ti, mi madre, mi patria ! '* 

Y los ecos huyen raudos, 

y tornan de las montañas, 

y emprenden de nuevo el vuelo 

llevando en sus tenues alas 

las frases sollozadoras 

de una voz apasionada: 

" Ay ! yo soy más miserable 

que la última flor — exclama — 

yo también te quiero mucho, 

mí tierra, mi linda garza. 

Nopal tzin, muero contigo 

¿Adonde irán nuestras almas?" 

Y los amantes, serenos, 
tienden, mudos, sus miradas 
por los campos, por los montes, 
por el cielo y por el agua ; 

se contemplan ; por sus labios 
discurre sonrisa amarga ; 
sus manos trémulas unen ; 

nerviosamente se abrazan 

¡un suspiro! luego un beso!...., 

¡ y ai triste lago se lanzan ! 



Ma REVISTA NACIONAL. 



¿Qué VOZ grita entre las olas? 
¿Por qué los pájaros cantan? 
¡Ea! ¿quién viene por los campos 
rompiendo todas las ramas? 

El lago agita convulso 
su manto de plumas blancas ; 
y dos rocas, que la luna 
envuelve con luz de nácar, 
dos rocas que no existían, 
enlazándose, abrazadas, 
con solemne y hondo estruendo 

surgen del fondo del agua! 

Obi Nopaltzin Tepazula, 

os manda un beso la patria! 



III 



EL ÁGUILA. 



Al pMMu* oigo como rí Terdaderamente 
laf rocas rcupondlenuí á lo^ daloe* canto* 
d« lat flores ; responden las laclen tes j 
murmuradoras aguas ; la fuente axnlada 
canta, se estrella y Toelre á cantar. . . . 

C mm ímrt » MexieanM (Cantar I.) 



Dejadla! que tienda el vuelo, 
que altiva las nubes rasgue, 
y que en la luz de la aurora 
sus fuertes alas empape! 
Tiene derecho: es la reina 
magnifica de los aires ; 

es el águila! ¡Qué hermosa I 

Corvo el pico ; flameante, 
la amarillenta pupila; 
la pluma morena y suave ; 
chata la frente, la garra 
siempre dispuesta al combate, 



LAS ROCAS DEL LAGO. 8« 



y el ademán victorioso^ 
á la vez dulce y salvaje I 

Y en el espacio la aurora 
su rojo cofre entreabre, 
y da al cielo flecos de oro , 
y da á la tierra diamantes. 
A lo lejos, pensativos, 
se yerguen los dos volcanes ; 
México eleva su» torres 
que fresco acaricia el aire ; 
el aroma de los campos 
corre despertando el valle, 
y el otoflo sóndente 
sacude, alegre, los árboles 
para que inunden las huertas» 
ya picados por las av«s, 
duraznos de terciopelo, 
madroños color de sangre. 

El sol asciende ; y el lago 
de Texcoco, iluminándose, 
sus rocas al sol ensefla, 
sus rocas, donde el ramaje 
ofrece sombra y reposo 
á las palomas del valle 

Labriegos que vuestro arado 
gastáis en la triste margen, 
¿porqué miráis esas rocas 
con terror? — ¡Dios nos ampare! 
Porque en las noches de luna, 
cuando el sueño al mundo invade, 
se besan allí dos muertos; 
¡dos muertos que son amantes I*— 

*** 
Un instante, y después otro, 
y después miles de instantes 
indiferentes formaron 
trescientos afios cabales. 



Há BEVUrrA XACIONAL. 



Oh! Nopaltzin Tqmziila, 

^acasomeob? ¡Quién sabe! 

¡Los muertos ¡ay! aunque escuchen 

jamás contestan á nadie! 

Cuando, tristes, vuestras almas 

llegan en alas del aire, 

y en las rocas de Texcoco 

se besan dulces y amantes, 

¿vienen acaso buscando 

á sus dioses tutelares? 

¿Buscan, acaso, anhelosas 

el ignorado paraje 

donde reposan los huesos 

de Cuauhtemotzin el grande ? 

¿Buscan, acaso, el arrojo 

de aquel pueblo de gigantes 

para llevarlo á las nubes 

y formar mil tempestades? 

i Ah ! no vengáis, pobres almas ; 

no vengáis, muertos errantes ! 

La noche guarda á la tierra 
en su cofre de azabache ; 
brillan dos ojos de lumbre 

en el fondo del paisaje 

lEl tecolote! ¿Quién viene? 

''¡Virgen santal ¡Los amantes!** 

dicen las gentes del pueblo, 
rezan algo santiguándose, 
y después, en la alta noche, 
cuando el sueño al mundo invade, 
se escucha el rumor de un beso 
que inunda, lánguido, el valle! 



*** 



¿Será verdad lo que cuentan? 

¿Quién fué testigo? ¡Dios sabe! 

Pero dicen que al reflejo 



LAS ROCAS DEL LaGO. dl5 

de una alborada radiante^ 
á mediados de Septiembre 
del año de diez, de sangre 
se tifió un momento el lago, 
y un momento tembló el valle. 
Y dicen que por el cielo 
vino un águila salvaje ; 
que en las rocas de Texcoco, 
detuvo el vuelo un instante; 
que en ellas dejó una rama 
de laurel, j que en los árboles 
de la ribera sonaron 
desconocidos cantares 

¡ Pueblo ! entonces ¿qué sentiste? 
¿qué cantaste en tus romances? 
¡ La libertad te dio un beso, 
y tú también la besaste! 

El terror huyó vencido. 
Los cercanos habitantes 
no hablaron de almas en pena, 
sino de honor y combate ; 
y ya no volvieron nunca, 
en la alta noche, á besarse 
sobre las rocas del lago, 
las almas de los amantes. 

¡Oh libertad! Bendecidla, 

campos, montes, flores, aves ! ! 



*** 



Habla el lago de Texcoco 
en voz baja á los tulares, 
y lo que dice indiscreto, 
escucha, al pasar, el aire. 



1 



W6 REVISTA NAOlONAl . 



Tras de la sierra de Ajusco 
desciende, lenta, la tarde ; 
y prendiendo una guirnalda 
de luz á los dos volcanes, 
el iris finge en el éter 
un pabellón trígarante 

¡Ehl ¿Quién viene allá á lo lejos? 
¿Qué rumor inunda el valle? 
¿Quién pone un arpa en mis manos? 

¡Es la Tradición! esa ave 

que llega buscando el nido 
donde duermen mis cantares! 

¡ Oh Anáhuac ! — ¡ nave incendiada 
sobre un océano de sangre I — 
I Oh ! pueblo de héroes sublimes ! 
I Oh ! Cuauhtemoc admirable ! 

¡ Oh ! Nopal tzin Tepazula 

melancólicos amantes! 

¡Despertad! venid! un beso 

poned en mi arpa anhelante, 

y vivid, siquiera un día, 

en brazos de m is romances ! 

Mas ya la noche callada 
cerró tus párpados, Tarde! 

¡Qué obscuridad! ¿Quién se agita 

entre los mustios tulares? 

¡El tecolote! Miradlo: 

lánguido y roto el plumaje; 

los anchos ojos sin brillo ; 

triste mudo ¡ agonizante ! 

México, Septiembre 19 de 1889. 

José M. BUSTILLOS. 



ABEJA. 817 



ABEJA. 



l^Conñnúa,'] 

CAPITULO XVIII. 

EN EL CUAL EL REY LOG EMPRENDE ÜN TERRIBLE VIAJV. 

Al salir del pozo de la ciencia, el rey Loe se dirigió á su tesoro, to- 
mó un anillo de un cofre, del cual sólo él tenía la llave, y se lo puso 
en el dedo. El engarce de este anillo despedía una luz viva, porque es- 
taba form^o de una piedra mágica, cuya virtud hará conocer el curso 
de nuestro relato. El rey Loe fué en seguida á su palacio ; se vistió con 
un manto de viaje ; i^e calzó con fuertes botas y tomó su bastón ; des- 
pués comenzó á viajar á través de calles populosas, de grandes cami- 
nos, de pueblos, de galerías de pórfido, de cascadas de petróleo y de 
grutas de cristal, que se comunicaban entre si por estrechas aberturas. 

Parecía pensar, y pronunciaba palabras que no tenían sentido. Pero 
caminaba obstinadamente. Las montafias interrumpían su camino y es- 
calaba las montañas; los precipicios se abrían á sus pies y bajaba por 
los precipicios ; cruzaba los vados; y atravesaba espantosas regiones obs- 
curecidas por vapores de azufre. Caminaba por ardientes lavas donde 
los pies dejaban sus huellas, y tenía el aire de un viajero extremada- 
mente testarudo. Se perdía en cavernas sombrías, donde el agua, fil- 
trándose gota á gota, corría como lágrimas, á lo largo de las algas, y for- 
maba sobre el suelo desigual, lagunas, en las que innumerables crus- 
táceos cruzaban como monstruos. Las tortugas enormes, las langostas, 
los cangrejos gigantescos, las arafías de mar, luchaban á los pies del 
Enano ; después se iban abandonando alguna de sus patas, y desper- 
tando en su fuga á horrorosos pez-espadas, á pulpos seculares, que de 
repente agitaban sus cien brazos, y vomitaban por su pico de pájaro al- 
gún fétido pescado. No obstante esto, el rey avanzaba. Llegó hasta el 
fondo de las cavernas, donde había un amontonamiento de caparazo- 
nes provistos de puntas, de pinzas con dobles sierras, de patas que les 
subían hasta el cuello y de ojos mohines, armados, por último, con lar- 
gos brazos. Trepó por el flanco de la caverna agarrándose á las aspe- 



Mi REVISTA 3ÍACIOXAL 



rezas de la roca : los mónstraos acorazados subían con él, t no se de- 
tOYO sino hasta reconocer y tocar una piedra que sobresalía en medio 
de b bófeda natura]. Tocó con su mágico anillo la piedra, que estalló 
de repente con gran estrépito, y á la Tez una oleada de luz esparció sos 
bellas ondas en la cat ema, y poso en fuga á las bestias que habitaban 
en las tinieblas. 

El rey Loe introdujo la cabeza por la abertura desde donde se perci- 
bía el dia, y tío á Jorge de Blanchelande que se lamentaba en su pri- 
sión de TÍdrio, pensando en Abeja y en la tierra. Porque el rey Loe 
había emprendido su TÍaje para libertar al cautÍTO de las Ondinas. Pe- 
ro al Ter aquella tosca cabeza llena de pelo, de cejas arqueadas, y bar- 
buda, que lo miraba desde el fondo del embudo de crista), Jorge creyó 
qoe le amenazaba un gran peligro, y buscó su espada, sin recordar que 
la había roto en el pecho de la mujer de los ojos Terdes. Sin embar- 
go, el rey Loe le contempló con curiosidad. 

— ¡ Psit ! se dijo, ¡ si es un niflo ! 

Era en efecto un niño muy sencillo, y debía á su gran sencillez el 
haber escapado de los besos, deliciosos y mortales, de la reina de las 
Ondinas. Aristóteles con toda su ciencia, no se hubiera salvado con 
tanta facilidad. 

Jorge, viéndose sin defensa, preguntó : 

— ¿Qué me quieres tosca cabeza? ¿Porqué hacerme mal, si yo nun- 
ca te lo he hecho ? 

El rey Loe respondió con un tono entre jovial y áspero : 

— Bonito mío, no sabéis si me habéis hecho dafío, porque ignoráis 
las causas y los efectos, las acciones reflejas, y en general toda la fílo- 
sofía. Pero no hablemos más de esto. Si no os repugna salir de vues- 
tro embudo, venid por aquí. 

Jorge,se metió al instante en la caverna, deslizándose á lo largo de 
la pared, y, cuando estuvo en salvo : 

— Sois un valiente, pequefio hombre, le dijo á su libertador; os ama- 
ré toda mi vida ¿pero sabéis en donde está Abeja de los Clarides? 

— Sé muchas cosas, respondió el Enano, y principalmente que no 
me gustan las preguntas. 

Jorge, al escuchar estas palabras, permaneció muy confuso, y siguió 
en silencio á su guía, aspirando el aire pesado y negro donde se agita- 
ban los pulpos y los crustáceos. Entonces el rey Loe le dijo con burla: 

— ¡ El camino no es para carruajes, mi joven príncipe ! 



ABEJA. S48 

— Seflor, le respondió Jorge, el camino de la libertad es siempre her- 
moso, y no temo extraviarme siguiendo á mi bienhechor. 

El pequeño rey Loe se mordió los labios. 

Cuando llegaron á las galerías de pórfido, le mostró el joven una es- 
calera, practicada en la roca por los Enanos, para subir á la tierra. 

— He aquí vuestro camino, le dijo, adiós. 

— No me digáis adiós, respondió Jorge; decidme que os volveré á 
ver. Mi vida os pertenece después de lo que habéis hecho por mí. 
El rey Loe respondió : 

— Lo que he hecho, no ha sido por vos, sino por otra. Mejor será 
que no nos volvamos á ver, porque no podríamos queremos. 

Jorge repuso con tono grave y sencillo : 

— No creía que mi libertad me causara un disgusto. Pero asi ha su- 
cedido. Adiós, señor. 

— ¡Buen viaje! exclamó el rey Loe con voz ruda. 

La escalera de los Enanos confinaba con una cantera abandonada, 
que se hallaba situada á menos de una legua del castillo de los Gla- 
ndes. 

El rey Loe prosiguió su camino murmurando : 

— Este muchacho no tiene ni la ciencia ni la riqueza de los Enanos. 
Verdaderamente no sé por qué es querido por Abeja, á menos que lo 
sea, porque es joven, hermoso, fiel y valiente. 

Entró á la ciudad riéndose en sus barbas, como un hombre que ha 
jugado una mala pasada á alguno. Cuando atravesó delante de la casa 
de Abeja, introdujo su tosca cabeza por la ventana, como había hecho 
en el embudo de vidrio, y vio á la joven que bordaba, sobre un velo, ño- 
res de plata. 

— Sed feliz, Abeja, le dijo. 

— Y tú, respondió ella, pequeño rey Loe, ojalá que nunca tengas que 
desear algo, ó por lo menos que sentir. 

Tenía algo que desear, pero en verdad nada que sentir. . Este pensa- 
miento lo hizo comer con buen apetito. Después de haber tomado un 
gran número de faisanes trufados, llamo á Bob. 

— Bob, le dijo, monta sobre tu cuervo; ve á encontrar á la princesa 
de los Enanos y dile que Jorge de Blanchel ande, que fué mucho tiem- 
po prisionero de las Ondinas, está ahora de regreso en los Clarides. 

Dijo, y Bob voló sobre su cuervo. 



KO REVISTA NACIONAL. 



CAPITULO XIX. 

QUE TRATA DEL MARAVILLOSO ENCUENTRO 
QUE TUVO JUAN, EL MAESTRO SASTRE, T DE LA BUENA CANCIÓN QUE LOS PÁJAROS 

DEL SOTO CANTARON Á LA DUQUESA 

Guando Jorge se halló sobre la tierra en que había nacido, la prime- 
ra persona que encontró fué á Juan, el viejo maestro sastre, llevando 
en el brazo un manto rojo del mayordomo del castillo. £1 buen hom- 
bre lanzó un grito á la vista del joven señor. 

— i San Jacobo ! dijo, si no sois monseñor Jorge de Blanchelande, 
que se ahogó en el lago hará veinte años, sois su alma ó el diablo en 
persona. 

— No soy ni alma ni diablo, mi buen Juan, sino Jorge de Blanche- 
lande, que iba á vuestra tienda y os pedia pedacitos de pafio para ha- 
cer vestidos á las muñecas de mi hermana Abeja. 

Pero el buen hombre exclamó : 

— ¿No os habéis ahogado, monseñor? Que contento estoy. Estáis 
muy buen mozo. Mi nieto Pedro, que se subió en mis brazos para ve- 
ros pasar aquel domingo en la mañana, á caballo y al lado de la du- 
quesa, es ahora un buen obrero y un hermoso muchacho. Es, gracias 
á Dios, como os lo digo, monseñor. Se va á poner contentísimo al sa- 
ber que no estáis en el fondo del agua, y que no os han comido los 
pescados, como él creía. Con este motivo tiene la costumbre de decir 
las cosas más chistosas del mundo ; porque está lleno de gracia, mon- 
señor. Es un hecho que se os sintió en todos los Glarides. Prometíais 
mucho en vuestra infancia. Hasta que me muera me acordaTé, que un 
día me pedisteis mi aguja de coser, y como os la negué porque no esta- 
bais en edad de usarla sin peligro, me respondisteis que iríais al bos- 
que á cortar bellas agujas verdes de los sabinos. Dijisteis esto, y toda- 
vía me río. ¡Por mi alma! lo dijisteis. Nuestro pequeño Pedro tiene 
también excelentes respuestas. Es ahora tonelero, á vuestro servicio, 
monseñor. 

— No quiero á otro más que á él. Pero dame, maestro Juan, noti- 
cias de Abeja y déla duquesa. 

— {Oh! ¿de dónde venís, monseñor, si no sabéis que la princesa 
Abeja fué robada, hace siete años, por los Elnanos de la montaña ? Des- 
apareció el mismo día en que fuisteis ahogado, y se puede decir que 




ABEJA. 851 

aquel día los Clarides perdieron sus dos más bellas flores. La duquesa 
tuvo un gran pesar. Por esto digo yo que los poderosos de este mundo 
tienen también sus penas como los más humildes artesanos, y que es- 
ta es una prueba de que todos somos hijos de Adán. En consecuencia, 
lo mismo se debe ver á un perro que á un obispo, como vulgarmente 
se dice. Con tales enseñanzas es como la duquesa ha visto encanecer sus 
cabellos y ha perdido toda su alegría. Y cuando' con traje negro se pa- 
sea en la Primavera, por el huertecillo donde cantan los pájaros, el más 
pequeño de ellos es más digno de envidia que la soberana de los Cla- 
rides. Algunas veces su pena no está sin una poca de esperanza, mon- 
señor ; porque si no tiene noticias de vos, sabe á lo menos por sueños 
que vive su hija Abeja. 

El buen hombre, Juan, decía estas cosas y otras muchas; pero Jorge 
no le escuchó más, desde que le oyó que Abeja era prisionera de los 
Enanos. 

Pensaba : 

— Los Enanos retienen á Abeja bajo la tierra ; un Enano me sacó de 
mi prisión de cristal; no todos estos pequeños hombres tienen las mis- 
mas costumbres; mi libertador no es ciertamente de la raza de aque- 
llos que robaron á mi hermana. 

No sabia qué pensar, sino que debía librar á Abeja. 

Sin embargo, atravesaron la ciudad, y á su paso, las comadres que 
estaban en el umbral de las puertas, se preguntaban entre si, quién era 
este joven extranjero y convenían en que tenía buena presencia. Las 
más avisados, habiendo reconocido al Sr. de Blanchelande, creyeron 
ver una alma en pena y se metían poniéndole la cruz. 

— Es preciso, dijo una vieja, echarle agua bendita y desaparecerá de- 
jando un desagradable olor á azufre. Se llevará al maestro Juan, el sas- 
tre, y lo sumergirá vivo, sin remedio, en las llamas del infíemo. 

— Pocoá poquito, vieja! respondió un vecino, el joven señor está 
muy vivo y más vivo que vos y que yo. Fresco como una rosa parece 
más bien venir de una corte galante que del otro mundo. Viene de le- 
jos, buena señora; testigo, el escudero Francoeur que vino de Roma en 
el San Juan pasado. 

Y Margarita, la segadora, habiendo admirado á Jorge, subió á su apo- 
sento de doncella, y arrodillándose delante de una imagen de la Vir- 
gen Santa: ''Santa Virgen decía, has que encuentre un marido pareci- 
do á este joven señor. ** 



882 REVISTA NACIONAL. 



Cada uno hablaba á su modo del regreso de Jorge, tanto y tan bien, 
que la noticia voló de boca en boca hasta los oídos de la duquesa, que 
á la sazón se paseaba en el huerto. Su corazón latió muy fuerte y es- 
cuchó que todos los pájaros del huertecillo cantaban, anunciando la lle- 
gada de Jorge. 

Francoeur se aproximó á ella respetuosamente y le dijo: 
— Señora duquesa, Jorge de Blanchelande á quien creíais muerto, 
ha regresado ; haré una canción. 
Sin embargo, los pájaros cantaban : 

Cui, cui, cui, cui, cui, cui, 
Sí, sí, sí, sí sí, sí, 
Está aquí, aquí, aquí, aquí, aquí aquí. 
Y cuando ella vio venir al nifio, que había educado comoá un hijo, 
abrió los brazos y cayó desmayada. 

Anatole Frange. 

[Coniinuard.] 



BUtLIOGBAFIÁ. 



lAra de la niñez.-^Asi se intitula un librito publicado últimamente 
en Mérida de Yucatán por el fecundo escritor y poeta D. Rodolfo Me- 
néndez, quien lo ha dedicado á las escuelas latino-americanas. 

Un periódico yucateco, al anunciar la aparición de la lAra de la ni- 
.nez, dice lo siguiente, que hacemos nuestro porque, como el colega 
conocemos y estimamos el librito de que se trata: 

'*E1 sólo titulo de la obrita, que contiene ciento quince pequeflas 
composiciones poéticas manifiesta su carácter y su objeto, siendo á 
nuestro juicio el más provechoso libro de lectura que pudiera ponerse 
en las manos de la niñez. Las ciencias, las artes, las industrias, con 
todas sus múltiples y grandiosas invenciones; los más grandes y más 
nobles sentimientos del corazón humano; la familia, la patria, el ho- 
nor, la virtud; las aspiraciones más honrosas, la gloria, la inmortali- 
dad, todo lo que hay de levantado y de ennoblecedor, está en ese libro 
delineado en preciosos y sencilfós versos de fácil comprensión para 
las inteligencias incipientes. 

/'Creemos un deber de los padres proporcionar uno de esos precio- 
sos libritos para hacer el más saludable obsequio á sus pequeñuelos.^* 



LA NOCHE TRISTE. 868 



LA NOCHE TRISTE. 



Era el Sr. Don Francisco de Hevia, Coronel del Regimiento de Cas- 
tilla, un militar por extremo pundonoroso» valiente y ameritado, y tan 
quisquilloso en punto á cosas del servicio, que pasaba por el jefe más 
exigente y terrible de cuantos sostenían en la Nueva Espafia los dere- 
chos de la corona de Carlos V. 

Nunca placentera risa alegró aquel su rostro moreno, donde pare- 
cían unirse, en simpático maridaje, la viveza fogosa del morisco y la 
energía férrea del castellano. 

Distinguíale, por desgracia, un carácter fatalmente impetuoso y colé- 
rico, del cual se contaban horrores tamafios, y tales, que á ellos atri- 
buían muchos el que no hubiera alcanzado mayores grados en los rea- 
les ejércitos. Ni en formación ceñía la espada, — según fama — por ex- 
presa prohibición del Rey, á causa de haber dado muerte á un recluta^ 
cierto día de parada, cegado por la ira. 

Era tan aseado que, al decir de sus asistentes, tenía tantas camisas 
cuantos días el afio, y nunca se dio caso, ni aun estando de guerra, que 
llevara en los vestidos la más leve mancha. 

Cristiano viejo, como buen castellano, aunque un si es no es malea- 
do por aquel liberalismo regalista y declamador de la Junta de Aran- 
juez, que por boca de Quintana y en proclamas escritas, á juicio de Cap- 
many, en estilo anfibio con voecAtUario francés, desahogó sus opiniones 
histórico -políticas; nuestro coronel andaba muy extraviado en lo que 
toca á fueros eclesiásticos, no embargante lo cual, cumplía casi de dia- 
rio con sus deberes religiosos, como si los tuviera prescritos y amplia- 
mente precisados en la Ordenanza. 

No gustaba de compañeros, ni de ñestas, ni de holganzas, huía de 
aventuras galantes, aunque no era insensible á recatadas femeniles be- 
llezas, y tenía por fruto vedado las alegrías ruidosas de la trashuman- 
te vida militar. Galante y cortés con las damas, cuyo trato no buscaba^ 
pero tampoco veía con desdén, mostrábase carifioso con los niños y leal 
y franco con sus amigos, que eran pocos, y entre los cuales se conta- 

R. H.— T. II— tS 



«I REVISTA NACIONAL. 



1)an uno muy docto y discreto, el Sr. Dr. Don Miguel Valentín y Tama- 
jo, honor y gloría del pulpito mexicano, y otro muy probo y benéfíco, el 
acaudalado peninsular Don Juan Antonio Gómez, de grata memoria, 
introductor de los mangos de Manila y del café en las comarcas cordo- 
bei^as. 

j^lacíale el juego, pero de un modo singular: todos los días pasaba 
largo tiempo, en su casa ó en la fonda, jugando al solitario, entreteni- 
miento infantil que le ponía á salvo de incidentes y lances, asaz peli- 
grosos para un hombre como él de ímpetus tan fíeros. 

Bastaba el nombre de Hevia para alejar las guerrillas insurgentes al- 
gunas leguas en contomo, y á tan activo, perito y afamado jefe debió 
muchos triunfos el poder virreinal y la pacificación de las Villas de Orí- 
zaba y Córdoba, allá por el afio de gracia de 1820. 



IL 

Corría tranquilo el de 19 y los habitantes de la Muy leal Villa de Dri- 
zaba, por herencia pacíficos y laboríosos, gozaban de los beneficios de 
la paz, sin temor de que americanos ó realistas entraran á saco su prós- 
pera ciudad. 

El comercio y la agricultura iban recobrando, aunque poco á poco, 
la actividad perdida; la arrierada del Interior bajaba hacia la Costa, y 
el vecindario comenzaba á reponerse de los perjuicios y dafíos que la 
guerra le causara ; más otras calamidades lo tenían conturbado y en 
aflicción : un terremoto había echado por tierra el tercer cuerpo de la 
torre de la Concordia, suntuoso templo de los PP. Felipenses; el sa- 
rampión arrebataba chiquillos á docenas, y fueríe sequía malogró la 
cosecha de tabaco en la cual cifraban los orizabeflos risueñas esperan- 
zas de pingües, necesitados medros. 

Afligidos y apenados los piadosos moradores de la pluviosa Villa ce- 
lebraron, como de costumbre en tales casos, solemnísima novena á ho- 
nor de la milagrosa imagen del Sr. del Cal varío, — don precioso del 
Ilustrísimo Sr. Obispo de la Puebla Don Juan de Palafox y Mendoza, — 
para pedir misericordia y remedio de males. 

Llenábase de gente, día con día, la modesta y vetusta capilla del ve- 
nerado Crucifijo, á las horas del ejercicio expiatorio, durante el cual se 
rezaba la Vla-sacra, se cantaba la Letania de loé Santos, el Alabado ó 



UL NO(^E TBI8TB. «65 



el Je9Ú8 Amoroso^ ^^ematando — como dicen- los apuntamientos de un 
curioso de entonces — con una fuerte dimplina 6 astotaina.^^ 

Era costumbre en Drizaba, en aquellos tiempos de severa piedad y 
liéroico amor patrio, cuando alguna calamidad afligía á los vednos — 
y muy grande fué para ellos la pérdida de las cosechas — que el Cabil- 
do dirigiera atento ofício al M. R. P. Guardián del Colegio Apostélico 
de San José de Gracia, pidiendo misión publicad la benemérita Comu- 
nidad. Esta accedía gustosa, y á los pocos días se daba comienzo al 
cristiano ejercicio. 

Pidió misión esa vez el Muy Ilustre Ayuntamiento, presidido á lasa» 
zón por uno de sus más conspicuos vecinos, y, con asistencia del Ca- 
bildo, principiaron los buenos frailes franciscos su evangélica tarea en 
la primera quincena del mes de Octubre, á tiempo que una oompafila 
de volatines y faranduleros, capitaneada por un payaso de fama llama- 
do Félix Cancela, tendía maromas, alzaba tablado y sacudía sus aram- 
beles en la casa de la Ronca Llanos, dueña de un corral ó palenque de 
gallos situado á espalda de la capilla en que se celebraban los cultos 
expiatorios. 

Ya verás, lector mío, como la farándula provocó un ooíw belU, po- 
niendo frente á frente la espada y la Cogulla. 



III 

Viernes 15 de Octubre, día de Santa Teresa^ tercero ó cuarto demi- 
sión, después de las preces reglamentarias salieron los Padres del tem- 
plo parroquial. 

Tocaban rogativa las campanas, y los buenos frailes franciscanos, se- 
guidos de sus legos y crucifijo en mano, al frente de diversos numero- 
sos grupos, tomaron por distintos barrios de la Villa, cantando el him- 
no de los Corazones^ llamando á penitencia y dirigiendo á los tibios é 
indiferentes con quienes se topaban al paso puuzadoras saetillas. . . 

Así llamaban á ciertas coplillas ó versos sueltos, de artemíniípa, con 
que daban descanso al rezar y oportuno alivio al fatigado predicador. 

En la calle más amplia, en la encrucijada más cómoda se cumplían 
los actos principales del ejercicio. Allí proporcionaban los vecinos una 
mesa monumental, de aquellas de pesado cedro y ga):ras de león, in- 
destructibles y casi eternas, que pronto quedaba convertida en pulpito, 



866 REVISTA KAOIONAL. 



á las veces sustentador de notables predicadores en quienes rebosaban, 
y justo es decirlo, sólida elocuencia y efícaz unción. 

Terminado, entre lágrimas, el vehemente discurso, seguía adelante 
la procesión para detenerse en la plazuela próxima donde el acto era 
repetido. 

Asi el numeroso concurso podía escuchar, y escuchaba, conmovido 
y lloroso, tres ó cuatro sermones que le movían á penitencia y á vivo 
dolor de sus pecados. 

Al caer la tarde, cuando la noche bajaba á todo correr de los cerros 
cercanos, uno de los grupos, presidido por Joaquín Ferrando, y que ve- 
nía del no distante monasterio del Carmen, acertó á detenerse, no se 
sabe si casual ó intencionalmente, junto al palenque de la Llanos, don- 
de volatines y faranduleros se daban á Satanás, lamentando la fsdta de 
concurrentes que no llegaban á admirar los chistes y glosas de Cance- 
la, el salto mortal de su más hábil volteador y el saínete incomparable 
que daría término á la fíesta. 

Predicaban frente al palenque los franciscos, y, cosa rara en frailes 
españoles, tronaban contra el teatro al igual del mismísimo Juan Jaco- 
bo Rousseau. 

Desesperados los volatines y temerosos de un quebranto, que no evi- 
taron, no sabían qué hacer, hasta que al fin Cancela, enharinado, pin- 
tarrajeado de mil colores y vestido ya con su grotesco traje sembrado 
de oropeles, se decidió á jugar el todo por el todo. 

Algunas personas tertuliaban al pié del tablado, y eran, el Subdele- 
gado Don Pedro María Fernández; algunos oficiales del Batallón de 
Castilla; mi abuelo paterno, cuyo nombre llevo y que había salido 
de Córdoba con su familia, huyendo del vómito que aquel afio hacía de 
las suyas en la Villa de los Treinta Caballeros y con ellos el mis- 
mísimo Hevia, que, por caso raro, había dejado aquella tarde su par- 
tida de solitario. 

Dirigióse Cancela al Coronel, acaso porque de sus pocas pulgas y de 
su enérgico carácter esperaba eficaz remedio, y quejóse del mal éxito 
del espectáculo anunciado, por culpa de los PP. que á la puerta echa- 
ban rayos y centellas contra la diversión, con perjuicio de la compañía. 

Oyóle paciente el irascible Coronel y cambiando, en voz baja, bre- 
ves y terminantes palabras con el Subdelegado le ordenó que prestara 
aCensióñ á los quejosos. Don Pedro María Fernández salió al punto, y 
suplicó á loa misioneros que fueran á continuar sus sermones á sitio 



Ik 



ul noche triste. asr 



más apropiado, y obedientes los frailes tomaron calle arriba hasta la 
plaza del Cura y casa de Don José Bermúdez, hoy esquina de la 4* ca- 
lle det Calvario y 3* de San Rafael. 

Pero ni por esas venía la gente al espectáculo, y Hevia, que tal vez 
deseaba dar en él esparcimiento á su ánimo, comenzó á impacientarse, 
y hablando con uno de la farándula supo que los franciscos seguían 
predicando no lejos del improvisado coliseo. Montó en ira al oírlo y 
haciendo á los oficiales presentes imperioso ademán para que le siguie- 
ran, salió rumbo al lugar indicado. 

A poco andar se encontró con la multitud que arrodillada escucha- 
ba el sermón, y pasando entre ella con no poco trabajo, que duplicaba 
lo violento de su ánimo, emprendió acercarse al orador; más no había 
llegado aún, cuando blandiendo el bastón por lo alto principió á gritar 
en tono de mal reprimida cólera: 

— Padre, ya le mandé decir que fuera á predicar al Convento! 

£1 misionero seguía su discurso sin darse cuenta de lo que sucedíai 
cuando el pueblo, que había comprendido ya la actitud amenazante de 
Hevia, prorrumpió en gritos tremendos de " / Viva Jetús / " " / Muera 
d Demonio r^ que por tal tuvieron las mujeres y muchos hombres al 
impío que así iba en camino de arremeter contra el que predicaba el 
Evangelio. 

Un joven llamado Ángulo, lechuguino de baja clase é hijo de una 
viuda que, al decir de los contemporáneos, no era de malos bigotes, ni 
de santa vida, logró arrebatar á Hevia el bastoncillo, yendo, en pocos 
segundos, la valiosa caña hasta las manos del orador. 

Esto fué como la señal de ataque: todas las mugeres se precipitaron 
contra el irritado militar, dando sobre él á golpes y pellizcos. 

A duras penas logró salir del paso, y retrocediendo tomó por las ca- 
lles hoy nombradas de San Miguel, de la Bóveda y de la Factoría, has- 
ta las casas del Marqués de la Colina, frente á la plaza del mercado, 
donde estaba el cuartel. Entró echando espuma y desde la puerta del 
cuarto de banderas gritó con voz tronante: — i Granaderos,'arriba! ¡Car- 
guen! 

A poco salió al frente de los granaderos, que mandaba el Capitán 
Pasaron, y protegido por la obscuridad formó á sus soldados al costa- 
do de la Parroquia cuyo cementerio estaba entonces rodeado de altos 
muros, como los que ahora vemos en la iglesia del Carmen. 

Las mujeres saboreaban su triunfo, el sermón había concluido y frai- 



858 BEVJBTA NACIONAL. 



les y devotos cantaban el Alabado, cuando de pronto una voz terrífica 
loshizo callar. 

— I Apunten ! ¡ Fuego ! 

Y sonó una descarga. Por fortuna Pasaron había ordenado por lo ba- 
jo á sus soldados que dispararan al aire^ . - . > 

.Hevia naandó cargar de nuevo, pero no había sobre quienes tirai*. La 
multitud se había dispersado, buscando refugio en las casas vecinas y 
por las calles próximas. El belicoso jefe refrenó sus iras y dispuso qu^ 
los granaderos volvieran al Cuartel. . • « . . 

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IV, 

••••.. ■ ■ ■ • • • • . • • , . 

Esto es to que en nuestras tradiciones locales se conoce con el nóm- 
bre de noche triste de Qrizaba y derrota de Hevia por las viejas. 
Noche triste fué aquélla para todos, noche de zozobras y de susto. 

• • ' • • • * 

Sq cuenta que al día siguiente la plaza del Cura estaba cubierta de som- 
brero6« rebqsfqs, chanclas y sarapes, que sus dueños no se habían atre- 
vido á recoger. . 

. El. 16.de Octubre, antes del medio día, la Comunidad del Colegio 
Apostólico de San José de Gracia, representado por sus miembros más 
distinguidos, y presidida por su guardián, que lo era un santo varón 
trasunto de los Gante y Motolinia, fray Lorenzo Socíes, dio á Hevia en 
su alojamiento, humildísima satisfacción por los sucesos de la víspera, 
pidiéndole que olvidara todo, y rogándole por Jesucristo crudjusado que 
viera con ojos de piedad á los devotos y pacíficos habitantes de la " Muy 
leal Villa de Orizaba, " 

Drizaba, Septiembre de 1889. 

Rafael Delgado. 




DATOS PARA LA BIOGRAFÍA DE D. MARIANO ARISTA. 8»* 



DATOS 



PARA LA biografía BE B. MARIANO ARISTA. 



Sin tiempo ni pretensiones, no daré, en este humildísimo tral>ajo 
más de lo que ofrece su titulo, que es á la vez su argumento ; logrará 
mi labor valiosa recompensa, si utilizándola alguien que disponga de 
lo primero y merezca tener las segundas, puede y quiere escribir la his^* 
toria de uño de los más probos y menos afortunados gobernantes de 
México: si tal hace, estará seguro de haberla emprendido sobre docu- 
mentos fehacientes, que originales tengo en mi poder y he presentado 
á la Dirección y Secretaría de la '^Revista Nacional de Letras y Cien- 
cias. " Por mi parte, pongo punto aquí á esta introducción ó, mejor di- 
cho, advertencia, y paso á coordinar los datos á que me refiero, dando 
principio por la Fe de Bautismo que, á la letra dice : 

" En el afio del Señor de mil ochocientos dos, en diez y nueve di& 
Julio, en la Iglesia Parroquial de esta ciudad de San Luis Potosí : Yo el 
Bachiller Don José Mateo Braceras, Sacristán Mayor Substituto de es- 
ta dicha Parroquia de licencia que me confirió el Licenciado Don José 
Anastasio Sámano, Cura por S. M. de esta dicha Ciudad y su Partido» 
etc., bauticé solemnemente, puse óleo y crisma á un infante español de 
tres días de nacido, al cual puse por nombre José Mariano Martín Bue- 
naventura Ignacio Nepomuceno, hijo legitimo de Don Pedro García de 
Arista, Ayudante Mayor del Regimiento Provincial de Dragones de San 
Carlos, natural de la ciudad de Lorca, Reino de Murcia en Castilla, y 
de Doña Juana Nuez y Arruti, natural de la ciudad de Puebla. Abue* 
los paternos Don Juan Francisco García de Arista, y Doña María Sán- 
chez Tejedor, de los Reinos de Castilla ; Abuelos matemos Don Félix 
Nuez, Teniente veterano del Regimiento Provincial de Dragones de la 
Reina, natural de Aragón, y Doña María Gertrudis Arruti, natural de 
Puebla: fueron sus padrinos, Don José Isidro Beltrán, Ayudante de di- 
cho Regimiento de San Carlos, y Doña Josefa Ladrón de Guevara, ve- 
cinos de esta nominada ciudad, á quienes advertí su obligación. Y pa- 



880 REVI8TA NACIONAL. 



ra que cofiste lo firmé con el Sr. Cura. — Lie. José Anastasio de Sá- 
mano. — José Mateo Braceras, — ^Al margen dice; José Mariano Martin 
Buenaventura Ignacio Nepomuceno, Español. '^ 

Cuáles fueron sus primeros pasos en erejército y á qué edad entró á 
servir en él, nos lo dice el siguiente importante documento que tam- 
bién nos dá su retrato : 

''Regimiento de Dragones provinciales de la Puebla de los Angeles. 
— Compañía del Teniente Coronel. — Filiación — Don José Mariano 
Arista, hijo del Sargento Mayor Don Pedro y de Doña Juana Nuez, na- 
tural de San Luis Potosí, dependiente del corregimiento del mismo y 
avecindado en Puebla: su edad Q. S. P. doce años : su Religión C. A. 
R.: sus señales éstas: pelo rubio dorado; ojos negros: color blanco: 
cejas rubias doradas: nariz regular: con diferentes pecas en el rostro. 
Fué admitido de cadete en virtud de superior orden de 18 de Mayo de 
mil ochocientos trece, en la ciudad de Puebla, el día primero de Junio 
de 1813, y se le leyeron las penas que previene la Ordenanza en pun- 
to á deserción, obediencia y falta de subordinación, y lo firmó, quedan- 
do advertido de que es la justificación, y no le servirá disculpa alguna : 
siendo testigos el Teniente Don José Manuel Frías, y el Alférez Don 
Juan de Arista, ambos del mismo cuerpo. — Mariano Arista. — Notas: 
Apruebo á este individuo hoy día de la fecha. — De Llano. — Presen- 
tado en esta caja general de Puebla en primero de Junio de mil ocho- 
cientos trece. — Saavedra. — Pasó en su clase al cuerpo de Lanceros 
con su Padre, en primero de Septiembre de mil ochocientos trece. — 
Mora. — Campañas: En Julio de 1814 se halló en el ataque del Puen- 
te del Rey, dado por los Insurgentes ; pasó á nado un río con la Divi- 
sión del capitán de Dragones de España Don Francisco Arleguí, que 
conducía un carro de Veracruz á Jalapa, en el que perdió todo su equi- 
paje. En Noviembre de 1815 en el de Vergara, á una legua de Vera- 
cruz, al mando del Alférez Don Bernardo Alvarez, con treinta lanceros, 
en el que se mataron tres insurgentes é hirieron dos, cogiéndoles va- 
rias muías y caballos: y en la toma del pueblo de la Boca del Río en 
5 de Enero de 1815. — Volvió al Regimiento con dicho su Padreen 1? 
de Febrero de 1816. — Qalebras. — Pasa al Regimiento de Dragones de 
México de orden del Sr. Subinspector, y va satisfecho de sus haberes, 
hasta el día de la fecha. — Puebla 31 de Diciembre de 1816. — Anto- 
nio Culebras. — Fué promovido á Portaguión por despacho provisio- 
nal del Exmo. Sr. Virrey, Don Juan Ruiz de Apodaca, el 8 de Octubre 



DATOS PARA LA BIOORAFIA DE D. MARIANO ARISTA. 861 

de 1818. — Martd, — Regimiento de Dragones de México. — El Porta 
Guión Don José Mariano Arista, su edad diez y ocho afios, su país San 
Luis Potosí, su calidad noble, su salud robusta, sus servicios y circuns- 
tancias los que se expresan : cadete en Provinciales, cinco aftos, cuatro 
meses, siete días : Porta Guión, dos meses, veintitrés días : total de tiem- 
po que sirve hasta fin de Diciembre de 1818, cinco afios, siete meses. 
— Regimientos donde ha servido y clasificación de sus servicios con 
arreglo á las Reales Ordenes de 26 de Noviembre de 1814, 20 de Abril 
de 1815, aclaración de 11 de Junio del mismo afio, y Superior Decre- 
to del Exmo. Sr. Virrey, Don Félix María Calleja de 22 de Marzo de 
1816: en Provinciales de Puebla un afio, un mes, cuatro días: en lan- 
ceros de Veracruz, dos afios, cuatro meses, veintisiete días : en Drago- 
nes de México, dos afios veintinueve días: abono de campafia desde 1* 
de Junio de 1813 hasta fin de 1818, según Superior Decreto del Exmo. 
Sr. Virrey, Don Félix María Calleja, de 22 de Marzo de 1816, cinco 
afios siete meses.— Total de servicios deducido el Pasivo, once afios, 
dos meses. — En Julio de 1814 se halló en el ataque delPuente del Rey : 
en Noviembre de 1815 en el de Vergara: y en la toma del pueblo de 
Boca del Rio en 5 de Enero de 1815. — De Ayudante de órdenes del 
Sr. Brigadier Don Ciríaco del Llano, Comandante General de las Pro- 
vincias de Puebla y Veracruz, el tiempo de diez meses en el afio de 
1818, saliendo con dicho Jefe en los rigurosos meses de lluvias de Ju- 
lio y parte de Agosto, á recorrer y expedicionar todo el camino militar 
desde Jalapa á Veracruz y sus inmediaciones. — En Noviembre de dicho 
afio de Ayudante del Sr. Coronel Don José Barradas en el numeroso 
convoy de platas que este Jefe condujo á Veracruz, desdé cuya plaza sa- 
lió con toda la División de dicho convoy á sorprender á los rebeldes 
de Venta de Arriba y Nuhuistla, lográndose recoger algunas familias y 
porción de caballos. Regresó con el propio convoy de efectos de Jala- 
pa, sin haberse perdido lo más mínimo. En 20 de Diciembre del pro- 
pio afio, salió con la División expedicionaria del mismo Sr. Coronel 
Don José Barradas, y de su Ayudante de órdenes, al Barejonal, contra 
las gavillas del cabecilla Guadalupe Victoria, en cuya acción logró dis- 
tinguirse y mereció particular recomendación de dicho Jefe. Sucesiva- 
mente en 28 del referido Diciembre se halló en la sorpresa que el 30 
del propio mes, dio en la Barranca de Palmas á la reunión de Victoria 
el Sargento Mayor de caballería de Veracruz Don José Ignacio Iberri 
(procedente de la División del Sr. Barradas), con cuyo Jefe fué Ayu- 



)» ACVJUrTA VACIONAU 



dante, habiéndolo pedido con mucha instancia antes de nombrarle. En 
dicha sorpresa fué derrotada toda la infantería rebelde del traidor Vic- 
toria, y de sus resultas se indultaron los cabecillas y tropa enemiga que 
le seguía j quedó tranquila toda la banda derecha del camino de Vera- 
cruz, mereciendo este oficial particular recomendación de los expresa- 
dos Jefes, j del Sr. Comandante General de las provincias de Puebla y 
Veraeruz. — Por Tacante del Sargento Mayor: Pedro María Oü, capi- 
tán. — V? B", El Marqués de Vivanco, — Valor, acreditado: aplicación, 
tiene: capacidad, regular: conducta, buena: estado, soltero. — De Ft- 
varuio,'^ 

Su Hoja de Servicios formada en 30 de Enero de 1851, dá los siguien- 
tes detalles de los servicios de Don Mariano Arista, posteriores á la fe- 
cha de los precedentes documentos: 

** En la Independencia se presentó al Jefe del Ejército Trígarante en 
la sección de San Juan Bautista Miota en 11 de Junio de 1821, con un 
clarín, cinco cabos y veinte dragones del Regimiento de esta arma de 
México, bien vestidos, armados y montados, y á más cincuenta solda- 
dos y paisanos de varios cuerpos, que fueron en el acto incorporados 
en el Batallón de la Libertad. Asistió al sitio de Puebla en el que el 
día 15 de Julio de 1821 fué destacado con veinte dragones de avanza- 
da á la garita de Cholula, y toda la maflana se estuvo tiroteando, has- 
ta que á las cinco y media de la tarde se empeñó el enemigo en quitar- 
le el punto que guarnecía, y no sólo lo defendió con el mayor entusias- 
mo, sino que los rechazó hasta sus parapetos, teniendo las desgracias 
de un dragón muerto, dos dragones y dos caballos heridos ; no pudien- 
do saber la partida del enemigo por haber sido lo más reñido de la ac- 
ción, debajo de los fuegos de San Javier, que era punto contrario. Hi- 
so varias expediciones al mando del Sr. Brigadier Don Pedro Zarzosa. 
Estuvo en el sitio de México, con la circunstancia que fué de la prime- 
ra División que se apostó en el frente de la Villa de Guadalupe, cons- 
tando ésta de cuatrocientos hombres. Estuvo en el ataque de dicha Vi- 
lla de Guadalupe, y desempeñó á satisfacción de Don Pedro Zarzosa 
todas las comisiones que en tiempo de la Independencia se le confía- 
ron. Fué de los militares que levantaron el estandarte de la Libertad 
en Cosa Mata el 2 de Febrero de 1823, mostrando el mayor entusias- 
mo por este sistema, y convenciendo á los soldados que querian mar- 
charse á seguir á Iturbide, y últimamente en el sitio de México, hasta 
que sucumbieron los imperiales y se expulsó al tirano. El 17 de Junio 



DATOS PARA LA BI06HAFIA J>B J>, MARIANO ARISTA. 888 

de 1824 asistió á la acción de la Hacienda de Coamacingo y logró en* 
centrarse en el alcance con un individuo de la gavilla de Góm^z, nom- 
brado el Charro, al que le dio la muerte, después de haber lidiado eon 
un alférez, un sargento y cuatro granaderos de este cuerpo, que salie- 
ron heridos por aquel. Marchó con el 2° Regimiento en el Ejército de 
ReQerva al mando del Sr. General Bustamante el 2 de Septiembre de 
1829. — Se pronunció por el plan de Jalapa, aprobado por la ley de 14 
de Eneróle 1880, en 5 de Diciembre del afío de 1829, hallándose en 
t^das las operaciones del Ejército. — Marchó en 11 del mismo, man- 
dimdo una sección de quinientos caballos, en auxilio de Jos que se ha* 
bian pronunciado por el propio Plan de Puebla, y entró en dicha cru* 
dad el 12 en la tarde, á pesar de cuatro mil cívicos que no admüieroii 
el' plan. De «sta ciudad salió con una sección de infantería y caballcT 
ría sobre México, situándose en San Martin y después agregándose al. 
Ejército. — Estuvo en el mando del cuerpo «n todas sus operaciones; 
há presentado de esta expedición oficios en que los Generales Busta* 
mante y Múzquiz le dan las gracias por su actividad y tino en auxiliar 
á Puebla en menos de dos días, partiendo desde Perote. — El 27 de 
Abril de 1832 marchó con noventa infantes y ciento cincuenta caballoB, 
sobre [Lerma, donde el General Inclán se había pronunciado ; logró 
apaciguar el expresado pronunciamiento ; mas sublevándose de nuevo 
el General González se hizo fuerte con más de setecientos hombres en 
Santa María del Monte, punto militar defendible con poca fuerza; le; 
presentó acción Arista, llamándole antes á avenimiento, de lo' que re- 
sultó que González fué convencido y puesto á las órdenes del Supremo 
Gobierno con toda su tropa, la que el expresado coronel Arista condu*. 
jo á México sin la menor deserción, quedando en quince días tranqui- 
lo todo el Valle de Toluca por sus providencias, y en consecuencia me- 
reció que el Supremo Gobierno le diese las gracias por su infatigable 
activid&d, acierto y aptitud. — El 16 de Agosto marchó con la División 
del Interior, mandada en persona por el Exmo. Sr. Presidente Gene- 
neral D. Anastasio Bustamante, llevando á su cargo una sección de ar- 
tillería, infantería y caballería, hasta Querétaro ; apenas llegó á este 
punto se le destinó con sólo ciento cuarenta hombres en auxilio de Mo- 
relia, amenazada por Quijano con más de ochocientos hombres ; la maro- 
cha se ejecutó en tres días y una noche y salvó á este Estado. Luego 
que llegó organizó la guarnición en menos de vemticuatro horas, y sa-. 
lió con pocos má»dvicos eli persecu<ción de las fuerzas disidentes, que 



M4 RBVIErrA NACIONAL. 



huyeron evacuando el Estado, el cual quedando libre y organizado lo 
entregó al General García y se reunió Arista á la División del Interior. 
El Supremo Gobierno General, el particular del Estado, y el General en 
Jefe le dieron por escrito las gracias por tan importante servicio por la 
increíble actividad con que lo practicó. — Constantemente mandó la sec- 
ción de la izquierda en la División del Interior, y habiéndose distingui- 
do esta en la acción del Gallinero, sujetando al enemigo, que constaba 
de siete mil hombres, con sólo cuatrocientos; mar de dos horas, á dis- 
tancia de una legua de las fuerzas restantes del Supremo Gobierno; y 
por los decisivos ataques que recibió de la fuerza enemiga, que siempre 
fué rechazada, logró Arista particular recomendación. — Siguió la sec- 
ción de aquel jefe ocupando los puntos más riesgosos en la marcha 
á Zacatecas, en la que su sección llegó sola hasta dos jomadas de 
esta ciudad. — Después en el auxilio á la capital, la sección del Sr. 
Arista estuvo en Gasa Blanca, siendo la primera en formar la linea 
de batalla, arrollando á los cien caballos que escaramuceaban. — Se 
halló en todos los encuentros que tuvo la División del Jnterior, y fué 
comisionado para celebrar la suspensión de armas, y posteriormente 
el convenio de Zavaleta. — En Diciembre de 1832 fué nombrado por el 
Supremo Gobierno para conducir á Veracruz una conducta de millón y 
medio de pesos, y la <K)ndujo sin la menor novedad. — En Marzo de 
1833, fué nombrado comandante general de México por el Supremo 
Gobierno, y siéndolo fué nombrado en Junio de dicho afio segundo en 
Jefe de la División de Operaciones que á las órdenes del General Pre- 
sidente D. Antonio López de Santa Anna salió de esta capital en prin- 
cipios de dicho mes, y birlándose en el pueblo de Tenango del Aire 
con una sección respetable, se pronunció por el plan que en Huexot- 
zingo se redactó, y en sustancia se reducia á proclamar el sistema cen- 
tral ; por el cual fué dado de baja en el ejército, y perseguido hasta que 
sucumbió su pronunciamiento en Guanajuato, en donde fué hecho pri- 
sionero en Octubre de aquel afio ; y aunque se le garantizó por el Go- 
bierno su vida y libertad, sin embargo fué reducido á prisión estrecha, 
y conducido á México, de donde salió desterrado de la República por 
orden del Supremo Gobierno, y se embarcó en Veracruz en Noviembre 
del mismo afio para los Estados Unidos del Norte.*' 

Los empleos que obtuvo á partir de 1821 fueron según la hoja de 
servicios, los siguientes: En 2 de Marzo de 1821, el de Teniente: en 
26 de Septiembre del mismo, el de Segundo Ayudante : en 12 de Di- 



k 



DATOS PARA LA, BIOGRAFÍA DS D. MARIANO ARISTA. 865 

ciembre del mismo, el grado de Capitán y el de Teniente Coronel : en 
29 de Julio de 1824, el de Capitán efectivo: en 8 de Abril de 1829, el 
de Teniente Coronel: en 12 de Febrero de 1831, el de Coronel: en 
9 de Agosto del mismo, el grado de General de Brigada; y en 11 de Abril 
de 1833, el empleo de General de Brigada efectivo; su despacho de Te- 
niente lo firmó Don Nicolás Bravo ; los de grado de capitán y de co- 
mandante de escuadrón, Don Vicente Guerrero; el de capitán efectivo, 
Don Guadalupe Victoria; el de Teniente Coronel, Don Vicente Guerre- 
ro; el de Coronel y el del grado 'de General de Brigada, Don Anasta- 
sio Bustamante, y el de General de Brigada efectivo, Don Valentín Gó- 
mez Parias. 

Se desprende de esta enumeración de ascensos que en nada perjudi- 
caron al General de Brigada los antecedentes del Alférez que hablada- 
do sus primeros pasos en la carrera militar aeosando á los patriotas. 
Las glorias sobre ellos ad(iuirídas por Don Mariano estaban olvidadas: 
su hoja de servicios formada en 1851 pasa sobre ellas como sobre as- 
cuas, y cautamente se limita á decir: '^En lo pasado tuvo varias accio- 
nes, y en algunas se distinguió, por lo que logró particular recomenda- 
ción de distintos Jefes ; obtuvo comisiones de Ayudante de campo, y 
otras que desempeñó con particularidad y buena disposición. '* Tam- 
bién es verdad que la conversión fué absoluta; entre los más violentos 
escritos contra los españoles, los de Don Mariano Arista pueden pre- 
tender lugar principal. Su Rejuresentación dirigida al Soberano Con- 
greso Nacional en 16 de Agosto de 1831 pidiendo la expulsión de es- 
pañoles es muestra suficiente; dice en ella entre otras cosas: " La ex- 
periencia de lo pasado, el temor de ver nuevamente mi infelice país 
conmovido por nuevas disensiones, y la intima convicción en que es- 
toy de que mis compañeros odian como yo en el fondo de sus corazo- 
nes á sus antiguos dominadores, me ha estimulado á este paso. Juzgo 
que algunos ilusos me criticarán; pero la exhibición de mis ideas será 
recibida benignamente por los que aman el sosiego público y la nacio- 
nalidad en su pureza; el juicio de los otros poco me importa. Tengo 
un anciano y respetable padre que ha nacido en la península españo- 
la; pero yo no confundo ni confundiré nunca el amor filial con los de- 
beres de patriota; él mismo sabe esta verdad: mis amigos lo cono- 
cen Tal es el horror que profesa á una nación que ha sacrifica- 
do más de veinte millones de infelices indígenas á su sed de oro y do- 
minación No hay que alucinamos, Señor; los mexicanos no 



806 BEVI8TA NACIONAL. 



querem6<r á los espafiálesr, y desoir la voz pública es querer sumir en 
nuevos males á la patria. ¿Se piensa acaso en exasperará los mejica- 
nos, humanos por temperamento? Se Terá que sólo en este particular 
no lo son, y que cansando su paciencia se les precipitará á hacer correr 
la sangre de tantos españoles indefensos. Seria una barbaridad horri- 
ble pero inevitable, porque ¿quién se atreverá á defender los derechos 
de unos hombres que condena la opinión pública y que tantos títulos 
tienen para el aborrecimiento nacional? ¿Quién querría llevar consigo 
el título de espafiolista? ¿Se atrevería alguno á derramar la sangre me- 
xicana en defensa de sus opresores, de los dominadores más bárbaros 
que se han conocido en el Universo? MuUitud de razones ale- 
garía para probar que si se anunciase siquiera esta medida, (la no ex- 
pulsión,) se vería, que dejando el labrador su arado y los pacíficos ciu- 
dadanos sus ocupaciones domésticas, correrían á las armas para de- 
mostrar con hechos, tal vez espantosos, que no quieren jamás la paz 
con los españoles, y que no pueden tolerar á su vista los objetos que 
les recuerdan la degradación á que los condenaron por tres centurias 
de afios. Desde que por desgracia de México volvieron á aparecer en- 
tre nosotros esos hombres del siglo XV, hemos observado que por vías 
indecorosas han comenzado á introducir rivalidades contra los extran- 
jeros, teniendo ellos la osadía de no llamarse tales El bien de 

la Patria es superior á todo, y obra en el que representa de tal modo, 
que arrancando de su corazón sentimientos los más tiernos, sólo le 
acuerda que nació mexicano, y se presenta á hablar la verdad á un 
Congreso de Republicanos, á quien se le puede decir sin temor, para 
pedirle con el mayor respeto impida una sangrienta revolución dese- 
chando el proyecto de ley de que se trata, no tomando en consideración 
ninguna proposición que pida la vuelta de nuestros antiguos domina- 
dores; y atendiendo á los clamores de la opinión pública y á la econo- 
mía de sangre mexicana, dé Vuestra Soberanía un Decreto para que sal- 
gan de la República todos los españoles que no exceptuó la ley de 1829; 
los que se encuentran entre nosotros á virtud de multitud de infrac- 
ciones vergonzosas para los mexicanos que las han hecho, vendiendo 
la tranquilidad de su Patria. " Esta Representación de Don Mariano 
Arista hecha como Coronel del segundo Regimiento permanente, corre 
impresa en la oficina de Alejandro Valdés, y el Congreso la recibió mal, 
como siempre es recibido aquello que á la capa de la virtud y del pa- 
triotismo pugna contra los sentimientos nobles y naturales. Dos días 



DATOS PARA LA BIOGRAFÍA DE D. MARIANO ARISTA. 807 

después, el 18 de Agosto, Don Mariano Arista se yíó obligado á impri- 
mir en la oficina de Martin Rivera, una nueva Representación protes- 
tando que en la del 16 no había sido su propósito coartar la libertad 
del Cuerpo Legislativo en sus deliberaciones. ^'Estuve muy lejos, dice 
en ella, de figurarme que la franqueza de un soldado pudiera interpre- 
tarse de un modo que sin duda no me era dado preveer. Hablo, Señor, 
de revoluciones en mi papel; pero hablo para que se evite, no para que 
se fomente. En mi modo de ver, la vuelta de los españoles daría una 
arma terrible á los descontentos, que nunca faltan en las naciones nue- 
vas, para calificar á los altos funcionarios de españolizados; y como tal 
fibra no se ha tocado nunca sin suceso entre nosotros, la Patria se ve- 
ria expuesta de nuevo á las convulsiones á que por una fatalidad la he- 
mos visto sujeta un lustro entero Lo expuesto satisfará á vues- 
tra Soberanía, que nunca ha sido mi objeto imponer reglas á sus libres 
y augustas deliberaciones.'' 

Golpe bien rudo fué aquel para el pobre padre de Don Mariano, que 
padre al fin le adoraba con toda su corazón: poseo las cartas relativas: 
en una de ellas, fechada el veinte de Agosto, le dice: " Mi amado hijo 
Marianito: Hace mucho tiempo que con mucho gusto he hecho la ab- 
negación de mi voluntad en la tuya; y en tal concepto nada (engo que 
consultar á la fílosofia en el asunto de la Representación de que me 
hablas, para contener la resolución de las Cámaras. Cuando lo has he- 
cho, estarás bien seguro de la opinión general en tu sentido. La ley 
suprema es la salud de la Patria, y para ello basta que entienda, aun- 
que así no sea, que tal cosa le es contraria. '' Más adelante y cuando 
estaba ya para tomarse la impolítica medida, volvió á escribirle así : 
"Estoy malo y sabiendo que se vaá sancionar la expulsión absoluta de 
españoles, bajo pena de la vida; me he puesto peor: ¿qué hemos hecho 
de malo nuevamente? Estoy resuelto, si eso fuere cierto, ir antes al pa- 
tíbulo que moverme de aquí. Al cabo mi muerte sería cierUsima em- 
barcándome, conque quitándomela por inobediente ahorraré otros pa- 
deceres. Adiós, y manda á tu Papá, que detesta la existencia.'* Afligi- 
do por esta queja. Arista escribió á su padre algo á que el padre con- 
testó así: "Amadísimo hijo Marianito: Tu preciosa y consolatoria car- 
ta de ayer, ha sido un bálsamo que ha calmado todas mis inquietudes; 
pero de un modo tan completo y satisfactorio como no puedo explicar. 
Ningún peligro ni contratiempo me pone miedo ni perturba, sino cuan- 
do se trata de la posibilidad de abandonar á mis hijos y á esta Patria 



SeS REVISTA NACIONAL. 



adoptiva que habito y amo cuarenta y cinco afios hace. Esto explica el 
enigma de cómo estoy tranquilo en los mayores peligros, y anonadado 

$n sólo éste Yo estoy mucho mejor desde anoche, gracias á tu 

preciosa carta: sólo el apetito lo he perdido, de modo que nada apetez- 
co.'' Y no era que el pesar de abandonar riquezas lo que hacia al pa- 
dre de Don Mariano temer la expulsión: el buen anciano, de quien su 
hijo aprendió la probidad que nadie se ha atrevido á negarle, era po- 
bre, pobririmo. Su hijo le auxiliaba con cuanto le era dable, y en la 
misma carta de que acabo de tomar el párrafo que precede, se lee és- 
te: ^'Vino el dinero, y como hace mucho tiempo que no veo junta tan- 
ta cantidad, por poco me vuelvo loco como Rosas el Poblano 

Hemos estado muy pobres porque los señores Ministros no quisieron 
ó no pudieron darme mi paga de este mes pasado, y si no hubiera si- 
do por G quién sabe qué habría sido de nosotros.'' 

Sabedor en los Estados Unidos del Norte, de que por el Plan de Cuer- 
navaca se había permitido volver á la República á todos los expatria- 
dos, vino á Veracruz en principios de Junio de 1835, y aunque por lo 
pronto fué reducido á prisión en aquel puerto, después se le permitió 
subir á la capital, y estando en Jalapa se le acusó de tener parte en la 
revuelta del Castillo de Ulúa cuya guarnición se pronunció por el cen- 
tralismo: por ello filé conducido á Veracruz donde se le tuvo cuarenta 
días incomunicado. Reclamó Arista el fuero civil como paisano, y el 
tribunal competente le declaró inculpable; confírroada esta declaración 
por el Juez respectivo en Jalapa, obtuvo permiso para pasar á la capi- 
tal. Estando en ella, en V de Agosto de 1836, se le comunicó su res- 
titución al empleo de General efectivo de Brigada, á virtud del decreto 
de amnistía de 2 de Mayo de 1835, concediéndole cuartel en México, 
y el 29 del mismo Agosto se le nombró ministro del Supremo Tribu- 
nal de Guerra, en la vacante que dejó el General Don José Ignacio Or- 
maechea que pasaba al Congreso como diputado. Cesó de ser ministro 
del Tribunal en 20 de Abril de 1837, fecha en que se instaló la Supre- 
ma Corte de Justicia Marcial. Por orden Suprema de 12 de Junio de 
1837 se le nombró miembro de la Junta de redacción del Código Mi- 
litar en lugar del General Don Lino J. Alcorta, y en 19 de Julio vocal 
de la Junta Consultiva de Guerra con los Generales Don Gabriel Va- 
lencia, Don Francisco de Paula Toro, y Don Martín Martínez de Nava- 
rrete. En 23 de Octubre fué nombrado Inspector de la Milicia Activa 
en sustitución del General Ormaechea que desempefiaba interinamen- 



DATOS PARA LA BIOGRAFÍA DE D. MAJUANO ARISTA. 308 

te ese empleo de que era propietario el General Don Manuel Rincón: 
en el desempeño de ese puesto Arista logró que los cuerpos fiel arma 
se organizaran, instruyeran y presentaran en público de un modo bri- 
llante, por lo cual el Supremo Gobierno mandó darle las gracias más 
expresivas. 

A la vez se dedicó á mejorar los procedimientos usados en la agri- 
cultura, y en 2 de Abril de 1838 el Presidente Don Anastasio Busta- 
mante le otorgó un privilegio asi concebido: '* Habiendo declarado el 
General de Brigada Don Mariano Arista ser el primer introductor de 
unas máquinas de segar, trillar y aventar, y calificadas de grande im- 
portancia para el beneficio económico del campo, en vista de los dibu- 
jos y descripción que ha presentado, le aseguro por el presente, de 
acuerdo con el Consejo de Gobierno, el derecho de construirlas dentro 
de la República por diez años, sirviéndole de titulo este Decreto/* La 
empresa no dio, sin duda, resultado, pues hallo en una carta que el 27 
de Noviembre le dirigió Don Juan Togno, lo siguiente: " Hasta la fe- 
cha no hay novedad alguna en su obrador, y no saldremos de los apu- 
ros en que nos encontramos á cada rato, mientras no se venda alguna 
máquina. Su amigo González prometió mucho, mas cuando le ocupé 
para que nos prestara tres muías para hacer el experimento de la má- 
quina de trillar, nos salió con disculpas y no cumplió su promesa: de 
ahí resulta que no hicimos nada." 

Dispuesta en Septiembre de 1838 la formación de una brigada, para 
marchar á Veracruz á contener la guerra que declaró la Francia, se le 
dio el mando de ella, y á marchas forzadas salió de la capital á poner- 
se á las órdenes del General Don Manuel Rincón: al llegar á Paso de 
Ovejas recibió la noticia de la toma del Castillo de San Juan de Ulúa, 
ordenándosele por Rincón se detuviese en aquel punto. Después se le 
mandó por el General Santa Anna que avanzase sobre Veracruz, y ha- 
biendo dejado la Brigada en Santa Fe, marchó al puerto, donde llegó 
el día 4 de Diciembre á las nueve de la noche. 

Los sucesos importantísimos que se siguieron serán asunto de un 
nuevo capítulo, en el que insertaré documentos muy notables. 

Enrique de Olavarr/a y Ferrari. 



B. N.-T. 11-24 



870 REVISTA NACIONAL. 



"¿QUIEN FUE GBEGOmO LÓPEZ?" 



C!on motivo de haberse encontrado el conocido literato peruano Don 
Ricardo Palma, en uno de los tomos de MSS. curiosos de la Bibliote- 
ca de Lima, un códice intitulado Declaración del Apocálipeü por Gre- 
gorio López, el escritor que se cita, con el mismo titulo que nos ha ser- 
vido para encabezar estas lineas, escribió otras acerca del célebre ere- 
mita de Santa Fe, lineas que aparecieron dadas á la estampa en las 
páginas de 109 á 113 del tomo I de^Ia Bevista Nacional de Letras y 
Ciencias^ que se publica en esta ciudad periódicamente. 

Dice el Sr. Palma, que ^'no son el sabio ni las producciones de su 
ingenio las que le ocupan. Es el hombre — agrega — quien despierta 
nuestra curiosidad." 

"¿Quién fué ese Gregorio López colombrofio del afamado jurista co- 
mentador de las Partidas?" "¿Fué realmente, como muchos opinan un 
hombre nacido para ser monarca legítimo de Espafla y de las Indias, 
y que, prefirió á tan humana grandeza la existencia del sabio y del 
eremita, alcanzando morir en América en olor de santidad?" 

"Tal es el tema que ponemos sobre el tapete de la discusión, prin- 
cipiando por dar rapidísima idea del personaje " 

En seguida se ocupa el Sr. Palma en Gregorio López, haciendo bre- 
ve su biografia, é inserta lo que el Sr. Riva Palacio ha dicho ya acerca 
del misterioso Siervo de Dios, en la página 588 del tomo II de México 
á través de los Siglos; es decir, dudando quién sea Gregorio López ; y 
concluye el Sr. Palma poniendo todavía el asunto á discusión. 

Aun cuando el mismo escritor opina como el Sr. Riva Palacio, la- 
mentamos profundamente que el distinguido literato sudamericano no 
nos haya proporcionado el gusto de conocer ni uno de los fundamen- 
tos que tenga para acrecentar ó echar por tierra la leyenda. 

Más atrevidos nosotros, meteremos nuestra hoz humilde en la mies 
histórica inclinándonos al lado de los que opinan que tanto el infante 
español Don Carlos, como Gregorio López, fueron dos personajes ab- 
solutamente distintos el uno del otro. Columbramos ya lo débiles que 
serán nuestras fuerzas, sin pretender arrancar lauros a» Tnunfo; pero 
válganos, al menos, la más buena fe y las mejores intenciones. 



i QUIEN FUE GREGORIO LÓPEZ? 871 

Comencemos, para el mejor orden de estos apuntes, por sentar los 
siguientes principales puntos que iremos desarrollando, aun cuando 
corramos el riesgo de que se nos tilde de difusos: 

1? Antecedentes históricos del principe Don Carlos. 

2° Antecedentes históricos de Gregorio López. 

3*^ Puntos de comparación entre las vidas de ambos personajes. 

4*^ Argumentos principales en pro y en contra de la aserción de ser 
el ermitaño de Santa Fe el mismo primogénito de Felipe 11. 

5? Conclusiones que se infieren de todo lo anterior. 

I 

Las mil invenciones y hechos inverosímiles que en tomo de la figu- 
ra del principe Don Carlos, heredero del poderoso trono de Felipe II, 
se han levantado, harían por cierto, dificil y oscura la biografía del in- 
fante, si la historia imparcial, severa y sensata no se abriera paso en- 
tre las vulgaridades para presentar iluminados con la luz de la verdad 
los acontecimientos que narra. Nos hemos cuidado, por lo tanto, de 
no guiamos por medio de alguna idea predominante, y entre las mu- 
chas obras que á nuestro alcance estaban para consultarlas, hubimos 
de escoger las que nos han parecido descansar sobre el criterio de la 
verdad, y las que nos servirán de norma para la formación de estas no- 
ticias. 

El 8 de Junio del afio 1545, el príncipe de Asturias, que después rei- 
nó con el nombre de Felipe II, y su augusta esposa la infanta Dofia 
María de Portugal, celebraban en Valladolid el nacimiento de su hijo 
primogénito el infante Don Carlos; alegría turbada en breve por el fa- 
llecimiento de la princesa. 

El nifio se crió bajo la tutela de los archiduques Maximiliano y Ma- 
ria, y de su tía patema Dofia Juana .de Portugal; regentes y goberna- 
dores de España en las ausencias del emperador Carlos V y de Don 
Felipe. 

"Desde sus primeros años — dice Don Modesto Lafuente en su His- 
toria Oeneral de España, ed. de 1879, tomo III, págs. 56 y sigs. — co- 
menzó el príncipe á descubrir sus malas inclinaciones, su índole avie- 
sa, su genio impetuoso y violento, su tendencia á la crueldad, citándo- 
se entre otras señales de su natural feroz la complacencia y fruición 
que tenía en degollar por su mano los gazapillos que le traían vivos de 



872 IIK VISTA NACIONAL. 



la caza, gustando de verlos palpitar y morir. De lo cual auguró mal el 
embajador de Venecia, trayendo á la memoria el juicio que en otro 
tiempo hicieron los miembros del Areópago de Atenas de aquel nifio 
que sacaba los ojos á las codornices. La blandura y las consideracio- 
nes que acaso guardaron con él, asi los reyes de Bohemia Maximilia- 
no y María, como la princesa viuda de Portugal, no atreviéndose á tra- 
tarle y corregirle con la severidad que hubiera podido hacerlo un pa- 
dre, fué tal vez una de las causas de que se viciara más, en vez de mo- 
dificarse y mejorar." 

No valió al príncipe la enseñanza que quisieron darle sus virtuosos 
é ilustres maestros Honorato Juan, más tarde Obispo de Osma, Don 
García de Toledo y Fr. Juan de Matienzo, antes bien Don Carlos era 
muy desaplicado é indócil. 

"Incontrastable verdad histórica — nos ha dicho el Sr. Don Ricardo 
Palma — por ser la única en que están uniformes todos los historiado- 
res que de Felipe II y del infante Don Carlos se ocupan, es que el prín- 
cipe era un muchacho sin seso y enemigo de leer é instruirse.*' 

Celebramos que el Sr. Palma camine en este punto con nosotros, 
pues sabrá bien que especialmente los novelistas extranjeros pintan á 
Don Carlos adornado de las más grandes virtudes, acomodándole — lal 
fin novelistas! — ^una instrucción que estuvo bien lejos de tener; y esto, 
de tal manera que sus maestros se hallaron en la necesidad de infor- 
mar á Don Felipe de la pereza de su hijo. "Avisos de esta especie — 
agrega el Sr. Lafuente — ^ningún preceptor prudente se resuelve darlos 
á un padre, y á un padre que es rey, y á un rey como Felipe II, sino 
cuando la necesidad los fuerza á ello y cuando adquieren el convenci- 
miento de que los medios de persuasión y de corrección que un maes- 
tro puede emplear no alcanzan á evitar á un padre la amargura de de- 
nunciarle un hijo como incorregible." 

Vuelve en seguida la novela á tomar asiento : á la muerte de María 
de Inglaterra, segunda esposa de Felipe II, se enlazó éste con Isabel de 
Valois hija del rey de Francia Enrique II. Pero la circunstancia de ha- 
berse convenido primero el casamiento de los dos infantes Garlos é Isa- 
bel, forjó mil decires que la gente desocupada supo explotar á maravi- 
lla. Contestada está ya la circunstancia de supuesta rivalidad entre el 
padre y el hijo, si se atiende á que con esfuerzo puede creerse que exis- 
tiera una pasión vehemente en un joven de trece años y una tierna ni- 
ña que apenas contaba doce. El matrimonio del rey Felipe se verificó 



¿QUIEN FUE GREGORIO LÓPEZ? 878 

éi 2 de Febrero de 1560, siendo padrino el mismo príncipe Don Car- 
los; quien, por ser su padre desde la abdicación de Carlos V en 1558, 
rey de España, fué jurado el 22 del propio Febrero de 1560, solemne- 
mente heredero y sucedor de Felipe II, en las Cortes de Toledo : no 
asistió á la ceremonia la reina por haber enfermado de viruelas; y á 
duras penas Carlos tuvo necesidad de estar en la fiesta, pues las cuar- 
tanas invadieron su débil y enfermizo organismo, al grado de tener que 
diferir su casamiento con la princesa Ana, hija de sus tíos los reyes de 
Bohemia. 

Un hecho, ligero al parecer, hizo resaltar el carácter de Don Carlos. 
Durante la jura de éste como sucesor del trono, el duque de Alva se 
distrajo, olvidándose de besar la mano al infante; y cuando el duque 
se excusó, le trató Carlos con tal aspereza, que desde ese momento no 
volvió á reconciliarse con el de Alva, teniéndole por su enemigo. 

Felipe II se vio obligado á despachar al principe lejos de la Corte, 
haciendo que se distrajera, y por conseguir también que estudiara algo 
de latín y estuviese en contacto con los hombres eminentes que se ha- 
llaban en la Universidad de Alcalá de Henares: partió Carlos para es- 
te punto, acompañado de su tío Don Juan de Austria y del príncipe de 
Parma, Alejandro Farnesio, ambos jóvenes como él. 

El 19 de Abril de 1562, cayó Carlos rodando la escalera de su pala- 
cio, lesionándose gravemente la cabeza, sufriendo dolorosas operacio- 
nes quirúrgicas en el cráneo y en los párpados. El diagnóstico fué un 
día desesperado; y Felipe se apresuró entonces á trasladarse á Alcalá : 
mandó hacer rogaciones por el principe y conducir hasta la cámara del 
moribundo famosas reliquias de santos. Muy verosímil es creer, como 
se ha asegurado, que el príncipe quedó á consecuencia de la fatal caida 
con el cerebro trastornado. Nueva enfermedad postró en cama al in- 
fante en 19 de Mayo de 1564, otorgando su testamento ante el escriba- 
no Domingo de Zavala. Con este motivo observa el discreto historia- 
dor de España, quien vio el testamento autógrafo, que cada página del 
original lleva la firma del príncipe, quien escribía muy malj y las letras 
son como garbanzos, Claro es que no pueden hacer fuerza como argu- 
mento en pro de las virtudes del infante, los sentimientos católicos y 
piadosos que aparecen en el testamento, que están en contradicción con 
la vida del príncipe ; además de que es difícil que él hubiera redacta- 
do la minuta; pues no le dejó en esos momentos su confesor Fr. Die- 
go de Chávez, varón piadoso y distínguido. 



874 REVISTA NACIONAL 



No sirvieron los males del cuerpo para disminuir los desmanes de 
Don Carlos, antes bien, se acrecentaron sus excesos y su vida liberti- 
na: era un colérico sin freno, y no tuvo respetos ni siquiera para su 
ilustre ayo Don García de Toledo á quien una vez quiso golpear. 

Vuelto á Madrid el principe supo que el presidente del Consejo de 
Castilla Don Diego de Espinosa, había desterrado á un cómico llama- 
do Cisneros, el cual iba á representar en el cuarto del infante. Monta- 
do éste en cólera se echó en busca de Don Diego, con un pufíal en la 
mano, y habiéndole encontrado le llenó de insultos y le dijo: — Ouri- 
Ua, ¿á mi os atrevéis vaSy no dejando á Oisneros que venga á servirmef 
Por vida de mi padre que os he de matar, — Y lo hubiera hecho, á no 
intervenir algunos grandes de Espafla. 

En 1565 intentó huir disfrazado á Flandes, instigado por dos genti- 
les hombres, y so pretexto de ir en socorro de Malta; pero con el fín 
de librarse de la presencia de su padre. £1 príncipe de Eboli á quien 
quiso llevar en su compafiía, le disuadió de la locura de la empresa; y 
sabedor Don Carlos más tarde de que Felipe II había nombrado al du- 
que de Alva general en jefe del ejército destinado á los Países Bajos 
(1567), trató el rencoroso príncipe de vengarse del duque: al ir éste á 
besarle la mano, para despedirse, Carlos le dijo que aquel empleo, el 
de general en jefe, sólo le correspondió á él como heredero del trono. 
El duque le replicó que sin duda el monarca no quería exponer á su 
hijo á los peligros que allí podía correr, y á los horrores de la guerra; 
pero el infante sacó entonces un puñal y se abalanzó al duque dicién- 
dole: — Antes os atravesaré el corazón que consentir en que hayáis de ir 
á Flandes. A duras penas pudo libertarse el de Alva, abrazando fuer- 
temente al príncipe para dejarle sin acción. Tal escándalo llegó á co- 
nocimiento del rey. (Lafuente. Obra citada). 

Exacerbado el infante por el mucho tiempo que tardaban en reali- 
zarse sus bodas con la princesa Doña Ana atribuyendo la causa á ma- 
la intención de su padre y á malquerer del presidente Espinosa, pro- 
yectó sin licencia del rey, escaparse á Alemania ; pero joven arrebata- 
do y »in seso, como se le llama, tuvo la imprudencia de dar publicidad 
á sus designios, escribiendo á varios altos personajes para que le ayu- 
daran. No tardó Felipe en saber los proyectos de su hijo, y, alarmado 
reunió en consulta á varios teólogos y juristas entre los que se halla- 
ban el maestro Gallo, el confesor Fr. Diego de Ghávez y el célebre ju- 
risconsulto Martin de Azpilcueta ó el doctor Navarro, nombre con el 



¿QUIEN FUE GREGORIO LÓPEZ? 375 



cual más se le conoce. Preguntó el monarca si podia seguir disimulaH- 
do y aparentando ignorancia con el principe hasta que éste partiera ; 
pero él doctor Navarro, con acopio de fundadas razones, hizo ver lo 
perjudicial del disimulo. 

Por su parte, el principe creyó realizar su empresa con la llegada de 
su guarda-joyas Garci Alvarez Osorio, que traía de Andalucía 150,000 
escudos. El 17 de Enero de 1568, escribió el infante al correo mayor 
de postas Raimundo de Tassis, con el objeto de que le dispusiese ca- 
ballos para la noche próxima; pero Tassis comprendiendo que el prín- 
cipe los quería para hacer de ellos mal uso, le contestó que en ese mo- 
mento los caballos estaban ocupados en las carreras ; dando parte al 
rey del caso. Don Felipe se fué inmediatamente del Pardo á Madrid 
para impedir cualquier movimiento de Don Carlos. Al siguiente día 
domingo 18 salió el rey á Misa, en público, en compañía de Carlos y 
de los príncipes de Hungría y Bohemia que allí se encontraban de visita. 

El monarca quizá después de una lucha consigo mismo, al fín se re- 
solvió á dar un paso enérgico para cortar la libertad á su hijo. El mis- 
mo día 18, poco antes de la media noche, don Felipe junto con el du- 
que de Alva y otros elevados personajes de la corte, se llegó al aposen- 
to del príncipe para prenderle : le despojaron de las armas y clavaron 
las puertas y ventanas. No pudo oponer resistencia Don Carlos, porque 
le era imposible, y tuvo, primero, que resignarse á su suerte, y al en- 
cierro, que él se imaginó sería corto. 

Empero el rey quiso prolongar la prisión por más tiempo: determi- 
nó que custodiaran al príncipe, bajo solemnes juramentos, de seis en 
seis horas dos caballeros, que lo fueron, alternándose, el duque de Fe- 
ria, el de Lerma, Rui Gómez, el prior Don Antonio de Toledo, Luis 
Quintanar y Don Juan Velasco. La comida del infante era registrada 
con escrúpulo y se le servía trinchada para evitar se quedara en la pie- 
za todo instrumento cortante. 

El día 19 mandó reunir Felipe II á todos los consejos en su cáma- 
ra, dando cuenta á sus respectivos presidentes del grave asunto de la 
prisión de Don Carlos; al siguiente día nombró una comisión para ins- 
truir un proceso al príncipe, siendo secretario Pedro del Hoyo, quien 
recibía las declaraciones de los testigos; y sirviendo de pauta al proce- 
so que Don Juan II de Aragón hizo formar á su hijo también Carlos, 
príncipe de Viana; proceso que se llevó á Madrid, de Barcelona. 

Don Felipe creyó conveniente dar cuenta á España y á Europa de lo 



876 REVISTA NACIONAL. 



acaecido, noticia que dejó á todos suspensos y asombrados. El rey es- 
cribió con fecha 20 de Enero de 1568 al Pontífice Pió Vyá la reina de 
Portugal; haciendo luego y en otros días nuevas cartas para todas las 
ciudades del reino, para los prelados, cabildos, consejos, gobernadores 
y corregidores ; para los emperadores de Alemania, duque de Alva y 
algunos soberanos europeos. Al decir de los más sensatos cronistas que 
han visto los originales de muchas de estas cartas, en todas ellas cui- 
dó el rey de no decir cuál era la verdadera causa de la prisión de Don 
Carlos, y la envuelve en un misterio del que bien han sabido aprove- 
charse los novelistas; trasluciéndose, sin embargo, un asunto que de- 
bió ser bastante grave. "Esta mi resolución — decía don Felipe en una 
de esas misivas — no depende de culpa, ni inobediencia, ni desacato, ni 
es enderezada á castigo, que aunque para esto había sufíciente materia, 
pudiera tener su tiempo y su término." 

Conjetúrase que una doble causa, política y religiosa determinó és- 
te acontecimiento; probablemente por la inteligencia que creyó encon- 
trar Felipe entre su hijo y los herejes de Flandes. Tal hecho dio pá- 
bulo á multitud de versiones que hizo volar el vulgo, según su costum- 
bre, por todas partes. 

Esta prisión tan repentina dio margen á asegurar que el príncipe Don 
Carlos había desaparecido misteriosamente y no faltó quien atribuyera 
á Don Felipe la muerte de su hijo, mandado asesinar á causa de las 
fabulosas relaciones entre la reina — que era todo un modelo de virtu- 
des, dicho sea de paso — y el infante heredero del trono. Otros creye- 
ron que como el príncipe atentara contra la vida del rey, éste le man- 
dó dar muerte; aplicándose al caso, — dice el Sr. Lafuente — lo de la 
Metamorfosis de Ovidio : 

f ILIVs ante DIeM patrios InqVIrlt annos ; 
y. en la que sumando el valor numérico de las mayúsculas dieron el afio 
1568 en el cual el príncipe atentaría contra la vida de su padre ; come- 
tiendo un doble crimen, un parricidio y un regicidio. Todo es perfecta- 
mente posible en el mundo ; pero no debemos acoger la falsedad de la 
muerte misteriosa del príncipe, ni mucho menos que viniera á Amé- 
rica, como un autor, por desgracia mexicano, inventó en una dispara- 
tada novela. El Misterioso ^ publicada en Guadalajara en 1836, suponien- 
do á D. Carlos en Yucatán. Así es como se han formado muchos absur- 
dos históricos, y que lamentablemente hasta personas ilustradas los 
acogen : así se han inventado entre otras muchas, la fábula de la Pa- 



¿QUIEN FUE GREGORIO LÓPEZ? 377 

pisa Juana, y se han puesto en boca de Gal íleo las célebres frases del 
epur 8Í muove que jamás sofiara en pronunciar. ¿Qué de eslraflo tie- 
ne, por lo tanto, que los hombres inventen una nueva fábula? ¿No aca- 
so son meras mitologías las historias referidas en versos y en novelas? 
; Cuántas veces por ajustar la rima á las reglas de literatura se falta 
impunemente á la verdad histórica! 

Volvamos á nuestro interrumpido relato, y sigamos al Sr. Lafuente, 
á quien venimos extractando. El principe siguió en su prisión vigilado 
con el más grande escrúpulo ; Felipe II en todo este tiempo no salió 
de Madrid como acostumbraba hacerlo, yendo á Aranjuez, al Escorial 
y al Pardo. El proceso siguió su camino, resultando de él terrible con- 
denación para el delincuente : pero el monarca luchaba, y en la lucha, 
se puso en el dilema ó de emplear todo el rigor de la justicia ó la cle- 
mencia : no se ha encontrado huella de si Felipe sentenció ó no ; y mien- 
tras éste pensaba qué giro darle al asunto, el principe se desesperaba 
entre las paredes de su cárcel, desordenándose más y más, debido tam- 
bién, sin quizá, al mal estado de sus facultades mentales ; sólo á un 
hombre cuyo cerebro se trastorna, se le ocurre hacer lo que el prínci- 
pe hacía : dio en beber con exageración agua helada ; pasaba las noches 
enteras paseándose á lo largo de la cámara desnudo y descalzo ; y en 
muchos días se empeñó en no comer. Visitándole una vez el rey, su 
padre, le exhortó á que se alimentase, y entonces el infante cometió la 
extravagancia de comer con tal exceso y destemplanza que contrajo una 
fiebre periódica y maligna que en breve le agravó. El médico Ontive- 
ros le comenzó á disuadir de que la muerte vendría pronto, y procura- 
se por lo mismo, arreglar sus asuntos espirituales : recibió en efecto, 
los Santos Sacramentos de mano de su confesor Fr. Diego de Chávez, 
en 21 de Julio ; se convenció al rey de lo preciso que era darle á su hi- 
jo la bendición antes de morir éste, y así lo hizo Felipe ; aunque por 
prudencia, sin verle. El príncipe murió á las cuatro de la mañana del 
día 24 de Julio de 1568, víspera de Santiago Apóstol, patrón de Espa- 
ña. El rey, tan luego como hubieron pasado las primeras sensaciones, 
pues al fin quien había muerto era su hijo, se apresuró á comunicar la 
noticia al Marqués de Villafranca y á las grandes personas con quienes 
el monarca estaba en relación. £1 príncipe fué enterrado con toda pom- 
pa en el convento de religiosas de Santo Domingo el Real, de Madrid; 
y en 8 de Junio de 1573, viviendo aún Felipe II i, se trasladaron los 

1 Este rey murió en el Escorial el 18 de Septiembre de 1508. 



878 REVI8TANACIONAL. 



restos de la reina Doña Isabel, tercera mujer de Don Felipe, al mismo 
tiempo que los del principe Don Carlos, al Escorial, donde descansan 
en la bóveda destinada al Panteón de los Infantes. (El Escorial, des- 
cripción de este Monasterio. — Un vol. 8" — impreso en la casa de Es- 
calante—México — 1873. ) 

En 3 de Octubre del propio año de 1568, la joven reina Doña Isa- 
bel, que apenas contaba 22 años, exbaló el postrimer suspiro. Por su- 
puesto que la proximidad de la muerte del infante Don CSarlos, tam- 
bién preparó material abundante para una escena novelesca, narrada 
con fantasía por algunos poetas que andan siempre á caza de singula- 
res y bien notables coincidencias. 



II 

Pasemos abora á ocupar nuestra atención en el misterioso Gregorio 
López. 

Nació en la villa de Madrid el día 4 de Julio de 1542 ignorándose 
hasta ahora quiénes fueron sus padres ; asegurando muchos que tuvie- 
ron noble y elevada alcurnia. 

A los ocho años de su edad, dicese que huyó de la casa paterna, en- 
cendido en amor de servir á Dios, viviendo seis años en los montes de 
Navarra. De alli se le quitó para llevarlo á la Corte de Valladolid don- 
de sirvió de page á Felipe II. Pero desde luego comenzó á revelar, se- 
gún sus más verídicos biógrafos, una vida austera y contemplativa. Se 
instruyó en las ciencias y el latín, siendo un hábil calígrafo cuya letra 
parecía de imprenta. A los veinte años visitó los más célebres isantua- 
rios de España, oyendo en el de Guadalupe de Extremadura una voz 
interior que le llamaba á América. Sus deseos se vieron cumplidos, 
embarcándose en Cádiz y llegando á Veracruz el año 1562 ; repartió su 
equipage entre los pobres al venir á México, y ya en la capital de la 
Colonia sentó plaza de escribiente con los escribanos de gobierno San 
Román y Turcios. El carácter de Gregorio, que harto gustaba del ais- 
lamiento, le hizo abandonar á los escribanos ; y en la casa de Don Luis 
Zapata donde se hospedó, ayunó la cuaresma entera á pan y agua. 

Más tarde, vestido de una túnica grosera se fué á la provincia de Za- 
catecas; y luego descalzo, sin sombrero, pasó á Atemajac viviendo en- 
tre los indios Chichimecas, quienes le recibieron con bondad, y le ayu- 
daron á hacer una ermita. Su única comida era maíz tostado, y los 



¿QUIEN FUE GREGORIO LÓPEZ? S79 

soldados que solían perseguir á los indios trataron á Gregorio de loco 
y además de herege, porque no oía misa; pero se afirma que cada mes 
confesaba y comulgaba devoto, en la capilla de la hacienda de Don Pe- 
dro Carrillo de Avila, á cuyos hijos les daba Gregorio López clase de 
primeras letras y de excelente moral. Fr. Domingo Salazar, religioso 
dominico, y más tarde Obispo de Manila, aconsejó á nuestro Gregorio 
que abandonase aquellos lugares y que volviese á México, y le ofreció 
refugio en su convento. Aceptó Gregorio, pero instándole á que toma- 
ra el hábito de los Predicadores ; y no encontrándose sin duda con vo- 
cación ó ánimo para ello, prefirió su vida solitaria y eremítica á la de 
un claustro. 

Partió Gregorio para la Huasteca, y allí siguió sus prácticas de ora- 
ción y penitencia, estudiando las Sagradas Escrituras, al grado de ha- 
berlas aprendido todas de memoria (Berístain, Biblioteca Hispano 
Americana Septentrional), Nuestro anacoreta enfermó gravemente, 
llevándole á su casa el párroco Juan de Mesa ; y éste, alarmado por la 
extrema reserva de Gregorio en ocultar ásus padres, pensó delatarlo al 
gobierno ó á la Inquisición, desistiendo luego de su propósito. 

Pronto cundió la fama de las virtudes del misterioso eremita, siendo 
visitado por clérigos de valia y muc!ios personages. 

Oigamos ahora cómo conoció á Gregorio López su célebre compañe- 
ro el Presbítero Francisco de Losa, que escribió la biografía de aquel: 

" aunque la vida de Gregorio era inculpable — dice en su Vida 

dd Venerable Siervo de Dios Gregorio López, págs. 27 y siguientes ; 
ed. de 1727 — no faltaron algunos que miraban esto con diferentes ojos, 
y assi formaban diversos conceptos del modo de proceder del santo Va- 
rón. Porque como á su parecer no tenía algún oficio, ó exercicio en que 
ocuparse, juzgábanle por holgazán, ó hombre sin provecho, y aun pas- 
saba más adelante la sospecha, porque algunos le tenían por herege, 
no obstante que le veían en aquel tiempo acudir á oir misa, y á las de- 
más obligaciones exteriores de Christiano como los demás. 

'* Y porque yo en esta ocasión tuve la primera- noticia de su mane- 
ra de vivir, contaré la relación que del me dieron. Vino entonces un 
sacerdote de aquellas partes á la Ciudad de México, y entre otros ne- 
gocios que traía por memoria que tratar, era uno : Que vivía por allá 
un hombre, de quien se recelaba mucho no fuese un herege luterano, 
porque no traía Rosario en que rezar, ni hazla otras demostraciones 
con que los buenos Christiaiios suelen manifestar su devoción, y pe- 



880 REVISTA NACIONAL. 



cho sano. Yo le pregunté si hablaba bien de las cosas de la Fe, y qué 
tales eran sus costumbres. Respondióme que en la doctrina de la Fe 
parecía estar muy bien, y que sabia toda la Biblia de memoria, y que 
en las costumbres era un hombre inculpable, y casi siempre estaba so- 
lo, como si tuviera grandes negocios, aunque con ninguno los comu- 
nicaba. Estése, dize, mucho tiempo en la Iglesia, y no podemos sacar 
de él qual sea su tierra, sus padres, sus deudos, ni otra cosa del mun- 
do, más que sino hubiera vivido en él. Yo le repliqué familiarmente, 
que no quisiera fuesse éste sacerdote como otro Hely, que juzgaba por 
efecto de embriaguez, la mudanza que Ana hazla de su rostro, cuando 
amargamente oraba delante de Dios. Si á un ladrón viéssedes sin Ro- 
sario, no por eso le tendriades por herege: pues quánto menos á un 
hombre de tan buenas costumbres y que tanto sabe de las Escrituras, 
y cuyo trato debe ser sólo con Dios? Convencido el Clérigo con ésta 
razón, me respondió, que le parecía bien lo que yo le dezía, y que de- 
bía de ser boníssimo hombre. Y añadió : yo le quiero llevar un som- 
brero, que no le trae (quizá porque no le tiene) y dexar de denunciar 
de él á la Santa Inquisición, como tenía pensado. 

'^ Esto me pasó con el dicho Clérigo, acerca de Gregorio López, á 
quien yo hasta entonces no conocía, ni aun entonces supe su nombre, 
aunque según la relación dicha, hize buen concepto de su modo de vi- 
da, dando Dios Nuestro Señor principio tan sin saberlo yo, á las gran- 
des mercedes, j misericordias, que por medio de éste su Siervo me 
haría de ^hazer su Divina Magestad. '^ 

Las multiplicadas visitas que Gregorio recibía como hemos dicho, 
le hicieron huir á Atlixco, lejos de todo bullicio y sociedad ; allí le acu- 
saron como un hombre sospechoso, ante el Obispo de Tlaxcala, quien 
le declaró inocente y por mil títulos digno de veneración. Dp Atlixco 
pasó nuestro eremita al Santuario de los Remedios distante tres leguas 
al oeste de la Ciudad de México. Las gentes que veian á Gregorio co- 
mentaban su vida de diversos modos ; quién le suponía verdaderamen- 
te un hipócrita y herege; quién — los más cuerdos — un gran varón. 
Entonces el Sr. Arzobispo de México Don Pedro Moya de Contreras, 
comisionó al R. P. Alonso Sánchez, de la Compañía de Jesús y al P. 
Francisco de Losa, cura de la Metropolitana, para examinar y conocer 
á Gregorio López, rindiendo un informe acerca de su vida y costum- 
bres. El P. Sánchez le examinó con preguntas muy sutiles, respondien- 
do Gregorio á todas fundadamente ; refiriendo las heregías contra la fe. 



¿QUIEN FUE GREGORIO LÓPEZ? 881 

señalando tiempos y principales cabezas de Heresiarcas, juntamente 
con los Santos y Escritores Eclesiásticos y Doctores que impugnaron 
tales heregías y escribieron contra ellas. "Fué ésto — agrega el P. Lo- 
sa — con tan gran peso de sentencias y gravedad de palabras, que el 
Padre quedó admirado. Pero mucho más se admiró de la buena sali- 
da que le daba á todas las dudas y objeciones que acerca de su espíri- 
tu y manera de vivir le proponía, reconociendo en él gran caudal de 
prudencia divina y humana. De aquí resultó quedar el dicho Padre, no 
solamente satisfecho del buen Gregorio López, sino también muy afí- 
cionado y devoto suyo." (Pág. 33, ed. de 1727.) 

Como puede inferirse de lo anterior, el informe rendido no pudo ser 
mejor para el anacoreta ; declarándose el Padre Losa, su amigo íntimo 
y discípulo. 

Gregorio enfermó una vez, y el cura de la Metropolitana se apresuró 
á llevárselo al Hospital de Huaxtepec, fundado recientemente por el 
venerable Bernardino Alvarez, el mismo que fundó el Hospital de San 
Hipólito. El Sr. Arzobispo envió sus criados para que con esmero asis- 
tieran á nuestro Gregorio el cual, restablecido de sus males, ayudó á 
los solícitos sacerdotes á curar á los enfermos de aquella Santa casa ; 
escribiendo entonces su Tesoro de Medicinaj opúsculo muy curioso 
arreglado por orden alfabético. 

No obstante la vida ejemplar de Gregorio López acrecentáronse en 
su rededor las murmuracioQes, siendo preciso que el Padre Maestro Fr. 
Pedro de Právia, de la Orden de Predicadores, y gobernador del Arzo- 
bispado, fuera á conocerle, aunque con disimulo, y á sondear su es- 
píritu. Así lo hizo, y con razón dijo de Gregorio : Eee hombre ea supe- 
rior á la fama que tiene de santo. 

A resultas de una fíebre grave, se trajo al eremita de Huaxtepec á 
San Agustín de las Cuevas, viniendo después á México. Tanto cariño 
y devoción inspiró Gregorio al Padre Losa, que éste renunció el Cura- 
to y se fué á hacerle compañía á Santa Fe. Allí se levantó una ermita 
y Gregorio pudo entrar á ella el 22 de Marzo de 1589, habitándola has- 
ta su muerte. * 

La ermita fué el palacio donde nuestro anacoreta recibió las visitas 
de innumerables varones, doctos y sabios: allí fueron á verle canóni- 
gos y doctores eminentes ; catedráticos y oidores y prelados religiosos, 
hasta el mismo virrey Don Luis de Velasco el segundo, más tarde mar- 
qués de Salinas, y quien estaba con Gregorio hasta dos y tres horas tra- 



882 AEVIBTA NACIONAL. 



tando de los asuntos más espinosos del gobierno de la Nueva Es- 
paña. 

Al cabo del tiempo, vino de Manila ya obispo de aquella Iglesia, Fr. 
Domingo Salazar) fué á rer ¿ Gregorio, y quedó el primero agradable- 
mente sorprendido al oir después de veinticiBca afios, idéntica res- 
puesta en los labios del eremita cuando el sefior Obispo le interrogó en 
qué pensaba nuestro Gregorio: — En el amor de Dios y en el del pró- 
jimo, replicó éste. 

Absorto Gregorio en las meditaciones supo aprovecharlas, sirviéndo- 
se de la oradán teológica — como dice el P&dre Losa — para escribir su 
Exposicióndel Apoealipsia de San Juan. Aprendió asimismo la historia 
sagrada y profana, matemáticas, anatomía, medicina, botánica y agricul- 
tura, como lo demostró. 

Al fin, después de 54 años de una vida ejemplar y 33 de eremítica, 
Gregorio López abandonó el mundo en 20 de Julio de 1596. México 
entero asistió á sus funerales, depositándose el cadáver de orden del 
Vicario general del Arzobispado, en el presbiterio de la iglesia de Santa 
Fe. En 1 ? de Marzo de 1616, el Sr. Arzobispo Pérez de la Sema tras- 
ladó los restos al Convento de San José de Carmelitas Descalzas, de 
México (Santa Teresa la Antigua), y en 28 de Marzo de 1636 el lllmo. 
Sr. Don Francisco Manso y Zúfiiga, igualmente Arzobispo de México, 
proveyó en auto para pasar los restos á la Capilla del Santo Cristo de 
la Catedral de México, donde hasta hoy descansan al pié del altar ma- 
yor, del lado del Evangelio. 

Pasaron los afios, pero no por eso se extinguió la fama gloriosa del 
ermitaño de Santa Fe. El rey Felipe III pidió con instancias á Roma 
la beatificación del Siervo de Dios, y otro tanto hicieron Felipe IV, Car- 
los 11 y Fernando VI ; intercediendo con éstos monarcas los Obispos y 
muchas personas de México. Volvieron á hacerse nuevas gestiones en 
1752 y entonces el P. Maestro Fr. Bemardino Membrive, de la Orden 
de Predicadores, Consultor de la Congregación de Ritos y postulador 
de la Causa, presentó á la Santidad del Pontifíce Benedicto XIV varios 
opúsculos relativos á las doctrinas y vida de nuestro Gregorio, y que 
conocemos, respectivamente, unos con el título de Compendium opería 
de Studioso Bibliorum ad opportunitatem cuiisce venerahüis serví Deí 
Gregorio López — (En Roma, por Antonio deRubeis — 1751), y otros 
con el de Colledío opusculorum de venerabilí Servo Deí Gjregorío Lo- 
pesio — (En Roma, en la misma casa — 1752). 



¿QUIEN FUE GREGORIO LOPEZf 883 

La beatificación quedó en tal estado, sin que hasta ahora nadie ha- 
ya vuelto á gestionarla. 

Gregorio López dejó escritas algunas obras, entre ellas las que he- 
mos citado de la Exposición dd ApoecUipsiSf que tuvo tres ediciones; 
respectivamente en 1727, 1787 y 1804. El Tesoro (fe Jfedieína, publi- 
cado en 1672 y 1727; un KoUendario perpetuo MS. y una Oronología 
de Adán hasta el reinado de Felipe Ily también MS. ( Véanse León 
Pinelo, Nicolás Antonio y Beristain, en sus Bibliotecas,) 

Ck)mo se vé, Gregorio López fué un notable personaje que tuvo pane- 
geristas distinguidos como los Illmos. Señores Don Pedro Moya de Ck)n- 
treras, Arzobispo de México ; Fr. Domingo de Salazar, Obispo de Ma- 
nila, Don Juan Diez de Arce, que lo era de Santo Domingo; y los Pre- 
lados de Tlaxcala y Guadalajara, Oaxaca y Guatemala; de Michoacán, 
de Yucatán y de Cebú, asi cómo otros sabios y conocidos personajes , 
elogiando á nuestro Gregorio también el Emmo. Sr. Cardenal Aguirre 
en su Colección de Concilios. 

El recuerdo de este hombre venerable y santo, nos ha quedado en 
su ermita de Santa Fe, la cual está arruinándose y tiene ésta inscrip- 
ción que por fortuna el Sr. Don José María de Agreda copió una vez, 
y nos la comunicó : 

" O mi Dios quien tuviera el corazón tan encendidoy 
que de puro amor quedara abrasado y consumido. 
Escuela del amor de Dios y desprecio del mundo. 
Redificose el año de 1695. ^* 

III 

No tendríamos tal vez necesidad de hacer una sucinta comparación 
entre la vida del principe Don Carlos y la de Gregorio López, puesto 
que hemos procurado conocer ambas lo mejor que nos ha sido posible, 
y lo permite el espacio de que podemos disponer; si nuestro afán por 
ver realzada la verdad no nos instigara á hacerlo, consecuentes también 
con nuestro propósito. 

Poco es por cierto lo que tienen de común las biografias de los dos 
personajes consabidos, y, yendo un poco más allá, diremos de una vez, 
que por más esfuerzos que hacemos, no encontramos ninguna rela- 
ción. 

La proximidad de los años de los respectivos nacimientos, quizá pu- 



384 REVISTA NACIONAL. 



diera ser un punto de contacto ; sin embargo de que el principe nació 
en Valladolid el año 1545 y Gregorio López en Madrid el año 1542, es 
decir, tres años antes que el infante. 

Otro punto, es el haberse hallado en Valladolid nuestro Gregorio al 
lado de Felipe II. Hemos dicho que sirvió de page al monarca ; pero 
esto nada tiene que ver con el fondo de la cuestión objeto de este bre- 
ve artículo. 

Respecto de la educación de Don Carlos ¡qué distinta de la de Gre- 
gorio ! Mientras uno era un holgazán incorregible, un perezoso de cuen- 
ta, el otro sabia latin y era aplicado : el príncipe tenia una letra que 
parecía como garbamoSy según la expresión de Lafuente : el eremita es- 
cribía con admirable primor, era un pendolista consumado. El uno te- 
nía un genio impetuoso, violento, irascible, un fondo malo, cruel, co- 
mo se ha dicho, genio que reveló desde sus más tiernos años ; el otro 
llevaba una vida austera, penitente, y á los 20 afios de edad prefirió 
abandonar la opulencia de la Corte, para venir á la ardiente América 
y habitar sus soledades. 

Cuando ya nuestro Gregorio se hallaba en la Nueva-Espafla, es de- 
cir en 1564, el príncipe cayó enfermo de gravedad, teniendo que ha- 
cer su testamento. En 1565 intentó huir á Flandes, y cuando á los dos 
afios escasos se lanzaba puñal en mano sobre el duque de Alva, causan- 
do escándalo conducta semejante, Gregorio López, edifícaba con su vi- 
da en México, á cuantos le trataban y conocían de cerca. ¡ Singular 
contraste entre el heredero del trono de España y el humilde ermitaño 
de la América I 

Don Carlos trató de huir nuevamente á Alemania en 1568, y en ese 
mismo año 18 de Enero, el rey su padre tuvo necesidad de aprehenderle 
en el mismo aposento del infante. Conocemos algunos pormenores y 
sabemos también que el principe dejó de existir en 24 de Julio de 1568, 
trasladándose sus restos mortales al Escorial en 8 de Junio de 1573. 

En tanto, Gregorio López quizá ignoraba lo que en España hacía el 

primogénito del más poderoso monarca de aquel entonces ; entraba á 

u ermita de Santa Fe en Mayo de 1589 y moría al cabo de treinta y 

sres años de una vida penitente en 1596, bendecido por un pueblo que 

tle lloró con lágrimas sinceras. 

Por otra parte, los restos del príncipe yacen en el soberbio monaste- 
rio edificado por Felipe II, en el lugar correspondiente; y los de Gre- 
gorio López en la Catedral de México. 



¿QÜIBN FUE QREOORIO LÓPEZ? 885 

No sabemos si el lector habrá deducido alguna semejanza, por lo que 
antecede, entre nuestros dos personajes ; pero confesamos no haber ha- 
llado nosotros ninguna, antes bien, bastante se separan el uno del otro. 

IV 

Parece que bastaria con lo que hasta ahora llevamos apuntado, pa- 
ra formular una conclusión general ; pero no queremos que el curioso 
lector desconozca los principales argumentos que asientan los que su- 
ponen que fueron uno mismo dos personas distintas. 

Bien podemos dividir los argumentos en pro del aserto, en]cinco prin- 
cipales, que son : 

1 "^ El misterio que envuelve el origen de Gregorio López, y la ab- 
soluta reserva de éste en descubrir quiénes fueron sus padres. 
2? Semejanza de la vida del principe con la de Gregorio. 
3? La desaparición misteriosa del príncipe. 
4? Parecido entre Felipe II y Gregorio López, que se deduce por loe 
retratos de ambos. 

5? Admitamos la equivocación de fechas para la llegada á Veracruz 
de Gregorio, y que propone como verosímil el Sr. Palma. 
Los argumentos en contra, serán la contestación de los anteriores. 
Veamos el primer punto. 

Muy cierto es que Gregorio procuró constantemente callar su origCDi 
no pudiéndose saber quiénes fueron sus padres; pero esto no implica 
absoluto misterio, pues si, como asientan algunos, nuestro Gregorio tu- 
vo elevada cuna, dado su carácter humilde, quizá nunca quiso revelar 
lo egregio de su estirpe. El Padre Losa llega á decir que Gregorio tuvo 
dos hermanos y varias hermanas ; quien sabe eñ que se fundó, para 
asegurarlo, el benemérito biógrafo. 

Concedamos para Gregorio noble cuna, pero no por esto asentemos 
de plano que fué hijo de un rey, y el primogénito, y nada menos que 
principe de Asturias. A ser hijo legítimo, quizá no se hubiera conierr.; 
mado enteramente con andar vagando por los desiertos de la Nueva 
España; cierto es que San Luis Gonzaga trocó la púrpura de príncipe 
por la sotana de hijo de San Ignacio; pero ¿lo hubiera hecho el infan- 
te Don Carlos? ¿No es creible que en vez de venir á hacer vida eremí- 
tica habría provocado perturbaciones en la colonia, para levantarse con 
ella y proclamarse rey? Otros ambicionaban para sí el título sin tener 

W. B.-T. !I-16 



886 REVISTA NACIONAL. 



los derechos que aquel pretendido Don Carlos ni ser hijos de mo- 
narcas. 

Podemos sin emhargo, establecer una conciliación que puede ser po- 
sible : Tal vez nuestro Gregorio fué hijo natural de algún noble espa- 
ñol: no lo dudamos ni tampoco lo afirmamos, por carecer de pruebas. 
No lo dudamos, puesto que, por una parte se halla la reserva misterio- 
sa dql anacoreta respecto de su origen, y por otra lo que acerca de su 
noble cuna se nos ha dicho, asentándolo el mismo Padre Losa. No 
sostenemos nuestro aserto, por el riesgo que correríamos de ligeros, 
quitando la legitimidad de hijo á quien de hecho la había tenido. 

Por lo que hace á la semejanza de vidas de nuestros personajes, cree- 
mos haber demostrado en breve comparación que no hay entre el prín- 
cipe y Gregorio nada de común, como se afirma falsamente. 

Quede asi contestado el punto segundo. 

Respecto de la singular desaparición del infante Don Carlos, la his- 
toria ya ha dicho lo bastante, y el lector puede juzgar por nuestro re- 
lato en la parte correspondiente á las notas biográficas del príncipe. 
Buen cuidado tuvimos en recoger y rectificar fechas ; reuniendo por 
su parte el más verídico de los historiadores espafioles, los docu- 
mentos que justifican su narración, que hemos seguido. Y aun supo- 
niendo que el príncipe hubiera muerto (uedinado ¿es posible que se hi- 
cieran solemnes funerales á un cadáver distinto al del infante? ¿Cabe 
ea lo posible que la superchería, si así puede llamarse, se hubiera lle- 
vado al extremo de trasladar unos restos, que no eran los de Don Car- 
los, para el panteón del Escorial ante España entera, y ésto viviendo 
todavía Felipe II? Claro es que á la luz de estas y otras no menos gra- 
ves razones, no cabe duda de que el príncipe murió en Madrid y no en 
América, muy lejos del santo varón que confundía con sus virtudes 
ejemplares y extraordinarias. 

No hemos querido tomar en consideración el argumento del Sr. 
Palma, que en la página 112 de la Remta queda impreso: "Si acep- 
tamos — dice-— que el Espíritu Santo ilumina á quien iluminar le pla- 
ce, y que en un guiñar de ojos toma en pozo de sabiduría al más estú- 
pido pelgar, bien pudo el hijo del rey Felipe, adquirir ciencia infusa al 
pisar la tierra de América.^* Tal cosa nos parece absurda, causándonos 
extrafieza la acepte un literato tan cuerdo y distinguido como el bardo 
peruano. Somos nosotros creyentes como el que más; pero creemos en 
lo que la Santa Iglesia admite y define; por eso admitimos los mila- 



¿QUIEN FUE GREGORIO LÓPEZ? 887 

gros cuando la Autoridad Suprema de la Iglesia Católica, en sus deci- 
siones los aprueba: creemos sin vacilar que los Apóstoles, hombres ad- 
mirables, extraordinarios y privilegiados, tuvieron ciencia infusa con 
sólo un soplo del Increado Espíritu, y asi pudieron derramarse por la 
tierra; fecundizándola con su saber y con la voz del Evangelio ; pero 
hasta ahora nunca habíamos sabido la metamorfosis bien singular ope- 
rada en el infante heredero de Felipe II, transformado de súbito en un 
hombre que no solamente era ilustrado, sino merecedor de la beatifi- 
cación. Hasta ahora no se sabe ni que el príncipe Don Carlos tendie- 
ra á ser santo ni á ser un hombre docto poseedor de bellísima forma 
de letra; del idioma latino, de las Santas Escrituras al grado de saber- 
las casi todas de memoria, de las matemáticas y de la astronomía; que 
conocía las propiedades medicinales de las plantas y que su saber y 
discreción le condujeron al extr&no de ser el consultor del mismo vi- 
rrey de Nueva Espafia; y uno délos virreyes más ilustres que envió la 
corona ibera para gobernar la entonces más poderosa y rica colonia del 
continente americano. 

Destinamos nuestro punto cuarto, al argumento que se funda en la 
semejanza que se nota en loa retratos que representan á Felipe II y á 
Gregorio López. 

Desde luego ocurre preguntar si es suficiente razón para creer que 
•una persona sea pariente de otra, el que amba» se parezcan; puede ser 
que lo sean, pero entre tantos millones de seres que pueblan la supera 
ficie de la tierra ¿acaso no se han de parecer dos y tres y más? Hemos 
procurado fajamos bien en esos caracteres de semejanza entre el mo- 
narca descendiente de Carlos V y Gregorio López; tal vez tengan pare- 
cido, á no dudarlo, pero en realidad es poco. Entre los retratos que 
conocemos de Felipe II, hemos visto varios grabados y entre otros &i 
lienzo, uno de cuerpo entero en nuestro Museo Nacional. De Grego- 
rio López, conocemos muchos también grabados y al óleo: uno de cuer- 
po entero, quizá el mejor, que existe en la Capilla de la extinguida Ai> 
chicofradía del Santísimo Sacramento, en la Catedral de México: en la 
parte superior se lee este mote: Quari magna eogüans. — Job. 15; otros 
dos retratos existentes en Santa Fe; uno de medio cuerpo pertenecien* 
te al Sr. Don José M. de Agreda; otro igualmente en lienzo, en el Mu- 
seo Nacional y en el cual lienzo se halla también el retrato del P. 
Losa; y otros varios. Del que se intercala grabado en México á través 
de los Siglos f no conocemos su original que estuvo últimamente en po» 



888 REVISTA NACIONAL. 



der del Lie. Don Juan José Baz. En la mayor parte de los retratos que 
hemos visto, aparece el mote Secretum meum mihi; pero en ninguno 
lleva el eremita el índice de su mano sobre los labios, como dijo el Sr. 
Riva Palacio, quien probablemente asi vio alguna pintura que nos es 
desconocida. 

Si nuestro Gregorio tiene algún parecido con el rey Felipe II, no es 
por cierto, porque el primero fuera el príncipe heredero hijo del mo- 
narca que se cita; y ya hemos admitido a priori ser probable que Gre- 
gorio López haya sido hijo natural del soberano español. 

Poco es, en consecuencia, lo que pueden probamos los retratos. 

Para que el Sr. Palma no nos tache de inconsecuentes, hemos que- 
rido admitir — sin conceder — una equivocación de fechas para la llega- 
da á México del venerable Siervo de Dios. El apreciable escritor sud- 
americano, supone que bien pueden haberse adelantado seis afios en 
las crónicas, es decir, supone un anacronismo, y esto porque repugna 
que el príncipe Don Carlos haya muerto el afio 1568 y Gregorio López 
estuviera ya en México el año 1562. 

No creemos en tal equivocación. La historia ó biografía más verídi- 
ca que de Gregorio López tenemos es la del P. Losa, amigo íntimo y 
compañero del eremita. La primera edición de la obra se hizo en Mé- 
xico el afio 1613, y suponiendo que hubiera salido equivocada, en la 
segunda edición aparecería corregida la falta : ésta obra se imprimió 
en Madrid el año de 1648. (Nótase con extrañeza que hay en esta edi- 
ción documentos de 1657. ¿Seria 1684 la fecha de la impresión?) Pe- 
ro todavía se hizo nueva edición, que conocemos también, y con la 
misma fecha de la libada á México de nuestro Gregorio ; dándose á 
la estampa el libro en 1674. La cuarta edición contiene lo mismo que 
las otras, mas el Tesoro de Medieina y el ApocaJipm; apareciendo en 
Madrid el año 1727; de suerte que desde 1613 hasta 1727, es decir, en 
derdo catorce años no hubo quien conociera la equivocación de las fe- 
chad ni quién tampoco las i^ctificara, como debieron hacerlo todos los 
que posteriormente han copiado al P. Losa; luego debemos suponer que 
dicha fecha e?tá bien asentada. Nicolás Antonio en su Biblioteca (nú- 
mero 15, pág. 39), nos habla de una edición del P. Losa, del año 1645 
y que no ha llegado á nuestras manos; pero debemos inferir que esté 
en fechas lo mismo que las anteriores, por haber aparecido después 
que la de 1613 y antes que las de 1648 ú 84, la de 1674fy la última de 
1727. 



¿QUIEN FUE GREGORIO LÓPEZ? 880 

Desearíamos saber algún fundamento, si es que lo hay, y que se sir- 
viera exponérnoslo el apreciable Sr. Palma, para creer yerosimil la su- 
puesta equivocación, que nosotros desde luego, y vistas algunas prue- 
bas, rechazamos como falsa, no existiendo anacronismo ninguno, ni 
equívoco en los panegiristas de Gregorio López. 



Quédanos algo todavía en el tintero y que no escribimos por haber 
fatigado ya al bondadoso lector; pero sí podemos, con lo que antecede, 
sentar las conclusiones siguientes: 

V El príncipe de Asturias Don Carlos hijo de Felipe II, y Gregorio 
López ermitaño de Santa Fe, fueron dos personajes absolutamente dis- 
tintos el uno del otro ; separados por la diferencia de educaciones, de 
carácter y tendencias. 

2* Gregorio López, dada su misteriosa reserva acerca de su origen, 
bien pudo haber sido hijo natural de algún gran personaje ó noble es- 
pañol; y quizá hasta del mismo rey ; pero nunca haber sido el infante 
Don Carlos, heredero del trono. 

Ambas conclusiones reasumen cuanto hemos dicho anteriormente. 

*** 

Basta leer con suma detención la biografia del infante Don Carlos 
así como la de Gregorio López, para que al momento se deduzca si hu- 
bo ó no entre ambos personajes algún parecido, alguna concordancia 
en sus vidas. 

Tal es lo que hemos pretendido hacer; mas como quiera que cree- 
mos no haber acertado enteramente en nuestras conclusiones, desea- 
ríamos nuevamente conocer la opinión respetable del Sr. Don Ricardo 
Palma, acerca de nuestras observaciones. 

Queda todavía por averiguar el verdadero origen de Gregorio López, 
pero no se confunda ya lamentablemente con el príncipe Don Carlos. 
Quédese esta confusión para novelistas y dramaturgos; quienes forman 
la historia á su capricho. Por eso Felipe II se halla rodeado de miste- 
ríos y de intrigas; porque asi ha querido pintarlo la novela; por eso los 
que no tienen empacho en poner y quitar honras i su antojo, foijan 
célebres amoríos entre el descendiente de Garlos V 7 la princesa de 



890 RBVI8TA NACIONAL. 



Eboli, á la par que Antonio Pérez, privado del rey, cortejaba á aquella 
dama distinguida. Asi es como han aparecido muchas, muchísimas le- 
yendas que con sólo ir enunciando una á una, bastantes cuartillas de 
papel habríamos de llenar. 

Concedamos un tanto de exageración á los biógrafos del infante Don 
Carlos; concedámosla también, respecto á los elogios, á los panegiristas 
de Gr^orio López; pero no por esto el primero, ante los ojos de la His- 
toria más imparcial y sensata, dejará de ser un hombre abominable é 
incorr^ible, y el s^undo un varón santo y virtuoso. 

México; Octubre 4 de 1889. 

Jesús Galindo t Villa. 



SANTOS VEGA. ' 



IZi ZZZadllJrO X>S3Zi X>A.7A.X>OZt. 



En pos del alba azulada, 
ya por los campos rutila 
del sol la grande, tranquila 
y victoriosa mirada. 
Sobre la curva lomada 
que asalta el cardo bravio, 
y allá en el bajo sombrío 
donde el arroyo serpea, 
de cada hierba gotea 
la viva luz del rocío. 



1 EBtft bellfBima oompo«lel6n , perteneoe, eomolaqne imblidMncM etk la pági- 
na 90 del presente tomo, al libro qne lu ilustre autor prepara para UCprensa, y que 
nevara el título Ae lktbii das t t&adicionxs. Batamos ciertos de que El himno 
del layador, Ber& reproducido por la prensa de la Capital j de ;ios Bstados como 
sucedió con la anterior, aunque sin dignarse decir que ÍUé en viada original A 
la JtetUia yackmal, ^ La Dmsooióir. 



SANTOS VEGA. «^ 



De los opuestos confínes 
de la Pampa, uno tras otro, 
sobre el indómito potro 
que vuelca y bate las crines, 
abandonando fortines 
estancia, rancho, mujer, 
vienen mil gauchos á ver 
si en otro pago distante 
hay quien se ponga delante 
cuando se grita á vencer ! 

Sobre el inmenso escenario 
vanse formando en dos alas, 
y el sol reluce en las galas 
de cada bando contrario ; 
puéblase el aire del vario 
rumor que en tomo desata 
la brillante cabalgata 
que hace sonar, de luz llenas, 
las espuelas nazarenas 
y las virolas de plata. 

De entre ellos el más anciano 
divide el campo después, 
señalando de través 
larga huella por el llano ; 
y alzando luego en su mano 
una pelota de cuero 
con dos manijas, certero 
la arroja al aire, gritando 

** Vuela el pato ¡Va buscando 

un valiente verdadero I ^' 

Y cada bando, á correr 
suelta el potro vigoroso, 
y aquel sale victorioso 
que logra asirlo al caer. 
Puesto el que supo vencer 



REVISTA NACIONAL. 



en medio, la turba calla, 
y á ambos lados de la valla 
de nuevo parten el llano, 
esperando del anciano 
la alta sefial de batalla. 

Dala al fín. Hondo clamor 
ronco truena en el circuito, 
y el caballo salta al grito 
de su impávido sefíor ; 
y vencido y vencedor, 
del noble triunfo sedientos, 
se atrepellan turbulentos 
en largas filas cerradas, 
cual dos olas encrespadas 
que azotan contrarios vientos. 

Alza en alto la presea 
su feliz conquistador, 
y su bando en derredor 
le defiende y clamorea. 
Uno y otro aguijonea 
el ágil bruto, y chocando 
entre sí, corren, dejando 
por los inciertos caminos 
polvorosos remolinos 
sobre las pampas rodando. 

Uno al fín, tras la pechada 
del caballo, recia y fija, 
logra asir de la manija 
la presea codiciada ; 
cae su dueño, atropellada 
su horda sufre mil azares, 
y, la espuela en los hijares, 
la triunfante abate, huella, 
revolviendo por sobre ella 
cual la tromba de los mares. 



SANTOS VEGA. 888 



Vuela el símbolo del juego 
por el campo arrebatado, 
de los unos conquistado, 
de los otros presa luego ; 
yense, entre hálitos de fuego 
varios ginetes rodar, 
otros súbito avanzar 
pisoteando los caídos, 
y, en el aire sacudidos, 
rojos ponchos ondear. 

Huyen en tanto, azoradas, 
de las lagunas vecinas, 
como vivientes neblinas, 
estrepitosas bandadas ; 
las grandes plumas cansadas 
tiende el chajá corpulento, 
y con veloz movimiento 
y como silban las balas, 
bate el carancho las alas 
hiriendo á hachazos el viento. 

Con fuerte brazo les quita 
robusto joven la prenda, 
y, tendido, á toda rienda: 
— ¡"Yo sólo me basto!" — grita. 
En pos de él se precipita 
y tierra y cielos asorda, 
lanzada á escape la horda 
tras el audaz desafio, 
con la pujanza de un río 
que anchuroso se desborda. 

Y allá van, todos unidos, 
y él los azuza y provoca, 
golpeándose la boca, 
con salvajes alaridos. 
Dánle caza, y confundidos, 



8»4 REVISTA MACIOMAL. 



todos el cu6rpo indinado 
sobre el arzóti del recado, 
temen que el triunfo les roben, 
cuando, volviéndose, el joven 
echa al tropel su tostado 

El sol ya la hermosa frente 
abatía, y, silencioso, 
su abanico luminoso 
desplegaba en occidente, 
cuando un grito de repente 
llenó el campo, y al clamor 
cesó la lucha, en honor 
de un sólo nombre bendito; 
que aquel grito era este grito: 
"¡Santos Vega, el. payador!" 

Mudos ante él se volvieron, 
y, ya la rienda sujeta, 
en derredor del poeta 
un vasto círculo hicieron. 
Todos el alma pusieron 
en los atentos oídos, 
porque los labios queridos 
de Santos Vega, cantaban, 
y en su guitarra sonaban 
estos vibrantes sonidos: 

— "Los que tengan corazón, 
los que el alma libre tengan, 
los valientes, esos vengan 
á escuchar esta canción: 
nuestro dueño es la nación 
que en el mtír vence la ola, 
que en los montes reina sola, 
que en los campos nos domina 
y que en la tierra argentina 
nos da su patria espaflola. 



8ANT06 VEGA. 806 



"Hoy mi guitarra, en los llanos, 
cuerda por cuerda, asi vibre: 
hasta el chimango es más libre 
en nuestra tierra, paisanos! 
Mujeres, niños, ancianos, 
el rancho aquel que primero 
llenó con sólo un ite quiero! 
la dulce prenda querida; 
todo, ¡el amor y la vida, 
es de un monarca extranjero! 

**Ya Buenos Aires, que encierra, 
como las nubes, el rayo, 
el veinticinco de Mayo 
clamó de súbito: guerra! 
Hijos del llano y la sierra, 
pueblo argentino, ¿qué haremos? 
¿menos valientes seremos 
que los que libres se aclaman?.... 
De Buenos Aires nos llaman, 
á Buenos Aires volemos! 



"¡Ah, si es mi voz impotente 
para arrojar, con vosotros, 
nuestra lanza y nuestros potros 
por el vasto continente; 
si jamás independiente 
veo el suelo en que he cantado, 
no me entierren en sagrado 
donde una cruz me recuerde, 
entiérrenme en campo verde 
donde me pise el ganado!^' 

Cuando cesó esta armenia 
que los conmueve y asombra, 
era ya Vega una sombra 
que allá en la noche se hundía. 
fPátrial á 0U8 almas decía 



806 REVISTA NACIONAL. 



el cielo, de astros cubierto, 
¡Patria! el sonoro concierto 
de las lagunas de plata, 
¡Patria! la trémula mata 
del pajonal del desierto. 

Y á Buenos Aires volaron, 
y el himno audaz repitieron, 
cuando á Belgrano siguieron, 
cuando con Güemes lucharon, 
cuando por fin se lanzaron 
tras el Andes colosal, 
hasta aquel día inmortal 
en que el héroe americano 
batió al sol ecuatoriano 
nuestra ensefia nacional. 



Rafael Obligado. 



ABEJA. 



IConünúa.'] 

CAPITULO XX. 

QUE TRATA DE ÜN ZAPATITO DE RASO. 

Apenas se dudaba en los Clarides que Abeja hubiera sido robada por 
los Enanos. Era ésta también la creencia de la duquesa; pero sus sue- 
ños no se lo revelaban precisamente. 

— La encontraremos, decía Jorge. 

— La encontraremos, respondía Francoeur. 

— ^Y se la traeremos á su madre, decía Joi^e. 

— Y se la traeremos á su madre, respondía Francoeur. 



ABEJA. 397 

— Y la casaremos, decía Jorge. 

— ^Y la casaremos, respondía Francceur. 

Inquirían con los habitantes las costumbres de los Enanos y las cir- 
cunstancias maravillosas del robo de Abeja. 

Fué así como interrogaron á la nodriza Maurícia, que había nutrido 
con su leche á la duquesa de los Clarides; pero ahora Mauricia no te- 
nía ya leche para los niños y sólo alimentaba á las gallinas de su co- 
rral. 

Así la encontraron el amo y el escudero. Ella gritó: Psit! psit! psit! 
pequeñitos! ¿Sois vos monseñor? psit! psit! psit! ¿Es posible que estéis 
tan grande ípsit! ¿y tan hermoso? Psit! psit! chu! chu! chul ¡Mi- 
rad á esta glotona que se come toda la ración de los chiquitos! Chu! 
chu! chu! Es el retrato del mundo, monseñor. Todo lo bueno está con 
los ricos. Los flacos enflaquecen, mientras que los gordos engordan. 
Porque no hay justicia en la tierra. ¿En qué puedo serviros, monse- 
ñor? ¿Aceptaríais, cada uno, un vaso de cerveza? 

— ^Lo aceptamos, Mauricia, y os abrazaré porque habéis nutrido con 
vuestra leche á la madre de aquella á quien amo más en el mundo. 

— Es la verdad monseñor; mi criatura tuvo el primer diente á los 
seis meses y catorce días. Con este motivo la difunta duquesa me hi- 
zo un regalo. Es la verdad. 

— Pues bien, Mauricia, decidnos lo que sepáis de los Enanos que ro- 
baron á Abeja. 

— ^Ay! monseñor, no sé nada de los Enanos que la robaron. ¿Y có- 
mo queréis que una vieja como yo sepa alguna cosa? Hace mucho 
tiempo que olvidé lo poco que había aprendido, y ahora mismo no ten- 
go memoria para recordar dónde he puesto mis anteojos. ¡Me cansaba 
de buscarlos y los tengo en la nariz ! Tomad esta bebida, está fresca. 

— A vuestra salud, Mauricia; pero me han contado que vuestro ma- 
rido sabía algo del robo de Abeja. 

— Es la verdad, monseñor. Aunque no recibió instrucción, sabía 
muchas cosas que aprendía en las ventas y en las tabernas. No olvi- 
daba nada. Si todavía estuviera en el mundo, y sentado con nosotros 
delante de esta mesa, os contada historias hasta mañana. Me contó 
tantas y tan diferentes que se me han revuelto en mi cabeza, y no sa- 
bría, ahora, distinguir la cola de una y el principio de otra. Es la ver- 
dad, monseñor. 

Sí, era la verdad, y la cabeza de la nodriza podía compararse á una 



88g REVISTA NACIONAL. 



vieja y rajada mannita. Jorge j Francoeur tuvieron todos los trabajos 
del mundo para que dijera algo de provecho. No obstante, le sacaron, 
á fuerza de circunloquios, un relato que comenzaba de este modo: 

— Hace siete años, monsefior, el mismo día en que huísteis con 
Abeja, y que no volvisteis ni el uno ni el otro, mi difunto marido 
fué á la montaña á vender un caballo. Es la verdad. Dio al animal un 
buen pienso de avena mojada con cidra, á fin de que tuviera la corva 
cerrada y el ojo brillante, y lo llevó al mercado próximo de la montaña. 
No tuvo que sentir la avena y la cidra, porque el caballo fué muy bien 
vendido. Los animales son como los hombres ; se les estima por las 
apariencias. Mi difunto marido se regocijó con el buen negocio que aca- 
baba de hacer, y ofreció de beber á sus amigos, persuadiéndolos con el 
vaso en la mano. Sabed ahora, monseñor, que no había un sólo hom- 
bre en todos los Clarides, que estimando á mi difunto marido, lo de- 
sairara con el vaso en la mano. Pues bien, aquel día, después de haber 
hecho muchos cumplimientos, volvió solo, ya de noche y tomó un mal 
camino, pues no pudo reconocer el bueno. Encontróse cerca de una ca- 
verna, y percibió, tan distintamente cuanto era posible, en su estado y 
á tal hora, una multitud de Enanos que llevaban sobre una camilla á 
una joven. Huyó temiendo un desastre, porque el vino no le quitaba 
la prudencia. Pero á alguna distancia, habiéndosele caído su pipa, se 
inclinó para recogerla y alzó en vez de ésta un zapatito de raso. Dijo 
á propósito de esto una cosa que le agradaba repetir cuando estaba de 
buen humor: '^Es la primera vez, decía, que una pipa se cambia en 
zapato." Ahora bien, como este zapato parecía ser de una muchachi- 
ta, pensó que aquella que lo había perdido en el campo había sido ro- 
bada por los Enanos, y que su rapto era el que había presenciado. Iba 
á poner el zapato en su bolsillo, cuando los Enanos cubiertos de capu- 
chones, se arrojaron sobre él y le dieron tal número de bofetadas que 
quedó aturdido en aquel sitio. 

— ¡ Mauricial ¡Mauricial exclamó Jorge, íes el zapato de Abeja ! ¡Dád- 
melo para besarlo mil vecesl Estará todos los días sobre mi corazón, 
en un saquito perfumado, y cuando me muera, lo pondré en mi ataúd. 

— ¡Con gusto lo haría, monseñor! ¿pero á dónde iríais á buscarlo? 
Como los Enanos castigaron á mi pobre esposo él mismo pensaba que 
había sido tan concienzudamente abofeteado, por haber tratado de echár- 
selo á la bolsa, para mostrarlo á los magistrados. Con este motivo te- 
nía la costumbre de decir, cuando estaba de buen humor 



BIBLIOQBAFJÜt. 889 



— Basta! basta! Decidme solamente el nombre de la caverna. 

— ^Monseñor, se llama la caverna de los Enanos, y le conviene bien 
este nombre. Mi difunto marido 

— Maurícial ni una palabra más! ¿Pero tú Francoeur, sabes adonde 
está la caverna? 

— Monseñor, respondió FrancoBur acabando de vaciar el tarro de cer- 
veza, no lo dudaríais si conocierais mejor mis canciones. Una docena 
he hecho sobre esta caverna y la he descrito sin olvidar ni una^sola 
brizna de musgo. Me atrevo á decir, monseñor, que de las doce can- 
ciones, seis son de verdadero mérito. Pero las otras seis no son del to- 
do despreciables. Os voy á cantar una ó dos 

— Francoeur, exclamó Joi^e, nos apoderaremos de la caverna délos 
Enanos y libertaremos á Abeja! 

— ¡Es la verdad! respondió Francceur. 

Anatole Framce. 

[Omeluirá,] 



BUaiOGBAFU. 



Apuntes histórico^eográficos, — Nos es muy grato tributar merecido 
elogio al Sr. Presbítero D. Manuel Portillo, por la publicación del libro 
intitulado Apuntes histórico-geográficos del Departamento de Zapcpan. 
El Sr. Portillo, que es cura beneficiado de la parroquia de Zapopan del 
Estado de Jalisco, ha prestado no sólo á los habitantes de ese dq)arta* 
mentó ó cantón, sino á cuantos se interesan en loa estudios históricos, 
un servicio digno de reconocimiento. 

Para comprender hasta dónde el Sr. Portillo se aparta de los sacer- 
dotes que no creen cumplir su misión si no es predicando en contra de 
las leyes y de las autoridades constituidas, basta leer al final de la De- 
dicatoria de su libro las siguientes palabras: "Sólo deseo que esa Ilus- 
tre Corporación, — el Ayuntamiento de la villa de Zapopan, — acepte es- 
te trabajo como una prueba de mi adhesión y respeto á las autoridades 
constituidas/^ 



Mn REVISTA NACIONAL. 



Ahora, para que nuestros lectores tengan idea de la importancia y 
de la utilidad del libro que anunciamos, diremos que en él se trata de 
la situación geográfica del departamento, asi como de su aspecto gene- 
ral, clima, producciones vegetales, maderas de construcción, plantas, 
flora, zoología, primeros habitantes, idioma, teogonia, fundaciones, es- 
tado actual, comercio, agricultura, industria, gobiernos civil y eclesiás- 
tico, biografías y notas cronológicas. 

Desde luego despierta la lectura de los Apuntes del Sr. Portillo, la 
idea de los grandes beneficios que produciría á la República el que en 
cada una de las fracciones en que se divide, se emprendieran estudios 
de esta índole, no solamente para reunir datos completos para la his- 
toria general de México y para la geografía, sino también para revelar 
las riquezas inexplotadas de todos y cada uño de los Estados de la Con- 
federación. 

No será una obra perfecta la del Sr. Portillo; pero aun asi, debemos 
reconocer que puede servir de ejemplo para trabajos análogos. 



Jxi Prüión de HMcUgq, e^dios criticas de historia patria. — El Dr. 
D. Jesús Diaz de León, acaba de publicar con este titulo, en Aguasca- 
lientes, una interesante y bien perita monografía histórica, en la que 
el Padre de la Patria está juzgado desde un punto de vista filosófico é 
imparcial. El héroe está estudiado como caudillo y como mártir, en to- 
da su grandeza y magnitud. Notables son las reflexiones que hace el 
autor, con motivo de la retirada de Hidalgo, después de la derrota de 
los realistas en las Cruces, y muy juiciosas las observaciones acerca de 
su último Jfani/íeíto, que de no ser apócrifo, como creen muchos, no 
tiene **ante la historia," sino "poca significación, puesto que sólo con- 
cierne á la conciencia del héroe. " 



DATOS PARA LA BIOGRAFÍA DE D. MARIANO ARISTA. 401 



DATOS 



PIBA LA biografía DE D. MABIANO ABISTA. 



II 



Dije en mi primer artículo que ni hago historia ni escribo la biogra- 
fia de Don Mariano Arista: en consecuencia, no se busque en mi tra- 
bajo humilde, relación desucesos]de aquella memorable época, pues só- 
lo cabe en él la inserción de documentos á que dio algún valor, con- 
servándolos el General Arista, cuya hoja de servicios dice, después de 
dar noticia de su llegada á Yeracruz en la noche del 4 de Diciembre 
de 1838: ^* El día 5, á la madrugada, fué asaltada la casa en que se alo- 
jaba con el E. S. General Santa Anna, y en ella fué hecho prisionero 
por los franceses, agoviado por el número, después de haber hecho la 
resistencia posible, y no se rindió á más de cuatrocientos que ocupa- 
ron la casa sino en su última pieza, defendiéndose con sólo dos solda- 
dos que lo acompañaban y que ambos perecieron.]'* 

He aquí como él mismo describe su libada á Yeracruz, en un Dia- 
rio que por desgracia interrumpió su captura por los franceses. " Diario 
que empieza desde el dia 4 de Diciembre — Dia 4 — A las dos de la ma- 
ñana recibi en Paso de Ovejas orden para marchar en el acto con mi 
sección á Santa Fe. Se me noticiaba el relevo de Rincón por Santa 
Anna. — Gran conmoción de mi espíritu. — Llamo á todos los jefes y 
dispongo la marcha en el acto, resueltos á obedecer i Santa Auna á 
pesar de nuestros íntimos sentimientos. — Salió la sección á la salida 
del sol, y llegó á Santa Fe á las dos de la tarde. En el camino recibí 
orden de Santa Anna para marchar sobre Yeracruz á recibir órdenes. 
— Salí de Santa Fe á las cinco de la tarde en una volanta de retomo: 
á una legua se cansaron las muías de la volanta y tuvimos Iturría y yo 
que continuar á pié hasta Yergara. — Mucha fatiga por la arena. — Un 
negro nos ofrece sus caballos, y con ellos llegamos á Yergara, donde 
hallamos los nuestros y la escolta. — Terrible emoción del pueblo amon- 
tonado en las pequeñas casas, y tiradas las mujeres y niños en los la- 
dos de la playa. Llegamos á la Puerta de México como á las diez. Se 
nos abrió y fuimos á la casa de Santa Anna que se estaba bañando. 

R. N.— T. II— í6 



402 REVISTA NACIONAL. 



Salió después, me recibió con agrado empachoso, me ofreció café y des- 
pués de él hablamos largo, explayó sus ideas, sus proyectos. Se halla- 
ban presentes Hernández é Iturria. La conversación acabó á la una de 
la noche, despidiéndonos, pues debía marcharme temprano. Nos acos- 
tamos á la una y media en la sala de la casa. '' Desde la mañana de^ 
ese dia 4, Arista había escrito á Santa Anna reconciliándose con él, lo 
siguiente: "Esta inacción ó derrota en que parecía [tíos hallábamos, 
me tenía desesperado : vamos á obrar y mi alma se mueve fijando su 
objeto que no puede vd. dudar es otro que hacer triunfar la patria ó pe- 
recer en sus escombros. — Ciertamente que esta época nos impone el 
deber de damos el abrazo fraternal, olvidando todo resentimiento de 
cualquiera esfera qne haya sido. Yo me reconcilio con vd. y mis que- 
jas las sepulto para siempre en el olvido, recordando sólo que hemos 
sido amigos, que estuvimos unidos y que hicimos uno por el otro sa- 
crificios que nos ligan estrechamente por la naturaleza de que fueron. 
Lo mismo que yo se expresan los señores jefes de esta sección, que 
gustamos de ver actividad y vida, ansian por el momento de pelear con 
su enemigo que sólo en la desigualdad de poder ha podido triunfar por 
un momento en Ulúa. ^' 

Volvió á referirse á esto en la siguiente interesante carta escrita sien- 
do ya prisionero: "Exmo. Sr. Presidente Don Anastasio Bustamante. 
—A bordo de la Fragata "La Gloria."— Diciembre 18 de 1838.— Mi es- 
timado general y amigo de todo mi respeto:^ — No había escrito á vd. 
mi general porque temía que no me permitieran hacerlo sino á mi fa- 
milia; mas se me ha concedido el permiso de hacerlo á vd. y me ocu- 
po con el mayor placer. — Ya estará vd. por menor impuesto de mi des- 
gracia el día que fui prisionero. Obedecí la orden de ponerme á las de 
Santa Anna ; mas fué necesario hacerme bastante fuerza, pues que no 
imaginaba que una providencia fuerte fuera dada por vd. sin indicar- 
me algo en amistad. Yo no recibí carta de vd. y el cambio era terri- 
ble; no obstante, la patria era primero; sacrificando todo fui á obede- 
cer y abriéndome los brazos el general Santa Anna, sinceramente lo 
estreché entre los míos. Poco duró esto; tres horas después yo era pri- 
sionero y el Sr. Santa Anna estaba herido. La suerte ju^a con los hom- 
bres y así ^lo dispuso. — He sido trasladado por el Sr. Baudin y jefes 
franceses con el mayor decoro : se me atiende, se respeta mi desgracia: 
en fin, estoy altamente reconocido á este proceder noble y caballero. — 
El Sr. Almirante tuvo la bondad de visitarme el día 14 de éste, y en 



DATOS PARA LA BIOGRAFÍA DE D. MARIANO ARISTA. H» 

SU conversación me aseguró los mejores deseos de adquirir la paz, y las 
seguridades de que jamás se ha pensado atacar el honor y la indepen- 
dencia de México. Me expresó algunos pormenores de las conferencias, 
y quedé admirado de ver la diferencia con que me lo habia dicho to- 
do el Sr. Cuevas. En fín, me dijo que la guerra sehaciapor una baga- 
tela. También se expresó quejoso de no haber recibido respuesta auna 
carta escrita á vd. el día 3. Yo le dije que quizás la habría vd. recibi- 
do con la noticia del ataque de la plaza, y no entendiendo el sentido 
de una cosa con otra, no habría contestado. Con motivo de pedir al- 
gunas cosas de mi equipaje, escribí á mis ayudantes, saludando á to- 
dos los jefes mis amigos ; recibí contestación de ellos y entre otras la 
que original adjunto de nuestro amigo Garda Conde. Esta la ensefié 
al Sr. Lainé que manda esta Fragata y á quien debo el trato más fino, 
y él se la mandó al Sr. Baudin. Este al devolvérmela le escribe la ad- 
junta carta, escrita del mismo pufio del Sr. Baudin y que le pedí al Sr. 
Lainé con el mayor encarecimiento, así como la licencia de escribir á 
vd. y mandársela como lo hago. Yo juzgo es demasiado interesante su 
contenido, y por esto me dirijo sólo á mi amigo el general Bustaman- 
te, sin otro título, sin otro objeto que la amistad que le profeso: por 
ella le ruego que salve á la Nación, que si es positivo que no se ataca 
el honor ni la independencia, que se salve la patria y mi buen amigo 
sea su libertador, oyendo á la filosofía, consultando la razón, y miran- 
do el porvenir. Deseo que reciba como un servicio estas noticias, y que 
seguro de mi patriotismo y leal amistad, mande cuanto guste á su des- 
graciado y apasionado amigo que lo respeta y atento B. S. M. — Maria- 
no Árida. " 

Deplorable fué el efecto que esta carta hizo, y amargos los disgustos 
que á su autor produjo : del cómo y por qué, nos entera la que Arista es- 
cribió al general Don Felipe Codallos, el seudo-espartano que en sus su- 
blimados odios políticos no tiene piedad ni para los individuos de su 
misma sangre. Arista había enviado copias de su carta y de la de Bau- 
din á Codallos, jefe de las fuerzas estacionadas en los Pocitos: Coda- 
llos se las devolvió permitiéndose afearle su proceder en el asunto. He 
aquí la respuesta del prisionero. "Exmo. Sr.: Sorprendido he queda- 
do al leer el oficio de V. E., que he recibido hoy. Ni el grado de V. E. 
ni el empleo que ejerce han podido jamás autorizarle para insultar, pa- 
ra robar su honor á su General que se ha conducido siempre bien y go- 
za en el Ejército mexicano de una reputación que ganó por sus servi- 



404 BEVISTA NACIONAL. 



cios. Ligeramente me pega Y. E. y atropellando el estilo confidencial, 
sagrado entre hcmibres de honor, califica de mala una acción que en 
si es un servicio á mi pais. ¿Quién pudo imaginar que mi franqueza 
en el seno de la amistad para con vd. fuese tomada por un crimen? 
¿Asi se hiere el honor, más sagrado que la vida para un oficial ? ¿Qué 
fundamento tiene V. E. para insultar á un desgraciado prisionero, di- 
ciéndole que es un miserable conducto de que se sirven los enemigos 
para insultar á las autoridades mexicanas ? Lo imaginó sólo V. E. por- 
que no puede sin duda concebir que jo sea tratado de un modo tan 
franco como á mi se me trata. No he necesitado de bajeza alguna para 
que esto sea asi. Ni á presencia de la misma muerte se me arrancaría 
á mi la menor cosa indigna de mi decoro que sabré guardar como me 
lo demanda mi rango. — A presencia del teniente coronel Arzamendi 
y de los otros dos señores oficiales, que fueron prisioneros conmigo, se 
comenzó á tratarme en unión de ellos, con la mayor delicadeza y de- 
coro. Ni la presencia de los oficiales franceses heridos, ni el inmedia- 
to calor del combate hizo que se variase esta conducta. En ese mismo 
día se me permitía escribir y cerrar mis cartas sin[ser vistas por nadie* 
Llame V. E, á esos sefiores oficiales y satisfágase de esto, por lo que 
podrá comprender que no ha sido posible que estos jefes hiciesen 
la barbarie que imaginó V. E. de obligarme á escribir lo que les ha 
agradado, y el General Arista preferiría cien muertes á la degrada- 
ción. V. E. ha faltado conmigo á la buena amistad, á la justicia, y á to- 
do lo que los hombres y más los compañeros se deben en la desgracia. 
Desgarra el honor de un prisionero, única cosa que le hace llevadera 
su desgracia, toma un carácter oficial abusando de una confianza amis- 
tosa, y en lugar de consuelos á un añigido se le dá el golpe más atroz 
que pudo recibir hombre. — Afligido digo porque estoy mirando á mi 
país empeñado en una lucha en que yo hice voto de derramar toda mi 
sangre, y me veo condenado por la suerte que no pude evitar, á ser 
prisionero en el primer encuentro de las tropas mexicanas. Me pesa la 
vida, que soporto porque no la puedo sacrificar por mi patria. — Quedo 
por todo entendido que estoy sentenciado por V. E. á ignorar de mis 
deudos y amigos y á no esperar auxilio ninguno del Ejército mexica- 
no á que tengo el honor de pertenecer. — Dirigía una carta'primero al 
Supremo Magistrado que es mi amigo, y si bien las copias que acom- 
pañaba tenian palabras malas, de su contenido estoy seguro podía sa- 
car el mismo Magistrado cosas importantes para el Gobierno. ¿Qué 



DATOS PARA LA BIOGRAFÍA DE D. MARIANO ARISTA. 406 

mal hacia esto ? Depositaba en el seno del Jefe supremo cosas que mi 
cabeza juzgó necesarias supiese, aunque fuera otra la intención de los 
que me dieron las copias. Por consideración y amistad al general Co- 
dallos mando abierta esta carta, prueba de mi buena intención, ¿y se 
toma el estilo ofícial para devolverla con la nota más terrible que ha 
podido escribirse á un General mexicano en la desgracia? — Todo lo 
podía hacer Y. E. quebrantando lo que los hombres tienen por más sa- 
grado, pero no me arrancará un honor que sabré conservar á costa de 
mi vida. — Pruebas he dado ante la nación que no temo á la muerte, 
y ningún poder podfa empelerme á bajezas que V. E. ha probado al- 
gunas veces que son lejos de mif alma, que con orgullo puedo llamar 
noble y fuerte. — Reñexione V. E. si su empleo, si la amistad que nos 
unia, si la consideración de mi clase y situación le han podido autori- 
zar para tal insano proceder, y hágame en consecuencia la justicia que 
merezco. " 

En la carta que sobre el mismo asunto dirigió al Presidente Busta- 
mante, el Sr. Arista se queja así : ''Abusa el general Codallos de todo 
lo más sagrado y decide con rapidez, lanzándome la infamia en un pá- 
rrafo venenoso que jamás podré olvidar. Creerme capaz de ser un mi* 
serable conducto de que se insulte á las autoridades mexicanas; loh! 
Dios ! No se ha ofendido á hombre en tan alto grado como á mí, por- 
que aunque pese al Sr. Codallos yo amo á mi patria más que él porque 
no es mexicano, y juro ante Dios que hice voto de perecer en esta glo- 
riosa lucha Le admira al Sr. Codallos que se me trate con tanta 

franqueza á bordo, porque no sabe que los franceses tienen vanidad en 
tratar bien á sus prisioneros, y sin más examen me dá el golpe más te- 
rrible El Sr. Baudin me ha detenido aquí en esperanzas de que 

la paz se haga pronto, y tengo entendido que si esto se alarga, debe man- 
dárseme á Francia: yo dirijo al Gobierno la adjunta instancia para que 
se sirva determinar lo que crea justo, para que un General que en defen- 
sa de la República se halla prisionero no perezca de necesidad ni su 
familia. " 

. El oficio de Codallos decía : " Comandancia general del Departamen- 
to de Veracruz.. — Devuelvo á V. S. los papeles que solicita pasen al 
E. S. Presidente de la República, por considerar que no debe ser V. S. 
el conducto por donde el Sr. Baudin y sus subditos insulten á personas 
respetables de nuestra Nación, no menos que al primer magistrado de 
ella. — La situación de V. S. de prisionero de guerra lo pone fuera de to* 



4» REVISTA NACIONAL. 



da intervención en la contienda actual entre México y Francia, y aun 
cuando por compromisos V. S. se vea estrechado, debe preferir en tal 
caso cualquiera consecuencia antes que dar lugar á esos señores á juz- 
gar desventajosamente la conducta de V. S. en su desgraciada prisión, 
que bien sabrá considerar toda la Nación. — Cuando esos señores ten- 
gan que dirigirse á alguna autoridad de esta Nación, que lo verifiquen 
debidamente, corriendo al efecto el parlamento acostumbrado entre los 
Ejércitos beligerantes, según uso de la guerra. — Siento que me haya 
cabido tener que dirigir á Y. S. esta nota, por la consideración personal 
que V. S. me merece, particularmente en su actual situación ; pero el 
decoro dice en todas circunstancias debemos contener con los que quie- 
ran tratamos como hotentotes, me pone en este caso. — Reciba Y. S. 
sin embargo las consideraciones de mi particular aprecio. — Dios y Li- 
bertad. Cuartel general en los Pocitos. Diciembre 24 de 1838. — Feli- 
pe Codallos, — Sr. General de Brigada, Don Mariano Arista." 

No obstante, la carta de Arista y las copias de las de Baudin y Lai- 
né, llegaron á manos del Presidente, quien con fecha 31 de Diciembre 
escribió al prisionero: ''Me he impuesto del contenido de la carta del 
Sr. Baudin al Sr. Lainé, así como de las reflexiones que vd. me hace 
en la suya, de cuya contestación me ocupo ; pero no creyendo conve- 
niente ni propio de los estrechos limites de una carta entrar en discu- 
sión sobre los delicados puntos que se versan en la cuestión, me con- 
traigo solamente á satisfacer á la queja del Sr. Baudin, asegurando á 
vd. haber dado contestación por el Ministerio de la Guerra á la nota 
que me dirigió S. E. con fecha del 3, según vd. verá en el adjunto Dia- 
rio, no debiéndolo hacer por mi ciertamente en razón de que como vd. 
sabe, nuestra Constitución prohibe que el Presidente de la República 
pueda seguir comunicación alguna ofícial sino es por el conducto de al- 
gunos de los Secretarios de su despacho, que son los órganos legales." 

Otra carta del Sr. Iturria ayudante del General, da sobre él asunto las 
siguientes noticias : " El General Santa Anna me manifestó su senti- 
miento por no poder mandarle lo que pedía, me habló de que vd. no 
debía escribir nada que pasase de asuntos de familia, y me advirtió que 

• 

sentia que hubiese vd. sido un conducto para que esos señores se des- 
ahogasen contra el Gobierno En estos momentos de que yo forma- 
ba mis razones para defender las que vd. pudo tener en su carta al Pre- 
sidente, llegó un papel impreso en que se atacaba la reputación de vd. 
y la del general Bustamante, suponiendo su perverso autor á ambos en 



DATOS PARA LA BIOGRAFÍA DE D. MARIANO ARISTA. 407 

combinación para entregar á Santa Anna y permitir una gloria á las 

fuerzas francesas Me apersoné al Presidente quien me recibió bien, 

y preguntándome por vd. me dijo : " Yo he recibido una carta del Sr. 
Arista en que me habla de algunas cosas relativas á asuntos políticos, 
y le he contestado sin hablar de esos asuntos porque me compromete- 
ría mucho si lo hiciera. Vd. debe aconsejarle que no escriba nada de 
esas cosas. '' Yo me esforcé en persuadirle que si vd. se había ocupa- 
do del asuuto habría sido porque amaba al país y deseaba contribuirá 
su bien como fuera acequible. Vi después al Sr. Torne! que me habló 
del asunto aunque más seriamente, y entre sus palabras tengo presen- 
tes estas : '^ El general Arista se ha ocupado de escribir asuntos que 
merecían hacerle cargos cuando volviese al país." Siguió la conversa- 
ción y lo vi más indulgente. " 

A los sinsabores que su carta al Presidente le produjo, uniéronse los 
que le atrajo la forma en que le fué devuelta la libertad por el Almi- 
rante Baudin. Véase el ofício de Arista al Jefe de la escuadra francesa: 
"Exmo. Sr. — El Sr. Comandante Lainé me ha hecho conocer que V. 
E. ha tenido la consideración de darme la libertad á condición de pro- 
testar bajo mi palabra de honor, no tomar las armas contra la Francia 
en la presenta guerra. — Adjunta es mi protesta: al indicarla á V. E. 
la gratitud me impone el deber de darle las gracias más expresivas por 
el honroso y distinguido trato que ha mandado se me dé, y por las 
constantes consideraciones que ha tenido V. E. para hacerme llevade- 
ra mi situación. — Deseo que V. E. se penetre de mi reconocimiento 
así como de mi particular aprecio que en persona me merece. — Dios 
y Libertad. Antón Lizardo, á bordo de la Fragata ''Gloria.'* Enero 26 
de 1839. — Mariano Arista, — Exmo. Sr. Almirante de las fuerzas na- 
vales francesas en el Golfo de México. — Protesta. — El General de Bri- 
gada del Ejército mexicano que suscribe, prisionero de guerra en las 
tropas francesas, protesta bajo su palabra de honor no tomar las armas 
en la presente guerra de mi Nación con la -Francia. — Antón Lizardo, 
A bordo de la Fragata "Gloria." Enero 26 de 1839.— ifariano Arista.'' 

Véase ahora el ofício en que el general comunicó á Santa Anna su 
vuelta á la patria: "Exmo. Sr.: El Sr. Contraalmirante francés me pro- 
puso el día 25 del presente, por medio del Comandante de la Fragata 
"Gloria," donde me hallaba prisionero, que si prometía bajo mi palabra 
de honor no tomar las armas contra la Francia en la presente guerra, 
sería puesto en libertad. — Yo, seguro de que en aquel estado no podía 



40S BEVI8TA NA.CIONAL. 



ser Otil á mi patria, y que otorgando la promesa era posible ser em- 
pleado en otras comisiones, acepté la oferta y otorgué mi protesta. — 
En tal virtud he sido puesto en libertad, y trasladado hoy en un bote 
francés á esta plaza, donde he llegado á las cinco de la tarde. — Maña- 
na me dirijo á tomar en persona las órdenes de V.E. y mientras tanto 
le ruego admita las protestas de mi respeto y alta consideración. — Dios 
y Libertad. Veracruz, Enero 27 de 1S39 á las ocho de la noche. — Ma- 
riano Arista. — E. S. General en Jefe Don Antonio L. de Santa Anna.^* 

Igual ofício dirigió al Ministro de la Guerra, cambiando únicamente 
así el último párrafo: "Mañana marcho á Manga de Clavo á tomar las 
órdenes del E. S. General Santa Anna, y á pedirle mi pasaporte para 
pasar á esa capital á que disponga de mi el Supremo Gobierno. — Rue- 
go á V.E. dé cuenta al E. S. Presidente, y admita las seguridades de 
mi respeto y particular aprecio/* 

Después de conferenciar con Santa Anna, el Sr. Arista ñrmó el si- 
guiente oficio: ''Exmo. Sr. — El 27 del presente he venido á las playas 
de Veracruz disfrutando mi libertad á virtud de habérmela propuesto 
el Sr. Almirante de las fuerzas francesas, con la condición de empeñar 
mi palabra para no tomar las armas contra aquella Nación durante la 
guerra que existe con la nuestra. — Mi estado de prisionero me hacía 
inútil á mí patria, y yo aunque vacilé en lo que deberia hacer cuando 
me fué propuesta la libertad, determiné por fín tomarla, porque la pa- 
labra que he ofrecido es una costumbre admitida generalmente entre 
todas las naciones. — Luego que salté en tierra di aviso al E. S. Gene- 
ral en Jefe Don Antonio López de Santa Anna, poniéndome á sus ór- 
denes, y desde luego he venido á recibir verbalmente la de marcha á 
esa capital para tomar las de V.E. á quien me reservaba hacer esta co- 
municación, para que se sirva imponer de ella al E. S. Presidente, te- 
niendo la bondad de manifestarle que si el volver á mi patria me es 
satisfactorio, es únicamente por ofrecer mis servicios al Supremo (xo- 
bierno. — Mañana saldré de este punto y tendré el honor en apersonar- 
me á V.E. á quien reitero las protestas de mi respeto. — Manga de Cla- 
vo. Enero 28 de 1839.— E. S. Ministro de la Guerra." 

El Ministerio contestó asi: "Por el oficio de V. S. de 28 del próximo 
pasado queda enterado el E. S. Presidente de que habiendo sido pues- 
to en libertad, se ha presentado al E. S. General en Jefe de la División 
de Vanguardia, y que continúa su camino para esta capital, disponien- 
do así lo diga á V. S. en respuesta. 



DATOS PARA LA BIOGRAFÍA DE D. MARIANO ARISTA. 409 

*^Con tal motivo reproduzco á V. S. las seguridades de mi aprecio y 
particular consideración. — Dios y Libertad. México, Febrero 2 de 1839. 
— Por indisposición del E. S. Ministro. — Joaquín Velázguez de Lean,'' 

Don Mariano Arista que ese día 2 había llegado á la capital, sintió 
el golpe en plena alma y respondió asi: ^^Exmo. Sr. — El oficio de V. E. 
de 2 del corriente en que se sirve contestar de enterado á mi nota de 
28 del pasado, en que doy parte al Supremo Gobierno de haber sido 
puesto en libertad de la prisión que sufría en la Escuadra francesa, me 
ha causado un profundo sentimiento. — Estoy seguro de que he cum- 
plido con mi deber, que he dado el decoro y honor que me demanda 
mi rango en las circunstancias difíciles en que me hallé, que he pade- 
cido infinito, que he perdido mis intereses, y que he hecho, en fin, los 
sacrificios que la patria exige de sus hijos. — En este convencimiento 
¿podía imaginar que recibiría por recompensa de mi Gobierno una con- 
testación de enterado? — Satisfecho de que he obrado meritoriamente 
no puedo menos que patentizar á V. E. el agravio que he recibido por 
una tal remuneración á mis servicios, y le ruego que si duda el Gobier* 
no de mi excelente porte, se sirva mandarme enjuiciar para que la ver- 
dad sea aclarada y mi mérito reconocido justamente. — Tales drcuns* 
tancias me hacen pedir al Supremo Gobierno el que se sirva acordar- 
me un cuartel para el pueblo de Tacubaya, con el objeto de restablecer 
mi salud que tanto lo necesita. — Sírvase Y. E. dar cuenta con todo lo 
expuesto al E. S. Presidente, para que S. E. resuelva lo que crea con- 
veniente, recibiendo las protestas de mi respeto y debida consideración, 
— Dios y Libertad. México, Febrero 7 de 1839. — Mariano Arista. — 
E. S. Ministro de la Guerra." 

Pero todo terminó del mejor modo posible: dos días después Arista 
recibió la siguiente comunicación: "Ministerio de Guerra y Marina. — 
Sección y Mesa de Operaciones. — Se contestó á V. S. simplemente de 
enterado á su comunicación de 28 del mes próximo pasado en que par- 
ticipó haber sido puesto en libertad y presentádose al E. S. General en 
Jefe del Ejército de Vanguardia, porque habiendo venido á esta capital, 
se esperaba recibir los informes que había acordado el E. S. Presiden* 
te que se le pidieren, para manifestarle entonces la viva y cordial sa- 
tisfacción que le había producido el término de sus padecimientos; lo 
gratos que le fueron los servicios que prestó hasta el momento de su 
infausta prisión, y la dignidad con que ha sabido sostener el rango de 
un General mexicano prisionero. — La delicadeza de V. S., á que hace 



410 REVISTA NACIONAL. 



justicia el E. S. Presidente, lo ha obligado á manifestarse impaciente 
por una declaración que cubra enteramente su honor, y S. E. me man- 
da hacerla tan favorable como pueda apetecer, y que no le conceda el 
cuartel que pide, porque el Gobierno y la Nación esperan de V. S. pron- 
tos, nuevos y eficaces servicios á la Patria. — Yo por mi parte, que siem- 
pre he dado á los servicios de V. S. el valor que merecen, me congra- 
tulo porque se halle en disposición de continuarlos, al tiempo mismo 
que le reitero las protestas de mi justa consideración y afecto. — Dios 
y Libertad. México, Febrero 9 de 1839. — Tomel. — Sr. General Don 
Mariano Arista." 

De los sucesos de aquella época, su hoja de servicios dice solamen- 
te: ^'Estuvo prisionero á bordo de un buque de guerra de la Escuadra 
Francesa, hasta el 28 de Enero de 1839 en que fué puesto en libertad, 
se presentó al E. S. General en Jefe de la División de Vanguardia, re- 
cibiendo el 9 de Febrero un oficio del Supremo Gobierno muy satis- 
factorio, por la dignidad que mostró en su prisión entre los enemigos 
y por sus servicios prestados antes de ella. En Octubre de aquel año 
se aprobó por la superioridad el modelo de la cruz que se le concedió 
en 10 de Marzo, en recompensa del particular mérito que contrajo en 
la guerra contra los franceses en el memorable 5 de Diciembre del año 
anterior. En aquel tiempo se le mandó por el E. S. General en Jefe á 
desempeñar una comisión cerca del E. S. Presidente, y la cumplió con 
exactitud y eficacia." Cuál fuese esa comisión lo dice la siguiente car- 
ta de Arista á Santa Anna: "Exmo. Sr. Don Antonio López de Santa 
Anna. — México, Febrero 5 de 1839. — Mi amado General y amigo: — 
Llegué á esta capital el día 2 del presente y en el momento impuse al 
Sr. Presidente y al Sr. Tornel de todos los puntos á que se contrajo la 
comisión que tuvo la bondad de darme. — Se dieron al siguiente día los 
pasos más activos para la consecución del dinero, principal obstáculo 
á los deseos de V. — El Sr. Cortina coincidiendo con el mayor empeño 
en el plan de V., no ha descansado ni un momento para obtener los 
doscientos mil pesos, base de todo el proyecto. — Hay esperanzas de 
reunir todo el dinero de parte del Clero, porque éste ha hecho un em- 
préstito de quinientos mil pesos, á entregar cincuenta mil cada mes, y 
el empeño es que dé de un golpe doscientos mil pesos. — Se creyó más 
seguro esto que la Junta, por la dificultad que se ha pulsttdo de recabar 
por la fuerza las cantidades que se asignen, y según el estado de alar- 
ma en que se hallan los que tienen dinero, se estimó por más eficaz 



DATOS PAKA LA BIOGRAFÍA DE D. MARIANO ARISTA. 411 

lo del Clero. — Yo, para activar las cosas y según las instrucciones de 
V. he visitado en su nombre al Sr. Posadas, y he visto al Padre Don 
Pedro Fernández, patentizándoles lo urgente que es atacar la revolu- 
ción con la mayor violencia, pues de otro modo ellos serán los sacrifi- 
cados en todos sentidos. — Estos sefiores los vi tan animados que debe 
esperarse bueno y pronto resultado, aunque no den el todo de la can- 
tidad, que se repartirá ó agenciará entre otras de las medidas que se 
han dictado y que están para realizarse. El plan de operaciones les ha 
parecido el mejor al Sr. Presidente, el Sr. Cortina y el Sr. Tomel: di- 
fiere el primero en el abandono de Matamoros, pero el Sr. Tomel, se- 
gún los últimos datos que han venido, cree indispensable que se efec- 
túe lo que V. indica. — La división de México está para completarse: el 
Sr. Tomel dice que tiene mil quinientos hombres, y le parece indis- 
pensable que vengan del Ejército de Vanguardia los batallones de Tlax- 
cala y Toluca para el completo de la fuerza de dos mil doscientos hom- 
bres. — Los batallones nombrados para marchar, primero y segundo de 
aquí, están divididos en tal grado que casi es de reclutas la fuerza que 
existe en la capital: si se reunieran estos cuerpos de algo servirían por- 
que los veteranos harían buenos los reclutas. — En fin, el Sr. Tomel, 
enterado muy por menor del todo, se halla entusiasmado por compla- 
cer á V., y todo se ha puesto en movimiento á pesar de mis males. — 
El Sr. Presidente Bustamante no cesa de activar la salida de las tro- 
pas, y me ha dicho que no le ha escrito á Y. por tener el gusto de dar- 
le positivas noticias de adelantos en todos los deseos de Y. — En fin, mi 
General, todos los encargos de Y. están desempeñados del modo más 
eficaz en todo lo que ha consistido en mí. — Celebraré que siga Y. ali- 
viado y que el camino no sea causa de que se atrase su curación, que 
por otra parte en esta capital será más esmerada por la multitud de 
auxilios que aquí se encuentran. — Mientras tengo el gusto de ver á Y. 
le deseo continuos alivios y me ofrezco su más afmo. amigo y atento 
servidor que lo respeta y B. S. M. — Mariano Arteta.^^ 

Yarios de los documentos que he incluido en esta segunda parte de 
mi trabajo humildísimo, se publicaron en el Manifiesto que el General 
Arista hizo imprimir en la casa de Galván á cargo de Mariano Aréva- 
lo, en número de trescientos ejemplares de dos pliegos de entredós, con 
gasto de cincuenta y tres pesos dos reales, importe que fué pagado en 
2 de Mayo de 1839. Yo los he tomado de los originales, de pufio y le- 
tra del Sr. Arista. 



412 REVISTA NACIONAL. 



En mi próximo y tercer articulo sobre este asunto continuaremos 
este trabajo de compilación que á plumas hábiles podrá servir para re- 
formar ó completar la interesante biografía de aquel distinguidísimo 
personaje tan digno de ser estudiado. 



Enrique de Olavarría t Ferrari. 



ENRICO MARTÍNEZ. 



Enrico Martin, calificado en su tiempo de extranjero, fué tenido por 
tal hasta que alguno, tal vez fundándose en que sus contemporáneos le 
llamaban Martínez, introdujo la duda sobre si era natural de Espafia ó 
descendiente de español. No era por cierto raro en el siglo décimo sex- 
to y el siguiente que muchos extranjeros tradujesen y españolizasen sus 
nombres y apellidos, con el objeto de introducirse en las Indias. De es- 
te subterfugio usaron frecuentemente los genízaros, á quienes, no obs* 
tante la declaración hecha por Felipe III en 22 de Agosto de 1620, ^ es- 
taba prohibido emigrar con destino á América. En este caso puede ha- 
berse encontrado Enrico Martin. Tal vez naciera en la villa de Aya- 
monte, como "dicen los más enterados," ^ ¿e madre española; pero 
que era de linage extranjero nos parece fuera de duda por la gran au- 
toridad que reconocemos en Torquemada. Con efecto, este prolijo his- 
toriador, aun cuando le nombre Martínez, patronímico castellano, di- 
ce, con marcada intención, á fm de que nadie le tenga por español : 
"Enrique Martínez, extranjero." ^ Y aunque esto ocurra una sola vez 
en la Monarchía Indiana, obra de una manera muy parecida la adver- 
tencia hecha con anterioridad ^ de que Enrique Martínez imprimió su 
Reportorio en lengua vulgar castellana ; aviso innecesario, explicación 
que sólo convenía hacer si siendo español hubiera escrito en otra len- 

1 *' Declaramos que cualquiera hijo de extranjero nacido en Espafia es verda 
deramente originarlo y natural de ella. Y mandamos que cuanto & esto se guar- 
den en las Indias las Leyes sin hacer novedad. " 

2 F. Guerra y Orbe : Don Juan Huix de AlarcOn y Mendoza [BCadrld, 18711, p. 90. 
8 Monarchía Indiana^ lib. 5?. cap. LXX. 

4 JWíf. Ub. 1°, cap. X. 



ENRICO MARTÍNEZ. 413 



gua. Pero como Enrico era extranjero y Torquemada lo sabía, éste juz- 
gó prudente informar que el Reportorio estaba en castellano. Por de- 
cisivo tenemos el testimonio de quien, escribiendo en Enero de 1612, ^ 
debe haber conocido personalmente al maestro Enrico, encargado en 
1608 de las obras proyectadas por el P. Juan Sánchez. 

Aunque no corresponda á un contemporáneo, pues elfamoso maes- 
tro de obras habia muerto sesenta y cinco años antes de la llegada de 
Gemelli Careri á México, ^ como este viajero tuvo amistad y conversó 
largamente con Don Carlos de Sigüenza y Góngora, gran conocedor de 
todo lo relativo al Desagüe del Valle, la calificación de "europeo" que 
da á Enrico Martin, corrobora lo que Torquemada con más claridad 
asienta, siendo notable que no dice " espafSol de Europa, " como fuera 
natural si únicamente hubiera querido establecer la distinción de no 
ser criollo. ^ 

Humboldt fué quien propagó la especie de que Enrico Martínez era 
generalmente tenido en México por holandés ó alemán. Opina que su 
nombre indudablemente indica descendencia de familia extranjera, aun- 
que parecía haber sido criado en España. ^ No encontramos indicio al- 
guno de extranjería ni en el nombre, ni en el patronímico de Enrique 
Martínez. Tanto el primero como el segundo son muy castellanos, si 
bien es cierto que también pueden ser holandeses (Hendrik Maartensz). 
Heinrich (Enrique) es asimismo nombre alemán, y en Bohemia exis- 
te el patronímico Martinitz, de terminación eslava. Mineros alemanes 
hubo en México enviados por Carlos Quinto para instruir á los espa- 
floles. Con anterioridad al afio 1542, ellos ó sus descendientes ya ex- 
plotaban algunos criaderos en la jurisdicción de Zultepec, ' llamada en- 
tonces Provincia de la Plata ; ^ pero no conocemos datos que liguen á 
Enrico con esos mineros. 

Reforzando, sin intención, á los que le suponen natural de Ayamon- 
te, villa situada en la embocadura del Guadiana, frontera de Portugal, 
un escritor mexicano dice que Enrico puede haber sido portugués. ' Por 

1 J&id, Ub. 1?, cap. IV. 

2 Voy<Hf^ <iw '¡^our du Monden t. VJ, p. 7 y p. 129. 

3 " Henrl Martínez Européen. " Ibid., t. VI, p. 123. 

4 Euaipolüique sur la NouveUe-Efpagne, lib. 8, cap. VIII. Van Kampen, en su 
obra De Nederlanders butíen Europcít 1. 1, p. 321, se incUna naturalmente á tener & 
Enrico por holandés. 

5 Icazbalceta: Bibliografía mexicana del siglo XF7, fol. XXVI. 

6 VlUaseflor: TTiecrfro americano (México, 174«), lib. 1?, cap. XLV. 

7 Berganzo en el Diccionario de Historia y OeografUn [México, 185é], t. V., p. 888. 



411 BEVIHXA NACIONAL. 



Último, no ha faltado en estos últimos tiempos quien haya sobresalido 
concluyendo que no hallándose en los escritos de Martínez anteceden- 
te alguno relatÍTO á su nacionalidad extranjera, debe haber sido criollo 
de México, aunque educado en Flandes. ' En su Rqwrtorío de los 
Tiempos, libro rarísimo, por el mismo autor impreso en 1606, se lee 
que estuvo en el ducado de Curlandia, y también que residió algún 
tiempo en Elspafta; ' pero no sabemos mencione estancia alguna en los 
Paises Bajos. 

Sumando lo que antecede resulta siempre como única noticia auto- 
rizada por un historiador fidedigno, contemporáneo suyo, que Enrico 
era extranjero. A esto nos es dado agregar que Amoldo Montano en su 
importante descripción del Nuevo Mundo, dá cuenta de la inundación 
de México reproduciendo una carta de Bernabé Cabo dirigida al P. 
Hernando de León, de la CSompafiia de Jesús, en la que se lee lo si- 
guiente: "El Francés Enrique Martin emprendió ahondar el rio de 
Cuautitlán, que desagua en la Laguna, y hacer mediante esa excava- 
ción, una balsa ó dársena donde el lago derramase el exceso de sus 
aguas. El jesuíta Juan Sánchez se opuso al proyecto, formulando mu- 
chas objeciones ; esto no obstante continuaron los trabajos y el agua 
bajó de tal modo que podía irse á pie enjuto hasta el Pefiol, que es una 
roca situada á una legua de distancia de la ciudad.'* ' 

Este testimonio de otro contemporáneo, bien instruido de la contro- 
versia de Martínez con el P. Sánchez y miembro de la Sociedad á que 
el mismo pertenecía, calificando de "francés'* al extranjero Enrico, re- 
suelve en nuestro concepto la duda sobre el origen del célebre maes- 
tro de obras del Desagüe. 



Ángel NúSez Ortega. 



1 Diccioncario anual de Estadíttiea de la RepOblica Mexicana (México, 1886), t. III 
p.62. 

2 En la villa de Ofia, cerca de Frías y de Panoorvo, provincia de Sargos. Repor- 
torio de lo» Tiempo» y Historia natural deUa Nueva E»paña (México, 1006), p. 127. 

8 De Nieuwe en Onbekende Weereld {V Amsterdam, 1671). p. 283-281. 




TORRES CAICEDO. 415 



TORRES CAICEDO. 



No es únicamente la República de Colombia la que debe deplorar 
la muerte del eminente publicista D. José M. Torres Caicedo, ocurrida 
hace pocos días en Pads ; es toda la América de habla espaflola y de 
instituciones democráticas la que ha sufrido, con esa muerte, dolorosa 
pérdida, pues si bien el suelo colombiano se enorgullece de haber sido 
cuna del fecundo escritor, éste puso al servicio de todos los pueblos la- 
tino-americanos su inteligencia clarísima y su pluma infatigable, con 
noble desinterés, dejando obligada para siempre la gratitud de cuantos 
de reconocidos se precian. 

Fué Torres Caicedo una de esas excepciones, bien raras por cierto 
entre los centenares de híspano-americanos que llegan á residir en el 
Viejo Mundo. Conservó en su corazón vivo y puro el amor á la tierra 
natal, y al propio tiempo el entusiasmo y la admiración por las glorias 
literarias de las Repúblicas hermanas de la de Colombia* Honores, 
preeminencias, cuanto puede llenar de orgullo á un hombre que vive 
accidentalmente en los grandes centros de la civilización europea, na- 
da bastó á desviarle de la senda que se trazó, y merced á él fueron co- 
nocidos muchos nombres de las más conspicuas personalidades de las 
naciones por el esfuerzo de España conquistadas y por el valor de sus 
hijos inscritas entre los pueblos libres y soberanos. 

Torres Caicedo ejerció en Francia el apostolado de las letras hispano 
americanas. Apresurábase á dar á conocer en sus escritos, los libros 
así argentinos como colombianos, chilenos, peruanos ó mexicanos ; re- 
feria la vida de los autores de esos libros, los circuía de una aureola de 
gloria, los enaltecía, los hacía amar y despertaba el interés por conocer- 
los personalmente y por leer todas sus producciones. Benévolo de con- 
tinuo, disimuló, ó cuando menos, atenuó defectos que no podían pasar 
inadvertidos para quien, como él, se había nutrido con la lectura de los 
más eximios autores ; y ponderó bellezas, muchas veces de segundo or- 
den, porque sabía muy bien que esa ponderación había de servir para 
atraer hacia aquellas bellezas las miradas de los inteligentes. 

A desempeñar tarea tan laboriosa no le impulsó móvil alguno que 
no fuese puro y legítimo ; su pluma pudo ser tachada de lisongera, ja- 
más de venal. 



418 REVISTA NACIONAL. 



Juan C. Lañnur, Esteban Echeverría, Luis L. Domínguez, Vicente G. 
Quesada'y Juana Manuela Gorriti. 

Chile está representado por Guillermo Matta, Antonio Blest Gana, 
Eusebio Lillo, Miguel L. Amunátegui, Vallejo, Irrisarri, Salvador San- 
ftientes, y José V. Lastarria. 

Venezuela, por Rafael María Baralt, Andrés Bello, José Antonio Mai- 
tín, Abigail Lozano y J. Ramón Yepes. 

El Perú, por Ricardo Palma y Manuel Nicolás Corpancho. 

México, por Fray Manuel Navarrete, José Joaquín Pesado, Rodrí- 
guez Galván y Guillermo Prieto. 

Colombia, por J. A. Calcafto, José Fernández Madrid, Lázaro María 
Pérez, Julián Torres y Peña, J. M. Rivas Groot, Florentino González, 
J'ulio Arboleda, José Eusebio Caro, Silveria Espinosa de Rendón, y Ma- 
diedo. 

Cuba por Plácido y José María Heredia. 

El Ecuador, por José Joaquín de Olmedo, Antonio Flores y J. León 
Mera. 

El Uruguay, por Juan Garlos Gómez, Heraclio Fajardo, Magariños 
dervantes y Francisco Acuña de Figueroa. 

Guatemala, por Antonio J. de Irisarri. 

Si Torres Caicedo en los estudios sobre autores hispano-americanos 
no se ostentó crítico de la talla de Saint Beuve ó de Janin, en cambio 
puede asegurarse que se mostró erudito sin hacerse indigesto, llano en 
^u estilo sin descender á la vulgaridad, y profundo conocedor del arte 
literario; logrando por tales merecimientos, ocupar distinguidísimo 
puesto entre los publicistas de la más culta de las capitales europeas, 
de lo que dan elocuentes testimonios los elogios que le tributaron ver- 
daderas eminencias que á seguida vamos á citar. 

Lamartine decía á Torres Caicedo con fecha 7 de Agosto de 1861 : 
'^ Después de haber leído las primeras obras de vd. he tenido el gusto 
ele saber que vd. se prepara á publicar, animado del mismo espíritu, un 
nuevo volumen más importante aún. Yo aseguro para vd. nueva glo- 
ria, encanto para sus lectores, utilidad para sus nobles compatriotas del 
Nuevo Mundo. 

"Vd. sabe que yo tengo una predilección marcada por el genio so- 
cial y poético de sus conciudadanos. Los Americanos del Norte no han 
llevado al Nuevo Mundo sino la civilización materialista, fría como el 
«goismo, ávida como el lucro, prosaica como el mercantilismo anglo- 



TORRES CAICEDO. 419 



sajón: Vdes. han llevado las virtudes y los gustos elevados de la raza 
latina. 

'Ulago muy frecuentes votos porque cesen las divisiones de esas Re- 
públicas, para que vdes. lleguen á ser lo que merecen : la gran colo- 
nia europea de la civilización espiritualista, bajo el bello sol que les 
alumbra y les inspira. ^' 

Bouchery, refiriéndose en el Echo de la Presse de 8 de Noviembre 
de 1862 á los Ensayos, dice : " En los estudios biográficos, obra eminen- 
temente americana, se da á conocer á los hombres más notables de las 
Repúblicas del Nuevo Mundo, y se analizan y critican sus obras en pro- 
sa y en verso, con suma imparcialidad y aquilado gusto literario. Ca- 
da artículo contiene una disertación literaria, un esbozo biográfico, y 
un análisis detallado. Esta obra faltaba á los americanos. '^ 

Castelar, hablando en 1867 de los libros de Torres Caicedo, se ex- 
presa asi : " Leídos en España ávidamente, dan á conocer la literatura 
americana ; aproximan dos pueblos que el despotismo y el recuerdo de 
la guerra habían separado. Y no solamente realiza el Sr. Caicedo una 
gran obra social, sino que realiza una grande obra estética. La litera- 
tura española de estos últimos tiempos se distingue por la perfección 
admirable de la forma, por la belleza del lenguaje, por la sonoridad del 
verso. Selgas indudablemente es un gran poeta lírico, Ayala induda- 
blemente un gran poeta dramático. Pero la literatura española se dis- 
tingue también hoy por su divorcio sacrilego con el espíritu del siglo, 
con la causa de la libertad. Ya no puede escribir Quintana que repre- 
sentaba con tanta fidelidad la fe política y filosófica del siglo pasado ; 
ya no puede escribir Espronceda que representaba con tanta fidelidad, 
la duda religiosa y moral de nuestro siglo. Zorrilla á pesar de su ins- 
piración siempre joven y de su vena inagotable, Zorrilla dotado de un 
genio poético sin rival, parece con sus viejas y candidas leyendas un 
espectro que vaga sobre las ruinas de nuestros monasterios. Su poesía 
es tan extranjera á nuestro tiempo, como extranjero á la democrática 
América el imperio de que Zorrilla se creyó poeta, resucitando tristes 
prácticas de pasados tiempos. 

" En medio de esta parálisis del espíritu español, vienen los libros 
del Sr. Torres Caicedo á traerle muy oportunamente la electricidad que 
hay en las tempestades americanas, la exuberancia que hay en la vida 
del Nuevo Mundo. Estos poetas de América se distinguen esencialmen- 
te por cualidades opuestas á las cualidades de los poetas españoles. Son 



áaO REVISTA NACIONAL. 



por regla general incorrectos en su forma, descuidados en su lenguaje 
pero en cambio tienen un hervor de inspiración, una grandeza de ideas 
un acento de libertad, unas tan sublimes aspiraciones á lo porvepir 
que acusan bien á primera vista cómo han sido educados en la Repú 
blica, y cómo son hijos de su siglo. Unir á las ideas de los americanos 
al arrebato de sus gigantescas inspiraciones la perfecta forma de los es 
pañoles, seria casi una revolución estética. A esta grande idea puede con 
tribuir el Sr. Torres Caicedo con el profundo estudio de la literatura 
americana que hay en sus obras, y los fragmentos que nos ofrece con 
tan elevado criterio. " 

Sin temor de exagerar, puede asegurarse que no ha habido una so- 
la Revista ni un sólo diario de crédito en Francia, Inglaterra, España, 
Bélgica, Alemania y América que no haya consagrado brillantes artícu- 
los para analizar y encomiar las obras de Torres Caicedo. La Edinhurg 
ReveWf la JReviie des Deux Mondes, el Journal des Debats, le Suele, 
la Presse, y centenares de publicaciones que no citamos por no pare- 
cer nimios, han saludado con júbilo la aparición de todos y cada uno 
de los libros del fecundo escritor colombiano. 

El gran Julio Janin hizo en el Journal des Debáis de 19 de Febrero 
de 1862 largo y por todo extremo cumplido elogio de las obras poéti- 
cas y literarias del ilustre revelador en Europa de los tesoros literarios 
de la América Latina. 

Y como si todo eso no bastara, en 1861 distinguidísimos miembros 
del Cuerpo Diplomático de la América Latina, en Europa, dirigieron á 
Torres Caicedo la siguiente nota colectiva que es un homenaje de in- 
apreciable valor. 

" Sr. D. José María Torres Caicedo. 

" Estimado señor nuestro : 

" Toda patriótica empresa efícazmente realizada, es una noble acción 
" que merece recompensa de parte de los hombres honrados y de ideas 
'' elevadas; así como las simpatías de todo un continente. 

*' Es á vd. señor, á quien se debe haber levantado el glorioso pendón 
*' de los Estados Hispano -Americanos; vd. en periódicos españoles y 
** franceses, ha defendido los derechos de esas Repúblicas, siempre que 
" algunas naciones poderosas han pretendido desconocer la justicia 
*' que á ellas asistía. Vd., al mismo tiempo, no ha cesado de predicar 
*' sanas doctrinas políticas, esforzándose por hacer triunfar el principio 
** fundamental de que no pueden ir separados el Derecho y el Deber, 



TORRES caí CEDO. 421 



" la Libertad y la Autoridad; y esto sin otro interés que el de servir á la 
" hermosa causa americana. 

" Asi es que por sus virtudes, su inteligencia y sus escritos, no sólo 
'^ en América se ha captado vd. la estima de los hombres de bien, de 
'' los buenos patriotas, sino que también en Europa ha obtenido vd. 
" lauros, y la amistad con que le honran sujetos de alta distinción y 
" célebres en todo el Continente. 

'' Siga vd. en su obra filantrópica, en la cual trabaja vd. desde hace 
" muchos años, con tanto celo como desinterés, y obtendrá las bendi- 
" diciones de todos cuantos rinden culto á lo Bello, lo Bueno y lo 
" Grande. 

'* Sírvase vd. aceptar los sentimientos de alto aprecio con que somos 
" sus atentos servidores y afectísimos compatriotas. 

Firmado : Víctor Heeirán, Ministro plenipotenciario de Honduras y 
del Salvador. 

P. GÁLVEz, Plenipotenciario del Perú. 

Carlos Calvo, Encargado de Negocios del Paraguay. 

J. B. Alberdi, Ministro plenipotenciario de la República Argen- 
tina. 

J. DE Francisco Martín, Ministro plenipotenciario de la Confedera- 
ción Granadina y de Guatemala. 

Andrés Santacrcz, antiguo protector de la Confederación Perú-Bo- 
liviana, y antiguo Ministro plenipotenciario. 

F. Corvaía, Ministro plenipotenciario del Ecuador en Francia. 

M. M. Mosquera, Agente fiscal de la Confederación Granadina en 
Londres, antiguo Encargado de Negocios de la Nueva Granada. 

A. Flores, Ministro del Ecuador en Londres. 

Pedro de las Casas, antiguo Ministro de Venezuela, en París, y Mi- 
nistro de Relaciones Exteriores. " 

Torres Caicedo fué un propagandista incansable de la idea de esta- 
blecer la Unión latino-americana. Para no remontarme á más lejanos 
días, diré que en 1879 pronunció en París un discurso elocuente en 
apoyo de esa idea, del cual discurso voy á reproducir los pasajes que 
' mejor dan á conocer el ardentísimo entusiasmo con que Torres Caice- 
do preconizaba las excelencias de aquel pensamiento y los medios de 
realizarlo. 

"En vista — decía el orador — de los progresos del panslavismo, del 
pangermanismo y sobre todo del anglosajonismoy bajo todo punto res- 



432 REVISTA NACIONAL. 



petables, creemos que por nosotros los latinos y latino americanos es 
necesario afirmar altamente este noble y grande sentimiento, este de- 
ber sagrado que se llama patriotümo, y de desplegar resueltamente 
nuestro pabellón, convidando á estrecharse á su alrededor todas las ra- 
zas latinas, donde el espíritu de iniciativa y el trabajo fecundo han 
traído los más grandes inventos, y en todas partes han hecho predo- 
minar los principios del derecho, de la igualdad, de la independen- 
cia y de la confraternidad. 

Todos nosotros conocemos la historia de la América anglo-sajona; 
iodos nosotros admiramos su gran producción industrial, agrícola y 
mineral; nosotros amamos á sus ciudadanos libres y trabajadores; nos- 
otros envidiamos casi su presente y no dudamos de su porvenir. Si al 
contrario, nosotros volvemos la mirada hacia la América latina, donde 
la inteligencia es tan clara, la imaginación tan viva, las cualidades na- 
turales tan brillantes, nosotros vemos muy á menudo al lado de gran- 
des riquezas naturales faltar los medios de explotación, y las más se- 
rias empresas paralizadas por falta de una firme dirección ó de una 
unidad de vida y de acción de parte de los gobernantes. 

La América del Norte es fuerte, porque está Unida; la América la- 
tina es débil porque está dividida, 

¿Qué se hará para remediar este estado de cosas? 

Realizar resueltamente el dorado sueño de Bolívar: La unión Lati- 
no-Am,ericana, La unión política? No: la cuestión política pertenece 
al porvenir; vendrá á su tiempo. 

Lo que importa ahora, por la falta de población, los inmensos terre- 
nos aún incultos, las grandes distancias á recorrer, y los caminos de 
comunicación defectuosos, es hacer desaparecer la inferioridad que el 
aislamiento produce á cada uno de los Estados latino-americanos en 
materia de diplomacia, de tratados de comercio y de relaciones inter- 
nacionales, por la creación de una confederación, liga ó unión que reú- 
na en un solo y robusto haz todas las fuerzas esparcidas de la Amé- 
rica central y meridional para formar una gran nación, mientras que 
cada Estado conservada su autonomía particular, adhiriéndose á cier- 
tos grandes principios genérale^ discutidos en común, y que se podrían 
formular de este modo: 



TORRES CAICEDO. 42» 



PRINCIPIOS GENERALES. 

V Admisión del principio de la nacionalidad común respecto dé- 
los hijos de todos los Estados latino-americanos, que se considerarán 
como ciudadanos de una misma patria, y deberán, cualquiera que sea 
el lugar de su nacimiento, gozar de los mismos derechos civiles y po- 
líticos en toda la confederación. 

2? Adopción de un principio fijo en materia de limites territoriales^ 
cuyo punto de partida será el uti poaddetU de ISIO; base adicional;: 
admisión de límites naturales, no excluyendo siempre las compensa- 
ciones territoriales cuando fuere necesario fíjar de una manera defini- 
tiva y justa las fronteras del territorio disputado y que convendría con- 
ceder á un Estado más que á otro. 

3"^ Creación de un Zollverein americano más liberal que el Zollve- 
rein alemán. 

4? Adopción de los mismos códigos, pesos, medidas y monedas. 

5" Establecimiento de un Tribunal Supremo, al cual se deducirán 
las cuestiones que pudieren surgir entre dos ó más Repúblicas confe- 
deradas, y que en caso de necesidad, haría ejecutar sus sentencias con 
la fuerza. 

6*^ Adopción de un sistema liberal de convenciones postales, esta- 
bleciendo la libertad y franquicia absoluta para los diarios, revistas, 
boletines, libros, etc. 

V' Admisión en todo el territorio de la Confederación con carácter 
obligatorio en la parte sustantiva, de la validez de todo acto público y 
privado de una ú otra de las Repúblicas Confederadas. 

8? Establecimiento de un sistema federal en materia de comercio, 
sin exceptuar el comercio de cabotaje. 

9? Adopción de un sistema uniforme de enseñanza, declarando obli- 
gatoria y gratuita la instrucción primaria. 

10^ Consagración del gran principio de la libertad de conciencia y 
de la tolerancia de los cultos. 

11" Adopción de los principios modernos en materia de extradición» 
admitida por delitos de derecho común, jamás por delitos políticos. 

12? Abolición de los pasaportes, de todo sistema de bloqueo y de 
los privilegios de marca, excepto en la guerra que podría haber entre 
ima ó más Repúblicas confederadas, y una ó más potencias extran- 
jeras. 



424 REVISTA NACIONAL. 



13" Fijación de un contingente de tropa para la defensa común. 

14? Fijación del modo y de los términos en los cuales se deberá, 
llegado el caso, declarar el eatus fctderis, 

15? Adopción de principios en materia de tratados de comercio y de 
convenciones consulares; adopción de los mismos principios en lo to- 
cante á los hijos nacidos de extranjeros en el pais. 

16? Admisión de este principio: que no solamente el pabellón de- 
fiende la propiedad; más aún, que las mercaderías enemigas son libres 
bsgo el mismo pabellón enemigo, limitando siempre la naturaleza de 
los artículos que deben considerarse como contrabando de guerra. 

17? Obligación para todos los Estados latino-americanos de no ce- 
der jamás parte alguna del territorio confederado, á poder extranjero, 
ni de aceptar el protectorado de ningún gobierno extranjero. 

18? Creación de una Dieta latino-americana, que cada afio se reu- 
nirá en un punto designado del territorio confederado, á fin de estu- 
diar las grandes cuestiones de interés general, de quien las decisiones 
tendrán fuerza de ley. 

19? Proclamación de este principio salvador de todo Estado débil, 
que un gobierno legítimo no es responsable respecto de los extranjeros 
de todas las pérdidas causadas por facciones ó guerras civiles, que es 
la misma medida que aplica á sus nacionales. 

20? Propaganda activa contra la explotación del hombre por el hom- 
bre; y poco importa que el esclavo sea negro, amarillo ó blanco. 

21? Fundación de un diario redactado en idioma francés, cuya mi- 
sión será defender los intereses latino-americanos^ y de hacer conocer 
las leyes, las riquezas, los progresos, las instituciones, de hacer ver la 
geografía y la topografía misma de cada Estado, que constituye la gran 
patria latino-americana,'^ 

Cuando en los últimos aftos hemos oído proclamar las mismas ideas 
por Torres Caicedo divulgadas ha tanto tiempo, nos ha entristecido el 
ver que no se le cite como uno de los primeros y más fervientes pro- 
pagandistas de esa unión que, por utópica que parezca á los pesimis- 
tas, es el único medio de contrarrestar las tendencias absorbentes de la 
República Norteamericana. Esta, en el actual momento, so capa de 
querer con noble desinterés presidir los destinos del Nuevo Continen- 
te, pone los medios de sujetar con férreo yugo á las naciones latino- 
americanas convirtiéndolas en tributarias de su comercio y de su in- 
dustria. Y cuando á través de la grosera urdimbre con que pretende 



TORRES CAICEDO. 425 



la poderosa nación vecina de la nuestra ocultar sus miras, descubri- 
mos éstas en toda su desnudez, nosotros qu^ jamás nos ofuscaremos 
ante la grandeza y poderío de la patria de Washington, nos sentimos 
más que nunca dispuestos á enaltecer y á honrar la memoria de To- 
rres de Caicedo, y á recordar á los delegados de la Ck)nferencia convo- 
cada por Mr. Blain, que los pueblos por ellos representados, jamás y 
por ningún motivo prestarán su asentimiento á decisiones que no de- 
jen incólumes su soberanía y su dignidad, ya se trate de la solución 
de arduos problemas económicos, ya de la manera de regir sus des- 
tinos. 

¡Ah! si Torres Caicedo hubiese vivido y foimado parte de la caca- 
reada Conferencia, habría sido el adalid más famoso de nuestra raza 
y de nuestros intereses! Por dicha, no abrigamos el temor de que per- 
sonajes tan patriotas y tan ilustrados como deben ser sin duda los que 
las Repúblicas hispano-americanas han enviado á Washington, caigan 
en las redes que se les tienden para que, extenuados con las fatigas de 
interminables viajes y de opíparos banquetes, obedezcan á las suges- 
tiones del coloso del Norte. 

Pero es preciso terminar. 

Los funerales de Torres Caicedo, celebrados en la iglesia de Ateuil 
el día 1 ? del corriente mes de Octubre, fueron dignos del escritor 
colombiano, concurriendo todas las notabilidades de la colonia ameri- 
cana y un gran número de personajes políticos. Entre éstos figuraron 
el general Brugere, el conde Hoyos, Embajador de Austria, el vicepre- 
sidente del Senado y Director del Banco de Francia, Mr. Magnin ; el 
Ministro de Negocios Extranjeros Mr. Spuller; Mr. Meurand antiguo 
Ministro de Negocios Extranjeros; el Cónsul general de Siam, Grehaur; 
el general Rousseau, Secretario general de la Orden de la Legión de 
Honor; Algarete, Passy y otros muchos. Como Gran Oficial que era 
de la Legión de Honor le fueron tributados los honores militares de- 
bidos al ser conducido su cadáver al Cementerio del Pére Lachaise. 



Francisco Sosa. 



426 REVISTA NACIONAL. 



HÁMLET PADRE. 



Fragmentos de las escenas 1?, 2?, 4? y 5! del acto I del " Hamlet" de Shakespeare. 

YIRSIOX DDICiDi IL SltOR DR. D. Mí&CELUO MIHIKDBZ PHíTO. 



I 

Esplanada ante el castillo y palacio de Ekinor. 
HORACIO.— MARCELO— BERNARDO. 

BERNARDO. 

Dime: ¿Horacio está ahí? 

HORAaO. 

Hay algo suyo. 

BERNARDO. 

Bien venidos seáis, Marcelo, Horacio. 

MARCELO. 

¿Volvió esta noche á aparecerse aquello? 

BERNARDO. 

Yo nada he visto aún. 

MARCELO. 

Horacio afirma 
Que fué simple ilusión: crédito niega 
A lo que veces dos vimos despacio. 
Trájele, pues, á que esta noche vele 
Por si el Espectro á confirmarle llega 
Lo que dijimos. Hablarále entonces. 

HORACIO. 

No ha de volver. 



HAMLET, PADRE. 



BERNARDO. 

Sentémonos ahora, 
A comentar el caso que seguidas . 
Dos noches hemos visto. 

HORAaO. 

Hable Bernardo. 

BERNARDO. 

Anoche nada menos, cuando al punto 
Donde brillando está, con paso tardo 
Llegó esa misma estrella hacia el Oeste 
Del polo, ante Marcelo y yo, distinta 
Dando la campanada de la una 

{Aparece el Espectro,'] 

MARCELO. 

Cállate y mira ya por dónde surge. 

BERNARDO. 

En la forma de anoche, parecido 
Al difunto monarca. 

MARCELO. 

Habíale, Horacio, 
Ya que hacerlo sabrás. 

BERNARDO. 

Tú le interroga. 

HORAaO. 

¿Quién eres tú que usurpas este espacio 
De la noche, y al par, noble y altivo 
El porte y ademán con que marchaba 
El rey de Dinamarca estando vivo? 
¡Habla! En nombre del cielo te conjuro. 

MARCELO. 

Se ha enojado. 



^ REVISTA NACIONAL. 



BERNARDO. 

Se aleja. 

HORACIO. 

¡Habla! ¡Detente! 
{^Desaparece el E^ectro,'\ 

MARCELO. 

Se fué sin responder. ¿Qué tal, Horacio? 
¿Tiemblas? Hay algo más que ilusión nuestra. 

HORACIO. 

Ante Dios lo diré: viéndole sólo 
Creerlo pude. 

MARCELO. 

¿Al rey no se parece? 

HORACIO. 

Como á ti mismo tú. Lleva la propia 
Armadura que al ir contra el Noruego: 
£1 cefio aquel con que, encendido en ira 
En parlamento borrascoso, vile 
Herir al rey Polaco y derribarle 
En el hielo sin vida. ¡Extraño es esto! 

MARCELO. 

Antes asi dos veces y á esta hora 
Pasó junto á nosotros marcialmente. 

HORACIO. 

Su objeto ignoro; mas barrunto á ciegas 
Que al Estado catástrofes presagia. 

MARCELO. 

Sentémonos en tanto, y que nos diga 
Quien lo sepa por qué noche con noche 
Esta vela que á todos nos obliga. 



HAMLET, PADRE. 4¡29 



La fundición de máquinas de ataque 
Y de extranjeras armas el acopio? 



[^Reaparece el Etpeetro.'] 

HORAaO. 

¡Silencio^ calla! Ved por dónde vuelve. 
Al paso he de salirle, asi pudiera 
Aniquilarme. ¡Tente! Si te es dada 
La voz, habíame y di si obra factible 
Hay para alivio tuyo y perdón mío; 
O si amenaza á los destinos patrios 
Adverso caso que, previsto, falle; 
O ya si en vida ilícitas riquezas 
Enterraste que os hacen á vosotras, 
Almas, volver. ¡Deténmele, Marcelo! 

MARCELO. 

¿Le agrediré con esta partesana? 

HORAaO. 

Si en irse insiste, si 

BERNARDO. 

Por aqui huye. 

HORAaO. 

Por aquí, por aquí. 

[Deéoprnece el Éspeetró.'] 

MARCELO. 

Se desvanece: 
Desvanecióse ya. Noble y altiva 
Su condición, le ofenden los amagos, 
Irrisorios cuando él invulnerable 
Como el aire ha de ser. 

BERNARDO. 

A hablamos iba 
Cuando el gallo cantó. 



«o RSVÍ&TA NACIONAL. 



HORACIO. 

SolH-ecogióse 
Al oirle, cual reo que es llamado. 

II 

Sala en el palacio real, 

HAMLET.— HORACIO— MAKCELO.-BERN ARDO. 

HAMLET. 

¿Qué te trajo á Elsinor? 

HORACIO. 

De vuestro padre 
Vine á los funerales. 

HAMLET. 



¿Te chanceas, 
Condiscípulo mío? ¿No á las bodas 
De mi madre? 

HORACIO. 

En verdad, á poco fueron. 

HAMLET. 

Economía pura. Las viandas 

Del funeral banquete, apenas frías, 

Las mesas de la boda proveyeron. 

¡Que en el cielo no hubiera yo encontrado 

Al mayor enemigo nuestro, antes 

Que ver tal día, Horacio! ¡Padre mío! 

Contemplándole estoy. 

HORACIO. 

Señor, y en dónde? 

HAMLET. 

En la imaginación. 



HAMLET, PADRE. 4SÍ 



HORAQO. 

Una vez sola, 
Bien me acuerdo, le vi. ¡Rey excelentel 



HAMLET. 



Hombre fué tan cabal, que parecido 
No le hallaré jamás. 



Señor; tal creo. 



HORACIO. 

Le he visto anoche, 

HAMLET. 

¿A quién? 

HORACIO. 

A vuestro padre. 

HAMLET. 



¿Al rey mi padre? 



HORACIO. 

Suspended un punto 
Vuestro asombro y oíd, oíd el caso 
Maravilloso de que son testigos 
Estos Señores. 



HAMLET. 



— iOigalo; mas luego! 

HORACIO. 

Viéronle, sí, dos noches de seguida, 

A media noche y en su guardia. Recta 

Figura á vuestro padre parecida, 

Igual más bien, de punta en blanco armada. 

Se les hizo patente, y muy despacio 

Y con aire marcial pasó tres veces 

Tan cerca de ellos — á distancia apenas 

De su bastón — que de terror transidos 



REVISTA NACIONAL. 



No pudieron hablarle. Me lo avisan 
Muy de secreto. A la siguiente noche 
Voy la guardia á montar en unión suya, 
Y, confírmando su relato, viene 
La aparición. He visto á vuestro padre: 
Le conocí: mis manos una á otra 
No se parecen más. 

UAMLET. 

¿Dónde ha sido esto? 

HORAaO. 

En la esplanada: allí donde se vela. 



HAMLET. 



¿Y le hablaste? 



HORACIO. 



Le hablé. No me responde: 
Alza el rostro una vez y parecía 
Como si fuese á hablar; y el gallo canta 
A esta sazón como anunciando el día, 

Y la visión oyéndole se espanta, 

Y se retira al punto y desvanece. 

' HAMLET. 

Extraño y misterioso me parece 

HORACIO. 

Pero tan cierto fué como que existo; 

Y que debéis saberlo hemos juzgado. 

HAMLET. 

Ello, en verdad, me inquieta. ¿Y esta noche 
Dais la guardia? 

HARCELO. — BERNARDO. 

Los dos. 

HAMLET. 

¿Decís que armado? 



■i. 



HAMLET, PADRE. 



MARCELO. — BERNARDO. 

Armado, si. 

HAMLET. 

¿De punta en blanco? 

MARCELO. — BERNARDO. 

Justo: 
De la planta al cabello. 

HAMLET. 

¿Y tú le viste, 



Horacio, el rostro? 



UORAaO. 

Sí, Sefior: alzada 



Llevaba la visera. 



HAMLET. 

¿Su mirada 
Te pareció ceñuda? 

HORACIO. 

Su semblante 
Más que irritado parecióme triste. 

HAMLET. 

¿Pálido, ó encendido? 



HORAaO. 

En grado sumo 



Pálido. 



HAMLET. 

¿Y ha fíjado en ti la vista? 

HORAaO. 

Con asaz insistencia. 

B.H.^T.II-« 



484 REVISTA NACIONAL. 



HAMLET. 

¡Hubiera estado 



Presente yo! 



HORACIO. 

Que os aterráis presumo. 

HAMLET. 

Es muy probable. Y dime: ¿prolongóse 
Su estancia alli? 

HORACIO. 

Duró lo que tardemos 
En contar hasta cien sin mucha prisa. 

MARCELO. — BERNARDO. 

Más. 

HORACIO. 

No cuando le vi. 

HAMLET. 

¿Cana la barba? 

HORACIO. 

Cual la tuvo, de un negro ya argentado. 

HAMLET. 

He de montar la guardia con vosotros, 
Por si vuelve, esta ncche, 

HORAaO. 

Ello es seguro. 

HAMLET. 

YJsi en la forma de mi padre viene, 
Yo le hablaría aunque el infíerno mismo 
Me mandara callar. Si habéis guardado 
Oculto el caso, habedle todavía; 
Y viereis lo que viereis esta noche, 



HAMLET, PADRE. 485 



Meditadlo y no habléis. Viva ha de seros 
Mi gratitud. ¡Adiós! En la esplanada 
Entre once y doce nos veremos. 

{Seden, menos Hamlet.) 

Algo 

Pasa grave. Sospecho drama inicuo. 
¡Oh si llegado ya la noche hubiera! 
Hasta entonces, aquiétate, alma mfa. 
Surgir deben los crímenes, aun cuando 
La tierra toda los encubra al dfa. 

III 

Esplanada del castillo. 

HAMLET.— HORACIO.— MARCELO. 



• 


HAMLET. 


— El aire es frío 


y penetrante. 




HORACIO. 




Cierto. 




HAMLET. 


¿Qué hora es? 






HORACIO. 


No dan las doce todavía. 




MARCELO. 


Han dado ya. 





HORAaO. 

No las oí. Se acerca. 
Pues, el momento en que el Espectro viene. 

(Suenan trompetas y disparos.) 
Señor ¿qué significa ese ruido? 



186 REVISTA NACJOHAL. 



HAMLET. 

Vela el rey esta noche, y á la orgia 
Se abandona, y á cada sorbo suyo 
De acre vino del Rhin, parches y trompas 
Hacen coro á sus brindis. 

{Aparece el Efedro.) 

HORACIO. 

Ved, ya vino. 

HAMLET. 

¡Angeles y ministros de la gracia. 
Amparadnos! Espíritu ya seas 
Puro ó maligno, y celestial ambiente 
O vapor infernal te asista en torno, 

Y malvado ó piadoso intento abrigues, 
En forma para mí tan cara surges 

Hora, que hablarte quiero. He de llamarte 
Rey Hámlet, Padre, Rey de Dinamarca. 
Respóndeme, Señor, y no en la duda 
Me dejes consumir. ¿Por qué tus huesos 
En su ataúd rompieron el sudario ; 

Y sus marmóreas fauces el sepulcro 
Donde quedaste en paz abre y te vuelve 
Al mundo así? ¿Cómo es que tú, cadáver. 
De nuevo revestida la armadura, 

Al tibio rayo de la luna vengas, 
A la noche acreciendo sus horrores. 
Nuestra propia razón atormentando 
Con tal prodigio queá entender no alcanza? 
¿Qué significa? Di. ¿Qué hacer debemos? 

{El Espectro mueve la cabeza!) 

HORACIO. 

Que le sigáis indica, cual si á solas 
Quisiera hablaros. 



HAMIiET, PADBB. Mt 



MARCELO. 

A lugar distante 
Quiere atraeros, sí ; mas no vayáis. 

HORAaO. 

No; por nada en el mundo I 

HAMLET. 

Hablarno quiere; 
He de seguirle pues. 

HORAao. 

No tal hagáis. 

HAMLET. 

¿Qué habría que temer? En nada tengo 
La vida, y á mi espíritu ¿qué dafío, 
Siendo inmortal como él, amenazara? 
Me llama aún, y he de seguirle. 

HORAao. 

Pese 
Vuestra razón el caso. Si os atrae 
Hacia el abismo ó la espantable roca 
Sobre su pie crecida mar adentro, 
Y otra forma reviste allí que os hunda 
En súbita demencia? Por sí solo 
El lugar enloquece al que en su cumbre' 
Ye de tan alto el mar, debajo le oye. 

HAMLET. 

Me llama; insiste. ¡Marcha! ya te sigo. 

MARCELO. 

No iréisi Señor. 

HAMLET. 

Soltadme. 



48B REVISTA NACIONAL. 



HORACIO. 

Domínaos. 

HAMLET. 

Mi destino me grita y da á mis nervios 
Del león de Nemea el vigoroso 
Temple. Soltadme, ó, por el cielo, en humo 
A quien me asió transforme. ¡Andal ¡Te sigo! 

(Salen el Electro y HanUet,) 

HORAaO. 

A delirio fatal su ardor le arrastra. 

MARCELO. 

Obedecerle ahora no conviene: 
Sigámosle. 

HORAaO. 

Tras él vamos. Cuál sea 
El resultado, ignoro. 

MARCELO. 

Algo hay dañado 
Efi Dinamarca. 

HORACIO. 

Remediarlo el cielo 
Dígnese! 

MARCELO. 

Mas, de pronto, en marcha ¡Ea! 

(Salen) 

IV 

Otra parte de la esplanada. 
HAMLBT.— EL ESPECTRO. 

HAMLET. 

¿A dó quieres llevarme? Habla. De aqueste 



Sitio no paso. 



HAMLET, PADRE. 48D 



EL ESPECTRO. 

Mírame. 

HAMLET. 

Te veo. 

EL ESPECTRO. 

Se acerca la hora que á volver me obliga 
A mis llamas ardientes. 

HAMLET. 

¡Pobre alma! 

EL ESPECFRO. 

No así me compadezcas ; pero oído 
A lo que voy á revelarte presta. 

HAMLET. 

Habla. Estoy obligado á oirte. 

EL ESPECTRO. 

Estaslo 
A vengarme después que hayas sabido.... 



HAMLET. 

¿Qué? 

EL ESPECTRO. 

Soy el alma de tu padre, y debo, 
Por tiempo fíjo, aquí vagar de noche 
Y en mi cárcel de llamas por el día 
Sin refrigerio estar hasta que purgue 
De mi vida mortal las culpas. Fuera 
Lícito los secretos revelarte 
De tal prisión, y mi menor palabra 
Tu alma y sangre de joven helaría ; 
Tus ojos de sus órbitas hiciera 
Saltar, y tu cabello^erizaría 
De hirsuto jabalí como las púas ; 
Mas de la eternidad misterios tales 



ém REVIHTA NACIONAL. 



Para oidos no son que son carnales. 
Óyeme. Si á tu padre amaste 



HAMLET. 

]0h cielosl 

EL ESPECTRO. 

Venga su horrible asesinato, al orden 
De la natura opuesto. 

HAMLET. 

¡Asesinato! 

EL ESPECTRO. 

Criminal como todos, pero aqueste 
Más criminal y abominable. 

HAMLET. 

Pronto 
Hazme su relación, porque con ala 
Más rauda que de amor los pensamientos 
A la venganza vuele. 

EL ESPECTRO. 

Hallóte listo; 
Y si no te indignaras, insensible 
Fueras más que las hierbas que en su orilla 
Bafiay pudre el Leteo. Escucha ahora: 
Dijose á mis vasallos que, durmiendo 
Yo en mi jardfn, mordióme una serpiente; 
Mas sabe tú y entienda Dinamarca 
Que el reptil que dio muerte á su monarca 
Hoy su corona real lleva en la frente. 

HAMLET. 

¡Bien me lo dijo el corazón! ¡Mi tio! 

EL ESPECTRO. 

Ese adúltero vil, incestuoso. 

De sus palabras dulces con la magia 



HAMLET, PADRE. 411 



Y el cebo de sus dádivas — ¡Malditas 
Dádivas y dulzura que así logran 
Seducirl^rectitud, decoro blando 
Hizo á mi esposa quebrantar, rendirse 
A vergonzosa liviandad, cuando ella 
Dechado de virtud era creída 

Por mí y el mundo. ¡Oh Hámlet! ¡Qué calda 

La suya! Desde mí que en noble y digno 

Amor pagué los juramentos dulces 

Ante el ara prestados, abajarse 

A un miserable tan mezquino en dotes! 

Pero, así como incólume resiste 

Al vicio la virtud aunque en la forma 

De un ángel la corteje, la impureza. 

Aun enlazada al ángel, dejaría. 

Por hundirse en el fango, el casto lecho. 

Mas siento el aire matinal. Escucha. 

Durmiendo en mi jardín, costumbre mía 

Tarde con tarde, en el seguro entrando 

De mi descuido y soledad tu tío 

Con recelosa planta, sutil jugo 

De beleño letal de una redoma 

En mi oído vertió: jugo que cunde 

Con rapidez de azogue en nuestras venas 

Y que la sangre liquida coagula 

Cual ácido la leche. En breve instante. 
Como corteza el árbol, lepra horrible 
Cubre mi cutis limpio. Asi, durmiendo, 
La diestra de un hermano me arrebata 
Vida, cetro y esposa á un tiempo mismo. 
Sorprendióme la muerte en ñorescencia 
Plena de mi pecado, careciendo 
De eucarístico pan, del óleo sacro ; 
Sin ajustar su cuenta, acusadoras 
Llevando sobre mí todas mis culpas. 
¡Caso horrendo ! Si en tí del hombre vive 
La dignidad, no, Hámlet, lo toleres; 
No el tálamo real de Dinamarca 



. • 



442 REVISTA NACIONAL. 



Dé á la lujuria y al incesto nido! 
Mas, al obrar, no tu designio manches, 
Ni oses contra tu madre: deja al cielo 

Y á sus espinas su castigo. El alba 

La luciérnaga anuncia : antes que pierda 
Su ya pálido brillo, para siempre 
Adiós, Hámlet, adiós! De mi te acuerda! 

HAMLET. 

¡ Oh vosotras, milicias celestiales! 

¡Tierra! ¿Al infierno he de invocar? ¡Oprobio! 

Cálmate, corazón. Súbito, nervios 

Míos, no envejezcáis ; antes os temple 

Redoblado vigor. ¿ De tí acordarme ? 

¡Pobre alma! Si ; mientras aliente vida. 

¡ De tí acordarme ! Aun más : de la memoria 

Todo recuerdo fútil, arte, ciencia, 

Placeres vanos, cuanto en ella imprimen 

O juventud ú observación y estudio 

He de borrar, dejando en ella vivo 

Sin mezcla alguna tu precepto sólo. 

Sí, por Dios ! ¡ Oh mujer la más funesta ! 

¡ Oh malvado ! ¡ Oh hipócrita malvado ! 

¡Hombre execrable! ¡El de la risa blanda! 

Y ahora, á mi consigna : á lo que manda : 

" Hámlet, de mi te acuerda. '' Lo he jurado. 

J. M. Roa Barcena. 

México.— 4889. 



ABEJA. 448 



ABEJA. 



IConeluye.'] 

CAPITULO XXL 

DONDE SE CUENTA UNA PELIGROSA AVENTURA. 

En la noche, cuando todo dormía en el castíllo, se deslizaron Jorge 
y Francceur en la sala baja para buscar las armas. Ahí, bajo fundas, se 
hallaban lanzas, espadas, dagas, espadines, cuchilloB de caza y brillan- 
tes puñales : todo lo que sirve para matar al hombre y al lobo. Deba- 
jo de cada viga, una armadura completa estaba en pié, en una actitud 
tan fírme y tan fiera que parecía llena aún del alma del hombre que 
ayer la había revestido para las grandes aventuras. Y el guantelete es- 
trechaba la lanza entre los diez dedos de fierro, mientras que el escu- 
do reposaba sobre el muslo, como para enseflar que la prudencia es 
necesaria al valor y que el precavido hombre de guerra está armado 
lo mismo para la defensa que para el ataque. 

Jorge escogió entre tanta armadura la que el padre de 'Ahcja había 
llevado hasta las islas de Avalón y de Thule. La cifió con ayuda de 
FranccBur y no olvidó el escudo sobre el cual estaba pintado el sol de 
oro de los Clarides. Francoeor revistió, á su vez, la buena y vieja cota 
de acero de su abuelo y cubrió su cabeza con un bonete ya usado, al 
que añadió una pluma, plumaje ó plumero viejo y apolillado. Lo es- 
cogió por fantasía y para tener el aire rejuvenecido ; porque pensaba 
que la alegría, buena en todo encuentro, es particularmente útil ahí 
donde hay graves peligros que correr. 

Estando así armados, se fueron, á la luz de la luna, por el campo. 
Francoeur había amarrado los caballos á la orilla de un bosque- 
cilio próximo á la poterna, donde los encontraron mordiendo la corte- 
za de los arbustos ; estos caballos eran muy veloces, y les bastó menos 
de una hora para llegar, en medio de Duendes y apariciones confusas, 
á la montaña de los Enanos. 

— He aquí la gruta, dijo Francceur. 

Amo y escudero echaron pié á tierra y se introdujeron, espada en 



441 REVISTA NACIONAL. 



mano, en la caverna. Se necesitaba mucho valor para tentar tan peli- 
grosa aventura. Pero Jorge estaba enamorado y Francoeur era fiel. Y 
este es el caso de decir con el más delicioso de los poetas: 

i Qué no 'puede la amistad condv^nda par el Amor? 

El amo y el escudero caminaron por las tinieblas, muy cerca de una 
hora, después notaron mucha luz que los deslumhró. Era uno de aque- 
llos meteoros con que sabemos que se iluminaba el reino de los Ena- 
nos. 

A la luz de esta claridad subterránea conocieron que se hallaban al 
pié de un antiguo castillo. 

— He aquí, dijo Jorge, el castillo del que nos vamos á apoderar. 

— Efectivamente, respondió Francoeur; pero dispensad que beba al- 
gunas gotas de este vino que he' traído como una arma ; porque, tanto 
vale el vino, cuanto vale el hombre, tanto vale el hombre cuanto vale 
la lanza, tanto vale la lanza cuanto menos vale el enemigo. 

Jorge, no encontrando alma viviente, tocó con Aierza, y con el pufüo 
de su espada, la puerta del castillo. Una voeecüla temblorosa le hizo 
levantar la cabeza y percibió en una de las Tentanas á un viejecito de 
luenga barba, que preguntó : 

— ¿Quién sois? 

— Jorge de Blanchelande. 

— ¿Y qué queréis? 

— ^Recuperar á Abeja de los Clarides, que retenéis injustamente en 
vuestra topinera \ villanos topos como sois ! 

Desapareció el Enano y de nuevo Jorge se; encontró solo con Fran- 
coeur quien le dijo : 

— Monseñor, no sé si exajero en declarar que en vuestra respuesta 
al Enano, no habéis agotado todas las seducciones de la elocuencia per- 
suasiva. 

Francoeur no tenia miedo á nada : pero era viejo ; su corazón estaba, 
como su cráneo, gastado por la edad; y no le gustaba enfadar alas gen- 
tes. Jorge, al contrario, se agitaba y gritaba con fuerza : 

— ¡Viles habitantes de la tierra, topos, tejones, lirones, hurones y ra- 
tas de agua, abrid solamente la puerta y os cortaré las orejas á todos I 

Pero apenas acababa de expresarse en estos términos, cuando la 
puerta de bronce del castillo se abrió sobre sf misma, sin que se pu- 
diera ver quién movía las enormes hojas. 



ABEJA. 416 

Jorge tuvo miedo y no obstante franqueó la puerta miaieriosa ; por- 
que su corazón era todavía más grande que su temor. Entró al patío, 
y vio en todas las ventanas, en todas las galerías, sobre todos los te- 
chos, sobre todos los pifiones, en la linterna y hasta en los tubos de las 
chimeneas. Enanos armados con arcos y ballestas. 

Escuchó que la puerta de bronce se cerraba tras él y una nutrida 
granizada de Hechas comenzó á caer sobre su cabeza y sus espaldas. 
Por segunda vez tuvo mucho miedo y por segunda vez se sobrepuso á 
su temor. 

Con el escudo en el brazo, empuñando la espada, subía las escale- 
ras, cuando de repente percibió, de pié en el más alto escalón, con una 
calma augusta, llevando el cetro de oro, la corona real y el manto de 
púrpura, á un Enano majestuoso. Reconoció en él al hombre que lo 
habia libertado de la prisión de vidrio. Entonces se arrojó á sus pies y 
le dijo llorando : 

— ¡Oh mi bienhechor! ¿quién sois? ¿Sois de aquellos que me han 
robado á Abeja, á quien amo? 

— ^Soy el rey Loe, respondió el Enano. He guardado á Abeja conmi- 
go para enseñarle los secretos de los Enanos. Niño, habéis caldo en mi 
reino como el granizo en un vergel de ñores. Pero los Enanos menos 
débiles que los hombres, no se irritan como ellos. Estoy muy por en- 
cima de vos, por la inteligencia, para sentir alguna cólera de vuestros 
actos, cualquiera que sean. De todas las cosas en que soy superior á 
vos, una guardaré con celo: es la de la justicia. Voy á llamar á Abeja 
y le preguntaré si quiere seguiros. Haré esto, no porque vos lo que- 
réis, sino porque debo hacerlo. 

Reinó un gran silencio, y Abeja se presentó en traje blanco, con sus 
blondos cabellos esparcidos. Al instante en que la vio Jorge, ella corrió 
á arrojarse en sus brazos, y estrechó con todas sus fuerzas el férreo pe- 
cho del caballero. 

Entonces el rey Loe le dijo : 

— ¿Abeja, es verdad que estáis viendo al hombre con quien queréis 
casaros? 

— Es verdad, muy verdad que lo veo, pequeño rey Loe, respondió 
Abeja. Ved todos, pequen uelos, como río y como soy feliz. 

Se puso á llorar. Sus lágrimas corHan por las mejillas de Jorge, y 
eran lágrimas de dicha; mezclaba á las risas mil encantadoras pala- 
bras que no tenían sentido, parecidas á aquellas que talbuten los ni- 






446 REVISTA NACXONAU 



fios. No pensaba que la contemplación de su dicha podía entristecer el 
corazón del rey Loe. 

— ^Amada mia, le dijo Jorge, os encuentro tal como lo deseaba: la 
más bella y la mejor de las criaturas. Me amáis! Gracias al cielo, me 
amáis! Pero, Abeja ¿no amáis también, un poco, al rey Loe, que me 
sacó de la prisión de vidrio donde me tenían las Ondinas, lejos de 
vos? 

Abeja se volvió hacia el rey Loe : 

— ¡Pequeño rey Loe, tú has hecho esto! exclamó; tú quieres y has li- 
bertado aquel á quien amo y me ama 

No pudo decir más y cayó de rodillas; la cabeza entre sus manos. 

Todos los Enanos, testigos de esta escena, derramaban lágrimas so- 
bre sus ballestas. Sólo el rey Loe permanecía con el rostro tranquilo. 
Abeja, descubrió tanta grandeza, tanta bondad, que sintió por él, el 
amor de una hija para con su padre. Estrechó la mano de su amante y 
le dijo: 

— Jorge, os amo; Jorge, Dios sabe cuanto os amo. ¿Pero cómo dejar 
al pequeflo rey Loe? 

— ¡Ah! los dos sois mis prisioneros, exclamó el rey Loe con voz te- 
rrible. 

Había tomado una voz terrible, en tono de chanza, y para agradar 
más. Pero, en realidad, no sentía cólera. Francoeur se aproximó á él 
j poniendo en tierra una rodilla: 

— Sir, le dijo, le agradaría á Vuestra Majestad me hiciera compartir 
el cautiverio de mis amos á quienes sirvo? 

Abeja, reconociéndole, le dijo: 

— ¡Sois vos, mi buen Francoeur! ¡qué gusto en volveros á ver! Te- 
néis un penacho bien feo. Decidme ¿habéis hecho nuevas canciones? 

Y el rey Loe llevó á los tres á comer. 



CAPITULO XXII. 

EN EL QUE TODO TERMINA CON FELICmAD. 

Al día siguiente, Abeja, Jorge y Francoeur, se pusieron los suntuosos 
vestidos que los Enanos les habían preparado, y se dirigieron á la sa- 
la de las fiestas, donde el rey Loe, en traje de emperador, presto vino 



ABEJA. 447 

á juntárseles como lo había prometido. Venia seguido de sus oficiales, 
que traín armas y trajes de pieles de una salvaje magnificencia; y en 
sus cascos, se agitaban plumas de alas de cisne. Los Enanos acudían 
en multitud, entrando por las ventanas y las lumbreras, y se deslizaban 
debajo de las mesas. 

El rey Loe, subió en una mesa de piedra, á cuya extremidad estaban 
colocados candelabros, bujías, cachorros y copas de finísimo oro y de 
un trabajo maravilloso. Hizo sefíal á Abeja y á Jorge de aproximarse, 
y les dijo: 

— Abeja, una ley de la nación de los Enanos previene, que un ex- 
tranjero recibido en nuestros dominios quede libre al cabo de siete 
años. Habéis pasado siete años entre nosotros, y sería un mal ciuda- 
dano y un rey culpable si os retuviera más. Pero antes de dejaros ir 
quiero, no habiendo podido ser vuestro esposo, uniros yo mismo con 
aquel que habéis elegido. Lo hago con gusto, porque os amo más que 
á mí y que á mi pena, y si queda ésta, será como una ligera sombra 
que vuestra dicha borrará. Abeja de los Clarides, princesa de los Ena- 
nos, dadme vuestra mano ; y vos Jorge de Blanchelande, dadme la 
vuestra. 

Después de unir la mano de Jorge con la de Abeja, el rey Loe se di- 
rigió al pueblo y dijo en alta voz: 

— Enanos, hijos míos, vosotros sois testigos de que los dos se han 
prometido, el uno al otro, casarse en la tierra. Que vuelvan juntos y 
que juntos hagan ñorecer el valor, la modestia y la fidelidad, como los 
buenos jardineros hacen abrirse á las rosas, los claveles y las peo- 
nías. 

A estas palabras, los Enanos gritaron mucho, no sabiendo si debían 
llorar ó alegrarse, por estar agitados de contrarios sentimientos. El 
rey Loe se volvió de nuevo hacia los novios, y entregándoles las bu- 
jías, los cacharros y toda la bella orfebrería: 

— He aquí, les dijo, los regalos de los Enanos. Recibidlos, Abeja, 
como un recuerdo de vuestros amigos ; ellos os los ofrecen y no yo. 
Luego sabréis lo que quiero daros. 

Hubo un largo silencio. El rey Loe contemplaba con una grande ex- 
presión de ternura á Abeja, cuya bella cabeza se inclinaba, coronada 
de rosas, sobre las espaldas del novio. 

Después continuó de este modo: 

— Hijos mios, no es suficiente amarse mucho; es necesario quererse 



4m REVISTA NAdONAU 



bien. Un gran amor es bueno, sin dada; un amor hermoso es mej<M:. 
Que el Tuestro sea tan dulce como duradero; que nada le falte, y que á 
la indulgencia, mezcle una poca de piedad. Sois jóvenes, hermosos 7 
buenos; pero sois humanos, y por esto mismo, sujetos á sus miserias. 
Por consiguiente, si no entra algo de piedad en los sentimientos que 
sentís el uno por el otro, estos sentimientos no serán apropiados á to- 
das las circunstancias de Tuestra vida común; serán como los vestidos 
de lujo que no están garantizados ni para el viento ni para la lluvia. 
No se aman, sin duda, sino aquellos que se quieren en sus debilidades 
y en sus miserias. Economizar, perdonar, consolar, he aquí toda la 
ciencia del amor. 

El rey Loe se detuvo, presa de una emoción fuerte y dulce. Después 
repuso: 

— Hijos míos, sed f^Uces; conservad vuestra dicha, conservadla bien. 

Mientras que hsMaba, Pie, Tad, Dig, Bob, Truc, y Pau, cogidos del 
manto blanco de Abeja, cubrían de besos los brazos desnudos y las manos 
de la joven. Le suplicaban no los abandonase. Entonces el rey Loe sacó 
del cinto un anillo cuyo engarce arrojaba ondas de luz. Era el anillo 
mágico con el que había abierto la prisión de las Ondinas. Lo puso en 
uno de los dedos de Abeja y le dijo: 

— Abeja, recibid de mi mano este anillo que os permitirá entrar á 
toda hora, á vos y vuestro marido, al reino de los Enanos. Seréis reci- 
bidos con alegría y ayudados en todo. Cuando regreséis, enseflad á los 
hijos que tuviereis á no menospreciar á los Enanos, inocentes y labo- 
riosos, que viven bajo la tierra. 



Anatole Frange. 



CRÓNICA SUD AMERICANA. 440 



CRÓNICA 8UD AMERICANA. 

BAMOK 2? HABBIET. 

(Bspeoial para la ** Revista IN'aoion.al" de AdCéxioo.) 



"Sa existencia se parece á la de 
esas aves que vienen Instantáneamen- 
te de Ignoradas reglones y después de 
haber henchido el aire con sus goi^Jeos 
—la e8tacl6n de las flores — se pierden 
presurosas en el silencio y el misterio." 

Emilio Castelab. 
I 

— ¿Qué es un poeta? 

— ¿Cómo definir á ese hombre cuyo genio crea obras sublimes, — 
que haciendo de su pluma un pincel traza perfiles y figuras maravillo- 
sas, por el arte, el buen gusto y las bellezas que las distingue ? 

La fisonomía histórica y la ideal del poeta, se resisten á ser retrata- 
das con perfección por la pluma. 

Su lenguaje es superior á toda elocuencia. 

El ritmo en que encierra sus pensamientos, la pauta á que somete 
sus ideas, es una armonía musical que reúne en cada una de sus no- 
tas, en cada sonido, en cada tierna vibración, todos los trinos de las aves, 
los rumores de las ñores, los suspiros de la brisa, los murmullos délas 
aguas y las ondinas, las melodías sublimes del Universo ! 

Sus inspiraciones condensan toda la luz de los astros, los matices 
del cielo y de las ñores, como también las armonías divinas de la na- 
turaleza. 

El poeta es un trovador constante de todo lo bello que existe en la 
creación, y que en la realidad más estéril encuentra una fuente inago- 
table de inspiración y de estudio. Canta los dolores del pueblo, con el 
mismo sentimiento con que invoca la imagen del ideal querido. 

Arranca mil delicados sones á su lira cuando canta los amores del 
genio, como cuando su estro sublime le dicta tiemísimas canciones al 
sentir en su alma rebosar el fuego ardiente del entusiasmo patrio. 

La mujer — ese ángel de divinas alas colocado en el mundo como 

V. B.— T. !I— 29 



im RBvmrA nacional. 



una obra de la grandeza celeste para consuelo del hombre j dicha dd 
hogar,— cuya ternura infinita es un manantial de puros amores, es pa- 
ra el poeta un símbolo de glorías é inspiraciones sublimes. 

Y este ser todo ternura, de naturaleza artística j femenina, de alma 
ardiente y corazón IcTantado, en nuestro querído Chile es sólo un ob- 
jeto de lujo que se muestra en la historia de la patría, — como si fue- 
ra un diamante luminoso engastado en la corona de gloria que cifie su 
frente y que ilumina su nombre inmortal ! 

Los poetas en Chile son ares canoras que endulzan los dolores de 
la existencia con sus gorjeos, y que yítcu oWidados todos los días de 
su YÍda, para perderse después en el silencio y el misterio de las som- 
bras de la muerte! 

II 

El joven poeta cuyo recuerdo trae nuestra pluma á la memoria de 
sus conciudadanos, fué un cantor inspirado de cuanto sentimiento au- 
gusto surgió en su espíritu. 

Avanzó, como un celaje esplendoroso, por el mundo, dejando un re- 
guero de luz en el cielo de su patria, cuyos destellos iluminarán su 
nombre y sus obras eternamente. 

Ramón 2 ^ Harríet no tuvo la fortuna de merecer los honores de la 
notoriedad y de la fama, porque no buscó jamás la ruidosa celebridad, 
ni la esplendente gloria de sus triunfos para su genio y su memoria, 
en los aristocráticos salones de la orgullosa*capital de la República. 

Los poetas que nacen en el seno de las sociedades de provincias, en 
Chile no alcanzan renombre y fortuna, sino piden favores á la metró- 
poli del país. 

III 

Ramón 2" Harriet fué un poeta de inspiración excelsa, que no al- 
canzó fama universal entre nosotros, por el egoismo que reina en nues- 
tra patria. 

El poeta, el literato, el periodista, son flores que viven y lucen sus 
galas en los jardines de la sociedad, exalando aromas, mientras el sol 
de su inspiración les brinda su calor y en sus destellos les da lozanía 
y vigor. 



CRÓNICA SUD AMERICANA. 451 

Ramón 2? Harriet fué un ruisefiorque vivió solitario en medio de 
los bosques seculares del Sur, consolándose de sus dolores y amai^u- 
ras, con las armonías de sus trinos y gorjeos melodiosos. 

¿No es esa la existencia del poeta? 

El bardo — cuya vida es una cadena prolongada de azarosos sufri- 
mientos, — como el joyero que engasta en el rubio y luminoso metal 
la piedra cristalina y trasparente, coloca en armónicas estrofas las lá- 
grimas que vierte! 

Su naturaleza femenina, eminentemente artística, no puede resistir 
sin profundos dolores las vicisitudes de la vida. 



IV 



Ramón 2^ Harriet nació en Concepción en el año de 1851. Hijo de 
una familia distinguida de la aristocrática y gallarda hurí del Bío-Bío, 
adquirió una educación esmerada que le facilitó el conocimiento de mu- 
chos ramos del saber humano. 

Desde muy niño manifestó la viveza de su carácter y la claridad de 
su inteligencia. 

En el colegio era un alumno modelo, por su comportamiento y su 
dedicación al estudio. 

De ese modo hizo sin dificultad sus estudios en humanidades. Las 
matemáticas no consiguieron conquistaren su cerebro el lugar que ha- 
bían ocupado ya, la filosofía, la literatura, la historia, la geografía y la 
economía política. 

Su espíritu se nutría con el estudio del arte y los conocimientos que 
proporcionan la observación de lo bello y lo bueno, pero no daba im- 
portancia suma á los signos algebraicos, á las proporciones del cálculo, 
á las líneas del dibujo, ni á los fenómenos de la física y la química. 

Su sentimiento era más vivo ante la esplendente hermosura de un 
lienzo ó un pulido trozo de mármol tallado, que en presencia de una 
figura geométrica ó las resoluciones de un problema de aritmética. La 
poesía encerraba para su alma sedienta de infinito, un mundo de go- 
ces y preciosidades sin fin, en sus armonías sublimes ó deliciosas. 

La naturaleza con sus tres reinos — el mineral, el vegetal y el ani- 
mal, — no tenía tantos encantos para su aspiración jamás satisfecha de 



4S2 REVISTA NACIONAL. 



llegar á concebir en su mente la fama divinamente poética de 8U ideal, 
como encontraba de delicias un mundo en una flor y su perfume, en 
una belleza encantadora, en las melodías de una música solemne, en el 
bullicio mismo del pueblo que lo adornaba. 

Ramón 2? Harriet fué un hombre de igual naturaleza que la que 
dio Dios á nuestro inmortal filósofo, — Francisco Bilbao. — Como él 
amaba al pueblo y sufría con sus dolores. 

Admiraba el genio y el arte y busc^tba en sus delicadas manifesta- 
ciones la fórmula del progreso. 

Quería la felicidad del mundo y perseguía el bienestar social de los 
individuos. Había en aquella alma, tierna como una flor que se abre 
al primer beso de la aurora, arrullos de palomas y vibraciones melo- 
diosas de la brisa que entona dulces canciones entre los ayes de los ár- 
boles. 

Su inteligencia se despejaba al contacto del ardiente pensamiento, 
como se abre al viento la flor aromática cuando recibe la vivificante 
luz del sol. 



De la generación de jóvenes que desde hace 40 afíos viene sobresa- 
liendo en Concepción por su inteligencia y amor á las bellas letras, Ra- 
món 2 ? Harriet ha sido uno de los más conspicuos y de más esclare- 
cido ingenio. 

Con notable brillo descolló en la prensa periódica y en la poesía, en 
el arte dramático y en la tribuna popular. 

Poseía dotes sobresalientes de tribuno. Su palabra vivaz trasmitía 
al auditorio que le escuchaba, el entusiasmo de su corazón, el patrio- 
tismo y la energía de su alma. 

En los comicios populares agitaba á las masas con el impulso de su 
poderosa elocuencia. 

Sus discursos llenos de fuego, eran dignos del más ilustrado orador, 
pues no carecían de grandeza, animación, brillo, elocuencia, acción, 
energía, posesión del asunto que trataba, eco sonoro de la voz, gesto 
imponente, altivez majestuosa é impetuosidad sin límites. 

Algo de Bilbao y de Rómulo Mandiola había en aquel tribuno ar- 
diente y vigoroso, cuya palabra destellaba rayos de luz sobre la frente 



CRÓNICA 8UD AMERICANA. 468 

del pueblo! Jamás las asambleas de la ilustre Peuco, oyeron de los la- 
bios de un hombre frases más enérgicas y patrióticas que las que el 
eximio tribuno dirigía en medio del calor de las batallas politicaSi que 
tenían lugar en sus grandes campañas electorales de esa época. 



VI. 



Hemos dicho que Ramón 2^ Harriet era poeta y tribuno de ingenio. 

Aquella múltiple naturaleza, poseía una cualidad que la hacía ad- 
mirablemente poderosa : era un terrible periodista. 

La prensa en sus manos adquiría la influencia mortífera del rayo, 
contra sus adversarios. 

Su pluma hería como una espada cuando dirigía sus ataques al ene- 
migo y sobre todo, á los que oprimían al pueblo. ¡ Ah, el pueblo! El 
pueblo era su ideal ! El pueblo era la encamación pura y bella de sus 
nobles aspiraciones ! £1 pueblo era el objeto de sus hechos y sacrifí- 
cios, porque lo amaba con ese amor puro y grande con que el artista 
ama su obra predilecta, como el soldado ama á su bandera, como el 
amante fiel á la amada de su pensamiento, como el creyente ama á 
Dios! 



VII 



Como poeta Ramón 2 ^ Harriet se distinguió en la poesía lírica y en 
«1 drama. 

Muchas de sus inspiradas canciones, las dio á luz en La Semana, 
periódico literario que publicó en Valparaíso Julio Chaigneau, distin- 
guido escritor satírico nacional. 

Recordamos siempre con placer impregnado de tristeza, una poesía 
tierna y delicada como el No me olvides de Alfredo de Musset, titu- 
lada Lágrimas que leímos de Harriet en ese periódico. 

Harriet se inició en la prensa allá por el año de 1868, escribiendo 
amenos artículos literarios y dulces poesías para La Revista del Suri 
en cuyas columnas empezó su carrera literaria. 

Acompañaban á Harriet, por ese entonces, en el cultivo de la ame- 
na literatura y la poesía, en la ilustre Concepción, los inteligentes é ilus- 



46i REVISTA NACIONAL. 



Irados jóvenes escritores y poetas Abelardo Poblete y Leopoldo Tu- 
renne. 

Harriet no se encontraba sólo en el campo de las letras^ Tenia muy 
dignos é ilustres compañeros. 

Poco después, en 1870, fundó, en unión de esos mismos dignos com- 
pañeros, el periódico literario El Alba, el primero en su género que 
Yió la luz de la publicidad en Concepción. 

El Alba fué una revista literaria digna de todo encomio. Cola- 
boraron en sus ilustradas páginas los jóvenes más distinguidos é inte- 
ligentes del la gallarda reina del Bío-Bío. 

El Dr. D. Ernesto Turenne, residente en Concepción, fué también 
uno de los entusiastas redactores de aquella popular hoja literaria que 
apareció allí como el primer rayo de la aurora de las bellas letras^ 
que más tarde debían lucir esplendorosas en el firmamento del pro- 
greso de la patria. 



VIH 

El ilustrado Dr. Turenne ha sido colaborador de La Revieta del 
Sur desde el año 1868. Es autor de un magnífico libro titulado La 
Mujer, 

Tan brillante pluma, acompañó á Harriet que era una noble inteli- 
gencia, en sus luchas de la prensa. 



IX 

Harriet apareció en Concepción, como apareció Bilbao en Santiago^ 
levantando á la sociedad antigua de su postración, provocando luchas 
y polémicas en todos los círculos. 

Sus primeras obras fueron las impulsadoras de un movimiento in- 
telectual en su época, agitación que aún no termina y sí conmueve el 
espíritu viril de la histórica ciudad del majestuoso y tranquilo Bío-Bío. 
Aquella naturaleza intelectual poderosa, tenía todas las audacias del 
genio ; estaba dotada de toda la fuerza de voluntad y abnegación del he- 
roísmo ; había en su alma tiernas armonías de la brisa y estrepitosos 
mugidos del huracán, arrullos delicados de paloma ó terribles rugi- 
dos de león embravecido en medio de la selva solitaria. 



CRÓNICA 8UD AMERICANA. 465 



Ramón 2? Harriet ejercía una influencia bien marcada en los acon- 
tecimientos políticos de su pueblo. 

En las grandes campañas electorales de ese período de la historia 
patria, Harriet era el orador predilecto del público en los comicios po- 
pulares, en las instituciones republicanas y en los meetings democrá- 
tioosi donde defendía siempre con entusiasmo y talento los dogmas del 
progreso y la libertad. Los tribunos populares de esa época, cuyo re- 
cuerdo vive fresco en la memoria de sus comprovincianoSi eran Ra- 
món 2*? Harriet, José del Carmen Iglesias y Aníbal Yafiartu. 

El heredero hoy de la elocuencia fascinadora de aquellos, es en la 
heroica Concepción, ciudad de leyendas y tradiciones memorables, Gre- 
gorio Pinochet. 

Pinochet es un abogado probo y un tribuno de talento. 

José del C. Iglesias se distinguió como periodista, en la redacción 
del diario La Democracia y La Revista del Sur, en cuyas prestigiosas 
publicaciones hizo nutrido fuego contra el enemigo de toda libertad, — 
el clericalismo. Iglesias murió en el afio de 1876. 



XI 



Ramón 2*^ Harriet fué también un magnifico autor dramático. 

Los preciosos dramas Elisa Bravo y Amor y Amistad, son sus me- 
jores obras. 

Estas dos piezas dramáticas están escritas en verso, pero en versos 
melodiosos é inspirados, llenos de vigor y sentimiento. 

Se debe admirar en esas obras, hijas Ic^^ítímas de su iogenío, la ab- 
soluta y varonU entonadón de sus bellísimas ^rofas. 

Dramas exactamente nacionales, tienen todo el sabor orígioal de la 
historia, y la poesía encantadora de la tradición y la leyenda. 

Repetidas veces se pusieron en escena en el teatro de Concepción 
esas dos «xelentes piezas, cautivando siempre al auditorio por su flui- 
da y magnifica versificación, por lo que recibió su autor entusiastas 
ovaciones, cual no las ha akan£ado poeta alguno «n nuesüra patria. 



466 REVISTA NACIONAL. 



XII 

Ramón 2^ Harriet, poseía una naturaleza múltiple. 

Ya lo hemos visto distinguirse como poeta lírico y dramático: aho- 
ra nos resta sefíalar otra nueva faz del escritor: estaba dotado de ex- 
cepcionales cualidades de novelista. 

Las dos novelas Alberto el jugador y El Provinciano en Santia- 
go, recomiendan su talento y experiencia de autor ilustrado é inge- 
nioso. 

Harriet había aprendido á conocer á los hombres, había estudiado 
las pasiones que luchan en el diario comercio de la vida, en el libro 
de la sociedad. 

Su experiencia y versación en los negocios sociales, le hacían un es- 
critor de costumbres experimentado y correcto. 

XIII 

Ramón 2^ Harriet fué también un temible escritor de folletos poli- 
icos. Allí el escritor lanzaba rayos mortíferos sobre la cabeza de su ad- 
versario, en vez de luminosos destellos de su pluma. El escritor de 
partido sólo tenia en mira el triunfo de su bandera y no se compade- 
cía del enemigo. La piedad no era para él más que un ángel que lo 
acompañaba en sus visitas ingeniosas, cuando la caridad guiaba sus 
pasos. 

Pero en todos sus folletos, jamás olvidó las ideas y principios de- 
mocráticos. 

Fiel discípulo del ilustre fílósofo chileno, el mártir de la libertad, 
Francisco Bilbao, nunca desertó de las fílas del partido radical que con- 
servara su herencia y continuara su misión en el país. 

El clero era su más funesto adversario. 

Combatía á ese partido antipatriótico, más que por partidarismo por 
deber, amaba el progreso y el bienestar de la sociedad y los individuos, 
y perseguía á todos los que se oponían á la religión de tan nobles pro- 
pósitos. 

Para él los cantorberianos eran los enemigos de la humanidad y los 
atacaba con todo el ardor juvenil de sus afios y la fe de su apostolado. 

El dogma de la libertad, era su evangelio. 



CRÓMICA 8UD AMERICANA. 4S7 

El progreso lo consideraba como el único medio de que fuera feliz 
el hombre ; la única áncora de salvación que podía alcanzar la huma- 
nidad en medio del naufragio de todas las creencias y la concepción de 
los propagandistas de la religión de Jesús. 

Bilbao como Harriet, buscó los mismos horizontes, investigó las 
mismas sabias verdades, luchó durante toda su vida por establecer el 
reinado de la justicia, y como él sólo encontró el desengaño y las per- 
secuciones. 

Era por eso por lo que odiaba á sus enemigos que lo son también de 
la humanidad entera. 

¿Quiénes fueron los enemigos de la independencia de las naciones 
esclavizadas de la América Meridional ? 

¿Quiénes han sido los adversarios declarados de toda reforma, de 
todo progreso, de toda libertad ? 

Ellos I los enemigos de la luz y la verdad, los discípulos de Loyola 
; Cantorberi ! 

Harriet amó al pueblo, porque en él veía á la humanidad sufrir el 
ominoso yugo de la ignorancia y del fanatismo. 

Hojead sus opúsculos políticos y encontraréis en sus páginas escrito 
el evangelio de la libertad, el sagrado dogma de la emancipación del 
proletario. 

Harriet amó mucho á esta patria tan querida de todos sus buenos 
hijos y tan perseguida por los ambiciosos y los malvados ! 

Por eso le debemos gloria perdurable, gratitud inmortal. 

XIV 

Ramón 2 ? Harriet ha dejado á su familia, á las letras y á su patria, 
numerosas composiciones en versoTy prosa que algún día saldrán á luz, 
arrancándolas al olvido y al silencio de los afios. 

Días antes de que le llegara su última hora, las había recopilado con 
las que había publicado en la prensa nacional, para editarlas en un 
libro. 

Desgraciadamente este último deseo de su alma no pudo realizarse. 

XV 

Una de las composiciones en verso que más ha llamado nuestra 
atención, inspiradas por la sublime musa de Harriet, ha sido la que 



4BB REVISTA NACIONAL. 



declamó en el centenario que celebró de Voltaire la juventud ilustra- 
da de Concepción en 1878. 

Allí el poeta parece que vació, por decirlo asi, todo lo que había en- 
cerrado su corazón de sentimiento, su genio de ideas y conocimientos. 



XVI. 



Cuando Harriet redactaba El Alba, causó una verdadera revolu- 
ción entre los clericales y demás gentes de cogulla y manteo con unas 
sátiras en verso que escribía, llenas de chiste y donaire. 

Las más picantes que salieron de su fecunda pluma, fueron las fes- 
tivas fábulas que escribiera contra el finado obispo Salas. En La De- 
mocraeia sostuvo valientemente la candidatura para presidente de la 
República, del ilustre patricio de las letras patrias, Benjamín ^Hcufia 
Mackenna. 

En todos los períodos de su vida, fué siempre amante fiel de la cau- 
sa liberal. 

Siendo nifto aún, era alumno del seminario de esa ciudad ; y como 
sus profesores quisieran obligarlo á que abjurara de sus creencias, se de- 
jó expulsar del colegio antes que abdicar las ideas de su conciencia. 



XVII 



En 1881, Harriet deseoso de publicar una edición de sus obras se 
fué á Valparaiso, donde le sorprendió la muerte, revisando sus valio- 
sos originales. 

Los restos permanecen todavía allí, esperando que la juventud libe- 
ral de su pueblo los haga conducir al seno de la ciudad que los vio 
nacer. 

Puede decirse que esos despojos venerandos, están lejos de su ho- 
gar, donde pasó la dulce niñez entre quejas y sonrisas, y entre los elo- 
gios de sus amigos y las caricias de sus padres. 

¿ No descansarán sus huesos jamás en el seno de la ciudad que lo 
vio nacer? 

Dejo á la juventud de Concepción la respuesta. 



EL JUEGO Y SUS 00N8ECUEMCIA8. 4EB 



XVIII 

Ramón 2? Harriet fué una inteligencia distinguida que hubiera pro* 
ducido obras más valiosas, si el escenario donde se exhibió le hubiera 
ofrecido más vastos horizontes. 

Bajó al sepulcro demasiado joven, á una edad en que podría pres- 
tar á su patria muchos 7 mayores servicios. Sucumbió á los 30 años, 
pues nació en 1851 como dijimos al principio de este articulo. 

Su naturaleza robusta, cedió al fín á los rudos golpes del trabajo y 
del destino. 

Tal vez había encerrado Dios mucho genio y mucha vida en una es* 
tructura demasiado débil. 

Harriet ha dejado un nombre ilustre, que inscribir en las páginas in* 
mortales de la historia. 

Querido de sus amigos, apreciado de sus admiradores, su memoria 
será imperecedera. 

Pedro Pablo Figueroa.. 

Santiago de Chile.— 1880. 



EL JUEGO Y SUS CONSECUENCIAS 

BAJO fiL PUNTO DE YISTÁ Bfi ík FJIMILU T D£ LA SOCItDAB. 



Obsérvase en la marcha de las sociedades, que á medida que avan* 
zan en civilización se desarrollan en su seno gérmenes de disolución y 
.de muerte. Las tribus salvajes que obedeciendo á sus pasiones instin- 
tivas presentan en la historia cuadros sangrientos, crueles y despiada- 
dos, conmueven menos el ánimo de los hombres pensadores, que aque- 
llos cuadros sombríos y vesánicos iluminados por la luz esplendente de 
una cultura social avanzada. El contraste es vivísimo. Es como una 
úlcera en la sonrosada mejilla de una hermosura llena de vida. Es el 



4» REVISTA NACIONAL. 



miasma mefítico desprendido de pantano inmundo cerca de risuefio 
vergel perfumado con el aroma de sus ñores 

Considerar á la sociedad bajo el punto de vista de sus pasiones y de 
sus vicios, es investigar las causas patogénicas de los estravios de la 
razón al través del desenvolvimiento regular y progresivo del espíritu 
humano, que obedeciendo á las leyes eternas del progreso lucha sin tre- 
gua por su perfeccionamiento indefmido. Pero este ideal no se realiza 
en las sociedades tan fácilmente, porque no todos los elementos que 
las forman concurren al mismo fm. En todas partes hay causas per- 
turbadoras, tanto en el orden moral, como en el político y el religioso. 
La lucha de la inteligencia comienza entonces tratando de allanar las 
dificultades sembrando en las masas ideas salvadoras, y en esta cruza- 
da, efícazmente auxiliada por la ciencia, va ganando palmo á palmo el 
terreno donde sólo impera la ignorancia, la superstición, el fanatísmo 
y los vicios. 

Entre los elementos perturbadores del orden social que lleva su in- 
fluencia desorganizadora hasta su elemento fundamental que es la fa- 
milia, debe considerarse el juego, el cual nos proponemos analizar á la 
luz de la ciencia para poder determinar el carácter moral del jugador 
y su papel perturbador en el seno del hogar y de la sociedad. 

El hombre tiene por misión ejercitar y perfeccionar sus facultades 
físicas é intelectuales, para contribuir con el caudal de sus progresos á 
su propio perfeccionamiento y al de la especie que debe recibir como 
herencia fundada en las leyes del progreso y del orden social el aho- 
rro de experiencia y conocimientos adquiridos. Más aún, sus esfuerzos 
no deben concretarse á conquistar un bienestar cifrado solamente en 
la mayor suma de caudales ó de instrucción, sino también, y quizá sea 
•el punto más delicado de su misión social, la mayor suma de virtudes 
para ser un hombre moralmente bueno y fundar en la práctica del bien 
sus más nobles aspiraciones. Este es como si dejéramos el tipo ideal 
del homo sapiens en su estado normal, en la plenitud de su desenvol- 
vimiento fisiológico, psicológico y social. Pero este tipo tiene su ima- 
gen negativa. Cada una de sus posiciones tiene su antítesis • 

¡Cuan grande es la diferencia entre el individuo que gasta sus energías 
en labrar su propia felicidad y en trasmitirla también á los seres que 
lo rodean, desde el hijo que es sangre de su sangre, hasta el pobre 
huérfano que ve en él la emanación de una providencia que vela por 
los desheredados, y el ser anómalo que consume sus fuerzas y su for- 



EL JUEGO Y SUS CONSECUENCIAS. 481 

tuna, que debilita su inteligencia y agosta sus sentimientos en la satis- 
facción continua de una pasión cuyas consecuencias llevan, como por 
inducción, á todos los seres baflados por el mismo ambiente, el tem- 
blor nervioso del remordimiento, el estertor de la desesperación y el 
frío glacial de la muerte! 

£1 juego ha nacido con el impulso natural de la distracción y en to- 
das las épocas ha habido diversos medios de matar el tiempo en las 
horas de descanso que se proporciona el hombre después de llenar las 
fatigas del día. Bajo este punto de vista nunca será vituperable el jue- 
go considerándolo en sus variadas y múltiples formas. Pero la expe- 
riencia con sus severas enseñanzas ha venido á demostrar que hay al- 
gunos juegos que en lugar de distraer, enervan y acaban por subyugar 
á los caracteres débiles, abúlicos, no siendo raro el caso en que lleguen 
á extraviar aun á los espíritus elevados. Los juegos denominados con 
el nombre genérico de juegos de azar son los que determinan un esta- 
do mental particular no comprendido todavía en los cuadros etiológi- 
cos de las vesanias, sino de una manera vaga y difícil de reducir á una 
psicopatía característica. 

Cuando en los juegos de azar se despierta vivamente el deseo del lu- 
cro, la codicia, la ambición y todas aquellas pasiones que determinan 
lentamente una modificación en el modo de ser del avaro, se revelan 
en el sistema nervioso por energías desconocidas que luchan, se aba- 
ten, se levantan, se atropellan, se confunden y se transforman desarro- 
llando en el cerebro y el corazón del jugador un oleaje de ideas y sen- 
timientos como el oleaje de las escorias fundidas en la chimenea de 
un volcán. La ganancia sirve de aguijón á la codicia; la pérdida des- 
pierta el deseo de venganza cubierta con el disfraz de la represalia. Y 
entre los goces del albur que viene y las contrariedades del albur que 
se niega, el carácter se va modificando, las ideas ordinarias de la vida 
común se apagan poco á poco para ser sustituidas por las que dominan 
en esa atmósfera donde tiene que verificarse una verdadera adaptación 
entre el jugador y el medio donde pasa la mayor parte de su vida. Ck)- 
mo la playa al pez y la jaula al ave, asi va siendo el hogar para el apa- 
sionado por las cartas. La inclinación se acentúa, y mejor dicho, sede- 
fine; el cerebro se modifica según la naturaleza de las impresiones que 
constantemente recibe y que vienen á ser al fin su estímulo funcional; 
una educación especial modifica los ideales del jugador, quien sólo apre- 
cia la felicidad en la contemplación de aquel cielo verde donde se es- 



4fí REVISTA ITAOIOKAL. 



pareen y entran en eonjunción millares de soles de oro y estrellas bri- 
llantes de plata. 

El primer paso está dado. ¿Quién puede contener al jugador en ese 
camino? Su medio social se limita cada vez más verificándose una es- 
pecie de selección moral é intelectual, pues el fomento de sus pasiones 
sólo está cifrado en la compafifa de los jugadores. Entonces comienza 
el amor propio de su nueva carrera á ser el consejero de las inclina- 
ciones egoístas. Gusta de aparecer audaz y ambiciona conquistar la fa- 
ma de lince, Nuevas aptitudes se desarrollan en su físico y moral, y 
se forma por decirlo asi, una segunda naturaleza, confirmando el pro- 
verbio vulgar de que el ejercicio forma al maestro. 

El amor propio ó el deseo egoísta de sobreponerse á los demás con 
aptitudes especiales es peculiar á todos los hombres, más alrededor 
del tapete verde esta pretensión está fundada en un hecho altamente 
inmoral, cual es el conocimiento y ejecución de todos los gambitos á 
que pueden prestarse los juegos de azar. El tahúr tiene que ser un há- 
bil escamoteador, pues de lo contrario tendrá que hacer siempre el' pa- 
pel de victima ó no llega á conquistarse el respeto debido entre los afi- 
cionados. Y preguntamos, ¿con qué objeto tiene que adiestrarse en el 

manejo de las cartas? La explicación está por demás. He aquí 

alcanzada la segunda modificación en la personalidad moral del juga- 
dor. Podemos afirmar ya, que en este periodo comienza á pisar los um- 
brales de la vesania. El periodo impulsivo aparece como un fulgor en 
el cielo de la razón. Moral mente el jugador ya no se pertenece á si 
mismo, mucho menos á la familia ni á la sociedad. 

Cuando el jugador ha llegado al período emocional, está trazada la 
órbita de su destino. Si siempre ganara acabaría por aburrirse. Por lo 
común, en este estado, desaparece la avaricia de posesión, para dar lu- 
gar á la codicia del momento. En una noche quisiera ser el afortuna- 
do hasta levantar, él solo, el campo de batalla. Pero si se le garantiza- 
ra que podía alcanzar una gran fortuna á condición de despedirse del 
juego para siempre, después de obtenida aquella, renunciaría á ser ri- 
co, contentándose en continuar siendo modesto jugador. El tahúr ne- 
cesita arriesgar la fortuna adquirida para apreciar su buena ó mala 
suerte, su talento ó su audacia. Y esa vida de emociones que forman 
su segunda naturaleza, que borra de su cerebro toda idea de trabajo 
útil, que mata los arranques del genio á cuyas expensas se desarrollan 
los instintos de la astucia y se ejercita en las operaciones mecánicas del 



EL JUEGO Y SUd CONSECUENCIAS. 4(B 

escamoteo, será el motivo de una degeneración mental y moral espe- 
cial. De aquí al periodo parodístico como el del dipsómano, del teriaki 
7 del satiriaco, no hay más que un paso. Las eventualidades de la for- 
tuna, las condiciones anteriores de vida social, la educación recibida, 
el grado de cultura intelectual antes de degenerar en el juego, los la- 
zos de familia legítimos ó ilegitimes, el grado de civilización en que se 
halle el medio en que se vive, la mayor ó menor perturbación del sen- 
tido moral de los hombres que frecuentan la casa de juego, son otros 
tantos factores que desenvolviéndose y combinándose en diversas cir- 
cunstancias contribuyen á caracterizar la última faz de la vida del ta- 
húr. El que desgraciadamente ha llegado á este estado fatal, se aisla 
del medio social enteramente y vive como un parásito nutrido con la 
savia del garito. Y perturbado ya el sentido moral es el instrumento 
ciego de todas las maquinaciones que tienen lugar en el teatro del ta- 
pete verde y vive como los soñadores de grandezas imaginarias con la 
esperanza de llegar á ser el rey de los jugadores ó el Mefistófeles de 
las casas de juego. Y su papel es tanto más natural cuanto que en aquel 
cerebro ha sonado la hora del silencio para toda noble aspiración. Es 

• 

una naturaleza muerta para la vida social. Vegeta en el juego y como 
los hongos venenosos que no es tan fácil distinguir de los inocentes, 
son un amago constante de intoxicación para los incautos 

Pero dejemos por ahora el estudio concreto de la cuestión, que no 
pasa de tener sino un tinte de oración moral, para remontarnos á la 
investigación filosófica de la influencia perturbadora del juego en la fa- 
milia y en la sociedad. El juego constituye un problema social cuyas 
premisas aón no han sido bien definidas. 

Para orientarnos en un examen tan arduo concretaremos en una con- 
clusión, que deberá tener el carácter de definición provisoria, hasta que 
las pruebas parciales la confirmen ó la rechacen, el tema capital de es- 
te trabajo. 

El juego tiene una influencia nociva sobre el individuo, sobre la fa- 
milia y sobre la sociedad. ¿Por qué? 

Porque el juego es una p<isión egoísta que determina un eretismo ce- 
rebral intermitente hasta ocasionar la perturbación de la sana razón y 
el sentido m>oral^ concluyendo por caracterizar una neurosis vesá- 
nica. 

El análisis de cada una de las proposiciones que envuelve la ante- 
rior definición rectificará su valor científico, planteando cuando menos 



4M REVISTA NACIONAL. 



la fórmula del problema ya que estamos lejos de abrigar la pretensión 
de resolverlo. 

Que el juego es el símbolo de una pasión egoísta nadie podrá dudar- 
lo. Del reino de Birján jamás han salido hombres distinguidos por su 
filantropía, su amor al trabajo y al estudio. Las ciencias, las artes, la 
industria, etc., son incompatibles con el juego que enajena los sentidos 
del hombre que á él se consagra. Los Séneca, Descartes, Humboldt, 
Lavoisier, Pestalozzi, Froebel, Franklin, Juárez, Ramírez, Lucio, etc., 
etc., no han quemado las alas de su genio en la hoguera del burlóte. 
Pero no es necesario buscar las grandes figuras que han prestado ser- 
vicios eminentes á la humanidad, porque entonces vendría á probarla 
proposición con excepciones y las excepciones están fuera de la regla. 
No, el hombre de genio tiene un ideal que lo desvía de un pasatiempo 
en el cual no puede nutrirse su espíritu ni enriquecerse su inteligen- 
cia; el esclavo del trabajo, en cualquiera esfera social que se le consi- 
dere, tiene el sentimiento del deber que lo ampara y más aún la dulce 
satisfacción de sentirse útil y necesario para el sostén de su familia y 
el bien de sus semejantes. Y esta inmensa mayoría de los soldados del 
trabajo, altruistas inconscientes, filántropos sin pretenderlo, son los que 
consideramos como el nivel medio del buen sentido para apartarse de 
las casas de juego considerándolos como un centro peligroso. Repeti- 
mos aquí que el juego ha sido siempre un medio de distracción que los 
hombres han adoptado en todos los países para distraer las pesadas no- 
ches del invierno ó con cualquier otro pretexto, con el fin de propor- 
cionarse la oportunidad de estar entre buenos amigos, y en este caso 
nada tiene de censurable, si bien que, nunca causa la misma impre- 
sión ver la lucha de hombres inteligentes en juegos de meditación y 
de cálculo como el ajedrez por ejemplo, á ver disputarse aun en fami- 
lia los favores del azar como sucede con los juegos de cartas. 

Decíamos que el juego celoso de sus favores sólo los concede á quien 
se le consagra con pasión. El egoísmo tiene que ser el primer estigma 
característico de los amafeurs. Es cierto que hay tahúres espléndidos, 
liberales, pero su magnanimidad es verdaderamente inconsciente, por- 
que la gran mayoría de los jugadores no conocen el valor de las bue- 
nas acciones y sería hasta irrisorio pretender concederles la previsión en 
los resultados de la semilla del bien sembrada á tiempo. El jugador no 
es un misántropo, es verdad, porque se le ve siempre en sociedad con 
los jugadores, pero esta sociedad no tiene más que un móvil, el juego 



EL JUEGO Y SUS (X)N8BCUENCIA& 465 

Para un jugador, los bíienoa amigoSf son los que tienen que jugar,^ 
La amistad entre jugadores, es una liga que puede romper un albur á 
un escamoteo. Pero se necesitan mutuamente y transigen con su ma^ 
la fe ó sus caprichos, no por virtud, sino por conveniencia, y una vez. 
unidos, otra odiándose, otra temiéndose, pasan la vida enlazados por 
el vinculo de las cartas. Esta idea no es nueva, su aplicación esel i^ 
sultado de la observación en este asunto. Cicerón lo ha dicho ya hace 
muchos siglos en su tratado De Amicitia: ''Homines malos aliquando 
videmus eadem cupere, eadem odisse, eadem metuere; sed quoe inter 
bonos amicitia dicitur, hoec inter malos factio est.'* Esta dase de amis- 
tad es la que llamaba Ammianus Marcellinus, amicitia alearea. 

El carácter de aparente desprendimiento de los jugadores se áseme* 
ja á la liberalidad del dipsómano, que, lo mismo ofrecen lo que juzgan 
superñuo para ellos, á un pobre que á un pillo; la acción benéfíca sal- 
vando con sus recursos al hombre necesitado ó á la virtud que flaquea 
agotada por el infortunio, es superior á sus fuerzas morales. El juga- 
dor es un avaro curioso; deliran, se afanan, combinan, se pasan, como 
el héroe de Cervantes, los días de claro en claro y las noches de turbio 
en turbio, expiando una combinación, para atesorar dinero como, el 
avaro más desalmado. La diferencia consiste en que uno goza con las 
peripecias del alza y baja de su fortuna y el otro sólo en verla crecer. 
Ni el uno ni el otro tendrían valor de aventurarse en un negocio si no 
es que las utilidades fuesen exclusivamente para ellos. ¿Y serían ca- 
paces de plantear una industria, de auxiliar á un hospital, de fomentar 
la instrucción pública, de robustecer una caja de ahorros? La expe- 
riencia de todos los días se encargará de contestar por nosotros. Nada 
de lo que la inteligencia activa y creadora emprende para mejorar las 
condiciones de las sociedades, ni de lo que la filantropía ha inventado 
para aliviar las desgracias de los desheredados, están en el programa 
de la vida del jugador. Creemos que con esto será bastante para dejar 
demostrado su carácter egoísta. 

La pasión del juego es una fiebre que exalta el cerebro y conmueve 
todo el organismo. Esta es la segunda proposición que encierra la de- 
finición provisoria que hemos dado sobre el juego. Basta recorrer con 
la mirada todos los semblantes de los aficionados en los momentos en 
que se corre un albur, para comprender que todos aquellos cerebros no 
están en su estado normal. El brillo de la mirada, unas veces sinies- 
tro y otras chispeante, la contracción diversa de los rasgos fisionómi- 

R. K.— T. 11-80 



466 REVISTA NACIONAL. 



eos que en un segundo revela distintos y aun contrarios estados emo- 
cionales del espíritu, el silencio religioso con que se ve correr el albur 
como si de una carta misteriosa pendiese la vida, la tensión arterial y 
la respiración anhelante traducen un estado de excitación, una ñebre 
eñmera, de horas, pero que gasta actividad nerviosa y deja tras si el 
colapso, el decaimiento físico y moral que sólo podrá volver á levan- 
tarse con las emociones del burlóte ó de la partida. 

La carrera del vicio tiene siempre sus atractivos ; la satisfacción del 
deseo es el cebo, el hombre va porque cree realizar goces misteriosos 
sólo concedidos á los privados de la fortuna; después, la naturaleza ad- 
quiere hábitos que se transforman en cadenas que llegan á sojuzgar la 
voluntad y desde ese momento el individuo busca, lo que cree su úni- 
co placer, por necesidad psíquico-fisiológica. Es ya un pobre sugestio- 
nado por sus propias pasiones. Pero hasta aquí todavía hay personali- 
dad moral. Fuera de la casa de juego, el afícionado vuelve á ser hom- 
bre. Aun no ha quemado el fuego de su pasión las trasparentes alas de 
su ser moral. Más tarde, cuando esa fíebre intermitente durante el jue- 
go, se trasforme en una fiebre continua, cuando deifícando el azar, con- 
fíe en sus dones y vea impasible hundirse en ese tonel sin fondo del 
tapete verde, el fruto de su trabajo, la herencia de sus padres, el patri- 
monio de sus hijos, la dote de su esposa, el dinero de sus amigos 

entonces habrá alcanzado el verdadero título de jugador! 

Hemos dicho que el eretismo cerebral á que está sujeto el hombre 
que se deja arrastrar por la pasión del juego, concluye, en un lapso de 
tiempo más ó menos largo, por perturbar su razón. Para determinar 
con más precisión este estado mental examinemos que es lo que debe 
entenderse por la razón. He aquí un escollo para dejar satisfecha la 
curiosidad de los pensadores, porque pocas palabras de un uso tan co- 
mún, como la razóuy tienen un sentido tan vago cuando se busca su 
connotación al través de la historia de la filosofía que es la que ha tra- 
tado de analizar siempre las facultades del alma y sus estados. Desde 
Platón hasta Littré no hemos encontrado una definición satisfactoria. 
En nuestro concepto el que más ha precisado esta cuestión es el ilustre 
Dr. médico-legista D. Pedro Mata, quien después de analizar los esta- 
dos del organismo en relación con las funciones del espíritu, encuen- 
tra que hay un estado de razón que corresponde á la armonía de los 
actos del espíritu, como hay un estado de salud que es la resultante ar- 
mónica de las funciones orgánicas, y concretando sus razonamientos 



EL JUEGO Y SUS CONSECUENCIAS. 407 

dice: ^^La razón es aquel estado en el que el hombre tiene el poder de 
dirigir por medio de la reflexión y sus auxiliares la realización de sus 
impulsos internos con arreglo á las leyes de la organización. " Mala, 
Tratado de la razón kutnana en estado de salud, pág, 318. 

Esta defínición satisface nuestra intención para abordar con fírmeza 
el tema que vamos desarrollando. ¿Y cómo no juzgar un estado vesá- 
nico en el jugador, victima de una psicosis hasta hoy poco estudiada, 
cuando toda su vida está encadenada á la banca como Prometeo á la 
roca solitaria de la Escitia? Para el hombre en quien no existen aspi- 
raciones sociales, que no tienen significación para él los encantos del 
hogar, porque todas sus alegrías personales se reducen á las emocio- 
nes del juego, no es posible encontrar justifícación á su conducta den- 
tro de la defínición citada. No obra con arreglo á las leyes de la orga- 
nización, luego está pisando á los umbrales de una psicosis. Obra im- 
pulsado por un estado vesánico; obra tiranizado por la pasión del jue- 
go. Las leyes de la organización nos llaman constantemente al ejerci- 
cio y educación de todas las facultades del espíritu con el fín de alcan- 
zar el mayor perfeccionamiento posible, con el objeto de independerse 
de las pasiones y ser los arbitros de nuestro propio destino. Sólo en 
lucha con las pasiones se puede realizar el ideal á que está llamado el 
hombre, de ser útil á sí mismo y á sus semejantes. 

Determinemos algunos síntomas que caracterizan la vesania del ju- 
gador. 

La base fundamental de la inteligencia es la facultad que tiene de 
comparar y apreciar las cualidades de las cosas, por contraste, y esta 
facultad constituye el primer elemento psíquico de la razón. El hom- 
bre que no compara degenera en las monomanías. Por eso el fanatis- 
mo está fuera del territorio de la razón porque es incapaz de compa- 
rar. Es una vesania como otra cualquiera. El jugador está en el mis- 
mo caso. Podrá sostener una conversación llena d'esprü pero no está 
en aptitud de comparar su estado de jugador con el que guardaba an- 
tes de serlo. La manera de juzgar sobre las cosas y sobre los estados 
del espíritu ha cambiado para él. Así, el jugador jamás consentirá en 
que sea un vicio el cultivo del arte aleatorio; para él es un arte ó una 
industria de especulación y sostiene que arriesgar el dinero á una car- 
ta es lo mismo que exponerlo á las eventualidades de un negocio pro- 
blemático. 

Causa verdadero asombro ver entre jugadores, la religiosidad con 



40B REVISTA NACIONAL. 



que se cubren las deudas de una noche de estravio. ¿Cuántas veces el 
hombre que ha cuidado toda su vida de conservar ilesa su reputación, 
su probidad y la exactitud en cubrir sus compromisos, no vacila en ex- 
ponerse á la vergüenza de negarse á pagar una deuda sagrada contraí- 
da en la corriente ordinaria de sus negocios, porque apenas tiene pa- 
ra cubrir la caja que se le ha abierto en la partida en la noche ante- 
rior? Y aquel hombre se arruina, el fruto de su trabajo desaparece, y 
todavía para cubrir sus sagrados compromisos en el juego empefia ó 
vende las alhajas de su esposa, los trajes de sus hijas y dispone hasta 
del diario con que contaba su familia para el alimento más indispen- 
sable. ¿ De dónde proviene ese modo tan estrafalario de concebir el ho- 
nor y la dignidad? Evidentemente que de la perturbación de la razón 
y del sentido moral que no le permite ya distinguir los verdaderos fac- 
tores de la honradez. El espejo de su conciencia iluminado por los 
destellos de un juicio recto en el orden natural de las cosas está em- 
pefiado en esta circunstancia y el jugador no puede ver la imagen de 
su propia dignidad. La pasión del juego lo arrastra á tomar como sa- 
grada una deuda que no está garantida por la ley, y que caso de no ser 
honrado jugador se vería excluido de la comunidad. Esto sería para 
él, no sólo un oprobio, sino su muerte civil entre jugadores y su vida 
ya no tiene objeto. Así pues, una falsa concepción del honor, no tie- 
ne más origen que el egoísmo vesánico de poder ser siempre jugador. 
Es como si dijéramos, la patente que lo autoriza á sentarse entre sus 
compañeros de banca. Pagar es lo que importa sea cual fuere el me- 
dio de proveerse de dinero. 

Pero aún no se limita á esto el estravio de la razón del tahúr. La 
historia nos dice que los antiguos germanos después de haber perdido 
todo su dinero, sus armas y sus caballos, apostaban su mano derecha 
y si la perdían se la cortaban en el acto. Jugadores ha habido que se 
apuestan á sí mismos dejando firmada su esclavitud por medio de un 
as ó un caballo. Y todavía en el delirio de la pasión no han faltado quie- 
nes apuesten su prometida, su hija y su esposa. ¿No son estos actos 
propios solamente de un cerebro que debiera estar mejor regenerándo- 
se en los jardines de un manicomio? 

¿Y qué juicio puede formarse del carácter moral de los jugadores 
que sin escrúpulo alguno pierden en una noche su fortuna, tal vez el 
trabajo acumulado de muchas generaciones y aun las riquezas que no 
le pertenecen? ¿Y del que loco, insensato, se arruina sin que haya 



EL JUEGO Y BUS CONSECUENCIAS. 460 

una influencia poderosa que lo aparte de esa pendiente en donde ten- 
drá que arrastrar una vida miserable y tonta? ¿Acaso al jugador le 
importa un bledo que la familia de su victima esté en la miseria ó que 
s^a que el afícionado que tiene entre sus brazos está próximo á cu- 
brirse con el manto de la deshonra y con la expulsión del seno de la 
sociedad digna y que rinde culto al deber? 

En los grandes salones se juega también dándole el carácter de una 
distracción culta, pero en el fondo el tapete verde atrae como en todas 
partes y fascina y extravia. Los hombres se arruinan alli pagando su 
tributo al lujo, á la vanidad y á la ambición ; ó bien los arrastra la de- 
sesperación de encontrar un medio de rehacer su fortuna mal gastada, 
y juegan con el mismo desenfreno con que lo hace un círculo de tahú- 
res de profesión. Es que las pasiones nivelan mejor que las leyes, á 
todos los hombres. Tan inmoral es el hombre vulgar que gana con la 
cera el fruto de su trabajo al candido jornalero, como el millonario que 
arruina al comerciante, al industrial, al propietario que con mil afa- 
nes se han conquistado una buena posición y que en una noche de de- 
lirio arrojan su porvenir á los pies de un rey ! Decidle al primero 

que con su ganancia no perjudica realmente al afícionado ó al apasio* 
nado, sino á una pobre familia que está votada á luchar con todos los 
horrores de la miseria, y se encogerá de hombros ; decidle al segundo 
que con el dinero que expone á las eventualidades del azar puede ha- 
cer el bien llevando elementos de progreso á las escuelas, ó de consue- 
lo á los hospitales y de vida á los asilos, y mucho hará con suscribirse 
en una lista de beneficencia ó de mejoras con una fracción mezquina, 
en el momento en que con la sonrisa del placer satisfecho ahogara cou 
un montón de oro su carta favorita I ¿ No es esto una vesania intelec- 
tual y moral perfectamente caracterizada ? La indiferencia, la falta de 
sentimientos humanitarios, la ninguna emulación cívica no revelan una 

perturbación moral completa? ¿Será preciso darle más tintas al 

cuadro para hacer comprender mejor el estado moral á que conduce el 
juego? Bien podéis anunciar á ún tahúr, en los momentos de más exci- 
tación, que su madre, su esposa ó su hija están en agonía y lo veréis 
seguir apostando frenético ó aparentemente sereno, pueiS el juego se ha 
sobrepuesto á todo sentimiento de familia. Decidle que á unos cuan- 
tos pasos de él se trata de cometer un crimen y que en su mano está 
prestar eficaz socorro ; no se mueve, mayor crimen le parece levantar- 
se cuando está corriendo un albur; los sentimientos humanitarios se 



470 REVISTA NACIONAL. 

han extinguido en su corazón. Decidle que un amigo tiene un com- 
promiso que no puede cubrir y será la causa de su ruina y os contes- 
tará que aquel tiene la culpa por haberse metido en malos negocios y 
rehusa servirle con una pequeña suma ; por la noche pierde cien ve- 
ces más de lo que hubiera desembolsado para hacer una buena obra y 
piensa apostar otro tanto la noche siguiente para desquitarse. ¿Para 
qué le sirve pues el dinero al jugador? Para sostener el vicio de la co- 
munidad, para asegurar su porvenir de jugador. Podrá ser el protec- 
tor de mucha gente ociosa, se gastará su dinero en francachelas, en ba- 
canales, en aventuras ; jamás será el protector de una familia pobre y 
honrada sino cuando sus intenciones no sean muy sanas. Para él no 
existe la virtud, porque no la comprende y si alguna vez la admira 
acaba por negarla porque le conviene que no exista. 

En la carrera del juego hay tantas modalidades individuales co- 
mo en el vicio de la embriaguez. Asi como hay cerebros bien organi- 
zados que resisten mucho tiempo el uso inmoderado del vino y forman 
una segunda naturaleza de constante exitación sin que se perturbe la 
inteligencia ni se empafie enteramente el sentido moral, asi hay mu- 
chos jugadores que saben contenerse en ciertos límites que no ocasio- 
nen desastres ni á sus intereses ni á su familia. Pero preciso es con- 
venir que estas son excepciones y dependen casi siempre de una bue- 
na educación del carácter y de la rectitnd de principios para sobre- 
llevar, ó mejor dicho, acatar sin perjuicio individual algunas costum- 
bres sociales. Y aun en este caso el hombre no puede sustraerse del 
todo á la influencia de las ideas dominantes que forman como el me- 
dio en que vive, en el cual se alimenta su espíritu y donde acaba por 
adaptarse. Hay modas y costumbres ridiculas que al fin llegan á im- 
ponerse á fuerza de usarse ó repetirse. Así el juego se impone como 
una costumbre en muchos hombres que fuera de sus negocios no tie- 
nen otra distracción que los atraiga, ó bien tiene toda la fuerza de ley 
de la moda en toda tertulia ó reunión donde se toma como pretexto de 
distracción. En los casinos se toma como un entretenimiento de buen 
tono y en los cuarteles es el aliciente más grande del soldado, porque 
es el único medio que.se le presenta para mejorar su pré y satisfacer 
muchos caprichos propios de su esfera arruinando á su compafiero de 
armas. 

Alguien ha sostenido que el juego constituye un convenio legal por- 
que las partes arriesgan lo que es suyo y convienen en aprovecharse 



EL JUEGO Y BUS CONSECUENCIAS. 471 

de las ventajas que á cada quien les proporciona la suerte. Este argu- 
mento es sofístico. Haciendo á un lado la consideración de que alre- 
dedor del tapete verde cada uno trate de arruinar al compañero que 
tiene al lado, y que del espoleo de las pasiones no resulta sino desmo- 
ralización y vicio, el estado mental del jugador lo pone fuera del caso 
de poder celebrar convenios lícitos. Las estipulaciones de una casa de 
juego están fuera de la ley y la ley en este punto está en conformidad 
con la ciencia. 

Los factores que inician al hombre en el juego y las circunstancias 
que desarrollan en su ánimo la pasión por él son pues muy complexos, 
pero según un autor contemporáneo, todos estos estados fenomenales 
se reducen á un instinto propio del hombre, el deseo de poseer pero 
pervertida por una ambición avarienta muy marcada. Creemos que del 
estudio de las condiciones psicológicas para el desarrollo de esta pa- 
sión, pueden alcanzarse con facilidad las aplicaciones parciales en don- 
de quiera que se trate de tocar la cuestión del juego. Pero si bien los 
factores se llegan á apreciar, no así las consecuencias en la familia y la 
sociedad. Como tesis general puede decirse que á la familia se lleva el 
veneno de la inmoralidad que lentamente va infiltrándose en el alma 
del jugador con la frecuentación de las casas de juego, y como conse- 
cuencia natural lleva al hogar la miseria con todos sus horrores, con 
todas las tendencias desesperadas que es el porvenir de los seres que 
el destino ha ligado á la existencia indefinida del tahúr. Para esas fa- 
milias no hay redención posible. Se adaptan á los vaivenes de la for- 
tuna y así marchan sin cuidarse del mafíana y sin procurar mejorar su 
suerte por medio del trabajo honrado, pues saben por experiencia ó 
por instinto que el ahorro no sería sino una tentación para el tahúr. 
Y es que van degenerando moralmente al lado del vesánico. 

Bajo el punto de vista social la infíuencia perniciosa del juego está 
comprobada por la ley fisiológica de la imitación, de la fascinación que 
produce en los espíritus débiles la manera de improvisarse^ las fortu- 
nas y el despilfarro continuo que se observa en los jugadores. Ade- 
más en la familia tienen su aplicación las leyes de la herencia vesáni- 
ca y bien se comprenden cuáles son los resultados de la perversión 
moral prematura hereditaria. 

Si la ley del progreso se realiza á medida que la sociedad alcanza 
la mayor suma de bienestar y moralidad para el mayor número, claro 
es que aquellos individuos que no concurren con su contingente de in- 



472 BEVIBTA NACIONAL. 



teligencia y de trabajo para realizar ese bello ideal que reasume las 
aspiraciones de la humanidad, le son nocivos porque desequilibran 
las fuerzas del perfeccionamiento común y sustraen á la industria y al 
comercio un capital que en sus manos sólo sirve de instrumento, des- 
moralización y de cebo para atraer constantemente nuevas víctimas. 

La sociedad no debe lanzar sobre la frente del jugador el anatema 
que lo aisle de la vida común. El vicio tiene su orgullo y contra el 
rayo de la critica se arma con el escudo de la independencia. La per- 
secución de las autoridades convierte á los jugadores en víctimas y ha- 
cen lo que los cristianos perseguidos por los emperadores romanos, se 
refugian en las sombras y allí tocan á rebato las pasiones todas. 

Conveniente será inculcar en las ideas dominantes, que las deudas 
de juego no tienen más validez que las contraídas por un demente, 
haciendo ver con toda claridad que el honor convencional de los juga- 
dores pugne con los principios de la razón y es sólo un síntoma de su 
estado vesánico individual y colectivo. Para lograr este fin es preciso 
que los médicos alienistas, pronuncien su fallo en esta cuestión, el 
cual, estamos seguros, será favorable á los intereses morales déla hu- 
manidad. Además las sociedades de emulación y de propaganda de 
buenos principios entre las masas, deben enseñar constantemente á la 
juventud las consecuencias vesánicas de la pasión del juego, y más pre- 
visora y más prudente huirá de la mansión del tapete verde donde só- 
lo quedarán los tahúres obcecados, vesánicos incurables. La casa de 
juego será su manicomio! 

Dr. Jesús Díaz de León. 



DATOS 

tABA LA biografía DE D. MABUNO ARISTA. 



III 



Después de su referencia á la prisión y libertad de Don Mariano 
Arista en 1838 y 1839, su hoja de servicios prosigue así : '^ Fué nom- 
brado para mandar una brigada que salió para San Luís Potosí con 



DATOS PARA LA BIOGRAFÍA DE D. MARIANO ARISTA. 478 

destino sobre los disidentes que se hallaban fortificados en Tampico. 
Salió á marchas dobles, y habiendo en dicho San Luis organizado y 
arreglado la brigada, marchó con ella sobre las fuerzas que mandaba 
en aquel puerto el General Don Josa Urrea, á quien persiguió en reti- 
rada desde Ciudad Victoria como dependiente de la División que man- 
daba en jefe el Exmo. Sr. Presidente Don Anastasio Bustamante, y 
habiendo llegado cerca de Tampico con sólo cuatrocientos, hizo capi- 
tular á mil doscientos que existían en aquella plaza, por lo cual me- 
reció grandes elogios y las gracias de parte del Supremo Gobierno. 
Entonces fué nombrado Comandante General de Tamaulipas, y ha- 
biendo obtenido licencia para venir á esta capital, fué nombrado Gre- 
neral en Jefe de la División del Norte en fines de 1839, á consecuen- 
cia de la derrota del General González Pavón ; y habiendo salido á 
marchas dobles, llegó á Monterrey donde organizó una sección de ope- 
raciones, con la cual tuvo varios encuentros con los disidentes de los 
Departamentos de Oriente, obligándolos á retirarse en la misma Ciu- 
dad de Monterrey ; y persiguiéndolos hasta los confínes de Coahuila le 
presentaron acción en Santa Rita Morelos, en cuyo punto, á pesar de 
que hicieron grande resistencia, los derrotó completamente, y des|més, 
como consecuencia, logró pacificar por completo aqcrelios Departamen- 
tos: obturo por dicha acción ima cruz particular de honor, cuyo dise- 
ño aprobó el Gobierno. En seguida marchó á Tampico y alü evitó ona 
asonada, pasando después á Iftatamoros para acabar de tranquilizarlos 
ánimos, ya con la investidura de General en Je£e del Cuerpo del Ejér- 
cito del Norte. Hecha la paz en aquellos pueblos por tratados suma- 
mente ventajosos, que le fueron elogiados y reconocidos por la Supe- 
rioridad, se dedicó á organizar el Ejército para la defensa de la inte- 
gridad del territorio nacional contra los sublevados de Texas. Asi con- 
tinuó los afios de 1840 hasta 1845, trabajando sin descansar en la di- 
latada frontera, donde había continuas hostilidades con los bárbaros y 
los usurpadores de Texas. En 17 de Septiembre de 1841 fué nombra- 
do general de División por el E. S. Presidente Don Anastasio Busta- 
mante, y después, como por las bases de Tacubaya se emprendieron 
estos actos del Gobierno, le fué revalidado dicho empleo superior por 
el E. S. Presidente Don Antonio López de Santa Anna. En 10 de No- 
viembre del mismo año, renunció aquel mando, entregándolo al Sr. 
General Don Isidro Reyes, concediéndosele cuartel para la ciudad 
de Monterrey. Después vino á esta capital de orden Suprema; se le 



474 REVISTA NACIONAL. 



nombró otra vez General en Jefe de aquel Ejército del Norte que 
desempeñó poco tiempo, entregándolo al Sr. General Don Adrián 
Woll, y cuando se verificó la revolución de México del 6 de Diciem- 
bre de 1844, volvió á recibir orden de encargarse del mando en 
Jefe del Ejército del Norte, que aceptó en circunstancias de hallarse 
gravemente enfermo y casi agonizando, porque conoció que la situa- 
ción era muy critica, y logró que antes de cinco días quedase re- 
conocido el nuevo Gobierno Nacional del E. S. Presidente Don José 
Joaquín de Herrera en todos los Departamentos de Oriente, quedando 
restablecidas la libertad y las leyes. — En 1846 á la incorporación de 
Texas á los Estados Unidos del Norte, y en el acaecimiento del desem- 
barco de fuerzas americanas en el territorio nacional, hizo mil esfuer- 
zos para poner respetable la Frontera, proponiendo cuantos proyectos 
útiles creyó convenientes para la defensa de aquel país, y para aumen- 
tar su División hasta el número de seis mil hombres ; pero no pudien- 
do ser atendido y habiéndose sublevado contra el Gobierno el General 
Paredes, con toda la División de Reserva, y ascendido á la Presiden- 
cia de la República, se le ordenó entregar el mando y se retiró á una 
Hacienda cerca de Monterrey. — Allí se hallaba en Abril de dicho año 
de 1846 cuando recibió orden del 4 del mismo de tomar el mando de 
la División del Norte, en virtud de que el Gobierno Supremo supo, el 
movimiento que hacían las fuerzas enemigas desde Corpus Cristi hacia 
Matamoros, y confiado el Gobierno del Gral. Paredes en el Sr. Arista 
interesado en la defensa y la organización de la División referida. In- 
mediatamente aceptó y se puso en marcha, siendo del agrado del Supre- 
mo Gobierno todas sus operaciones, porque mediante ellas se tomaron 
al enemigo algunos prisioneros y se les hizo el daño posible : pero ha- 
biéndole sido preciso obligar al enemigo á una batalla el 5 de Mayo en 
el punto de Palo Alto, se reportaron de ella grandes ventajas, sin em- 
bargo de que al día siguiente, en segunda acción, la fortuna le fué ad- 
versa y tuvo que retirarse con su División á Matamoros, después de 
haberse expuesto mil veces, aun haciendo veces de soldado en las di- 
ferentes cargas que personalmente dio al enemigo, que por la superio- 
ridad de su artillería le desbarataron sus columnas, á cuya cabeza se 
le vio siempre, y los mismos enemigos confesaron su bizarría. Solici- 
tó que se le juzgara de resultas de esta desgracia, á fin de depurar su 
conducta, á lo que condescendió el Supremo Gobierno, y después de 
haberse retirado desde Matamoros hasta Linares, se le ordenó entre- 



DATOS PARA LA BIOGRAFÍA DE D. MARIANO ARISTA. fíS 

gar el mando de la División al Sr. General Don Francisco Mexia, lo 
cual ejecutó : después de algún tiempo y cuando sus males se lo per- 
mitieron vino á la capital para ser juzgado en consejo de guerra. 
— En 10 de Diciembre de 1846 se le concedió la cruz de constancia de 
primera clase, conforme al tiempo que contaba de servicios. En la su- 
maria que se le formó por las acciones de guerra dadas en Palo Alto y 
la Resaca de Guerrero los días 8 y 9 de Mayo de 1846, y posterior eva- 
cuación de la ciudad de Matamoros, la Comandancia general del Dis- 
trito y Estado de México á quien consideró competente el Supremo 
Tribunal de la Guerra, de conformidad con el parecer del señor fiscal 
y consulta del sefíor auditor, declaró con fecha 27 de Mayo de 1848 no 
prestar mérito para su continuación y que en consecuencia se sobrese- 
yese en ella, publicándose para su justa vindicación conforme á Orde- 
nanza por la orden general del día, y á fin de que en todo tiempo le 
sirviera de constancia que por semejantes acciones en nada desmere- 
ció su buena reputación militar, justamente adquirida, cumpliendo en 
esa vez con lo que exigía en conciencia, su honor y obligaciones. — El 
día 14 de Junio de 1848 prestó juramento como Secretario del Despa- 
cho de Guerra y Marina, y su firma fué dada á conocer por circular del 
Ministerio de Justicia y Negocios eclesiásticos, de la propia fecha. En 
esta comisión se portó con la mayor fidelidad, honradez y circunspec- 
ción ; sus constantes esfuerzos en el Gabinete y asiduas tareas en el 
despacho de los negocios del ramo, dieron por resultado la paz y tran- 
quilidad de la República, y muy positivos adelantos en la disciplina, 
orden y reforma del ejército. — Por decreto de la Cámara de Diputados 
del Congreso general de 8 del mes de Enero de 1851, sancionado al 
día siguiente, fué declarado conforme á los artículos 84 y 85 de la Cons- 
titución Federal, Presidente Constitucional de la República, y el 15 del 
propio mes prestó el juramento correspondiente ante el Soberano Con- 
greso y tomó posesión." Hasta aquí la hoja de servicios formada el 30 
de Enero de 1851. El 16 de Marzo de 1850 un decreto firmado por 
Don Juan Alvarez dio noticia al público de que el Congreso Constitu- 
yente del Estado de Guerrero, en atención á los grandes servicios pres- 
tados en favor de la independencia del Sur para que se elevase al 
rango de Estado Soberano, declaraba ciudadano suyo á Don Mariano 
Arista. 

Como no escribo ni una historia ni una biografía de aquel hombre 
distinguido, paso por alto los sucesos relativos á su Presidencia, y sigo 



476 REVISTA NACIONAL. 



con los posteriores á su renuncia de la primera Magistratura fechada 
en 5 de Enero de 1853. Retirado en su hacienda de Nanac-amilpa, el 

7 de Marzo escribiaá su fíel amigo Don Fernando Ramírez ''El 

pretexto de que siempre se han valido contra mi Santa Annay los su- 
yos á falta de otros, es imputarme connivencias con los Estados Uni- 
dos. Las obras hablan. Yáfíez fué el primer ministro mío, Macedo el 
segundo, usted el tercero, y el último el mismo Yáflez: todos vieron 
mi conducta que fué decente. En mi Administración recibió hostilidad 
el Gobierno americano, y se agriaron á tal grado las relaciones que el 
rompimiento estaba cerca y serio, según todo su aspecto. ¿Qué'tiempo 
esperaba yo para obrar en favor de esas supuestas relaciones con el 
Norte? Sí amigo, recuerde vd. la carta que dirigí á Wester,la que en- 
vié á Filmore en contestación á su amenazante aunque política carta, 
y jamás Santa Anna ni ninguno de esos que derraman el patriotismo, 
tendrán títulos más hermosos para hablar alto sobre ese particular co- 
mo los tenemos vd., el Sr. Yáflez, el Sr. Macedo y yo. — El general 
Santa Anna vendrá en buena hora contra mí y contra todos los que 
fueron mis ministros; pero respetará á vd. porque todos lo respetan por 
su saber, y su dignidad, y valor civil. Es vd. mi apoderado y defiende 
como abogado y como hombre público á un hombre que es su amigo 
y su compaflero: así espero que vd. despreciando todos los chismes que 
son comunes, tome mi causa por suya, seguro de que jamás me he 
manchado con una infamia en mi gobierno, porque he tenido la deci- 
sión de que nadie ine haga bajar los ojos^ porque me sepa una aoeión 
indigna de un hombre que ocupó la primera Magistratura de México. 
— Quiero me haga vd. favor de hacer una visita al Sr. Baranda y otra 
al Sr. Pacheco dándoles á conocer mi gratitud por su disposición en 
mi favor: mucho creo adelantado con esto y aliento la esperanza de que 
no saldré de mi país, cosa que para mí es peor que arrastrar una cade- 
na en un presidio. — No sé cómo siendo vd. un hombre vivo y versado 
en conocer á los hombres, no me ha conocido. ¿Si resistiré á las ten- 

• 

taciones? ¿Si he quedado curado y escarmentado del puesto? Ay! ami- 
go! ¿Cree vd. que si ambición ó apego al mando tuviera, hubiera deja- 
do el poder cuando sólo había que tomarse el mando absoluto para 
salvarme en el caso de ser ambicioso? ¿Que si estoy resuelto á un plan 
que me propone? Me dice vd. que es necesario renunciar á toda rela- 
ción política. Eso está ejecutado con tal vigor que desde mi salida de 
la capital encargué á Gutiérrez que abriera mi correspondencia, y no 



DATOS PARA LA BIOGRAFÍA DE D. MARIANO ARISTA. 477 

me mandara aquí lo que de política hablara, contestando él en mi nom- 
bre á todos Me he aislado completamente resuelto á vivir en 

esta hacienda por tanto tiempo cuanto sea necesario para que todo el 
mundo palpe que no amo el poder, y que mi deseo es concluir mis días 
tranquilo y lejos de la política. Me agrada el plan de vd. de dirigir al 
General Santa Anna una pregunta al llegar; pero esa pregunta debe te- 
ner un aspecto noble, pues prefíero la muerte á la humillación. Opino 
que vd. sea el que le escriba diciéndole que ha recibido poder mío y 
encargo para dirigirse á él en representación de mi persona, explicán- 
dole que yo estoy resuelto á no salir del país, que lo considero como 
una pena igual á la de presidio, que prefiero los calabozos, los casti- 
llos, y lo que se me depare; y aun la misma muerte. Que esa resolu- 
ción está apoyada en la Constitución que me prohibe salir del país un 
afio después de haber gobernado, y que estoy aquí para contestar de 
mi gobierno en el modo y forma que la ley fundamental quiere. Que 
si yo quisiera ser revolucionario, hubiera abrazado ese camino antes 
de descender del puesto, porque ni derrotas ni aflicciones irremediables 
me rodeaban al dejar la Presidencia. Que quiero vivir exento de la po- 
lítica, y que si hago esta promesa no es por humillación ni por pedir 
favor á mi enemigo que va al poder de que yo descendí, sino porque 
es mi voluntad y mi resolución fría y exentada de mi comodidad ó de 
mis intenciones posteriores. En fin, expresarle que yo no me he de 
humillar á nadie, y que espero lo que la suerte me tenga deparado. — 
Es preciso que sepa vd. que sigo malo, y que el tumor del hueso que 
tengo en el carrillo derecho, no me deja dormir una noche sola, y que 
será segura mi muerte si no me pongo en cura. — Supuesto todo lo ex- 
puesto, obre vd. en mi nombre, y quíteme vd. el tormento que no me 
deja, considerando que me creen un hombre semejante al imbécil que 
para atravesar un campo lleno de abrojos se quitara los zapatos para 
hacerlo mejor. Para ser revoltoso despojarse voluntariamente de la 
fuerza y de los medios de triunfar. '* 

Antes de pasar adelante debo decir que con fecha 10 de Enero del 
mismo afio de 1853 se le expidió requisitado el despacho de retiro. 
Volvamos á su correspondencia, toda del mayor interés, y léase la si^ 
guíente carta dirigida á D. Manuel Gutiérrez y fechada en Nanao-amil- 
pa el 18 de Abril de 1853: "Mi querido y buen amigo. Contesto la 
grata de vd. de ayer que me puso en nombre de nuestro amigo el Sr. 
Escandón, instruyéndome de los términos y resultado de la conferen- 



478 REVISTA NACIONAL. 



cia que éste tuvo con el Sr. General Santa Anna respecto á mi perso- 
na. — A nadie mejor que á vd. puedo conferir el encargo de que sea 
intérprete de mis sentimientos puesto que le son tan conocidos, y co- 
mienzo por decirle que manifieste al buen amigo Escanden mi cordial 
agradecimiento por su oficiosidad en favor mío. Este rasgo de su cari- 
flo, por el fin noble que se propuso de asegurar la quietud en que vivo 
y es ahora mi único consuelo, jamás será olvidado por mí. Debo creer 
que Escanden asegurará al Sr. Santa Anna que estoy firmemente re- 
suelto á no tomar participio en nada que siquiera huela á política : á 
dedicarme al trabajo de mi Hacienda, y á desear de todas veras el asier- 
to de la administración pública. Escanden sabe todo esto perfectamen- 
te y pudo y podrá cada vez que se ofrezca esforzarse en el particular, 
sin el menor riesgo de compromiso, pagando un tributo á mi jus- 
ticia. Me dice vd. que el Sr. Santa Anna manifestó á Escanden que 
viene resuelto á no perseguirme ni perseguir á nadie, así como á no 
exceptuar á ninguno tampoco en la aplicación de la ley, siempre que 
haya motivo para usar del rigor de ella ; y una y otra cosa honran al 
que tal resolución tiene, porque es la que aconsejan la equidad y el 
bienestar de nuestra infeliz patria. La persecución injusta, además de 
ser un agravio á la razón y hasta á la humanidad, generalmente dafSa 
más al perseguidor que al perseguido ; al paso que la firme aplicación 
de la ley, sin distinción de personas, es la que puede asegurar el orden 
y los adelantamientos del país. — Estamos pues absolutamente de acuer- 
do en estos principios, y en las doctrinas que de ellos emanan. Bajo 
tal concepto parece que nada tengo que temer, y precisamente por es- 
to, es decir, porque siempre he confiado en la rectitud de Santa Anna, 
no quise hacerle la ofensa de pedir mi pasaporte para fuera de la Re- 
pública, porque si tal hubiera hecho habría dado sobrado mérito, para 
que se tradujese mi comportamiento como una manifestación palma- 
ria de que tenia á Santa Anna por un inicuo ó mal caballero. Su re- 
solución á que aludo al principio de este párrafo, me agrada por justa 
y no podría comprenderme nunca. — Quedo impuesto de que manifes- 
tó á Escandón su temor, favorable también á mí, de que los anarquis- 
tas tomen mi nombre por pretexto para promover algunos trastornos, 
dando mayor facilidad á las suposiciones de que yo fomentaría sus omi- 
nosos proyectos, el que esta Hacienda se halla á corta distancia de esa 
Capital, de la de Puebla y de otras poblaciones del Estado de México; 
juzgando por lo mismo el Sr. Santa Anna conveniente al orden y aun 



DATOS PARA LA BIOORAFIA DE D. MARIANO ARISTA. 479 

á mi persona, que me separe yo de ella, pidiendo mi cuartel para alg^ 
punto del Estado de Oaxaca. Me dice vd. que Escandón debía escri- 
birme para aconsejarme que tomase ese partido, y por lo mismo supli- 
co á vd. que trasmita á este amigo las reflexiones que paso á hacer. — 
Prescindo por supuesto, de que en mi calidad de General retirado no 
podría señalárseme cuartel. — Cuantas seguridades se quieran y cuan- 
tas quepan en la esfera de lo posible, estoy dispuesto á dar, y vd. lo 
sabe, acerca de mi intima aversión á las revoluciones ; de mi conven- 
cimiento de que ellas orillan al país á su ruina, y por consecuencia 
precisa, de que ni ahora ni nunca, ni directa ni indirectamente alen- 
tará ninguna mi voluntad que estuvo siempre fírme contra todas. En 
este sentido he estado escribiendo, aun desde la época de mi adminis- 
tración, á todas las personas con quienes llevé relaciones ; y ya vé vd. 
si puedo sin jactancia apelar al testimonio unánime de ellas. He he- 
cho más; he autorizado á vd. y á todos mis amigos para que aseguren 
al Gobierno que, á pesar de ser la expatriación una verdadera y grave 
pena para mí, me condenaría á ella espontáneamente en el momento 
mismo en que me persuadiera de que mi permanencia en la Repúbli- 
ca daba mérito para que algunos pretendieran alterar el orden; tendría 
la energía necesaria para dar á mis soñados partidarios el más paten- 
te desengaño, porque tengo bastante patriotismo y él me aconsejaría 
semejante conducta. — Ahora bien, ni es probable que conociéndose 
mis ideas y firmes propósitos haya nadie que quiera valerse de mi nom- 
bre, ni es presumible que la Administración que va á establecerse, 
enérgica, con facultades omnímodas y sin trabas ningunas para efec- 
tuar la regeneración de la República, practicando las reformas por que 
todos claman, tenga algunos opositores, ni mucho menos opositores te- 
mibles. ; Ojalá me hubiera yo encontrado legalmente en tan próspero 
predicamento! — Por lo demás, evitar que la calumnia me persiga y se 
apodere de mi nombre en verdad que raya en lo imposible; pero ni la 
razón ni la justicia del Gobierno deben hacer caso de la maledicencia, 
ni otra cosa aconseja la discreción que estar á la mira de mi compor- 
tamiento y guiarse en virtud de pruebas, despreciando las suposiciones 
gratuitas. — Pero aun cuando concediéramos que se me implicase por 
la charla pública en cualesquiera conspiraciones, en mi sentir este pun- 
to que he escogido para pasar la vida, quieta y apartada de la sociedad, 
es mucho más á propósito para que se me observe. Desde que vine á 
la Hacienda, ni leo periódicos, ni recibo visitas, ni escribo cartas que 



480 BEVISTA NACIONAL. 



no sean puramente de interés personal. Todos saben que en una ha- 
cienda pueden ocultarse mucho menos que en cualquiera población por 
pequefla que sea, la entrada y salida de los emisarios, y las conferen- 
cias ó reuniones de gentes sospechosas. La misma inmediación á la 
Capital, Puebla, etc., facilita la acción del Gobierno por una parte, así 
como por otra dificulta y hace más peligrosa la aproximación de los 
revolucionarios. — Mi permanencia en la Hacienda es conveniente á mi 
salud, y necesaria para el arreglo de su administración, que sin mi asis- 
tencia estaba embrolladisima como á Escandón mismo le consta. Y 
habiendo yo dejado el poder por virtud de mi respeto á la legalidad, 
y para pasar á la condición de simple ciudadano, creo que en tanto que 
mi conducta no dé mérito para otra cosa, como estoy seguro que no lo 
dará, tengo derecho para esperar que se me deje tranquilo, asi como 
puedo exigir de mi buen amigo Escandón y de algunos otros, que in- 
terpongan su valimiento irabigando en este sentido, para que no se me 
obligue á sufrir los trastornos de un viaje, y los quebrantos que la se- 
paración del cuidado de mis intereses ocasionaría en ellos. Cuidado 
que es la única garantía de mis no pocos acreedores, entre quienes se 
cuenta Escandón. Pídale vd. que continúe sus buenos oficios hasta el 
logro de mi objeto, diciéndole que no le perdono que me escriba acer- 
ca del resultado. — Me dice vd. también que el Sr. Santa Anna habló 
con calor á Escandón sobre el negocio infausto de Falconnet, y que es- 
te amigo tomó con vehemencia mi defensa. Nada era más natural, na- 
da más justo, y así me lo prometía yo no tanto de su amistad como de 
su justificación ; porque él mejor que nadie sabe que yo no tengo por 
qué avergonzarme en aquel negocio: vio la rectitud de mi manejo, que 
no tuvo otro origen que reconocer la justicia de los acreedores y librar 
al país de la fea nota de ingrato, tominero é inicuo. Supo mi empefio 
por que se acreditase al Gobierno que la suma íntegra de los dos y me- 
dio millones llegaba á su destino: palpó, en fin, la independencia y ca- 
ballerosidad con que yo me manejé en todo, sin querer siquiera pre- 
venir el juicio de mis amigos en la Cámara. Está bien que los perió- 
dicos, el odio y el espíritu de partido tergiversen los hechos y den á 
mis acciones el colorido que gusten; tal es el papel que les toca repre- 
sentar; pero á la razón y á la justicia el opuesto es el que les compete. 
Muy especialmonte dé vd. á Escandón las gracias porque haya tomado 
la defensa de mi honor ofendido, y ojalá que el Sr. Santa Anna que- 
dase desimpresionado de las suposiciones calumniosas del vulgo, por- 



DATOS PARA LA BIOGEtAFIA DE D. MARIANO ARISTA. 4BI 

que esto importa, más que á mi, á la honra de la nación á que todos 
servimos. Escríbame vd. cuanto antes, y que haga otro tanto Escan- 
den, para saber lo que debo hacer ó lo que debo esperar sobre el asun- 
to de esta carta, pues él deja con inexplicable inquietud á su afectísimo 
amigo y servidor que muy de veras lo estima." 

Mucho más clara, enérgica é interesante es la siguiente carta de Aris- 
ta á Don Fernando Ramírez, fechada también el 18 de Abril; dice asi: 
*^ Supuesto el paso dado por Escanden y la disposición del Sr. Santa 
Anna, creo no vendría mal que vd. como mi apoderado se acercase á 
dicho señor, y le manifestase: — Que lo mismo es ir á Oaxaca que sa- 
lir de la República, pues lejos de mis intereses y de mi ocupación ac- 
tiva, la pena sería igual para mí que la de presidio: — Que obrando el 
Sr. Santa Anna con justicia no tendrá que temer de mí, pues debe re- 
ñexionar que jamás me ha visto á la cabeza de una revolución, desde 
el aflo de 33 á la fecha, pues mi ánimo es decidido en contra de moti- 
nes, que si los amara no hubiera abandonado el poder para meterme 
á conspirador de pacotilla: — En fin, que soy general retirado, y que por 
la ley puedo vivir en donde me convenga, no estando al arbitrio legal 
del Gobierno señalarme residencia:— ^jue hacerlo sería quebrantar su 
propósito de no perseguir á los que dice sus enemigos. — Por otra par- 
te, el Estado de Oaxaca es el más propenso á revueltas, y no sería mi 
permanencia allí sino una alarma de su Gobierno. — Que, bien mira- 
do, donde quiera que me ponga tendrá chismes contra mí, inventados 
para vengarse de mí por mis ruines enemigos. — Que cerca del Gobier- 
no general como estoy puede vigilarme, y yo mismo seré el que des- 
engañe á los que invoquen mi nombre, saliendo del país el día en que 
en algún punto se invocara á mano armada. — ^En fin, que yo, seguro 
de mi justicia, aguardo lo que la suerte me depare; no moviéndome de 
mi casa sino cuando la violencia me arranque de ella, con notoria in- 
justicia, y faltando á lo que ha ofrecido el general Santa Anna á la na- 
ción en su alocución en Veracruz el 2 de Abril, " que no viene á ven- 
gar antiguas agravios^ etc,'' — Sobre todo, el general Santa Anna sabe 
que soy fuerte y que lo que venga sobre mí lo sabré sufrir sin faltar á 
mi propósito de odiar las revueltas; y que si él es todavía mi enemigo, 
lo sea como lo son los caballeros, y vengue él los agravios si los tiene, 
y no deje á la mano del Poder público que caiga sobre el que en lo 
privado crea que le ha ofendido. Resuelto á todo queda su amigo, que 
desprecia todo lo que le dicen sobre amenazas y seguridades, pues las 

B. N.— T. 11-81 



tfi REVISTA NAaONAL. 



licencia, y si no finiese, se va siempre; vd. compondrá esto. — Contes- 
to su nota al Gobierno como verá vd. en la copia que le acompaño, que 
si conviene se publicará, según vd. lo graduará. — Me escribirá vd. y 
todos los amigos á Londres, dirigidas sus cartas por la primera vez á 
la Legación: después diré á vd. á dónde. — Ni un centavo han dado pa- 
ra la marcha mía, de parte del Gobierno. Salir á las cuatro horas or- 
denando que si no alcanzaba el Paquete, quedara preso en Ulúa. Esto 
es lo que dan los cobardes que mi nombre los aterra. Escriba vd. sin 
comprometerse, por Dios, pues lo amo á vd. mucho. En llegando á Ye- 
racruz pondré á vd. dos palabras, á ver si dan algún dinero. — Reflexio- 
ne vd. que en cuatro horas me hicieron salir: que lo sepa la nación y 
que se publiquen estas contestaciones. La verdad sin declamaciones 
será lo mejor." 

He aquí, ahora, la respuesta, ya conocida, al oficio del Ministro de 
la Guerra: *Txmo. Señor: El Sr. Coronel Andrade me entregó á las 
nueve de la mañana del día 30 del pasado Abril, en mi hacienda de 
Nanac-amilpa, la nota de V.E. de 27 del mismo; á la una de la tarde 
ya me hallaba en camino con dirección á este puerto, según se me exi- 
gió. Acabo de llegar y me embarcaré desde luego para salir hoy mis- 
mo de la República. — No concibo en qué ó por qué pueda ser obstácu- 
lo para salvar la tranquilidad y el orden público mi permanencia en 
el pais, cuando por mi voluntad he dejado la primera Magistratura, re- 
nunciándola ante las Augustas Cámaras por no verme en el caso de 
faltar á la Constitución. — Se ejerce conmigo un acto arbitrario. Sin 
delito alguno se me impone una pena cruel, desconocida en nuestras 
leyes, con el solo fin de tranquilizar á los que gobiernan en la actuali- 
dad, por consecuencia de una revolución que no se comprende todavía 
á causa de sus extraños resultados. Yo debo protestar y protesto so- 
lemnemente por semejaute acto de tiranía; y demandaré como ciuda- 
dano mexicano que soy, la reparación debida por los daños y perjuicios 
que se me infieren. — Dios y Libertad. Veracruz, Mayo 5 de 1853. — 
Mariano Arista, — E. S. Ministro de Guerra y Marina. — México." 

Quédanos para el próximo artículo la inserción de documentos rela- 
tivos á la estancia y fallecimiento de Don Mariano Arista en Europa. 
De su importancia é interés mis lectores juzgarán. 



Enrique de Olavarría y Ferrari. 



D. MIGUEL CABRERA. tt5 



D. MIGUEL CABRERA, 

(N0TICU8 BIOGRÁFICAS.) 



Escasas son las noticias que hasta ahora han proporcionado los bió- 
grafos, sobre D. Miguel Cabrera, el más fecundo y distinguido de los 
artistas mexicanos del siglo XVIII. 

Más afortunados nosotros, aunque no del todo, vamos á ofrecer 
al lector en el presente articulo, los datos que por nuestra parte hemos 
reunido, datos que nos comunicaron nuestros estimables y eruditos 
amigos, los Sres. D. José María de Agreda y D. Manuel Martínez Gra- 
cida. 

Hasta hoy, ignorábase el lugar y la fecha en que nació Cabrera. Unos 
lo hacían natural de San Miguel el Grande, Estado de Guanajuato, fun- 
dándose]en una tradición verbal que alcanzó en sus mocedades D. Ber- 
nardo Couto, y otros, en vista también de otra tradición, afírmaban qué 
era natural de Tlalixtac, Estado de Oaxaca, é indio zapoteco de raza 
pura. 

En efecto, en dicho pud)lo existe una partida de bautismo ^ de un 
D.Miguel Cabrera, pero que indudablemente fué homónimo de nues- 
tro insigne artista. 

A nuestro juicio, Miguel Galnrera, el pintor, no nació en San Miguel 
el Grande, ni en Tlalixtac, sino en la ciudad de Antequera (hoy de 
Oaxaca), pues asf lo dijo él mismo, en las siguientes palabras de su 
testamento : 

'' En el Nombre de Dios Nuestro Señor todo Poderoso. Amén. Sea 
notorio á los que el presente vieren, como Yo D. Miguel Cabrera, Pro- 
fesor del Noble Arte de la Pintura, Natural de la ciudad de Anteque- 
ra EN EL Valle de Oaxaca, Vecino de esta corte de México, etc " 

Y lo confirma su verdadera fe de bautismo que asi dice : 

''En la ciudad de Antequera, en veinte y siete de Febrero de mil y seis- 
cientos y noventa y cinco años; Baptisé, puse óleo y chrisma á Miguel, 

1 " £n caatro de Octubre de noyenta y ocho aflos, baatlcd, pose óleo 7 crisma A 
Miguel hijo de Domingo Cabrera y Julia S. Pablo. Fueron compadres Marcos de 
Zarate y Andrea de ZArate.— Fr. Diego de Haro. " (Libro de Bautismos marcado 
con el núm. 2, que comienza el 7 de Mayo de 1678 y concluye el 4 de Octubre de 
1715. La partida se encuentra asentada en el año de 1606. ) 



4M REVISTA NACIONAU 



hijo de padres no conocidos : fueron padrinos Gregorio de Cabrera y 
Juana de Reina. Y para constancia lo firmé. — JuandeGuzmán." (Li* 
bro núm. 4, pág. 224, partida de bautismo sin número.) 

Asi pues, no se sabe quienes fueron sus padres ; pero sí que hizo en 
su ciudad natal los primeros estudios en el noble arte, y que recibió 
una esmerada educación. 

Desde muy joven comenzó Cabrera á pintar, pues á la edad de vein- 
ticuairo años en que se trasladó á México, sin duda con el objeto de 
dar mayor vuelo y perfeccionamiento á sus estudios, ya había dejado 
en la Catedral de Oaxaca un Apostolado, otro en Teococuilco ; en Anal- 
co y otros templos varios cuadros, y muchas pinturas en poder de par- 
ticulares. 

Vino, pues, á México el afio de 1719, y en 1740, según parece, con- 
trajo matrimonio con Dofía Ana María Solano y Herrera, en la que 
tuvo varios hijos, de los cuales vivían 7 cuando murió ; cinco mujeres 
y dos varones, á saber: Dofia María de la Luz, que casó con Don Pe- 
dro Lucas de Quintana; Dofia María de Jesús, que al morir su padre 
tenía 22 afios de edad ; Dofia María Gertrudis de 14; Dofia María Lui- 
sa de 13, que entró á un convento, pero que no profesó por enferme- 
dad ; D. Bernardo Joachín de 10 y D. Joseph Rafael de 7 á 8 afios. 
Otra de sus hijas fué monja del Convento de Capuchinas de México, 
donde vivió y murió. 

Pronto el genio de Cabrera, como artista, se dio á conocer, al grado 
que el Arzobispo D. Manuel Rubio y Salinas, le nombró su pintor de 
cámara, y á este respecto refiere el P. Gay, ^ una curiosa anécdota, que 
de ser cierta, prueba el valor dte Cabrera y la convicción que tenía de 
su mérito, pues como se verá, tuvo el atrevimiento de tocar una obra 
de cierto pintor y de cambiar el asunto de uno de sus cuadros, de un 
modo que podía haberíe costado caro en aquellos tiempos. Hela aquí: 

"Simulando — dice — que ignoraba el arle de Apeles, pidió á un exce- 
lente pintor que por entonces tenía de encargo un cenáculo, que lo en- 
sefiase. Recibido como aprendiz, se empleó por algunos días en moler 
colores. Concluido el cenáculo, el maestro pasó personalmente á dar 
aviso al lllmo. Sr. Arzobispo D. José Manuel Rubio y Salinas, á quien 
el cuadro debía pertenecer en lo sucesivo. El tiempo empleado por el 
pintor en ir de su casa al Arzobispado, fué suficiente á Cabrera para 

1 Historia de Oaxaca^ tomo II, cap. XII, nota á la pág. 293. 



D. MIGUEL CABRERA. 487 



desfigurar el hermoso cenáculo, haciendo empufiar á San Pedro un 
agudo pufial y mudando de un modo semejante la expresión y actitud 
de los otros apóstoles. Inútil es decir cuan sorprendido quedó el maes- 
tro al contemplar tan lastimosamente transformado el cuadro que sin 
defecto había salido de su inspirado pincel. Sospechó que Cabrera fue- 
se el autor de aquel trastorno y lo denunció como culpable al sefior 
Arzobispo, quien descubriendo en los toques atrevidos pero maestros 
del aprendiz la obra del genio, se declaró su protector.*' 

No sólo gozó de esta protección Cabrera; todos á porfía se disputaron 
sus pinturas: la '^Universidad, las comunidades religiosas, los templos, 
los establecimientos públicos, y principalmente los jesuítas/* '^Cabre- 
ra — dice el Sr. Couto — fué el pintor de la Compañía, y entre el artista 
y aquella sabia Corporación mediaron las relaciones más estrechas. 
Las casas de los jesuítas estaban llenas de cuadros suyos. Por último, 
sus mismos compañeros de profesión, ¡cosa notable entre gentes de un 
oficio! aceptaron llanamente el principado que el voto público le con* 
cedía en el arte." 

El año de 1753, se concibió el proyecto de fundar una Aeademiade 
la muy noble é inmemorial arte de la Pinturay á semejanza de la que 
por entonces se había establecido en Blspaña. Esta Academia constaba 
de un Presidente, seis Directores, un Maestro de matemáticas, un Se- 
cretario y un Tesorero. 

Cabrera fué nombrado Presidente perpetuo, es decir, se le dio el car- 
go {NÍncipal, y esta distinción de que fué objeto, demuestra la alta es* 
tima en que siempre se le tuvo. 

Como escritor se dio á conocer también^ publicando un opúsculo in- 
titulado: 

Maravilla Americana || Y Conjunto || De Raras Maravillas, || Ob- 
servadas II Con la dirección de las Reglas de el Arte || de la Pintu- 
ra II En La Prodigiosa Imagen || De Nuestra S'^* De Guadalupe || De 
México || Por Don Miguel Cabrera, || Pintor || De El III**^- S*- D. 
Manuel || Joseph Rubio, Y Saunas || Dignísimo Arzobispo de México, 
y de el Consejo de su Majestad, etc., || A Quien Se La Consagra. || Con 
Licencia: | | En México en la Imprenta del Real, y más Antiguo Co- 1 1 legio 
de San Ildefonso. || Año de 1756. 

En 4?, conteniendo ocho hojas preliminares con la dedicatoria, apro- 
baciones, licencia y protesta del autor; 30 páginas de texto, y al fin tres 
hojas sin foliar, con los pareceres de los pintores D. Josef de Ibarra, D. 



«8 REVXHTA NACIONAL. 



Maunel Osorio, D. Juan Patricio Morleie, D. Antonio Vallejo, D. Josef 
de Alcibar y D. Ventura Arnaez. 

Fué reimpresa en Madrid, el afto de 1785, en el tomo I, pág. 613, de 
los Opúsculos Ouadalupanos, 

Motivó la publicación de este escrito, el que el Abad y Cabildo de la 
Colegiata reunieron, en 80 de Abril de 1751, á los más celebrados pin- 
tores, para que examinasen el lienzo de la Vii^n de Guadalupe y emi- 
tiesen sobre ella su juicio. 

Cabrera, que fué uno de los designados, opinó que la pintura em- 
pleada en el colorido, era de "cuatro modos: al óleo, al temple, al agua- 
zo y labrada al temple," y que "mano más que humana fué la que 
ejecutó en este lienzo las cuatro especies dichas, tan disímbolas. " 

Hay quien crea que, en el opúsculo, los jesuítas " le habían llevado 
la pluma" á Cabrera, pues dudaban que lo hubiese escrito, y el Dr. 
Bartolache da á entender, que la imagen fué examinada "más con los 
ojos de la devoción que con los del arte." 

Sea de esto lo que fuere, el mismo Bartolache elogia la obrita de 
Cabrera, en estos términos: 

" Demasiado fué que un hombre lego y sin otros estudios que los 
honrados domésticos del caballete y la paleta, acertase á componer un 
opúsculo en que unió la precisión con la claridad, instruyendo y delei- 
tando." ' 

El año de 1768, habiendo caído enfermo en cama, consideró Cabre- 
ra que el ñn de su existencia se aproximaba, pues el 14 de Abril otor- 
gó testamento ante el notario Don Mariano Buenaventura de Arroyo. 
Nombró albacea á su esposa, Dofia Ana María Solano y Herrera, en 
su defecto á Don Pedro Lucas de Quintana, y herederos á sus hijos. 
Bien poco legó, porque una casa que poseía en la calle del Puente Que- 
brado, la tenía hipotecada en dos mil pesos á su citado yerno D. Pe- 
dro. * 

Cabrera murió, pues, pobre, á pesar de haber pintado muchísimo ; 
pobre, como mueren generalmente los literatos y los artistas en Mé- 
xico. 

Su partida de defunción, que existe en el Sagrario de esta Capital, 
es la que sigue: 

1 Manifiesto scUi^actorio, Parte 1?, núm. 17. 

2 El testamento de Cabrera, del que hemos sacado no pocas n otlclas para este 
articulo, se encuentra en el protocolo del Ayuntamiento. 



D. MIQU£L CABRERA. 489 



"Don Miguel Cabrera. — En diez y seys de Mayo del año del Sefior 
de mil setecientos sesenta y ocho murió Don Miguel Cabrera, casado 
con D* Ana Solano, recibió los santos sacramentos. Vivía en la calle 
de Santa Theresa. Se enterró en la Iglesia de Santa Inés donde estu- 
vo su cuerpo con licencia del Illmo. Sr. Arzobispo. — Pereda." 

£1 cadáver de Cabrera fué sepultado al pie del altar de los pintores, 
que había en Santa Inés, é ignoramos si todavía se conservan allí sus 
restos. 

Formar un catálogo completo de los cuadros de Cabrera, sería em- 
presa ardua, y más que ardua casi imposible, como dijo Couto ; pues 
son incontables las pinturas que dejó en los claustros de los conventos, 
en los templos, en los colegios, y en poder de particulares. 

Vamos sin embargo á enumerar, para que se tenga una idea de lo 
fecundo de su pincel, aquellas de que hemos podido tener noticia. 

En el claustro de la Profesa: la Vida de San Ignacio que constaba 
de 32 cuadros, y en la portería, varios que representaban al Hombre 
degenerado por el pecado mortal y regenerado por la religión y la vir- 
tud. En uno de los cuadros, de la vida de San Ignacio, se retrató el 
mismo Cabrera dentro de una cárcel. 

En el claustro de Santo Domingo: la Vida de éste, en iguales con« 
diciones que la de San Ignacio. 

En la sacristía de San Agustín: tres grandes cuadros representando 
sucesivamente una PláHca entre Santa Mónica y San Agustín; á San 
Poeidio contemplando el cadáver de San Agustín, en los momentos en 
que un ángel le sacaba el corazón, y al mismo San Agustín elevándose 
á los cielos y arrojando plumas á los doctores de la Iglesia para que 
difundiesen su doctrina. En el claustro del Convento existía la Vida 
de San Agustín, ohrsL también de Cabrera. 

En el templo de Santa Inés, y en el altar de los pintores donde fué 
sepultado Cabrera, cuatro óvalos representando pasajes de la Pasión 
del Redentor. 

En San Francisco, en la parte exterior de la puerta del costado, de la 
iglesia principal, el Tránsito de San Francisco, y dentro de la Capilla de 
Balvanera, cuatro óvalos: la Virgen como reina de los patriarcas, de los 
profetas, de los mártires, y de las vírgenes. Además en la misma Ca- 
pilla, debajo de su coro, una copia de la invención de la imagen. Nues- 
tra Señora de Balvanera de España, 

En el templo de la Santísima, un San Homobono. 



490 REVISTA NACIONAU 



En el Colegio de San Ildefonso, en la escalera principal, donde está 
ahora un fresco de Cordero, existía un San José cubriendo con su man- 
to á los jesuítas, y en el paso del Colegio grande al chico, junto á la 
puerta de la antigua biblioteca, un Calvario también con los jesuítas. 

En la Academia Nacional, La ApoccUlpsia, La regtUueión de San 
Jaséf San Bernardo^ San Anselmo, y Nuestra Señora de la Merced. 

En el Museo, el retrato del primer conde de Revillagigedo que for* 
ma parte de la galería de los Virreyes de México, el del Dr. D. José 
Antonio Flores, Obispo de Nicaragua, firmado en 1757, y el de D. Ma- 
nuel Ignacio Beye Cisneros y Quijano, rector de la Universidad y fun- 
dador en ella de la primera biblioteca pública que hubo en México. 

En poder de particulares existen en México muchas pinturas de Ca- 
brera. El Sr. D. Manuel Rincón, posee una virgen de Guadalupe y otra 
D. Francisco Alcántara, y en casa de nuestro fíno amigo el Sr. Agreda 
hemos visto un precioso San Juan Nepomuceno, y el retrato del sabio 
jesuíta mexicano, Nicolás Segura, que fué estrangulado en su celda 
de la Profesa, por un lego, una noche del mes de Marzo de 1743. Fué 
propiedad del Lie. D. Modesto Olaguíbel, "un precioso escudo de mon- 
ja en lámina de cobre pequefio y circular, y fírmado en 1749, perfecta- 
mente acabado y de belleza sin igual todas las figuras." ^ 

Fuera de México existen multitud de pinturas de Cabrera. En Te- 
pozotlán, El Salvador Besucitado y un San José cubriendo con su man- 
to á los jesuítas. En Querétaro, en la iglesia de la Congregación, una 
Virgen de Guadalupe; en el Instituto una Virgen de la Luz, y otra 
en el altar del templo de la Cruz; en el de Santa Rosa, varios lienzos 
de la vida de San José, y en la misma iglesia junto á la puerta, el re- 
trato del famoso capitán de la Acordada, 2>. Miguel Vel&zquet Lorea. 
En San Luis Potosí, en la Catedral, una Trinidfid, y en San Francis- 
co, una Santa Bosalia, tres cuadros de la Vida de San Antonio, y va- 
rios de la de Sarda Clara, En Morelia, un retrato de Don Juan de 
Palafox y Mendoza en la iglesia del Carmen. En Puebla, en la Cate- 
dral, un Via-'Crucis, que consta de catorce óvalos de dos varas de altu- 
ra, cada uno, y en el crucero, pasajes de la vida de San Felipe Neri, 
pintados en uno de los muros. En Oaxaca, ya hemos hecho mención, 
de un Apostolado en la Catedral, otro en Teococuilco, y algunos cua- 
dros en Analco. Finalmente, dice el Sr. Orozco y Berra "lo que re- 

1 Diccionario Universal de Historia y OeografUu México, 1853-1856.— Artículo: Oor 
brera Miguel^ escrito por D. Manuel Orozco y Berra. 



\ 



D. MIGUEL CABRERA. 481 



putan mejor los inteligentes, es lo pintado en la sacristía de la iglesia 
de Tasco, donde se encuentra una vida de la Virgen Santísima, dis* 
tinguiéndose todavía, entre aquellos cuadros el del Nacimiento, por la 
contraposición de luces y la frescura del colorido." 

Respecto al mérito de las obras de Cabrera, reproduciremos los jui* 
cios de personas competentes en el asunto, como lo son, á no dudarlo, 
los Sres. D. Rafael Lucio, D. Bernardo Couto, D. Genaro Ruz de Cea, 
y el viajero Beltrami. 

Dice el sabio Dr. Lucio: 

''He visto cuadros de él de 1750, 59, 60, 65, 67, etc.: pintor fecun- 
dísimo, de mucha imaginación; produjo las colecdones más vastas que 
se han hecho en México; muchos claustros de la capital y de fuera de 
ella han sido pintados por él; hada cuadros grandes y pequeños, en 
lámina, en' tabla y en lienzo; fírmaba frecuentemente sus cuadros; no 
se le puede juzgar indistintamente por cualquiera de sus obras, pues le 
ayudaban en ellas muchos pintores de un mérito inferior al suyo. No 
hay exageración en decir que sus obras pueden contarse por centena- 
res. Su estilo caracteriza el de su época: en lo general su manejo era 
suelto, ligero y fácil, sus pinturas poco pastosas y no muy concluidas; 
su color tiene algún brillo y poca solidez; muy superior en el dibujo y 
en la expresión de las cabezas, dibujadas más correctamente que las 
manos (aunque el mal dibujo de las manos es casi general en to« 
dos los pintores mexicanos de los siglos pasados). Cabrera tomó 
mucho, en la parte de la composición, de las antiguas pinturas es* 
pafiolas que había en México, pero conservando su colorido propio y 
su manejo de pincel: aun en las copias que hizo, como en la de la Vir« 
gen del coro de Catedral, conservó su manera habitual. Tomó mucho 
de estampas, pero no todas sus composiciones se limitan á reproducir 
obras ajenas: algunas veces ejecutó sus propias invenciones con acierto 
y belleza: algunas de sus obras son estimables, y aunque tiene defectos, 
puede reputarse el mejor artista del siglo XVIII." ^ 

Ahora, hé aquí lo que dice Couto: 

''Cabrera es en México la personificación del grande artista, del pin* 
tor por excelencia; y un siglo después de muerto conserva intacta la 
supremacía que supo merecer, y que nadie, á lo que entiendo, le dis- 
putó en vida. 



1 Besefla histórica de la Pintara Mexicana, en los siglos XVII y XVIII.— Mézt. 
co, Ofloina tlpogr&flea de la Seoretarí^ de Fomento, 18W.— Pág. 16. 



402 REVIBTA XACIONAL. 



f * 



'Tiene tan buenos títulos para mantenerla! Lo primero que siem- 
pre ha llamado la atención en él, es una fecundidad sin ejemplo. For- 
mar la lista de sus obras seria cosa imposible, porque materialmente 
llenó de ellas el remo, y no sólo las hay en todas las grandes pobla- 
ciones, sino que suele encontrárselas hasta en las pequefias, y aun en 
el campo. Esta fecundidad no provenía únicamente de lozanía de ima- 
ginación, sino de una facilidad y soltura de ejecución, que hoy no po- 
demos concebir. Entre sus obras clásicas, ocupa señalado lugar la vi- 
da de San Ignacio, que dejaron los jesuitas en los corredores bajos del 
primer patio de su casa profesa. 

Son 32 cuadros al óleo, cada uno con muchas ñguras, casi todas del 
tamaño natural, trabajadas con esmero y bien concluidas. Yo me que- 
dé admirado cuando leí en los cuadros mismos que la obra se había 
empezado el día 7 de Junio de 1756, y se habia terminado en 27 de 
Julio de 57; es decir, en menos de 14 meses, tiempo que apenas bas- 
taría hoy á un artista ejercitado para pintar tres ó cuatro de aquellos 
lienzos. Pero mi admiración subió de punto, cuando hallé que la vida 
de Santo Domingo, que hay en los claustros de su convento, de igua- 
les condiciones que la de San Ignacio, filé trabajada en el mismo año 
1756. Justamente se celebra que Vicente Garducho hubiese cumplido 
el contrato que en 1626 hizo con el prior de la Cartuja del Paular, com- 
prometiéndose á pintar en cuatro años cincuenta y cinco cuadros de la 
vida de San Bruno y de sucesos de la Orden, es decir, á rasón de 14 
cuadros por año. ¿Qué hombre era, pues, Cabrera, que podía dar cima 
á empresas cuatro veces más laboriosas que aquella? Es necesario ver 
sus dos colecciones para apreciar todo lo que en ellas tuvo que hacer. 
Paréceme que nuestro artista pintaba cuadros, como en el siglo ante- 
rior Lope de Vega componía comedias.'' 

*' El dibujo, prosigue el Sr. Couto, aunque no puede decirse total- 
mente correcto, sin embargo, saca ventaja al de los más de los pinto- 
res mexicanos. El colorido en general es de la escuela de Rodríguez» 
pero sin la exageración en que otros cayeron. Por lo que mira á la in- 
vención, si bien algunas veces se le ve apelar á alegorías y aun al mez- 
quino medio de letreros que salen de las bocas de los personajes, en 
lo general escoge con juicio sus argumentos, y sabe componerlos con 
habilidad. Sus figuras están bien distribuidas en cada lienzo, y bien 
agrupadas donde conviene. El carácter que más resalta en él es la sua* 



D. MIQUEL CABRERA. 408 



vidad, la morbidez, y cierto ambiente general de belleza que se derra« 
ma en todo lo que hace. No tenia sin duda la buena escuela, ni el 
acendrado gusto de Baltasar de Echave el viejo, y ciertamente carecía 
del vigor que distingue á Sebastián de Arteaga en alguna de sus obras; 
pero no sé qué magia hay en Cabrera, que siempre se le vé con placer, 
siempre gusta. Una de las cosas en que más sobresale, es en las cabe- 
zas, que casi todas son bellas " ^ 

Don Genaro Ruz de Cea decia de Cabrera en 1862 : 

" El pintor mexicano dejó como un rico reguero de obras maestras 
en México, en Puebla, en Toluca y Guadalajara. La fecundidad de su 
pincel, comparable á la de Lope de Vega en sus numerosos dramas, 
iba á la par con la variedad de su estilo. Sombrío á veces como Tur- 
barón y Rivera, á veces tierno á la manera de Murillo, según los asun- 
tos que trataba; en la vida de San Ignacio, de Santo Domingo, en la 
pasión de Cristo, apacible como el Guido, y aun como Carlos Dolce, 
cuando pintaba la vida de la Virgen y su sublime Bambino. Cabrera 
es tanto más admirable, cuanto que, sin haber salido de su patria y sin 
más guía que los modelos que le iban de España, é inspirado déla be- 
lla naturaleza mexicana, nos ofrece en su obra múltiple, la síntesis del 
realismo elegante, del ideal religioso y del encanto antiguo, cuya últi- 
ma expresión son Vinci, Rafael, el Ticiano, y á veces el Correggio y 
Andrés del Sarto " ^ 

Y por último, el extranjero Beltrami, juzga al gran artista mexicano 
de este modo : 

"Algunas pinturas de Cabrera se llamaron maravillas america- 
nas, y todas fueron de un mérito relevante. La vida de Santo Domin- 
go pintada por él en el claustro de este nombre; la vida de San Igna- 
cio y la historia del corazón del hombre degradado por el pecado mor- 
tal y regenerado por la religión y la virtud, en el claustro de la Profesa, 
ofrecen dos galerías que en nada ceden á las del claustro de Santa Ma- 
ría la Nueva en Florencia y al camposanto de Pisa. Me aventuro tal 
vez demasiado diciendo que Cabrera, en estos dos claustros, vale lo 
que todos los artistas juntos que han pintado las dos galerías magnífi- 
cas italianas. Cabrera tiene los contomos de Correggio, lo animado de 



1 Diálogo sobre la historia de la Pintara en México, por Bernardo Oonto.'-r Mé> 
xlco— Oflcina tipog^ráflca de la Secretaría de Fomento.— 1880, págs. 59 y 01. 

2 Biogra/iaa de Mexicanos Distinguidos, por Francisco Sosa.— EdiciOn de la Se- 
cretaría de Fomento.— 1881.— Pttg. 178. 



íH AflVIBTA NACÍOXAU 



Dominguillo, lo poético de Morillo. Sus episodios, como los Angeles, 
etc., tienen una beldad rara. En mi concepto, es un gran pintor. Fué, 
además, arquitecto y escultor en madera: en fin, el Miguel Ángel de 
México. " 



Luis González Obregón. 



VIRREINAS DE NUEVA ESPAÑA. 



Los nombres, títulos y honores de los virreyes de la Nueva España 
son bien conocidos'; pero no así los de las consortes de esos altos fun- 
cionarios ; y aunque es cierto que no todas fueron virreinas, muchas 
gozaron esa preeminencia. La siguiente lista, aunque incompleta, con- 
tiene los nombres de la mayoría de esas damas, incluyendo las dos es- 
posas del conquistador Don Hernando Cortés. 

Dofía Cathalina Xuarez, hija de Diego Xuarez Pacheco, hijodalgo » 
de la casa de Niebla, y de María de Marcayda. 

Doña Juana Ramírez de Arellano, hija del 2*? conde de Aguilary de 
Doña Juana de Zúñiga. 

Doña Catharina de Vargas, hija de Don Francisco de Vargas, esposa 
de Don Antonio de Mendoza. 

Doña Anna de Castilla y Mendoza, hija de Don Diego de Castilla, se- 
ñor de Gor, mujer de Don Luis de Velasco, señor de Salinas. 

Doña Leonor de Vico, de la casa de los Caraccioli, 2 desposa de Don 
Gastón de Peralta, tercer marqués de Falces. 

Doña María Manrique, hija del marqués de Aguilar, esposa de Don 
Martín Henriquez de Almanza. 

Doña Catharina de la Cerda, hija del 2" duque de Medina Coeli, es- 
posa de Don Lorenzo Suárez de Mendoza, 4? conde de la Coruña. 

Doña Blanca de Velasco, hija del 4*^ conde de Nieva, esposa de Don 
Alvaro Manrique de Zúñiga, marqués de Villa Manrique. 

Doña María de Yrcio y Mendoza, [hija del capitán Martín de Yrcio, 



VIRREINAS DE NUEVA ESPAÑA. iSS 

conquistador, Encomendero de Tepeaca, y de Doña María de Mendo- 
za, esposa de Don Luis de Velasco, primer marqués de Salinas del Rio 
Pisuerga. 

Doña Inés de Velasco y Aragón, hija de Don Iñigo, condestable de 
Castilla, duque de Frías, esposa de Don Gaspar de Zúfiiga y Acebedo, 
5*^ conde de Monterrey. ^ 

Doña Ana Mesia Gonsalvi, 3* marquesa de la Guardia, 1* esposa de 
Don Juan de Mendoza y Luna, tercer marqués de Montes Claros. 

Doña Luisa Antonia Portocarrero, viuda del 4*^ marqués de la Guar- 
dia, 2! esposa de Don Juan de Mendoza y Luna. 

Doña Ana María Riederer de Paar, austriaca, dama de la reina Do- 
ña Margarita, esposa de Don Diego Fernandez de Córdoba, 11 *? señor 
y primer marqués de Cuadalcázar. Era hija de Don Juan Jorge Rie- 
derer y de Doña María Ysabel Adorno de Amerín. 

Doña Leonor de Portugal, viuda del conde de Jelves, 1^ esposa de 
Don Diego Carrillo Mendoza y Pimentel. 

Doña Francisca de la Cueva, hija del 6" duque de Alburquerque, 
esposa de Don Rodrigo Pacheco Osorío, tercer marqués de Cerralvo. 

Doña Luisa Bernarda de Cabrera y Bobadilla, hija del marqués de 
Moya, 1 * esposa de Don Diego López Pacheco, 7 *? duque de Escalona. 
Doña Juana de Zúñiga, hija del 8 **- duque de Béjar, 2 ! esposa de 
Don Diego López Pacheco. 

Doña Antonia de Acuña y Guzmán, esposa de Don García Sarmien- 
to, conde de Salvatierra. 

Doña Hipólita de Cardona, esposa de Don Luis Henríquez de Guz- 
mán, conde de Alba de Aliste. 

Doña Juana Francisca de Rivera y Armendáriz, marquesa de Cade- 
reyta, condesa de la Torre, camarera mayor déla Reina, esposa de Don 
Francisco Fernández de la Cueva, 8^ duque de Alburquerque. 

Doña María*] Ysabel de Ley va, 2 f condesa de Baños, marquesa de 
Leyva, hija del conde de Baños, esposa de Don Juan de la Cerda, 5*? 
marqués de Ladrada y de Leyva. 

Doña Leonor María de Carretto, hija del marqués de Carretto, espo- 
sa de Don Sebastián de Toledo, 2 ? marqués de Mancera. 

Doña María Luisa Gonzaga, hija de Don Vespasiano Gonzaga y de 
Doña María Luisa Manrique, esposa de Don Tomás Antonio Manrique 
de La Cerda, marqués de la Lagima, conde de Paredes. 
Doña Antonia Jiménez de Urrea, Clavero y Sessé, hija de los seño- 



496 REVI8TA NACIONAL. 



res de Barbeder, condes de Aranda, esposa de Don Melchor Portoca- 
rrero Lasso de la Vega, conde de la Monclova, alias Brazo de Plata. 

Doña Maria de Atocha Giizmán, hija de Don Luis Ponce de León, 
If esposa de Don Gaspar de la Cerda, 8" conde de Galve. 

Doña Elvira Maria de Toledo, hija de Federico, marqués de Villa- 
franca, 2 * esposa de Don Gaspar de La Cerda, 

Doña Maria Andrea de Guzmán y Manrique, de la casa de los du- 
ques de Sesa, esposa de Don José Sarmiento Valladares, conde viudo 
de Montezuma, después primer duque de Atrisco. 

Doña Juana de La Cerda, hija del duque de Medina Coeli, esposa de 
Don Francisco Fernández de la Cueva Enriquez, duque de Alburquer- 
que, marqués de Cuellar. 

Doña Mariana de Castro y Sylva, hija del marqués de Guvea, espo- 
sa de Don Fernando de Aiencastre, duque de Linares. 

Doña Antonia Padilla, esposa de Don Juan Francisco Güemes y Hor- 
casitas. 

Doña Luisa Maria del Rosario y Ahumada, esposa de Don Agustín 
de Ahumada y Villalón, marqués délas Amarillas. 

Doña María Josefa de Acuña Vázquez Coronado, esposa de Don Joa- 
chin de Monserrat, marqués de Cruillas. 

Doña María Josefa Valcárcel, esposa de Don Martín de Mayorga. 

Doña Felicitas Saint Maxent, natural de Nueva Orleans, esposa de 
Don Bernardo de Gálvez, conde de Gálvez. 

Doña Juana María Pereyra, esposa de Don Manuel Antonio Florez. 

Doña María Antonia Godoy, hermana del Príncipe de la Paz, esposa 
de Don Manuel de la Grúa, marqués de Branciforte. 

Doña María Josefa Alegría, condesa viuda de Contramina, esposa de 
Don Miguel Josef de Azanza. 

Doña María Ynés de Jáuregui y Arístegui, esposa de Don José de 
Yturrigaray. 

Doña María Rosa Gastón, esposa de Don Juan Ruiz de Apodaca, con- 
de de El Yenadito. 

Doña Francisca de la Gándara, esposa de Don Félix María Calleja 
del Rey, Conde de Calderón. 

Doña Josefa Sánchez Barriga, esposa de Don Juan O'Donojú. 



Ángel NüSez Ortega. 



DATOS PARA LA BIOGRAFÍA DE D. MARIANO ARISTA. 497 



DATOS 

PARA LA biografía DE D. MARUNO ARISTA. 



IV 



La digna y decorosa respuesta de Arista á la orden para su destierro 
excitó contra él el odio ciego de sus enemigos, y dio origen á la circular 
siguiente que marca el paso por Londres del general expulsado : "Lon- 
dres, Julio 28 de 1853. — Constantes mis enemigos políticos en su co- 
nocida mania de atribuirme los mayores crímenes para hacerme apa- 
recer ante mis compatriotas como un monstruo aborrecible, han inven- 
tado y me atribuyen un ofício en que me declaro abierta y des